martes, 31 de mayo de 2011

La Hija Del Coronel.

Capítulo 4

La cena fue suculenta y duró demasiado tiempo.

Emmet sabía cocinar, de eso no cabía duda. Dominaba con maestría un arte que
Bella admiraba, ya que ella apenas sabía hervir agua. No era hábil en casi ninguna de
las llamadas «artes femeninas». Era el resultado de haber crecido entre hombres que
se pasaban la vida en misiones altamente secretas y que se mostraban paranoicos
con la seguridad. Con sinceridad, Bella estaba bastante sorprendida de que la
blusa de encaje y la falda que se había puesto no le provocaran urticaria, ya que
lo cierto era que sabía más de armas de fuego que de alta costura. Más sobre las
artes marciales que sobre el maquillaje. Por ese motivo, intentar mantener un
romance en el pasado había sido ridículo. Sólo esperaba que cuando Edward y Emmet la
instruyeran no que salieran con ella—, ese tipo de cosas no le importaran igual que no
le importaban a Jacob.

—¿Te ha gustado la cena? —preguntó Emmet.


¿Qué si le había gustado? Se había quedado completamente sorprendida por la
maestría culinaria de Emmet. Se había ganado con creces el reconocimiento internacional
que tenía.

Pero después de casi dos horas de deliciosa comida, chachara y de que todos se
dedicaran a evitar por tácito acuerdo lo que vendría a continuación y lo que eso
acarrearía, Bella tenía los nervios más afilados que cualquiera de los selectos cuchillos
de cocina de Emmet. No podía contener la anticipación ni controlar la testosterona
que bullía en la estancia, o el espeso deseo que se deslizaba entre sus piernas.

Basándose en los monosílabos con los que Edward había contestado durante la última
hora suponía que él estaba más que listo para ponerse manos a la obra. O era eso, o
que seguía sin estar feliz de tenerla allí.

Bella apartó a un lado el incómodo pensamiento.

—La cena ha sido maravillosa. Gracias por una comida tan buena, Emmet. Todo ha
sido espectacular.

—¿Más vino? —Las palabras eran una pregunta educada, pero sus ojos tenían
un brillo travieso, como si hubiera hecho la pregunta sólo para jugar con ella.

—No, gracias. Dos copas es mi límite o me quedaré dormida.

—¿Una copita de Jerez?

Un asomo de sonrisa curvó la boca plena, pecaminosa y roja de Emmet. Era un
hombre atractivo, sensual, juguetón, de trato fácil, cultivado y curioso. Era
sorprendente que aún no lo hubiera cazado alguna mujer.

Pero en ese momento, Bella quería estrangularlo por prolongar su agonía.

—No quiero nada más

Emmet se puso en pie y dejó su plato en el mostrador de donde cogió un postre de
chocolate.

—¿Y postre? Puedo hacer café si queréis. Lo tengo con canela, vainilla francesa

—Te lo agradezco mucho, pero lo que me gustaría es que nos fuéramos a la cama de
una vez. Emmet se detuvo en medio de la cocina, con los platos en la mano. Edward
contuvo el aliento.


Ninguno de los dos se movió.

«Oh, no». ¿Acaso había mal interpretado las vibraciones? Habían parecido
interesados. Durante la cena, Edward sólo había dicho lo justo, y la había mirado con
esos ojos ardientes hasta que ella casi se había quedado sin apetito. Emmet no había
hecho más que coquetear, tocándole las manos, rozándole la rodilla con la suya,
alimentándola con su tenedor.

Bella lo miró a través de la cocina. Emmet se había puesto duro, la bragueta de
los pantalones parecía a punto de reventar. A su izquierda, una silla arañó el
suelo, rompiendo el silencio sepulcral. Edward se había puesto en pie y Bella
descubrió que estaba en el mismo estado que su primo… listo para la acción.

Así que no había malinterpretado nada ¿verdad? O quizá no… quizá el deseo de
Edward no tenía nada que ver con sus palabras. Quizá Emmet tenía sus dudas.

Maldición, no lo sabía. La inexperiencia no era de mucha ayuda ahora.

—Lamento haberos incomodado —se disculpó—, no estoy acostumbrada a pensar
antes de hablar. Mi familia nunca lo hace, así que yo…

—Vamos. —Edward le agarró de la mano y le tiró del brazo, casi arrastrándola en su
prisa por abandonar la cocina.

—¿A la cama?

—¡Pues claro!

Edward la deseaba. La excitación la atravesó, haciéndole hervir la sangre.

Por fin. Había llegado el momento. Iba a descubrir de qué iba todo eso de los
hombres y el sexo, algo que iba más allá del placer de la masturbación. Y lo iba a
hacer de la mano de los dos hombres más guapos que había conocido nunca. Con el
deseo burbujeando en su cuerpo, pensó que en ese momento no le molestaba lo más
mínimo la idea de ser compartida. Aprendería todo al respecto para que cuando
Jake regresara a Tejas, al cabo de unas semanas, supiera todo lo que hacía falta
saber y cómo ofrecérselo. A él no le importaría hacer más profundo ese
vínculo especial porque ella ya no sería demasiado inocente para adaptarse a su
estilo de vida.

Emmet intentó parecer molesto.

—Me he pasado mucho tiempo haciendo este postre.


Bella le dirigió una mirada provocativa por encima del hombro.

—Será un buen tentempié para medianoche.

—Lo será si me dejas comérmelo de tus pechos —murmuró Emmet, acercándose a ella.
Bella soltó una risita juguetona.

—Sólo si me prometes que lamerás hasta la última miga.

Emmet murmuró algo entre dientes y la siguió, pero ella no pudo oírlo pues
Edward ya la arrastraba por el pasillo hacia la enorme cama de Emmet. En menos de
treinta segundos, ella estaba acostada, con el atlético cuerpo de Edward
cubriendo el suyo y con las rodillas masculinas separando las de ella.

La boca de Edward cayó sobre la de ella antes de que la cama dejara de
moverse. Él se apoderó de sus labios y la besó profundamente, azuzándola,
inflamándola. Bella le rodeó el cuello con los brazos y se perdió en su sabor picante y
en sus caricias. La demanda masculina estaba llena de desesperación; Bella la
degustó. La impaciente lujuria de Edward fluía con cada cálido roce de su lengua
contra la de ella, con la tensión de los duros hombros masculinos bajo sus dedos.

Edward le separó las piernas un poco más y apretó su miembro directamente contra
ella. Oh, era tan bueno. No, mucho más que bueno. Era salvajemente excitante.
Él encajaba tan bien, como si hubiera nacido para acunarse entre sus muslos. Y
cuando embistió contra ella, rozando su clítoris, ella dejó escapar un gemido dentro de
su boca, aturdida de que él pudiera llevarla a tal excitación sexual en tan sólo unos
segundos. Edward se tragó su respuesta y empujó contra ella una vez más.

A la derecha, la cama se hundió de nuevo. El calor la inundó, acercándose cada vez
más, hasta que otro duro cuerpo masculino se acomodó a su lado. Emmet. Sin camisa,
como descubrió cuando extendió la mano para tocarlo.

Los dedos de Bella encontraron una piel tan suave como el ante sobre
músculos acerados y afilados. Luego acarició su pelo oscuro como la
medianoche, gloriosamente corto y ondulado.

Emmet le plantó una serie de besos suaves en la mejilla y luego bajó por su cuello
mientras metía una mano entre ella y Edward, hasta que encontró el duro punto de su
pezón a través de la blusa y lo acarició. Bella sintió un dulce hormigueo en ese lugar. Y
que se humedecía entre las piernas. «¡Oh, vaya!».

Edward apartó la boca de la de ella y bajó los labios a lo largo del cuello para
saborearle la piel y mordisquearle la clavícula.


Un tembloroso suspiro salió de sus labios y abrió los ojos para ver a Emmet y su
ardiente mirada observándola, invitándola a pecar. Bella enterró los
dedos en el oscuro pelo corto. Emmet parecía un caballero medieval —apenas domado,
sensual, excitante— dispuesto a tomar cualquier cosa que quisiera. Bella contuvo el
aliento cuando él se acercó un poco más.

Luego Edward la distrajo desabrochándole los botones de la blusa de encaje y
abriéndole la delicada prenda, luego subió el sujetador y la expuso ante su hambrienta
mirada. Le cubrió un pecho con la suave mano. Bella jadeó ante el electrizante
contacto. Edward no le dio tiempo a que se acostumbrara. Levantó el seno, y lo
sopesó, luego le pasó el pulgar por la tensa cima. Bella se estremeció.

Apenas tuvo tiempo de sobreponerse a la caricia de Edward antes de que la
boca de Emmet cayera sobre la de ella. Como un maestro, jugó con ella. Lo hizo con
suavidad, con un leve roce de labios, un lametazo en el labio inferior, un suspiro
erótico cuando apretó su boca contra la de ella, prometiéndole profundizar más el
beso, pero sin hacerlo.

Gimiendo con desasosiego, levantó la boca hacia la de Emmet que, simplemente, sonrió,
luego le mordisqueó el labio inferior de manera juguetona y tierna mientras la llenaba
de anticipación y deseo. Todavía en sus pechos, Edward era cualquier cosa menos
suave, dejando claro que no tenía intención de ser ignorado. Le succionó el pezón con
dureza, llevando el deseo directamente a ese punto dolorido que se puso duro
contra la lengua masculina. Luego lo mordisqueó con la suficiente fuerza para que
doliera y enviara una bola de fuego desde su pecho a su vientre para estrellarse justo
entre sus piernas. Bella gimió y se arqueó contra él.

—Es preciosa, Edward. —Murmuró Emmet contra la boca de ella—. Mejor que
cualquier fantasía.

Bella se sintió arder ante el halago, pero se descubrió conteniendo el aliento en
espera de la respuesta de Edward. ¿Opinaría él lo mismo? No es que importara
mucho. Su objetivo era aprender a complacer a Jacob. Era la única razón por la
que estaba allí, aunque fue difícil recordarlo cuando Edward alzó la boca y la
llevó al otro pecho, creando otra bola de fuego y necesidad que la hizo jadear y
humedecerse.

—¿Verdad, Edward? —insistió Emmet.

«¿Lo soy?». ¿Por qué la opinión de Edward tenía tanta importancia, Maldita sea?
Quizá porque pensar que el hombre que le iba enseñar los misterios del sexo
no la encontraba atractiva le resultaba insoportable. Quería que él la viera hermosa.
Tenía que ser eso.


—Sí —dijo él, gimiendo sobre su pecho, golpeándole el húmedo pezón con el
aliento, enfriándolo y endureciéndolo a la vez—. Como un sueño húmedo.

Sus palabras vibraron en lo más profundo de Bella , directamente entre sus
pliegues hinchados. Dios, lo deseaba. Palpitaba por él…

Luego sintió las manos de Edward bajo la falda, levantándosela, subiéndosela,
deslizando la suave tela sobre su piel. Las sensaciones no la excitaron tanto como
saber que las ásperas palmas de Edward seguirían el mismo camino; por sus
pantorrillas, las rodillas, los muslos, por las caderas.

El roce de las manos ligeras de Edward sobre su sensible piel la excitó todavía más. La
bola de fuego se multiplicó y se centró entre sus piernas, justo bajo su clítoris.
Emmet abrió el broche delantero del sujetador y le chupó uno de los pezones mientras
Edward se arrancaba la camisa, se sentaba en cuclillas y la miraba fijamente.

—Esto tiene que desaparecer. —Se refería al tanga de color beige que Bella se
había comprado esa misma mañana para llevar puesto algo erótico.

Antes de que pudiera quitárselo, Edward agarró uno de los lados. Con una mirada
ardiente en una cara cuyos rasgos gritaban que estaba arrebatado por el deseo,
enrolló la tela en su puño y tiró. Una boqueada de sorpresa y un rasgón más tarde,
Bella estaba prácticamente desnuda. Emmet lo convirtió en un hecho quitándole la blusa
y el sujetador y luego deslizándole la falda por las caderas hasta el suelo.

Edward siseó con fuerza cuando bajó la vista hacia ella, y centró su mirada descarada
entre sus piernas, en los cortos rizos caobas. Una mirada a la derecha le indicó que
Emmet miraba en la misma dirección que su primo, deslizando la mirada por sus
curvas y depresiones, desde los pechos, bajando por la cintura y el vientre, hasta
más abajo.

Emmet parecía dispuesto a saborear cada instante. Edward… esos ojos ardientes le
dijeron a Bella que él estaba preparado para darse un festín. Ahora.

Bella contuvo el aliento. El corazón le latía a toda velocidad, palpitando por
todo su cuerpo y haciendo latir su clítoris dolorosamente.

—¿Edward? —preguntó Emmet con suavidad.

Esa pausa en Edward debía ser inusual. Bella podía ver la confusión de Emmet bajo la
lujuria.


No tuvo tiempo de pensar ni de fruncir el ceño antes de que la voz ronca de Edward
vibrara dentro de su cuerpo, incrementando el deseo un poco más.

—Maldición, está mojada.

—Bien —murmuró Emmet—. ¿Por qué no compruebas lo mojada que está?

«¡Sí, por favor!». Si Bella no hubiera sabido ya que chorreaba de deseo,
Edward se lo hubiera probado deslizándole los pulgares sobre los hinchados labios
sexuales y abriéndoselos, introduciendo las puntas de los dedos por la resbaladiza
piel. Su toque era eléctrico como si estuviera forzando a que sus pliegues
hinchados se abrieran ante sus miradas hambrientas.

Sabiendo que los dos la observaban y que pretendían que su deseo se
incrementara, Bella casi dejó de respirar.

Uno de los pulgares de Edward se deslizó más cerca de su húmeda abertura, y Bella
sintió el agudo vacío. Ansió que él llenara su sexo con la rígida longitud de su
miembro… «No. Aquello era peligroso. Y equivocado». Pero con cada roce, el
cuerpo de Bella fue cediendo a las demandas de Edward hasta que perdió el
control y levantó las caderas en una súplica silenciosa.

—No hagas eso —le advirtió él—. No me tientes a penetrarte.

A pesar de su estado febril, los pensamientos le dieron vueltas en la cabeza.
¿Estaba él molesto porque ella quisiera experimentar más de lo que él podía
darle? ¿O porque su mítico autocontrol pendía de un hilo?

Ese último pensamiento era estimulante. Que la inexperta Bella, una chica cuyas
coletas y clases de kárate él solía ridiculizar, pudiera excitarlo de esa manera era
alentador. Una mirada a

Emmet probaba que él tampoco estaba en su mejor momento.

Con los ojos entrecerrados, Bella les dirigió a ambos hombres una mirada
somnolienta, luego buscó con la mirada el pene de Edward que deformaba la
tela de los pantalones. Duro, grueso… y cada vez más grande, igual que ella lo veía a
él.

Bella les dirigió una sonrisa provocativa, y, antes de recapacitar, volvió a
levantar las caderas hacia Edward.

Él gruñó y buscó su cremallera.


—Estás implorando que te dé lo que no quieres que te dé. Detente ya.

—Haz que se corra de una vez —murmuró Emmet, la voz de la cordura—. Está excitada y
no sabe lo que pide.

Bella frunció el ceño. Claro que sabía lo que quería… ¡alivio! Edward la deseaba, sólo
había que mirar la potente erección. Pero él decía que no, igual que había
dicho que no al coito convencional durante sus conversaciones. ¿Por qué? Bella
sabía que a él le gustaban las mujeres.

«Jacob». No podía olvidarse de Jake. Necesitaba experimentar con el sexo, pero
debía de seguir siendo virgen para él, como había dicho que sería. Edward le había
jurado que no se acostaría con una virgen, que no quería reclamar a nadie. Ahora lo
recordaba, pero de alguna manera, la postura de Edward la irritaba.

Edward cerró los puños. Tragó saliva. El esfuerzo de resistirse a ella le estaba costando
todas sus fuerzas.

—De acuerdo —dijo por fin con un tono ronco que la hizo licuarse aún más—. Voy a
hacer que te corras.

—Ya lo hablamos antes —le confesó Emmet a ella, acercándose más para darle un beso en
la boca y luego en el pecho—. Durante esta noche, disfrutarás con nosotros. Te
acostumbrarás a las sensaciones de dos hombres dándote placer a la vez.
Cuando estés preparada te enseñaremos cómo complacernos a nosotros. Sin prisas
ni presiones, ¿vale?

Bella asintió con la cabeza, apenas capaz de pensar en algo que no fuera
Edward y su promesa. Iba a hacer que se corriera. Bella no dudaba de que lo hiciera.
En treinta segundos o menos.

¿Desaparecería de esa manera el doloroso vacío que sentía en su interior?

Levantando la cabeza para mirar a Edward, observó las mejillas ardientes de él, el rudo
subir y bajar de su pecho atletico, los tendones y venas tensos como cuerdas
en los gruesos antebrazos. Atractivo, poderoso y muy masculino. Una nueva oleada
de deseo latió en su vientre, en su sexo.

«No. Piensa en Jacob». Cualquier placer que le diera Edward debía ser únicamente por
motivos educativos. Y tendría que ser suficiente. No rodía pensar en su enorme,
palpitante y más que preparado pene en su interior.

—Tócame, por favor —las palabras salieron de sus labios, suaves e implorantes.


—Lo haré. Voy a aprender todas las maneras de hacer que te corras y luego conseguiré
que me implores que me detenga.

«Oh, Dios». ¿A qué se refería? Bella esperaba que cumpliera cada una de esas
palabras.

Se tragó un nudo de lujuria.

—Por favor.

Incapaz de detenerse, alzó las caderas una vez más. Edward no rechazó la invitación
para tocarla.

Deslizó un grueso dedo en las húmedas profundidades, mientras le rozaba el clítoris
con el pulgar. Chispas eléctricas se convirtieron en magia sobre su piel, haciéndole
arder la sangre de pura necesidad. Bella gimió. Cuando él repitió el proceso, y Emmet se
inclinó sobre su boca para besarla con exigencia sensual, sus gemidos se convirtieron
en quejidos.

Emmet se tragó los sonidos y le cubrió un pecho con una mano, jugueteando con el pezón,
pellizcándolo suavemente, retorciéndoselo. Excitándolo. Enviando más oleadas de
lujuria hacia su sexo, donde se unieron al placer que su cuerpo obtenía de cada roce
del pulgar de Edward sobre su clítoris.

Con las piernas tensas, arqueó la espalda, sintiendo que el climax se acercaba. Y la
había estado tocando ¿cuánto? ¿Menos de dos minutos? Bella se ahogaba, volaba,
latía de dolor y no quería que fuera de otra manera.

Edward introdujo un segundo dedo en la vagina, luchando por deslizar ambos dedos
en su interior. El placer se convirtió en una dolorosa sensación cuando él la penetró
profundamente con los dedos. Al fin, su carne los absorbió y aceptó. Él maldijo entre
dientes.

—Está caliente y me está quemando vivo.

Emmet asintió con la cabeza, respirando contra el cuello de Bella mientras le
mordisqueaba el lóbulo de la oreja.

—Dime cómo la sientes.

El hedonista Emmet era quien alentaba a Edward, quien intentaba llevarla hasta el
orgasmo con palabras provocativas, coqueteando peligrosamente con el escaso
autocontrol de Edward.


—Bella está condenadamente apretada y caliente. Su sexo me atrapa. Me aferra,
palpita.

¡Maldición!

—Penétrala con los dedos.

Edward contuvo el aliento y comenzó a meter y a sacar los dedos del apretado pasaje.

—No puedo parar. Es demasiado bueno para parar.

—Córrete para nosotros —murmuró Emmet en el oído de Bella, rozándole los sensibles
pezones con los pulgares.

Bella se sentía hinchada en todas partes. Ensartada profundamente. Le dolía la
carne interior de la vagina. Estaba húmeda de sudor, mojada de deseo. Le
palpitaba el corazón y la sangre corría a toda velocidad por sus venas. Toda ella se
estremecía. Y Edward seguía moviendo el pulgar de manera incesante, rozándole
despiadadamente el clítoris, deslizando los dedos dentro y fuera, tocando un sensible
lugar dentro de su sexo que ella desconocía.

Emmet murmuró contra su boca.

—Eres tan hermosa. No puedo esperar a ver cómo gritas de placer.

Luego, con sus insistentes dedos, él le pellizcó el dolorido pezón.

Fue demasiado. Demasiado para resistirse. Contenerse no era una opción.

El fuego ardió. La sangre rugió. Bella jadeó, gimió, gritó… antes de que el placer que
sentía entre las piernas sufriera un incremento de energía que explotó como
una supernova, enviándola a un mundo de éxtasis que ella jamás había imaginado que
existiera.

—¡Sí! —Los dedos de Edward permanecían dentro de ella, y Bella podía sentir sus
propias contracciones en torno a ellos, apretándolos y soltándolos mientras la seguía
acariciando—. Si. Otra vez —le exigió él—. Córrete otra vez.

Ella gimió.

—No creo que pueda.

Emmet se rió, con un sonido ronco que hablaba de una promesa sensual.


—Nosotros cuidaremos de ti.

—Pero es que después de haberme corrido una vez, no creo que…

Edward negó con la cabeza con precisión militar o con cólera… o con una mezcla de
ambas cosas.

—No con dos hombres. Con nosotros te correrás repetidamente, hasta que
caigas inconsciente.

«¿Inconsciente?». Bella abrió la boca para protestar, aunque no tenía energía
suficiente.

Y, la verdad, tampoco podía centrarse en nada que no fuera el pulgar de Edward
jugando todavía con su clítoris, provocando más latidos y palpitaciones, prolongando
su placer hasta que la cabeza le dio vueltas, hasta que muy lentamente volvió a
excitarse y se sintió dolorida de nuevo.

—Eso es —murmuró Edward.

Luego se inclinó sobre ella. Sin preliminares. Sin esperas. Sin advertencias, le rozó el
clítoris con la lengua, repitiendo los mismos movimientos que había hecho con el
pulgar.

Las sensaciones eran parecidas a las que había tenido antes, pero más intensas. Bella
se sintió llena de necesidad, como si no se hubiera corrido antes. Sólo que esta vez, el
placer era más fuerte. Su cuerpo estaba a punto de explotar, la boca de Edward
parecía determinada a llevarla al éxtasis. Bella se correría otra vez. No esperaba otra
respuesta.

Ella lo observó, la imagen de él dándose un festín con su clítoris era igual de excitante
que el toque en sí. Al cabo de unos momentos, la pregunta a si se correría de
nuevo se había transformado en cuándo. Bella sentía que su cuerpo se tensaba, que
el placer aumentaba; abrió las piernas todo lo que pudo, invitando a Edward a que
profundizara más, quería llegar al orgasmo ya.

—¿Cómo sabe? —le preguntó Emmet a su primo mientras le lamía el montículo de un
pecho antes de llenarse la boca con un pezón y succionarlo sensualmente. Bella
comenzó a jadear.

—Jodidamente dulce —masculló Edward, lamiéndola una y otra vez, saboreándola—.
¡Cristo!


El deleite estaba presente en sus palabras. Le gustaba. No, Edward estaba gozando. Su
voz áspera y desínhibidamente ronca se lo decía a Bella. No iba a detenerse
hasta que hubiera exprimido la última gota de placer que ella tenía.

Emmet se alzó entonces sobre ella, clavando la mirada en Bella. El deseo le endurecía los
rasgos. Peligroso. Depredador. No le gustaba sólo observar. Esperaba su turno.

El placer de Bella fue en aumento, subiendo, creciendo con cada lametazo hasta que
su cuerpo se tensó de manera apremiante, hasta que ella sintió que él clítoris se
hinchaba, latía, y se perdía en un orgasmo increíble.

—Mírame mientras te corres —le exigió Emmet.

Bella lo hizo, alzando la vista impotente hacia la decidida mirada azul. Agarrándose a
las sábanas, Bella se arqueó cuando el placer resultó abrumador.

—Emmet…

—Pronto, te lameré. Te succionaré. Y te volverás a correr.

—Sí —jadeó ella.

Luego la lengua de Edward le dio un golpecito en el clítoris, haciéndola perder el
control.

—Oh, Dios… ¡Edward, ohhh!

El éxtasis arrancó un grito de su garganta mientras una explosión de colores,
sensaciones y lava hirviente recorrieron cada nervio de su cuerpo. Ella se
estremeció y convulsionó, con el cuerpo húmedo de sudor, con los músculos ahora
tan líquidos como el agua.

Cuando se recostó en la cama, tratando de tomar aliento, luchado por recobrar el
control, Edward levantó la cara de entre sus piernas, con la boca roja y mojada, y los
labios apretados.

—Otra vez, gatita.

Y volvió a lamerla de nuevo.

Bella no quería decir que no, aunque tampoco tenía fuerzas para negarse. Estaba muy
cansada tras dos orgasmos devastadores y Emmet aún no había tenido la


oportunidad de hacerla volar hasta el éxtasis. Esperaba su turno. Y por la
manera en que la estaba mirando, no iba a esperar mucho más.

—Es mi turno —insistió Emmet—. Antes de que la dulce Bella se desmaye. Y tienes que
prepararla para otras cosas.

«¿Qué otras cosas»? Bella estaba tan cansada que no podía pensar qué otras cosas
podían ser.

Aunque a regañadientes, Edward se mostró de acuerdo, y se levantó de la cama para
dirigirse al otro extremo de la habitación. Ella levantó la cabeza para seguirle
con la mirada, pero Emmet reclamó su atención acariciándole con un par de aquellos
dedos elegantes la húmeda y ardiente vulva hinchada, para introducirlos lenta y
profundamente en su interior.

—Túmbate y disfruta —murmuró Emmet.

Los estremecimientos volvieron a aparecer, conmocionándola al resurgir a la vida.
Bella jamás se había considerado una mujer muy sexual. Se masturbaba, sí, pero rara
vez se corría más de una vez. ¿Quién hubiera imaginado que podría tener dos
superorgasmos seguidos? Y por la manera en que se sentía ahora, no podía descartar
un tercero.

Bella cerró los ojos y soltó un trémulo suspiro de placer. «Túmbate y disfruta». Emmet no
esperaba una respuesta. Y ella tampoco se la iba a dar.

El excitó ese lugar sensible que ella tenía en su interior y que Edward había encontrado
con tanta rapidez y que había estimulado con suavidad pero sin compasión. El deseo
surgió de nuevo, más rápido, más caliente. Las paredes de su sexo se tensaron,
palpitaron, le dolieron.

—Tu vulva se hincha y se vuelve rosada cuando te excitas. Es fascinante
observarlo — murmuró Emmet.

Sus palabras la hicieron someterse al implacable deseo. Luego él estimuló su clítoris
con un largo y lento lametazo.

Bella gritó y se aferró de nuevo a las sábanas.

—Me encanta cómo hueles —inspiró profundamente por la nariz—. Es un
olor asombroso. Picante, caliente, adictivo, me hace querer seguir saboreándote.

—Emmet…


Bella no supo si le había dicho que sí o que no. Sólo supo que Edward y él habían
logrado llevarla a un lugar donde los pensamientos racionales no existían y
quedaban desterrados por completo de su cabeza.

—Deja que te saboree —dijo Emmet—. Acepta el placer que te doy.

Bella se preparó para otro climax, para algo aún más grande, más poderoso. La oleada
de éste podría dejarla inconsciente, pero estaba segura de que valdría la pena.

Luego Edward masculló algo ininteligible en el oído de Emmet. Ella abrió los ojos a tiempo
de ver a Emmet asentir con la cabeza. Luego las manos de Edward desaparecieron entre
sus piernas.

La mirada de Edward se encontró con la suya. Era abrasadora igual que su expresión.
Quería verla correrse de nuevo bajo la lengua de Emmet. Era lo que decía su mirada. Y él
iba a colaborar en empujarla hasta el borde.

No era que Emmet necesitara ayuda, pensó ella, mientras él le chupaba el clítoris
hinchado.

Bella apretó los dientes ante las sensaciones que se iban agolpando una tras otra en
su interior.

El orgasmo que venía era poderoso, le robaba la compostura con dientes afilados y
comenzaba a liberarse. Luego, oh, la lengua de Emmet jugueteó con la punta ultrasensible
de su clítoris, que ahora sobresalía de sus pliegues protectores. Ella gritó cuando las
sensaciones casi se desbordaron fuera de su cuerpo. No llegaron a hacerlo. Como si
sospechara que el climax se cernía sobre ella, Emmet le soltó el clítoris y se echó hacia
atrás.

—Todavía no, cariño. Pronto. Hay más. Y quiero saborearte.

—No —jadeó ella, con la frente y los pechos cubiertos de sudor—. No. Ahora.

Emmet se rió entre dientes.

—Ten un poco de paciencia.

—No —repitió ella, mirando a ambos hombres.

—Sí —insistió Edward.

Ella centró la atención en él cuando se acercó más.


—Hazlo —le ordenó él a Emmet.

Con un lento asentimiento de cabeza, el hedonista de pelo negro le cogió de los
muslos y se los subió más y más arriba.

—Será un placer.

«¿Qué iba a hacer?». No iban a hacerla correrse de nuevo. Todavía. No importaba
cuánto le doliera y necesitara, cuánto se arqueara, suspirara y suplicara y se quemara
en el infierno.

Emmet contestó a su pregunta cuando colocó las palmas de las manos bajo sus rodillas y
le siguió subiendo las piernas, abriéndoselas a lo alto y a lo ancho hasta que estuvieron
dobladas contra su cuerpo, a cada lado de las caderas, dejándola totalmente expuesta
ante sus ojos. Para cualquier cosa.

Ella jadeó ante ese pensamiento.

—Sujétalas —le dijo Emmet, colocándole las manos bajo las rodillas.

Los dos hombres clavaron los ojos en su sexo abierto, unos ojos ardientes y decididos.
Sin duda, tramaban algo. Algo nuevo. El mero pensamiento le hizo sentir un nudo de
aprensión y deseo en el estómago.

—Emmet.

—No supliques piedad. No la tendrás. Ni de él, ni mucho menos de mí. Querías saber
qué se sentía en un ménage, gatita, y al mismo tiempo mantener intacta tu
virginidad. Pero eso no quiere decir que no vayamos a poseer ese culito delicioso
que tienes.

«Penetración anal». Ahora. Podía verlo en sus ojos mientras las miradas
masculinas se deslizaban por su cuerpo para detenerse en la carne hinchada
entre sus piernas abiertas. En secreto, ella se había preguntando cómo sería el
sexo anal tras oír sin querer a uno de sus hermanos referirse en términos casi
poéticos a esa practica sexual. Sí, claro que Emmet y Edward iban a penetrarla por allí. ¿De
qué otra manera podría tomar a dos hombres a la vez?

—¿Dolerá?

—Hoy será muy poco —la tranquilizó Emmet—. Sólo lo suficiente como para
proporcionarte las sensaciones sin abrirte demasiado.


Edward fue directo al grano.

—Aún no te follaremos ahí..

Pero pronto lo harían.

Bella se sintió mareada ante el pensamiento de ser penetrada de esa manera tan
primitiva y de entregarse completamente a ellos, dejando que el placer —y
probablemente el dolor— la arrastraran y la ahogaran.

Ella asintió débilmente con la cabeza.

—De acuerdo.

—No estábamos esperando tu consentimiento. Nos lo diste cuando entraste por la
puerta, maleta en mano.

Edward de nuevo. Y sonaba un poco enfadado. O tal vez estaba muy excitado. La
enorme erección que le abultaba los pantalones requería atención… Y él todavía
clavaba los ojos con avidez en su sexo, con los ojos verdes brillantes de necesidad.

Una parte de Bella quería protestar ante el arrogante lenguaje. Ante la
presunción.

Bella se mordió el labio, diciéndose a sí misma que él tenía razón. Y que era su
frustración sexual lo que le hacía hablar de esa manera.

—Lo sé.

Parte de la tensión abandonó el cuerpo de Edward, luego bajó la mirada hacia Emmet.

—Acaba.

—No durará mucho —comentó Emmet.

—Bella puede no responder. —Encogió los macizos hombros como queriendo
decir que no le importaba. Pero ella sospechó que le importaba. Y mucho.

No dejaron que se preguntara durante demasiado tiempo a qué podría no responder.
Unos momentos después sintió algo frío y resbaladizo en su ano. Se tensó, tenía una
duda. No, no sólo una. ¿Con qué la estaban penetrando? ¿Y si no le gustaba?

—No te tenses —le recomendó Emmet—. Relájate. No es grande…


Mordiéndose los labios, Bella intentó relajarse y aceptar el objeto invasor,
claramente impregnado de lubricante. No estaba muy convencida, pero controlaba sus
reacciones.

Hasta que el fuego en los ojos de Edward se incrementó de manera incontrolada.
Hasta que se vio forzado a quitarse los pantalones, y ocuparse de su miembro con la
mirada fija en la suave penetración anal que estaba efectuando Emmet.

Al ver que lo excitaba tanto, hasta el punto de obligarlo a acariciarse a sí mismo, Bella
quiso darle más de esa función. Se había imaginado indecisa y tímida con Emmet y
Edward, pero el hecho de saber que podía volverlos locos de deseo había
evaporado cualquier timidez. Quería jugar con ellos.

Concentrándose en las instrucciones de Emmet, hizo lo que él sugería y, de
repente, algo delgado se deslizó en su recto. Un chasquido, y comenzó a vibrar.

«¡Oh, Dios mío!»

El placer descontrolado se incrementó en segundos, atravesándola y empujándola
hacia el éxtasis de nuevo. Emmet deslizó más profundamente el vibrador y dejó que se
acostumbrara a la pequeña vara que la estaba despojando con rapidez de la
cordura mientras observaba a Edward acariciarse el pene con el puño cerrado.
Cuando Emmet inclinó la cabeza de nuevo para tomar el clítoris en su boca, la llama entre
sus muslos se convirtió en un infierno, extendiendo el fuego por su vientre y sus
piernas.

Arqueó la espalda al tiempo que jadeaba. Ese climax iba a ser grande. Poderoso.
Cuando cayera sobre ella, Bella temía perder el conocimiento, como ellos le
habían asegurado que sucedería, y quedar noqueada durante horas. Días. Jamás
se había imaginado un placer tan cegador, uno que la dejaba sin aliento y le nublaba
la visión.

—Sí que responde —dijo Emmet con un indicio de diversión mientras deslizaba los dedos
en el sexo anhelante—. ¿Lista para correrte?

Bella no podía contestar, no podía hacer nada salvo gemir mientras el climax
comenzaba a abrasarla.

—Joder! —maldijo Edward.

Con los ojos entornados lo observó reclinarse sobre ella. Edward cubrió su boca con la
de ella, hundiendo profundamente la lengua dentro, como si intentara fundirse
con ella. Unos momentos después, se apartó para recuperar el aliento y continuó


bombeando su miembro. La imagen era insoportablemente erótica.
Completamente excitante. Luego Edward se inclinó de nuevo y volvió a besarla
como un hombre muerto de hambre, con salvajismo y pasión, lamiéndola
profundamente, sin dejar de tocarse a sí mismo mientras la saboreaba con una
fascinación erótica y una enorme punzada de necesidad.

Y durante todo ese tiempo, Emmet la enloquecía con el vibrador en su ano, con los dedos
en su vagina y la boca en su clítoris. Todo junto con el beso de Edward que la
poseía, la arrasaba, tragándose silenciosamente sus gritos de pasión mientras
seguían conduciéndola hacia un orgasmo abismal.

Y aquello la sobrepasó. Bella no pudo detenerlo, no pudo contenerse, y tampoco
quiso hacerlo.

Gritó en la boca de Edward mientras el maldito mundo estallaba en mil pedazos,
detonando su cuerpo, arrasando su mente. Unas fuertes y duras contracciones le
tensaron las paredes de la

vagina que se aferraron con fuerza a los dedos de Emmet, haciéndola gemir en la boca de
Edward una vez más.

De repente, Edward interrumpió el beso, jadeante y frenéticamente bombeó su
erección con la mandíbula y el vientre tensos. Luego echó la cabeza hacia atrás y rugió
tan fuerte que el sonido rebotó en las paredes. Entonces, cálidos regueros de semen
salpicaron el vientre de Bella, y otra oleada de sensaciones la atravesó al pensar que
ella podía conseguir que Edward se corriera de esa manera tan poderosa.

—¡Edwaaaardd! —gritó.

El grito de placer de Bella aún resonaba en los oídos de Emmet cuando ella cerró los ojos
y se sumió en un sueño exhausto. Haciendo una mueca ante su dolorosa erección, le
extrajo con cuidado el vibrador y sacó los dedos de su hinchado y saciado sexo. Ella
era exquisita y sabía todavía mejor. Pero ya había tenido toda la excitación que era
capaz de soportar por una noche.

Bella había gritado el nombre de Edward cuando estaba perdida en la pasión.
No el de Emmet, sino el de Edward.

Tragándose el nudo de envidia, Emmet se recordó a sí mismo que todo aquello era por
una buena causa y levantó la mirada hacia su primo.

Edward se había quedado inmóvil sobre el cuerpo laxo de Bella. Con el
miembro aún medio erecto en el puño y la satisfacción relajando, sus rasgos. Soltó un


silencioso suspiro, y dejó caer los hombros, intentando recuperar la respiración,
con los ojos entrecerrados. Aunque era obvio que aún los tenía clavados en ella.

Edward se había corrido sin contención, lo que era bastante inusual. Pero si Bella
podía conseguir eso sin que Edward la hubiera penetrado por ningún lado, Emmet
no podía más que imaginar los fuegos artificiales que estallarían si su primo se
permitía hacer el amor con ella. Si admitía que Bella era algo más que un polvo. Si
reconocía que esa mujer era importante para él, como de hecho lo era. Emmet podía verlo
en la cara de su primo.

—¿Por qué coño me miras tan fijamente? —refunfuñó Edward.

—Por nada.

Emmet apartó la mirada, devolviendo la atención a la suave figura dormida de Bella. Una
mujer dulce y hermosa.

Así era Bella. La única. La mujer que Edward y él llevaban años buscando. Emmet contuvo
una sonrisa de pura alegría. Sabía que Bella era todo lo que necesitaban: suave y
entregada en la cama, punzante cuando se enfadaba, ingeniosa y cariñosa. Era
más de lo que se había imaginado en sus fantasías más descabelladas. Pero el hecho
de que fuera virgen era un tema tabú para Edward.

Y respecto al resto de problemas que pudieran surgir en el futuro, Bella lo
acabaría entendiendo todo… al final.

Pero ya lidiaría con eso más tarde. Primero tenía que convencer a su primo de que un
final feliz no era una tóxica mezcla de mierda y sandeces. Todo a su tiempo.
Emmet sabía que si comenzaba su campaña esa noche, Edward se percataría al instante,
no era estúpido. Su primo sabía que Emmet quería que compartieran una esposa e hijos
algún día. Si lo presionaba ahora con el tema de Bella, Edward saldría corriendo en
dirección contraria. Tenía que actuar con prudencia e ir soltando una cosa aquí y otra
allá. Luego dejaría que la naturaleza siguiera su curso.

—Me preguntaba si estabas lo suficientemente bien para asearla —mintió Emmet—.
Tengo las piernas acalambradas y mi polla no está mucho mejor.

Edward gruñó, y bajó la mirada a los pantalones abultados de Emmet y luego al
abdomen manchado de semen de Bella.

—Si supone un problema, yo mismo me encargaré en unos minutos —añadió Emmet.

Con la mandíbula tensa, Edward maldijo entre dientes.


—Ya me encargo yo.

«Ya suponía que lo harías».

—Cuando termines, la metes en la cama. Voy a darme una ducha.

Edward vaciló y luego asintió con la cabeza.

—Ah, y quédate con ella hasta que vuelva. Podría despertarse desorientada y
asustarse.

—Es una mujer adulta.

—Que ha tenido una noche muy movidita. Serán sólo quince minutos, ¿de acuerdo?

Edward gruñó.

—Que sean diez. A menos que haya sexo de por medio no quiero estar con ella.

«Eso no es ninguna sorpresa». Emmet sabía que tenía mucho trabajo por delante
si quería formar una gran familia feliz.

—Vale, diez minutos.

Emmet se giró y salió de la habitación. No miró hacia atrás, pero no tenía duda alguna de
que

Edward ya alargaba la mano hacia la hija del coronel y que suspiraba por la pálida piel de
Bella por el sencillo placer de tocarla. Para recordarse que podía tocarla. Para
fantasear que la tocaba de nuevo.

Sonriendo, Emmet abrió la puerta del cuarto de baño, sabiendo instintivamente que
Edward no podría permanecer demasiado tiempo sin tocarla.

2 comentarios:

  1. holaaaa excelenteeee capitulo ufff si que estuvoo hottt...vamos a ver que pasa en el siguientee...yy edward no quiere estar ni un momento a solas con bellaa ...me encantoooooo el capii...besoss!!

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  2. HOLA ROOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!
    YA LO CREO QUE LA TOCARA AJAJJAJ!
    DIOS NO SABES COMO ME ENCANTA ESTA HISTORIA!
    BESOOS Y NOS LEEMOS!
    XOXO LAU!

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