Los personajes de esta historia no me pertenecen; las historia tampoco es MIA.
LA DULCE Y ORGULLOSA ISABELLA
Capitulo 10.
El mensaje de Edward repetido crudamente;provoco un grito de indignación a Bella, empezó a
nerviosamente de un lado a otro del salón mientras Jasper aguardaba pacientemente que amainara la tormenta.
- ¡Entonces que se vaya al demonio! -dijo ella, abriendo los bra¬zos-. He tratado de ayudarlo todo lo que me ha sido posible. Ahora esto ya, no está en mis manos. ¿Qué importancia tendrá dentro de unos pocos días?
Jasper hizo girar lentamente su tricornio en sus manos.
-El joven parece creer que usted le debe algo más - dijo.
Isabella se giró y sus ojos marron chocolate despidieron llamas.
- ¡Ese mequetrefe engreído! ¡Qué me importa lo que piense él! ¡ Si es tan orgulloso, que lo cuelguen y acabe de una buena vez! El mismo se lo ha buscado... -Se detuvo abruptamente. Enrojeció y se volvió para que Jasper no pudiera verle la cara-. Quiero decir... después de todo, ¿acaso él no asesinó a esa muchacha?
-Está como enloquecido -comentó Jasper y suspiró profunda¬mente-. No quiere tomar la comida y solamente acepta pan yagua.
- ¡Oh, basta! -gritó Bella y empezó nuevamente a caminar de un lado a otro-. ¿Cree que no lo he escuchado? Yo no soy responsable de su condena, eso sucedió antes de que yo lo conociera. Será bastante desagradable enfrentar el sepelio sin que me recuerden constantemente cómo murió. ¡Desearía estar en casa! ¡Detesto este lugar!
Súbitamente Isabella interrumpió su agitado caminar y enfrentó a Jasper.
- ¡El Marguerite zarpa antes de que termine esta semana! Vaya a informar al capitán Uley que deseamos pasajes para regresar a casa.
-Pero usted ya arregló para regresar en el Hampstead -dijo Jasper, ceñudo-. El Marguerite sólo es un mercante pequeño...
- ¡Sé lo que es el Marguerite! -interrumpió Bella-. Es el más pequeño de los barcos de mi padre. Pero es suyo y zarpará pronto. Y a mí no me negarán pasaje. El Hampstead no zarpará hasta mucho más tarde ¡y yo quiero regresar ahora!
Golpeó la espesa alfombra con su zapato y sonrió, con un brillo calculador en los ojos.
- Y si el señor Eleazar desea enfrentar a mi padre cuando yo lo haga, tendrá que, darse prisa con sus negocios. Ello le dejará muy poco tiempo para averiguar la verdad acerca de mi casamiento. ¡Dios nos asis¬ta a todos si llega a descubrirlo!
Cuando Jasper se marchó y los sirvientes continuaron desempeñan¬do silenciosamente sus tareas, Bella Sintióse extrañamente sola. Esta¬ba desanimada y se dejó caer en la silla, del pequeño escritorio, inquieta y fastidiada. La imagen de Edward tal como lo había descrito Jasper -ha-rapiento, flaco, golpeado, encadenado, furioso- contrastaba notablemen¬te con el hombre que ella había visto en la escalinata de la iglesia. Se pre¬guntó qué había hecho cambiar tanto a un hombre. Y la respuesta le lle¬gó cuando pensó en un rostro contorsionado contra los barrotes de la ventanilla del carro prisión y el aullido desesperado que la siguió a tra¬vés de la noche. Ella conocía demasiado bien la causa.
Su mente le hacía jugarretas. Se imaginaba a sí misma golpeada, insultada, encadenada, indefensa, condenada, desesperada, traicionada.
Un pequeño grito escapó de sus labios y en un momento fugaz sintió el amargo sabor de la furia que ahora debía llenar a Edward. Irri¬tada, desechó esos morbosos pensamientos y no permitió que su mente volviera a ellos a fin de evitarse desagradables remordimientos.
El sol entraba a raudales por las ventanas. El día era despejado, fresco, desusado para Londres en esta época del año con un cielo pro¬fundamente azul. Una refrescante brisa marina se había levantado con el sol y barrido las nubes bajas y el humo, dejando el aire limpio y con un leve dejo salino. Sin embargo, Isabella apenas notaba la belleza del día. Distraídamente tomó una pluma y una hoja de vitela y empezó a escribir su nombre sobre las hojas blancas.
Isabella Cullen.
Isabella Cullen Swan. Isabella Marie Cullen.
- ¡Señora Cullen!
"¿Señora? ¿Señora Cullen?"
Lentamente, se percató de que estaba siendo llamada por una voz fuera de sus pensamientos. Alzó la mirada y vio a su doncella que estaba en el vano de la puerta sosteniendo varias prendas de ropa, en su mayor parte prendas de abrigo para el tiempo frío.
- ¿Alice?
-Me preguntaba, señora, si querrá que empaque estas cosas para el viaje a casa. Aquí parece haber suficiente, ¿o prefiere dejadas para la próxima vez?
- ¡No! Si tengo algo que decir al respecto, no regresaré en mucho tiempo. Ponlas en uno de los baúles más grandes.
La criada escocesa asintió con la cabeza, hizo una pausa y dirigió a Bella una mirada de preocupación. ¿Se siente bien, señora? -preguntó-. ¿No desea descansar un poco?
Alice habíase mostrado desusadamente afligida por ella desde el difícil momento cuando Bella, con Jasper a su lado, anunciara su casamiento y su viudez a los atónitos sirvientes de la casa.
-Estoy bien, Alice –dijo Isabella, desechando la ansiosa preo¬cupación de la mujer, hundió la pluma en el tintero y agregó, por enci¬ma del hombro-: Regresaremos en el Marguerite antes de fin de semana. Sé que tendrás que darte prisa pero yo deseo regresar lo antes posible.
-Ajá, y tratará de consolarse junto a su padre.
Cuando las pisadas de la sirvienta se alejaron por el corredor Bella llevó nuevamente la pluma al pergamino. Pero su mente no fluía en la dirección de los trazos decididos que hacía sino que se demoraba en sus propios y cavilosos caminos. Enrojeció al recordar los labios húme¬dos de él contra su pecho, los ojos color jade mirándola como hasta el fondo del alma y la penetración final que tanto la había satisfecho.
Con un ,gemido de frustración, Isabella hundió la pluma en el tin¬tero, se puso de pie y pasó su mano por la parte delantera de su vestido de terciopelo como si quisiera sacudirse una imperfección o el recuerdo de un cuerpo duro y fuerte apoyado contra ella con acalorado fervor.
Se inclinó con intención, de tomar el pergamino y hacerlo pedazos pero sus ojos vieron la obra que habían hecho sus manos mientras sus pensamientos flotaban á la deriva, el rostro entre adornos y trazos, ¡el boceto de Edward Cullen! Los labios, bellos y sensuales aunque un poco severos, le sonreían burlones y divertidos mientras que los ojos... No, los ojos no estaban muy bien y ella dudó de que aun un gran maestro de pintura pudiera dibujados con una pluma.
Irritada consigo misma, se rebeló contra el dominio que ejercía sobre su mente el recuerdo de él, y murmuró, con vehemencia:
- ¡El grosero desvergonzado! El sólo lamentó que yo no le diera la posibilidad de escapar. Esa era su verdadera intención, quedarse a so¬las conmigo y después escapar. -Arrojó el trozo de pergamino-. Eso era lo que él quería y yo no me atormentaré por lo que hice.
Casi aliviada, Bella suspiró después de haberse defendido ade¬cuadamente ante el alto magistrado de su mente, su conciencia.
- ¡No volveré a pensar en él! -decidió firmemente.
Empero, cuando se acercó a la ventana, en los rincones más ínti¬mos de sus pensamientos, atrincherada contra los ataques, la vaga ame¬naza de unos ojos de color jade la privaron de su victoria.
El encuentro de Bella con tendría lugar más pronto de lo que ella esperaba, porque pocas horas más tarde, cuando ella se detuvo nuevamente en la tibia luz del sol que entraba por la ventana, un landó se detuvo frente a la casa de la ciudad y de él se apeó Eleazar Denali. Quedó de pie un momento, golpeándose el muslo con una fusta de mon¬tar que siempre llevaba consigo, y alzó la vista hacia los niveles superiores de la mansión donde estaban sus habitaciones.
Bella arrugó disgustada la nariz, profundamente fastidiada por este arribo antes de que ahorcaran a Edward. Cruzó apresuradamente la habitación y trató de asumir una expresión compungida, sin dejar un momento de jurar entre dientes. Se acomodó frente al hogar en un gran sillón, alisó sus amplias faldas y acomodó los volantes de encaje de sus codos. Hubiera querido mostrarse llorosa ante el hombre pero no lo conseguía. Entonces recordó que cuando Jasper tomaba rapé, sus ojos quedaban húmedos durante un tiempo. Si no estaba - equivocada, él había dejado su caja de rapé sobre la mesilla del té.
- ¡Ah, allí está! -dijo ansiosamente- y tomó la diminuta caja.
Eleazar estaba dando órdenes a los sirvientes que bajaban sus ma¬letas del carruaje, de modo que ella tenía tiempo suficiente. Como lo había visto hacer a menudo a Jasper, Isabella tomó una pizca, la acercó a su nariz y aspiró profundamente.
- ¡Dios- mío! -exclamó. Era como si estuvieran metiéndole un hierro ardiente por la garganta. Estornudó, estornudó y volvió a estor¬nudar. .
Así fue, tal como ella lo quiso, que cuando Eleazar Denali entró en el salón, Bella se encontraba en un estado de acongojado dolor, le rodaban las lágrimas por las mejillas y tenía los ojos tan enrojecidos como si hubiera pasado horas llorando. Se secó delicadamente la nariz con un pañuelo y estornudó ruidosamente.
-¿Señora? -Eleazar se acercó un paso, sus delgadas facciones ten¬sas mientras él trataba de controlar su ira, la mano apretando el mango de su fusta.
Isabella alzó la vista y enjugó sus lágrimas con el pañuelo de encaje. Su pecho le ardía y sentía dificultad para respirar. -Oh, Eleazar, es usted. Yo no esperaba... .
La respuesta de él la interrumpió.
-Me apresuré a fin de no encontrar las cosas empeoradas...
-Oh, si hubiera venido usted antes... -lloriqueó Bella en tono apenado.
-Señora -el tono era cortante, seco- me dirigí al Marguerite, escoltando algunas de las preciosas mercaderías que rescatamos del navío encallado y allí me esperaban sorprendentes noticias. Usted ha pedido al capitán Uley que la reciba a bordo para regresar a casa y en el curso de los acontecimientos he comprobado que usted se ha casado y enviudado. ¿Es esto correcto o he sido engañado por ese francés des¬carriado?
Bella aplicó su pañuelo a los ángulos de sus ojos y un sollozo le levantó el pecho.
-Todo es verdad -dijo.
-Señora...
-Señora Cullen. La señora de Edward Cullen -declaró Bella.
Eleazar se aclaró nerviosamente la garganta.
-Señora Cullen -dijo-¿debo entender que en el breve tiem¬po de una semana usted ha podido escoger un marido después de todo un año durante el cual ningún hombre le resultó soportable?
- ¿Considera ese hecho imposible, Eleazar? -Le era difícil ocultar su irritación.
-Señora, tratándose de cualquier otra mujer yo no dudaría de la posibilidad de ese hecho.
- ¿Y conmigo, señor Denali? -Isabella enarcó las cejas y Sus ojos adquirieron un brillo duro-. ¿Me considera incapaz de amar?
-No, señora -respondió él cuidadosamente, aunque recordó la gran cantidad de caballeros que él mismo le había presentado para que ella los considerara, esperando que uno de ellos pudiera desposada y que después compartiera con él un porcentaje de la dote de Bella-. Solamente es que me parece que usted es más selectiva que la mayoría.
-Así es -replicó ella finalmente-. De otro modo hubiera podido traicionarme a mí misma eligiendo alguien que me fuera menos querido que mi amado Edward. Es irónico que lo que fue encontrado tan ,tarde se perdiera tan pronto. No deseo detenerme en los detalles de su muer¬te, porque me fue arrebatado rápidamente. Un desliz del carruaje y perdí a mi amado Edward.
-y usted compartió efectivamente una ca...
Bella levantó la cabeza en altanero despliegue de indignación.
- ¡Señor Denali! ¿Trata de insultarme con groserías? ¿O le parece desusado que un esposo y una esposa duerman juntos en su noche de bodas?
-Le pido perdón, señora. -Las mejillas de Eleazar enrojecieron cuando comprendió el peligro de su pregunta.
-No tolero que duden de mi palabra y me desagrada que usted me presione de este modo. Pero puesto que ha exhibido tan descaradamente su curiosidad, permítame calmarla. Le aseguro, señor, que ya no soy doncella Y que puedo estar esperando un niño.
Después de hacer esa declaración como hubiera podido hacerla cualquier indignada viuda, Bella se volvió, con expresión preocupada, porque en realidad se preguntaba si podría llevar en su seno la simiente de Edward. Había sido un encuentro muy breve pero la posibilidad era real. No deseaba criar a un hijo sin padre. Contó mentalmente los días que tendrían que pasar hasta poder saber la verdad. Solamente el tiem¬po podría poner fin a su inquietud.
Eleazar interpretó erróneamente la actitud de ella. Isabella podía muy bien perjudicar la lucrativa relación de él con el padre de ella y ahora él habló sinceramente preocupado.
-Señora, no fue mi intención disgustada.
Bella lo enfrentó nuevamente y se detuvo cuando vio a Alice más allá de él. Advirtió la expresión de disgusto en la cara de la es¬cocesa cuando Eleazar también se volvió. Como llevaba con la familia Swan casi veinte años, Alice solía tomarse confianza y a menudo se expresaba con una franqueza completa que no era necesariamente adulonería. Ella no había aprobado - a los hombres que el señor Eleazar le presentó a su joven ama y su disgusto, por Eleazar fue creciendo juntamente con el desdén que le inspiraban los candidatos que él traía. Era a Bella a quien ella entregaba su lealtad, y cualquiera que dudara de ello como para amenazar a Bella no tardaría en comprobar su error.
-¿Qué sucede, Alice? -preguntó Isabella, agradecida por la in¬terrupción.
La sirvienta se acercó más.
-No quise interrumpir -dijo- pero como usted me dijo que me diera prisa me pareció mejor preguntarle. ¿Qué desea que haga con esto?
Bella quedó sin aliento cuando Alice le mostró la capa y la chaqueta que Edward dejara en el carruaje. Eleazar arrugó la frente cuando vio que eran prendas de hombre y miró inquisitivamente a Bella. Con un esfuerzo de voluntad, ella se puso de pie, suspiró pensativa y tomó las prendas. Acarició casi con ternura la suave tela de terciopelo de la chaqueta.
-Era de Edward -murmuró tristemente-. El era guapo, varonil, encantador, y con la más persuasiva de las sonrisas. Temo que jamás podré olvidarlo. ¬
Bella devolvió las ropas a su criada.
-En uno de mis baúles, Alice. Las conservaré como recuerdos. Pero ya estaba pensando cómo se libraría de ellas porque los re¬cuerdos que le traían eran cualquier cosa menos reconfortantes.
Eleazar apretó el puño alrededor de su fusta y su mandíbula se puso rígida.
-Su padre me interrogará sobre el asunto, señora Cullen. Yo debo darle respuestas. Debo conocer el lugar donde se celebró la boda y examinar los documentos. El apellido Cullen es muy cono¬cido aquí en Londres pero hay cosas de las cuales debo asegurarme y no puedo presentarme en la casa de esa familia a preguntar por su pariente, especialmente ahora que están de luto. Sin embargo, debo. comprobar la viudez del matrimonio para tranquilidad de su padre.
Bella experimentó una fugaz tentación de lanzar la cáustica acusación de que él haría cualquier cosa con tal de engordar su bolsa. Sin embargo, consiguió aparentar que se sentía sólo levemente herida.
-Pero desde luego, señor. Supongo que mi padre no se confor¬maría con mi palabra. Fue hasta el escritorio y tomó el paquete de documentos que se había ganado al precio de un beso y de su virtud-. Aquí, tiene la prueba.¬
Eleazar, quien ya estaba a su lado, tomó el paquete y desató rá¬pidamente la cinta escarlata. Pero cuando sus ojos fueron hasta la hoja de pergamino que estaba sobre el escritorio, su interés cambió y quedó mirando fijamente el dibujo. Isabella siguió su mirada y vio, impotente, que el hombre levantaba? el- boceto para inspeccionarlo más de cerca. No pudo soportar que los ojos de él escudriñaran en sus pensamientos secretos, porque ciertamente de eso se trataba, de una grosera y desca¬rada invasión de su intimidad, como si él hubiera presenciado lo que sucedió con Edward en el interior del carruaje.
Irritada, Bella trató de apoderarse del boceto pero Eleazar lo puso rápidamente fuera de su alcance.
-Señora, sus talentos son muchos. No estaba enterado de que llagaban a la capacidad de dibujar retratos de las personas en pergami¬no. -La miró con desconfianza-. ¿Su difunto esposo?
Bella asintió de mala gana.
-Démelo -ordenó.
-Su padre sentirá curiosidad...
Con un rápido movimiento Bella le arrebató el dibujo y lo rom¬pió en pequeños pedazos.
- ¿Por qué destruye un retrato de su marido, señora-? Se diría que él tenía todas las cualidades que usted ha declarado. Ciertamente, fue dibujado con amor. Quizá, como usted dice, le será imposible ol¬vidarlo.
Bella gritaba interiormente: ¡farsante! Pero respondió en tono manso, sereno y humilde:
-Así es, Y me siento tan apenada que no puedo soportar la vista de su imagen.
El día siguiente amaneció con el mismo tiempo despejado y esti¬mulante. El viento frío soplaba entre los edificios cuando Eleazar se apeó del landó y se envolvió apretadamente con su capa. Golpeó la gran puerta con su fusta hasta que le respondieron desde el interior.
- Tengo que hablar con el carcelero. Abra la puerta -ordenó. Después de un breve sonar de llaves, la puerta de hierro se abrió y él entró. Un guardia lo condujo por los corredores hasta que llegó donde se encontraba el carcelero. ¬
-Ah, señor Jenkins -empezó en tono jovial-. Debo regresar- a la isla antes de lo esperado. He venido a ver qué buena mercadería tiene para mí.
-Pero señor... -el hombre obeso se puso de pie con dificultad y empezó a frotarse las manos- pero señor Eleazar, no tengo nada más de lo que usted a ha elegido.
-Oh, vamos hombre -rió Eleazar sin mucho humor, se quitó los guantes de cuero, los envolvió en el mango de su fusta y empezó a gol¬pearse el muslo con ella-.
Debe tener algunos buenos deudores jóvenes o aun un par de ladrones que podrían verse redimidos y con una opor¬tunidad de salir de este agujero.
Usted sabe que mi amo paga bien a quie¬nes les sirven. -Tocó la barriga de Jenkins con su fusta y sonrió torcida¬mente-. Eso significaría algo de dinero para su bolsa.
-Pero señor... -el carcelero sonrió preocupado-. Le juro que no hay ninguno.
- ¡Oh, vamos! -dijo Eleazar ahora con cierta irritación-. El ultimo grupo apenas durará un año o dos en los campos de caña de azúcar. -Golpeó impaciente su muslo con la fusta_. Usted debe de tener algunos nuevos. y por supuesto, usted sabe que las mujeres sanas y los niños crecidos no carecen de valor en el Caribe. -Sus facciones ad¬quirieron una expresión ominosa'-. Mi amo me tratará muy mal si no le muestro algo mejor por su dinero.
- ¡Pero señor! -gritó Jenkins y empezó a sudar aún más-. Aquí hay simplemente...
Los interrumpió una conmoción fuera de la habitación y la puer¬ta de la celda principal se abrió violentamente. Entró un guardia trayen¬do una larga cadena que estaba asegurada al prisionero, quien mostraba señales de haber sido muy maltratado recientemente. Un ojo hinchado y un labio partido y ensangrentado le deformaban la cara. Los grilletes que llevaba en los tobillos lo hicieron tropezar y por esa torpeza recibió un fuerte golpe en las costillas. De la boca magullada salió un gruñido de dolor. Los dos guardias se disponían a llevar al prisionero a través del patio exterior cuando Eleazar, buen juez de carne humana, levantó una mano para detenerlos.
- ¡Deténganse! -dijo y miró fieramente a Jenkisn-. Cerdo astuto -dijo-, me lo estaba ocultando para obtener un precio más alto.
Eleazar se acercó para examinar mejor al prisionero, y después de un momento se volvió irritado hacia el carcelero.
-No perdamos tiempo, hombre -dijo-. Lo necesito. Dígame el precio. ¿Cuánto pide?
- ¡Pero señor mío! -dijo el pobre Jenkins, casi apoplítico-. No lo vendo... quiero decir que no puedo venderlo. El ha estado en un cala¬bozo y ahora se lo llevan a la celda común, con los demás, para ser colgado.
Eleazar, sin dejar de golpearse el muslo con su fusta, miró larga¬mente a Jenkins. Por fin se irguió y cruzó los brazos. Sus ojos sombríos eran como los de un halcón fijos en un gordo conejo.
-Vamos, Jenkins-... El gordo saltó con el sonido de la voz.
-Lo conozco y sé de algunas de... las maravillas que ha realizado, en el pasado. Una bonita suma por un joven como este...
El carcelero tembló y pareció a punto de caer de rodillas.
-Pero... no puedo. Es un asesino, condenado a la horca. Yo debo certificar que lo cuelguen... Y este es su apellido. -Las palabras no al¬canzaron a salir de la garganta de Jenkins.
-No me importa su apellido. Llamémoslo con uno nuevo. Ante eso, los ojos del carcelero adquirieron una expresión taimada y Eleazar no perdió un momento.
-Vamos, hombre, decídase. Use su cabeza. -Su voz se hizo más persuasiva-. ¿Quién tiene que saberlo? Vaya, esto podría significar tanto como... -Se alzó de hombros y casi susurró al oído del carce¬lero-: Bueno, doscientas libras en su bolsillo, dos peniques para estos guardias y nadie se enterará.
La codicia de Jenkins empezó a brillar en sus ojillos porcinos.
- Ajá -murmuró suavemente, casi para sí mío-. Hasta hay un cadáver, un viejo que ha estado años aquí, olvidados, y que murió anoche en su celda. Sí, es posible. ¡Ajá!
Se acercó a Eleazar y habló en voz baja para que ningún otro pu¬diera oído.
- ¿Doscientas libras? ¿Por un tipo corno él?
-Sí, hombre. -Eleazar asintió-. Es joven y fuerte. Partiremos dentro de pocos días pero usted debe mantenerlo oculto. ¿Habrá parien¬tes que lo reclamen? -Jenkins asintió y Eleazar agregó-: Entonces déles el otro cuerpo mañana, en un ataúd cerrado y con el sello del magistra¬do para que no se atrevan a abrirlo. Yo lo recogeré con el resto de los hombres el día antes de zarpar.
Eleazar atravesó a Jenkins con su penetrante mirada. , .
-Espero. -dijo- que el hombre será cuidadosamente tratado para cumplir con nuestro pacto. ¿Comprende?
Jenkins asintió enérgicamente y los rollos de grasa alrededor de su cuello temblaron con un movimiento ondulante.
Concluido el negocio, Eleazar regresó al landó sonriendo y ha¬ciendo cálculos mentalmente: doscientas para Jenkins, y Swan pagaría quince mil por un hombre como éste de modo que quedaban trece mil para Eleazar. Sonrió satisfecho y se puso los guantes. Empezó a cantu¬rrear desenfadamente, se acomodó en el asiento y disfrutó del viaje de regreso a la casa de la ciudad
Para mi es un placer compartir éste sitio con ustedes, el cuál nació del fanatismo por colocar a nuestra pareja favorita en distintos escenarios. Espero que disfruten su estancia, así como nosotras esperamos enriquecernos con sus comentarios y mensajes. Éste sitio lo compartimos Pescui, Rosita y yo, si éstas interesada en subir tus historias, el espacio es tuyo. Les envió un beso y un abrazo de oso. Noelle xD
lunes, 16 de mayo de 2011
La Dulce y Orgullosa Isabella
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holaaaaa extrañabaa leer esta hisoriaa...bueno bella esta volviendo para su casa y piensa que edward esta muerto...mmm y el hombre que compro eleazar estoy segura de que es edward...besos estuvo fantastico el capii...y lo de demon price como quieras yo la leo en el otro blog...pero no tengo problema de leerlo en este...como tu quieras...besoss!!! buen dia!
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