martes, 14 de septiembre de 2010

Necesariamente suya

Capítulo 8
Bella tuvo ganas de abofetearlo.
Hablaba como si fuera un santo. Podía imaginar el escándalo que se organizaría si pegase a Edward en público. Y casi sentía ganas de hacerlo, sólo para ver la reacción de la gente.
—Entonces, ¿te casarás con ella después del divorcio?
Un curioso dolorcillo se instaló en su corazón. No quería pensar en Edward casado con otra mujer. Ni siquiera con una cría como Bree.
Y eso la sorprendía.
¿Desde cuándo conseguir el divorcio había dejado de ser lo más importante del mundo para ella? ¿Por qué, de repente, quería estar con Edward, retrasar la hora de su partida? Debía estar loca.
—No, es demasiado joven —contestó él.
—Pero es preciosa. Esos ojos negros, esa cara, esa esbelta figura.
—La belleza no es nada —replicó Edward—. Viste un palo de escoba y tienes una muñeca.
—Eso es fácil de decir —murmuró Bella. Edward ignoraba lo que era no ser una persona atractiva, no atraer una segunda mirada. Salvo la de él—. ¿Por qué me pediste que tomase café contigo en la galería Tate?
—Porque tenías una sonrisa preciosa.
— ¿Te casaste conmigo porque tenía una sonrisa preciosa?
—No sólo por eso. Me gustaba que fueras tan dulce, tan agradable. Y, por primera vez en mi vida, estaba con alguien que no me exigía nada. Has cambiado, ya no eres tan…
— ¿Maleable? Antes era un felpudo —lo interrumpió Bella.
Pero al menos Edward no mentía. No decía haberse enamorado de ella por su belleza. En realidad, era su falta de personalidad lo que lo había atraído. Que fuese una chica corriente.
—Bree es tan joven que puede ser moldeada. Podrías casarte con ella y convertirla en tu mujer ideal.
—Una esposa es suficiente para mí —sonrió Edward—. Y quiero una que pueda enfrentarse conmigo. Una mujer que tenga la piel suave y el pelo de seda… que responda a mis caricias.
Bella contuvo el aliento. Había algo en su voz… algo que encendió su vientre y aceleró su pulso.
Algo primario.
Intimo.
Una locura.
—Edward.
Bree acababa de aparecer sin hacer ruido. ¿Por qué ahora? ¿No podía haber esperado un minuto más?
La chica estaba mirándolo de nuevo con ojos de cordero degollado. No, imposible. Era tan guapa que no podía asociársela con corderos. Sus ojos eran grandes, oscuros y suaves como los de una gacela. Sus labios, generosos, temblaban.
Bella hubiera querido gritarle que dejase de mirar así a su marido…
¿Tenía celos? No, no podía ser. No podía sentir celos de Bree. Edward no era suyo. Nunca podría ser suyo. Sus mundos eran absolutamente diferentes, totalmente opuestos.
Y ella se había marchado del mundo de Edward años atrás.
—Bree, creo que no conoces a mi esposa, Bella. Eras una niña cuando llegó a Zayed.
Un brillo de rabia apareció en los ojos de Bree ante la implicación de que era demasiado joven para él.
—No, no la conozco. Pero pensé que habías dejado a tu marido hace años —le espetó, levantando orgullosamente la barbilla.
Una declaración de guerra. Era como si estuviese preguntando: « ¿por qué has vuelto?».
¿Cómo podía responder a eso sin hablarle del divorcio?
Edward le pasó una mano por la cintura.
—Ha vuelto, eso es lo importante. ¿Verdad, nuur il—en?
—Sí, claro —contestó Bella, con un nudo en la garganta. El calor de su cuerpo, el roce de su mano en la cintura, todo se conjuraba para hacerla perder la cabeza.
—No deberías haberlo abandonado. Todos pensábamos…
—Que el jeque era un hombre libre —oyeron entonces la voz de Eleazar—. Aunque a mí me habría gustado que pasara a formar parte de mi familia. Al fin y al cabo, crecimos juntos.
Ojalá se callara, pensó Bella. ¿No se daba cuenta del daño que le hacía a su hermana?
—Incluso Tanya reza para que su marido muera de un infarto y la convierta en una viuda rica. Hay rumores de intento de asesinato. A Tanya le encantaría ser la esposa de Edward.
—Estás yendo demasiado lejos, amigo —dijo Edward entonces, su voz fría como el hielo.
—Entonces, me disculpo —Eleazar hizo una inclinación de cabeza.
—Calla, aquí llega Tanya.
A pesar del humor negro de la situación, Bella sintió pena por Edward. El cazador se había convertido en la presa… una presa infinitamente deseable para las mujeres que lo rodeaban.
¿Cómo sería ser tan deseado? ¿Ser tan atractivo, tan poderoso y rico que todas las mujeres de Zayed… y más allá de sus fronteras lo deseaban?
Bella tuvo que contener una risita. Aunque no tenía gracia. Durante toda su vida había querido un hombre normal, un hombre que tuviese un trabajo de nueve a cinco en un banco y que volviese a casa cada noche para ayudarla con los niños. Un hombre como Jake. Y, sin embargo, se había enamorado de Edward.
Un hombre hermoso como el pecado.
Un rico y poderoso jeque árabe… que había puesto su mundo patas arriba y no le había dado nada más que pena y dolor.
Bree, Tanya y todas las demás mujeres que lo rodeaban podían quedárselo. A ella le había costado demasiado. Ya había perdido el corazón… un hijo… y la cabeza.
Entonces sintió que Edward acariciaba su cadera por encima de la tela del caftán y una ola de calor la envolvió. A pesar de todo, seguía deseando a aquel hombre.

Y el deseo no disminuyó al día siguiente.
Edward, que esperaba hablar con Aro, Cayo y Eleazar al día siguiente, había preparado una visita turística a Aziz para esa mañana. Y, aunque Bella apreciaba que pensara en ella, habría estado mejor sin tenerlo tan cerca. El hombre del que quería escapar.
La mañana era muy fresca y un grupo de nubes hacia el norte bloqueaba por completo el sol.
Pero Bella quería ver los souqs, los exóticos mercadillos en los que se podía encontrar de todo y todo el mundo hablaba a gritos. Sonriendo, acarició la nariz de un camello que asomó la cabeza por la puerta de un corral. Las larguísimas pestañas del animal le recordaban a las de Bree.
—Ven, vamos dentro —dijo Edward, mirando al cielo, Bella miró también. Mientras ella estaba absorta con los camellos, las nubes se habían cerrado sobre sus cabezas oscureciéndolo todo.
En el interior del mercado, Bella admiró las alfombras, la sección de productos frescos, los objetos de cobre y de oro…
Allí, en el mercado del oro, no había ruido. Todo era refinado, silencioso, evidentemente un sitio en el que se intercambiaba mucho dinero. Había collares labrados con piedras de todos los colores, pulseras, pendientes…
— ¿Oro para la señora, Excelencia?
— ¿Qué te gustaría? —Preguntó Edward—. Puedes llevarte lo que quieras. Un lingote si te apetece.
Bella apretó los labios. ¿Pensaba que podía comprarla con oro?
Ojalá…
—Supongo que lo dirás de broma.
—No, en absoluto. Pero supongo que querrás algo más bonito que una barra de oro. Ven, echa un vistazo.
Ella se cruzó de brazos, indignada.
—No quiero nada.
Edward, cuyos ojos brillaban más que cualquier preciado metal, se volvió hacia el mercader y empezó a hablar con él en árabe. Ninguno de los dos hombres le estaba prestando atención y Bella, sin poder evitarlo, se fijó en unas bandejas en las que había pulseras, collares y anillos de oro y turquesas.
—Son preciosos.
—Dicen que las turquesas evitan el mal de ojo —sonrió Edward.
Bella se mordió los labios para no preguntar si las turquesas la protegerían de su padre.
—Estas son bonitas —murmuró, señalando unas pulseras para el tobillo con campanitas de oro.
—El ruido de las campanitas aleja a los espíritus malignos —le explicó el vendedor, ofreciéndole una.
—No quiero nada—insistió Bella.
Una joven apareció entonces por detrás de una cortina, moviendo las caderas de un lado a otro.
—Mi hija —la presentó el vendedor con paternal orgullo, mientras la chica se acercaba a Bella sin mirarla a ella siquiera.
Bella tuvo que hacer un esfuerzo para no poner los ojos en blanco y se alejó un poco para no ver a la joven coqueteando con su marido.
Desde la entrada comprobó que las nubes habían cubierto el cielo por completo y, por el rabillo del ojo, vio que Edward le daba dinero a la joven a cambio de una bolsita de satén.
Demasiado pequeña para contener un lingote, sin duda contendría algún objeto de oro.
La chica estaba sonriendo, casi rozándose con él. Una indecencia. Si se inclinaba un poco más se le caería el kijab. Incómoda con el jueguecito, Bella se volvió de nuevo hacia la puerta.
— ¿Nos vamos? —sonrió Edward.
Mientras se acercaban al jeep, un golpe de viento estuvo a punto de hacerla tropezar.
—Cuidado —dijo él, sujetándola del brazo. Pero Bella se soltó de un tirón—. ¿Por qué estás enfadada? ¿Es por esa chica? Sí, ella ha dejado claro que estaba disponible…
— ¿Por qué no te casas con ella?
—Seguramente ya estará casada. Y, en mi experiencia, es la mujer la primera que comete adulterio, no el hombre.
Bella entró en el jeep. Fueran donde fueran siempre habría mujeres lanzándose sobre él. Y después de la traición de su madre, la traición de la que Edward no quería hablar, era lógico que pensara así. Pero ella estaba harta.
—Podrías intentar ponerte en mi lugar. Vayamos donde vayamos, las mujeres me miran de arriba abajo y se lanzan sobre ti.
—Yo nunca las animo. Así que no me acuses…
—No te estoy acusando de nada.
La ironía no se le escapaba. De los dos, era ella quien debería tener sospechas. Sería fácil para Edward serle infiel.
—Es por mi dinero.
—No es sólo por eso. Ni siquiera porque seas tan atractivo.
—Por favor…
—Eres guapísimo, Edward. Y yo no. La verdad, jamás pensé que podría interesarte…
—Por eso exigiste esa cláusula cuando nos casamos. Pensabas que encontraría otra mujer, que te traicionaría casándome con otra.
—Sí, es posible.
—No confiabas en mí.
—No confiaba en mi propio atractivo —suspiró ella—. Además, habría sido tonta de no exigir esa cláusula en un país en el que está permitida la poligamia. Lo que intento decir es que tienes carisma. Atraes a la gente, sobre todo a las mujeres, como las abejas a la miel. Aunque no tuvieras un céntimo, aunque no fueras el hijo del emir, las mujeres te buscarían. Y yo tendría que soportarlo.
—Nunca he estado interesado en ninguna de ellas. Sólo estaba interesado en ti.
Bella tragó saliva.
—Pero tu padre no. Nunca fui suficiente para él.
—Mi padre quería que me casara con una mujer de mi país y de mi status social, como hizo él. Mi madre era hija de Theo Diakos, el famoso magnate griego. Era una heredera y su matrimonio se convirtió en una fusión comercial, una estrategia —le explicó Edward—. Bella, debes entenderlo, así es como se han hecho siempre las cosas en Zayed.
— ¿Y por qué te casaste conmigo?
Edward apartó la mirada.
—Era joven, idealista. Un estudiante que vivía en Londres. No quería seguir el ejemplo de mi padre. Mi madre nunca lo quiso… y odiaba Zayed. Se marchó de vacaciones para ver a su familia y se enamoró de otro hombre, quedó embarazada… cuando mi padre se enteró le exigió que se marchara de Zayed.
— ¿Y no le dio oportunidad de defenderse? ¿De decirle de quién era el niño?
—No era suyo.
— ¿Cómo lo sabía?
—No lo sé —suspiró él—. Los oí discutir una noche. Le dijo a mi padre que lo odiaba, que había encontrado a otro hombre, alguien que la hacía feliz. Le dijo que quería tener el hijo de su amante, que deseaba otra vida. Y que su matrimonio había sido un error desde el principio porque se habían casado por dinero —Edward la miró entonces y en sus ojos vio una vulnerabilidad que no había visto nunca—. Yo no quería eso. Casándome contigo rompí las reglas.
—De modo que el emir me echó de Zayed porque mi familia no era rica y poderosa. Aunque yo te quería más que a nada en el mundo.
La vulnerabilidad que había visto en sus ojos desapareció de inmediato.
—Yo te eché de aquí, no mi padre.
— ¿Porque habías oído una discusión entre tus padres cuando eras niño?
— ¡No! Te eché de aquí porque me eras infiel.
—O sea, que estamos donde estábamos antes. Sigues creyendo que te traicioné. En ese caso, no hay nada más que decir.
—Espera —dijo Edward entonces—. No estamos donde estábamos antes. Yo no sabía lo insegura que eras, no sabía que no confiases en mi amor. Debía ser terrible para ti cuando me marchaba de viaje…
—Sí, lo era —suspiró Bella.
—Pensabas que te era infiel. ¿Por eso me engañaste?
—No voy a negarlo otra vez, ya lo he hecho muchas veces. Estoy harta de ese tema. Cree lo que te dé la gana.
—Estoy intentando entender, Bella. Ayúdame.
—No puedo —dijo ella en voz baja—. Eso es algo que tendrás que resolver por ti mismo.


Espero le haya gustado, nos vemos en el próximo


Pescui

4 comentarios:

  1. holaa ufff porr diossss estoss doss me vuelvenn locaaa...que complicado esta todo entre ellosss...y estee edwardd tendria q escucharr a bellaa pasa que ella ya no quiere hablar si el no le cree que ella no le fue infiell y como puede creer que el hijo es de otrooo cuandoo sepaa la verdadd va a tener que hacer milagros para que bella lo perdonee...bueno besoss nos leenos en el proximoo!!!adioss!!

    ResponderEliminar
  2. Me encantó eso del palo de escoba,vestido,ejjejeejje!!muy buen capi,cielo Un besote!!!

    ResponderEliminar
  3. Hola pobre de edward por lo menos el veneficio k esta pidiendo hayuda no? no me despido y nos seguimos leyendo

    ResponderEliminar
  4. Bueno parece que Edward está despertando y quiero comprender... a ver si deja de ser un tonto. aiss me encanta los celitos de Bella, lógico, por más que él sea un bruto y le hiciese daño ella sigue enamorada de él.

    ResponderEliminar

¡Hola! Ya sabes, un blog se alimenta de opiniones. ¿Me regalarías la tuya?