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domingo, 24 de octubre de 2010

El hijo secreto del griego

Capítulo 12

Bella oyó el retumbar de un trueno y se dio cuenta de que estaba a punto de estallar una tormenta. El aire estaba tan cargado que parecía pesar sobre sus hombros mientras hacía el camino de vuelta al hotel, empujando el cochecito de Anthony. Estaba cansada y lo que debería ser un paseo normal, de repente le parecía una maratón.
Las primeras gotas de lluvia empezaron a caer cuando llegaba a la plaza Syntagma. Siempre le había parecido un sitio horrible, con lo que parecía todo el tráfico de Atenas embotellándose en las avenidas que la cruzaban, pero era la ruta más directa hasta el hotel y el sitio donde le sería más fácil parar un taxi.
De repente, después de un monstruoso trueno, el cielo se abrió y empezó a llover a cántaros.
Anthony se puso a llorar porque no estaba acostumbrado a que tapase el cochecito con la cubierta de plástico y Bella, empapada en cuestión de segundos, corrió para llegar a casa.
Llovía con tal violencia que las dos columnas del templo de Zeus eran invisibles, aunque estaban casi frente a ella. Y, unos minutos después, torrentes de agua corrían por las aceras, turbios y marrones, arrastrando el polvo del verano.
Anthony lanzada tales alaridos que Bella podía oírlo a pesar del estruendo de la tormenta. Pero era imposible encontrar un taxi, de modo que agachó la cabeza y siguió caminando todo lo deprisa que le era posible.


Edward estaba de vuelta en el hotel cuando la tormenta empezó a caer sobre la ciudad. Sólo era una tormenta de verano, pero al descubrir que Bella y Anthony estaban en la calle empezó a preocuparse. Nervioso, paseaba de un lado a otro de la suite, mirando por la ventana y preguntándose dónde estarían.
Tan agitado estaba que cuando sonó su móvil lo sobresaltó. Era Bella.
-¿Dónde estás?
-En la puerta del Jardín Botánico… el pobre Anthony no deja de llorar y es imposible encontrar un taxi. ¿Puedes venir a buscarnos, por favor?
-Sí, claro. Ahora mismo.
-Pero no vengas en coche, hay un atasco espantoso.
El corazón de Edward palpitaba como loco. Debía de estar realmente angustiada para llamarlo después de la discusión del día anterior. Además, Bella nunca le pedía nada, ni un solo favor. Nunca lo había hecho.
Tomando un paraguas gigante, Edward salió a toda prisa de la suite. La lluvia golpeaba su cara mientras corría por las calles, abriéndose paso entre la gente y saltando los ríos de agua que buscaban las alcantarillas… sin darse cuenta de que no había abierto el paraguas. No tardó mucho en llegar al Jardín Botánico y, por fin, la vio, intentando consolar a Anthony, que lloraba desesperadamente. Tenía el corazón en la boca cuando llegó a su lado.
-Bella.
Ella levantó la cabeza y su triste mirada le rompió el corazón. Sentía un abrumador deseo de abrazarla, de protegerla. De besarla en los labios y hacer que olvidase todas sus preocupaciones. Pero una ola de fría amargura le recordó que él era el responsable de esa expresión desolada.
-No llores, Anthony. ¿Lo ves? Papá ya está aquí. Ahora ya puedo tomarte en brazos… él nos protegerá con el paraguas.
Sus palabras pusieron a Edward en acción. Nervioso, abrió el paraguas y lo colocó sobre los tres, tomando a Bella por la cintura.
Aparentemente, estar en los brazos de su madre era lo único que Anthony quería porque en cuanto lo sacó del cochecito dejó de llorar.
-El pobre se había asustado con la tormenta.
Esperaba ver una expresión de contrariedad en el rostro de Edward por haberlo hecho ir hasta allí, pero lo único que vio fue un rictus de preocupación.
Estaba mirándola a ella, no a Anthony, y Bella tuvo la extraña impresión de que realmente estaba preocupado.
Pero no debía pensar esas tonterías. Sabía muy bien lo que Edward pensaba de ella, de modo que era absurdo hacerse ilusiones.
-Pensaba volver a casa cuando se desató la tormenta. Menos mal que el cochecito tiene esa cubierta protectora…
-Yo no sabía que tuviera una cubierta de plástico –dijo Edward-. Menos mal que el niño estaba contigo.
Bella lo miró, sorprendida. Ese comentario apreciativo era nuevo en él. Sabía lo que pensaba de ella porque lo había dejado dolorosamente claro, pero la miraba de una forma… casi sentía la tentación de dejarse llevar por la fantasía de que algún día pudieran ser felices juntos. Que un día Edward pudiera amarla como lo amaba ella.
Pero era absurdo. Se había hecho ilusiones muchas veces y en todas las ocasiones había acabado en fracaso. Si se dejaba llevar, acabaría arriesgándose a una vida entera de decepciones y tristezas.
-Lo siento –dijo Edward entonces, recordando su cara de angustia el día anterior, cuando parecía que la idea de un futuro con él la llenaba de desconsuelo-. Esto no es lo que tú querías
De repente, no podía soportar que estar con él fuese para Bella una tortura. Ella se merecía mucho más.
Se sentía avergonzado de no haber visto antes la verdad. Había sido el comentario de su tía sobre lo maravillosa que debía de ser su mujer lo que hizo que se diera cuenta de lo que tenía delante de los ojos.
Bella era maravillosa.
Era dulce y compasiva y, sin embargo, dispuesta a defender apasionadamente aquello en lo que creía. Adoraba a Anthony y mostraba absoluta lealtad por las personas a las que quería. No debería tener que vivir una vida que no la hacía feliz.
Y era culpa suya que no fuera feliz. Él la había llevado a Grecia, furioso, esperando que hiciera lo que se le dijera sin protestar. Nunca le había mostrado respeto alguno. Nunca había considerado la posibilidad de que el interés que mostraba por su vida fuera genuino.
-Ha dejado de llover –la voz de Bella interrumpió sus pensamientos. Bella, que estaba mirándolo con expresión de desconcierto-. Siento haberte llamado, pero no sabía que fuera a dejar de llover enseguida.
Edward miró alrededor, sorprendido. Era cierto, había dejado de llover sin que él se diera cuenta. El rico aroma a tierra mojada llenaba el aire y la bochornosa atmósfera de antes de la tormenta de repente se había convertido en un día claro y fresco.
Cuando cerró el paraguas sintió el sol en la cara, pero el calor no lograba calentarlo por dentro. Él era la causa de la tristeza de Bella y eso le dolía más de lo que hubiera esperado.
-No te disculpes por llamarme. Quiero que sepas que siempre puedes acudir a mí… aunque sé que no he hecho nada para demostrártelo. Después de todo lo que ha pasado, es lógico que no confíes en mí.


Antes de aquel día, Bella nunca le había pedido ayuda y ahora se daba cuenta de cuánto le había dolido eso. El hecho de que no se hubiera puesto en contacto con él para hablarle de la existencia de Anthony, que no lo hubiera querido en su vida, había sido como una bofetada. Pero lo había apartado de su mente, negándose a preguntarse por qué le dolía tanto.
-Yo confío en ti –dijo Bella entonces-. Si te refieres a lo que pasó esa noche, con Rosalie, no fui a avisarla porque no confiara en ti. Ya te he explicado por qué lo hice…
Edward se dio cuenta entonces de una terrible verdad: si Bella hubiera acudido a él esa noche, el resultado habría sido el mismo. Incluso entonces, cuando su aventura era completamente armoniosa, no hubiera tolerado que ella cuestionara sus actos.
-Tenías razón cuando me dijiste que estaba obsesionado por controlarlo todo –dijo entonces, pasándose una mano por el pelo empapado-. No me había dado cuenta… no sabía que necesitaba controlarlo todo como un enfermo: mi vida, mis negocios, todo lo que me rodea. Y no puedo perdonarme a mí mismo por haberte hecho daño.
En cuanto lo hubo dicho supo que era verdad. Pero había algo más, algo mucho más importante. Era como si las nubes que poblaban su cerebro se hubieran disipado al fin, haciendo que la verdad resplandeciese.
-Te quiero –le dijo, su voz llena de convicción y asombro al mismo tiempo.
Bella lo miró, perpleja.
Aquella conversación estaba siendo la más desconcertante de su vida. Ella no había esperado que Edward admitiese ser una persona obsesionada por controlarlo todo. Y ahora, oírle decir que la quería…
-Lo siento –repitió él, tomando su cara entre las manos-. No debería habértelo dicho así, de repente.
Bella arrugó el ceño. Acababa de decir que la quería. Pero después de todo lo que había pasado entre ellos, después de su discusión del día anterior, ¿cómo podía creerlo? ¿Y por qué se disculpaba luego por decir que la quería?
Nada de aquello tenía sentido.
-Cuando te conocí me sentí inmediatamente atraído por tu belleza –siguió Edward-. Luego descubrí que eras una persona estupenda, llena de dulzura. Creo que empecé a enamorarme de la mujer que creía que eras… pero no estaba preparado para lo que pasó después. Te he decepcionado por completo y lo siento. No estaba preparado para darme cuenta de que tú no eras sólo la preciosa y angelical criatura que yo había imaginado. Eres mucho más que eso… mucho más de lo que yo merezco.
-No te entiendo –dijo Bella.
-Hasta ahora he controlado todo y a todos los que estaban en mi órbita. Así es como me gusta hacer las cosas… o eso pensaba. Pero estaba tan concentrado en que todo fuera a mi gusto que no me molestaba en mirar a mi alrededor –Edward la tomó por la cintura para mirarla a los ojos porque quería que Bella pudiera ver en ellos la verdad de sus sentimientos-. Y entonces Anthony y tú aparecisteis en mi vida, poniendo mi helado mundo en movimiento. No sabía lo que me estaba perdiendo hasta que me dí cuenta de lo que tú me habías dado.
El corazón de Bella latía como si quisiera salirse de su pecho, pero aún así no se atrevía a esperar, a confiar. Lo que estaba diciendo parecía demasiado increíble para ser cierto.
-Te quiero, Bella.
De repente, la pura y simple verdad de aquellas palabras se enredó alrededor del corazón de Bella como un tierno abrazo. Sabía que Edward lo decía en serio y, en ese momento, todas sus dudas desaparecieron.
-Yo también te quiero –le dijo, con voz temblorosa.
-¿Cómo puedes quererme después de lo mal que me he portado contigo? Te he hecho tan infeliz…
-Yo debí hablarte de Anthony. No debería haber guardado el secreto durante tanto tiempo.
-Pero yo te eché de mi casa… es lógico que no te pusieras en contacto conmigo. Nunca he hecho absolutamente nada para que tú pudieras confiar en mí o pedirme ayuda, al contrario.
Bella vaciló, de repente insegura. Habiendo crecido en casa de su abuela había aprendido a no esperar demasiado de nadie, a no pedir nada. Ésa era la única defensa contra la inevitable decepción.
Pero Edward no era como su abuela. Era un hombre que veía la vida de forma equivocada, pero que tenía la capacidad de ser generoso. Lo estaba demostrando en ese momento, confesándole su error.
-Quizá debería haber tenido más fe en ti… pero entonces era una cría y tú y yo apenas nos conocíamos. Desde el principio decidí no pedirte nada porque quería mostrarme vulnerable, pero eso no ayudó en absoluto. Nos guardábamos demasiadas cosas el uno del otro.
-Saber que no habías querido nada de mí cuando tuviste a Anthony fue un golpe para mi orgullo.
-Habría querido saber algo de ti, pero temía que me rechazases. Por eso no te llamé.
Bella lo miraba a los ojos, sintiendo que su amor por él crecía dentro de su corazón y era real. Aquel momento mágico con Edward era real.
-Te quiero –le confesó-. Siempre te he querido.
De repente, los labios de Edward buscaron los suyos para besarla con una ternura y una devoción nuevas.
-Hemos perdido tanto tiempo… -murmuró luego, emocionado.
-Hemos tenido que recorrer un camino muy largo –asintió ella, pensando en lo que habían aprendido en ese tiempo, en cuánto habían madurado los dos-. Pero ahora por fin estamos juntos.
-Tú eres el centro de mi universo. Sin ti, mi mundo deja de girar. Por favor, créeme cuando te digo que no volveré a decepcionarte nunca.
Bella sonrió mientras se apartaba un poco para meter a Anthony en el cochecito.
-No pienso irme a ningún sitio –dijo luego, echándole los brazos al cuello-. Pero ahora llévame a casa, Edward.
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despues de tantos dias regrese con el final d sta historia, spero q les guste nenas.

viernes, 8 de octubre de 2010

El hijo secreto del griego

Capítulo 11

Durante los días siguientes Bella retomó su amistad con Rosalie. Siempre se habían llevado muy bien y era maravilloso tener a alguien con quien pasar el tiempo cuando Edward estaba trabajando. Y era bueno para los niños que pudiesen estar juntos, Anthony, que estaba empezando a gatear, lo pasaba de maravilla jugando con su primo Nico.
La boda despertó poca atención para la prensa porque fue una ceremonia íntima, sólo para los familiares más allegados, y después fueron a la isla a pasar unos días. Para Bella fue una pequeña decepción que Edward se hubiera tomado tan poco tiempo libre después de la boda, pero entendía que tenía muchos y urgentes compromisos.
Y ella tampoco quería una larga luna de miel, pero le habría gustado tener un poco más de tiempo para estar juntos porque por fin se sentía como si estuvieran empezando a conocerse de verdad. Aunque el progreso era muy lento porque Edward siempre estaba trabajando.
Cuando volvieron a Atenas, Emmett y Rosalie habían retomado el viaje que interrumpieron para acudir a su boda, de modo que Bella y Anthony se quedaban solos durante el día.
Una semana después de llegar, Bella recibió un mensaje de Aro pidiéndole que fuese a verlo al hospital. Y la sorprendió porque Edward le había dicho que no se encontraba bien como para recibir visitas. De hecho, la tarde que él fue a verlo al hospital, la situación del anciano había empeorado. No dejaban entrar a nadie en su habitación y la venta de la isla había quedado en suspenso por el momento.
Bella miró la nota manuscrita que Aro le había enviado. Tenía la impresión de que a Edward no le gustaría que fuese sola a ver al anciano, pero él se había ido a Paris esa mañana y volvería tarde. Y ella no quería dejar a Aro esperando porque su salud era tan precaria que si esperaba unos días podría no tener oportunidad de hablar con él.
De modo que dejó a Anthony con el ama de llaves y acudió sola al hospital.
-Gracias por venir –dijo Aro, intentando incorporarse un poco en la cama-. No sabía si podrías hacerlo.
-Pues claro que sí –sonrió Bella, inclinándose para darle un beso en la mejilla. Estaba sorprendida por el cambio que se había operado en él; ahora parecía tan frágil que apenas lo había reconocido.
-Hay un par de cosas que quería preguntarte. Perdona que vaya directo al grano, pero me canso rápidamente.
Ella lo miró, insegura. Tenía la impresión de que no iba a querer contestar a sus preguntas.


Edward firmó el documento de compra de la isla de Aro y dio un paso atrás.
-Cuida de mi isla –le dijo el anciano-. Y cuida de esa bonita esposa tuya. Tienes una joya, aunque creo que aún no te has dado cuenta.
Edward tuvo que controlar una réplica airada. La isla era suya ahora y no tenía que darle explicaciones a nadie sobre lo que iba a hacer con ella. Y, desgraciadamente, se daba perfecta cuenta de la clase de persona que era su esposa.
-Yo conozco bien a mi mujer –le dijo. Una mujer que aún no había aprendido a meterse en sus asuntos y, de nuevo, había traicionado su confianza.
Aro lanzó un bufido e hizo un gesto con la mano, como desdeñando sus palabras.
-Bueno, nosotros ya hemos hecho lo que teníamos que hacer –le dijo, señalando la puerta-. Puedes irte, no quiero apartarte de tus negocios.
Edward estrechó su mano, conteniendo una sonrisa ante la descarada despedida.
Cuando salió del hospital fue directamente al hotel. No podía creer lo que había pasado. Por fin había conseguido la isla para su tía, pero lo único que podía pensar era que Bella había vuelto a traicionarlo.


Bella miró a Anthony, profundamente dormido en su cuna, antes de salir de la habitación y cerrar la puerta sin hacer ruido.
Estaba en permanente estado de agitación desde que habló con Aro en el hospital el día anterior. Ella había decidido no decir nada que pudiese comprometer a Edward, pero el anciano ya lo sabía todo.
El propio Aro le había contado la historia de los tíos de Edward. Sabía perfectamente cómo y por qué habían perdido la isla. Y cuando él mismo sugirió que Edward quería comprarla para devolvérsela a su tía, la reacción de Bella había confirmado sus sospechas.
Ella no le había contado nada, pero no era capaz de esconder sus reacciones y no estaba dispuesta a mentir. Aunque estaba segura de que tendrían otra pelea por eso, y no era una conversación que quisiera mantener por teléfono.
Suspirando, salió al jardín de la terraza, esperando tranquilizarse un poco. Pero la fragancia del jazmín era demasiado poderosa y el gorgoteo de la fuente no parecía tranquilizarla en absoluto.
De repente, se dio cuenta de que estaba recordando la última vez que estuvo con Edward en esa terraza… a punto de decirle algo que volvería a enfurecerle. La primera vez, aunque acabó provocando un problema, había actuado con la mejor de las intenciones. Esta vez no había hecho absolutamente nada salvo no contarle a Aro una mentira.
Cuando iba a darse la vuelta, Bella vio que Edward estaba a punto de salir a la terraza.
-Ah, me alegro de que estés aquí. Tengo que contarte una cosa que ocurrió ayer…
-Fuiste a ver a Aro.
-Sí, me envió un mensaje pidiendo que fuera a verlo y pensé que sería mejor no retrasar la visita.
-Yo también he ido a verlo. De hecho, vengo ahora mismo del hospital. La isla es mía.
-¿En serio? ¡Cuánto me alegro! –exclamó Bella. Pero, al ver su expresión, supo que no se había equivocado: Edward estaba furioso-. ¿No estás contento? Has conseguido lo que querías.
-Lo que quiero es una esposa que no se meta en mis asuntos.
-Yo no me he metido en tus asuntos…
-Le contaste a Aro cosas que yo te había contado en confianza…
-No le conté nada porque Aro ya lo sabía todo. Sólo quería confirmarlo.
-Y tú se lo confirmaste.
-No le confirmé nada en absoluto, pero imagino que lo vería en mi expresión. No tengo por costumbre mentir y no pienso empezar a hacerlo ahora.
-Yo no quería que Aro supiese nada y te lo dejé bien claro –replicó Edward, furioso.
-¿Qué querías, que le mintiese a un hombre moribundo? ¿Para qué, de qué habría servido eso?
-No intentes darle la vuelta…
-No estoy dándole la vuelta a nada, te estoy contando lo que pasó –replicó ella, airada-. No ha ocurrido nada malo… de hecho Aro te ha vendido la isla, ¿no? Deberías de estar contento en lugar de venir aquí a echarme en cara lo que digo o dejo de decir.
-Aro me la hubiera vendido tarde o temprano.
-O no –dijo Bella.
-Ésa no es la cuestión. La cuestión es que yo no quiero una esposa en la que no confío.

-Y yo no quiero un marido que no confía en mí –replicó ella-. Además, tú no quieres una esposa en la que confiar, tú quieres una esclava sumisa, alguien que haga exactamente lo que tú esperas. De hecho, no quieres una esposa en absoluto, quieres una empleada, alguien a quien puedas decirle lo que tiene que hacer sin que ella se atreva a rechistar.
Edward la miraba, sorprendido por la pasión que ponía en sus palabras.
-No voy a tolerar tus continuas interferencias en mis asuntos…
-Y yo no voy a tolerar que critiques constantemente lo que hago o dejo de hacer, así que no intentes intimidarme. Ha pasado mucho tiempo desde que echaste de aquí a una cría asustada…yo ya no soy esa chica.
-¿Ah, no? ¿Entonces por qué estamos discutiendo otra vez sobre lo mismo, sobre una traición tuya?
-Yo no te he traicionado, tú decides interpretarlo así porque eres incapaz de confiar en nadie. Para ti es imposible que otra persona tenga una opinión válida o que actúe movida por buenas razones. Tienes la obsesión enfermiza de controlarlo todo. Todo tiene que ser exactamente como tú quieres, pero en la vida las cosas no son así. Crees que tú sabes mejor que nadie lo que hay que hacer en cada momento… que la tuya es la única manera.
Edward la miró, con el corazón acelerado, ¿Cómo se atrevía a desafiarlo de esa forma?
-Exigir respeto de la gente que me rodea no me convierte en un obseso…
-No aceptar la opinión de los demás e insistir en que todo sea exactamente como tú quieres, aunque el resultado sea el mismo, te convierte en un tirano.
-Da igual que le des la vuelta a lo que ha pasado, la cuestión es que nunca toleraré que interfieras en mis asuntos.
-¿No te das cuenta de lo hipócrita que eres? –exclamó Bella, exasperada-. Intentando controlarlo todo, eres tú quien interfiere en la vida de los demás… a veces con terribles resultados. Tú le dijiste a Emmett lo que debía hacer con su mujer, tú has querido comprar la isla para tu tía con el objeto de cambiar su vida, como lo hizo tu padre hace años. Y tú me has obligado a venir a Grecia y casarme contigo.
-Por que era lo mejor para la familia. No hay nada malo en eso.
Él sólo quería lo mejor para todos, para Rose, para su tía y, sobre todo, para su hijo. Y no dejaría que Bella retorciera sus intenciones.
-Mi abuela también pensó que arrancarme de los brazos de mi madre era lo mejor para todos –dijo ella entonces-. Eres igual que ella. Te niegas a ver las cosas desde la perspectiva de los demás. Tú me dijiste que no podías soportar que tu padre se metiera en tus asuntos, pero haces exactamente lo mismo que él. Pones tanta energía en controlarlo todo que no aceptas que otra persona pueda hacer la menor contribución.
-No te permito que me compares con mi padre…
-Tú no tienes que permitirme nada, yo me tomo el permiso cuando me parece que debo hacerlo –lo interrumpió Bella-. Eres igual que tu padre, Edward, pisoteando la vida de los demás según tu propia conveniencia.
-No sabes de qué estás hablando –dijo él entonces, con un brillo amenazador en los ojos.
Bella lo miró y, de repente, se sintió agotada. No tenía fuerzas para seguir discutiendo.
-Mira, déjalo. Estoy harta –murmuró, dejando caer los hombros-. Es como si estuviera caminando sobre cáscaras de huevo continuamente. Por mucho que lo intente, tú y yo nunca podremos entendernos.
-Si dejas de meter las narices en mis asuntos no habrá ningún problema.
A Bella le dieron ganas de echarse a reír. Edward no se escuchaba a sí mismo, si lo hiciera sabría que era un hipócrita. Y lo amaba, pero aquel matrimonio nunca podría funcionar.
-Es mejor que no sigamos hablando, no vale de nada –le dijo, sintiendo que su corazón se rompía de nuevo-. Tú no quieres escucharme. Haga lo que haga, siempre vas a interpretarlo de manera negativa.
Luego se dio la vuelta porque no había nada más que hacer.
-No me dejes con la palabra en la boca. Aún no he terminado.
-Pero yo sí –dijo Bella-. Yo sí he terminado de hablar, Edward. Me temo que Anthony es lo único que tu y yo tenemos en común… lo único que tendremos en común.
Edward se quedó inmóvil, mirándola con hostilidad mientras salía de la habitación. Pero no hizo nada para detenerla.
Bella apenas pegó ojo en toda la noche y fue un alivio cuando empezó a amanecer y oyó a Anthony moviéndose en la habitación de al lado. No sabía dónde estaba Edward y le daba igual. Había decidido rendirse. Su matrimonio con Edward Cullen nunca podría funcionar.
Después de la discusión, no podía ni mirarlo a la cara y él debía de sentir lo mismo porque se encerró en el estudio, del que no salió siquiera para cenar. Debía de haber dormido en alguna de las habitaciones del hotel porque cuando despertó no estaba a su lado.
Después de darle el desayuno al niño, Bella sacó a Anthony a pasear en su cochecito. Acostumbrada al aire acondicionado del hotel, el calor de las calles de Atenas era abrumador.
El tiempo había sido muy cambiante en los últimos días, de modo que levantó la capota de plástico del cochecito y, alejándose de la zona de negocios, se dirigió a la parte antigua de la ciudad, cerca de la Acrópolis. Pero había olvidado que los turistas solían levantarse tarde y encontró las calles desconcertantemente vacías, aparte de algún turista despistado.
Al final, encontró un pequeño café y se sentó para darle a Anthony un biberón con zumo de manzana. Luego pidió un capuchino y un bollo para ella, esperando que la mezcla de cafeína y azúcar le animase un poco.
El bochorno y la noche en blanco empezaban a afectarle casi tanto como la angustia que pesaba en su corazón.
Mientras estaba allí, intentando distraerse mirando el escaparate de una tienda, empezó a sentirse horriblemente triste. Lo único que podía pensar era cuánto amaba a Edward, mientras que él no la amaría nunca.
Le había roto el corazón de nuevo. Y esta vez no sabía si encontraría fuerzas para recoger los pedazos.


Edward observaba el rostro de su tía Esme mientras el helicóptero se acercaba a la isla. La había conocido esa misma mañana y no podía dejar de pensar cuánto se parecía a su madre. No era un parecido físico sino otra cosa… su forma de moverse, de hablar, sus gestos y, sobre todo, su voz.
Se sentía raro acompañándola por fin a la isla donde había crecido con su madre. Y le había sorprendido que quisiera ir con él después de haberse negado a verlo tantas veces, ya que estaba preparado para una larga batalla.
Ella no dijo mucho durante el viaje, pero Edward podía ver que le brillaban los ojos y supo que volver a la isla era una experiencia muy emotiva para ella.
-No puedo creer que esté aquí –murmuró, mientras seguían al ayudante de Aro hasta la casa.
-¿Te parece diferente? –preguntó Edward, abriéndole la puerta.
Habían ocurrido muchas cosas desde la primera vez que fue a aquella isla con Bella, pensó. Su ordenada vida se había puesto patas arriba desde entonces. Y ahora estaba allí, con su tía Esme, haciendo realidad el último deseo de su madre mientras en Atenas lo esperaban su mujer y su hijo.
Edward tragó saliva al recordar su discusión y el brillo de desesperación en los ojos de Bella cuando le dijo que Anthony era lo único que tendrán nunca en común.
-Por fuera parece que está igual –dijo Esme-. E incluso el interior parece el mismo… aparte de los muebles.
-Hay algunas cosas que habrá que renovar, sobre todo el mantenimiento de los olivos y la prensa tradicional para hacer aceite –dijo Edward, volviendo al presente-. Pero ya me he puesto en contacto con varios expertos para que la isla vuelva a ser como antes… si decides quedarte aquí.
-El señor Vulturi me indicó que le mostrase los cuadros –dijo entonces el ayudante de Aro, llevándolos hacia el pasillo-. Y ahora, si me perdonan, voy a comprobar si el almuerzo está preparado.
Esme se llevó las dos manos a la cara y lanzó una exclamación al ver los cuadros de su marido. Edward la vio temblar mientras se acercaba para mirar las acuarelas que había pintado el amor de su vida. Y, al ver que una lagrima rodaba por sus mejillas, se le hizo un nudo en la garganta. Nervioso, le ofreció su pañuelo y luego, sin pensar en lo que estaba haciendo, tal vez porque se parecía tanto a su madre, le pasó un brazo por los hombros.
Esme se volvió, sorprendida.
-Perdóname… no me he dado cuenta.
-No, no, perdóname tú a mí –su tía lo miraba sacudiendo la cabeza-. Muchas gracias por recuperar la isla para mí, hijo.
-No es nada.
-¿Cómo que no? Después de haberte dado la espalda durante tantos años no me lo merezco.
-Me alegra mucho saber que he podido arreglar algo de lo que destrozó mi padre.
-Tu padre, no tú. Pero yo fui una tonta por darles la espalda a mi hermana y a mis sobrinos. Y ahora que te has convertido en un hombre maravilloso… lamento mucho haber perdido el contacto con tu madre.
Edward no sabía que decir. Sabía que Esme y su madre nunca habían tenido una relación muy estrecha. Eran dos personas completamente diferentes; a Esme le gustaba la vida sencilla y a su madre la emoción de la gran ciudad, pero habían pasado su infancia en aquella isla y era una pena que no hubieran podido olvidar sus diferencias antes de que su madre muriera.
-Siento mucho no haber aceptado tus ofertas de ayuda… o los cuadros que me enviaste. Y que te devolví sin abrir las cajas siquiera… eso fue imperdonablemente mezquino por mi parte después de lo que debió de costarte conseguirlos. Estaba tan decidida a no aceptar nada de tu familia que me hice daño a mí misma, me negué la oportunidad de tener algo que me hubiera aportado algún consuelo.
-¿Por qué has cambiado de opinión? –Le preguntó Edward-. Me ha sorprendido mucho que aceptaras venir a la isla conmigo.
Ella asintió con la cabeza.
-Me avergüenza decir que de no haber sido porque el anciano que solía vivir aquí me llamó para que fuera a verlo al hospital, seguramente no habría recuperado el sentido común.
-¿Aro te llamó?
-Y me contó que estabas intentando comprar la isla para que yo pudiera vivir en ella –contestó Esme-. Me quedé tan sorprendida cuando me lo dijo que estuve a punto de marcharme, pero la verdad es que me pareció un hombre encantador. Cuando empezó a hablar, me di cuenta de que no quería marcharme.
Edward tuvo que disimular un gesto de irritación. Por lo visto, Aro había estado muy ocupado. Había visto a Bella por la mañana, a su tía por la tarde y luego a él al día siguiente.
-¿Qué te contó?
-Más o menos la historia de su vida –rió Esme--. Me habló de su difunta esposa, de su amor por la naturaleza y, sobre todo, de cuánto le preocupaba que la reserva natural de la isla se conservase intacta. No podía soportar la idea de que se construyeran modernos hoteles aquí. Para eso me había llamado. Quería que yo le asegurase que la isla seguiría tal y como está y me pidió que… -su tía tuvo que sonreír- que te vigilase para que no empezaras a traer grúas y camiones.
Edward levantó una ceja, sorprendido. Aro era todo un personaje, desde luego. La idea de que su tía, a quien no había visto nunca, pudiera decirle lo que tenía que hacer… él construiría una jungla de cemento en la isla si le daba la gana. Nadie le decía a Edward Cullen lo que tenía que hacer.
Pero la verdad era que sentía un gran respeto por el anciano. Aro no era tonto. De hecho, le tenía tomada la medida. Él sabía que había comprado la isla para hacer las paces con su tía y que escucharía lo que ella tuviera que decir.
-No voy a construir ningún hotel, te lo aseguro. Pero tú tendrás que decidir lo que quieres hacer con la isla. Hay muchas posibilidades, desde retomar la producción de aceite a construir pequeños refugios para pintores… no tienes que decidirlo inmediatamente, por supuesto. Tómate el tiempo que quieras para pensarlo. Y si crees que la isla ya no es sitio para ti, también me parecerá bien. Podríamos encontrar una manera de preservarla como ha hecho Aro.
Dacia sonrió, volviéndose para mirar los cuadros.
-Muchas gracias, Edward.
-Me gustaría enviarte el resto de los cuadros –dijo él entonces, pensando que Bella tenía buen ojo para la pintura. Él había tardado años en encontrar y adquirir la colección de su tío. La mayoría de sus cuadros estaban en colecciones privadas y era muy raro que saliesen a la venta.
-Te lo agradezco –sonrió Esme-. Pero después de tanto tiempo lo que de verdad me gustaría es poder conocer a la gente a la que tan tontamente he dejado fuera de mi vida.
-Sí, claro. Emmett está deseando presentarte a su familia.
-Y también quiero conocer a tu mujer. Aro la adora y tengo la impresión de que ella ha sido fundamental para que te vendiera la isla.
-Sí, Aro siempre ha apreciado mucho a Bella. Creo que le recuerda a su difunta esposa –dijo Edward, sintiendo una inesperada emoción.
Sabía que Bella había jugado un papel importante en la decisión de Aro pero, de repente, empezó a pensar en lo que ella le había dicho el otro día: que siempre la juzgaba de manera negativa, sin pensar que hacía las cosas de corazón, por un buen motivo.
Cuando la verdad era que seguramente sin su ayuda no habría conseguido aquella isla.
-El almuerzo está listo –la aparición del ayudante de Aro interrumpió los pensamientos de Edward.
-Ah, qué bien. Muchas gracias –sonrió Esme.
Edward se volvió para escoltar a su tía hasta el patio. A pesar de todo, reconocía que el encuentro con ella, como la compra de la isla, había sido en parte gracias a Bella. Seguramente lo hubiera conseguido tarde o temprano, pero el proceso habría sido más largo y complicado.
-Los empleados de Aro seguirán aquí, así la transición será más fácil para todos. Pero tú eres libre de tomar tus propias decisiones.
-La verdad es que me has dado la vida –dijo su tía, emocionada-. No te puedes imaginar lo que esto significa para mí. Gracias, Edward, muchas gracias.
Él estaba a punto de decir que no era nada cuando se dio cuenta de que esa frase podría empequeñecer lo que significaba para Esme.
-No ha sido sólo cosa mía.
-Ya lo sé. Y por eso estoy deseando conocer a tu mujer. Debe de ser una persona maravillosa.
-Sí, lo es –murmuró Edward, apartando la mirada.
Catorce meses antes solía pensar en Bella como el antídoto perfecto para una vida tan estresada como la suya. Era todo lo que él estaba buscando en una amante: era dulce, bella y receptiva a todos sus deseos. Como un oasis de serenidad en una vida llena de prisas y tensiones.
Pero Bella había cambiado. Una vez había sido la amante perfecta. De nuevo, había hecho algo en contra de sus deseos y lo había llamado tirano, obseso…
Su vida había sido siempre tan ordenada, tan organizada, con todo bajo control, como a él le gustaba.
¿Lo convertía eso en un obseso, en un enfermo? De repente, ya no estaba tan seguro.
Lo único que sabía era que Bella y Anthony habían aparecido y su mundo ya no era el mismo. Nada era ya predecible, controlable.
Él estaba acostumbrado a que lo obedecieran, pero Bella no era una empleada. Era su mujer. ¿De verdad quería a la persona sumisa y sin opinión que ella había descrito?
Desde que descubrió la presencia de Anthony, todo lo que había hecho era por el bien de su hijo. No había pensado en lo que podría ser mejor para Bella o para sí mismo.
Recordaba el brillo desolado en sus ojos cuando le dijo que sólo tenían en común a Anthony, como si no hubiera ninguna esperanza para ellos, como si la idea de un futuro a su lado la llenase de desesperación.
Y, por alguna razón, eso lo hizo sentir helado por dentro.

sábado, 2 de octubre de 2010

El hijo secreto del griego

Capítulo 10

El fuerte aroma del jazmín flotaba en el aire mientras Bella empujaba el cochecito de Anthony por la plaza Kolokonai, pasando frente a las fabulosas tiendas de ropa de diseño y elegantes cafés.
La fragancia era típica de Atenas y le recordaba su primer verano en la ciudad, cuando se enamoró de Edward.
Edward…
Nunca había habido y seguramente nunca habría una oportunidad para ellos. Su encanto, su asombrosa personalidad y su increíble atractivo físico la habían dejado abrumada entonces.
Recordándolo ahora, estaba segura de que una mujer con más experiencia no se habría quedado tan embobada con él. Una mujer que hubiese vivido más se habría dado cuenta enseguida de que la relación era completamente superficial. Pero Bella estaba demasiado enamorada como para ver más allá de la felicidad que sentía simplemente estando con Edward.
Sabía que algunas personas querían vivir en el presente, sin pensar nunca en el futuro, pero Bella no era una de ellas. De niña, siempre había soñado con ser parte de una familia y eso era lo que deseaba darle a Anthony. Pero ahora parecía una esperanza imposible porque Edward se mostraba cada día más distante.
Habían vuelto a Atenas y estaban haciendo los preparativos para la boda, pero la comunicación entre ellos se limitaba a breves e impersonales comentarios sobre Anthony.
Bella quería hablar con él para intentar mejorar la relación, pero su última discusión había sido tan terrible que temía turbar el precario equilibrio que habían conseguido mantener desde entonces.
Al menos ahora entendía por qué Edward se había enfadado tanto con ella el día que Rosalie tuvo el accidente, pero seguía sin estar de acuerdo con lo que Emmett y él querían hacer y estaba convencida de que había hecho lo que debía.
Y convencida de que Edward la había echado de su vida sin contemplaciones porque no la había amado nunca.
Ella no sabía que Rosalie fuese alcohólica, pero como solían verse en reuniones sociales, cuando todo el mundo bebía, no se había dado cuenta del problema. Además, sabía que algunos alcohólicos eran expertos en esconder su adicción. Y ella, haciendo lo que le había parecido que era su deber, había empeorado la situación.
Bella volvió al hotel con el corazón encogido. Ese asunto siempre estaría ahí, separándolos.
Cuando llegó a la suite que ocupaba con Edward, metió a Anthony en la cuna y le puso el chupete.
-Hora de dormir la siesta, ángel mío –murmuró.
El niño se quedó dormido casi inmediatamente y Bella salió a la terraza, atraída por las voces que oía en el piso de abajo.
Cuando miró hacia la terraza privada del apartamento de Emmett y vio al hermano de Edward con Rose y Nico en la piscina, sintió una ola de emoción. Los tres parecían tan felices… y Nico había crecido mucho. Rosalie estaba embarazada otra vez y el amor y el orgullo se reflejaban en el rostro de Emmett Cullen.
Estaban todos juntos, disfrutando de la vida. Era una familia perfecta, como la que ella deseaba para su hijo.
De repente, se le hizo un nudo en la garganta y sus ojos se llenaron de lágrimas.

Edward entró en el hotel dispuesto a subir a la suite sin pasar por la oficina. Su ayudante le había comunicado que Bella ya estaba allí y quería avisarla de que Emmett y su familia habían vuelto de viaje.
No quería que se encontrase con ellos sin haberla avisado previamente porque temía que fuera una situación incómoda. De modo que era su intención estar presente la primera vez que se vieran después del «incidente».
Entró en la suite sin hacer ruido, por si Anthony estaba dormido, y vio a Bella en la terraza, mirando hacia abajo. Pero su postura le dijo que ocurría algo raro. Tenía los hombros caídos y su cuerpo parecía sacudido por sollozos…
-Bella.
Ella se volvió a toda prisa, intentando disimular.
-Ah, hola, no te había oído entrar.
-¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras?
-Por nada. Es que estaba mirando a tu hermano con su familia… yo no quería hacerles daño, ésa no era mi intención.
-La verdad es que no sé cuál era tu intención –dijo Edward, un poco turbado al verla llorar-. ¿Por qué no pensaste que yo sólo quería lo mejor para mi familia?
-No lo sé, tal vez porque no te conocía bien. Y sigo sin conocerte –dijo ella.
-Tú me conoces…
-No, no es verdad. Y tú no me conoces a mí –lo interrumpió Bella-. Cuando vi lo que estabas a punto de hacer pensé en mi madre… en cómo la mató que me arrancasen de sus brazos.
Edward la miró, perplejo. ¿De qué estaba hablando? ¿Qué tenía que ver su madre en todo aquello?
-No te entiendo.
-Me robaron de los brazos de mi madre y, al final, desesperada, ella se mató –le contó Bella, incapaz de contener las lágrimas.
-Ven, vamos dentro. Siéntate un momento, por favor. ¿Quieres un poco de agua?
Ella asintió con la cabeza, tomando el vaso de agua con manos temblorosas. No quería decir nada más, pero ahora que había empezado no parecía capaz de parar.
-Mi madre era muy joven cuando yo nací. Sólo tenía dieciséis años.
-No lo sabía.
Bella sacudió la cabeza.
-Ya te he dicho que no sabemos mucho el uno del otro –suspiró, apartándose el pelo de la cara-. Mi abuela se quedó horrorizada cuando nací. Estaba convencida de que mi madre no sabría cuidar de un recién nacido, de modo que me llevó con ella. Me crió con Alice, haciéndome creer que era mi hermana mayor, pero fue un desastre para todos. Nunca me quiso y para ella tener otra niña en casa era una molestia… y me lo hizo saber, te lo aseguro. Pero lo peor de todo fue que su decisión destrozó la vida de mi madre. La hizo sentir como un fracaso y nunca consiguió salir adelante.
-De modo que Alice es en realidad tu tía.
-Yo pensaba que era mi hermana. Crecimos juntas y no hay una gran diferencia de edad entre las dos - Bella se pasó la mano por la cara-. Tal vez si mi madre hubiera podido cuidar de mí todavía estaría viva. Habría tenido un propósito en la vida… una razón para vivir. Pero se quedó sola, sin mí, y empezó a beber y a tomar drogas. Murió de una sobredosis años después.
-Lo siento mucho. Yo no sabía nada.
-Yo tampoco supe nada hasta que cumplí los dieciocho años. Mi abuela había echado a mi madre de casa…
-¿Tú abuela ni siquiera te dijo quién era tu madre?
-Según mi abuela, era lo mejor para todos –contestó Bella, con amargura-. En realidad, estaba intentando ocultar lo que ella veía como una vergüenza para la familia. Y yo no lo supe hasta los dieciocho años, cuando tuve que pedir una partida de nacimiento para solicitar el pasaporte.
Recordó entonces la sorpresa que se había llevado cuando recibió el documento; la confusión y la angustia que sintió al ver aquel nombre extraño en la casilla que correspondía a la madre.
Para entonces su madre ya había muerto, de modo que nunca pudo conocerla. Su abuela, una mujer amargada, le había negado el derecho a conocer a su propia madre.
Sin decir nada, Edward la abrazó y ella se echó en sus brazos porque necesitaba el calor de otro ser humano en ese momento.
-Lo siento mucho, Bella. Pero debes olvidarte de eso. Lo único importante ahora es que Anthony tenga todo lo que necesita… el cariño de su padre y de su madre. A nuestro hijo nunca le faltará eso.
Bella sabía que hablaba con sinceridad, que la amenaza de robarle a su hijo había sido en un momento de ofuscación… a los que él era tan propenso. Fue como si le quitaran un enorme peso de encima y, por primera vez, sintió que Edward la conocía de verdad.
-Me alegro de que me lo hayas contado –murmuró, acariciando su pelo.
Era terrible imaginar lo que debía de haber sufrido durante su infancia. Y entendía que nunca hubiese querido hablar de su pasado. Como tampoco quería hacerlo él, que también tenía su carga de amargura. Era esa carga de amargura lo que había hecho que no se entendieran.
Pero quizá aún había una esperanza para ellos.


Bella, tumbada al lado de Edward en la cama, lo miraba con ternura. Seguía temblando después de hacer el amor con él y sentía una alegría que no había sentido en mucho tiempo.
Le había hablado de su pasado, de los sórdidos detalles de su niñez y su familia y, al hacerlo, se había quitado un peso de encima que parecía haberla aplastado desde que era niña.
Sabía que estaban juntos por Anthony pero, por fin, sentía como si estuvieran acercándose de verdad. Suspirando, Bella levantó una mano para levantar su cara; los altos pómulos, el fuerte mentón.
Edward abrió los ojos en ese momento; los sensuales labios curvándose en una sonrisa.
-Estás preciosa –le dijo.
Bella sonrió, sintiendo mariposas en el estómago. Sólo con mirarlo se sentía feliz… y excitada al mismo tiempo. La sangre corría por sus venas tan alegremente como si fuera champán. Se sentía tan contenta de estar allí con él, tan contenta de que fuera el padre de su hijo.
De repente, su corazón dio un vuelco y se dio cuenta de algo, algo maravilloso y terrible al mismo tiempo.
Lo amaba. Había vuelto a enamorarse de Edward otra vez.


Más tarde, Edward la llevó a saludar a Emmett y Rosalie. Bella estaba nerviosa, pero sabía que tenía que pasar por ese momento embarazoso. No sólo por la familia Cullen sino porque era lo mejor para todos ya que tendrían que relacionarse a menudo después de la boda.
-Siento mucho lo que pasó esa noche –se disculpó, nada más entrar en la suite.
Todos la miraron, incómodos, Y Bella se aclaró la garganta. Pero en su corazón sabía que no tenía sentido esperar más. Ella era una persona honesta y sería absurdo ponerse a charlar de cosas banales cuando había algo tan importante que debían aclarar cuanto antes.
-No para nada, Bella –sonrió Rosalie, abrazándola-. Todo ha salido bien al final.
-Pero cuando pienso en lo que podría haber pasado…
-Lo que podría haber pasado fue culpa mía, no tuya – dijo Rosalie-. Sé que tú no querías hacerle daño a nadie.
-Por supuesto que no. Hice lo que hice porque me pareció que era mi obligación. Entonces Edward y yo no nos conocíamos bien…
-Y lo entiendo –sonrió la cuñada de Edward-. Incluso podrías haberme ayudado porque yo no estaba dispuesta a aceptar ayuda entonces. Sé que no fue la mejor manera de darme cuenta, pero al menos el accidente me hizo pensar. Tú no pusiste las llaves del coche en mi mano, Bella. Pero sí intentaste detenerme y fuiste a buscar ayuda inmediatamente. Y por eso estamos encantados de que ahora formes parte de la familia.
Ella sonrió, trémula. Agradecía mucho sus palabras y, sobre todo, se alegraba de haber recuperado a una amiga.
-Edward me ha contado lo que pasó –dijo Emmett entonces. Se parecía tanto a su hermano que cuando clavó en ella sus ojos oscuros Bella se puso nerviosa-. Y todos sabemos que no querías hacerle daño a mi familia.
-¿Por qué iba a querer yo hacerle daño a tu a familia? Al contrario, pensé que estaba haciendo lo que debía hacer.
-Bueno, vamos a cenar –sonrió Bella, intentando animar el ambiente-. Así podrás contarme cómo van los preparativos de la boda.
Edward caminaba al lado de su hermano, detrás de ellas, pero no podía dejar de mirar a Bella. Parecía aliviada porque el reencuentro había ido bien y él compartía su alivio.
No tenía por costumbre preocuparse por lo que pensaran los demás, pero se daba cuenta de que había estado nervioso esperando el resultado de ese encuentro.
Quizá porque hasta entonces Bella no le había contado la verdad. Ella lamentaba lo que había ocurrido, pero Edward se daba cuenta de que, con un pasado tan triste como el suyo, había reaccionado de la manera más lógica. Su intención nunca había sido hacerle daño a él o a Emmett, sencillamente quería evitar que le arrebatasen el niño a Rosalie.
Mientras la miraba, Edward experimentó una extraña sensación y arrugó el ceño, momentáneamente desconcertado al no poder identificar lo que sentía. Entonces se dio cuenta de lo que era: orgullo. Se sentía orgulloso de Bella por haber sido tan honesta y tan valiente.
Sí, tenía que ser eso.

jueves, 30 de septiembre de 2010

El hijo secreto del griego

Capítulo 9

Edward llevó a Bella hacia la escalera. Era tan ligera como una pluma y le parecía sexy como el demonio apretada contra su pecho, un brazo sobre los hombros, la otra mano acariciando su torso.
Su corazón latía furiosamente bajo esos dedos y el brillo de deseo que veía en sus ojos lo hacía sentir imparable. Quería subir las escaleras de dos en dos pero, al mismo tiempo, quería que aquel momento durase un poco más.
Era tan agradable llevar a Bella a su cama de nuevo… Y eso le recordó la primera noche que pasaron juntos, la primera vez que hicieron el amor. Había sido la primera vez para Bella, pero se había entregado a él libremente, sin inhibiciones. La forma pura y dulce en la que le había ofrecido su cuerpo le conmovió tan profundamente que esa noche estaría para siempre grabada en su cerebro.
Le ocurría lo mismo ahora, como si toda la desconfianza y la furia que habían sentido el uno por el otro hubieran sido olvidados de repente. El deseo que sentían era mutuo, absolutamente natural.
Edward se detuvo al pie de la escalera y la miró a los ojos. Su largo flequillo caía hacia atrás, apartado de su cara, y en sus ojos chocolates vio que iba a entregarse como lo había hecho esa noche, que lo deseaba tanto como él.
Sin poder evitarlo, volvió a inclinar la cabeza para buscar su boca y ella reaccionó instantáneamente, abriendo los labios para recibir la caricia y enredando los brazos en su cuello.
Edward la besó fieramente, disfrutando de la efervescencia de su respuesta. De cómo arqueaba la espalda, empujando los pechos hacia él. Cuando la sintió temblar entre sus brazos supo que era el momento de buscar la intimidad del dormitorio o no sería capaz de contenerse y le haría el amor allí mismo.
De modo que subió las escaleras de dos en dos y empujó la puerta con el pie. Por un momento, sus ojos se posaron en la cama. Desde que Bella se marchó, aquella cama le había parecido demasiado grande y vacía. Pero ahora ella había vuelto para convertir su cama en un sitio lleno de vida, de pasión.
Bella echó la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos. Temblaba de arriba abajo, anhelando que Edward le hiciese el amor. Se daba cuenta de cuánto la deseaba y saber eso despertaba en ella un torrente de pasión.
En el fondo de su alma sabía que las cosas no estaban resueltas entre ellos, pero no quería pensar en eso ahora. Quería dejarse llevar por la felicidad de estar otra vez entre los brazos de Edward.
Había pasado tanto tiempo desde la última vez que hizo el amor que casi se sentía como una virgen otra vez. Los recuerdos de lo tierna que había sido esa primera vez le habían parecido siempre demasiado bonitos, como si ella misma los hubiera embellecido con el paso del tiempo. Pero ahora iba a experimentar el amor físico de Edward una vez más.
-Eres tan preciosa… -dijo él con voz ronca, dejándola en el suelo.
Sus palabras, y su evidente deseo, le dieron confianza y Bella levantó los brazos para soltar el broche que sujetaba su vestido. La seda de color azul marino se deslizó por sus dedos y, un segundo después, la prenda caía al suelo, alrededor de sus pies.
-Ahora estás aún más preciosa.
Bella se daba cuenta de que le gustaba mucho lo que veía y, sintiéndose más atrevida, dio un paso hacia él, sólo con un sujetador de encaje y unas braguitas a juego.
-Llevas demasiada ropa –dijo Edward, con voz ronca, mientras se quitaba la camiseta.
Al ver su bronceado torso, Bella contuvo el aliento. Estaba increíblemente bien formado y su piel parecía de satén. De repente, sentía el deseo de inclinarse hacia delante para tocarlo, pasar la lengua por esos pectorales, poner su cara lo más cerca posible de su corazón.
Un ardor colosal se había apoderado de ella y necesitaba tocarlo, sentir que Edward la tocaba.
Como si hubiera leído sus pensamientos, él la tomó entre sus brazos, pasando las manos por su espalda y su trasero, deslizándolas luego hacia arriba para desabrochar el sujetador.
Edward tiró al suelo la prenda y volvió a apretarla contra su torso. La deliciosa fricción del vello masculino sobre sus sensibles pezones hacía que Bella perdiese la cabeza y se apretó contra él… pero Edward la apartó para quitarle las braguitas, dejándolas caer al suelo.
Respirando profundamente, ella levantó los pies para librarse de la molesta prenda y se quitó las sandalias al mismo tiempo, quedando completamente desnuda.
Los verdes ojos de Edward eran como una caricia sobre su cuerpo, pero ella quería más, mucho más.
-Tócame –le pidió, en voz baja.
Edward no necesitaba que lo animase y, en un instante, le dio la vuelta para tomarla por la cintura, apretando su torso contra la espalda de Bella.
Mientras acariciaba sus costados, ella bajó la mirada y vio sus pechos desnudos vibrando con cada jadeo. Sus pezones estaban duros, como pidiendo atención…
Una atención que recibieron cuando Edward cubrió sus pechos con las manos. Bella dejó escapar un suspiro mientras él masajeaba la tierna carne, enviando olas de placer por la espina dorsal. Y cuando pellizcó suavemente sus pezones, el placer se intensificó.
Bella echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos. Era tan perfecto estar así, sintiendo el calor de su piel, la dura erección rozando su espalda mientras las manos de Edward creaban sensaciones maravillosas dentro de ella.
Él levantó una mano para apartar a un lado su pelo, desnudando su cuello para besarla allí apasionadamente. Respiraba de forma agitada y cada suspiro renovaba el glorioso placer que estaba creando con sus caricias. Pero su otra mano se movía hacia abajo, hasta la parte más sensible de su cuerpo.
Bella abrió las piernas, empujando instintivamente la pelvis hacia delante cuando él metió una mano entre sus muslos.
-Edward… -el nombre escapó de su garganta cuando sus dedos hicieron contacto; las yemas acariciando el capullo escondido entre el triángulo de rizos.
Se le doblaron las piernas y estuvo a punto de caer, pero Edward la tomó en brazos para llevarla a la cama.
De repente, Bella no podía esperar más para sentirlo dentro de ella, llevándola a un sitio donde sólo él podía llevarla. Con manos temblorosas, empezó a desabrochar su cinturón y logró pasar el cuero negro por las trabillas del pantalón vaquero. Podía sentir la erección masculina luchando por librarse de la tela y ella quería, necesitaba, tenerlo totalmente desnudo, pero le temblaban demasiado las manos.
Edward, tan trémulo como ella, logró bajar la cremallera y quitarse pantalón y calzoncillos a la vez. Luego, de pie al lado de la cama, gloriosamente desnudo y excitado, se quedó mirándola.
El formidable ardor que brillaba en sus ojos oscuros la hizo temblar de anticipación. No podía permanecer quieta, su deseo por él era demasiado grande, de modo que se apoyó en los codos sin dejar de mirarlo, sabiendo que el anhelo de ser suya debía de estar grabado en sus facciones.
Edward se inclinó hacia ella con la gracia de un felino y Bella se abrazó a él, acariciando su fuerte espalda. Abriendo las piernas, levantó las caderas, dispuesta a ser suya de nuevo.
-Edward… -musitó, cuando él empujó un poco hacia delante. Un segundo después sintió el duro miembro deslizándose dentro de ella, el roce provocando una ola de placer que la hizo gemir, y levantó las piernas para enredarlas en su cintura.
Edward se detuvo un momento, el tiempo suficiente para que ella levantase un poco más las caderas, ansiosa, y luego empezó a moverse de nuevo. Bella se agarraba a él, sin aire, cada embestida creando una poderosa sensación que bloqueaba todo lo que no fuera ese momento.
Durante largas y solitarias noches se había preguntado si hacer el amor con Edward de verdad podía haber sido tan maravilloso como recordaba. Pero lo único que existía en aquel momento era el placer de ser una con él.
La respiración de Edward se hacía más fatigosa y sus propios jadeos la dejaban sin aire.
El placer dentro de ella empezaba a ser insoportable y, un segundo después, se levantó un poco, la espalda arqueada y los músculos interiores contrayéndose alrededor del miembro masculino. Estaba llegando al orgasmo y su mundo explotó en un caleidoscopio de colores.
Un segundo más tarde oyó gritar a Edward y lo vio temblar, con los ojos cerrados, antes de dejarse caer sobre ella.


La luz de la luna entraba por el balcón mientras Bella estaba en la cama, escuchando la suave respiración de Edward. Incluso dormido su presencia parecía llenar la habitación. Pero ahora, por primera vez desde que había vuelto a su vida, Bella estaba disfrutando de esa presencia. Quería quedarse allí, a su lado, y disfrutar del calor que irradiaba el magnífico hombre que estaba a su lado.
Y lo más maravilloso de todo era que, por fin, tenía cierta esperanza para el futuro.
Sabía que la conversación que mantuvieron antes de que Edward la llevase en brazos al dormitorio había ayudado a suavizar el ambiente entre los ellos. Edward se había mostrado tan sincero, tan abierto mientras le contaba aquel oscuro secreto de su familia, que la había conmovido. Era un cambio más que bienvenido en su personalidad y esperaba que continuase.
Sabía que ella misma había sido muy reservada sobre su pasado, preocupada siempre por lo que Edward pudiera pensar si era totalmente sincera con él.
Pero le habían hecho daño tantas veces durante su infancia… un dolor que culminó de forma horrible a los dieciocho años. De modo que había aprendido a no confiar en los demás, a no esperar mucho de los otros y, sobre todo, a no pedir nada para evitar la inevitable decepción.
Seguía viviendo con esa filosofía cuando conoció a Edward, de modo que nunca pudo ser totalmente espontánea con él.
Pero eso iba a cambiar. Lo mejor sería tirar las barreras que había levantado para protegerse, pensó. Él lo había hecho esa noche y eso los había acercado, pero sabía que podían estar aún más cerca.


A la mañana siguiente, Bella bajó a la cocina con Anthony. El niño siempre despertaba al amanecer y nada había cambiado desde que llegaron a Grecia.
Cuando salió a la terraza y se sentó a la mesa, con Anthony sobre las rodillas, vio a Edward nadando en la piscina, cruzándola de lado a lado con poderosas brazadas. Nunca se cansaría de mirarlo; era un nadador natural y parecía deslizarse por la superficie del agua sin esfuerzo alguno.
Hacía una mañana preciosa, tan temprano aún que el mar parecía de plata y el cielo estaba teñido de un suave color melocotón. Bella se sentía bien, genuinamente feliz de que Edward los hubiera llevado allí, y levantó la manita de Anthony para que saludase a su padre.
-¡Hola! No os había visto.
Una extraña sensación se apoderó de ella. Quizá porque habían hecho el amor por la noche, quizá por el positivo efecto de la conversación, pero se sentía como si estuviera en casa, como si aquel fuera su sitio.
Edward salió de la piscina, ríos de agua deslizándose por su musculoso cuerpo. Parecía un dios griego emergiendo del mar y Bella sintió nacer un renovado deseo.
-Buenos días –su voz sonaba más ronca de lo normal y, de repente, se sintió extrañamente tímida.
-Buenos días –dijo él, secándose el pelo con una toalla-. ¿Cómo estás esta mañana? ¿Y Anthony?
-Muy bien, gracias.
Bella se preguntó si tendría que volver a Atenas de nuevo o se quedaría allí, con ellos. Todo era tan diferente al día anterior, cuando se había alegrado de que la dejara sola con el niño.
-Voy a darme una ducha. Y luego me gustaría pasar la mañana contigo y con Anthony… si te parece bien.
-Me parece estupendo –sonrió Bella, realmente contenta.


Edward salió de la ducha sintiéndose lleno de energía y pensando en la noche anterior. Había sido fabulosa. Increíble, en realidad. Si su matrimonio iba a funcionar, así era como debían hacer el amor, abierta y honestamente, sin pensar en los problemas que tenían fuera del dormitorio.
Cuando llegaron a la isla, Bella se había mostrado distante, enfadada incluso. Y él había empezado a preocuparse seriamente. Pero ahora todo parecía haber cambiado entre los dos y Edward se alegraba.
El sonido del teléfono interrumpió sus pensamientos.
-¿Sí? –contestó, molesto con su ayudante por llamar tan temprano. Esperaba que fuese algo importante de verdad…
Dos minutos después atravesaba la casa, furioso. Pero cuando iba a salir a la terraza estuvo a punto de chocar con Bella, que iba charlando con el niño.
-Ah, no te había visto. ¿Qué te pasa? Estás pálido.
-Estoy bien, pero me temo que debo darte una mala noticia.
-¿Qué ha pasado?
-Es ARO. Está en un hospital de Atenas.
-Oh, no, pobre hombre. ¿Está muy mal?
-No lo sé. Acaba de llamar mi ayudante para informarme y le he pedido que intente averiguar algo más.
-¿Podemos ir a visitarlo?
-No lo sé, pero me enteraré.


Más tarde ese mismo día recibieron la noticia de que Aro se encontraba un poco mejor. De hecho, había pedido que Edward lo visitara en el hospital para hablar sobre la venta de la isla.
-Debe de encontrarse mucho mejor –sonrió Bella.
-Sí –murmuró Edward, mientras ojeaba unos documentos que había sacado del maletín, aunque él no tenía tantas esperanzas.


Bella parecía encariñada con el anciano y no quería preocuparla, pero él no era tan ingenuo como ella. Tenía la impresión de que Aro estaba intentando poner sus asuntos en orden porque veía próximo el final. Que quisiera venderle la isla cuando antes le había puesto tantas pegas significaba que su intención era dejar las cosas solucionadas para su hija antes de morir.
-Deberías contarle a Aro por qué quieres comprar la isla sugirió Bella-. Entonces seguro que te la vendería.
-Va a vendérmela –replicó Edward-. La mía es la mejor oferta.
-Pero no tiene nada que ver con el dinero. Tú mismo me lo dijiste. A Aro le importa mucho esa isla.
-No me des consejos sobre cómo llevar mis negocios… -Edward no terminó la frase al ver la expresión helada de Bella-. Perdona, no quería ser tan brusco.
-Yo estaba pensando en Aro, no en ti. Lo decía porque así él se quedaría más tranquilo –replicó ella, molesta.
Nunca se había metido en sus asuntos. Catorce meses antes no le hacía preguntas sobre su trabajo ni le daba su opinión. Pero ya no era la tímida chica que había sido; tal vez porque ahora era madre y había pasado los últimos seis meses teniendo que cuidar sola de su hijo y tomando decisiones que impactaban en la vida de otra persona.
O tal vez porque un año antes Edward había roto su relación con toda frialdad, dejando claro que no tenía el menor respeto por ella. Pero eso era antes y Bella decidió no permanecer callada:
-Hay un anciano en el hospital y tú puedes hacer que se sienta tranquilo sobre algo que es muy importante para él. Aro a dedicado los últimos veinticinco años de su vida a preservar esa isla tal y como está. Si supiera que la quieres para tu tía, para que pueda vivir tranquilamente y en armonía en la que antes fue su casa, eso significaría mucho para él.
-No es así como yo hago negocios –dijo Edward.
-No seas hipócrita, ese no es un negocio normal para ti. No estás buscando beneficios. Tú mismo me dijiste que querías comprar la isla como un gesto de desagravio hacia tu tía.
-No pienso contarle las vergüenzas de la familia a un extraño.
-No tienes que contarle nada – insistió Bella, exasperada-. Sólo dile que tu tía quiere vivir allí el resto de sus días.
-No tengo que decirle nada –suspiró él-. Y quizá no debería habértelo contado a ti tampoco –añadió, cerrando el maletín-. Después de todo lo que ha pasado, tú deberías entender que en esta casa se resuelven los problemas en privado. Las cosas se quedan en la familia.
Bella recordó entonces la conversación que había escuchado sin querer la noche que Edward la echó de su visa: él diciéndole a Emmett que se llevase a Nico a la isla en el helicóptero, sin el conocimiento de su madre. Y luego había dicho que «lidiaría en privado con Rosalie», que nadie fuera de la familia tenía que saberlo.
-Como Rose –murmuró-. Rosalie era un problema, así que tú planeaste quitarle a su hijo y lidiar con ella en privado.
Edward se levantó para cerrar la puerta y luego se volvió hacia ella, furioso.
-Habría sido mejor para todos, te lo aseguro. Rosalie es alcohólica y Emmett estaba desesperado por enviarla a una clínica en la que pudiera curarse de su adicción. Pero en lugar de tener los mejores cuidados en una clínica privada tuvo un accidente con el coche con Nico en la plaza más conocida de Atenas. ¡Había docenas de personas alrededor cuando la sacaron del coche, llorando y diciendo que su marido planeaba robarle a su hijo!
-¡Porque eso es lo que pensaba hacer!
-Nosotros sólo queríamos ayudarla.
-¿Y fue por culpa de la prensa por la que no pudisteis ayudarla?
-No –dijo Edward, apretando los labios-. Emmett no pudo enviarla a la clínica y, con la atención de los medios, su recuperación fue mucho más lenta. Que tú te involucrases en algo que no te concernía estuvo a punto de romper su matrimonio… por no decir que provocó lo que podría haber sido un trágico accidente.
-Yo no provoqué el accidente –se defendió Bella-. Tenía que decirle a Rose lo que pensabais hacer. Y vosotros deberíais haber hablado con ella y no hacer planes a sus espaldas.
Edward se pasó la mano por el pelo, furioso.
-Mira, tú eres la madre de mi hijo y por eso pronto serás parte de la familia, pero si quieres quedarte, ser parte de la vida de Anthony, no vuelvas a interferir.
-No me amenaces –replicó Bella-. No puedes robarme a Anthony. Hay leyes que me protegen.
-Sí puedo –dijo él, con total frialdad-. No lo dudes ni un segundo.
Luego se dio la vuelta y salió de la habitación, dejando a Bella con expresión horrorizada.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

El hijo secreto del griego

Capítulo 8

Bella se quedó mirándolo, sorprendida y dolida por lo que acababa de presenciar. Sabía que las estrías no eran muy atractivas y que no había recuperado del todo la figura después del embarazo, pero esa expresión de asco era intolerable.
Aquel hombre no tenía la más mínima consideración, ni con ella ni con nadie. ¿Qué clase de monstruo era Edward Cullen?, se preguntó, desolada.
Él solía mirarla como si adorase su cuerpo, como si el placer que encontraba en él, y que le daba a ella a cambio, fuese tan importante como respirar. Y saber que la encontraba repulsiva ahora que el embarazo había dejado marcas en su cuerpo le resultaba insoportablemente ofensivo.
¿Cómo se atrevía a mirarla de esa manera, a hacerla sentir desagradable? Ella no le había pedido que la llevase allí. De hecho, no había querido saber nada de él. Si no hubiese aparecido en Londres, de repente, Anthony y ella seguirían viviendo felices en su apartamento.
Furiosa, Bella entró en la casa, dispuesta a decirle lo que pensaba de él. Cuando llegó a la puerta de su habitación, el ama de llaves se llevaba a Anthony para bañarlo y Bella los miró, indecisa. No sabía si llamar a Laureen para decirle que ella bañaría a su hijo o buscar a Edward para dejar las cosas claras.
Al final, entró en la habitación y cerró de un portazo.
-¿Cómo te atreves a mirarme así? –le espetó, en jarras, sin molestarse en ocultar su cuerpo. ¿Cómo te atreves a hacerme sentir mal por algo tan natural como un embarazo?
-¿Qué?
-Me has mirado como si mis estrías te parecieran repulsivas.
-¿Cómo puedes ser tan egocéntrica? –exclamó él, levantando las manos al cielo antes de quitarse la chaqueta-. ¿Crees que tu cuerpo me disgusta?
-He visto tu expresión hace un momento. Y me alegra, la verdad, porque no vas a volver a tocarme en toda tu vida.
-¿Ah, no? –replicó Edward, tirando de su brazo para aplastarla contra su pecho-. Sé que eso es lo que tú quieres que piense.
-No es lo que quiero que pienses, es la verdad. No te quiero cerca de mí –dijo Bella, intentando apartarse.
-Vamos a ver si es verdad. Creo que tú quieres que te toque y estoy seguro de que no intentarás detenerme –Edward la tiró sobre la cama.
-¡Suéltame! –gritó Bella, pero él ya se estaba inclinando, aplastándola con su cuerpo.
Estar en la cama con Edward, en el sitio donde la había llevado tantas veces al séptimo cielo cuando eran amantes, desataba en ella una respuesta instintiva. Por el momento apenas la había tocado, pero la mera idea de que lo hiciera la excitaba.
Bella lo miró a los ojos y el crudo deseo que vio en ellos la hizo temblar por dentro. En ese momento supo que por mucho que el sentido común le dijera que saliera de allí, su traidor cuerpo anhelaba a Bella… como lo había anhelado siempre.
-Cuando te vi en la piscina me moría por tocarte –empezó a decir él-. Quería meter las manos bajo las copas del biquini y acariciar tus pechos.
Bella experimentó una ardiente ola de anticipación, pero en su cerebro sonaban campanitas de alarma. Estaba jugando con ella, intentando humillarla. Había visto cómo la miraba en la piscina y había notado el desdén de su voz…
Intentó empujarlo para levantarse, pero Edward se aprovechó del movimiento y acabó sentada al borde de la cama, entre sus piernas, con la espalda apoyada en su torso.
-No me digas que no quieres que te toque –el cálido aliento de Edward rozaba su cuello.
Bella miró hacia abajo y vio que la tenía sujeta por la cintura con un brazo, la otra mano acariciando su estómago. Tenía razón, quería que la tocase. Quería que se tumbase sobre ella y la poseyera, que le hiciese el amor como antes. Su pulso se había acelerado y respiraba erráticamente después de una simple caricia. Lo deseaba, era cierto.
Pero no quería que fuera así.
-Tienes una piel tan suave… -su voz despertaba escalofríos. Cuando metió una mano bajo la copa del biquini y empezó a acariciar sus pechos, un involuntario suspiro escapó de su garganta. Sin darse cuenta, Bella arqueó la espalda, levantando sus pechos en una inconsciente invitación mientras Edward masajeaba los redondos globos de la manera que él sabía, provocándole un exquisito placer.
Apenas se dio cuenta de que apartaba la mano y la tumbaba sobre la cama, pero Bella ya no intentó resistirse. Con los ojos cerrados, se sentía como perdida en una ola de deseo. Y cuando el cerró la boca sobre uno de sus pezones la excitación se volvió insoportable.
-Edward… -suspiró, olvidando momentáneamente todo lo que no fuera esa mágica sensación-Oh, Edward…
De repente, Bella abrió los ojos y puso las manos sobre sus hombros para apartarlo.
Era como si decir su nombre en voz alta hubiera roto el hechizo. Durante unos segundos había perdido la cabeza, pero en cuanto dijo su nombre recordó su determinación de no dejar que la tocase.
-Tú no me deseas, esto es un juego para ti y yo estoy harta de juegos –exclamó, lamentándose-. He visto cómo mirabas las estrías.
-¿De verdad crees que me importan esas malditas estrías? ¿Cómo puedes ser tan superficial?
-¿Yo soy superficial? –replicó Bella, airada-. He visto cómo las mirabas.
-Esas estrías son marcas superficiales, sin importancia. Las marcas de una madre. Deberías estar orgullosa de ellas, no esconderlas.
-¿Y tú quién eres para decirme lo que debo sentir?
Edward sacudió la cabeza.
-Las he mirado… enfadado por lo que significan. Enfadado contigo por lo que me has quitado durante todos estos meses.
-¿Y no debería yo estar enfadada contigo? ¡Ni siquiera pude decirte que estaba embarazada!
-Deberías habérmelo hecho saber de alguna forma.
-Lo intenté, pero tú no querías escucharme.
-No te creo. Nunca intentaste ponerte en contacto conmigo.
-No, claro que no. Intenté decírtelo esa noche, pero tú no querías escucharme. Me echaste de tu casa sin miramientos…
-¿Esa noche? –repitió él-. Dios mío, pensar que te fuiste de mi casa sabiendo que estabas embarazada…
-No te absuelvas a ti mismo tan fácilmente. ¡No me fui de tu casa, tú me echaste de ella!
-¿Desde cuándo lo sabías?
-Lo supe esa misma noche, unas horas antes. Iba a decírtelo cuando escuché la conversación sobre Rosalie. Y no te lo dije después porque tuve miedo. Te había oído decirle a tu hermano que se llevase al hijo de Rose y pensé que intentarías hacer lo mismo con nuestro hijo –contestó Bella, con total sinceridad.
Edward la miró, apretando los labios.
-Nunca intentaré quitarte a Anthony. A cambio, espero que seas una buena madre para él… y para los demás hijos que podamos tener.
-¿Otros hijos? –exclamó ella-. ¿Estás loco?
-¿Quieres que Anthony sea hijo único o es que no estás totalmente comprometida con este matrimonio?
-No sé si alguno de los dos está comprometido con este matrimonio. Lo que sí sé con toda certeza es que tú y yo no nos queremos y una pareja que no se quiere no debería traer hijos al mundo.
-Ya habrá tiempo para hablar de eso –dijo Edward entonces, haciendo un gesto con la mano-. Pero tengo que saber que vas a ser una esposa leal para mí, tanto en público como en privado.
-¿Vas a ser tú un esposo leal?
Edward asintió con la cabeza.
-Por supuesto.
-Es un compromiso que debemos hacer los dos, no sólo yo –le recordó Bella.
-Yo estoy dispuesto a ser tu marido y a que tú seas mi esposa… en todos los sentidos.
Después de decir eso salió de la habitación, dejando a Bella temblorosa.
Un río de anticipación empezó a correr por sus venas. Sabía lo que Edward quería decir. Y, a pesar de lo que le decía el sentido común, anhelaba entregarle su cuerpo.
Otra vez.


Más tarde, cuando Anthony ya estaba en la cuna que habían instalado en su nueva habitación, Bella paseaba por la casa sintiéndose inquieta. Edward estaba en el estudio, trabajando, pero le había dicho que se reuniría con ella para cenar.
Después de ducharse, se había puesto un vestido azul con escote halter y sandalias de tacón alto. La suave tela se ajustaba bajo sus pechos, cayendo una capa hasta las rodillas.
Bella iba de habitación en habitación, pensando lo que había ocurrido aquella tarde. Pero era casi imposible aceptar cómo había cambiado su vida en unos días.
Lo único que sabía era que, por Anthony, tenía que encontrar la manera de que su matrimonio con Edward funcionase. Sabía que eran compatibles en el dormitorio, pero en la vida de un matrimonio había más cosas que hacer el amor y cuidar a los hijos.
Estaba atravesando el pasillo cuando se encontró con una serie de cuadros que llamaron su atención. Algo en ellos le resultaba familiar. Los había visto muchas veces cuando vivía con Edward, pero era algo más…
Y, de repente, lo recordó: las acuarelas que había visto en casa de Aro Vulturi. Cuanto más los miraba, más segura estaba de que habían sido pintados por el mismo artista…
De modo que el interés de Edward por comprar la isla de Aro no era puramente comercial.
Unos minutos después oyó que se cerraba la puerta del estudio y, cuando levantó la mirada, lo vio acercarse a ella por el pasillo. Era tan guapo que simplemente con mirarlo se quedaba sin aire.
Se había quitado el traje de chaqueta que llevaba por la mañana para ponerse unos vaqueros y una camiseta que se ajustaba a su torso como una segunda piel. Incluso a distancia podía ver el magnético movimiento de sus anchos hombros…
Bella se dio cuenta entonces de que había echado de menos mirarlo así; poder admirar su físico atlético, maravillándose de compartir su cama por las noches con aquel hombre tan apuesto.
-¿Lista para cenar?
-Sí, claro.
Bella sintió un escalofrío cuando Edward le pasó un brazo por la cintura, pero intentó relajarse. Evidentemente, él quería que dejasen la discusión atrás y actuasen como una pareja normal, y quizá era lo mejor.
-Espera un momento… estaba mirando estos cuadros –dijo entonces, deteniéndose-. Me intriga saber por qué Aro y tú tenéis cuadros pintados por el mismo artista.
Edward se detuvo de golpe, con expresión seria.
-Ya sabes que no me gusta que la gente meta las narices en mis asuntos…
-Y yo pensé que habías dicho que íbamos a ser un matrimonio –lo interrumpió ella-. Es una pregunta perfectamente natural. Supongo que querrás que Anthony crezca con una madre que es capaz de mantener una conversación normal con su marido, ¿no?
Edward asintió con la cabeza, quizá un poco avergonzado.
-Tienes razón.
Su respuesta había sido automática, una reacción instintiva ante el interés de Bella por el pasado difícil de su familia. Pero ahora ella iba a ser parte de la familia era lógico que supiera algo sobre los Cullen… aunque no todo.
-Los cuadros son de mi tío.
-Tienes un tío artista, qué bien –sonrió ella-. Pero eso significa que tu tío vivió en la isla de Aro. ¿Por qué no me lo habías dicho?
-¿Cómo lo sabes? –preguntó Edward, desconcertado.
-Le pregunté a Aro por los cuadros y él me contó que el autor solía vivir en la isla.
-Sí, es verdad.
-También me dijo que estaban en la casa cuando hace veinticinco años le compró la isla a un constructor arruinado, afortunadamente antes de que empezase a construir hoteles y discotecas.
-Ese constructor dejó una deuda enorme cuando se declaró en quiebra.
-Pero si tu tío vivió allí, ¿eso significa que fue una vez dueño de la isla?
-No exactamente –Edward se pasó una mano por el pelo mientras se daba la vuelta para salir a la terraza-. Era de la familia de mi madre. Su hermana gemela, mi tía Esme, estaba casada con el artista.
-¿Y por qué la vendieron? Es un sitio precioso.
Edward carraspeó. Se encontraba incómodo hablando de ese tema… pero pensar eso casi lo hizo reír. La primera vez que hablaba de verdad con Bella en catorce meses y a los cinco minutos ya empezaba a asustarse.
La información sobre lo que pasó era de dominio público. De hecho era de nulo interés para cualquiera que no fuese de su familia. Pero era algo de lo que prefería no hablar porque se sentía avergonzado. Avergonzado de ser el hijo de su padre.
-No tienes que contármelo si no quieres.
Estaban en el balcón, sobre la piscina, que desde allí de verdad parecía confundirse con el mar.
La isla, con sus elegantes edificios y lujosa piscinas de aguas azules, era preciosa. Pero no tenía la misma magia que la de Aro. Tal vez porque la isla de Aro era salvaje, con sus viejos olivos y sus casitas de piedra. Desde luego, tenía algo que la hacía especial.
-Para tu madre y su hermana debió de ser un disgusto horrible tener que marcharse de allí.
-Mi madre se marchó por decisión propia. Quería la emoción y las oportunidades que le ofrecía una gran ciudad. A mi tía. Sin embargo, le encantaba la isla. Seguía siendo relativamente joven cuando mis abuelos murieron, pero logró conservar la casa y el negocio de aceite de oliva alquilando habitaciones a varios artistas. Así fue como conoció a su marido, Carlisle.
-¿Y por qué se marcharon de allí?
-Por culpa de mi padre –contesto Edward.
Bella lo miró, sorprendida, sabiendo que la conversación había entrado en territorio quizá demasiado personal. Porque ahora entendía que no quisiera hablar de la isla. Ella no sabía que Edward no se hablaba con su padre… aunque nunca le había dicho por qué.
-Mi padre tiene la mala costumbre de meterse en la vida privada de los demás y fue debido a su indiscreción por lo que mis tíos perdieron la isla. Mi tío murió en la miseria, pensando que le había fallado a mi tía. Ella se quedó sola, con el corazón roto, después de perder al amor de su vida y la isla que era su hogar desde que nació.
-Qué horror. ¿Tu tía vive todavía? No recuerdo que Emmett o tú la mencionaseis nunca.
-Por que no nos dirige la palabra. No quiere saber nada de nosotros por culpa de nuestro padre.
-Pero lo que pasó no es culpa vuestra. Vosotros no sois responsables de las cosas que haya hecho vuestro padre –dijo Bella, indignada-. De hecho, ya ni siquiera habláis con él.
-Mi tía Esme estaba demasiado dolida por lo que había pasado. Mi madre intentó ayudarla, pero ella se negó porque el dinero que le ofrecía era de mi padre… y Esme lo odiaba –Edward se pasó las manos por el pelo una vez más, una clara señal de nerviosismo-. Mi padre hizo que mi tío se sintiera inadecuado porque se contentaba con una vida sencilla. Convenció a Carlisle y Esme para que hipotecasen la isla e invirtieran el dinero, pero ellos no sabían nada sobre inversiones y lo perdieron todo.
-¿Cómo pudo convencerlos para que hicieran algo así?
-Mi padre es un hombre muy dominante –respondió él-. Pero el último deseo de mi madre en su lecho de muerte fue que Esme recuperase la isla.
-Y tú estás intentando comprarla para ella –murmuró Bella, sorprendida por aquella nueva cara de Edward Cullen, una cara desconocida hasta ese momento-. Tú tía te lo agradecería mucho, imagino.
-No lo sé –Edward se encogió de hombros. Ese gesto de inseguridad era tan nuevo en él que Bella, intentando consolarlo, apretó su mano.
-Pues claro que sí.
Él miró sus manos unidas y, de repente, enredó los dedos con los suyos, como solía hacer cuando vivían juntos.
-Sé lo que mi tía piensa sobre mi padre y su dinero porque yo siento lo mismo. Mi padre siempre intentaba decirme cómo tenía que vivir y qué debía hacer… siempre estaba encima, intentando controlarme. Cuando cumplí los dieciocho años tuve que marcharme de casa para que me dejase vivir en paz. Levanté mi negocio por mí mismo, empezando de cero. Nunca acepté un céntimo de mi padre.
-Y Anthony estará muy orgulloso de ti.
Edward la miró entonces, sintiendo una inesperada ola de emoción. Bella había tocado un deseo profundamente arraigado en él: tener con su hijo la clase de relación que él nunca había podido tener con su padre.
Quería que Anthony lo quisiera y se sintiera orgulloso de él. Y el voto de confianza de Bella significaba mucho más de lo que había imaginado.
Los últimos rayos de sol bañaban su piel con un brillo dorado y Bella lo miraba con esos ojos suyos tan chocolates…
-Estás preciosa –murmuró, tomando su cara entre sus manos y rozando sus labios en la más tierna de las caricias.
Al notar que un suspiro escapaba de su garganta la besó con renovada pasión, acariciando su pelo, entregándose al placer de besar a Bella.
Sus labios eran tan suaves, tan dulces… y cuando sintió que lo rozaba tentativamente con la lengua, una ola de pasión abrasadora hizo que su corazón latiese como si quisiera salirse de su pecho.
Necesitaba hacer el amor con ella… en aquel mismo instante. Y esta vez, sabía que nada iba a detenerlo.
De bodoque, sin decir una palabra. Edward la tomó en brazos y la llevó al dormitorio.

martes, 28 de septiembre de 2010

El hijo secreto del griego

Capítulo 7

¿Casarnos? –repitió ella, atónita-. ¿Quieres que me case contigo?
Después de todo lo que había pasado, ¿cómo podía querer que se casaran? ¿Y por qué pensaba que ella iba a aceptar?
-No, no es lo que quiero. Pero la situación me obliga a hacerlo.
-Yo no te estoy obligando a nada –replicó Bella, indignada-. Además, yo tampoco quiero casarme contigo.
-Eso está claro –murmuró él-. Considerando que te llevaste a mi hijo y me lo has escondido hasta ahora…
-¿Entonces por qué dices que quieres que nos casemos?
-Porque es lo mejor para mi hijo –respondió Edward, atravesando la habitación para acercarse a la cuna.
-Nuestro hijo –lo corrigió Bella, sintiendo un escalofrío de aprensión al ver la intensidad con que miraba al niño-. ¿Y de verdad crees que será bueno para Anthony vivir con dos personas que no se quieren?
-¿Y qué es lo mejor entonces, según tú? –le espetó Edward-. ¿Vivir en la pobreza, ser cuidado por extraños cuando su madre tiene que irse a trabajar?
-Yo no vivo en la pobreza, vivo como millones de personas en Londres, no te pongas melodramático. Y estoy ahorrando dinero para mudarnos a otro piso porque quiero que Anthony tenga su propia habitación…
-¿No tiene su propia habitación? –exclamó Edward, pasándose una mano por el pelo.
-Las cosas materiales no son lo importante –dijo Bella-. Lo importante es que el niño necesita cariño…
-Necesita a su padre –la interrumpió Edward.
Bella suspiró. Ella no había querido que las cosas fueran así, pero cuando Edward la echó de su casa pensó que no había alternativa posible. Tenía tanto miedo de que le quitara a su hijo igual que había querido quitárselo a Rosalie…
-Podría mudarme a Atenas y buscar un trabajo allí. Así tú podrías verlo cuando quisieras, podrías ser parte de su vida.
-Tienes que irte de Londres, sobre eso no hay discusión posible –dijo Edward con frialdad.
-Perdona un momento: todo lo que se refiere a la vida de nuestro hijo tiene que ser un acuerdo entre los dos.
-¡Tú me lo has escondido hasta ahora!
-¡Y tú me echaste de tu casa y de tu vida, dejándome sola en un país extranjero! ¿O es que no te cuerdas de eso?
Edward volvió a pasarse una mano por el pelo, nervioso.
-Yo no sé mucho sobre ti… sobre tu infancia o tu familia, pero es evidente que tienes una buena relación con Alice, de modo que al menos entiendes la importancia de la familia… cuando es una familia de verdad, acogedora y cariñosa.
Nunca le había hablado de su infancia y, debido a su actitud, no tenía la menor intención de hacerlo en ese momento.
-Tú no pareces entender la importancia de un padre, pero mi hijo no crecerá en una casa que no sea la mía. Quiero que sepa que estoy a su lado y que lo quiero de manera incondicional. No pienso dejar que dude de mi cariño ni un solo día de su vida.
Bella lo miró, sorprendida por la pasión que había en esas palabras. Apenas había visto a su hijo durante una hora, pero su amor por él era evidente.
¿Cómo iba a negarle que viviera con Anthony, que fuera parte de su vida?
Ella ni siquiera sabía quién era su padre. Nunca había tenido el cariño de una familia de verdad, el cariño que Edward estaba expresando por su hijo.
¿Cómo iba a negárselo al niño?
-Anthony necesita a su padre y a su madre –siguió Edward, más calmado-. A pesar de que has intentado ocultarme su existencia, me doy cuenta de cuánto lo quieres, no soy ciego. E imagino que querrás lo mejor para él, por eso debemos casarnos.
Bella lo pensó un momento, pero al final decidió hacer lo que era mejor para su hijo.
-Muy bien –dijo por fin-. Me casaré contigo.


Al día siguiente volvieron a Grecia. Edward los llevó a una pequeña isla que era la residencia privada de los Cullen porque, según él, la paz y la tranquilidad de aquel sitio serían el ambiente ideal para que padre e hijo se conocieran.
Bella estaba de acuerdo porque Edward siempre estaba muy ocupado cuando vivían en Atenas, pero eso significaba que estaría con ellos las veinticuatro horas del día y para ella sería imposible relajarse o bajar la guardia.
El único respiro que tuvo ese día fueron los minutos en los que Edward habló por teléfono con Aro para preguntarle cómo se encontraba. Por lo visto, seguía empeñado en comprar su isla y no pensaba perder ninguna oportunidad.
Al día siguiente, a pesar de su intención de estar con Anthony, Edward descubrió que tenía que volver a Atenas por un asunto urgente y Bella se sintió secretamente encantada. Mientras veía el helicóptero perderse en el cielo, el nudo que tenía en el estómago se deshizo por fin. Habían pasado gran parte del día anterior en un avión y estaba agotada. Y, además de eso, el ambiente entre ellos era cada vez más tenso.
Fue un alivio poder pasar el día jugando con Anthony y, por la tarde, decidió llevarlo a nadar. La piscina desbordante en el que Edward solía hacer ejercicio por las noches era demasiado grande, pero había otra más pequeña a un lado, a la sombra de unos sauces, mucho más apropiada para un niño de seis meses que aún no sabía nadar.
Bella miró los bañadores que Laureen, el ama de llaves, había dejado para ella sobre la cama… pero solo había biquinis. En casa, cuando llevaba a Anthony a la piscina municipal, siempre se ponía un bañador, pero había olvidado guardarlo en la maleta. El embarazo había dejado sus marcas y aún no había sido capaz de perder todos los kilos que deseaba. Y, para empeorar el asunto, tenía el abdomen lleno de estrías. Mientras vivía sola no había pensado mucho en ellas porque siempre estaba ocupada cuidando de Anthony. Ahora, aunque Edward estaba en Atenas, se negaba a salir al jardín con el estomago al aire. Pero no quería que Anthony se perdiera la piscina, de modo que se puso un biquini y se envolvió la cintura con una toalla.
El agua era fabulosa, a la temperatura perfecta, y transparente como el cristal.
-¿Te gusta? –rió, cuando Anthony empezó a chapotear. El niño movía las piernecitas con fuerza mientras ella lo sujetaba y tenía la impresión de que iba a ser un buen nadador… como su padre.
Después de un rato lo sentó en el primer escalón de la piscina, con el agua llegándole a la barriguita, mientras ella se sentaba en el de abajo, sujetándolo para que pudiese jugar con unas pelotas de goma.
Los juguetes debían de ser de Nico, pensó. Y eso la hizo pensar el Rosalie y Emmett. ¿Qué habría sido de ellos?, se preguntó. Edward no le había contado nada y ella no había querido indagar para no reabrir la herida.
-Mira, tenemos un barquito –sonrió, haciéndolo flotar hacia su hijo, que se puso a gorgotear de alegría, alargando las manitas y golpeando el agua para atraerlo hacia él-. Es azul. Es un barco azul.
Bella empezó a pensar en su decisión de casarse con Edward. ¿Habría hecho bien?, se preguntaba, ¿o estaría cometiendo el mayor error de su vida?
Sabía que estaba corriendo un gran riesgo, que su matrimonio podría ser parte de un plan de Edward para alejarla de Anthony. Una vez que el niño llevase sus apellidos, podría intentar dejarla fuera. Desde luego, sabía que había animado a Emmett para hiciera eso mismo con Rosalie.
Pero la pasión con la que había hablado de que un niño necesitaba un padre y una madre, estaba casi convencida de que no iba a hacer eso. Y, aunque lo intentase, ella no se lo permitiría.
La situación de Rosalie había sido diferente. Edward temía que no fuera una madre responsable y, aunque a ojos de Bella eso no justificase en absoluto lo que pensaba hacer, podía entender sus motivos… o al menos su intención de cuidar de Nico.
Escuchó entonces el ruido de las aspas de un helicóptero, pero cuando levantó la cabeza vio que se alejaba de la isla. Debía de haber estado tan perdida en sus pensamientos que no lo había oído llegar…
-He conseguido escaparme antes de lo que pensaba –la voz de Edward, a su espalda, la sobresaltó.
-Hola .Bella se volvió para saludarlo.
Llevaba un traje de chaqueta oscuro y unas gafas de sol, el pelo despeinado por el viento y el nudo de la corbata suelto. Pero seguía teniendo ese aire frío, inalcanzable.
-Voy a cambiarme de ropa y luego me reuniré con vosotros en la piscina.
-¡No! –exclamó Bella. La idea de estar semidesnuda con él a su lado la llenaba de horror-. Quiero decir que… estábamos a punto de salir del agua. Anthony está empezando a cansarse.
-A mí me parece que no está cansado.
-Pues lo está. ¿Te importa pasarme la toalla?
Edward la miraba de una forma indescifrable. Con las gafas de sol ocultando sus ojos no había manera de saber lo que estaba pensando.
-La toalla, Edward –repitió Bella.
-Ah, disculpa –murmuró él, quitándose las gafas para admirar la figura femenina. Estaba medio oculta bajo el agua, pero podía ver sus caderas, más redondeadas que antes, y sus largas piernas. Después levantó la mirada hacia la parte superior del biquini…
Bella llevaba un biquini azul que, con su piel tan clara, le sentaba de maravilla. Le parecía como si hubiera pasado una eternidad desde la última vez que la vio desnuda última vez que la vio desnuda una familiar oleada de deseo le perturbó.
En la isla de Aro había pensado que sus pechos parecían más grandes. Ahora, con ese biquini, comprobó que estaba en lo cierto.
Bella respiraba agitadamente, sus pechos subiendo y bajando, y Edward deseó poder alargar la mano para meterla bajo sus copas del biquini y pellizcar sus pezones como a ella le gustaba. Habían nadado muchas veces en esa piscina de noche y en casi todas las ocasiones habían terminado haciendo el amor…
Pero se daba cuenta de que Bella no estaba contenta de verlo. Su llegada le había sorprendido y de inmediato, se había puesto a la defensiva. Y eso le molestaba. No le gustaba entrar en una habitación y notar que ella se ponía tensa, porque era una afrenta a su dignidad masculina. Antes temblaba como una gatita mimosa cada vez que se acercaba, haciéndolo sentir como un poderoso león.
Ahora, sin embargo, todo era diferente. En la isla de Aro había habido una química innegable entre ellos, pero Bella se contuvo, presumiblemente porque temía que descubriese la existencia de Anthony. Y ahora, en su isla, después de descubrir el secreto de la existencia de su hijo, el ambiente era cada vez más tenso.
Sabía que Bella no quería casarse con él, que sólo lo hacía por el bien del niño. Y que si siguiera sintiendo algo por él no le habría escondido a Anthony durante tanto tiempo.
Saber eso era como una bofetada.
Entonces miró a su hijo, chapoteando en la piscina. A él no le parecía que estuviera cansado, pero si Bella decía que estaba cansado debía de ser verdad.
-Deja que lo tome en brazos –murmuró, guardando las gafas de sol en el bolsillo de la chaqueta.
Tomó al niño por la cintura para sacarlo del agua… y Anthony lanzó un alarido que le asustó. Quizá lo había levantado demasiado bruscamente, pensó. Nervioso, lo puso delante de su cara, mirándolo a lo ojos.
-No te asustes, pequeñín.
Anthony volvió a gritar, moviendo las piernecitas, y Edward se dio cuenta de que no estaba asustado sino contento. Le había gustado que lo levantara así.
Era un niño muy valiente, pensó, sonriendo para sí mismo. Y cuando por fin lo miró a los ojos, tan verdes como los de él, sintió una inesperada ola de emoción. Aquella extraordinaria personita era su hijo, carne de su carne, sangre de su sangre.
Entonces se dio cuenta de que estaba sujetando al niño en una posición muy poco natural. Quizá debería envolverlo en una toalla y colocárselo sobre el hombro. Tenía que hacer algo, pero no sabía cómo maniobrar.
Bella se mordió los labios. Ver a Edward jugando con su hijo por primera vez le resultaba raro y sus gestos de cariño provocaban en ella una extraña mezcla de emociones.
Se alegraba de que Anthony creciera teniendo un padre, pero al mismo tiempo eso la hacía sentir inquieta. Una vez había soñado que Edward la miraba así a ella, con ese amor, con esa emoción.
Nerviosa, salió de la piscina y se envolvió en la toalla a toda prisa, intentando darle la espalda.
-Dame al niño si quieres.
-No, no. ¿Por qué no me das la toalla? Yo creo que tiene frío.
Bella vaciló. Necesitaba la toalla para esconder sus estrías y sus kilos de más. Pero no podía arrancarle al niño de sus brazos.
-No te preocupes, no lo voy a tirar –dijo Edward, burlón, al ver que vacilaba.
-No es eso –murmuró ella.
Pero, sabiendo que no podía hacer otra cosa, se quitó la toalla y envolvió a Anthony con ella, esperando que no dejase de mirar al niño.
Vana esperanza. Un momento después, Edward estaba mirándola por encima de la cabecita de Anthony, sus ojos deslizándose de forma admirativa por su cuerpo como había hecho tantas veces… para levantar las cejas, sorprendido, cuando llegó a su estómago.
Antes de que Bella pudiera darse la vuelta o taparse con algo, pudo ver una expresión de disgusto en el rostro del hombre que pretendía ser su marido. Una expresión que ni siquiera se molestó en disimular.
Y luego, sin decir nada, se dio la vuelta para dirigirse a la casa, llevándose a Anthony con él.

domingo, 26 de septiembre de 2010

El hijo secreto del griego

Capítulo 6

Edward empezó a caminar de vuelta a la casa y Bella hizo lo propio, intentando seguirle el ritmo. Pero era un hombre muy alto y atlético y daba zancadas larguísimas. Y, aparentemente, su mal humor lo hacía caminar aún más rápido de lo normal.
Era su típico comportamiento arrogante, pensó con amargura. Edward no hacía ninguna concesión a su menor estatura pero, aunque le temblasen las piernas, no pensaba pedirle que caminara más despacio.
Porque no eran sólo las piernas lo que le temblaban. Mientras bajaba por la pendiente, sólo podía pensar en Anthony.
Lo había guardado en secreto porque temía lo que Edward pudiera hacer. Había visto lo protector que era con el hijo de su hermano, al que había querido arrebatar de los brazos de su madre sin pensar siquiera en los sentimientos de Rosalie.
Bella no había podido ver eso y quedarse de brazos cruzados. Por razones personales, no podía soportar ver que se arrebataba a un niño de los brazos de su madre. Pero su propia experiencia le había enseñado que las mentiras y los engaños llevaban a situaciones penosas… y no contándole la verdad sobre Anthony ella estaba arriesgándose a una de esas situaciones.
De repente, los ojos se le llenaron de lágrimas. Quería hacer lo mejor para todos, sobre todo para Anthony, pero le daban miedo las consecuencias.
Angustiada como estaba, tropezó con una piedra y cayó de bruces al suelo, lanzando un grito de dolor.
Edward llegó a su lado antes de que Bella se diera cuenta de lo que había pasado.
-¿Te has hecho daño? –parecía genuinamente preocupado y, por un momento, le sorprendió lo familiar que le resultaba eso.
Sólo un segundo antes estaba convencida de que Edward nunca había sentido nada por ella, pero ahora se daba cuenta de su error. Ese tierno tono de voz le resultaba tan dolorosamente familiar que, de nuevo, sus ojos se llenaron de lágrimas.
-¿Te has hecho daño? –insistió él.
-No, estoy bien –suspiró Bella, intentando incorporarse.
-Deja que te ayude.
-He tropezado sin darme cuenta. No estoy acostumbrada a caminar a esa velocidad por una pendiente…
-Entonces deberías haberme dicho que parase un poco. Ya sabes que este sitio está completamente aislado. Si te hubieras roto algo…
-¿Por qué caminabas tú tan deprisa?
-Yo siempre camino así.
-Pero yo no.
-¿Puedes levantarte? Si eres tan floja como para hacerte un esguince en el tobillo tendré que llevarte a la casa en brazos.
Bella lo miró, furiosa. ¿Y si se hubiera roto un tobillo de verdad? ¿Qué clase de hombre era aquél?
-Afortunadamente, no será necesario –dijo, levantándose-. Venga, vamos. Pensé que tenías prisa por llegar.
Edward la estudió durante un segundo, en silencio.
-Iremos un poco más despacio a partir de ahora.


El resto del día fue eterno para Bella. Llegaron a la casa de Aro antes de comer, pero Aro aún no se encontraba lo bastante bien como para recibir visitas, de modo que Edward había pasado la tarde trabajando en su ordenador y ella se había sentado en el patio, bajo un olivo, para leer un rato.
Era un sitio maravilloso, pero a pesar de todo le resultaba imposible relajarse. No dejaba de pensar en Anthony, cuestionándose si estaba cometiendo o no un error que podría lamentar después.
Una cosa era esconder su embarazo y luego a su hijo de Edward cuando estaba en otro país. Después de todo, entonces tenía buenas razones para hacerlo. Pero ahora que estaba de vuelta a Grecia, con Edward a su lado, la situación le parecía completamente diferente.
Esa mañana, cuando la acusó de no ser sincera, el comentario le había dolido porque sabía que tenía razón. No estaba siendo sincera con nadie. Ni con Edward ni con la persona más importante de su vida, Anthony.
Sabía por experiencia lo terrible que era descubrir que todo lo que uno había creído siempre era mentira. Las mentiras arruinaban la vida de la gente y ella no quería que la de su hijo estuviera llena de secretos.
Cuando volvió a entrar en la casa a la hora de la cena, Bella había tomado una decisión: le contaría a Edward la existencia de Anthony. Sabía que él querría ser parte de la vida de su hijo, pero también que ella no dejaría jamás que le quitara a su hijo.
Ella no era como Rosalie. Edward le había dicho a Emmett que Rosalie no estaba capacitada para ser madre, pero Bella no le daría nunca razones para dudar de su devoción y su responsabilidad, como esperaba que hiciese él, naturalmente.
Pero estaba dispuesta a hacer algunos cambios. Podría irse a vivir a Atenas y buscar un trabajo para que Anthony pudiera ver a su padre siempre que quisiera…
-Aro sigue demasiado enfermo como para cenar con nosotros –dijo Edward cuando entró en la habitación, interrumpiendo sus pensamientos.
-Ah, vaya. Espero que se recupere lo antes posible –murmuró ella.
-El médico vendrá a verlo mañana. Mientras tanto, cenaremos solos esta noche. ¿Por qué no te duchas tú antes? Yo tengo un par de llamadas que hacer.
-Muy bien –Bella tomó algo de ropa de la maleta para entrar en el cuarto de baño. Era algo extrañamente familiar, vestirse para cenar mientras Edward hablaba por teléfono, pensó.
Estaba a punto de salir del baño cuando oyó un golpe seco en la puerta.
-¿Has terminado?
-Sí, ya voy –Bella abrió la puerta y se quedó sorprendida al ver su seria expresión-. ¿Qué ocurre?
-Tu hermana Alice te ha llamado al móvil. He contestado porque no dejaba de sonar y pensé que podría ser algo urgente.
-¿Qué ha dicho? –exclamó ella, intentando disimular el pánico.
‹‹Dios mío, que no sea Anthony, no dejes que le haya pasado nada a mi hijo››.
-Anthony se ha caído… por la escalera, creo. Tu hermana parecía muy disgustada, así que imagino que lo mejor será que vayas con ella.
-¡Dios mío! –Bella tuvo que apoyarse en la pared para no caer al suelo.
Sólo podía imaginar a su pobre niño cayendo por la escalera…
No debería haberlo dejado en Londres. Todo era culpa suya. Anthony estaba herido y ella no estaba a su lado. Nunca se lo perdonaría a sí misma… nunca volvería a dejarlo.
Edward la miró, sorprendido por su reacción. Se había puesto pálida como un fantasma y temblaba tan violentamente que, murmurando una palabrota en griego, se maldijo a sí mismo por no hacerle dado la noticia con un poco más de tacto.
-Lo siento –se disculpó, tomándola por el brazo-. Lo han llevado al hospital, pero creo que no es nada grave.
-Sólo tiene seis meses –musitó Bella, tapándose la cara con las manos-. ¿Cómo ha podido caerse por la escalera?
A Edward se le encogió el corazón al verla tan angustiada.
-He pedido un helicóptero, llegará enseguida. Y mi jet está esperando en Atenas para llevarnos de vuelta a Londres.
-¿Vas a llevarme allí?
-Sí, iré contigo –Edward la ayudó a sentarse en una silla. No tenían tiempo para cenar y sabía que sería absurdo intentar que comiese algo en aquel momento, pero con un poco de suerte comería algo en el avión. Viajar con el estómago vacío era lo peor para alguien que no soportaba bien los vuelos, y Bella tenía que estar bien para ayudar a su hermana cuando llegasen a Londres.
Luego empezó a guardar sus cosas en las maletas. No había tiempo que perder porque el helicóptero debía de estar a punto de llegar.


Bella estaba en el avión privado de Edward, mirando el cielo por la ventanilla. Anthony debería estar en su cuna, con ella a su lado, no en un hospital después de un extraño accidente.
Había llamado a su hermana en cuanto pudo calmarse, pero no había podido localizarla, seguramente porque la habrían obligado a apagar el móvil. Y Jasper, el novio de Alice, no sabía cómo se encontraba el niño. Estaba en casa con sus hijos, esperando a la niñera para reunirse con Alice en el hospital. Cuando supiera algo, cualquier cosa, la llamaría de inmediato.
-Llegaremos pronto –dijo Edward, sentándose a su lado-. Tengo un coche esperándonos en el aeropuerto.
-Gracias –murmuró Bella-. Habría sido una pesadilla intentar volver a casa en un avión de línea regular.
-¿Cómo te encuentras? –preguntó él, al ver que no había tocado el sándwich.
-Bien –mintió Bella, sintiendo una ola de náuseas.
-Voy a buscar una botella de agua mineral –dijo Edward, levantándose para ir al bar.
Bella lo observó, pensando que había hecho eso cien veces cuando estaban juntos. Siempre se mostraba atento con ella… pero después de la brutal manera en la que había roto su relación, había olvidado esas pequeñas cosas.
-Anthony se pondrá bien, ya lo verás –le dijo luego, cuando volvió a su lado-. Si hubiera malas noticias, estoy seguro de que Jasper sabría algo.
-Gracias por ser tan amable.
-La familia lo es todo. Ya sabes cuánto quiero a mi sobrino e imagino que tú sientes lo mismo por el tuyo.
Bella se mordió los labios. Por supuesto, Edward pensaba que Anthony era hijo de Alice. Y, evidentemente, Alice no le había dicho nada.
Pero si iba a confesarle la verdad, aquél era el momento.
-Anthony no es mi sobrino –le dijo, intentando mostrarse serena, aunque su corazón latía con tal fuerza que casi la ensordecía-. Es mi hijo.
-¿Qué?
Edward la miraba, perplejo, convencido de haber oído mal.
-Anthony es mi hijo –repitió Bella.
Estaba pálida, pero lo miraba directamente a los ojos y Edward supo que hablaba en serio. Entonces, como si su cerebro trabajase a cámara lenta, llegó a la conclusión obvia.
Bella había dicho que Anthony tenía seis meses. Seis meses y nueve más…
-Es mi hijo.
Tenía un hijo.
¿Cómo podía ser? No le parecía posible que algo tan monumental hubiese permanecido en secreto. Bella le había escondido a su hijo, a su propia sangre.
¿Por qué no se lo había dicho? La pregunta no paraba de repetirse en su cabeza. Pero el porqué no importaba.
-Lo lamentarás.
-¿Haber tenido un hijo contigo? –replicó Bella.
-Habérmelo escondido durante tanto tiempo.
Edward miraba su pálido rostro intentando contener los furiosos latidos de su corazón.
Tenía un hijo. Era el padre de un niño. Y Bella había intentado que no lo supiera nunca. Si no hubiera ido a buscarla a Londres…
De no ser por la isla de Aro, jamás habría ido a buscar a Bella y, por lo tanto, jamás habría sabido que tenía un hijo. Incluso después de estar todo un día juntos, había hecho falta una situación de emergencia para que ella le confesara la verdad. Y seguramente sólo porque sabía que no podría seguir fingiendo que era su sobrino una vez que llegasen al hospital.
-No podrás seguir reteniendo a mi hijo.
Le temblaba la voz y sus ojos se clavaban en ella como un arma mientras se levantaba del asiento.
Y Bella, asustada, pensó que había cometido un tremendo error.


Edward no volvió a hablar con ella salvo para confirmarle el nombre del hospital al que le habían llevado al niño. Hicieron el viaje en la limusina en completo silencio. La tensión podía cortarse con un cuchillo, pero eso no era lo más importante, sino llegar cuanto antes al hospital.
En cuanto llegaron a la entrada de Urgencias, Bella vio a Alice en la puerta, con Anthony en brazos, y salió del coche sin esperar un segundo.
-Mi pequeño –murmuró, tomando a su hijo en brazos-. Mi angelito, cariño mío…
Le temblaban los labios mientras apretaba al niño contra su corazón y de repente, sin poder contenerse, empezó a llorar.
-Está bien –la tranquilizó su hermana-. Me puse muy nerviosa cuando se cayó, pero el médico ha dicho que está perfectamente.
Bella miraba a su hijo a través de una nube de lágrimas. El niño clavó en ella sus ojitos verdes… y luego le sonrió, mostrando dos hoyitos en las mejillas.
-Cariño mío, que susto me has dado –suspiró Bella, acariciando sus cobrizos rizos. Pero cuando lo oyó reír su alivio fue completo.
Parpadeando para contener las lágrimas, se juró a sí misma que jamás volvería a apartarse de él.
Edward, detrás de ella, también dejó escapar un suspiro de alivio. Anthony estaba bien. Anthony, su hijo, estaba bien.
Mientras Bella lloraba abrazada al niño, Edward vio unos rizos cobre. Su hijo tenía el pelo cobrizo como él y ese detalle, no sabía por qué, le sorprendió. En las horas que habían transcurrido desde que descubrió que era padre no se le había ocurrido pensar cómo sería el niño físicamente. Todos los niños eran iguales, ¿no?
Pero, de repente, necesitaba ver a su hijo y dio un paso adelante. En ese momento oyó un sonido que no pudo reconocer de inmediato, aunque pronto se dio cuenta de que era una risa infantil.
Era un sonido puro, maravilloso… el sonido de la felicidad de su hijo al estar de nuevo en brazos de su madre.
Algo dentro de él se contrajo. Aquél era su hijo. Y nadie iba a volver a privarlo de estar con él un solo minuto más.
Los siguientes minutos pasaron para Bella en una neblina de alivio, mientras Alice intentaba explicarle lo que había pasado. Pero en lo único en que podía concentrarse era en que su hijo estaba bien. Aparte de un pequeño cardenal en el trasero, Anthony estaba intacto. No era tan horrible como Alice, con el susto inicial, le había hecho creer.
Bella había imaginado que el niño había caído, rodando por la escalera principal, pero sólo habían sido los dos escalones que separaban la cocina de la despensa. Aún no sabía gatear, pero sí sabía rodar sobre sí mismo y decidió hacerlo mientras su tía estaba de espaldas.
Edward apenas había dicho una palabra. Estaba siendo amable con todo el mundo, pero Bella lo conocía bien. Lo suficiente como para saber que algo estaba pasando tras esos ojos oscuros.
-Gracias por traer a Bella tan rápido Alice lo abrazó, agradecida.
-De nada –dijo él, inmóvil como una roca mientras su hermana se apartaba, sorprendida-. Gracias a ti por llamar por teléfono. Quiero que sepas que agradezco todo lo que has hecho por Anthony… pero Jasper y tú debéis volver a casa y dejarnos solos.
-Pero… -Alice miró a Bella, sorprendida.
-Lo sabe –dijo ella.
-Sí, sé que Anthony es mi hijo –anuncio Edward-. Y ahora que lo sé, tengo la intención de tomarme mis responsabilidades como padre muy en serio.
-¿Qué quieres decir con eso? –le espetó Alice, mirando de Bella a Anthony, que dormía tranquilamente en los brazos de su mamá.
-Quiero decir que a partir de ahora me haré cargo de él.
-Un momento –dijo ella, a la defensiva-. Tú echaste a Bella de tu lado sin ningún miramiento. Eres tú quien dio por terminada la relación.
-Eso fue antes de saber que tenía un hijo. Ahora todo es diferente.
-Pero no puedes aparecer aquí de repente y esperar…
-No pasa nada, Alice –la interrumpió Bella. Sabía que su hermana estaba intentando protegerla y se lo agradecía, pero ella sabía defenderse por sí misma-. Vete a casa, por favor. Esto es algo que Edward y yo tenemos que solucionar en privado.
-Pero…
-Vamos, cariño –intervino Jasper-. Tu hermana ya es mayorcita.
Bella intentó sonreír, aunque por dentro sentía un tumulto de emociones. Pero al menos tenía a Anthony en sus brazos otra vez. Inclinando la cabeza, rozó su carita con la nariz, sintiendo una oleada de amor por su hijo. Anthony era lo único importante. Y mientras estuviera a su lado, todo lo demás carecía de importancia.
-Iremos a un hotel a pasar la noche –anunció Edward.
Volvieron a la limusina en silencio, pero esta vez Anthony iba en una sillita de seguridad al lado de Bella. Y el ambiente entre ellos seguía siendo tan tenso como antes.
Era evidente que Edward estaba furioso y Bella entendía por qué. Pero no sabía lo que sentía o lo que estaba pensando porque su expresión se había vuelto tan fiera y tan impenetrable como el hielo.
Cuando levantó la mirada lo encontró estudiándola, sus ojos verdes clavados en ella. Pero no iba a amedrentarla, pensó. Tenía muchas razones para haberle ocultado la existencia de Anthony y se las daría cuando le pidiera una explicación.
La limusina se detuvo a la entrada de uno de los mejores hoteles de Londres y, poco después, subían a una suite de dos habitaciones.
-Será mejor que el niño duerma con nosotros durante un par de días, pero después tendrá su propia habitación.
Bella estaba tan agotada que no le prestaba mucha atención mientras le cambiaba el pañal a su hijo y lo metía en la cuna que un botones había subido a la suite.
Cuando se incorporaba, tuvo que llevarse una mano a la dolorida espalda. Los últimos días habían sido tan tensos, física y emocionalmente…
Sabía que contarle a Edward la verdad sobre Anthony lo cambiaría todo, pero aún así no estaba preparada para lo que su cerebro acababa de registrar.
-¿Dormirá con nosotros, has dicho? No te entiendo.
-Ahora somos una familia –dijo Edward.
Bella lo miró a los ojos, tan duros e impenetrables como siempre.
-Tenemos un hijo en común, eso es todo. No somos una familia.
-No lo somos aún –dijo él entonces-. Pero nos casaremos inmediatamente.