jueves, 14 de julio de 2011

La hija del Coronel.

Capítulo 7

«Tentador». Fue la primera palabra que le vino a la mente. Bella jamás había
considerado el sexo como nada del otro mundo, pero tras unos días con Edward y Emmet,
no podía pensar en otra cosa. En especial cuando Edward estaba ante ella con los
pantalones bajados hasta los muslos y su grueso y dispuesto miembro delante de las
narices.

«Qué estupidez». Fue la segunda palabra que irrumpió en su cabeza. No había ido allí
para estar con él, sino para aprender cómo estar con Jacob. Pero no fue eso lo
que hizo que se detuviera. Por alguna razón, Edward no quería sexo sin Emmet en la
habitación. Y a juzgar por la falta de sorpresa de Emmet, no parecía que ésa fuera la
primera vez que eso sucedía. Con lo cual, concluyó, Edward no tenía problemas
con las vírgenes, si no con el sexo en general.

Bella oyó el ruido del agua en las tuberías que indicaba que Emmet se estaba duchando
en el cuarto de baño, y supo que no regresaría, no con la suficiente rapidez
para intervenir. Se encontraba a solas con Edward para resolver lo que parecía una
situación muy espinosa. E iba a tener que improvisar.

—Inspira profundamente —le sugirió ella—. Podemos esperar a que regrese o
continuar. Tú eliges.

—No me toques ahora. Lo lamentarás si lo haces.

Escupió las palabras rechinando los dientes y Bella le creyó. Su control pendía de
un hilo. Un movimiento equivocado y lo perdería.


¿Cómo era posible que esa misma mañana ella hubiera creído que era
demasiado poco femenina para excitar a Edward? El se había apresurado a sacarla de
su error, haciéndola sentir viva y femenina durante el proceso. Era asombroso
cómo el paso de las horas y un poco de conversación podían cambiar la
perspectiva de una persona. Por desgracia, eso no le iba a servir de ayuda ahora.

—Tengo más autocontrol que esta mañana. Podremos resolver esto. Te diré que no si
las cosas se ponen calientes.

Edward le enterró los dedos en el pelo. La indecisión y el deseo se reflejaban en su
rostro tenso. Bella sintió su áspero aliento en la mejilla.

—Gatita, ésa es una idea muy mala.

—Pues dime por qué. Quizá pueda ayudarte.

Edward cerró los puños sobre el pelo de Bella . Frunció las cejas de leopardo sobre
aquellos ojos tan verdes que en ese momento parecían casi negros. Parecía torturado
física y mentalmente.

—A pesar de lo cabrón que he sido contigo, aún quieres ayudarme. Sí fuera un hombre
mejor… —se detuvo, al parecer no quería terminar ese pensamiento—. No puedes
ayudarme, gatita. Cavé mi propia tumba hace doce años.

Y se había enterrado emocionalmente desde entonces. Edward no lo dijo, pero
tampoco hacía falta. Hubiera apostado lo que fuera a que no quería correrse sin
Emmet en la habitación por la misma razón que compartía a las mujeres. Algo le había
ocurrido cuando era adolescente, algo que lo había cambiado todo.

—Dime qué ocurrió.

Él se rió y la miró como si hubiera perdido la cabeza.

—Hablar del pasado no va a cambiar las cosas

—¿Por qué no? He pasado algún tiempo a solas con Emmet, y también me gustaría
pasarlo contigo, sólo contigo. Pero eso, lo que sea, se interpone entre nosotros.

—Y siempre será así. Si un pequeño ejército de terapeutas no pudo solucionar el
problema, que te sientes en mi regazo y me escuches hablar de mi pasado no va a
arreglar las cosas. Lo único que conseguirás con eso es que me siente tentado a
hundirme en tu dulce sexo, pero no resucitará a los muertos.


Ella no comprendió la última frase del todo, pero sabía que de alguna manera,
sexo y muerte estaban relacionados para él, y Edward se sentía responsable de
algo parecido a alguna tragedia griega. Emmet era su apoyo y su perro guardián desde
entonces.

Con una maldición, Edward se metió el pene en los vaqueros y se subió
bruscamente la cremallera. Luego se dirigió a la puerta.

—¡Alto! —gritó Bella, sin saber aún qué diría, qué podía decir.

Por un momento, habría pensado que él no se detendría. Pero Edward se giró hacia
ella.

—¿Qué? —Apenas fue un susurro, como si los gritos de los últimos minutos no
hubieran existido.

Bella sostuvo su mirada atormentada. La pena y la culpa asomaban en el rostro de
Edward, en una imagen de total sufrimiento. Parecía necesitar alguien a quien cuidar,
a quien abrazar.

Alguien que le diera una segunda oportunidad.

Ella tragó saliva, pero no apartó los ojos de él mientras lo inmovilizaba con una mirada
solemne y se tumbaba de espaldas en el suelo. Se levantó la falda y abrió ligeramente
las piernas, luego subió la mano por el abdomen hasta uno de los senos.

Aquellos ojos verdes volvieron a la vida, y Bella sonrió.

—Haz el amor conmigo.

«Cuatro palabras». Eso era todo lo que hacía falta para que Bella envolviera su
miembro y apretara. Había hecho lo mismo con los lóbregos sentimientos contra
los que había estado luchado toda la tarde.

—En realidad, no quieres eso. —No se le ocurría un mejor argumento para no tomar lo
que le ofrecía. Se había arrojado a sus pies, desnuda, exuberante, preciosa.
Sólo Dios sabía lo dispuesto que estaba él a darle hasta el último aliento con tal de
poseerla.

—Sí, lo quiero —murmuró ella.

—No seré tierno.


La sonrisa de Bella decía que lo entendía.

—No estoy hecha de cristal.- Edward negó con la cabeza.

—Querías reservarte para Jacob.

—Quería ofrecerle mi virginidad a alguien a quien le importara.

—¿Qué te hace pensar que a mí sí me importa? —dijo Edward intentando sonar
sarcástico y despectivo.

—Cosas que me has dicho. —Le cogió de la mano y comenzó a tirar de él hacia ella—.
O, ahora mismo, tu mirada.

Cerrando los ojos, Edward intentó dejar la expresión neutra, dejando fuera de su vista
cada centímetro desnudo de la piel de Bella. Pero ella tiró con fuerza de él, y la
imagen de su cuerpo desnudo regresó a su mente, una y otra vez, grabándosele a
fuego en el cerebro. Maldita sea, no sólo era su cuerpo lo que le ponía duro. Si era
sincero consigo mismo tenía que reconocer que aquella naturalidad con que ella
excitaba su sexo y conmovía su corazón, lo volvía salvaje.

—Estás alucinando.

—Y tú mintiendo —susurró ella.

Él le dirigió una mirada airada.

—¿Por qué demonios te ofreces a mí?

—Quiero ayudarte.

—No quiero tu compasión —gruñó él.

La mirada de Bella le hizo arder cuando se deslizó por su cuerpo antes de acabar
clavada en sus ojos.

—No te compadezco. Sólo quiero que te sientas bien, pero reconozco que no estoy
siendo totalmente altruista. Tú me haces sentir femenina, una mujer de verdad.
Cuando estoy contigo, no me siento poco femenina, ni torpe ni inexperta. Me
siento… deseada. Querida. Y deseo más.

Creo que siempre he querido más de ti.


«Oh, demonios». Él habría podido rechazarla cuando había creído que le ofrecía
su virginidad como una especie de curalotodo para sus carencias emocionales.
Pero rechazándola ahora, le haría daño. Se aprovecharía de las inseguridades de
Bella para ocultar las suyas.

¿Pero acaso no era mejor herir sus sentimientos, a infringirle un daño físico
permanente o… algo peor?

¿O, por el contrario, debería correr el riesgo? Bella era mucho, más fuerte que
Tanya.

—Edward, cariño, no intentes protegerme. Soy una adulta, y sé lo que quiero.
A ti. —Le apretó la mano—. Simplemente, déjame disfrutar.

Puede que ella pensara así, pero estaba equivocada. Maldita sea, no debería ceder.

Al final, Edward se dejó caer de rodillas entre las piernas abiertas de Bella.
Rebuscó frenéticamente en los bolsillos, en la cartera, rogando… ¡sí! Un condón. Uno
lubricado. Con un suspiro entrecortado, lo tiró sobre la mesita.

—Prepárate.

Ella sonrió.

—Gracias a Dios.

Él asintió débilmente con la cabeza y luego se quitó la camisa.

Bella deslizó los dedos con ansia por el abdomen de Edward. Una serie
de estremecimientos le recorrieron el vientre, la espalda, la polla. Gimió.
Su erección, tan condenadamente dura en ese momento, podría taladrar el metal.
¿Le quedaría realmente algo de sangre en el cerebro? Estaba convencido de que toda
se le había concentrado en el pene.

Se bajó la cremallera de un tirón y liberó la erección de su confinamiento. Se
sumergió en el paraíso que eran las manos de Bella.

Ella lo acarició suavemente, provocándolo. Él no necesitaba más persuasión… ni deseo.

Tenía que detener eso de alguna manera. Pero con la sangre hirviendo y el sentido
común cegado por el deseo que dominaba sus sentidos, Edward no tenía ni idea
de cómo impedir algo que anhelaba tanto.


Le tembló la mano cuando se bajó los pantalones hasta las caderas.

Cubrió a Bella con su cuerpo y capturó su boca con un beso devorador, entre jadeos
entrecortados y gemidos. Bella le dio la bienvenida, le rodeó el cuello con los
brazos y le acarició la espalda y los hombros, arqueando las caderas hacia él.

El condón estaba a sólo medio metro. Podía abrirlo, ponérselo, penetrarla… y
verse envuelto por su dulce calidez; poseería una parte de ella que ningún hombre
tendría jamás. Sólo de pensarlo, se le contrajo el vientre de pura ansia voraz.

«Detente. ¡Detente ya!».

Edward interrumpió el beso y gimió al sentir la ansiosa boca de Bella abriéndose paso
hasta el hueco del cuello.

De alguna manera, consiguió bajar las manos y apretar su pene contra los
húmedos y cálidos pliegues prohibidos de su sexo. Maldición, estaba mojada. Y muy
caliente. Tan caliente que estaba a punto de hacerlo estallar en llamas. Y cuando
Bella se contoneó contra él…

¡Dios!

—Detenme —la voz de Edward sonó ronca y grave.

Todo lo que ella hizo fue sonreír y alzó las piernas, ciñéndolas en torno a sus caderas.

Edward comenzó a sudar por todo el cuerpo; la frente, la espalda, el pecho se
le humedecieron. Bella lo estaba matando lentamente, tentándole con todo lo que él
quería y no debería tomar.

Incapaz de detenerse, se frotó contra ella, rozándole el clítoris con su longitud. El
jadeo de Bella fue directo a su miembro. No hacía falta tener mucha
imaginación para imaginar a Bella rodeándole con las piernas, arañándole la
espalda, mientras la penetraba profundamente, sumergiéndose en su calor.

Edward tragó aire, luchando contra la visión. ¿Qué demonios le sucedía? En doce años,
jamás se había sentido seriamente tentado de follar a una mujer él solo, ni en
su sexo. Jamás había mantenido relaciones sexuales sin protección. Bueno, tenía el
condón a medio metro, pero en ese momento, le suponía un esfuerzo hercúleo
cogerlo y ponérselo.

Por no decir que necesitaría mucho más que ese esfuerzo y el doble de la
fuerza de voluntad que tenía, levantarse y marcharse de allí.


¿Dónde demonios estaba Emmet? Apoyándose en los brazos, bajó la mirada a una
Bella ruborizada que le daba la bienvenida. Estaba en graves problemas. Y
sospechaba que si Emmet estuviera allí, él sólo lo animaría a cometer una estupidez.
«Algo inconcebible».

Apretando los dientes, retrocedió y cogió el condón. Ya estaba en el infierno. No
merecía ni a Bella ni a su inocencia. Pero allí estaba ella, yaciendo delante de él, y
tenía que penetrarla —en algún lugar, como fuera— ya.

Pero si le arrebataba la virginidad, por mucho que ella lo deseara en ese momento,
¿no le arruinaría la vida?

Comenzó a ponerse el condón y volvió a mirar la dulce cara femenina. Bella no tenía
miedo, pero debería tenerlo. El control de Edward hundía de un hilo mientras le
sujetaba las curvas y le echaba las piernas hacia atrás, levantándole las caderas.

La ardiente mirada masculina vagó por los pechos y los pezones hinchados de Bella,
por la suave piel de su vientre, por la carne roja y excitada de su sexo, por la fruncida
piel recubierta de lubricante que protegía su ano, tanto más visible cuanto más le
echaba las piernas hacia atrás.

—¿Edward? —dijo Emmet desde la puerta.

Su primo le estaba preguntando qué pensaba hacer. Edward giró apenas la cabeza
para buscar y sostener la azulona mirada de Emmet. ¿Qué coño podía decirle? ¿Que estaba
muy tentado de romper todas las reglas? Bella no era una mujer más. Si la poseía en
ese momento, no pertenecería a ningún otro hombre, no habría nadie más que se
responsabilizara si algo salía mal.

Al menos en ese momento, ella le pertenecía. Sólo a él.

—Yo me he ofrecido —aclaró Bella suavemente—. Le he pedido que haga el
amor conmigo. Quiero que sea el primero.

La sonrisa de Emmet era condenadoramente cegadora cuando entró en la estancia, se
sentó en el sofá y agarró la mano de Bella.

—Un precioso regalo. No sé si Edward te lo habrá dicho, pero se siente honrado y
excitado.- Edward le dirigió a su primo una mirada aviesa.

—No he aceptado.


Arqueando la ceja, Emmet miró la postura en que se encontraban, la manera en que Bella
se abría, dándole la bienvenida a la polla de Edward que se erguía preparada hacia su
sexo.

Edward soltó un suspiro tembloroso. De hecho, tampoco había rechazado la
oferta de Bella.

Tenía que hacer algo. «Ya». La necesidad que burbujeaba en su vientre estaba a punto
de estallar. Un fiero deseo le recorrió el cuerpo que parecía haber descargado
un torrente de adrenalina directamente a su pene. Tenía tal opresión en el pecho que
le costaba trabajo respirar.

Intentando desterrar todas las voces, dudas y miedos que tenía en la cabeza, Edward
cogió su miembro con la mano y se acercó más, cerrando los ojos.

«Suya». Bella podía ser suya. En diez segundos.

Edward vaciló. Tragó saliva mientras pensaba a toda velocidad.

¿Y luego qué? ¿Una vez que la hubiera reclamado y tomado, qué ocurriría? Y si… No, ni
siquiera podía pensarlo.

—¡Maldita sea! —gruñó.

Volvió a colocarla en la posición anterior, subiéndole las piernas de tal manera que
ahora descansaban sobre sus hombros, se ubicó y comenzó a empujar…

En su ano.

Bella soltó un grito ahogado de sorpresa y agrandó los ojos color chocolate.

—¿Edward?

—¿Qué diablos haces? —gritó Emmet.

Cada vez más tenso con cada centímetro que empujaba dentro del pasaje
apretado de Bella, con los tendones del cuello sobresaliendo, los músculos de
los brazos temblando, asaltado por las asombrosas sensaciones de ser envuelto
lentamente por la carne lubricada y apretada de Bella, Edward apenas podía
pronunciar una palabra.

—Estoy follándola por el culo. Estoy salvándole la vida.


Emmet lo miró como si quisiera golpearle aunque no lo hizo. «Aquello también era
jodidamente bueno». Cuanto más penetraba en el cuerpo de Bella, más se le
obnubilaba la mente. ¿Era un gong lo que sonaba a la par que su corazón? Bella era
como un puño caliente en torno a su polla, un puño cada vez más cerrado alrededor
de su miembro.

—¡Edward! —gritó ella.

—Casi estoy dentro.

El sudor cubría ahora el cuerpo de Edward. El deseo de bombearla con un ritmo
infernal durante mucho tiempo avasalló a Edward. Se contuvo, decidido a proceder
con lentitud y disfrutar del paraíso que era estar dentro de Bella.

Ella respiraba de manera entrecortada.

—Detente. No puedo tomar más.

—Por favor. Por favor, gatita. ¡Oh, Dios! —Se moriría si no podía hundirse por
completo en ella.

Pero al ver que Bella cerraba los ojos y hacia una mueca, se retiró un poco. Antes de
que pudiera retirarse del todo, ella estiró las manos y lo agarró por los hombros.
Bajando las piernas, ella se arqueó y se contorsionó. Incapaz de resistirse a cualquier
cálida promesa de Bella, Edward empujó con fuerza.

Se deslizó por completo en ella con un gemido largo y ronco.

—Gatita, sí. Ya está. Tómame. Toma todo lo que tengo para ti.

La cabeza de Bella cayó hacia atrás con un quejido, su pelo castaño se extendió
a su alrededor. Maldición, ella parecía una diosa tentadora y ardiente, una sirena
atrayéndolo hacia el desastre, pero a él, realmente, le daba igual. Al menos moriría
feliz, porque tras bombear en ella un par de veces, Edward se dio cuenta de que
poseerla era una de las mejores experiencias de su vida.

Entonces Bella comenzó a juguetear con sus pezones y murmuró:

—Te siento en mi interior, tan duro. Sí. Oh… es como si fueras a romperme en dos.
Pero ese dolor es… guau. —Bella jadeó cuando él volvió a penetrarla
violentamente—. Me haces sentir viva.


Fue decir eso y que él perdiera el control. Edward comenzó a bombear en ella como si
fuera un salvaje, deleitándose con la dureza de su propio cuerpo, con la flexibilidad
del de ella, con esos gemidos que Bella emitía cada vez que él se hundía en su interior
más y más profundamente.

El deseo de correrse comenzó a vibrar en sus testículos. Santo Dios… él jamás había
llegado al climax con tal rapidez. Estaba orgulloso de aguantar veinte minutos o más,
con Bella no podía eludir el inevitable final tras sólo tres minutos.

La sangre siguió bajando rauda, inundándole la polla y aumentando su sensibilidad.

—Edward —imploró ella—, ponte de rodillas. Necesito sentir tus caricias…

«¿Qué?». Él no podía procesar las palabras de Bella por los estremecimientos de
placer que le bajaban por la espalda y el rugido ensordecedor que sentía en los
oídos. La inminente pérdida de control era dulce y tan intensa que le estallaría la
cabeza.

—Por favor —imploró de nuevo.

—Retírate y ponte de rodillas —ordenó Emmet—. Arrodíllate y levanta sus caderas hacia
ti.

Las palabras por fin llegaron a su mente. Se cambió de posición, negándose a
perder el contacto.

—Emmet. —Bella lo miró, cogiéndose los pezones entre los dedos para tirar de ellos.

«Oh, maldición». Verla acariciarse los pezones lo llevó más cerca del climax, a
un lugar donde era la necesidad quien decretaba cada envite.

Su primo se deslizó de rodillas en el suelo, al lado de ellos y ahuecó los pechos de
Bella con la palma de la mano, pellizcándole los pezones duros, rojos y
apetecibles. Edward deseó inclinarse y succionarlos, pero no podía, no si quería
seguir poseyéndola. Y tenía que seguir. Bella era adictiva. Conociendo de primera
mano lo celestial que era estar dentro de su culo, si volvía a ofrecerle su vagina, la
poseería. Sin mediar palabra. Sin vacilaciones. Penetraría esos dulces y apretados
pliegues y la reclamaría para él.

Emmet se inclinó y succionó un pezón, y luego se dedicó al otro. Al mismo tiempo bajó la
mano y mientras masajeaba la dura protuberancia de su clítoris le hundió un par de
dedos en la vagina.


—¡Sí! —gritó ella.

Al instante, Edward sintió cómo se apretaba en torno a él, como comenzaba a
latir. Oh,

Mierda, no iba a poder contenerse mucho más, ni siquiera por dos segundos.

—Ahora, Edward. ¡Ahora! ¡Follame!

El hombre salvaje que habitaba en su interior se liberó y acabó con la última
brizna de control. Clavándole los dedos en las caderas arremetió contra ella con
un envite tras otro. Su polla se estremeció. Bella gimió. Él intentó contenerse ante
los ondeantes pulsos del cuerpo de Bella, ante la palpitante estrechez de su pasaje.

Bella gritó, y su cuerpo se convulsionó. Luego, con un rugido, Edward se sumergió en
ella una última vez y alcanzó el orgasmo, estallando en un millón de pedazos mientras
comenzaba a volar. Vio todo blanco… y la cara ruborizada de Bella que gritaba
extasiada.

A Edward la pareció que la eyaculación duraba eternamente, que el placer se
multiplicaba hasta el infinito. Nunca había sido así. Se sentía como si flotara,
como si aquellos eternos momentos de éxtasis fueran a durar para siempre con solo
quedarse dentro de ella. Sin soltarla jamás.

Pero la realidad se entrometió con rapidez.

Edward se retiró lentamente, y en el momento que lo hizo, sintió un vacío en
su interior, instándolo a penetrarla de nuevo, a hundirse en aquel cuerpo y a no salir
jamás. Bella era todo lo que necesitaba.

«Tómala. Reclámala. Quédatela».

¿Y luego qué? Ya había visto las consecuencias de un acto así. Lo había vivido. Y
todavía tenía pesadillas por ello.

Con un estremecimiento, Edward retrocedió y se quitó el condón.

Cometió el error de mirar el rostro de Bella. Ella le brindó una sonrisa vacilante que le
encogió el corazón. Sandeces. Ella sólo quería saber si él estaba bien, si había
estremecido su mundo.

No a lo primero y, absolutamente, sí a lo segundo.


Y si se quedaba con ella una hora más, Bella ya no sonreiría. Estaría jodida…
literalmente.

Ahora que había estado dentro de ella, mantenerse apartado de su sexo no iba a ser
una opción. Si Bella permanecía allí una hora más, acabaría tumbada sobre sus
espaldas, con el miembro de Edward profundamente enterrado en su interior. Y eso
sería un gran error.

Tener sexo con una virgen, incluso una tanta práctica como Bella, conducía por
lo general a una imagen de encaje blanco y toallas a juego con monograma.
Conllevaba pena, dolor y sufrimiento. Pero ella no tenía manera de saberlo. Se había
ofrecido a él de manera espontánea, y, de repente, tuvo un horrible presentimiento:
ella sentía algo por él, quizá incluso creía que lo amaba. Probablemente pensaba que
podía «curarle». Imposible. Edward no estaba preparado para proporcionarle el final
feliz que ella merecía.

Edward suspiró. Dios, se sintió como si tuviera mil años cuando se puso en pie y se
subió los pantalones de golpe. Aquello era la única arma que tema para asegurarse de
que no le arruinaría la vida.

Miró a su primo.

—Bella es una auténtica tigresa, capaz de satisfacer a dos hombres sin
apenas despeinarse. ¿Quién podía imaginar que bajo esa virginal fachada
acechaba una mujer tan apasionada?

Bella se puso rígida y se lo quedó mirando como si Edward se hubiera transformado
en un alienígena con tres cabezas. Emmet frunció el ceño.

—Vigila tus palabras.

Oh, por supuesto que lo haría. Utilizaría las más crueles de su repertorio. Bella no
podía quedarse allí de ningún modo. No si quería seguir siendo virgen.

—Oh, no es mi intención ofenderte, gatita. Te agradezco que me ofrecieras tu
virginidad, pero deberías reservarla para alguien a quien de veras le importes.
Como sabes, no eres exactamente mi tipo.

Bella parpadeó, intentando comprenderlo.

—Dijiste que me deseabas. Que me deseabas mucho.

Edward se encogió de hombros.


—Sí, pero ya he saciado mi deseo. He estado en tu boca, en tu culo. Te he comido el
coño, te lo he penetrado con los dedos. Puedo vivir sin follarlo.

Dios, ¿había dicho alguna vez una mentira más grande?

El dolor asomó a los ojos de Bella cuando recogió las ropas y se cubrió de las miradas
masculinas. Esa expresión tormentosa provocó un enorme agujero en el pecho
de Edward.

¡Maldición! Pero Bella aún tenía que hacer las maletas, y él necesitaba que las hiciera
ya.

—Sé que te dijimos que te quedaras con nosotros durante dos semanas, pero creo que
ya estás preparada para cualquier cosa que Jacob quiera hacer contigo. Quiero
decir que si lo que quieres es perfeccionar tus mamadas puedes quedarte para
que nos corramos en tu boca más veces. O si lo que quieres es tener el culo más
dilatado para aceptar una polla con más facilidad, podemos ayudarte. Pero si no…, no
entiendo por qué deberías quedarte.

—¿Porque es hermosa y especial, y no otro simple cuerpo caliente? —gruñó Emmet.
Edward les dirigió una mirada frivola.

—Claro. Por supuesto. Sólo pensé que ya habíamos conseguido nuestro
propósito, al menos por mi parte. Creí que el sentimiento era mutuo.

—¿Mutuo? —Bella se quedó boquiabierta—. ¡Si acabo de ofrecerte mi
virginidad! Y dijiste que penetrar en mí sería como estar en el cielo.

—Algo que sólo demuestra tu inocencia. Cualquier tío con una erección como la que
yo tenía hubiera dicho eso. —Edward se encogió de hombros—. Supongo que
consideras que esa virginidad tuya es una especie de premio gordo, y estoy seguro de
que así será para Jacob. A mí no me gusta desvirgar a nadie. Es sucio, y siempre hay
dolor, pero no la clase de dolor placentero.

Las vírgenes no hacen más que quejarse y luego no suelen querer repetir, así
que tienes que conformarte con su boca o su culo, hasta que también se quejan de
eso…

—¡Cierra esa jodida boca! —Emmet le agarró el brazo y se lo apretó. Parecía a
punto de pegarle un puñetazo, y Edward acogió de buena gana la idea.

Se liberó con facilidad del agarre de su primo y observó cómo Bella se ponía la ropa
con la rapidez de alguien que trataba de escapar de un incendio.


—¿Es eso todo lo que soy para ti? ¿Cuándo me miras, sólo ves a una virgen?

—¿Ahora mismo? Sí. Ya he poseído las demás partes de ti. ¿Qué más me queda?

Bella cerró los puños a los costados y se sonrojó llena de incredulidad.

—¿Qué ha sucedido con aquello de que lo importante de una mujer son sus impulsos,
sus deseos y los fluidos sexuales que emanan de ella?

Él extendió la mano para acariciarle, para tocarla, y no se sorprendió cuando ella se
echó hacia atrás de un salto.

—No eres tonta. Sabes que me excitas. Pero en lo más profundo de tu ser eres
demasiado inocente.

—Dices eso como si fuera algo malo.

—Me gustan las mujeres más provocativas —dijo en tono de disculpa—. Llevo un
tiempo tras una stripper. Pregúntale a Emmet, la conoce. Tiene unas tetas enormes. Ah… y
usa ligueros. Es una tía muy sexy…

—Y tú no estás interesado en enseñarme más.

—¿Qué crees que te falta por saber? ¿Qué más quieres que te enseñemos?

Edward la observó mientras el rostro femenino reflejaba los pensamientos que le
cruzaban por la mente, como si estuviera buscando algo que decir, algo con que
hacerle tragar sus palabras.

Al final, Bella soltó un suspiro.

—Estás intentando ahuyentarme porque te da miedo mi virginidad.

—¿Por qué? No va a perseguirme para morderme.

—Me estaba refiriendo a las emociones que te provoca —escupió ella—. ¿He dado en
el clavo?

Emmet se acercó a ella en silencio y le pasó el brazo por los hombros.

—Tienes razón, cariño. Es un asno y sería mucho mejor para todos que se callara de
una vez.


—Escuchad los dos. Estoy siendo sincero. —Se volvió hacia Emmet—. ¿Acaso no
andaba detrás de Alyssa antes de que viniera Bella?

—Aquí entre nosotros, a Alyssa no le gustas. Y a mí no me gusta ella.

—Contigo fuera de juego, Alyssa se fijará en mí. —Intentó brindarles una sonrisa
radiante, lo que le resultó muy difícil cuando vio la expresión desolada de Bella—. He
oído que tiene el sexo rasurado. ¿Te imaginas?

Bella se estremeció, las lágrimas le anegaron los ojos, amenazando con
derramarse.

Aunque él era el causante, no podía soportar verlas.

Se dio la vuelta para ahuecar los cojines del sofá, y se quedó sorprendido cuando
Bella le golpeó en el hombro. La miró y ella le dio un bofetón. Muy fuerte.

—Si todo eso que has dicho es cierto, eres un gilipollas de primera y yo desearía no
haber venido nunca aquí. Si lo dices porque no eres capaz de permitir que se derrita
ese sufrido corazón de hielo que tienes, no sólo eres un gilipollas, además eres
un cobarde. A menos que logres superar el pasado, estarás solo el resto de tu vida,
porque, algún día, Emmet conocerá a una buena mujer, se casará con ella, y te
abandonará para que te pudras solo en el infierno. Disfruta de tu sufrimiento, te lo
tienes bien merecido.

Se dio la vuelta y se marchó. Victoria. Edward jamás se había sentido más miserable.

—Bella —la llamó Emmet corriendo tras la rizada melena de cabello castaño que
caía sobre su espalda—.¡Cariño!

Pero ella no vaciló; ni siquiera se detuvo. Salió de la guarida, cruzó la casa hasta la
habitación de Emmet y luego cerró la puerta de un portazo.

Edward se sobresaltó ante el sonido retumbante de la puerta, que rompió la tensa
quietud.

—Estúpido hijo de perra —gruñó Emmet—. Espero que estés satisfecho.

—No —dijo Edward duramente—. Pero es lo mejor.

—¿Para quién? ¡No para mí, desde luego! —dijo señalándose el pecho—. Bella
es lo mejor que nos ha ocurrido, y tú lo has jodido todo. ¿Y por qué? Porque la


quieres y no quieres arriesgarte a descubrir a otra Tanya. Bella tiene razón, eres un
cobarde.

Emmet salió enfurecido de la estancia dirigiéndose a grandes zancadas hacia la habitación
que compartía con Bella.

Edward agachó la cabeza. Era un cobarde. Y odiaba serlo. Había llevado a cabo
misiones por todo el planeta, asesinando generales hambrientos de poder en
agujeros de mierda del tercer mundo, rescatando rehenes de terroristas fanáticos,
desactivando bombas en el último segundo.

Y Bella lo asustaba mucho más que todo eso.

—No, cariño. Por favor. No te vayas. —Oyó las palabras de súplica de Emmet—. Edward es
sólo un asno. Quédate conmigo. Te quiero. Yo…

—Emmet, no funcionaría. Tengo que irme…

Las lágrimas presentes en su voz retorcieron las entrañas de Edward cuando
oyó que ella recogía las llaves del coche del platito del vestíbulo y se dirigía a la
puerta principal. Se dirigió a la esquina del vestíbulo y miró a escondidas.

—No te vayas —intentaba convencerla suavemente Emmet.

—Explícame por qué está haciendo esto. —Se enjugó las lágrimas de las mejillas—.
¿Por qué siempre me presiona tanto? ¿Qué le pasa?

Edward se puso tenso. Maldición, esperaba que Emmet no se pusiera a contar todos sus
secretos para tranquilizar a Bella y conseguir que se quedara. Entonces ella lo vería
como el monstruo que era…

—Es un secreto de Edward, y sólo a él le corresponde contarlo —dijo Emmet a
regañadientes.

—Entonces no puedo quedarme —dijo Bella, cruzando la puerta. Emmet la agarró del
brazo.

—No te vayas. Por favor. Ignórale. Quédate conmigo.

—Edward no me quiere aquí. Ha sido evidente desde el principio, y no debería
haberle impuesto mi presencia. He aprendido la lección. —Bella le acarició el
brazo, se puso de puntillas para besarle en la mejilla—. Gracias por todo lo que has
hecho. Creo que sé lo suficiente para complacer a Jacob, y ése era el objetivo.


—Es una estrella del pop con una vida nómada y una reputación escandalosa. Tú eres
la clase de chica que se merece tener una casa y amor. Estoy preocupado por ti y
quiero…

Bella interrumpió las palabras con un suave beso. Edward casi pudo saborear su pena
y su dolor mientras los observaba. Luego ella contuvo un suspiro tembloroso.

—Emmet, tengo que irme. A mí también me importas, pero no puedo quedarme.
Me hace demasiado daño.

«Oh, maldición».

Bella abrió la puerta y se volvió antes de salir. La mirada de ella se clavó en la de él y
Edward se sintió como si un ariete le aplastara el pecho. Le ardía la mejilla
donde ella lo había abofeteado, él último lugar donde lo había tocado. Ya no
volvería a tocarlo más. Maldición, aquello no podía doler más.

Bella no dijo una sola palabra. Sólo negó con la cabeza y salió, cerrando la puerta de
un portazo.

A Edward le fallaron las rodillas y tuvo que apoyarse contra la pared, cerrando los ojos
ante el infierno que se cernía sobre él.

Emmet maldijo suavemente, una palabrota que Edward dudaba que su primo
hubiera pronunciado en su vida.

No cabía duda de que se encontraba en graves problemas. Emmet tenía derecho a
estar enfadado y Bella tenía derecho a odiarle.

Pero no podría odiarle más de lo que se odiaba a sí mismo.

1 comentario:

  1. holaa ahhhhh mee estoyyy por volverrr locaaa por dioss edward peroo que le pasooo que es asii destrozoo a bella con todo lo que le dijoooo espero que se arrepientaaaa oo que busquee a bella y que ella no vaya con jacobb ufffff que pasaraa...me gustoo muchoo el capi!!!

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