domingo, 12 de septiembre de 2010

Capítulo 6

Dos kilómetros después, Edward y Bella seguían intentando localizar a Noor.
—Debe estar agotada —dijo ella.
—Noor puede volar durante horas. Mira cómo vuela por encima de la avutarda con el sol a su espalda… de ese modo, no la verá llegar.
—Pobre.
Justo entonces el halcón cerró sus alas y se lanzó en picado sobre su presa. Edward detuvo el jeep y los dos saltaron del vehículo. Incluso desde el suelo Bella podía oír el sonido de las alas del halcón peregrino.
Cuando Noor golpeó a su presa, Bella apartó la mirada y Edward le pasó un brazo por los hombros.
—Tranquila, es la vida.
Ella enterró la cara en el algodón de su thobe, respirando su rico aroma masculino. Cuando levantó la cara de nuevo la avutarda estaba en el suelo y Noor sobre su presa, la cabeza inclinada dispuesta a darse un festín.
—Está esperando que yo le dé la señal —dijo Edward antes de lanzar un silbido. Al oírlo, el animal empezó a picotear.
—Qué horror.
—Tiene que comer —murmuró él, acariciando su brazo en un intento de consuelo.
Pero el escalofrío que provocó ese gesto no le proporcionó consuelo alguno. Bella se mordió los labios, decidida a no dejar que aquella sensación la hiciese olvidar el sentido común.
—Noor no se comerá a su presa sin mi permiso —seguía diciendo Edward—. Si yo fuera un nómada, esa avutarda daría de comer a más de un halcón y Noor tendría que salir a buscar otra presa.
Era una salvajada. Natural, pero una salvajada. El hombre que estaba a su lado era igualmente salvaje… y, sin embargo, una vez lo había amado con todo su corazón. Y él la había amado con ternura y reverencia. Antes de que su padre interviniese, claro.
Cuando el halcón terminó de comer emitió un chillido agudo que rompió el silencio.
—Estás satisfecha contigo misma, ¿no? —sonrió Edward.
—Parece cansada—dijo Bella.
—Ahora está lista para volver a su jaula.
—Como una mujer sumisa —murmuró ella, irónica.
Edward la miró con una expresión indescifrable.
—Puede que Noor esté entrenada, pero nunca será sumisa. Y tampoco yo quiero que lo sea.
Bella se encontró mirando los ojos negros del halcón. En ese momento sintió un extraño lazo con el animal y algo se movió dentro de su pecho. Se sentía abrumada por una sensación extraña, algo así como una revelación.
Sobre la naturaleza del desierto.
Sobre Edward.
Sobre sí misma.
Entonces miró a su marido. ¿Por qué nunca se había fijado en su aspecto aristocrático? ¿Cómo había podido tomarlo por un simple estudiante extranjero en Londres? Incluso cuando supo que trabajaba en un banco, la alarma no había sonado. Imaginó que trabajaba como contable. Y cuando por fin descubrió que era un jeque, el hijo del emir de Zayed, ¿por qué imaginó que podría domesticar a tal hombre?
Seguían viviendo en mundos distintos, seguía sin ser el hombre que ella necesitaba. Un hombre normal que viviera una vida normal y quisiera formar una familia normal.
Sin embargo, no podía quitarse de encima la sensación de que, después de aquel día, nada sería lo mismo.

Una hora después se despedían de James, Victoria y el resto de la tribu y volvían a la carretera. Edward notó el olor que inundaba el interior del jeep, el olor del pelo de Bella, del champú que le había dado a ciegas por la noche. Pero el recuerdo del deseo que sintió mientras la veía inclinarse para buscar el jabón no era bienvenido. Como no lo era la inexplicable afinidad que sintió con ella mientras Noor cazaba a su presa.
Bella odiaba el desierto, odiaba a los halcones. Lo consideraba algo bárbaro. ¿Cómo podía haberse sentido unido a ella en el sitio que Bella más odiaba? Además, no podía permitirse el lujo de sentir nada por su mujer.
No era aceptable.
— ¿Dónde lleva ese camino? —preguntó Bella poco después, señalando una especie de camino de cabras.
—A las zonas de pasto. Son carreteras de acceso para llevar provisiones al ganado.
— ¿Qué ganado? Es difícil creer que algo pueda sobrevivir en este sirio.
—Es hostil para ti porque lo odias —contestó Edward, irritado—. Pero muchos consideran que el desierto es algo bello.
—Odiar es una palabra muy fuerte —dijo Bella entonces, pensativa—. Después de ponerme enferma, después de nuestra excursión en camello, la verdad es que no me apetecía repetirla. Quizá es que no entiendo este mundo.
—Es mi mundo.
Ella volvió la cabeza y se dedicó a mirar por la ventanilla, sin contestar. Pero eso no sirvió para calmar el deseo de Edward.
«No pienses en ello y se te pasará».
Sí, seguro.
Para olvidarse del deseo que llenaba su cabeza, y apretaba sus calzoncillos bajo la thobe, intentó imaginar el desierto con los ojos de Bella: aburrido, interminable, extraño.
—El desierto cambia hacia el norte —le explicó.
No era culpa suya que la deseara. Bella había dejado bien claro que quería librarse de él. No lo quería; su mujer había conocido a otro hombre.
Jake.
Moreno, de ojos negros. Un hombre que había nacido en la misma ciudad que ella, según el informe del detective. Que había ido a los misinos colegios, a las mismas iglesias. Un hombre que compartía su cultura, su mundo. Que era todo lo que no era él.
—Aquí también hay algunas zonas verdes. Bueno, es algo así como las algas que crecen en la playa —dijo Bella, señalando por la ventanilla.
—Esos arbustos son cobijo para la población de avutardas y otras aves, Pero en verano volverán a las estepas de Asia Central.
—Ah, ya.
—No es tan poco hospitalario. En el desierto hay vida. Hay escarabajos, lagartos y, por la noches, gerbos. Esta zona está acotada para los cazadores.
— ¿Ni siquiera Noor podría cazar aquí?
—Ni siquiera los halcones. Después de esto está la frontera con Bashir y el jeque Eleazar ha declarado un largo corredor del desierto zona protegida. Tan largo que llega hasta el golfo. Así que cuando lleguemos a Aziz, Noor tendrá que comer la carne que llevo para ella porque la caza está totalmente prohibida.
—Yo quiero un halcón.
edward la miró, incrédulo. Y, por su expresión, esas palabras la habían sorprendido tanto o más a ella misma.
—Pronto volverás a Nueva Zelanda. ¿Qué vas a hacer en Nueva Zelanda con un halcón?
—No lo sé, encontraré algún sitio para tenerlo. Debe haber clubs de cetrería o algo así.
— ¿Y qué dirá Jake de tu nueva… pasión? —preguntó él—. Nunca te había gustado nada de Zayed, ¿por qué quieres un halcón ahora?
— ¿Qué quieres que diga? ¿Porque puede que así aprenda a conocer los secretos del desierto? No, no es nada tan profundo como eso. Es que son bonitos. Y me gustaría poder entrenar a uno de ellos.
Por un momento lo había engañado. Pero no, Bella no quería saber nada de Zayed. Y aunque quisiera… No. Jamás la aceptaría, no podía hacerlo.
—Tendrás que armarte de paciencia. Algunos son más obstinados que Noor.
—Yo tengo mucha paciencia.
—Sí, claro. Tanta que unos meses después de casarnos te acostaste con otro hombre.
Bella apretó los labios. Edward la miró de reojo y vio que también tenía apretados los puños. Pero no dijo nada… durante un segundo.
— ¿No te parece raro que exigiera una cláusula en el contrato matrimonial para que no pudieras casarte con ninguna otra mujer y que luego, de repente, cometiese adulterio?
— ¿Desde cuándo una cláusula en un contrato es garantía de nada? —replicó él—. Esa cláusula sólo significa que no querías arriesgar tu posición.
— ¿Qué posición?
—La de primera esposa.
Bella hizo una mueca.
— ¿No crees que quería un matrimonio monógamo, un matrimonio para siempre?
—Si ése fuera el caso, no me pedirías el divorcio. Si ése fuera el caso, no habría un Jake esperándote en Nueva Zelanda.
—Y si ése fuera el caso tú no me habrías echado de Zayed —replicó Bella, airada—. Mira, es absurdo discutir contigo. Primero fue el pobre Mike y ahora es Jake. Nunca vas a confiar en mí. Y yo no quiero seguir casada con alguien que no confía en mí. Es así de sencillo.
— ¡No menciones su nombre! —Edward detuvo el jeep de golpe para mirarla con toda la rabia que había contenido durante años—. Y no, no es así de sencillo. No sólo me traicionaste, te quedaste embarazada de ese hombre.
Bella lo miró, angustiada, y eso lo hizo sentir culpable. Pero no quería ablandarse.
—Hace menos de cincuenta años te habrían lapidado por eso…
—Una costumbre muy civilizada —lo interrumpió ella, irónica.
—Me traicionaste. Y una traición se paga.
—Me echaste del país. No quisiste escucharme siquiera.
— ¿Escuchar qué? Había evidencias de tu traición. Y te negaste a hacer una prueba de ADN…
— ¡Porque era un insulto!
—Si hubieras sido inocente no habrías puesto pega alguna a la prueba.
— ¿Crees que querría un marido que me exigía una prueba de ADN para comprobar si el niño era hijo suyo? ¿Qué mujer aceptaría eso? ¿Qué clase de hombre exige eso? Quizá en tu mundo es normal, pero no en el mío. Lo único que quería era que me escuchases…
—Yo estaba loco por ti. Dejaba que me engañases con tus traidores suspiros…
— ¿Eso es lo que te dijo tu padre? ¿Que yo te engañaba en la cama? ¿Por eso no quisiste escucharme?
Edward se pasó una mano por la cara.
—Eso es lo que haces siempre, meter a mi padre en todo. Sabes que es la mejor manera de enfadarme.
— ¿No tengo derecho a defenderme? —Replicó Bella—. Mira, déjalo. No podemos hablar de esto, es absurdo. Además, no podemos hacerlo sin hablar de tu padre.
—No quiero oír tus venenosas opiniones sobre él. Tú pecaste, cometiste zina. Debería haberte encerrado en la cárcel…
— ¡Por el amor de Dios! ¿Cómo puedes ser tan bárbaro?
Pero Edward no la escuchaba.
—En lugar de eso te dejé marchar, te dije que no volvieras a poner el pie en Zayed…
— ¿Te estás oyendo a ti mismo, Edward? ¿Oyes lo que dices? ¿En qué siglo vives?
Entonces, cinco años antes, estaba tan furioso como lo estaba en aquel momento. Y Bella se marchó. Y juró que no volvería nunca, tirándole a la cara la sencilla alianza de oro que había elegido, sin saber que el hombre con el que iba a casarse podría comprarle anillos de diamantes. Ésa era una de las cosas que más le habían gustado de ella.
El dolor que sintió después de su marcha fue terrible. La había amado con todo su corazón. Y luego la odió de la misma forma. Lo único que pudo hacer para olvidarla fue lanzarse de cabeza en los asuntos de Estado… viajar, mantenerse ocupado del día a la noche. Hasta que incluso su padre se mostró preocupado.
En los años que siguieron intentó no hablar nunca de su esposa. Y luego, cuando ella llamó para pedir el divorcio, de repente su nombre estaba por todas partes.
—Fue una suerte que perdieras el niño.
Recordaba la carta que bella le había enviado varios meses después de marcharse, en la que decía que había perdido el niño.
Era sólo un par de líneas escritas en papel blanco. Edward había rasgado el papel y lo había tirado a la papelera, furioso. Aunque fuese un trago amargo, se había alegrado. Con la pérdida del niño, la vida que ella y Roger habían creado se había perdido para siempre. Edward recordaba un humillante momento de duda… el momento en el que pensó ir a buscarla, devolverla a Zayed. Había rezado por su alma esa noche.
Pero se resistió, sabiendo que habría otras traiciones en el futuro. No podía soportar la vergüenza de desear a una mujer que buscaba otros amantes mientras estaba casada con él.
— ¿Una suerte? —repitió Bella.
—El niño podría haber sido rubio como su padre, anunciando tu infidelidad al mundo entero.
Ella lo fulminó con la mirada. Pero no podía dejarlo allí plantado. No podía bajarse del jeep en medio del desierto.
—No quiero seguir hablando de esto —dijo por fin—. No merece la pena hablar contigo.
—Como quieras —respondió Edward, con los dientes apretados.
Pero la noche anterior, en la tienda beduina, se había encontrado cara a cara con sus demonios. A pesar de la traición de Bella, seguía deseando a su esposa. Y temía no verse libre jamás de ese deseo.
Ni siquiera después del divorcio.

— ¿Qué es eso?
Bella rompió el silencio en el que se había encerrado durante el resto del camino para señalar el edificio de piedra oscura que había aparecido delante de ellos.
—La casa de Aro. Es un viejo fuerte, un edificio histórico —contestó Edward.
—Parece una prisión. Un sitio con mazmorras e instrumentos de tortura. O el castillo de Drácula. Si entro ahí, ¿podré salir algún día?
—No te preocupes. Las paredes de piedra se levantaron para mantener a salvo a sus habitantes, no para torturarlos.
Bella no estaba tan segura.
—Relájate, te garantizo que estás a salvo.
—Sí, claro, tus garantías son muy creíbles.
—El sarcasmo no te pega, esposa mía —replicó él, deteniendo el jeep en la entrada—. Bueno, vamos a saludar a nuestro anfitrión.
Otra sorpresa menos que agradable esperaba a Bella en el interior. Tanya, la mujer con la que el emir había querido casar a Edward, estaba al lado de Aro, su padre. Aquello no podía ir peor.
Leila la inspeccionó de la cabeza a los pies con expresión airada y cuando terminó sonrió despectivamente. Edward puso un brazo protector alrededor de sus hombros.
— ¿Podríais mostrarnos nuestras habitaciones? Ha sido un viaje muy largo.
Tanya hizo un gesto de ira ante el reproche a su labor como anfitriona.
—Por aquí.
Los llevó por un oscuro pasillo y varias vueltas y revueltas más tarde, Bella decidió que aquello podría muy bien ser considerado un sitio de tortura.
Después de subir por una escalera angosta, llegaron a un pasillo donde una fila de troneras indicaba el propósito del fuerte en el pasado.
—Ésta es vuestra habitación —dijo Tanya, abriendo una puerta.
Era un cuarto enorme, con una cama inmensa. Las ventanas estaban abiertas, ofreciendo una panorámica del desierto. Pero Bella no podía apartar los ojos de la cama.
Una cama.
Evidentemente, esperaban que Edward y ella la compartiesen.
De repente, su cabeza se llenó de imágenes… Edward tocándola, haciéndole el amor. Edward diciéndole que se fuera y no volviese nunca. Edward besándola la otra noche y ella siendo incapaz de resistir. La convicción de que lo había traicionado con otro hombre…
—Yo no voy a dormir aquí.
— ¿Nuestra humilde morada no complace a la…. Señora?
—Bella… —empezó a decir Edward.
—A la habitación no le pasa nada —lo interrumpió ella—. Soy yo quien tiene un problema.
— ¿Cuál es el problema?
—Tanya… —intentó intervenir Edward.
—No voy a dormir ahí —siguió Bella, señalando la cama—. Quiero mi propia habitación.
Tanya miraba de uno a otro sin esconder su curiosidad mientras Edward intentaba disimular su humillación. En unos minutos todo Aziz sabría que su esposa se negaba a dormir con él. Tanya, encantada, se lo contaría a todo el mundo. Y al día siguiente la noticia llegaría a Jazirah.
¿Sabría Tanya que su esposa quería el divorcio?
Sería mejor que ese rumor no llegara a oídos de su padre.
—Por supuesto, buscaré otra habitación para la señora.
Bella sonrió.
—Eso sería estupendo.
Tanya jamás había levantado un dedo para ayudar a Bella. Su mujer jamás había sonreído a Tanya con tal entusiasmo. Edward decidió que podría estrangularlas a las dos.

7 comentarios:

  1. holaaaa aquii estoy nuevamentee retiro lo dichoo anteriormente de que se estaban llevando mejorrr...por diossss edwardd ess idiotaaa seguroo que el que planeo todo fue su padreee...obvio que el hijo que esperaba bella era de ell...por diosss en este capi edward actuo como idiotaa no me gusto para nadaa...buenoooo me encantaaa esta historiaa!!! besoss!! nos estamos leyendo!!!adioss...

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  2. hola Beluchisss. Muchas gracias por el apoyo.

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  3. q tipo y tipa la tanya jajaj son de los q sabes q te puedes reir sin parar xq realmente no sabes si reir o llorar me gusta est ahitoria chicas

    xoxo

    M

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  4. Bufff!! que intenso...mmmmmmm,esa asquerosa de Tanya siempre emedio.Y bella,ya podia callarse la boquita..ejejejejejje! besitos!!

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  5. hola me gusta la historia no me despido y nos seguimos leyendo

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  6. Despues de leer este capi puede decir que Edward es idiotaaaa, dudar asi de Bella, y por otro lado Bella es idiota también, mira que negarse a dormir con el sexy y guapo Edward... jajaja ya quisieran algunas...

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