Capítulo Dos
- Bella había aprendido a cocinar.
No estaba seguro de qué era lo que había preparado de cena, pero de la cocina llegaba un aroma delicioso. La Bella que él conocía solo sabía calentar agua o meter comida en el microondas.
Se había convertido en otra mujer.
Los peones entraron tras él y cada uno ocupó su sitio en la mesa, frente a la que estaban sentadas sus hijas con un vaso de leche.
- Siéntense, caballeros. La cena está servida -anunció Bella, entrando en el comedor con una enorme bandeja llena de pollo frito-. Sombreros fuera o no hay cena añadió, irritada. Los hombres se quitaron el sombrero a toda prisa y ella sonrió, mientras colocaba la bandeja en el centro de la mesa.
- ¿Qué ha preparado, señorita Bella? -preguntó Seth.
- Pollo a la castellana. Es una receta que me dio una amiga -contestó ella. Edward se sirvió un trozo de pollo, sin mirarla-. No seas tímido. Hay mucho más en el horno.
Bella estaba tan cerca que Edward sintió su aliento en el cuello.
- ¿Contenta? -preguntó, tomando una pechuga.
Bella se encogió de hombros.
-El pollo se toma con esta salsa italiana -explicó, señalando la salsera. Después, se acercó a las niñas-. ¿Os gusta? -preguntó.
Las gemelas asintieron con la cabeza.
- ¿Y a ti? -preguntó, dirigiéndose a Edward.
- Mucho. -contestó él.
- Sorprendido, ¿verdad? -sonrió ella. Edward la miró sin decir nada-. Admítelo, no creías que pudieras cocinar.
- No admito nada.
Bella sonrió dulcemente mientras salía del comedor. Edward se dio cuenta unos segundos después de que no había sitio para ella en la mesa y la siguió hasta la cocina. Estaba sentada en un taburete, comiendo mientras leía un libro de medicina. Parecía una figurita de porcelana, inclinada sobre el libro, con el tenedor en la mano. Tan pequeñita, tan sola, pensó, con el corazón encogido. Aquello hizo que recordara lo poco que Bella había tenido en la vida. ¿Cuántas veces habría cenado sola? ¿Cuántas vacaciones habría pasado sola?
- Bella -la llamó. Ella levantó la cabeza-. ¿No vas a cenar con nosotros?
- Estoy aquí para encargarme de la casa, no como una invitada - sonrió ella.
- A las niñas les gustaría.
- Pero a mí no -dijo Bella. Edward se acercó y su corazón empezó a dar saltos-. Estoy aquí de forma temporal, Edward. No quiero que las niñas se hagan ilusiones solo porque tú y yo nos conocimos hace tiempo.
- Nos conocimos muy bien.
En sentido bíblico. Los dos recordaron entonces las largas noches que habían pasado explorándose el uno al otro. Era difícil borrar esas imágenes y aún más difícil borrar el dolor que había sentido cuando se separaron. Especialmente cuando él la miraba como la estaba mirando en aquel momento.
- No sigas por ahí.
- Bella...
- No, Edward -lo interrumpió ella, mirándolo a los ojos-. No puedo sentarme frente a ti sin recordar que me dejaste sin una explicación.
- Bella, tengo que decirte...
- No. -volvió a interrumpido ella-. Tanya me dijo todo lo que necesitaba saber.
Los ojos del hombre se oscurecieron de furia.
- Me lo puedo imaginar.
- Ya no importa. Me queda muy poco para conseguir una plaza de médico.
- Y, como antes, nada va a detenerte.
- He sacrificado muchas cosas para conseguirlo, Edward.
-Lo sé. Pero los dos sabemos que sigue habiendo algo entre tú y yo.
- No podemos revivir el pasado. Han pasado demasiadas cosas.
- Sé que te hice daño y...
- Si no recuerdo mal, no te molestaste en preguntármelo hace siete años - rió Bella. Una risa amarga. Edward iba a decir algo, pero ella levantó una mano-. Ya no importa, Edward.
El apretó los dientes. Sí importaba. Aunque ella fuera demasiado testaruda como para admitirlo. Aquel no era el momento de discutir ese asunto, pero lo harían, pensó. Tendrían que hacerlo.
«¿Estás preparado para contarle la verdad?», escuchó una voz en su interior.
-Pasa algún tiempo con tus hijas, Edward. Pregúntales cómo lo han pasado en la piscina -dijo ella antes de volver a concentrarse en su libro-. Por cierto, me han ayudado a hacer la cena.
Edward se sintió como un canalla por no prestarles suficiente atención a las niñas. Pero no podía evitarlo y esa era la razón por la que había contratado a Bella.
Cuando salió de la cocina, ella apretó el libro contra su pecho, tragándose las lágrimas. Había creído estar por encima de aquello, pero se había equivocado. ¿No había concentrado todas sus energías en su carrera? Sin embargo, allí estaba, en su casa, trabajando para él. Y era horrible. Odiaba darse cuenta de que Edward nunca había desaparecido de su corazón. ¿Cómo podía perdonarlo? Lo había amado con toda su alma y cuando Edward le pidió que dejara su carrera para casarse con él, había estado a punto de aceptar. Pero se habían peleado. Edward no podía entender que ella hubiera soñado con ser médico desde que era una niña. Bella no podía dejar sus estudios y él no daba su brazo a torcer. Quería tener una carrera y sabía que si la hubiera abandonado lo habría odiado por ello.
Pero no había esperado que la abandonase por otra mujer.
Tanya había puesto sus ojos en Edward desde que Bella y él empezaron a salir, pero no había creído que su compañera la traicionara ni que Edward se enamorase de aquella típica belleza sureña. Aunque eso solo había sido una parte. Bella no era suficientemente buena para él. No tenía una familia impecable, ni una educación esmerada como Tanya Denali. Bella era una chica pobre que estudiaba gracias a una beca y a un trabajo de camarera. Nunca podría estar a la altura de los Cullen.
Cuando Tanya le mostró el maravilloso anillo de compromiso con expresión de triunfo, Bella pensó que iba a morirse.
Y recordarlo hacía que sus ojos se llenaran de lágrimas.
«Es demasiado tarde para volver atrás», le decía una voz.
- Cálmate, Bella.
- ¿Calmarme? Te lo juro, Ángela, podría....
- ¿Darme una paliza? -la interrumpió su amiga al otro lado del hilo.
Bella tuvo que sonreír.
- Sí, pero te estropearía el peinado -dijo, dejándose caer sobre la cama-. ¿Cómo has podido hacerme esto?
- Ha sido el destino, cariño. El llamó y tú eras la primera de la lista.
- ¿No se te ocurrió pensar que me coloca¬bas en una posición muy incómoda?
- Tú eres una mujer fuerte, Bella.
- Y su ex novia.
- Eso no tiene nada que ver.
- Edward no me quiere aquí.
- ¿Cómo lo sabes?
Bella dejó escapar un gruñido.
-El hecho de que me queden dos semanas para ocupar mi plaza en el hospital es un recordatorio constante de por qué nos separamos.
- Y Tanya no tiene nada que ver, ¿no? Bella no quería hablar de Tanya. Ella estaba muerta, era parte del pasado. Nadie, ni siquiera Ángela, conocía los detalles del matrimonio de Edward. Era como si él se hubiera apartado del mundo desde entonces.
- Tanya no apareció en la historia hasta que Edward y yo nos peleamos. Además, ella tenía todas las cualidades para convertirse en una Cullen y...
- No digas bobadas.
- No habría funcionado -siguió Bella como si Ángela no hubiese hablado-. El quería una esposa y una madre. Yo quería una carrera. Y sigo queriéndola. Además, no tengo tiempo.
- Tienes dos semanas -insistió Ángela. Bella no dijo nada-. Bueno, haz lo que quieras. ¿Cómo está Edward, por cierto? Bella sonrió.
- Ya sabes cómo envejecen los buenos vinos.
- Entonces, tiene que estar para comérselo.
- Más que eso -suspiró ella. Rico, poderoso, guapo, seguro de sí mismo y un amante extraordinario. ¿Qué más se podía pedir?
- ¿Y sus hijas?
- Guapísimas. Dos niñas encantadoras.
- Te estás enamorando de ellas.
- Cualquiera lo haría.
- ¿Y de su papá?
- Ese es un tema muerto, Ángela. Pero...
- ¿Pero qué?
- Nada... no es nada.
- ¿Qué querías decir, Isabella Marie?
Bella sonrió. Ángela se merecía sufrir un poco.
- Ya sabes.
- ¿Qué es lo que sé?
- Donde ha habido brasas...
- Eso espero. A mí no me importaría nada que una brasa como Edward Anthony Cullen se acercara a mí.
Edward Anthony. Bella había olvidado su nombre completo.
- Cuidado con lo que deseas, idiota.
- Idiota tú -dijo Ángela cariñosamente.
Bella escuchó voces en ese momento y abrió la puerta de su habitación. Las voces llegaban del piso de arriba, seguramente de la habitación de las niñas.
- Tengo que irme. Edward está dando gritos.
- Ve con él, cariño. .
Bella dejó el teléfono sobre la cama. Pero si lo hubiera pensado dos veces, quizá no habría subido esa escalera.
- ¡Reneesme Carlie Cullen, abre la puerta ahora mismo!
- ¡No puedo, papá!
- Me prometiste no cerrar con llave.
- Estamos bien, papá. No somos niñas pequeñas.
- ¿Cómo que no? Sois mis niñas -dijo él. Las gemelas rieron-. Voy a tirar la puerta abajo.
- ¡No! -gritaron las niñas.
Edward suspiró, pasándose una mano por la cara. No quería que las niñas se bañaran sin supervisión. .
- Es normal.
Cuando Edward se volvió, vio a Bella a su lado.
- Soy su padre.
- Eres un hombre y no quieren que las veas desnudas.
- ¡Pero si las he visto desnudas durante cinco años! -exclamó él
Bella llamó a la puerta.
- ¿Puedo entrar, niñas? -preguntó. Al otro lado hubo un silencio y, unos segundos después, alguien descorrió el cerrojo. Bella entró en el baño y le hizo un gesto a Edward, que pretendía entrar tras ella-. ¿Sin burbujas?
- ¿Burbujas? -las gemelas se miraron una a otra-. La señora Stanley no nos deja hacer burbujas. Siempre nos está metiendo prisa.
Edward se apoyó en la pared del pasillo, suspirando.
- Bueno, a veces hay que darse prisa -dijo Bella, tomando una esponja-. Pero una mujer necesita darse un baño de espuma de vez en cuando. Es un lujo que nos podemos permitir.
- ¿Por qué? -preguntó Edward desde el pasi¬llo.
- Porque somos mujeres. Nos gusta pintarnos las uñas, hablar de hombres, de vestidos, de política internacional... y hacer planes para el futuro.
- Convertirse en una pasa es una pérdida de tiempo.
Bella miró al cielo y las niñas hicieron lo mismo.
- Tú eres un hombre. Nunca lo entenderás.
- Una cosa de chicas, ¿no?
- Eso es. Bueno, niñas, hora de lavarse el pelo.
Aquella era la peor parte, pensó Edward. Pero no escuchó las quejas de siempre y asomó la cabeza. Las niñas se habían puesto una toallita sobre los ojos mientras ella les aclaraba el pelo y así no les entraba jabón. Debería habérsele ocurrido a él, pensó. Se habría ahorrado muchas lágrimas.
- Ya puedes entrar, papá -escuchó la voz de Vanessa unos minutos después.
Edward entró, sonriendo.
- Sabía que debajo de toda esa suciedad estaban mis niñas.
Mientras las peinaban, Edward miraba el reflejo de Bella en el espejo. Seguía siendo la castaña sexy de la que una vez se había enamorado y no quería ni pensar en cómo le gustaba verla allí, con sus hijas, porque no iba a quedarse.
- Tenéis un pelo precioso -murmuró ella, peinando la larga melena de Nessie.
- Hora de irse a la cama -dijo Edward poco después. Las niñas corrieron a su habitación-. Gracias. Yo habría tardado toda la noche.
- De nada -sonrió Bella.
- Llevo sufriendo esta timidez durante una semana.
- Tienes que respetar su privacidad. Créeme, esto solo es el principio -dijo ella-. ¿Por qué no vas a leerles un cuento?
Edward asintió. Se daba cuenta de que las niñas necesitaban una presencia femenina más joven y amable que la señora Stanley.
Bella entró en el dormitorio de las niñas media hora más tarde y se encontró a Edward dormido en una mecedora entre las camitas de las niñas. La tierna escena hizo que su corazón se encogiera. Ella deseaba ser amada y necesitada de esa forma. Deseaba tener un hogar, una familia...
Cuando miró alrededor, vio fotografías de Edward y las niñas, pero no vio ninguna de Tanya. Y las gemelas no la habían mencionado ni una vez. Pero ella tampoco hablaba de su madre porque los recuerdos eran de¬masiado vagos. Nessie y Vanessa probablemente ni siquiera recordaban a Tanya porque había muerto cuando eran muy pequeñas. ¿Sería por eso por lo que no había fotografías?
Bella se acercó a Edward y tocó suavemente su hombro.
- Si duermes en esa mecedora, lo vas a lamentar por la mañana-susurró.
Edward sonrió, aún con los ojos cerrados.
- Sigues teniendo una voz muy dulce, Bella.
- Dime eso cuando me enfade.
Él frunció el ceño. Nunca la había visto enfadada. Ni siquiera dolida. No le había dado la oportunidad. Cuándo abrió los ojos y vio que Bella estaba arropando a las niñas se le puso el corazón en la garganta.
¿Cómo podía haberlas abandonado Tanya?, se preguntaba. El recuerdo lo atormentaba en momentos como aquel, cuando se daba cuenta de que las niñas necesitaban una madre. Edward tuvo que recordarse a sí mismo que Bella estaba allí solo de forma temporal. No podía pensar en ella en esos términos. Si lo hacía, los dos terminarían de nuevo con el corazón roto.
Edward estuvo trabajando en su despacho durante casi todo el día. La casa estaba extrañamente silenciosa y la curiosidad hizo que saliera al pasillo. Llamó a Bella, pero no hubo respuesta y, en ese momento, se dio cuenta de lo grande y solitaria que era la casa. Un pensamiento extraño. Cuando salió al porche, vio a Bella debajo de su coche.
Las niñas jugaban alrededor mientras ella parecía estar arreglando el motor. Edward no podía apartar la mirada de sus piernas desnudas.
- ¿Qué estás poniendo, una media en el ventilador? -preguntó él, inclinándose a su lado.
Bella levantó la cabeza, sobresaltada, y se golpeó sin querer contra la rodilla del hombre.
- ¡Ay! Sí -contestó, frotándose la frente-. Una chica tiene que tener recursos.
- ¿Por qué no te compras otro coche? Este es un cacharro.
- No es un cacharro -replicó ella-. ¿Te importa pasarme la llave inglesa?
- ¿Para qué lo estás arreglando precisamente ahora?
- Voy a ir con las niñas al mercado.
- ¿No pensarás llevar a mis hijas en esa lata de sardinas?
- ¡Calla! -dijo ella, tapando un faro con la mano, como si fuera el oído del coche-. Así no te vas a hacer amigo de mi cacharro -explicó. Edward tuvo que sonreír. Bella siempre había tenido sentido del humor-. ¿Qué quieres que haga?
Edward llamó a Jacob y el peón saltó la verja y acudió corriendo.
- ¿Sí, jefe?
- Trae mi coche para la señorita Swan, por favor.
- ¿Tu coche? -repitió Bella. Había visto camiones, tractores y furgonetas, pero no había visto ningún coche en el rancho.
-¿Quiere que la lleve yo, jefe? -preguntó el chico.
Edward lo miró. Jacob estaba mirando los muslos desnudos de Bella como si fueran muslos de pollo con salsa barbacoa.
-No hace falta. La señorita Swan es una buena conductora.
-Entonces, ¿confías en mí?
-Por supuesto -contestó Edward.
Bella sonrió. Una sonrisa que iluminaba sus ojos chocolates y que hacía aparecer un hoyito en su mejilla. Podría acostumbrarse a ver esa sonrisa cada día, pensó Edward cuando la vio levantarse de un salto y entrar en la casa para cambiarse de ropa.
Dos horas más tarde, Bella volvía con las niñas conduciendo un Volvo plateado. «El coche de la empresa», lo había llamado Edward.
Cuando estaban sacando las bolsas del maletero y Bella se preguntaba dónde estaba su coche, Edward apareció montado sobre un caballo de color castaño.
- ¿Dónde está mi coche?
- He hecho que se lo nevara la grúa.
- ¿Cómo?
- Es un cacharro peligroso, Bella.
- ¡Pero es mi cacharro, no el tuyo!
- Un coche que se sujeta con pegamento, cariño. Entiérralo y compra otro.
- Si pudiera comprarme uno, ¿no crees que lo habría hecho?
- Entonces, yo te lo compraré.
- ¡Baja de ese caballo y te diré un par de cosas! -exclamó ella entonces. Sonriendo, Edward bajó del caballo y se acercó, quitándose los guantes-. No necesito caridad, Edward Cullen. Y no pienso dejar que tomes decisiones por mí.
- Si quieres tu coche, llamaré al taller para que vuelvan a traerlo.
- Hazlo, ahora mismo.
Edward se echó hacia atrás el sombrero. - Solo quería ayudarte.
- Estabas manipulándome. Haciéndome saber que puedes hacer lo que quieras porque tienes dinero -replicó ella, furiosa-. ¿No se te ha ocurrido pedir mi opinión?
- Habrías dicho que no.
- Y tú lo sabías, pero lo has hecho de todas formas.
- No quiero que conduzcas ese cacharro.
Su tono de superioridad hizo que Bella deseara darle una patada.
-¿Por qué? ¿Te da vergüenza?
-¡No, maldita sea, porque no quiero que te pase nada malo!
Ella lo miró durante unos segundos.
- Ya he me han pasado muchas cosas malas, Edward. Y nunca ha parecido importarte -murmuró, antes de entrar en la casa.
- ¡Bella!
- No vuelvas a dirigirme la palabra hasta que mi coche esté donde estaba.
Bella no volvió a hablarle. Ni siquiera lo miró durante la cena hasta que el coche estuvo donde ella quería. Y entonces solo se molestó en lanzar sobre él una mirada de advertencia.
Edward miró el viejo cacharro con rabia y le dio una patada. El guardabarros trasero cayó al suelo.
- ¡Te he visto! -le llegó una voz desde la casa. Edward tuvo que sonreír. Tener a Isabella Swan alrededor hacía que la vida fuera más interesante. De nuevo.
Para mi es un placer compartir éste sitio con ustedes, el cuál nació del fanatismo por colocar a nuestra pareja favorita en distintos escenarios. Espero que disfruten su estancia, así como nosotras esperamos enriquecernos con sus comentarios y mensajes. Éste sitio lo compartimos Pescui, Rosita y yo, si éstas interesada en subir tus historias, el espacio es tuyo. Les envió un beso y un abrazo de oso. Noelle xD
hola me encantoo...comoo que taniaa lass abandonooo que no tiene corazonnnn...uhh que complicada esta la situacionnnn...bueno se ve que ambos sufrieronn muchoo en el pasadooo...yy bella no quiere hablar sobre esooo..peroo yo quiero escuchar lo que tiene que decir edwarddd...bueno nos leemos en el que siguee...adiossss!!!!!
ResponderEliminarhola nenas ya regrese
ResponderEliminarme encanta la historia tiene sentido del humor.
Hay que saber que paso con Tania.
Gracias por el cap
besos
es como cuando haces algo indebido y medio mundo te vee hahaha pobre!!!
ResponderEliminarxoxo
M
Hola es facinante ver las discucuines tanto coraje derepente noooo eso es mas solo y pura a traccion ....me gusta y no me despido y nos seguimos leyendo
ResponderEliminarJajaja, lo del cacharro esta super gracioso!!!
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