jueves, 6 de octubre de 2011

La Hija Del Coronel.

Capítulo 11

Dos horas después, Bella se paseaba de un lado para otro en la fría sala de espera de
un hospital, mordiéndose las uñas. Dios, le temblaba todo el cuerpo. Dirigió otra
mirada de preocupación hacia el quirófano donde habían metido a su padre.

Aún no había salido nadie para decirle si su padre iba a vivir o… No, mejor no pensar
en eso. «Respira profundamente. Tranquilízate. Reza».


Ése era un buen consejo, pero no podía dejar de revivir aquel terrible
momento. Había pasado de estar sentada en el porche hablando con Emmet, a ver cómo
la casa de su padre estallaba con él dentro. El fuego se había propagado por todo el
lugar, pero no pensó en ello hasta más tarde. En aquel momento, nada la habría
impedido entrar en la casa, donde encontró a su padre inconsciente y a punto de ser
devorado por las llamas. Al ver que el picaporte de la puerta estaba demasiado
caliente para tocarlo, había arrojado una silla por la puerta de cristal de la parte
trasera de la casa y luego había arrastrado a su padre al patio.

Los bomberos que habían respondido a la emergencia le habían dicho que su
padre no habría sobrevivido si ella no hubiera actuado con rapidez, salvándolo de
aquel infierno creciente. Pero aun así estaba herido de gravedad. ¿Y si después de
todo había llegado demasiado tarde para salvarlo?
Bella


paseó la mirada por la larga hilera de sillas vacías de la sala de espera,
por la alfombra de color parduzco y por las polvorientas plantas artificiales de
seda. No, no podía sentarse, no podía dejar de moverse.

No podía dejar de preocuparse.

«Maldición, ¿qué había provocado esa explosión?».

A sus espaldas, oyó el siseo de las puertas automáticas al abrirse. Distraída, se giró.

Emmet entró corriendo. Parecía apurado y preocupado, recorrió la estancia con la mirada
y suspiró aliviado cuando su frenética mirada cayó sobre ella. Feliz de verle, sintió el
escozor de las lágrimas cuando él se dirigió con rapidez hacia ella, y la envolvió entre
sus brazos firmes y cálidos. Apoyando la mejilla en su hombro, inspiró profundamente,
respirando por fin, sintiéndose benditamente dichosa por un momento. Luego Bella
abrió los ojos.

«¡Edward!».

Estaba de pie, detrás de Emmet, con los ojos verdes llenos de preocupación, y una
expresión cercana al pánico. La recorrió con la mirada. Quería asegurarse de que
estaba viva, a la vez que le ofrecía su apoyo.

Sus miradas se encontraron, y Bella sintió el impacto de sus ojos con tal fuerza, que se
le fue formando un nudo en el estómago hasta que apenas pudo respirar.

Edward había venido. Había dejado sus diferencias a un lado, y había ido con ella.


Las lágrimas resbalaron por las mejillas, negras por el hollín, de Bella. Al verlas,
Edward hizo una mueca, como si verla tan afectada fuera casi físicamente doloroso
para él.

Bella le tendió una mano. Él se la agarró y luego tiró de ella para arrancarla de los
brazos de Emmet y meterla entre los suyos. Ella se apretó contra su sólido tórax y él le
rodeó la cintura con un brazo firme. Permanecieron allí de pie, cuerpo contra cuerpo.
Los rítmicos latidos del corazón de Edward la conmovieron, y lo rodeó con sus brazos
hasta que ni una brizna de aire se interpuso entre ellos. La fuerza de Edward la
envolvió, igual que su olor, a tierra, a lluvia, a hombre.

—Gatita —masculló él contra su pelo. La voz ronca por la preocupación
atravesó los sentidos de Bella.

Levantó la barbilla, y la mirada de Emmet atrajo la suya, desviando la atención de Bella a
su primo.

—¿Estás bien?

Edward dio un paso atrás y la observó con renovada atención. Ella asintió con la
cabeza.

—Estoy bien, pero mi padre…

Bella no pudo acabar la frase sin desmoronarse. Un nuevo aluvión de lágrimas resbaló
por sus mejillas, escaldadas y tiznadas, y no pudo reprimir el sollozo que le salió del
alma.

Intentó ser fuerte, pero fracasó. La realidad de la situación la hizo deshacerse en
lágrimas.

Edward la estrechó tiernamente contra su ancho pecho otra vez. Emmet le acarició
el pelo y le murmuró palabras de consuelo.

—Shh… —Ambos intentaron tranquilizarla, y Bella no pudo determinar quién
decía qué. Pero no importaba. Con ellos allí, finalmente comenzaba a creer que las
cosas saldrían bien.

—Me alegro de que estéis aquí. Gracias.

—No podríamos estar en otro lugar —murmuró Emmet, luego le besó la coronilla.


Edward la llevó hasta una silla y se sentó con ella en su regazo. Emmet se sentó a su lado.
Ambos hombres la miraron con ternura. La alegría que sintió aligeró su carga
momentáneamente, y su corazón se llenó de una sensación agridulce. Más lágrimas
resbalaron por su cara, y Emmet se las enjugó con el pulgar. Los brazos de Edward se
tensaron alrededor de ella.

—¿Qué ha sucedido? —la apremió.

Preguntas. Bella sabía que era así como actuaban los militares. Querían
respuestas. Tenían que valorar la situación para luego actuar en consecuencia. No
obtendría nada más de él hasta que Edward supiera a qué se enfrentaba y que todo el
mundo estaba a salvo. Bella tuvo que levantar la cabeza y responderle.

Inspiró temblorosamente

—No lo sé. Hubo una explosión de algún tipo…

Bella quería contestarle, pero no sabía las respuestas, ¡Maldita sea! ¿Qué había
sucedido? ¿Y dónde diablos se habían metido los médicos? ¿Por qué nadie la
informaba sobre el estado su padre?

Pasándole suavemente la mano de arriba abajo por la espalda, Edward la tranquilizó.

—Después de que Emmet oyera la explosión por el teléfono, y que tú no contestaras,
salimos pitando a casa de tu padre. Uno de los bomberos es un viejo amigo mío. Nos
dijo que entraste en la casa y sacaste a tu padre.

Ella asintió con la cabeza.

—Oh, Dios mío —masculló Emmet—. Ese lugar debía de estar envuelto en llamas.

—Tenía que hacerlo.

—Lo sé. —La voz grave de Edward fue suave, como una caricia—. Es una suerte que
salieras de una pieza. ¿Cómo está tu padre?

—Está en el quirófano. Sigo sin saber nada de él. No sé…

—¿Cuándo comiste por última vez? —preguntó Emmet.

¿Quién podía recordarlo? Dios, sólo de pensar en la comida se le revolvía el estómago.

—No tengo hambre. Emmet frunció el ceño.


—¿Un refresco? ¿Café?

Bella negó con la cabeza. No le apetecía nada ahora. No podría digerir nada
con el estómago revuelto.

Edward le sujetó la cara entre las manos, atrayendo su atención de nuevo.

—¿Dónde están tus hermanos?

Bella frunció el ceño y tragó saliva. Le dolía la garganta. Respirar humo le había
dejado las entrañas en carne viva, como si hubiera bebido trementina. Le dolían los
pulmones, pero ese dolor no era nada comparado con el que sufría su padre. Ya
había sido examinada por los médicos y la habían dejado marchar.

—No lo sé. Creo que Jasper está fuera del país en una misión. Carlisle… me llamó hace
unos días para preguntarme sobre el compromiso, pero no me dijo dónde estaba. Los
tensos brazos de Edward se cerraron a su alrededor con fiereza.

—¿Has llamado a Carlisle desde la explosión?

«No». Ni siquiera se le había ocurrido. Pero la vida de su padre pendía de un hilo en
aquel momento. En cuanto había puesto al coronel a salvo, habían llegado los
bomberos. Luego había acudido la policía. Le habían hecho preguntas —montones de
ellas— mientras estabilizaban a su padre para meterlo en la ambulancia. Ella había ido
con él, sujetándole la mano, esperando que de alguna manera supiera que, aunque no
vivían cerca, él todavía era su padre, su único padre, y ella le quería. Luego en el
hospital había tenido que rellenar los formularios y responder a más preguntas.
Entonces comenzó la espera, los tensos momentos de temor que casi acabaron con su
compostura.

—¿Gatita? —la apremió Edward.

—No sé donde está mi móvil. Supongo que se habrá roto. No sé…

—Está bien. Yo llamaré a Carlisle . Ahora relájate. —La besó en la frente, luego se puso
el pie y la depositó en el regazo de Emmet como si ella fuera más valiosa que una pieza
centenaria de porcelana china.

Bella observó cómo Edward sacaba el móvil y se apartaba de ellos.

Durante un largo rato, Emmet no hizo más que abrazarla, y ella agradeció su calidez y
ternura mientras la ansiedad seguía royéndole las entrañas. ¿Cuánto tiempo más
tardarían los médicos en decir algo? Necesitaba saber cómo estaba su padre. Tenía


que saberlo ya o se volvería loca. «Dios, y sí… No». No pensaría en eso. Se negaba a
hacerlo.

—Nos sentimos muy aliviados de que estés bien —murmuró Emmet contra su
mejilla, interrumpiendo su debacle interior—. Se me detuvo el corazón cuando oí la
explosión. No sabía si habías resultado herida.

—No lo entiendo… No sé qué sucedió. Edward regresó entonces y se sentó en la silla
junto a ellos.

—Carlisle estará aquí en quince minutos. Él se encargará de avisar a Jasper. Bella soltó
un suspiro de alivio.

—Oh, bien. Gracias a Dios. Carlisle y papá se llevan muy bien..:

Con ternura, Emmet le enjugó las nuevas lágrimas que ella no era consciente de
haber derramado.

—Lo sé, cariño. —Unas enormes manos, cálidas y firmes, tomaron las suyas.
Edward.

Ella parpadeó, se lo quedó mirando fijamente, absorbiendo la imagen de él, la
seguridad que transmitía.

—Necesito que te concentres —le exigió él—. Los bomberos nos han dicho que
la explosión no fue un accidente. No fue una fuga de gas ni nada por el estilo. Ha sido
provocado.

«¿Provocado?». —¿Qué estás diciendo? ¿Fue deliberado?

—Muy deliberado. Lo que estalló fue una bomba.

A Bella se le desencajó la mandíbula. Miles de pensamientos se agolparon en su
mente, pero no podía retener ninguno el tiempo suficiente para expresarlo en
palabras. «¿Una bomba?». No tenía sentido. ¿Quién? ¿Por qué? ¿Cuándo? ¿Quién
había sido el gilipollas que la había puesto?

«Y que además quería veros muertos», susurró una vocecita mordaz en su cabeza.

—Cuando viniste a vernos la primera vez, mencionaste que alguien había
estado amenazando a tu padre —la apremió Edward.

Muda y aturdida, ella asintió con la cabeza.


—¿Sabes por qué?

Ella frunció el ceño, intentando recordar.

—No con exactitud. Sólo sé que hay un psicópata que mi padre capturó y puso a buen
recaudo, que estaba amargado porque no había visto crecer a su hija.

—¿Te amenazó a ti?

Bella vaciló, hizo una pausa para pensar.

—Papá me dijo que ese hombre me había mencionado. Mi padre pensaba que
ese tío quería hacerme daño.

Emmet y Edward intercambiaron una mirada grave y al instante asintieron con la cabeza.

—En cuanto llegue Carlisle —dijo Edward—, te vienes con nosotros.

—¿Con vosotros?

—Nos iremos lejos de aquí. A alguna parte donde ese retorcido hijo de perra,
que probablemente haya volado la casa de tu padre, no te encuentre. A algún lugar
remoto y seguro.- Bella entendía su lógica, pero…

—Mi padre me necesita aquí. No puedo marcharme.

—Carlisle se quedará aquí, nos mantendrá al tanto de todo, pero hasta que sepamos a
quién y a qué nos enfrentamos…

—Es mi padre. Tengo que saber si va a recuperarse. Tengo que hablar con los médicos.
No puedo largarme así porque sí. Logan tiene la sensibilidad de una apisonadora y
papá me echará en falta.

Edward hizo una mueca sombría.

—Puede que te quiera aquí, pero también querrá que estés segura y a salvo. Estás
alterada y no piensas con claridad. Y eso te convierte en una presa fácil de ese
bastardo enfermizo que quiere matarte. No dejaré que eso suceda.

Bella se apoyó aturdida contra Emmet. ¿Sería posible que ella fuera un objetivo
en el complot de ese psicópata contra su padre? No tenía demasiado sentido. En
todos los años que su padre llevaba en ese negocio, jamás había tenido un roce serio


con un criminal vengativo. Muchas amenazas sí, y algunos incidentes menores, pero
nada como eso.

Pero, como su padre decía con frecuencia, siempre había una primera vez.

Si el coronel, que sabía cómo protegerse y trabajaba, precisamente, protegiendo
a los demás, estaba en un quirófano luchando por su vida, ¿tenía Bella alguna
posibilidad contra ese hombre si iba tras ella? Ninguna. Pero ¿cómo podía abandonar
a su padre en los que podían ser los últimos momentos de su vida?

—Pero…

—No hay peros que valgan. —Parecía como si a Edward se le hubiera acabado la
paciencia.

Le metió los dedos en el pelo y le alzó la cabeza, obligándola a mirarle a los ojos—. Te
voy a sacar de aquí. Y punto. No es negociable. No vas a discutir, ni a intentar
convencerme, ni a escaparte.

Su espíritu rebelde se alzó en su interior ansioso por tomar la palabra. La lógica lo
aplastó.

La explosión había sido causada por una bomba. Alguien había amenazado a su
padre. Si ese psicópata había puesto una bomba, quería decir que era sofisticado y
que lo había hecho cuando la casa estaba llena de gente. Quería decir que
probablemente vigilaba la casa. Y que él sabía que ella estaba allí.

Probablemente había considerado que cargársela era un extra. O quizá fuera su
objetivo. Su padre jamás querría que ella se pusiera a sí misma en peligro. Bella
suspiró largamente cuando dijo:

—Está bien.

Emmet la rodeó con los brazos y apoyó la mejilla contra su espalda. Edward se puso tenso,
tiró del pelo de Bella, maldijo entre dientes y le dio un beso rudo y posesivo en la
boca.

En ese momento, se abrieron las puertas del hospital. Bella vio que Carlisle irrumpía en
el interior y escudriñaba la sala de espera. Cuando los vio, se detuvo.

Bella se libró del abrazo de Edward y saltó del regazo de Emmet. Pero Carlisle
había visto suficiente. Decir que estaba furioso no alcanzaba a describir la
expresión que llameaba en sus ojos.


Tragando saliva, se acercó a ella y la agarró del brazo, apartándola de Edward y Emmet.

—¿Se sabe algo de papá? —dijo con voz tensa y entrecortada.

«Maldita sea». Parecía estar conteniendo su temperamento salvaje. Y lo haría, pero
no por mucho tiempo.

Bella se negó a avergonzarse. No era una niña, y no iba a tratarla como si lo fuera.

—Nada, aún estamos esperando.

—¿Cuánto tiempo lleva en el quirófano?

Bella se encogió de hombros. El tiempo carecía de sentido desde la explosión.

—Calculo que alrededor de una hora.

—Edward me dijo que estalló una bomba en casa.

—Eso han dicho los bomberos.

—¿Fuiste tú la que sacó a papá de allí?

¿Estaba complacido o enfadado? Podía ser cualquiera de las dos cosas, ya que Carlisle
era la persona más imprevisible que conocía.

—Sí —dijo desafiándolo con la mirada.

—Maldita estupidez —escupió su hermano mientras la envolvía en un abrazo
fraternal—, Maldita valentía. Bien hecho, hermanita.

—Tenía que hacerlo. Tú habrías hecho lo mismo.

Carlisle sabía que no podría discutirle eso, así que ni lo intentó.

—¿Te ha examinado un médico?

—Estoy bien. Tengo dos puntos en el brazo y tres en la pierna. Son simples arañazos…

—Me alegro de que no estés herida.

Su hermano levantó la mirada hacia Edward y Emmet y les saludó con la cabeza.
Controlado. Contenido. Engañoso. Carlisle podía ser un auténtico hijo de perra cuando
quería.


—Bueno —continuó—. Cambiando de tema… ¿qué coño haces con esos dos?

Como el tono de Carlisle estaba teñido de ira, Edward se levantó y se colocó detrás de
Bella. Ella sintió su atletico cuerpo y su calor en la espalda. Mirándolo por encima del
hombro, observó cómo sostenía la mirada enfurecida de su hermano. En una
respuesta silenciosa, Edward le rodeó la cintura con un brazo marcándola como suya y
los ojos de Carlisle ardieron de nuevo.

Pasó un par de enfermeras por el pasillo cercano, era obvio que estaban en medio de
un cambio de turno, y se detuvieron para observar la escena que se desarrollaba en la
sala.

«Genial. Ahora tenían público». Antes de que las cosas explotaran, Bella
levantó las manos para detener a su hermano.

—Éste no es el lugar ni el momento adecuados para montar una escena.

—Sólo me preocupo por ti, hermanita. —Levantó la mirada hacia Edward—. ¿No
quieres contarle de qué manera te tiras a las mujeres? ¿O tendré que hacerlo yo?

Si las enfermeras no les hubieran dedicado su atención antes, ahora lo harían.

Edward se tensó a sus espaldas, y Bella supo que necesitaba aclarar la
situación en ese momento.

—Carlisle, baja la voz. Ya sé todo eso.

Su hermano la miró como si hubiera perdido el juicio.

—Entonces, ¿por qué demonios les dejas tocarte?

—¡Maldición! —gruñó Edward a sus espaldas—. No tienes que…

—Deja que me ocupe yo de esto. Por favor.

Edward vaciló, luego se rindió… a regañadientes. Bella suspiró. No quería tener que
lidiar con eso ahora. No estaba segura de que su padre fuera a sobrevivir, y estaba
demasiado cansada. Pero ella conocía a su hermano mejor que nadie y sabía cómo
conseguir que se mantuviera al margen.

—Sé por experiencia, cómo se tira a las mujeres —le espetó en voz baja—. Y no creo
que sea asunto tuyo. Soy una mujer adulta, y tomo mis propias decisiones. Puedes
aceptarlo o no. Pero no quiero volver a oír ni una sola palabra más del asunto.


Carlisle se quedó boquiabierto.

—¿Te acuestas con… los dos?

Su actitud puritana fue la gota que colmó el vaso.

—No me vengas ahora con que te has comportado como un santo toda tu vida. He
oído muchas cosas de ti durante los últimos años, así que vamos a dejarlo estar.

Durante largo rato, él no habló. ¿Qué iba a decir de todas maneras? Bella había oído
rumores durante años de que él era un amo dominante, con un talento especial para
utilizar el látigo y conseguir que una mujer pidiera más. Sería mejor para él que no
dijera ni una maldita palabra.

Carlisle tensó la mandíbula.

—Hace tan sólo tres días estabas comprometida con otra persona.

—Pero ahora no lo estoy.

La respuesta le inquietó, pero dejó de discutir. En su lugar dirigió a Emmet, y luego a
Edward, una mirada cargada de veneno.

—Si le hacéis daño a mi hermana, juro que os despellejaré vivos y luego os dejaré
morir desangrados.

—No es nuestra intención hacer daño a tu hermana —dijo Emmet, levantándose y,
apartando a Bella de Carlisle y Edward, la envolvió en un abrazo protector—. Nunca.

—Y cada minuto que estamos aquí discutiendo, es un minuto más que ella sigue
corriendo peligro —gruñó Edward.

—¿Qué diablos quieres decir con eso? —exigió Carlisle.

—Hay muchas probabilidades de que el gilipollas que hizo volar la casa del coronel
esté tratando de hacerle daño a tu hermana. Nos la vamos a llevar lejos para
mantenerla a salvo.- Carlisle pareció a punto de protestar.

Edward no se lo permitió.

—Sabes que puedo protegerla. Es mi trabajo.

Su hermano respiró hondo, luego le dirigió una expresión lacónica.


—¿Es eso lo que quieres?

—¿Puedes ocuparte de papá, y mantenerme al tanto hasta que esto se solucione? La
miró como si quisiera decir que no. Pero no pudo faltar a la verdad.

—Sí.

—Entonces sí. Debería irme con ellos. Ese psicópata hizo explotar la casa de papá. Creo
que sabía que yo estaba allí. Por la manera en que ha estado amenazando a
papá, no va a abandonar, no hasta que lo atrapen.

Después de un momento, Carlisle asintió bruscamente con la cabeza, luego se
giró hacia Edward.

—¿Me tendrás al tanto?

—Sí.

—¿Señorita Swan?

Bella se sobresaltó al oír su nombre desde el otro extremo de la sala. Se giró con
rapidez.

Un médico bastante joven se aproximó a ellos con los hombros encorvados. Parecía
exhausto. Bella sintió que se le encogía estómago. «Oh Dios, Oh Dios, Oh Dios».

Bella cruzó la sala a toda velocidad. El pelotón de testosterona la siguió.

—Mi padre… ¿Está…?

El doctor miró a Emmet, a Edward y a Carlisle, y luego a ella, preguntando en silencio si
podía hablar con libertad delante de los hombres.

—Sí —dijo ella con impaciencia—. Son mi hermano y mis… novios. —Con franqueza, a
ella no le importaba lo que el médico pensara—. Díganos.

Durante un momento, el médico pareció sorprendido, luego su expresión se suavizó.

—Ha sufrido una conmoción cerebral. Hemos conseguido detener las
hemorragias internas. Esperamos que no se hayan producido más daños. Es un
hombre fuerte, y ése es el motivo de que haya sobrevivido a la operación. No ha
entrado en shock, ni ha caído en coma, y eso es una buena señal. Estamos tratando de


mantenerle estable, pero las próximas veinticuatro horas serán cruciales. Hasta
entonces no sabremos nada más.

—¡Edward!

Aquella voz gritando su nombre lo sacó de su ensimismamiento al atardecer del
día siguiente. Edward salió de la barca, subió al embarcadero, débilmente
iluminado y se giró para encontrarse con Jane Vulturi, con su pelo rubio y una
enorme sonrisa.

Él le devolvió la sonrisa mientras ella se acercaba y se inclinó para besarla en la mejilla.

—Hola, muñeca.

—Me alegro de verte. Marco me ha dicho que tienes que proteger a alguien. ¿Un amigo,
tal vez?

Bella era mucho más que eso. Lo había comprendido mientras se encontraba a
cientos de kilómetros de Tejas, preguntándose si ella estaría viva o muerta, y la verdad
lo había golpeado como un puño.

Pero ante Jane, se encogió de hombros.

—Algo así. ¿Anda Marco por aquí?

—Está dentro encendiendo los generadores y la alarma. —Le puso la mano en el
brazo intentando reconfortarlo—. Sabes que la cabaña de Marco es uno de los lugares
más seguros del mundo, ¿verdad?

Edward asintió ligeramente con la cabeza.

—Sí. Nadie en su sano juicio se atrevería a meterse en los pantanos a menos que
conozca bien el lugar.

—No, si no quiere convertirse en la cena de los caimanes —convino Jane,
rodeándole el cuello con los brazos y dándole un abrazo—. Estaréis a salvo.

Maldita sea, eso esperaba. Edward no quería pensar en las alternativas, no
quería volver a sentir el sudor frío del terror mientras se preguntaba si algún chiflado
bastardo había matado a Bella.

Ni sentir aquel doloroso vacío en el pecho al pensar que ella podría haberse
ido para siempre.


Sólo pensar en poner nombre a las emociones que esos síntomas indicaban le hacía
sudar.

—Hola, pervertido —gritó Marco, saliendo de la cabaña—. Aparta las manos de mi
esposa.

No volverás a tener la oportunidad de tirártela de nuevo.

A sus espaldas, Edward oyó cómo Emmet ayudaba a Bella a subir al embarcadero. Se
percató de que ella había contenido el aliento, sorprendida.

«¡Maldición!». Edward cerró los ojos, mientras un sentimiento de vergüenza lo
inundaba. Era la primera vez que lo sentía en años. En aquel momento saber que
Bella descubriría de primera mano en qué se había convertido su vida… De repente,
odió alguna de las decisiones que había tomado.

—¡Marco! .- Jane reprendió con dureza a su marido y por su rostro cruzaron
distintos tonos de rubor, desde la vergüenza a la ira.

—Oh, lo siento. —Marco le palmeó el hombro con una expresión contrita—. He metido
la pata.

—Pues sí —gruñó Edward. ¿Qué se le iba a hacer? Después de todo, Marco no sabía que
la persona que tenía que proteger era una mujer. Y aún no había visto a Bella
cuando había abierto la boca. A fin de cuentas, nada de aquello era culpa de Marco, y
Edward lo sabía.

Era culpa suya.

Marco extendió la mano hacia Bella, ayudándola a mantener el equilibrio cuando ella
puso los pies en el pequeño embarcadero de madera.

—Bienvenida, señorita. Sé que está usted pasando por un mal momento, pero Edward
es uno de los mejores guardaespaldas que conozco. No hay lugar más seguro que éste,
en medio de la nada, con él.

Asintiendo con renuencia y con los ojos muy abiertos, Bella estrechó la mano de Marco.
Luego él la sujetó por el codo para guiarla al, porche de la casa, iluminado, en la
húmeda tarde de verano, por una sola bombilla de sesenta vatios.

—Gracias —dijo ella finalmente.


Marco estrechó la mano de Emmet brevemente, luego acompañó a Bella al interior.
Edward observó cómo entraban en la cabaña y se preguntó qué ocurriría a partir de
ese momento. Ahora que había conseguido que Bella estuviera fuera de las garras del
psicópata que había puesto la bomba, tendría que enfrentarse a varios hechos.
Que ella le importaba mucho más de lo que debería. Que parecía haber roto su
compromiso, con lo cual su hambrienta polla no había tardado en comunicarle a
su bien dispuesta mente que ella era un blanco legítimo. Que Emmet y él iba a estar
recluidos en esa cabaña con ella durante días, tal vez semanas. Que deseaba a Bella
más de lo que había deseado a nada o a nadie en su vida.

«Estoy abocado al desastre».

Pasándose la mano sobre el rostro cansado, Edard se movió a regañadientes hacia la
puerta de la cabaña. Lo retuvo una suave mano en el antebrazo. Jane.

Había habido un tiempo en el que Edward se había preguntado si no estaría
medio enamorado de aquella vivaz rubia, si bien ella era de Marco, con el que llevaba
casada tres meses.

En el pasado, cuando entraba en alguna estancia donde estaba Jane y ella lo
provocaba, él sentía inmediatamente el mordisco del deseo.

Hacía unos minutos, mientras observaba la sorpresa y la cautela de Bella, se
había olvidado de que Jane estaba en el mismo lugar que él. Y eso lo decía todo,
aunque él no quisiera saberlo.

—Dios, lamento que Marco haya abierto la bocaza. Esa chica es mucho más que una
amiga para ti, ¿no?

Él apartó los ojos de la inquisitiva mirada de Jane.

—No importa.

—Claro que importa. ¿Estás enamorado de esa joven?

—No puedo.

—No quieres, que es distinto, pero ¿estás enamorado de ella?

Edward maldijo entre dientes, negándose incluso a pensar en la respuesta.

Maldición, ¿por qué insistía Jane en sacar eso a colación? Edward prefería que le
ataran un alambre de púas en las pelotas que ponerse a pensar en ello.


—Pareces a punto de vomitar, así que lo tomaré como un sí —dijo ella secamente—.
¿Sabe que Emmet y tú…?

—Claro que lo sabe. —Edward tragó saliva—. Y tengo que dejar de pensar en Bella.
No está bien lo que deseo.

—Si lo recuerdas, yo pensaba lo mismo de Marco no hace mucho, pero luego él resultó
ser exactamente lo que necesitaba.

Cierto, pero él no iba a tener un final feliz. Había vivido lo suficiente para saber que los
cuentos de hadas podían acabar convirtiéndose en auténticas pesadillas en un abrir y
cerrar de ojos.

—No soy lo que ella necesita. —Ni por asomo. Suspiró—. Puede que consiga resistir
unas horas, con un poco de voluntad, unos días. Pero ese bastardo que la ha
amenazado ha conseguido arrinconarnos aquí, por lo que probablemente no seguirá
siendo virgen mucho más tiempo. Y una vez que eso ocurra, la destruiré.

La sorpresa atravesó la dulce cara de Jane.

—O podría suceder todo lo contrario. Si tu corazón te ha guiado hasta ella, es
por una razón. Quizá sólo deberías ver a dónde te lleva.

Bella se despertó tras dormir unas horas en la única cama de la cabaña,
acurrucada contra el cálido cuerpo de Emmet. Edward no estaba a la vista. La noche
anterior, como todas las que había pasado con ellos en Tejas, él había dormido en otra
parte.

No es que se hubiera distanciado. Simplemente estaba asustado. Algo, tal vez su
instinto femenino, se lo decía. No la evitaría de esa manera si no estuviera
reprimiendo las ganas de abrazarla.

Deseó saber por qué lo hacía y qué podía hacer al respecto.

Pero ahora que la habían llevado a mitad de ninguna parte, supuso que tendría tiempo
de sobra para averiguarlo.

En cuanto pudiera tranquilizarse. En cuanto tuviera noticias sobre su padre.

Marco , el dueño de la cabaña, les había explicado la noche anterior que allí en el
pantano no había cobertura para los móviles, pero que podían usar el teléfono de la
cabaña.


Apartándose de Emmet, que protestó con un gruñido entre sueños, Bella se levantó y se
dirigió a la cocina. La luz grisácea del amanecer se filtraba por las enormes ventanas
panorámicas de la cabaña. Edward no estaba en el sofá en que había insistido en
dormir la noche anterior. Pero lo vio en el porche, mirando al pantano, con un café en
la mano. Un ceño fruncido dominaba los ángulos afilados de su cara.
Bella suspiró. «Más tarde». Tendría que hablar con él entonces, su corazón no
iba a permitir que se olvidara del problema, pero lo primero era lo primero.

Descolgando el teléfono, marcó el número del móvil de Carlisle. Su hermano contestó al
primer timbrazo.

—¿Bella?

—Hola, Carlisle.

—¿Estás bien?

—Genial. ¿Cómo está papá?

—Por ahora sigue estable, gracias a Dios. Las heridas que tiene habrían matado
a un hombre más débil, pero ha superado las primeras horas críticas. Los
médicos se muestran moderadamente optimistas.

Bella soltó un enorme suspiro de alivio.

—Oh, ésas son muy buenas noticias. Geniales. He pasado toda la noche preocupada.

—No era necesario. Edward me llamó hace unas horas para comprobar el estado de
papá. ¿No te lo ha dicho?

—Estaba… —no iba a admitir delante de su hermano que Edward hacía todo lo posible
para evitarla— dormida.

—¿Dónde estás exactamente? No aparece tu número en el identificador de llamadas.

—En alguna parte de Lousiana. En medio de los pantanos. Es todo lo que sé.

—Edward dijo algo parecido cuando hablé con él. Cariño, sé que no es asunto mío, sé
que no debo tratarte como si fueras una adolescente, pero tengo que saberlo.
¿Estarás bien con esos dos?


¿Y quién lo sabía? Todo dependía de si Edward decidía romperle el corazón de una vez
por todas. Las lágrimas hicieron que le escocieran los ojos, y los cerró con fuerza. Se
sentía dolida y crispada, y estaba cansada de que aquel hombre se negara a quererla y
no le dijera por qué.

—Genial. Si hay algún cambio en el estado de papá, llámame aquí.

—Mensaje recibido. Y llámame si necesitas algo. Lo que sea.

Estaba claro que le estaba ofreciendo consejo, pero era imposible para ella aceptarlo.
Tras darle las gracias, colgó el teléfono. Observó que incluso sus suspiros eran
temblorosos. Esa semana había sido muy intensa. Y aún no había acabado.

—¿Va todo bien?

Emmet. Bella se giró para mirarle. Despeinado por el sueño, parecía tan sexy que el
corazón de Bella se derritió como el chocolate bajo el sol. De nuevo, sus ojos se
llenaron de lágrimas.

—Sí —consiguió decir sorbiendo por la nariz.

—Vuelve a la cama, cariño. Necesitas dormir.

Quizá. Pero no creía que ésa fuera la cura para sus preocupaciones.

—¿Podrías abrazarme?

La expresión de él se suavizó.

—Siempre.

Cogiéndola de la mano, la llevó de vuelta al dormitorio en penumbra, la tumbó
encima de las sábanas blancas y la atrajo contra su cuerpo para abrazarla. En
esa posición, pecho contra pecho, con las piernas enredadas, Bella no podía
ignorar su erección. Se puso tensa.

—No voy a tocarte —le prometió—. A no ser que quieras que lo haga.

Relajándose de nuevo contra él, Belloa no pudo ocultar su alivio. No era por Emmet. El era
sexy y dulce. En la cama era fascinante. Había una intensidad en él que muy rara vez
dejaba salir a la superficie. No tenía doblez. Por supuesto que ocultaba cosas,
pero resultaban demasiado obvias. Dios sabía que podía conseguir que ella se
derritiera, que ardiera, que se retorciera de placer.


Pero en aquel momento, Bella tenía a otro hombre en mente.

—Estás pensando en vez de dormir —dijo Emmet besándola en la sien—. ¿Qué te
preocupa?

Bella vaciló. ¿Hablar sobre Edward y sus sentimientos hacia él heriría los sentimientos
de Emmet?

—Vale, rellenaré los espacios en blanco —dijo él ante su silencio—. Por tu
conversación telefónica, deduzco que tu padre se va a poner bien, ¿no es cierto?

—Creo que sí. Es un gran alivio.

—Bien. La siguiente cosa en tu lista de preocupaciones es ese lío con Jacob. Pero le has
dejado tú, no fue él quien te dejó. Si pusiste fin al compromiso, ha sido porque no le
amas. Y no parece que te haya afectado la ruptura.

—Para nada. Vive de una manera… simplemente, yo no podría vivir así. No tardé
mucho en darme cuenta de que él no me ama. Ama la idea que tiene de mí.
Piensa que mi pureza e inocencia podrían salvarlo de su descontrolada existencia
como estrella del pop.

—Y tú te diste cuenta a tiempo. Chica lista. —La besó con ternura en la boca, casi
como si la elogiara por ello—. Así que en cuanto los reporteros tengan a la vista otra
noticia, dejarán de acosarte.

—Probablemente.

—Tampoco te preocupa la reacción de Carlisle cuando nos vio a Edward y a mí contigo
en el hospital. Le dijiste que tu vida personal no era asunto suyo. Eres demasiado
inteligente para dejar que te haga sentir culpable.

—Él parece haberlo asumido. Más o menos se ha disculpado esta mañana.-Emmet asintió
con la cabeza, rozándole suavemente la cara con sus cabellos.

—Dudo que las notas de los exámenes de enfermería te tengan al borde de las
lágrimas.

—No —admitió ella, intentando no llorar.

—Así que lo que no quieres decirme es que amas a Edward porque temes
herir mis sentimientos.


Bella alzó una mirada sorprendida hacia la sonrisa indulgente de Emmet. Sin duda era un
hombre muy perspicaz.

—Está bien. Lo conoces desde hace más tiempo. Es lógico que te hayas enamorado de
él primero. Con el tiempo, acabarás por amarme a mí también. Por ahora,
considero que tus sentimientos por Edward son una buena señal.

—¡Ni por asomo! —comenzó a llorar contra el pecho de Emmet—. Mis
sentimientos no importan. En cuanto superé la crisis inicial por la explosión, Edward
volvió a comportarse como siempre. Incluso se niega a estar en la misma habitación
que yo. ¿Qué le pasa a ese hombre?

—Ya sabes que te desea. Y estoy completamente seguro de que también te ama.

Dios, cómo deseaba que eso fuera cierto. Pero desear algo no hacía que se convirtiera
en realidad, y ella aún tenía que luchar a brazo partido con el abismo que él
se había propuesto mantener entre ellos.

—Creo que le importo. Pero no va a hacer nada al respecto. Hay algo… miedo tal vez,
que se lo impide.

Emmet asintió con la cabeza.

—Sí, pero tú puedes obligarle a enfrentarse a ello y superarlo.

¿Se habría vuelto Emmet estúpido?

—¿Cómo? No sé lo que…

—No es necesario que lo sepas —le aseguró—. Él te lo dirá. Oblígalo a hacer
el amor contigo y, antes de que te des cuenta, te lo contará todo.

—Pero no puedo obligarle a hacer el amor conmigo. —Más lágrimas le anegaron los
ojos, y Bella negó con la cabeza. Maldita sea, odiaba llorar. No era su estilo. Pero
jamás había tenido una semana tan emocional—. Me ofrecí a él casi desnuda y le
rogué que hiciera el amor conmigo. No lo hizo. Su voluntad es más fuerte que su
deseo.

Emmet depositó otro beso suave y tranquilizador sobre los labios de Bella.

—No es cierto. Es sólo que está… obsesionado.


—Ya. ¡Con mi virginidad! —Suspiró y se enjugó las lágrimas que le rodaban por
las mejillas—. Quizá, si ya no fuera virgen… puede que si tú quisieras…

Él gimió. —Oh, me estás matando, cariño. Acabarás conmigo. —Como para
demostrar que tenía razón, Emmet rodó sobre sí mismo y presionó su erección contra
ella—. Me encantaría ser el primero y me sentiría muy honrado… no sabes cuánto.
Pero creo que Edward lo necesita más que yo.

Bella abrió la boca para preguntar, pero él le puso un dedo sobre los labios
para silenciarla.

—De nuevo, es algo que sabrás cuando conozcas su historia.

—Entonces estamos abocados al fracaso —masculló ella—, porque no va a ceder.

—Lo hará. Creo que ya está a punto de hacerlo.

Emmet permaneció en silencio y se apoyó en los codos mirándola con una expresión
solemne.

—En el momento que le conté a Edward lo sucedido, cogió las llaves del coche
y salió disparado hacia la puerta. Tuve que correr tras él para poder subirme al
Hummer antes de que lo sacara del garaje. Durante todo el trayecto a casa de tu
padre no hizo más que llamar por teléfono, maldecir y rezar. Condujo por lo
menos a ciento cincuenta por hora, y sujetaba el volante con tanta fuerza que me
sorprendió ver que aún circulaba sangre por sus dedos. Llegué a pensar que iba a darle
un infarto antes de que llegáramos y descubriéramos que estabas ilesa.

¿Qué quería decir con eso? Bella miró a Emmmet desde debajo de las pestañas, pensando a
toda prisa. Para ella, eso indicaba que le importaba. Bueno, que le importaba
mucho. Pero ¿cuánto?

—Jamás le había visto así —añadió Emmet.

Emmet estaba tratando de decirle que Edward la amaba. ¿Por qué? Le parecía
descabellado, sobre todo porque ni el propio Edward se lo diría nunca.

—Vamos a imaginar por un momento que él…

—… te ama —terminó Emmet por ella, interrumpiendo su titubeo—. Créeme.

—Me parece que sólo el tiempo y la paciencia podrá resolver este dilema.


—Quizá no —respondió Emmet, pasándose el pulgar por el labio inferior—. Tengo una
idea, pero es arriesgada. Correremos un gran riesgo —admitió él—. Para que todo
salga bien, tendrás que confiar en mí por completo.

—Eso ya lo hago. Pero seguro que sería más fácil que me contaras su secreto y que
fingiera que no lo sé.

—No podrías fingir ante algo así. Además, eso no ayudaría a Edward a superarlo, y
necesita hacerlo.

Bella se moría de curiosidad, pero se mostró conforme.

—Vale. Si acepto tu idea, tendré que confiar en ti, ¿Qué más?

Una pequeña sonrisa. Otro tierno beso.

—Tendrías que comprometerte por completo. Y deberás estar dispuesta a enfrentarte
a las consecuencias si no pica el anzuelo.

La gravedad de las palabras de Emmet le puso a Bella un nudo en el estómago. Hablaba
totalmente en serio.

Bella soltó un tembloroso suspiro.

—¿Nos podría salir el tiro por la culata?

La expresión de Emmet decía que no quería admitir la verdad, pero no iba a mentir.

—Sí.

—Pero ¿crees que esto lo ayudará a superar su miedo a estar conmigo?

Durante un largo momento, Emmet permaneció en silencio.

—No es seguro, pero creo que será nuestra mejor opción.

Emmet no estaba presionándola, pero Bella estaba segura de que él esperaba que
ella aceptara su gran idea.

—Si hago esto, ¿qué esperas para ti? Edward me dijo una vez que querías
casarte y tener niños.

—Culpable. —Tuvo la elegancia de brindarle una tímida sonrisa—. Me
encantarían esas cosas, y creo que encajarías perfectamente en nuestras vidas. Pero


si al final resulta que no es así, al menos habrás ayudado a Edward a curarse. Además
de ser mi primo, es mi mejor amigo.

Y no hacía falta decir que quería a Edward de las dos maneras: como familiar y como
amigo.

La preocupación y el afecto le suavizaban la oscura mirada. Bella no necesitó
pensárselo dos veces.

—Cuéntame los detalles y pongámonos manos a la obra.

Continuará.....

2 comentarios:

  1. holaaa Rosita que capp mas intensooo me encantoo y que es lo que estan tramando emmet y bella ajajj veremos si resultaa con este edward cabezotaaaaa por disoss que hombreee!!

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  2. me encanto y dios a buena hora no le paso nada a Bella y espero Charlie se mejora pero quien querra deshacerse de Bella....Besos linda sigue asi.....

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