Capítulo 10
Durante los días siguientes, Edward se reunió con Aro, Cayo y Eleazar, pero le dijo a Bella que estaban a punto de llegar a una solución. Ella, mientras tanto, vivía día a día, intentando no pensar en el futuro… ni en el pasado.
Dormían juntos, pero Bella insistía en volver de madrugada a su habitación para revolver las sábanas de su cama. Pronto Edward y ella estarían divorciados y necesitaba mantener algún tipo de separación en su mente. Haciendo eso se obligaba a sí misma a creer que no estaban juntos. Aunque era difícil pensar en algo que no fueran las noches ardientes en las que quemaban las sábanas…
Una de esas noches, después de la cena, Eleazar quiso hablar con ella aparte.
—El jeque Edward es un maestro halconero —le dijo—. La clase de hombre que toma lo que ha aprendido en el desierto y lo aplica a la vida normal. Es sabio, paciente. Será un buen emir.
—Si hubiera sabido quién era no me habría casado con él —dijo Bella.
Eleazar levantó una ceja.
—Quizá es por eso por lo que no te lo dijo.
— ¿Qué quieres decir?
—Edward es un hombre capaz de grandes pasiones. Si pudiera compartir el amor que tiene por sus halcones con el resto del mundo… pero parece más relajado cuando tú estás cerca. Cuando no estás se muestra inquieto, como si le faltara algo.
—Edward no me necesita.
—Te necesita más de lo que crees. ¿De no ser así por qué no ha vuelto a casarse? Ha tenido muchas oportunidades.
Bella apretó los labios.
—Antes de casarse tendría que divorciarse de mí.
— ¿Y no te has preguntado nunca por qué no lo ha hecho? —Sonrió Eleazar—. Porque quizá deberías hacerlo.
Y pensábamos que serían sólo tres días fuera de Zayed —dijo Bella una mañana, mientras se vestían a toda prisa.
Se habían quedado dormidos. Había despertado en brazos de Edward, con el sol entrando por la ventana. Debían ser más de las diez.
— ¿Te habrías perdido un solo minuto? —sonrió él, acariciando su cara. .
Ella negó con la cabeza.
—Pero estoy preocupada por tu padre. No quiero que un día lamentes haber estado fuera de Zayed cuando más te necesitaba.
—Hablo con él todos los días por teléfono y se encuentra mejor que en muchos meses. Pero creo que podremos irnos mañana. Los helicópteros ya han hecho su trabajo.
De repente, el corazón de Bella se encogió ante la idea de volver a Zayed.
—Si me perdonas, tengo que hacer una llamada urgente —dijo Edward entonces.
—Sí, claro —murmuró ella, un poco herida por su tono brusco—. Será mejor que empiece a guardar mis cosas.
Se marcharon a la mañana siguiente. Cuando el helicóptero levantaba el vuelo, Noor lanzó un grito de protesta desde su kafas y Bella sintió una punzada de dolor en el corazón. Aquellos días en Aziz habían sido preciosos para ella. Cuidando de que Edward no viera su expresión, se dedicó a mirar por la ventanilla. Sólo habían pasado unos días desde que recorrieron el desierto en el jeep, pero había cambiado por completo. Incluso podía ver algunos retazos verdes.
—Es por la lluvia —le explicó Edward—. Las flores silvestres están floreciendo. En cuanto llueve, todo recobra la vida.
La lluvia podía llevar la vida al desierto, pero nada podría devolver la vida a su matrimonio, que había estado maldito desde el principio. Y cuando todo hubo terminado tuvo que hacer algo que Edward no le perdonaría nunca.
Si se enterase algún día… Bella sintió un escalo frío. No quería ni pensar en lo que podría pasar entonces.
A las doce habían llegado al palacio.
Edward desapareció para visitar a su padre y, a solas, Bella volvió a su habitación.
¿Por qué había esperado que las cosas cambiasen cuando llegaran a Zayed? Edward seguía siendo un jeque, el hijo del emir, un hombre tradicional, y ella siempre sería una segundona ante su familia y los asuntos políticos.
Pero no había vuelto para quedarse, no había vuelto para ser su mujer. Iban a divorciarse. Tenía que dejar de pensar como si todavía fuera su esposa. Aunque era difícil. Hacer el amor con él había despertado emociones que no había esperado sentir de nuevo.
Con objeto de pasar el tiempo, Bella bajó al estudio para enviarle un email a su hermana. Ángela, atenta como siempre, le llevó un té de jazmín que Bella agradeció.
Tenía dos emails de Rosalie. Su hermana estaba preocupada por ella. Después de ver las noticias sobre las inundaciones en Zayed había intentado llamarla al móvil, pero no daba señal. En uno de los correos le enviaba una foto de Nessie en su primer día de colegio. Parecía tan mayor, tan segura de sí misma. Era tan bonita.
A Bella se le hizo un nudo en la garganta.
Cuánto las echaba de menos.
Al final, levantó el teléfono y llamó a Auckland. Se alegró mucho de hablar con su hermana y con las niñas, que no dejaban de hacerle preguntas.
Cuando se despidieron, ya no se sentía sola.
Esa tarde, mientras Edward y ella buscaban fotos de Zayed para enviarle a Alice por email, alguien llamó a la puerta del estudio. Era Jasper Withlock, el ayudante de confianza del emir.
—Excelencia, tenemos un problema.
— ¿Mi padre? —exclamó Edward.
—No, es sobre el divorcio, Excelencia.
— ¿Qué pasa con el divorcio? —preguntó Bella.
— ¿Podemos hablar en privado, Excelencia?
—Esto me concierne a mí. El divorcio es la razón por la que he venido a Zayed. ¿Ocurre algo?
—Hay rumores, Excelencia —contestó Jasper, mirando siempre a Edward.
— ¿Qué clase de rumores? —preguntó él.
—De que usted y la señora han compartido lecho.
Bella miró a Edward de reojo.
—Teníamos habitaciones separadas en Aziz —contestó él.
—No en Aziz, sino en el campamento beduino. Dicen que compartieron tienda.
— ¿Y qué? —exclamó Bella, irritada—. Estamos casados, no hemos cometido pecado alguno. Y aunque fuera así, ¿qué importa?
—Bella…
— ¿Qué? ¿Qué importa…?
—Importa —dio Edward, muy serio.
— ¿Por qué? ¿Qué quieres decir?
—Bella, escúchame…
—No, quiero que me lo diga Jasper. ¿Qué está pasando aquí?
El hombre la miró, incómodo.
—Señora, según las leyes de Zayed, un marido y su mujer deben vivir separados durante cinco años antes de pedir el divorcio.
—Pero hemos vivido separados durante cinco años.
—Señora, la noche en el desierto anula todos esos años.
— ¿Qué? —exclamó Bella, horrorizada.
—Lo que Jasper quiere decir es que, según nuestras leyes, una pareja ha de vivir separada durante cinco años. Si pasan una noche bajo el mismo techo existe la presunción de que ha habido relaciones sexuales…
—Pero no dormimos juntos en el desierto.
Jasper carraspeó, avergonzado.
—Entonces no habrá problema. Tendrán que solicitar audiencia en el tribunal y jurar que no han… compartido lecho durante los últimos cinco años.
Bella se mordió los labios. ¿Cómo iba a jurar eso? Sería una mentira. Entonces miró a Edward. En su rostro no había expresión alguna.
—Jasper, gracias, puedes irte.
—Gracias, Excelencia. Al emir le entristecerá saber que el divorcio sigue adelante. Se había hecho ilusiones después de este viaje por el desierto…
—No debes decirle nada sobre el divorcio —le advirtió Edward.
Cuando la puerta se cerró, Bella se volvió hacia él.
— ¿Tú sabías esto?
Edward asintió con la cabeza.
¿Era por eso por lo que le había hecho el amor? ¿Todo era una trampa?
—Bella…
—No me digas nada.
—Bella, no saques conclusiones precipitadas…
— ¡Tú lo habías planeado todo! Querías atraparme aquí, en Zayed. Edward se puso pálido.
— ¿Por qué iba a hacer eso?
—No lo sé. Quizá porque es lo que tu padre quería. Tú siempre haces lo que quiere tu padre, ¿no? Eres un monigote, un títere en sus manos.
—Cuidado con lo que dices, esposa. ¿Por qué querría que te quedases aquí? Tú odias este sitio…
—Había empezado a gustarme…
— ¿Por qué querría a una esposa en la que no puedo confiar?
Bella hizo una mueca.
—Tú estás rodeado de mujeres todo el día, pero dices no haberme engañado nunca. Y yo te creo. ¿Por qué no puedes creerme tú a mí?
—Porque tengo la palabra de mi padre –contestó Edward—. Él te vio besándote con Mike, os pilló desnudos en la biblioteca.
—Eso es una soberana estupidez. Ya te lo dije muchas veces.
Edward la miró, atormentado.
— ¿Cómo no voy a creer a mi padre? Es un hombre de honor… ¡es el emir de Zayed!
— ¡Y yo soy tu esposa!
—Pero entonces, eso significaría…
—Sí, Edward, eso significa que el hijo que esperaba era tuyo.
—No, eso no puede ser verdad. Mi padre nunca me mentiría. El me dijo que era hijo de Mike.
— ¿Y por eso soy yo quién miente?
Él apretó los labios.
— ¿Qué más da? El niño ya no existe, no hay nada más que discutir.
—Salvo el final de nuestro matrimonio.
Edward no contestó.
—Y ahora estoy atrapada durante otros cinco años en este matrimonio que ya no deseo. Pero no puedes evitar que me marche de Zayed. Aunque no consiga el divorcio, no voy a quedarme.
—No te irás hasta que muera mi padre.
—O cuando termine el mes. Me diste tu palabra de honor. Y quiero que me prometas que después de eso no te acercarás a mí. Nunca.
— ¿Y si no puedo hacerlo, habiibtih —en los ojos de Edward había un brillo de dolor.
Bella lo miró, sin saber qué decir.
* * *
Bella seguía enfadada y confundida cuando bajó al jardín para respirar un poco de aire fresco. Furiosa, le dio una patada a una piedra del camino. Ahora tendría que esperar cinco años más para conseguir el divorcio.
Pero…
¿De verdad quería el divorcio?
¿Cómo iba a seguir casada con un hombre que no confiaba en ella? Había planeado una nueva vida en Auckland, ¿cómo podía dejar todo eso atrás para volver a Zayed?
¿La aceptaría Edward?
Sin pensar, se dirigió hacia donde Edward guardaba sus halcones. Lo encontró allí, solo, en silencio.
— ¿Qué ocurre?
—Noor ha desaparecido.
—Estará cazando…
—No —dijo él—. La solté y no ha vuelto.
— ¿Quieres que vayamos a buscarla?
Edward asintió con la cabeza. Parecía un niño cuyo juguete favorito se hubiera roto. Y a Bella se le encogió el corazón.
Unos minutos después encontraron entre unos arbustos el transmisor que Noor llevaba en la pata, junto con un par de plumas.
Edward apretó los labios.
—Noor no volverá.
* * *
Edward estaba lleno de aprensión. Sabía que Bella lo estaba mirando, pero no quería mirarla para que no pudiera leer sus pensamientos.
La última vez que se marchó de Zayed, Khan desapareció y no volvió más.
Y ahora Noor había desaparecido.
No podía dejar de pensar que aquello era el augurio de que Bella estaba a punto de marcharse de Zayed. Y si lo hacía, no volvería a verla nunca más.
Estuvieron una hora buscando por los alrededores, pero no encontraron ni rastro de Noor. Y cuando volvieron al palacio, una mujer los esperaba en la puerta. Una mujer occidental. Tenía los ojos del color del jade y el pelo oscuro sujeto en un elegante moño.
Bella miró a Edward, interrogante, pero él tenía los ojos clavados en la extraña.
— ¿Eres mi madre? —le preguntó.
Ella asintió con la cabeza. Tenía lágrimas en los ojos.
—Bienvenida a Zayed —dijo Edward entonces, con toda formalidad—. Te presento a Bella, mi esposa.
—Encantada de conocerte. Mi nombre es Esme —sonrió ella antes de volverse hacia Edward—. Gracias por llamarme.
—Tenía que hacerlo.
— ¿Podrás perdonarme, hijo mío? Yo quería llevarte conmigo cuando eras niño, pero no pude hacerlo. Eras el primer hijo del emir, su único hijo, su heredero.
—Sé que no pudiste llevarme. Según las leyes de mi país, los hijos se quedan con su padre.
Bella estaba pálida y Edward se dio cuenta de que debía estar pensando en su propio hijo. Si el niño hubiera sido suyo jamás habría podido marcharse de Zayed.
¿Era posible que el hijo que esperaba hubiera sido su hijo?
¿Le habría mentido su padre? Edward experimentó una sensación amarga en el estómago.
—Yo nunca amé a tu padre —le confesó Esme entonces—. Un día conocí a otra persona y… cuando me quedé embarazada, tuve que tomar una decisión muy difícil.
—Y te fuiste de Zayed.
—No podía quedarme aquí. Si alguien hubiera descubierto que el hijo no era de tu padre habría sido enviada a la cárcel, me habrían quitado a mi hija. Pero me alegro mucho de que me hayas invitado a venir para despedirme de Carlisle… y quizá para empezar de nuevo contigo.
—Hablaremos de eso más tarde —dijo Edward, pensativo—. Te he llamado porque mi mujer cree que mi padre necesita verte. Estás aquí gracias a ella.
Bella tomó su mano y Edward la apretó con fuerza.
* * *
Desde que volvieron del desierto, Bella había evitado acercarse a los aposentos del emir, de modo que Edward lo visitaba a solas. Pero tras la llegada de Esme su marido insistió en que los acompañase.
Cuando llegaron a la habitación, el enfermero se levantó.
—Su Excelencia ha estado muy cansado todo el día.
—Lo sé —dijo Edward.
El emir movió entonces la cabeza.
—¿Esme? —murmuró—. ¿Eres tú?
—Sí, soy yo, Carlisle.
—He estado rezando para que vinieras. Necesito tu ayuda.
Esme apretó la mano delgada del anciano.
—¿Para qué, Carlisle?
—Por nuestro hijo.
— ¿Qué ocurre, padre? Tienes que estar tranquilo, no te preocupes por mí.
— ¿Dónde está tu mujer? —el emir miró alrededor con sus ojos hundidos—. Tengo que hablar con ella.
—Bella, acércate por favor —le rogó Edward.
Bella se acercó a la cama, muy seria. No quería dejarse ganar por un moribundo. No quería perdonarlo por todo lo que le había hecho.
—Vine a Zayed a pedir el divorcio.
—¡Bella!
—No voy a mentir.
El emir cerró los ojos, su expresión angustiada.
—Yo había esperado.
Bella se avergonzó entonces. Se avergonzó de hacerle daño a un hombre que estaba a punto de morir. Por mucho daño que le hubiera hecho.
—Esme, por eso necesito tu ayuda. No he sido justo con nuestro hijo.
— ¿Qué estás diciendo, padre?
— ¿Qué has hecho, Carlisle?
—Le dije a Edward que su esposa había cometido adulterio, que se había acostado con otro hombre.
— ¿Y no era cierto?
— ¿Tú qué crees, hijo mío?
Edward miró a Bella.
—Ella me dijo que no era verdad, me juró… y yo no quise creerla, padre. Mi hijo… Bella, lo siento mucho. Lo siento. Siento que estuvieras sola cuando perdiste a nuestro hijo.
—Bella no perdió a vuestro hijo —dijo el emir entonces.
— ¿Qué quieres decir? ¿Mi hijo está vivo? ¿Dónde?
El emir negó con la cabeza.
—Es culpa mía. Cuando Bella se marchó, le di dinero para que abortase. No quería que tu primer hijo viviera con una mujer que yo no había elegido para ti.
— ¡Padre!
—Carlisle, hiciste algo terrible —murmuró Esme.
—Lo sé —asintió él—. Y os pido perdón. Os pido perdón a todos. Tu madre me suplicó muchas veces que la dejara verte cuando eras un niño y yo siempre me negué. Y luego Bella… quiero pediros perdón a todos antes de morir.
Bella se llevó una mano al estómago. Se sentía enferma y salió un momento de la habitación.
— ¿Te encuentras bien? —Edward apareció a su lado enseguida.
—Sí —dijo ella. Pero no era verdad.
— ¿Abortaste?
—Yo…
—Me escribiste dos líneas diciendo que habías perdido a nuestro hijo. Que lo habías perdido. ¿Sufriste un aborto, Bella?
Ella negó con la cabeza.
— ¡Que Alá me ayude! Mi hijo…
—El hijo del que no quisiste saber nada. Era una niña. Una niña perfecta —la voz de Bella se rompió—. La tuve entre mis brazos. Le puse un nombre. Y luego la perdí.
— ¿La perdiste? ¿Nació viva? ¿Murió? Dime qué pasó, Bella.
—Está viva, la di en adopción.
Fue lo más difícil que había tenido que hacer en toda su vida.
— ¿Te llevaste a mi hija de Zayed, la alejaste de mí y luego la diste en adopción a otra familia?
—Así es —contestó ella—. Se la di a mi hermana. Rosalie no puede tener hijos. Alice, la mayor, es adoptada. Y ahora tiene también a Nessie. Y no puedes robársela. No te lo permitiré.
—Pero tú eres su madre…
—No, no soy su madre. Y tú no eres su padre.
— ¡Edward! Bella… venid enseguida—oyeron entonces la voz de Esme.
— ¿Qué ocurre? —preguntó él.
Esme se había tapada la boca con la mano.
—Carlisle… tenéis que venir.
Cuando entraron en la habitación, el emir respiraba con gran dificultad.
—Tranquilo, padre. El médico llegará enseguida.
Bella se acercó a la cama entonces. .
—Quiero que sepa que mi hija, su nieta, está viva —le dijo, apretando su mano—. Se llama Nessie y es guapísima.
El viejo emir abrió los ojos, en los que ya apenas había vida.
—Gracias por eso, Bella, hija. Ahora puedo irme al paraíso. Cuida de Nessie. Y cuida de mi hijo… te necesita.
A Bella se le hizo un nudo en la garganta. Había ido a Zayed a pedir el divorcio, pero sabía que eso ya no sería posible.
—Lo haré.
— ¿Edward?
— ¿Sí, padre?
—Hay unas tierras que debes darle a Eleazar… ahora las tiene Aro…
—Yo me encargo de todo, padre. Ahora no pienses en eso.
—Por favor, cuida de… de tu madre.
—Sí —musitó Edward.
—Y cuida de tu mujer. Aprende de mis errores.
—Sí.
— ¿Esme…?
—Estoy aquí, Carlisle. No voy a irme.
—Gracias —musitó el emir—. Te quise, Esme, aunque nunca te lo dije. Tú pensabas que sólo me había casado contigo por el petróleo, pero no era verdad. Te quería.
Esme asentía con la cabeza, sin poder disimular su sorpresa.
Y cuando Bella levantó los ojos para mirar a Edward, se ahogó al ver la emoción que había en ellos.
Bueno nenas estamos en la recta final,
Pescui
Para mi es un placer compartir éste sitio con ustedes, el cuál nació del fanatismo por colocar a nuestra pareja favorita en distintos escenarios. Espero que disfruten su estancia, así como nosotras esperamos enriquecernos con sus comentarios y mensajes. Éste sitio lo compartimos Pescui, Rosita y yo, si éstas interesada en subir tus historias, el espacio es tuyo. Les envió un beso y un abrazo de oso. Noelle xD
holaaaa ohh diosss llore con este capii ahora se sabe toda la verdadd guauu y ahoraa que va a pasarr....estoy intrigadaa...asi que Nessie es hija de ellos dos en realidad uhh!!que complicadoo al final Carlisle dijo toda la verdadd...bueno pobre Edward creia ciegamente en su padre y se lleva muchas sorpresas aparte que se entero de muchas cosas en un soloo diaa...asii que estamos en la recta finall noo que pena que ya se terminaa...bueno noss leemos en el que siguee!!!lo voy a esperar ansiosa!!adioss!!
ResponderEliminarHolaaa
ResponderEliminarMe he emocionando tando. sock total no esperaba nada de lo de Nessi.
Besos
Ahora si k me hisiste llorar no me despido y nos seguimos leyendo
ResponderEliminarohhh por Dios, Nessie es hija de Bella y Edward, que fuerte!!! la entregó a su hermana jamás lo hubiese pensado. Me he emocionado con este capitulo, las lágrimas se me han saltado. Me encanta!!!
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