Capítulo 13
Edward agarró la cadera de Bella con la mano izquierda. La derecha, la deslizó hasta
su sexo donde comenzó a trazar suaves y lentos círculos, rozando con la yema de los
dedos el brote de su clítoris. La acarició hasta que ella se quedó sin aliento. Hasta que
se aferró a las sábanas y un nuevo rubor le cubrió la piel pálida.
Tras habérsele negado el climax tantas veces, ella comenzó a implorar.
—Por favor, Edward. Ahora. Dios, ahora…
Volvía a estar a punto de correrse. Edward no iba a impedírselo esta vez.
Colocó las manos sobre sus muslos abiertos, los separó aún más, y, apretando los
dientes, empujó con fuerza en su interior.
El canal de Bella cedió lentamente. Aunque Edward sentía el latido de su corazón en
los oídos, el grito femenino se abrió paso en su mente. Pero no había vuelta atrás. Se
deslizó dentro de ella. Luego la agarró por las caderas, las alzó hacia él e inclinándose
sobre ella, introdujo su miembro un poco más.
Por fin, estaba dentro. Por completo.
Estremeciéndose, Edward se dio cuenta de que jamás se había sentido tan bien
con una mujer. Era como estar en… casa. Antes de Bella, no lo había echado de
menos. Ahora, de una manera primitiva y elemental, Edward supo que ella era suya.
Bajo él, ella se retorció sobre las sábanas blancas y lo observó con los ojos color chocolate y brillantes por las lágrimas no derramadas. Quizás debería de
haber ido un poco más despacio. La culpa ante su dolor lo inundó.
—Lo siento —gimió él.
—Ahora es cuando viene la mejor parte, ¿verdad? —jadeó ella—. Ni se te ocurra
detenerte ahora.
Bella debía de haber perdido el juicio si pensaba que él podría retirarse en ese
momento. Pero estaba resuelto a aliviar su dolor.
Obligándose a permanecer inmóvil, a pesar de todo el esfuerzo que le costó, Edward
hizo girar de nuevo las yemas de sus dedos sobre el clítoris de Bella, aliviándola y
enardeciéndola al mismo tiempo. Le llevó un momento conseguirlo, como si el
cuerpo femenino se hubiera replegado ante la invasión de su miembro. A Edward le
hervían los testículos mientras mantenía su miembro envuelto en aquella funda, pero
no se movió ni un centímetro. Emmet pareció comprender su propósito y se dispuso
a ayudarlo acariciando los pezones de Bella y besándola profundamente en
la boca.
Poco después, Edward sintió cómo ella se tensaba en torno a él, apretándolo todavía
más. Se estremeció y jadeó. La explosión era inminente. Maldición, era
asombrosa. Edward quería que Bella se corriera ahora… por si acaso el resto del
coito era demasiado doloroso esa primera vez.
Bajo sus dedos, los sollozos femeninos se convirtieron en gemidos. Los gemidos
en súplicas, y, por fin, las súplicas en un grito espectacular de liberación cuando todo
su cuerpo se arqueó hacia él, y su sexo lo apretó con un agarre desesperado,
casi robándole el control y el semen.
Dios, era hermosa así unida a él, despojada de cualquier brizna de control ante el
placer…
Edward se tensó ante la promesa de éxtasis que tentaba a su pene. Apenas logró
controlarse.
Pero había esperado demasiado tiempo a estar dentro de Bella para correrse a la
primera de cambio. Ella había esperado demasiado para su primera vez y no iba a
dejar que todo acabara en un santiamén. De alguna manera, tenía que conseguir
que aquella primera vez fuera especial para ella. Memorable. Incluso aunque ella los
abandonara después de que pasara el peligro, él quería que lo recordara. Quería
formar parte de su corazón como ella formaba parte del suyo.
Cuando los estremecimientos del orgasmo remitieron y las paredes de su sexo
lo acariciaron con lentas palpitaciones, Edward se retiró un poco, hasta que sólo el
glande permaneció en el interior de la vagina, y luego volvió a penetrarla. Comenzó a
marcar un ritmo lento y suave, pensado para deslumbrarla. Ella respondió desde el
principio a sus caricias, jadeando, ciñéndose en torno a él, mirándolo con los ojos
llenos de admiración.
—Edw…ard. Tú… er… ¡Oh, Dios mío! —jadeó ella—. Ese roce es…
—Eso es, gatita. —Él también lo sentía. Sin el látex entre ellos, el roce piel contra piel
los recompensaba con las sensaciones más asombrosas. Pero no se trataba sólo
de algo físico; él podía sentir a Bella en todas partes, de todas las maneras posibles,
dentro y fuera y quería que ella también lo sintiera.
No creía que fuera fácil conseguir que ella se corriera de nuevo. Normalmente las
vírgenes no alcanzaban el orgasmo en el primer coito. Bella acababa de tener un
climax mortífero. Pero él siguió intentándolo… deslizando lentamente su glande
desnudo por las paredes vaginales, rozándolo contra su cerviz mientras ella lo acogía
en su interior.
Iba a intentar con todas sus fuerzas que ella alcanzara un último estallido de placer.
Doblando las rodillas, Edward se aseguró de que el extremo de su pene rozara contra
la pared superior de la vagina de Bella, deslizándolo suavemente hasta que ella
contuvo el aliento, hasta que se tensó en torno a él. Había encontrado su punto G.
«¡Te tengo!», pensó él con una sonrisa.
—¿Quieres volver a correrte? —preguntó él, aguijoneando aquel nudo de nervios.
Ella asintió débilmente con la cabeza y se volvió a tensar en torno a él.
—¿Lo harás conmigo?
Cuando él se sumergió de nuevo, el roce casi lo hizo poner los ojos en blanco.
—Oh, por supuesto.
Emmet le acarició a Bella las húmedas mejillas, apartándole con suavidad el pelo de la
sien.
Se acomodó su lado y, enterrando la cara en su cuello, comenzó a provocarla con sus
palabras.
—Eres asombrosa —le murmuró al oído—. Quiero que te abras. Has aceptado
cada centímetro de Edward a la perfección. Quiero ver cómo te corres de nuevo.
¿Puedes hacerlo por mí? La mera visión me pone a cien. No quiero ni imaginar qué
provoca en Edward.
Cielos, su primo era muy bueno para estimular la imaginación de una mujer. Un
mental frenesí de deseo siempre se traducía en un éxtasis corporal. Pero por si
acaso, Emmet apartó los dedos de Edward de su clítoris y los reemplazó con los suyos.
—Aaaahhhh —gimió Bella, moviendo la cabeza frenéticamente de una manera
que decía que estaba camino de alcanzar el orgasmo de nuevo.
Demonios, Emmet incluso lo había provocado a él. Eso y ver cómo su grueso pene
desaparecía en el interior de Bella, cómo ella se dilataba para él, tomándole
por completo. Mientras miraba cómo su miembro penetraba en el cuerpo
femenino, Edward supo que ella lo acogía de buen grado porque él le importaba.
Aquel pensamiento casi lo hizo explotar.
—¿Te gusta sentirlo dentro de ti, cariño? ¿Te gusta sentirte llena?
Ella asintió frenéticamente con la cabeza mientras él volvía a rozarle el punto G con su
pene y Emmet continuaba acariciándole el pequeño brote del clítoris. Bella le
agarró el brazo, cogió a Emmet por el pelo y gimió.
—Me encanta observar cuánto te gusta esto, tan entregada y excitada —masculló Emmet.
Edward tragó saliva, intentando detener la creciente necesidad de correrse y
centró su atención en Bella, en su cuerpo, en las señales que emitía. Parecía
estar llegando al climax. Ojalá no tardará mucho. «Por favor…».
—Cuando estás a punto de correrte, tus pezones están preciosos, enrojecidos y duros.
Emmet se inclinó sobre ellos, los mordisqueó y los succionó, con un ritmo lento y
metódico, como si no tuviera otra cosa que hacer en todo el día.
Bella latió en torno al miembro de Edward, se tensó con fuerza.
Ella buscó la mirada de él, implorando con aquellos ojos color chocolate, cerca del
pánico. Edward la animó.
—Sí, gatita. Eso es. Córrete por mí. Quiero sentirte…
—Bésame —le rogó ella.
Tras una rápida mirada a Emmet, que asintió con la cabeza, Edward se inclinó y apoyó su
vientre sobre el de ella. Luego se rozaron sus pechos. El contacto fue ardiente, y
Edward contuvo el aliento ante las impactantes sensaciones. Luego asaltó sus
labios, fusionando sus bocas. «Oh, demonios…». Era caliente por dentro y por
fuera. El sudor cubría ambos cuerpos, produciendo fricción en cada punto de contacto.
Aquello pezones duros se deslizaron por su torso, y ella jadeó entrecortadamente.
Edward movió su cuerpo con la misma violencia que su boca, aferrándose a las caderas
de Bella con cada posesivo envite. Ella le rodeó con las piernas y lo atrajo
todavía más profundamente en su interior. Él se estrelló contra ella una y otra
vez. Y otra. Retorciéndose, Bella gimió con fuerza. La sangre corrió por sus venas. Los
corazones latieron a un mismo ritmo desesperado.
Bella gritó en su boca. Su cuerpo se convulsionó bajo él, y Edward la apretó con
fuerza, bombeando en aquella apretada funda rítmicamente y sin piedad.
Luego, una luz ardiente y cegadora lo envolvió, consumiendo todo su cuerpo. La bola
de fuego descendió desde la base de su espalda hasta sus testículos que se tensaron y
estremecieron con una fuerza que lo dejó sin aliento. Inmediatamente después, un
sublime placer estalló en su miembro, y algo se abrió paso en su pecho cuando se
vertió en ella, inundándola con su pasión, con su semen. Algo que se parecía
sospechosamente al amor.
La luz del amanecer entraba por una pequeña ventana a la izquierda. Bella parpadeó,
y miró a su alrededor del dormitorio desconocido. Una cama antigua, un tocador igual
de antiguo, una enorme mecedora vacía en una esquina…
Luego lo recordó todo. Louisiana. La bomba. Su padre. La cabaña de Marco Vulturi. La
noche anterior. Edward penetrando en su cuerpo. Emmet observando cada instante
mientras la alentaba con sus palabras provocativas.
Después de eso, Bella no recordaba nada más.
—Buenos días —le murmuró Emmet al oído.
Él se acurrucó más cerca, el calor emanaba de él como de un horno. Algo en la manera
de saludarla, en la manera en que la rodeó con los brazos y la acercó a su cuerpo, le
dijo a Bella que Emmet se había despertado excitado y preparado para algo más que un
saludo casual.
—Hola. —Bella ocultó su cara con timidez.
Era una locura sentir vergüenza después de todo lo que había hecho con él.
—¿Has dormido bien? —Le depositó unos suaves besos en el cuello, en la
curva de la garganta, en la curva de sus pechos.
—Mmm, como un tronco. ¿Y tú?
Emmet se acercó todavía más hasta que la parte delantera de su cuerpo estuvo pegada
contra el costado de Bella. La acerada longitud de su erección presionó contra la
cadera femenina en una pregunta silenciosa.
—No tan bien.
¿De veras? Emmet solía dormir bien, en especial después de… oh, él no se había corrido la
noche anterior. Ella había hecho el amor con Edward y luego se había quedado
dormida.
—No llegué a hacer nada contigo, ¿verdad? Te dejé…
—¿Con los testículos azules? —Emmet sonrió, haciéndole saber que estaba bien.
—Lo siento.
Con otra sonrisa sensual y un roce del pulgar sobre sus pezones, ligeramente
doloridos, Emmet dijo bromeando:
—¿Estás dispuesta a resarcirme? Es decir, si te apetece.
Bella vaciló al saber que Emmet quería hacer el amor con ella. ¿Cómo se sentiría
ella si aceptaba? ¿Cómo se sentiría Edward?
Isabella había sabido desde el principio que iban a compartirla. Edward y Emmet jamás
habían indicado otra cosa. Si sus intenciones hubieran cambiado, Edward hubiera
echado a su primo del dormitorio la noche anterior, ¿no?
Aun así, Bella vaciló. La noche anterior no sólo había habido sexo entre Edward y
ella. Y no era la única que se había dado cuenta. Edward la había poseído con
sentimiento y pasión. Y no había negado que la amara. ¿La convertía eso en amante
exclusiva de él?
Y si así fuera, ¿por qué era Emmet el hombre que estaba ahora tumbado a su lado, en
especial cuando Edward sabía que su primo siempre se despertaba excitado?
En vista de eso, Bella dudaba que lo de mantener una relación a tres bandas
hubiera cambiado.
Además, Edward parecía querer que Edward estuviera con ellos, casi como si fuera
su red de seguridad. Si ella quería tranquilizar a y alentarlo para que le
abriera el corazón y le contara sus secretos, decirle que no a Emmet no era una sabia
elección.
No es que fuera un sacrificio. Puede que Bella amara a Edward con todo su
corazón, incluso era posible que lo amara cuando tenía diecisiete años y apenas era
capaz de manejar las demandas que él provocaba en su cuerpo ni la fuerza de
sus sentimientos. Pero permitir que Emmet siguiera allí, era un pequeño precio a pagar,
si con eso conseguía que Edward permaneciera con ella. Además, ella adoraba a
aquel chef tan sexy y caliente. Su manejo de las palabras —y de las manos— era,
sencillamente, sublime.
Bella se contoneó, cambió de posición, para observar cómo se sentía.
—Estoy dolorida, pero no demasiado. Si eres suave…
—Por ti, cariño, sí.
—Mmm, antes necesito hacer una visita rápida al cuarto de baño. —Definitivamente
sentía cada una de las diez horas de sueño en la vejiga llena.
—Por supuesto. Te estaré esperando. Con impaciencia —bromeó él—, pero esperaré.
Ella depositó un beso de agradecimiento en su mejilla y rodó al lado contrario
con la intención de salir de la cama y atravesar el pasillo hacia el pequeño cuarto de
baño.
Pero se tropezó con Edward.
Ahora estaba despierto, pero allí, enredado entre las sábanas, parecía somnoliento.
El corazón de Bella dio un vuelco.
—¿Has dormido aquí?
Edward se puso tenso.
—Sí.
Bella no pudo contener una sonrisa de oreja a oreja.
—¿A mi lado?
—Sí. —Porque no había querido separarse de ella, decía su mirada.
Eso era nuevo. Era la primera vez que dormía con ella. Como… si hubiera
dado un poquito más de sí mismo.
Bella no se detuvo, no cuestionó su deseo, sólo lo abrazó y le plantó un suave beso en
la boca. La conexión que había surgido en la intimidad de la noche anterior, surgió
entre ellos una vez más, rápida y audaz. Él la rodeó con sus brazos y la colocó encima
de él, sobre una saludable erección. Cuando la apretó contra ella, el sexo de Bella
volvió a la vida.
—¿Estás bien? —le preguntó él.
—¿Y tú?
Los ojos chocolate se veían preocupados y tormentosos ante la pregunta.
Ella intentó preguntárselo con otras palabras.
—¿Si Emmet y yo…?
Él lanzó una rápida mirada a su primo mientras le acariciaba la espalda. En ese
instante, ella percibió vacilación, luego resignación.
—Sí. Emmet y yo compartimos. No es ningún secreto.
Puede que no hubiera sido un secreto, pero no parecía gustarle que ella
mantuviera relaciones con Emmet. Quería presionar un poco más a Edward, pero la
llamada de la naturaleza la reclamaba de manera insistente.
Mientras se ponía la bata blanca y atravesaba el pasillo en dirección al baño,
donde se encargó de sus necesidades y de cepillarse los dientes, Bella consideró
la reacción de Edward. Parecía no estar seguro de querer compartirla pero se sentía
obligado a ello por alguna razón que ella no podía entender.
Quería hablarlo con él. Emmet había estado convencido de que si ella persuadía a Edward
para que hiciera el amor con ella, éste le contaría todo su pasado. Pero sabía por
intuición femenina — y por haber estado viviendo con militares toda su vida— que no
iba a ser tan fácil. Los agentes de las fuerzas especiales estaban entrenados para
no divulgar información clasificada bajo ningún tipo de coacción o tortura. Ni
siquiera utilizando su mejor arma, conseguiría que Edward se fuera de la lengua.
¿Y ahora qué? Bella negó con la cabeza. Parecía que no podía hacer otra cosa
que dejarse llevar y ver cómo terminaba todo. No era su estrategia favorita. El coronel
siempre había sido partidario de los planes cuidadosos, pero a veces, a grandes males,
grandes remedios…
Guardó el cepillo de dientes y volvió a recorrer el pasillo. Emmet estaba tumbado en
medio de la cama como una pacha esperando a la mujer que le proporcionaría placer.
No resultaba difícil imaginarlo como algún tipo de príncipe nórdico con aquel
cabello rizado y oscuro , los ojos de color cobalto entornados de aquella manera
intrigante, y toda esa piel pálida.
—Ven aquí, cariño —murmuró él, abriendo los brazos.
Bella sintió un pequeño estremecimiento producido en parte por el afecto y en parte
por el deseo. Un deseo pujante. A Bella le gustaba Emmet, sencillamente lo adoraba.
Pero, ¿llegaría a amarle alguna vez con el mismo fuego incontrolado, con la misma
pasión arrolladora que sentía por Edward?
Entro en la habitación con vacilación. Sintió a Edward en la esquina, se giró y lo
observó, vigilante y silencioso.
Bella le tendió la mano. Él se la cogió y tragó saliva.
—Edward, si no quieres…
—Emmet lleva toda la noche esperando esto, esperándote a ti. Te necesita. Dios sabe
que yo no lo tocaré.
Bella sonrió ante aquella tentativa de humor, pero podía ver que se sentía desgarrado
por eso. ¿Por qué la compartía? ¿Por deber? ¿Por lealtad? Sencillamente, no lo
comprendía.
Y si le preguntaba, sabía que no le respondería.
—Supongo que entonces es cosa mía.
Soltando la mano de Edward, se subió a la cama, donde Emmet la recibió con un suave
beso. Con una tierna caricia, él le ahuecó la cabeza con la palma de la mano y la
deslizó por su cuello y su hombro.
—Eres tan suave, cariño. Voy a ser muy cuidadoso contigo.
«Dulce». Era la palabra que mejor describía a Emmet. Bella le acarició la cara.
—Suena muy bien.
Él le dio otro beso, un poco más largo que el anterior, un intercambio de alientos, un
suave roce de labios, y de lenguas. Unos minutos más tarde, Bella levantó la cabeza y
se dio cuenta de que, sólo con un beso, el corazón le latía como un pelotón militar de
marcha por el campo. Y que su sexo ya estaba… mojado. Pero faltaba algo.
Miró a Edward.
—¿Vienes?
No pasó ni un instante antes de que él diese dos enormes zancadas y saltase en la
cama a su lado.
—Tomaré eso como un sí.
Edward la empujó para que se tumbara sobre la espalda y cubrió su boca en
un beso arrollador y ardiente… rápido, intenso, voraz. Luego la hizo girar hacia Emmet,
arrancó la sábana de un tirón y la instó a tomar el miembro de su primo.
—Succiónale. Con suavidad. Juega con él. Pero no dejes que se corra.
Edward impartió las órdenes con la cara inexpresiva y dura como el granito. Bella
quería conocer las razones de su insistencia y su reticencia, pero Edward no se las diría
ahora, y ella lo sabía. Además, Bella quería mantener a Emmet a su lado, no sólo porque
eso era lo que quería Edward, sino porque, si bien Edward poseía su corazón, Emmet era
un magnifico amante.
Pero tampoco estaba dispuesta a permitir que Edward tomara el mando. Quería
que él también la tocara.
—¿Y tú qué vas a hacer? —lo desafió, pasándose la lengua por los labios.
—Anoche, Emmet casi te llevó al borde de la locura antes de que yo te poseyera. Ahora
vas a devolverle el favor.
Antes de que Anahi pudiera responderle, Edward la empujó hacia abajo. Emmet le deslizó
la mano en el pelo y la atrajo hacia sí, urgiéndola hacia su expectante erección.
Después de haber oído sin querer cómo Mike y Jacob discutían los méritos de una
buena mamada, Bella tenía algunos conocimientos más para avivar el fuego de Emmet.
Sonriendo, le pasó los dedos por el interior de los muslos, desrizándolos lentamente
hacia sus testículos. Él gimió cuando Bella bajó la mano hacia ellos, levantándolos y
ahuecándolos. Restregando con suavidad el pulgar por la tersa superficie, centró su
atención en la tensa longitud de su erección. Era enorme. No se podía negar que
estaba bien dotado. En eso, era evidente su parentesco con Edward. En eso y en
que siempre estaba duro. El glande de Emmet estaba tan hinchado que parecía una
ciruela, púrpura y deliciosa.
Bella deslizó la punta de la lengua a lo largo del pene, desde la base al glande,
lamiendo todo el recorrido y encontrando un sensible lugar en la parte inferior
que lo hizo jadear. Entretanto, buscó la piel suave de debajo de los testículos y
presionó allí.
Emmet contuvo el aliento y casi dio un brinco.
—Santo Dios…
Mientras él intentaba dominarse, Bella sintió a Edward observándolos por encima de
su hombro. Para comprobar si era así, pasó la punta de la lengua a lo largo del
miembro de Emmet, y Edward cerró los puños sobre ella.
Finalmente, Edward la puso de rodillas y le arrancó la bata, cubriéndole la
espalda con su cuerpo. Fue imposible ignorar el duro torso que se apretó contra su
espalda y la dura y desnuda erección que se pegó a su trasero.
—Bella, cariño. —Debajo de ella, Emmet arqueó las caderas hacia su lengua azuzadora.-
Tómame con la boca.
—Pronto —se burló ella, depositando una lluvia de besos sobre su vientre y pasándole
las yemas de los dedos por los muslos y las caderas. Al llegar al abdomen,
trazó la forma de su miembro con la lengua.
Emmet aspiró de forma audible.
—Vas a hacerme pagar por lo de anoche, ¿verdad?
No era una pregunta; Emmet conocía la respuesta. Bella sabía que no tenía ni un pelo de
tonto.
Aun así, ella sí se hizo la tonta.
—¿A qué te refieres? Edward ha dicho que juegue contigo.
Bella deslizó el dedo a lo largo de su miembro sin ejercer presión. Él rechinó los
dientes e intentó contenerse.
—Maldición, pero no que me vuelvas loco.
—Oh, ¿quieres correrte? —le preguntó ella, retrocediendo.
—Estaría bien —masculló él.
—Seguro. Pero ayer por la noche casi me llevaste al climax ocho veces para luego
dejarme con las ganas, así que tengo todo el derecho del mundo a tomarme la
revancha. Aún te quedan siete.
Ante esas palabras, Emmet salió de la neblina sensual en que se encontraba y abrió los
ojos. Oscura, hambrienta, insondable, centró la mirada en ella y le prometió vengarse
si continuaba por ese camino.
¿Acaso no la había sometido ya a la peor de las torturas? La elocuente mirada
masculina decía que no. Bella se estremeció.
Emmet le metió los dedos en el pelo y se lo agarró con un puño.
—No juegues conmigo, cariño. No podré ser suave y delicado si haces eso.
A sus espaldas, Edward se movió, instándola a bajar la cabeza otra vez.
—Sólo succiónale profundamente. Yo te diré cuándo debes detenerte. Si te apartas
antes de tiempo, descubrirás que Emmet se queda corto comparado conmigo en lo que
se refiere a negarte el orgasmo.
Bella no dudó ni por un momento de que Edward cumpliría esa amenaza de buen
grado.
Relamiéndose los labios, le brindó a Emmet una mirada ardiente y tomó su
miembro en la boca, conduciéndolo hasta su garganta.
Entre aplacado y excitado, Emmet la alentó con gemidos y palabras de ánimo. Ella
quedó satisfecha del resultado cuando una capa de sudor le cubrió el pecho y él
comenzó a follarle la boca con unos lentos envites de caderas.
Vaya, aquel hombre era, sencillamente, delicioso.
Pero Edward no se conformó con solo mirar. Por supuesto que no.
Todavía detrás de ella, volvió a cubrirle la espalda con su pecho y le acarició los
pechos, tomando los sensibilizados pezones entre el pulgar y el índice, y
pellizcándolo suavemente. El cálido aliento de Edward en su cuello la hizo temblar.
Luego él comenzó a hablar.
—Sigue succionándole y siénteme… aquí.
«Aquí» resultó ser la palma de su mano cubriéndole el sexo, presionándole el clítoris
con ella. Su sexo se inundó de deseo. Y, al instante, estuvo tan mojada que casi goteó.
Con manos ansiosas, le separó más las rodillas, y comenzó a trabajarla con los dedos.
—Podría seguir tocándote hasta que te corrieras —le gruñó Edward al oído—, pero
contigo voy a poner en práctica otra cosa. Voy a rodear con firmeza tu clítoris,
luego voy a tocarlo suavemente con la yema del dedo. Tan suavemente que te
preguntarás si lo has imaginado. ¿Me equivoco? —se lo demostró mientras
hablaba. Ante su gemido, él continuó—: Luego voy a atraparlo entre dos dedos y a
frotarlo lentamente.
Y así lo hizo. Bella se quedó sin aliento. Una sensación nueva la atravesó
cuando él atrapó su clítoris entre los dedos índice y corazón y lo acarició por los lados,
friccionándola hasta que prendió fuego a todo su cuerpo.
—Ahora, voy a empezar de nuevo y, de paso, acariciaré el resto de este ardiente
coñito húmedo. Pero no lo suficiente para que te corras.
Durante los siguientes minutos, él demostró lo mortalmente efectiva que era su
técnica. Con un grito, ella se retorció cada vez que él cambiaba de toque. Cada vez
que sabía que ella estaba a un par de caricias de correrse, cambiaba de tercio, y hacía
vagar sus dedos por otro lugar hasta conducirla a la locura.
Cuanto más excitada estaba Bella, más voraz era con el miembro de Emmet.
Gimió en torno a la gruesa erección, pasándole la lengua por el glande hinchado,
curvando los dedos en la base y apretándolos. Luego jugaba con sus testículos,
pasándole un dedo por debajo y restregando sus pezones por la superficie.
—Lo haces muy bien, cariño. —Emmet parecía sudoroso y estupefacto—. ¿Dónde
demonios has aprendido eso?
Bella no contestó. No podía. Además, no quería dejar de lamer cada delicioso
centímetro de Emmet.
El atractivo y sexy chef inspiró profundamente.
—No sigas. No puedo soportarlo más.
Eso le pasaba a ella también.
Edward seguía moviendo sus manos, cambiando la presión de su toque,
acariciando en aquella ocasión el nudo hipersensible de su clítoris. Un ligero y lento
roce de la yema del dedo masculino sobre su piel la llevó al límite otra vez. Oh… el
placer era cada vez más intenso, estaba a punto de acabar con ella. Se acercaba
un orgasmo atronador. Bella jadeó y se retorció, soltando el miembro de Emmet.
En cuanto ella hizo eso, Edward aligeró sus caricias electrizantes. Lágrimas de
frustración —y de necesidad— se agolparon en los ojos de Bella.
—¡No! —gimió ella.
—Sí —la contradijo Emmet, cogiéndola con insistente fuerza del pelo y obligándola
a encontrar su hambrienta mirada—. No puedo esperar a sentir cómo te corres en
torno a mí.
La agarró de las caderas y la aproximó hacia él, apartándola bruscamente del
agarre de Edward y montándola a horcajadas sobre su anhelante erección.
Cuando Emmet la empujó hacia abajo, arqueó a la vez las caderas, deslizándose dentro
de ella.
Y de golpe, Bella se sintió completamente colmada con aquella carne
increíblemente dura.
Él soltó un prolongado y ronco gemido. Y siguió penetrándola, hasta que ella
hubiera jurado que podía sentirlo en las amígdalas. El sexo de Bella estaba
definitivamente dilatado ante esa penetración, casi al borde del dolor.
Encima de él, ella gimió, se tensó, haciendo fuerza con los muslos para detener la
profunda embestida. Ambos fueron en su rescate levantándola ligeramente.
—¿Estás dolorida? —murmuró Emmet. Ella asintió débilmente con la cabeza.
—Un poco.
A sus espaldas, Edward la instó a bajar de nuevo sobre el miembro de Emmet mientras la
besaba en el hombro.
—Sólo duele un poco al principio, pero puedes tomarlo, gatita. Acéptalo entero.
Quiero ver cómo te corres.
Antes de que ella pudiera siquiera contestar, le exploró con la punta de los
dedos los pliegues mojados, y apretó su clítoris anhelante.
Emmet se hundió hasta el fondo al mismo tiempo que Edward le presionaba el clitoris. Su
grito se convirtió en un gemido cuando Emmet apretó su miembro contra la sensible cara
anterior de su vagina. Edward la acarició levemente con los dedos. La llevaban
casi al borde del éxtasis para a continuación retirarse a la vez en perfecta sincronía.
—Más duro. Ahora. ¡Más!
Apretando los dientes, Emmet entró en ella de nuevo, llenándola lentamente,
rozando el glande sobre su sensible punto G. Edward se tomó su tiempo describiendo
lentos círculos sobre el único lugar que la haría estallar en mil pedazos.
El deseo crepitante se convirtió en ardor. La presión en una necesidad imparable. Todo
se juntó, se concentró. Bella comenzó a jadear, sujetándose a los hombros de Emmet
para apoyarse y agradeciendo el soporte que ofrecía el brazo de Edward en su
cintura cuando las sensaciones la hicieron subir todavía más.
Luego comenzó a volar, ingrávida y jadeante. Subió, y siguió subiendo hasta que
explotó en un calor ardiente. Bella se estremeció, y su cuerpo se cerró firmemente
en torno al miembro, duro y tenso, que Emmet enterraba en su cuerpo mientras
que aquel intenso placer palpitante se extendía a través de su cuerpo como una
inyección de alcohol puro.
Tras unos minutos, Bella regresó a la tierra. Con los ojos cerrados, luchó por recobrar
la respiración. Estaba cubierta de sudor.
Dios, estaba cansada. Rendida. No creía tener fuerzas para más. Otro orgasmo como
ése y perdería el conocimiento.
Pero el roce del duro miembro masculino que llenaba su sexo, que se apretaba contra
su cervix la hizo regresar con una boqueada. Emmet apretaba los dientes y se aferraba a
sus caderas. No había terminado.
Casi con desesperación, Edward empujó la espalda de Bella. Ella cayó sobre el pecho
de Emmet, y éste la agarró y la urgió a separar los labios para enredar su lengua con la de
él, dominando su boca con un beso voraz.
Antes de que ella pudiera siquiera responder al asalto de Emmet, Edward comenzó a
moverse, indagando en su entrada trasera con un par de dedos lubricados. La
prohibida sensación de ese acto envió nuevas oleadas de deseo a los lugares
adecuados. Terminaciones nerviosas que ella había creído dormidas se excitaron. Se
sintió llena, por delante y detrás, dilatada, tensa.
Estaba claro que tampoco Edward había terminado con ella.
Echando la cabeza hacia atrás, ofreció la garganta a Emmet. Él aprovechó la
ocasión y le mordisqueó el cuello hasta alcanzar el lóbulo de su oreja con los dientes,
haciéndola estremecer con su cálido aliento sobre el hombro.
Oyó una especie de rasgadura. Oh, Dios, conocía el sonido. Edward estaba
abriendo un condón. Edward no podía estar pensando en…
La pecaminosa sonrisa de Emmet le dijo que Edward sí lo hacía.
—Estáte quieta, cariño. —Emmet la agarró por las caderas para asegurarse de que lo
hiciera.
—Pero Edward… Va a…
—Va a follarte mientras Emmet te folla —le gruñó Edward al oído, con aquel tono ronco
que hizo que se estremeciera—. Bienvenida a los auténticos ménages, gatita.
Prepárate para conocer qué significa tener un orgasmo múltiple.
La ardiente promesa de su tono hizo que otro violento despliegue de deseo detonara
en su vientre, en su sexo, esparciéndose como un río de lava por sus piernas, por sus
pezones. Pero eso no fue todo. El deseo se mezcló con la ansiedad. Tomarles a los dos
a la vez implicaba no sólo éxtasis sino dolor.
—No te tenses —susurró Emmet, tranquilizándola.
Era fácil para él decirlo. No estaba a punto de ser penetrado por dos sitios distintos… a
la vez.
—El condón está lubricado para facilitar la penetración. Edward te
tomará lenta y suavemente. Tú sólo debes relajarte.
A Bella se le cubrió la espalda de sudor. Edward comenzó a indagar en su entrada
trasera, deslizando el glande en su interior.
—Empuja hacia mí. —Su voz no era más que un duro jadeo.
Ella lo hizo, mientras él la agarraba por los hombros y comenzaba a penetrar en el
tenso anillo de músculos… y más allá.
Tras una punzada inicial de dolor, Bella se quedó sin aliento. Luego Edward
comenzó a presionar, estimulando prohibidas terminaciones nerviosas que de
repente cobraron vida. Al fin, Edward estuvo completamente enterrado dentro de su
recto.
Oh, Dios, se sentía completamente llena con aquellas dos duras erecciones. Tan
empalada, que con sólo respirar profundamente se acrecentaba esa sensación de
desbordamiento.
Sólo una fina pared de tejidos separaba los dos miembros y ella intentó
imaginar qué sentiría cuando comenzaran a moverse. ¿Fricción? Seguro. ¿Placer?
Condenadamente intenso.
—¿Puedes soportarlo? —Por el tono áspero y ronco de Edward, era innegable
el tenso control que ejercía sobre sí mismo.
Antes de que ella pudiera siquiera contestar, ambos se dispusieron a conseguir
que la respuesta fuera un sí; Edward trazó un sendero de dulces besos desde el
cuello al hombro y jugueteó con su clítoris mientras que Emmet la besaba en la garganta
y le rozaba los sensibilizados pezones.
No había lugar donde no la tocaran, donde no la hicieran arder con un intenso placer
que inundaba su cuerpo de pies a cabeza, ahogando sus miedos. Pero no se movían.
Bella frunció el ceño, preguntándose porqué. Luego se dio cuenta de que esperaban
su respuesta. Tenían que ser un infierno contenerse —no es que no se lo merecieran
por juguetear con ella hasta casi tenerla a un suspiro de perder el juicio—, pero sabía
no se moverían hasta que ella les diera luz verde. Ese tipo de consideraciones —como
atravesar Tejas al pensar que estaba herida o que podría necesitarlos después de
la explosión— le decían a Bella cuánto les importaba.
Contoneó las caderas. Sus terminaciones nerviosas brincaron prácticamente al
ritmo del chachachá. Un atisbo del placer que estaba por venir le atravesó los
sentidos, y Bella supo que no podría esperar más para disfrutar de esa experiencia.
—Puedo soportarlo. ¿Acaso no estáis preparados ya, chicos?
—Yo que tú no me burlaría. —La voz de Emmet sonaba tensa.
Bella contoneó las caderas de nuevo y le dirigió una sonrisa insinuante. Él
siseó en respuesta.
—Dejaré de burlarme si comenzáis a follar de una vez.
—Trato hecho —gruñó Edward, a la vez que se retiraba para luego zambullirse en su
ano con una embestida asesina a la vez que le pellizcaba el clítoris.
Bella gritó, pero se interrumpió cuando la boca de Emmet cubrió la suya mientras
se retiraba lentamente de su vagina, provocando una fantástica fricción en el
momento que Edward se introducía en su recto. Luego cambiaron las tornas,
Edward se retiró y Emmet, arqueó las caderas, llenando su hinchada vagina con cada
centímetro de su miembro.
Repitieron el proceso una y otra vez, sin dejar de mover sus bocas, sus dedos
y sus miembros implacables.
La trabajaron como una máquina bien engrasada. Era obvio que habían hecho eso
antes, que lo habían hecho montones de veces. Que sabían con exactitud cómo
moverse para incrementar al máximo el placer de ella. Un placer que se preveía
muchísimo mejor que cuando sólo la poseía uno. Iba a suceder algo… extraordinario.
Al cabo de unos minutos, la sensación la abrumó. Todo su cuerpo comenzó a
estremecerse mientras el palpito entre sus piernas comenzaba a crecer, a
incrementarse, a multiplicarse más rápido de lo que ella podía soportar. Casi se le
detuvo la respiración mientras empleaba todas sus energías para moverse con ellos y
canalizaba la oleada de intenso placer que la embargaba.
—Estás a punto de correrte —le murmuró Emmet en el oído—. Me muero por sentirte
otra vez mientras lo haces.
No, era ella la que se moría. Punto. Se sentía abrumada, avasallada. Las sensaciones
eran cada vez más intensas, casi aterradoras. Todo su cuerpo se centraba en el
ardiente ritmo que marcaban los dos miembros que asaltaban su cuerpo, en los
insistentes dedos que la acariciaban y pellizcaban, en el aliento de esas dos bocas
masculinas que la lamían, la mordían… le exigían todo.
—No vas a aguantar más que nosotros, gatita —le prometió Edward.
Emmet la penetró tan profundamente, que ella pudo sentirlo rozándole la matriz; una
nueva oleada de chispas ardientes mermó su autocontrol. Edward le pellizcó
suavemente el clítoris con el pulgar y el índice y luego se lo frotó suavemente por los
lados, lo que definitivamente acabó con su control.
La sensación la propulsó directamente a las estrellas. Todo su cuerpo se
estremeció con intensas sacudidas, su vientre convulsionó, su sexo se contrajo y el
placer incendió todo su ser. Llegó hasta un reino más allá de su imaginación. Le ardía
la garganta, y se dio cuenta de golpe de que era porque no podía dejar de gritar. El
orgasmo era siempre una experiencia fabulosa, pero eso no era un simple orgasmo,
era el mayor éxtasis que había experimentado en su vida y que amenazaba con
consumirla mientras el placer se derramaba por todo su cuerpo.
—¡Oh, Dios… Maldición! Yo…
No fue necesario que Emmet terminara la frase para que Bella supiera que él estaba a
punto de seguirla en el climax.
—¡No! Contente —le gruñó Edward a su primo—. Hemos esperado demasiado
para dejarnos llevar como un par de adolescentes.
Tras llegar a la cima, el orgasmo de Bella remitió suavemente. Una dulce languidez se
extendió por sus miembros.
Emmet no fue tan afortunado. Al tiempo que recuperaba la consciencia, ella
observó con fascinación cómo él se tensaba, se estremecía conteniendo el aliento, y
luchaba con los ojos y los puños cerrados para no dejarse llevar. Los tendones de su
cuello parecían a punto de estallar. Bella jamás había sentido su miembro tan duro
en su interior.
Al final, él soltó un tembloroso suspiro.
—Bastardo.
—Con tal de que te contengas y la sigas penetrando hasta que se vuelva a correr,
puedes llamarme lo que quieras.
—¿Otra vez? —jadeó Bella—. Edward, no creo que pueda...
—Claro que puedes. Conozco tu cuerpo. Eres como un coche de carreras. En
cuanto tienes el motor caliente, es fácil ponerte a tope repetidamente. Lo difícil
es conseguir que tu motor ronronee la primera vez.
Y él estaba condenadamente decidido a conseguir que el motor de Bella
ronroneara como nunca. Quizás ella lamentara más tarde su decisión de ofrecerle su
virginidad o de permitir que la compartieran, pero hasta entonces, él tenía la intención
de poseerla cada vez que pudiera y de proporcionarle tanto placer que no hubiera
lugar para arrepentimientos.
Quizá encontrara la forma de conservarla para sí cuando la verdad saliera a la luz.
Quizá…
Sabiendo que Emmet estaba a punto de perder el autocontrol y que el suyo propio no
resistiría mucho más, Edward comenzó a poner a punto el cuerpo de Bella. Emmet lo
imitó. Con cada envite, apretaba los dientes, luchando contra las aplastantes
sensaciones. Jamás se había sentido tan duro y engrosado. Sus penetraciones se
hicieron profundas. Y … seguía manteniendo el ritmo, pero ahora padecía una
tortuosa necesidad, y no se sentía tan gentil como lo había sido. Edward esperaba que
aquello actuara a su favor.
Cuando comenzaron a moverse de nuevo, Bella respondió con suaves gemidos y
dulces «ahs», como si estuviera bajo un agradable sol primaveral disfrutando de
una preciosa tarde. Como si pensara que el sexo era cálido y agradable. Nada del otro
mundo.
Lo que era totalmente inaceptable. Había llegado el momento de subir la temperatura.
Edward se inclinó sobre la espalda de Bella y una vez más exploró con los dedos la
piel resbaladiza de su clítoris. Al igual que antes, utilizó aquella presión cambiante: un
ligero toque en el nudo, una fricción lateral y luego describió duros círculos en la parte
superior. En sólo un par de segundos, el cuerpo de Bella se tensó. Su clítoris se
hinchó, endureciéndose, y dejó escapar un jadeo. «Ah, sí. Dios mío. Sí».
Bella se contorsionó, intentando albergarlos a Emmet y a él más profundamente
en la sedosa perfección de su cuerpo. Se movió con ellos mientras Edward
deslizaba cada duro centímetro de su pene en aquella electrizante y cálida zona del
interior femenino que suplicaba ser acariciado. Y a pesar de que Emmet se clavaba las
uñas en las palmas, estaba, sin duda, manteniendo el mismo nivel que su primo.
Bella se opuso a las apabullantes sensaciones que inundaban su cuerpo, pero Edward
no estaba dispuesto a permitírselo. Él quería que se ahogara en el placer.
—No sabes cuántas veces te he imaginado entre nosotros, follándote hasta que el
deseo se convertía en placer, y el placer en un descomunal orgasmo —le murmuró
Edward al oído—. No ha sido suficiente con una vez. Permítenos disfrutarlo otra vez.
Llévanos contigo.
Bella lo miró por encima del hombro. Tenía la cara ruborizada. Sus ojos color chocolate
parecían desenfocados. Tenía las pupilas dilatadas. Estaba llena de necesidad. Era
hermosa.
El sudor goteaba por las sienes de Bella, resbalaba por su pecho. Las entrañas de
Edward ardieron de determinación. Maldición, ella se iba a volver a correr. No se daría
por vencido hasta que lo hiciera.
—Maldita sea —jadeó Emmet—.Jamás había sentido el pene tan hinchado,
jamás había sentido tanto la fricción con tu miembro. Y Bella me aprieta con la
fuerza de un puño. Estoy volviéndome loco.
—Y va a ser todavía mejor. Déjate llevar y dale todo lo que tienes para ella.
La mirada de alivio en la cara de Emmet hubiera sido cómica si Edward hubiera
estado en disposición de centrarse en algo que no fuera penetrar a Bella una y
otra vez, instándola a rendirse por completo.
Emmet la agarró por las caderas, Edward por la cintura. Se movieron con un ritmo
sincronizado que los conduciría directamente al climax.
Pero aquello era más que un orgasmo. La noche anterior, mientras penetraba el sexo
de Bella, las sensaciones habían sido diferentes a cualquier otra cosa que él hubiera
sentido. El había estado tenso, como un soldado en una misión vital. Abrumado. Y no
todas las sensaciones habían estado en su pene.
Bella había tocado su corazón, y todo lo que sentía allí se extendía por su
cuerpo, mezclándose con el placer físico que ella le proporcionaba.
Aquel momento no era diferente. Pero sí más intenso. «Santo cielo». Estar enterrado
en ella, exponiendo su corazón, era condenadamente peligroso; igual que caminar por
una cuerda floja sobre un pantano lleno de caimanes hambrientos. E iba a ser más
intenso cada vez que la tocara. Algún día…
Ella se tensó en torno a él, apartándolo de aquellos pensamientos, mientras le exigía:
—Más. Por favor. ¡Deprisa!
La última brizna de control estaba cediendo. Con la siguiente embestida salvaje
de Emmet, Edward supo que a su primo le ocurría lo mismo. La llenó una vez más,
esperando que con cada estocada en su interior, con cada duro envite de su cuerpo,
Bella sintiera aquello como algo más que un acto de lujuria. Que supiera cuánto
significaba ella para él, ya que expresarlo en palabras le daba miedo.
Su respiración comenzó a acelerarse hasta que se convirtió en jadeos. Bella tembló y
se preparó para lo que venía, agarrándose con fuerza a los hombros de Emmet.
Edward sintió que ella comenzaba a correrse, que se apretaba en torno a su
polla un momento antes de comenzar a gritar. Aferrándose a la sábana, Bella
empujó hacia él, y con aquel canal ordeñándolo con fuerza, Edward tuvo que obligarse
a seguir moviéndose.
Echando hacia atrás la cabeza y gritando, Emmet se dejó llevar, perdiendo el
control por completo.
Oír cómo su primo llegaba al orgasmo, y el ronco gemido que resonó en la
habitación, abrió un nuevo agujero en el autocontrol de Edward. En sus testículos, la
necesidad de correrse se acrecentó con cada embestida de su carne en la de Bella.
Maldición, no iba a poder contenerse más…
Al final, Bella comenzó a gritar tras soltar un largo gemido de rendición. Edward se
deleitó en él, se ahogó en la total aceptación de éxtasis que ellos le daban.
Y se dejó llevar, soltando todo lo que era y tenía en el interior de Bella mientras el
placer lo atravesaba e impactaba directamente en su corazón. Si su incapacidad de
tirarse a Alyssa no hubiera sido ya una enorme pista, lo que sentía en aquel
momento no habría dejado lugar a dudas.
Para bien o para mal. Para siempre, amaba a Bella.
Y Edward sabía que si ella se marchaba en aquel momento —o si su pesadilla
cobraba vida—, sin duda lo mataría.
Para mi es un placer compartir éste sitio con ustedes, el cuál nació del fanatismo por colocar a nuestra pareja favorita en distintos escenarios. Espero que disfruten su estancia, así como nosotras esperamos enriquecernos con sus comentarios y mensajes. Éste sitio lo compartimos Pescui, Rosita y yo, si éstas interesada en subir tus historias, el espacio es tuyo. Les envió un beso y un abrazo de oso. Noelle xD
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martes, 13 de diciembre de 2011
sábado, 29 de octubre de 2011
La Hija Del Coronel
Capítulo 12
La tarde de verano había convertido el escondrijo de Marco en el pantano en un horno.
Edward tenía la camiseta pegada a la piel. Había mucha humedad y hacía calor.
Muchísimo calor.
Y no sólo por el clima.
Ya fuera por el calor o porque quisiera volverle loco, Bella rondaba por la cocina con
una bata blanca muy corta, de una tela tan fina que era casi transparente. El pelo
castaño chocolate le caía sobre la espalda en suaves ondas que imploraban ser
acariciadas por sus dedos. Bella vestía aquella ropa con aire despreocupado y
provocador. Y eran esas mismas cualidades las que la impulsaban a mirarla fijamente
en ese momento. La mitad de su ser quería evitarla como a la peste, pero la otra
mitad, quería enseñarle con exactitud por qué debería dejar de pavonearse
delante de él y empezar a tenerle miedo. Mucho miedo.
Por desgracia, Bella no sólo era única, atrevida y lista. Era, además, muy apetitosa. Su
aroma a fresias y a canela lo tentaba cada vez que estaba cerca de ella. Lo
ponía duro y hambriento.
Y minaba su resolución.
Soltando un tembloroso suspiro, se dirigió a la sala para evitar la mirada
insinuante de Bella y la tentación que ella representaba. Pasarían días o semanas
hasta que Marco o Carlisle descubrieran quién le había puesto la bomba al coronel. Y
hasta entonces, por seguridad, Edward sabía que Bella, Emmet y él no abandonarían ese
lugar.
La risa repentina y dulce de Bella resonó en la cabaña y atrajo de nuevo la atención de
Edward, engrosando su miembro. Resistir el deseo de mirarla era imposible.
Soltando una imprecación, Edward se volvió hacia ella. Estaba hablando con Emmet, que,
sin camisa y sonriente, estaba picando algo que Edward suponía formaría parte
de la cena. Bella absorbía extasiada cada palabra, coqueteando con él,
deslizando su mirada por los hombros poderosos y los pectorales bien definidos de
su primo.
En respuesta, Emmet le acarició el cuello con la nariz y le susurró algo al oído.
Bella se estremeció y se apretó contra él.
¡Maldición! No necesitaba eso…
Pero se estaba mintiendo a sí mismo. Sí que lo necesitaba… necesitaba tener sexo
con ella.
En verdad era Bella quien no lo necesitaba. Le correspondía a Edward actuar como un
adulto responsable y ejercer un poco de control sobre su cuerpo. De esa manera la
salvaría de sí misma y de algo que ella sólo entendía a medias.
Edward se giró y encendió el televisor, decidido a olvidarse de aquella dolorosa
erección que clamaba por ella. Fuera lo que fuese lo que quisieran hacer Bella y Emmet,
podían hacerlo solos. No era asunto suyo. Si querían implicarse más el uno con el otro,
pues allá ellos.
Valientes palabras. Pero mientras emitían Seinfeld en la tele, Edward no dejó
de mirar por encima del hombro. Emmet y Bella juntos… no estaba bien. Le revolvía el
estómago y lo llenaba de furia. Las mismas viejas mentiras que se había dicho a sí
mismo durante tanto tiempo ya no funcionaban.
Emmet terminó de cortar aquellas cosas verdes que había estado transformando en
algo comestible, y las echó en una fuente. La metió en la nevera, luego cerró el
electrodoméstico con un golpe de caderas mientras le brindaba a Bella una sonrisa
provocativa.
Y por si eso no hubiera sido suficiente para que Edward quisiera romper algo, Emmet la
envolvió entre sus brazos, acariciándole la suave curva de las caderas. Luego la besó,
primero un ligero roce de los labios en el cuello femenino, luego amoldando su boca a
la de ella. Bella se derritió contra él, arqueando la cabeza hacia la mano que se la
sostenía, y ofreciéndole la grácil curva de la garganta. Emmet bajó los labios a la tentadora
piel y se la mordisqueó. Ella gimió entre sus brazos.
A Edward le dolieron los testículos. Le dolió el pecho. Incluso le dolieron los dedos.
Bajó la mirada para ver que estaba prácticamente rompiendo el mando de la
tele. Al mirar la pantalla observó que había terminado Seinfeld y comenzado Friends.
¿Cuándo había ocurrido eso?
Maldición, no podía soportarlo. Con una imprecación, Edward apagó la televisión y se
puso en pie. Abrió la boca para decir… ¿qué? No, no qué decir, sino qué hacer.
Entraría en la cocina, cogería a Bella entre sus brazos y la llevaría al
dormitorio. Se recreó en aquella fantasía. Edward quería hacerla gozar, observar
cómo lo tomaba. Todo eso… y mucho más. Quería más que cualquier otra cosa en el
mundo penetrarla profundamente, tomar una parte de ella que Bella no le había
ofrecido a ningún otro hombre y quedarse allí.
Quería reclamarla.
Ante esa idea, la sangre abandonó su cabeza y se dirigió a su miembro.
Maldita sea, la lujuria le golpeó en el pecho con fuerza, casi no podía respirar.
Entre un jadeo y otro, su miembro se endureció hasta el punto de poder pulverizar
un bloque de hormigón armado, y su débil determinación cedió lo suficiente como
para permitir que eróticas imágenes de sí mismo penetrando el apretado sexo de
Bella y bombeando en ella sin piedad le invadieran la mente.
«¡No, ni hablar!».
Pero el deseo era ya incontenible. Había crecido hasta convertirse en una necesidad.
Tenía que tocarla. Tenía que saber que, costara lo que costase, iba a dejar su marca en
ella de la misma manera que ella la había dejado en él. ¿Cuándo había ocurrido eso?
¿Y por qué?
Destrozado, hambriento y jadeante, siguió con la mirada clavada en Emmet y Bella
que compartían húmedos besos en la cocina, animando a su calenturienta mente.
Entonces, Emmet echó más leña al fuego deslizando una mano por la barbilla de Bella,
por su clavícula, y metiéndola bajo la bata blanca. Rozándole la suave piel, Emmet apartó
lentamente la tela a un lado y dejó el hombro al descubierto, ofreciéndole a Edward
una buena vista del pecho de
Bella y del pezón duro y enrojecido.
La poca sangre que le quedaba en el cerebro se unió en una oleada a la que ya estaba
en su miembro.
Emmet pasó el pulgar por el prominente pezón, excitándolo y apaciguándolo a la vez.
Bella jadeó, moviéndose para acercarse a él hasta que sus muslos se rozaron.
Dios, lo que daría él por estar allí con ella, estrechándola contra su cuerpo, metiéndole
la lengua en la boca, poseyendo la de ella, dulce y rosada, mientras la despojaba de la
bata.
Dio un paso adelante.
Ninguno de los otros dos pareció darse cuenta. Emmet siguió a lo suyo, deslizando las
yemas de los dedos por el seno desnudo de Bella y luego bajó una mano hasta su
cadera. Después movió la otra mano y dejó el otro hombro al descubierto.
Bella tenía ahora ambos senos desnudos. Un par de exuberantes pezones que
suplicaban una atención que Edward se moría por proporcionar. Emmet los ignoró,
dedicándose a tirar con suavidad del cinturón que todavía ceñía la bata a la cintura
femenina. No lo desanudó, sino que lo utilizó para acercarla más hacia él. Con un grácil
balanceo, Bella relajó su cuerpo contra el de Emmet y levantó su boca rosada para darle
un beso.
Incluso de perfil, el deseo que suavizaba los rasgos femeninos le sentó como un
puñetazo en el estómago.
El sudor humedeció los pectorales y la espalda de Edward. Maldición, sólo con
mirar a aquella mujer quedaba noqueado. Observar cómo el deseo la inundaba, cómo
se ruborizaba su cuerpo, hacía que Edward perdiera la cordura.
Emmet dio un paso atrás y se dejó caer en una de las sillas de la cocina, aferrando las
caderas de Bella con ambas manos y haciendo que casi desaparecieran de su vista.
Maldición, algunas veces llegaba a olvidarse de lo menuda que era. Era una mujer
frágil. Debería de considerarla casi intocable.
Pero no lo hacía.
Por encima de uno de sus hombros desnudos, Bella le dirigió a él una mirada coqueta.
«¡Bang!». Aquella mirada le había engrosado el miembro antes siquiera de que
ella bajara los párpados y volviera a subirlos.
Y, sin embargo, aquel deseo no era sólo sexo. Había habido muchos momentos en su
vida en que se había sentido muy excitado. Pero aquello era diferente. Era algo nuevo.
Y le daba un miedo mortal.
Los ojos de Bella y Edward se fundieron y la electricidad que crepitó entre ellos le
golpeó y le atravesó el cuerpo. Luego sintió otra sacudida cuando ella le miró las
pelotas. Esa sensación lo golpeó de nuevo en el pecho y se intensificó cuando
ella se mordisqueó el labio inferior mostrando una apariencia tímida e insegura.
Excitada.
Luego Emmet la sentó en su regazo, y le dio un largo y profundo beso,
murmurando algo contra su boca, haciendo que Edward se sintiera crispado, enojado
y anhelante.
¡A la mierda con todo! Dio un par de pasos más hacia ellos.
Al verlo, Emmet hizo girar a Bella en su regazo de manera que la espalda
femenina se reclinara contra su tórax. Ahora ambos miraban a Edward. ¿Emmet
sabía que los había estado observando? El reto que brillaba en los ojos de su
primo para que dejara de ser un mero espectador lo decía todo.
La mirada de Bella era igualmente una muda invitación. Edward se detuvo en seco.
Aquello estaba mal. Muy mal. Lo habían provocado, le habían tendido una trampa. Si
bien sabía que debería darse la vuelta y marcharse, aquellas miradas habían
provocado un auténtico infierno en sus entrañas y no pudo mover ni un músculo.
La velocidad a la que Emmet deshizo el lazo del cinturón que rodeaba la delgada cintura
de Bella sólo podía llamarse «tortura prolongada». Sin ninguna prisa, su primo tiró del
cinturón con una lentitud exasperante. Arrastró la tira de seda por las rodillas de Bella
y la deslizó bajo el dobladillo de la bata hasta que ella jadeó y se le irguieron
los pezones. Las areolas estaban oscuras, arrugadas y eran muy tentadoras.
—¿Continúo? —le preguntó Emmet, desatando con manos firmes el último nudo que
sujetaba el cinturón en su sitio.
Edward tragó saliva. Si Emmet seguía, Bella se quedaría desnuda por completo.
Dejaría el cuerpo femenino expuesto a su hambrienta mirada. Accesible al toque
controlado de Emmet.
Nadie dijo nada, nadie respiró ni se movió. Pero uno de los dedos de Emmet se
deslizó lentamente entre las piernas de Bella por encima de la tela para acariciar
ligeramente lo que tenía que ser la sensible zona próxima al clítoris.
Edward le dirigió a su primo una mirada inquisitiva. ¿Qué diablos pretendía
hacer? ¿Qué debería hacer él? Emmet le respondió con una sonrisa y arqueando
una ceja. Mientras tanto, continuaba moviendo el dedo en círculos justo encima del
sexo de Bella.
El silencio se extendió entre ellos sólo interrumpido por la respiración jadeante de
Bella. Con lentitud, Emmet apartó el dedo y cogió el cinturón con ambas manos.
Era imposible no fijarse en el pequeño círculo de tela mojada donde había estado el
dedo de Emmet.
Ese pequeño punto dejaba a las claras lo mojada que tenía que estar Bella.
Aquella húmeda visión casi lo hizo caer de rodillas.
—¿Continúo? —Las manos de Emmet tiraron un poquito más del cinturón de la bata.
Edward supo que iría al infierno por eso.
—Sí.
Con una brillante sonrisa de triunfo y un erótico movimiento de sus manos, Emmet se libró
del cinturón y abrió la tela de la bata, dejándola caer a los costados de Bella.
Y ella se mostró ante él completa y sorprendentemente desnuda.
Edward no pudo más que mirarla boquiabierto al sentir el impacto de la
desnuda belleza femenina en su cuerpo, endureciéndolo y tensándolo, antes de que
Emmet aferrara sus muslos y los separara suavemente, abriendo las piernas de Bella.
Ella soltó otro suspiro entrecortado cuando Edward alcanzó a ver su sexo.
«Jugoso, hinchado, maduro. Perfecto».
Ella era una auténtica diosa lasciva mientras Emmet pasaba la yema del dedo por el
interior de su pierna y se detenía para frotar la tersa piel donde se unían el muslo y el
torso. Si Emmet movía el dedo apenas unos centímetros más tocaría sus pliegues mojados
y el suave vello chocolate y ya no habría nada más que lascivas intenciones entre ellos.
«Oh, Dios…».
Emmet llevó la otra mano a su vientre, y la subió lenta, muy lentamente hasta ahuecarle
un pecho y azotar el tenso pezón de nuevo con el pulgar.
Edward apretó los puños e intentó apartar la mirada de la escena que se desarrollaba
ante él.
Puede que si se diera la vuelta no viera esa imagen en su mente. Dios sabía
que si seguía observándolos, se uniría a ellos.
Y una vez que lo hiciera…
No, no podía pensar en poner a Bella sobre sus espaldas, seguro que ella estaría
mojada, y…
—Mírala —lo invitó Emmet, con voz ronca.
Edward tragó saliva. Dios, ¿qué podía hacer él salvo mirarla fijamente y desear
poseerla? ¿Qué más podría mirar que no fuera la mujer que deseaba sobre todas las
cosas?
Quiso cerrar los ojos para desterrar ese tipo de pensamientos de su mente, pero no
quería huir de la verdad si con ello se perdía un solo instante de ella,
entregada y sensual. Tan condenadamente hermosa y valiente.
No obstante, si Bella supiera la verdad, estaría aterrorizada.
«Díselo», lo apremió su miedo. «Merece saber por qué no puedes estar con ella».
—¿Estás mirándome? —le dijo ella con voz juguetona y sensual.
¿Por qué seguían tentándolo, poniéndole un cebo a la fiera salvaje que
habitaba en su interior? ¿Por qué tentaban al destino?
—Ya me conoces. —Edward se aclaró la garganta, pero sabía que seguiría sonando
como si tuviera arena en la laringe.
«¿Por qué no puedes poseerla?», le preguntó una vocecita interior. «Lo que
sucedió con Tanya no tiene por qué suceder de nuevo».
Puede que no. Edward no lastimaría a Bella a propósito por nada del mundo. ¿Y si
tenía cuidado? Emmet estaría allí, sería responsable. Él mismo insistiría en que lo fuera…
por si acaso.
«Maravillosa racionalización».
—Siéntela —lo tentó Emmet.
—Por favor —jadeó Bella, separando los muslos un poco más.
Sus pliegues brillaban mojados, rosados y necesitados.
Edward estaba más que dispuesto a darle lo que deseaba.
Aun así, no podía saltar sobre ella. Antes tenía que decidir si la apartaba de él o si
dejaba que entrara de lleno en su vida de forma permanente. Pensar en lastimarla, en
meter la pata hasta el fondo, lo llenaba de temor.
Se sentía como si estuviera sentado sobre una bomba de relojería a punto de estallar.
Tenía que tomar una decisión ya. Apartarla de nuevo de su lado con palabras odiosas,
herir sus tiernos sentimientos y destrozarla, no era una opción. Haber visto una vez el
efecto de sus palabras en ella casi lo había matado.
Abrazarla con toda la lujuria que sentía en su interior, dar rienda suelta a
todos los sentimientos que poseía era lo que Edward quería sobre todas las cosas.
Sentía que esos impulsos inundaban su cuerpo como si fueran el combustible de un
cohete a punto de despegar. Potentes. Imparables. Ni siquiera debería pensar en ella y
en el deseo ardiente que provocaba en él. Si la tocaba no sólo perdería el control sino
que éste estallaría en mil pedazos.
El pecho de Edward subió y bajó con su respiración jadeante y excitada. Las palmas de
las manos le hormiguearon por el deseo de aceptar la invitación de Emmet a pesar de
saber que una vez que la tocara, la poseería. Sería irrevocable.
—Si no la tocas, la perderás…
Y, recordándole exactamente lo que estaba desaprovechando, Emmet deslizó la mano por
el interior del muslo de Bella, trazando perezosos círculos sobre su sexo hasta
que muy lentamente se sumergió en él. Edward observó cómo el ansioso cuerpo de
Bella se tragaba ese dedo, y no pudo evitar la idea de que aquel dedo penetraba
profundamente en el húmedo calor que podría acogerlo a él.
Con un gemido, ella apoyó la cabeza contra el hombro de Emmet y se arqueó. Edward
observó cómo su primo le metía aquel dedo en el sexo, follándola lentamente,
antes de añadir otro y reanudar el mismo ritmo pausado.
En su regazo, Bella se contorsionó y presionó contra sus dedos. Emmet le
respondió deslizando la mano con la que le manoseaba el seno hacia la cadera, para
luego profundizar entre sus rizos resbaladizos, jugueteando con el nudo de
nervios oculto entre aquellos preciosos muslos, abiertos sin remisión. Sin piedad.
Una ligera presión, unos cuantos movimientos circulares con esos largos y sensibles
dedos, y Bella jadeó, se contorsionó, se sonrojó y gimió.
El deseo atravesó a Edward, lo arrasó. Estaba preparado para lanzarse y estallar.
«Dios, sería increíble follarla». El pensamiento de que ella enfocaría toda esa energía
en su miembro, en su satisfacción, era muy erótico. Pero no era justo dejarse llevar
sólo por su deseo. Necesitaba darle placer a esa mujer tanto como respirar.
Sería la manera de expresar todos aquellos extraños e incesantes sentimientos sin
tener que decir una palabra.
Edward dio otro paso hacia ellos, acercándose lentamente a la cocina.
Bella, al borde del orgasmo, gimió y meneó las caderas bajo las caricias de Emmet. Él la
mantuvo en ese punto con total maestría, llevándola con pericia hasta el borde del
precipicio para retroceder cada vez que su cuerpo estaba a punto de alcanzar la
cúspide. Tras un breve respiro, Emmet volvía a enardecerla de nuevo.
Perplejo, observó cómo Emmet utilizaba las manos para conducirla al climax, y
luego negárselo otra vez. Una y otra vez, y otra vez más. Diez minutos más
tarde, Bella tenía el cuerpo tenso y ruborizado. Incluso después de un breve
descanso, con que Emmet sólo deslizara un dedo en su interior o le rozara el clítoris, Bella
volvía a debatirse entre el cielo y el infierno una vez más.
Maldición, aquello lo estaba matando. Edward acomodó la sensible longitud de su
miembro endurecido en los vaqueros. Incluso el más leve roce le hacía gemir.
Los ojos color chocolate de Bella estaban totalmente abiertos, con las pupilas dilatadas,
dominados por un tono carmin, implorantes.
—Edward…, tócame…
Esas palabras fueron como un mazazo. Edward cerró los ojos, intentando bloquear la
imagen que tenía ante sí, pero el olor de Bella, a fresias y a canela,
lo sedujo. El aliento entrecortado de Bella y la manera
extasiada en que decía su nombre, mientras Emmet la llevaba al límite otra vez… era
casi imposible de soportar. Apretó los puños y se dio cuenta de que estaba temblando.
Temblando como un jodido adolescente.
—Edward —lo llamó Emmet de nuevo, con una voz burlona y desafiante.
Edward abrió los ojos lentamente. Su ardiente mirada se deslizó por las mejillas
arreboladas de Bella hasta el pecho, que subía y bajaba con rapidez. Su excitante
recorrido visual continuó por la estrecha cintura, por las suaves curvas de las
caderas. A continuación dedicó toda su atención a los pliegues resbaladizos e
hinchados. Aquel lugar que Emmet orientaba en su dirección para que él no pudiera
perderse ningún detalle.
El bastardo de su primo había previsto aquello. Pero eso no hacía que Bella lo excitara
menos o que fuera más fácil resistirse a ella.
—Emmet, para —gruñó Edward.
Su primo continuó como si no lo hubiera escuchado.
—Saboréala.
¡Maldición! A Edward casi se le aflojaron las rodillas ante la sugerencia. Toda
esa dulce necesidad sólo para él, cálida en su lengua… Saber que él podría
darle placer, que con unos meros lametazos hambrientos ella se rendiría a él, que le
ofrecería el sabroso néctar de su ser, fue suficiente para que le latiera la polla y para
que se le tensaran los testículos.
Sintió un vuelco en el corazón.
¿Cómo podía un hombre luchar contra algo así?
Casi la había perdido dos veces en las últimas semanas, primero con Jacob Black,
luego por la bomba de un psicópata. Las pruebas de aquello último eran visibles en el
cuerpo femenino en forma de puntos y magulladuras. Si ahora se alejaba de
nuevo, ¿volvería a tener otra oportunidad con ella o por el contrario la ruptura sería
para siempre? Aquella posibilidad era demasiado dolorosa.
—Por favor, saboréame —le imploró Bella con suavidad, apartando los dedos de Emmet
y pasando sus propios dedos por su brillante sexo.
Luego levanto un dedo mojado hacia él como un manjar tentador.
Antes de poder respirar o pensar, Edward dio un paso más y se dejó caer de
rodillas. Le aferró la muñeca con fuerza y se metió aquel dedo en la boca,
succionándolo como un hombre poseído. Gimió al degustar aquel sabor almizcleño
que no había podido olvidar.
Fresco, salado y dulce a la vez, delicado. Incluso después de horas el gusto a almizcle
de su sexo, de su piel, permanecía en su lengua. Era tan… suyo. Era perfecto.
Edward la sujetó por las caderas, ansioso por atraer a Bella hacia él y hundirse en
ella como si fuera un postre exquisito.
—No. —Emmet le rozó de nuevo el clítoris y luego le cubrió el monte de Venus, negando a
su primo el sabor del néctar de Bella.
Edward apretó los dientes, observando cómo Emmet presionaba el sexo de Bella
rítmicamente hasta que ella se aferró a los brazos de la silla de la cocina y gimió por
alcanzar un climax que el chef le negó de nuevo.
—Fóllala. —Ahí estaba el nuevo reto de Emmet.
«El último».
Edward levantó la cabeza de golpe. Emmet lo decía en serio. Completamente en serio.
Observó a su primo durante un instante. Emmet no sugería nada que Edward no
hubiera pensado y ansiado hacer más de lo que su limitado vocabulario de
cavernícola fuera capaz de expresar en ese momento.
—Por favor… ¡Oh, por favor! —suplicó Bella interrumpiendo sus pensamientos, con
voz estrangulada—. Te necesito.
Soltando el aliento, Bella no hizo más que mirarla fijamente mientras le
imploraba. La cabeza le daba vueltas. Quería darle lo que necesitaba. Todo lo
que necesitara. Dios lo sabía, pero…
—Ahora —le instó Emmet—, o lo haré yo.
Edward se agarró con desesperación a la silla.
—Emmet…
—Fóllala —insistió—, o lo haré yo.
«Oh, maldición». Sintió un estremecimiento.
Inspirando profundamente, Edward volvió a mirar a Bella. No podía
ignorar los implorantes y sinuosos movimientos de la mujer que ruborizada de pies a
cabeza lo observaba con una mirada ardiente y entornada.
—No es eso lo que ella quiere.
—¿Y qué crees que quiere en este estado? Necesita correrse. Me he asegurado de
ello.
—Debería de tener la mente despejada para acceder a esto. Tal y como está ahora…
—Bella dijo que sí antes de que entráramos en la cocina. Antes de que le
pusiera un dedo encima. Quiere que hagamos el amor con ella. La única pregunta
aquí es, ¿cuál de los dos lo hará primero?
Emmet acababa de acorralarlo. Santo Dios, ¿por qué? No cabía duda de que él había
tenido muchas veces la fantasía en la que la follaban juntos. «¡Maldito fuera Emmet!».
Pero Edward no se hacía ilusiones. Si no tomaba él a Bella, lo haría Emmet.
—¿Quién va a ser? —le presionó su primo.
—Estoy pensando. —¿Pero qué había que pensar? Si Bella ya había dicho que sí, y si
Emmet pensaba tirársela si él se negaba, ¿cómo podía decir que no cuando lo que más
quería era ser su primer amante y reclamarla para sí?
—Tienes treinta segundos.
—No me presiones, cabrón.
—Demasiado tarde.
—¿Por qué coño estás haciendo esto? ¿Por qué no dejas simplemente que las cosas
vayan a su ritmo? Deja que la haga correrse con la boca. Eso la aliviaría.
Emmet se burló de él.
—Hoy sí, pero ¿qué pasará mañana? ¿Y pasado mañana? Es una mujer que
se merece disfrutar de una sexualidad plena y feliz. Ya lo he hablado con ella. Está
tomando la pildora y está preparada. Más que preparada. Está empapando mis
dedos. Ambos le importamos. Y los dos la adoramos.
Edward comenzó a sudar.
—Lo que estás sugiriendo es… permanente.
—Que es exactamente lo que tú deseas. Lo que yo deseo. No permitas que el miedo
que sientes lo estropee todo.
Edward cerró los ojos con fuerza por un momento, pero eso no impidió que
reconociera la verdad.
—Has planeado todo esto, hijo de perra. Me has estado forzando desde el principio.
—Empezaba a preguntarme si seríamos viejos antes de que encontraras el valor
suficiente para hacer el amor con ella. —Emmet miró el reloj—. Ahora lo sabré. Han
terminado tus treinta segundos.
Edward no dijo nada mientras las palabras de Emmet retumbaban en su cabeza. Bella
merecía disfrutar de una sexualidad plena y eso incluía…, bueno… sexo completo.
Bella quería eso. No era menor de edad ni emocionalmente inestable. Y a él le
importaba ella más de lo que quería admitir. Si Bella volvía a desaparecer de su vida,
su ausencia lo destrozaría.
Pero ¿qué podía ofrecerle él además de un pasado traumático un presente paranoico
y un futuro donde la mayor parte de la gente los vería como unos depravados?
Emmet estaba ahora impaciente. Colocó a Bella encima de la vieja mesa redonda
de la cocina y se deshizo de los vaqueros, arrojándolos al suelo. Se ubicó entre la V
que formaban las piernas abiertas de Bella, la agarró de las caderas y se sujetó el
miembro.
—¿Qué demonios estás haciendo? —dijo Edward empujando a Emmet y
apartándolo de Bella—. ¿Es su primera vez y pretendes mantener relaciones
sexuales sobre la mesa de la cocina?
Emmet se encogió de hombros.
—Bueno, me la llevaré a la cama y la follaré allí.
Edward observó atónito cómo Emmet le tendía la mano a Bella . Ella vaciló y levantó unos
inquisitivos ojos muy abiertos en dirección a él.
¿Quieres ser el primero? Le preguntaba con la mirada. ¿Te importo?
¿Necesitaba Edward estar ya dentro de ella? ¿Quería ser el primer hombre en
hundirse en su cuerpo y tomar una parte de ella que ningún otro hombre tendría
jamás?
«Sí, sí, sí y sí».
—¡Ni lo sueñes! —gruñó Edward. Luego levantó a Bella de la mesa, y la estrechó
contra su cuerpo. Ella le envolvió automáticamente la cintura con las piernas
mientras la boca masculina se amoldaba a la de ella y la saboreaba
desesperadamente con la lengua. Quiso sumergirse en ella y rodearla con sus brazos,
mientras la sostenía con una mano bajo el trasero desnudo. El dulce jugo de su sexo
goteó sobre su muñeca y la tela de los vaqueros.
Era condenadamente bueno que estuviera tan mojada. Iba a necesitar toda esa
lubricación. Dentro del oscuro dormitorio, Alfonso apartó la mosquitera y la
depositó en la cama. Era perfecta. Bella y radiante, igual que la propia cama,
delgada y con sugerentes curvas.
—¿Estás segura, gatita? —le preguntó con voz áspera y ronca.
Bella asintió con la cabeza sin dejar de removerse.
—Sí. Por favor. Ya.
—¿Estás hablando tú o el deseo? Emmet te ha llevado a un punto…
—Deseo esto, te deseo. Ya lo hacía antes de que él me pusiera la mano encima. Por
favor —susurró ella, deslizando su propia mano entre sus piernas para acariciarse el
clítoris y llevándolo a él cerca de la locura.
Edward sintió que se le aflojaban las rodillas a la vez que su erección latía con
aprobación, pero la agarró de la muñeca y se la apartó. Quería ser él quien la hiciera
llegar al orgasmo. El y su dolorida polla.
Edward tragó saliva. «Joder». Iba a hacerlo. Iba a olvidarse de todo lo demás y a hacer
el amor con Bella. A poseerla. A ser su primer amante. A reclamarla. No podría
impedirlo, no quería evitarlo.
—Te dije todas aquellas cosas horribles para que te fueras, pero no sentía lo que dije.
—Lo sé. Te perdono.
La respiración de Edward era jadeante. ¿De verdad era ella tan maravillosa
como para entender que no había querido decir aquellas cosas? No se la merecía, y
esperaba no destrozarle la vida. Pero no podía negarse más a lo que todos querían. Y
no era simplemente su cuerpo lo que necesitaba, sino la intimidad. Necesitaba sentirse
tan unido a ella como sólo podían estarlo dos personas.
—Gracias. —Miró a Emmet, con el corazón latiendo más rápido que un M60—. ¿Me das
un condón?
—No. —Fue Bella la que lo dijo. La palabra resonó en la habitación.
—Está tomando la pildora —le recordó Emmet.
Edward se volvió hacia ella, se la quedó mirando fijamente y no pudo evitar darle un
beso húmedo y devorador en la boca, ni de rozarle el erecto pezón con el pulgar.
—¿De veras?
Bella se arqueó bajo su caricia.
—Fui a ver a un médico después de dejar a Jacob. Esperaba que ocurriera esto.
Esa información le hizo hervir la sangre y querer gritar de alegría. «A salvo». Ella
estaba a salvo. ¡Bendita fuera! La recompensó con una caricia en el otro pecho. Ella le
respondió con un gemido. No sólo podría hundirse profundamente en ella, sino que
podría hacerlo sin protección.
«No seas tonto», le gritó una parte de su mente. La pildora no era totalmente segura.
—Dame un condón —le dijo a Emmet—. Es sólo por seguridad. —Luego le pasó la mano a
Bella por el pelo—. No quiero que te pase nada.
—No quiero que nada se interponga entre nosotros. Por favor…
«Oh, cielos». Sería algo estúpido, alocado e impulsivo. Pero algo en el interior
de Edward comenzó a hacer erupción, gritando un «cielos, sí», al pensar en estar
dentro de ella sin que nada se interpusiera entre ellos. Deseaba tener a Bella de una
manera en que no había tenido a otra mujer. La pildora era más efectiva que los
condones, y sabía por experiencia, que los condones no eran infalibles.
Edward no podía apartar la mirada de ella. Ahora observaba fijamente los
puntos y los moretones que tenía. Le recordaban que podría haberla perdido
antes de haberla reclamado siquiera. Eso sí habría sido una jodida ironía. La
necesitaba. Y tenía que poseerla de la manera más elemental posible.
—Gatita —le dijo con voz ronca—. Te prometo que estoy sano. Suelo
hacerme reconocimientos médicos con regularidad. Siempre he tomado
precauciones. Yo nunca… — tragó saliva—. Estás segura conmigo.
—Lo sé. —Sonriendo, Bella extendió la mano y pasó la yema de los dedos
suavemente por la espalda de Edward. Él se estremeció y contuvo la respiración—.
Entonces, yo también seré la primera para ti.
Como si ella quisiera reclamarlo a él. El deseo de Edward se acrecentó, invadió su
mente y le hizo abandonar cualquier pensamiento racional. Todo lo que haría esa
noche sería puro instinto. Todo corazón.
—Así es. —Se bajó de golpe los vaqueros por las caderas, y subió lentamente a la
cama, tumbándose a su lado.
Inclinándose y zambulléndose en el paraíso que era la boca de Bella, Edward degustó
su sabor único y limpio. El beso fue brusco y exigente. Sin palabras, ella le dijo que
esperaba que se lo diera todo, que no se reservara nada para él.
¿Cómo, con todo lo que la deseaba, con todo lo que la quería, podría contenerse?
Bella ya había demostrado ser lo suficientemente fuerte para satisfacer sus
necesidades en otras variantes del sexo. Sería perfecto.
Cuando la tomó de la nuca para profundizar el beso, Edward sintió que Emmet subía a la
cama y se situaba al otro lado de Bella.
Interrumpió el beso, luego clavó la mirada en Emmet. Abrió la boca y la cerró de golpe.
¿Cómo podía haberse olvidado de su primo? Él, que no se había acostado solo con
una mujer en doce años, a pesar de todo, se había olvidado. Y ahora tenía que
recordarse a sí mismo que no sería el único amante de Bella, sino que también lo
sería Emmet.
Esa idea provocó en él una sensación de rechazo absoluto. Edward apartó a un
lado su instinto, intentado imponer un poco de lógica a su mente cegada por la
lujuria. Necesitaba que Emmet estuviera allí.
Estaba dispuesto a sumergirse en Bela sin que hubiera entre ellos una barrera de
látex. Oh, Dios… se moría por sentir su carne desnuda rodeándole. Pero no estaba
dispuesto a olvidar todas las precauciones. No podía ser el único responsable. Por si
acaso…
Aquel miedo que albergaba en su interior le recordaba que tenía que compartirla.
Tenía que ignorar aquella parte de sí mismo que se rebelaba. No podía ser el único con
el que ella hiciera el amor.
Apartando esos pensamientos de su mente, observó cómo Emmet rodeaba uno de los
rígidos pezones de Bella con la lengua. Él se dedicó al otro, humedeciéndolo,
pellizcándolo con los dientes, satisfecho con la rápida respuesta de Bella que separó
automáticamente los muslos.
Edward deslizó una mano reverentemente por la suave piel del vientre de Bella y
siguió bajando hacia su sexo. Un refugio mojado, empapado e hinchado. Ella
jadeó ante el primer toque.
Bajo los dedos de Edward, el tenso clítoris palpitó. Dios, estaba más que
preparada. Era bueno saberlo, Edward se encontraba en el mismo estado.
Deslizó lentamente un dedo en su interior. Su canal era muy estrecho. «Oh,
Dios… demasiado estrecho». Jadeó. El cuerpo de Bella se cerró en torno a su dedo,
implorando en silencio. Añadiendo un segundo dedo, los introdujo más
profundamente. Menos mal que se había corrido ya dos veces ese día, o hubiera
explotado nada más entrar en ese cálido nido vacío.
Pero cuando introdujera su gran erección en su cuerpo, iba a lastimarla.
Edward odiaba aquello. Hizo un movimiento de tijera con los dedos, intentando
dilatarla para minimizar el dolor.
—Más —le exigió ella.
Sosteniéndole la mirada, clavó los ojos en Bella. Ella no estaba hablando con Emmet, que
se dedicaba a lamer y succionar sus pezones como si fueran un pirulí o como si su boca
fuera una aspiradora. Hablaba con él.
—¿Más adentro? —preguntó Edward roncamente mientras empujaba los dedos en su
interior hasta la empuñadura.
Jadeando mientras movía la cabeza de un lado a otro, negando y asintiendo a la vez,
ella le respondió:
—Más adentro. Mucho más. Quiero estar llena de ti.
Edward casi se mareó ante su jadeante respuesta, absolutamente honesta.
—Quiero llenarte, gatita. Creo que no he querido nada más en la vida.
—Estás haciendo lo que tienes que hacer —murmuró Emmet, trazando un sendero de
besos por la barbilla de Bella.
Los pezones que había dejado desatendidos estaban rojos. No había otra
manera de describirlos. Hinchados. Bien trabajados. Muy duros. Estarían muy
sensibles por la mañana, pero dado que Bella se arqueaba hacia Emmet e intentaba
conducir su cabeza de vuelta hacia ellos, ahora no los sentía así.
Lo único que ella sentía era que estaba lista.
Levantándose de la cama, Edward se puso de pie a su lado, y acariciándole los muslos
y las caderas, la acercó al borde de la cama, haciendo que le rodeara las caderas con
los muslos.
—¿Edward?
Él se inclinó y depositó un suave beso en su vientre.
—No voy a irme. En esta posición, puedo controlar mejor el ángulo y la
presión. Si te duele demasiado, podré retirarme.
O al menos, esperaba poder hacerlo. Aunque lo que en realidad quería era arremeter
contra ella como el toro embestía un capote rojo.
Edward inspiró profundamente, reteniendo el aire e intentando centrarse.
—Un poco de dolor no me hará daño.
—También dejo sitio para que Emmet se dedique a otras partes de tu cuerpo. —Indicó con
los dedos las líneas de su torso, y luego los bajó, deteniéndose para describir
unos círculos en el clítoris de Bella—. Confía en mí. Al final de la noche, te sentirás
bien follada.
Bella enlazó las piernas en torno a su cintura, atrapándolo entre ellas.
—¿Me lo prometes?
Aquellas burlonas palabras lo atravesaron y se clavaron directamente en su miembro.
Edward levantó la mirada al techo, intentando conservar su autocontrol. También
quería que Bella se sintiera bien amada.
—Sí —graznó—. Oh, sí.
Ella le respondió con una sonrisa radiante que sólo incrementó el deseo que
sentía. El control de Edward se evaporó.
Cogiéndose el rígido pene con la mano, lo guió a la pequeña e hinchada abertura. Ella
era menuda. Y él no era un hombre pequeño. Iba a tener que hacer fuerza para
penetrarla. Aquel pensamiento provocó otra nueva oleada de sudor.
Edward se inclinó hacia adelante un poco e introdujo el glande en el interior de Bella.
«Oh, Maldita sea. Era tan caliente y estrecha». Bajo él, Bella se movió con agitación,
arqueándose, forzándolo a penetrarla un poco más. Agarrándola de las caderas,
se introdujo un centímetro más.
Hasta tropezar con su himen.
—No te detengas —le imploró ella.
Edward no hubiera podido detenerse aunque hubiera querido. Pero un
millón de pensamientos cruzaron por su mente. ¿Y sí… la lastimaba demasiado? ¿Y si
a ella no le gustaba la intensa sensación de sentirlo en su interior? ¿Y si no estaba tan
preparada como pensaba?
O peor todavía, ¿y si volvía a repetirse la misma historia?
—Estás pensando demasiado —murmuró Emmet—. La quieres. Y a menos
que me equivoque, la amas. Está protegida y yo estoy aquí. No podría ser más
perfecto de lo que es.
Eso puso fin a todas sus reservas. Emmet tenía razón. Preocuparse por el dolor o
la preparación de Bella —incluso por el futuro— no era más que una excusa. Tras
doce años, había llegado el momento de darse otra oportunidad.
Continuará...
La tarde de verano había convertido el escondrijo de Marco en el pantano en un horno.
Edward tenía la camiseta pegada a la piel. Había mucha humedad y hacía calor.
Muchísimo calor.
Y no sólo por el clima.
Ya fuera por el calor o porque quisiera volverle loco, Bella rondaba por la cocina con
una bata blanca muy corta, de una tela tan fina que era casi transparente. El pelo
castaño chocolate le caía sobre la espalda en suaves ondas que imploraban ser
acariciadas por sus dedos. Bella vestía aquella ropa con aire despreocupado y
provocador. Y eran esas mismas cualidades las que la impulsaban a mirarla fijamente
en ese momento. La mitad de su ser quería evitarla como a la peste, pero la otra
mitad, quería enseñarle con exactitud por qué debería dejar de pavonearse
delante de él y empezar a tenerle miedo. Mucho miedo.
Por desgracia, Bella no sólo era única, atrevida y lista. Era, además, muy apetitosa. Su
aroma a fresias y a canela lo tentaba cada vez que estaba cerca de ella. Lo
ponía duro y hambriento.
Y minaba su resolución.
Soltando un tembloroso suspiro, se dirigió a la sala para evitar la mirada
insinuante de Bella y la tentación que ella representaba. Pasarían días o semanas
hasta que Marco o Carlisle descubrieran quién le había puesto la bomba al coronel. Y
hasta entonces, por seguridad, Edward sabía que Bella, Emmet y él no abandonarían ese
lugar.
La risa repentina y dulce de Bella resonó en la cabaña y atrajo de nuevo la atención de
Edward, engrosando su miembro. Resistir el deseo de mirarla era imposible.
Soltando una imprecación, Edward se volvió hacia ella. Estaba hablando con Emmet, que,
sin camisa y sonriente, estaba picando algo que Edward suponía formaría parte
de la cena. Bella absorbía extasiada cada palabra, coqueteando con él,
deslizando su mirada por los hombros poderosos y los pectorales bien definidos de
su primo.
En respuesta, Emmet le acarició el cuello con la nariz y le susurró algo al oído.
Bella se estremeció y se apretó contra él.
¡Maldición! No necesitaba eso…
Pero se estaba mintiendo a sí mismo. Sí que lo necesitaba… necesitaba tener sexo
con ella.
En verdad era Bella quien no lo necesitaba. Le correspondía a Edward actuar como un
adulto responsable y ejercer un poco de control sobre su cuerpo. De esa manera la
salvaría de sí misma y de algo que ella sólo entendía a medias.
Edward se giró y encendió el televisor, decidido a olvidarse de aquella dolorosa
erección que clamaba por ella. Fuera lo que fuese lo que quisieran hacer Bella y Emmet,
podían hacerlo solos. No era asunto suyo. Si querían implicarse más el uno con el otro,
pues allá ellos.
Valientes palabras. Pero mientras emitían Seinfeld en la tele, Edward no dejó
de mirar por encima del hombro. Emmet y Bella juntos… no estaba bien. Le revolvía el
estómago y lo llenaba de furia. Las mismas viejas mentiras que se había dicho a sí
mismo durante tanto tiempo ya no funcionaban.
Emmet terminó de cortar aquellas cosas verdes que había estado transformando en
algo comestible, y las echó en una fuente. La metió en la nevera, luego cerró el
electrodoméstico con un golpe de caderas mientras le brindaba a Bella una sonrisa
provocativa.
Y por si eso no hubiera sido suficiente para que Edward quisiera romper algo, Emmet la
envolvió entre sus brazos, acariciándole la suave curva de las caderas. Luego la besó,
primero un ligero roce de los labios en el cuello femenino, luego amoldando su boca a
la de ella. Bella se derritió contra él, arqueando la cabeza hacia la mano que se la
sostenía, y ofreciéndole la grácil curva de la garganta. Emmet bajó los labios a la tentadora
piel y se la mordisqueó. Ella gimió entre sus brazos.
A Edward le dolieron los testículos. Le dolió el pecho. Incluso le dolieron los dedos.
Bajó la mirada para ver que estaba prácticamente rompiendo el mando de la
tele. Al mirar la pantalla observó que había terminado Seinfeld y comenzado Friends.
¿Cuándo había ocurrido eso?
Maldición, no podía soportarlo. Con una imprecación, Edward apagó la televisión y se
puso en pie. Abrió la boca para decir… ¿qué? No, no qué decir, sino qué hacer.
Entraría en la cocina, cogería a Bella entre sus brazos y la llevaría al
dormitorio. Se recreó en aquella fantasía. Edward quería hacerla gozar, observar
cómo lo tomaba. Todo eso… y mucho más. Quería más que cualquier otra cosa en el
mundo penetrarla profundamente, tomar una parte de ella que Bella no le había
ofrecido a ningún otro hombre y quedarse allí.
Quería reclamarla.
Ante esa idea, la sangre abandonó su cabeza y se dirigió a su miembro.
Maldita sea, la lujuria le golpeó en el pecho con fuerza, casi no podía respirar.
Entre un jadeo y otro, su miembro se endureció hasta el punto de poder pulverizar
un bloque de hormigón armado, y su débil determinación cedió lo suficiente como
para permitir que eróticas imágenes de sí mismo penetrando el apretado sexo de
Bella y bombeando en ella sin piedad le invadieran la mente.
«¡No, ni hablar!».
Pero el deseo era ya incontenible. Había crecido hasta convertirse en una necesidad.
Tenía que tocarla. Tenía que saber que, costara lo que costase, iba a dejar su marca en
ella de la misma manera que ella la había dejado en él. ¿Cuándo había ocurrido eso?
¿Y por qué?
Destrozado, hambriento y jadeante, siguió con la mirada clavada en Emmet y Bella
que compartían húmedos besos en la cocina, animando a su calenturienta mente.
Entonces, Emmet echó más leña al fuego deslizando una mano por la barbilla de Bella,
por su clavícula, y metiéndola bajo la bata blanca. Rozándole la suave piel, Emmet apartó
lentamente la tela a un lado y dejó el hombro al descubierto, ofreciéndole a Edward
una buena vista del pecho de
Bella y del pezón duro y enrojecido.
La poca sangre que le quedaba en el cerebro se unió en una oleada a la que ya estaba
en su miembro.
Emmet pasó el pulgar por el prominente pezón, excitándolo y apaciguándolo a la vez.
Bella jadeó, moviéndose para acercarse a él hasta que sus muslos se rozaron.
Dios, lo que daría él por estar allí con ella, estrechándola contra su cuerpo, metiéndole
la lengua en la boca, poseyendo la de ella, dulce y rosada, mientras la despojaba de la
bata.
Dio un paso adelante.
Ninguno de los otros dos pareció darse cuenta. Emmet siguió a lo suyo, deslizando las
yemas de los dedos por el seno desnudo de Bella y luego bajó una mano hasta su
cadera. Después movió la otra mano y dejó el otro hombro al descubierto.
Bella tenía ahora ambos senos desnudos. Un par de exuberantes pezones que
suplicaban una atención que Edward se moría por proporcionar. Emmet los ignoró,
dedicándose a tirar con suavidad del cinturón que todavía ceñía la bata a la cintura
femenina. No lo desanudó, sino que lo utilizó para acercarla más hacia él. Con un grácil
balanceo, Bella relajó su cuerpo contra el de Emmet y levantó su boca rosada para darle
un beso.
Incluso de perfil, el deseo que suavizaba los rasgos femeninos le sentó como un
puñetazo en el estómago.
El sudor humedeció los pectorales y la espalda de Edward. Maldición, sólo con
mirar a aquella mujer quedaba noqueado. Observar cómo el deseo la inundaba, cómo
se ruborizaba su cuerpo, hacía que Edward perdiera la cordura.
Emmet dio un paso atrás y se dejó caer en una de las sillas de la cocina, aferrando las
caderas de Bella con ambas manos y haciendo que casi desaparecieran de su vista.
Maldición, algunas veces llegaba a olvidarse de lo menuda que era. Era una mujer
frágil. Debería de considerarla casi intocable.
Pero no lo hacía.
Por encima de uno de sus hombros desnudos, Bella le dirigió a él una mirada coqueta.
«¡Bang!». Aquella mirada le había engrosado el miembro antes siquiera de que
ella bajara los párpados y volviera a subirlos.
Y, sin embargo, aquel deseo no era sólo sexo. Había habido muchos momentos en su
vida en que se había sentido muy excitado. Pero aquello era diferente. Era algo nuevo.
Y le daba un miedo mortal.
Los ojos de Bella y Edward se fundieron y la electricidad que crepitó entre ellos le
golpeó y le atravesó el cuerpo. Luego sintió otra sacudida cuando ella le miró las
pelotas. Esa sensación lo golpeó de nuevo en el pecho y se intensificó cuando
ella se mordisqueó el labio inferior mostrando una apariencia tímida e insegura.
Excitada.
Luego Emmet la sentó en su regazo, y le dio un largo y profundo beso,
murmurando algo contra su boca, haciendo que Edward se sintiera crispado, enojado
y anhelante.
¡A la mierda con todo! Dio un par de pasos más hacia ellos.
Al verlo, Emmet hizo girar a Bella en su regazo de manera que la espalda
femenina se reclinara contra su tórax. Ahora ambos miraban a Edward. ¿Emmet
sabía que los había estado observando? El reto que brillaba en los ojos de su
primo para que dejara de ser un mero espectador lo decía todo.
La mirada de Bella era igualmente una muda invitación. Edward se detuvo en seco.
Aquello estaba mal. Muy mal. Lo habían provocado, le habían tendido una trampa. Si
bien sabía que debería darse la vuelta y marcharse, aquellas miradas habían
provocado un auténtico infierno en sus entrañas y no pudo mover ni un músculo.
La velocidad a la que Emmet deshizo el lazo del cinturón que rodeaba la delgada cintura
de Bella sólo podía llamarse «tortura prolongada». Sin ninguna prisa, su primo tiró del
cinturón con una lentitud exasperante. Arrastró la tira de seda por las rodillas de Bella
y la deslizó bajo el dobladillo de la bata hasta que ella jadeó y se le irguieron
los pezones. Las areolas estaban oscuras, arrugadas y eran muy tentadoras.
—¿Continúo? —le preguntó Emmet, desatando con manos firmes el último nudo que
sujetaba el cinturón en su sitio.
Edward tragó saliva. Si Emmet seguía, Bella se quedaría desnuda por completo.
Dejaría el cuerpo femenino expuesto a su hambrienta mirada. Accesible al toque
controlado de Emmet.
Nadie dijo nada, nadie respiró ni se movió. Pero uno de los dedos de Emmet se
deslizó lentamente entre las piernas de Bella por encima de la tela para acariciar
ligeramente lo que tenía que ser la sensible zona próxima al clítoris.
Edward le dirigió a su primo una mirada inquisitiva. ¿Qué diablos pretendía
hacer? ¿Qué debería hacer él? Emmet le respondió con una sonrisa y arqueando
una ceja. Mientras tanto, continuaba moviendo el dedo en círculos justo encima del
sexo de Bella.
El silencio se extendió entre ellos sólo interrumpido por la respiración jadeante de
Bella. Con lentitud, Emmet apartó el dedo y cogió el cinturón con ambas manos.
Era imposible no fijarse en el pequeño círculo de tela mojada donde había estado el
dedo de Emmet.
Ese pequeño punto dejaba a las claras lo mojada que tenía que estar Bella.
Aquella húmeda visión casi lo hizo caer de rodillas.
—¿Continúo? —Las manos de Emmet tiraron un poquito más del cinturón de la bata.
Edward supo que iría al infierno por eso.
—Sí.
Con una brillante sonrisa de triunfo y un erótico movimiento de sus manos, Emmet se libró
del cinturón y abrió la tela de la bata, dejándola caer a los costados de Bella.
Y ella se mostró ante él completa y sorprendentemente desnuda.
Edward no pudo más que mirarla boquiabierto al sentir el impacto de la
desnuda belleza femenina en su cuerpo, endureciéndolo y tensándolo, antes de que
Emmet aferrara sus muslos y los separara suavemente, abriendo las piernas de Bella.
Ella soltó otro suspiro entrecortado cuando Edward alcanzó a ver su sexo.
«Jugoso, hinchado, maduro. Perfecto».
Ella era una auténtica diosa lasciva mientras Emmet pasaba la yema del dedo por el
interior de su pierna y se detenía para frotar la tersa piel donde se unían el muslo y el
torso. Si Emmet movía el dedo apenas unos centímetros más tocaría sus pliegues mojados
y el suave vello chocolate y ya no habría nada más que lascivas intenciones entre ellos.
«Oh, Dios…».
Emmet llevó la otra mano a su vientre, y la subió lenta, muy lentamente hasta ahuecarle
un pecho y azotar el tenso pezón de nuevo con el pulgar.
Edward apretó los puños e intentó apartar la mirada de la escena que se desarrollaba
ante él.
Puede que si se diera la vuelta no viera esa imagen en su mente. Dios sabía
que si seguía observándolos, se uniría a ellos.
Y una vez que lo hiciera…
No, no podía pensar en poner a Bella sobre sus espaldas, seguro que ella estaría
mojada, y…
—Mírala —lo invitó Emmet, con voz ronca.
Edward tragó saliva. Dios, ¿qué podía hacer él salvo mirarla fijamente y desear
poseerla? ¿Qué más podría mirar que no fuera la mujer que deseaba sobre todas las
cosas?
Quiso cerrar los ojos para desterrar ese tipo de pensamientos de su mente, pero no
quería huir de la verdad si con ello se perdía un solo instante de ella,
entregada y sensual. Tan condenadamente hermosa y valiente.
No obstante, si Bella supiera la verdad, estaría aterrorizada.
«Díselo», lo apremió su miedo. «Merece saber por qué no puedes estar con ella».
—¿Estás mirándome? —le dijo ella con voz juguetona y sensual.
¿Por qué seguían tentándolo, poniéndole un cebo a la fiera salvaje que
habitaba en su interior? ¿Por qué tentaban al destino?
—Ya me conoces. —Edward se aclaró la garganta, pero sabía que seguiría sonando
como si tuviera arena en la laringe.
«¿Por qué no puedes poseerla?», le preguntó una vocecita interior. «Lo que
sucedió con Tanya no tiene por qué suceder de nuevo».
Puede que no. Edward no lastimaría a Bella a propósito por nada del mundo. ¿Y si
tenía cuidado? Emmet estaría allí, sería responsable. Él mismo insistiría en que lo fuera…
por si acaso.
«Maravillosa racionalización».
—Siéntela —lo tentó Emmet.
—Por favor —jadeó Bella, separando los muslos un poco más.
Sus pliegues brillaban mojados, rosados y necesitados.
Edward estaba más que dispuesto a darle lo que deseaba.
Aun así, no podía saltar sobre ella. Antes tenía que decidir si la apartaba de él o si
dejaba que entrara de lleno en su vida de forma permanente. Pensar en lastimarla, en
meter la pata hasta el fondo, lo llenaba de temor.
Se sentía como si estuviera sentado sobre una bomba de relojería a punto de estallar.
Tenía que tomar una decisión ya. Apartarla de nuevo de su lado con palabras odiosas,
herir sus tiernos sentimientos y destrozarla, no era una opción. Haber visto una vez el
efecto de sus palabras en ella casi lo había matado.
Abrazarla con toda la lujuria que sentía en su interior, dar rienda suelta a
todos los sentimientos que poseía era lo que Edward quería sobre todas las cosas.
Sentía que esos impulsos inundaban su cuerpo como si fueran el combustible de un
cohete a punto de despegar. Potentes. Imparables. Ni siquiera debería pensar en ella y
en el deseo ardiente que provocaba en él. Si la tocaba no sólo perdería el control sino
que éste estallaría en mil pedazos.
El pecho de Edward subió y bajó con su respiración jadeante y excitada. Las palmas de
las manos le hormiguearon por el deseo de aceptar la invitación de Emmet a pesar de
saber que una vez que la tocara, la poseería. Sería irrevocable.
—Si no la tocas, la perderás…
Y, recordándole exactamente lo que estaba desaprovechando, Emmet deslizó la mano por
el interior del muslo de Bella, trazando perezosos círculos sobre su sexo hasta
que muy lentamente se sumergió en él. Edward observó cómo el ansioso cuerpo de
Bella se tragaba ese dedo, y no pudo evitar la idea de que aquel dedo penetraba
profundamente en el húmedo calor que podría acogerlo a él.
Con un gemido, ella apoyó la cabeza contra el hombro de Emmet y se arqueó. Edward
observó cómo su primo le metía aquel dedo en el sexo, follándola lentamente,
antes de añadir otro y reanudar el mismo ritmo pausado.
En su regazo, Bella se contorsionó y presionó contra sus dedos. Emmet le
respondió deslizando la mano con la que le manoseaba el seno hacia la cadera, para
luego profundizar entre sus rizos resbaladizos, jugueteando con el nudo de
nervios oculto entre aquellos preciosos muslos, abiertos sin remisión. Sin piedad.
Una ligera presión, unos cuantos movimientos circulares con esos largos y sensibles
dedos, y Bella jadeó, se contorsionó, se sonrojó y gimió.
El deseo atravesó a Edward, lo arrasó. Estaba preparado para lanzarse y estallar.
«Dios, sería increíble follarla». El pensamiento de que ella enfocaría toda esa energía
en su miembro, en su satisfacción, era muy erótico. Pero no era justo dejarse llevar
sólo por su deseo. Necesitaba darle placer a esa mujer tanto como respirar.
Sería la manera de expresar todos aquellos extraños e incesantes sentimientos sin
tener que decir una palabra.
Edward dio otro paso hacia ellos, acercándose lentamente a la cocina.
Bella, al borde del orgasmo, gimió y meneó las caderas bajo las caricias de Emmet. Él la
mantuvo en ese punto con total maestría, llevándola con pericia hasta el borde del
precipicio para retroceder cada vez que su cuerpo estaba a punto de alcanzar la
cúspide. Tras un breve respiro, Emmet volvía a enardecerla de nuevo.
Perplejo, observó cómo Emmet utilizaba las manos para conducirla al climax, y
luego negárselo otra vez. Una y otra vez, y otra vez más. Diez minutos más
tarde, Bella tenía el cuerpo tenso y ruborizado. Incluso después de un breve
descanso, con que Emmet sólo deslizara un dedo en su interior o le rozara el clítoris, Bella
volvía a debatirse entre el cielo y el infierno una vez más.
Maldición, aquello lo estaba matando. Edward acomodó la sensible longitud de su
miembro endurecido en los vaqueros. Incluso el más leve roce le hacía gemir.
Los ojos color chocolate de Bella estaban totalmente abiertos, con las pupilas dilatadas,
dominados por un tono carmin, implorantes.
—Edward…, tócame…
Esas palabras fueron como un mazazo. Edward cerró los ojos, intentando bloquear la
imagen que tenía ante sí, pero el olor de Bella, a fresias y a canela,
lo sedujo. El aliento entrecortado de Bella y la manera
extasiada en que decía su nombre, mientras Emmet la llevaba al límite otra vez… era
casi imposible de soportar. Apretó los puños y se dio cuenta de que estaba temblando.
Temblando como un jodido adolescente.
—Edward —lo llamó Emmet de nuevo, con una voz burlona y desafiante.
Edward abrió los ojos lentamente. Su ardiente mirada se deslizó por las mejillas
arreboladas de Bella hasta el pecho, que subía y bajaba con rapidez. Su excitante
recorrido visual continuó por la estrecha cintura, por las suaves curvas de las
caderas. A continuación dedicó toda su atención a los pliegues resbaladizos e
hinchados. Aquel lugar que Emmet orientaba en su dirección para que él no pudiera
perderse ningún detalle.
El bastardo de su primo había previsto aquello. Pero eso no hacía que Bella lo excitara
menos o que fuera más fácil resistirse a ella.
—Emmet, para —gruñó Edward.
Su primo continuó como si no lo hubiera escuchado.
—Saboréala.
¡Maldición! A Edward casi se le aflojaron las rodillas ante la sugerencia. Toda
esa dulce necesidad sólo para él, cálida en su lengua… Saber que él podría
darle placer, que con unos meros lametazos hambrientos ella se rendiría a él, que le
ofrecería el sabroso néctar de su ser, fue suficiente para que le latiera la polla y para
que se le tensaran los testículos.
Sintió un vuelco en el corazón.
¿Cómo podía un hombre luchar contra algo así?
Casi la había perdido dos veces en las últimas semanas, primero con Jacob Black,
luego por la bomba de un psicópata. Las pruebas de aquello último eran visibles en el
cuerpo femenino en forma de puntos y magulladuras. Si ahora se alejaba de
nuevo, ¿volvería a tener otra oportunidad con ella o por el contrario la ruptura sería
para siempre? Aquella posibilidad era demasiado dolorosa.
—Por favor, saboréame —le imploró Bella con suavidad, apartando los dedos de Emmet
y pasando sus propios dedos por su brillante sexo.
Luego levanto un dedo mojado hacia él como un manjar tentador.
Antes de poder respirar o pensar, Edward dio un paso más y se dejó caer de
rodillas. Le aferró la muñeca con fuerza y se metió aquel dedo en la boca,
succionándolo como un hombre poseído. Gimió al degustar aquel sabor almizcleño
que no había podido olvidar.
Fresco, salado y dulce a la vez, delicado. Incluso después de horas el gusto a almizcle
de su sexo, de su piel, permanecía en su lengua. Era tan… suyo. Era perfecto.
Edward la sujetó por las caderas, ansioso por atraer a Bella hacia él y hundirse en
ella como si fuera un postre exquisito.
—No. —Emmet le rozó de nuevo el clítoris y luego le cubrió el monte de Venus, negando a
su primo el sabor del néctar de Bella.
Edward apretó los dientes, observando cómo Emmet presionaba el sexo de Bella
rítmicamente hasta que ella se aferró a los brazos de la silla de la cocina y gimió por
alcanzar un climax que el chef le negó de nuevo.
—Fóllala. —Ahí estaba el nuevo reto de Emmet.
«El último».
Edward levantó la cabeza de golpe. Emmet lo decía en serio. Completamente en serio.
Observó a su primo durante un instante. Emmet no sugería nada que Edward no
hubiera pensado y ansiado hacer más de lo que su limitado vocabulario de
cavernícola fuera capaz de expresar en ese momento.
—Por favor… ¡Oh, por favor! —suplicó Bella interrumpiendo sus pensamientos, con
voz estrangulada—. Te necesito.
Soltando el aliento, Bella no hizo más que mirarla fijamente mientras le
imploraba. La cabeza le daba vueltas. Quería darle lo que necesitaba. Todo lo
que necesitara. Dios lo sabía, pero…
—Ahora —le instó Emmet—, o lo haré yo.
Edward se agarró con desesperación a la silla.
—Emmet…
—Fóllala —insistió—, o lo haré yo.
«Oh, maldición». Sintió un estremecimiento.
Inspirando profundamente, Edward volvió a mirar a Bella. No podía
ignorar los implorantes y sinuosos movimientos de la mujer que ruborizada de pies a
cabeza lo observaba con una mirada ardiente y entornada.
—No es eso lo que ella quiere.
—¿Y qué crees que quiere en este estado? Necesita correrse. Me he asegurado de
ello.
—Debería de tener la mente despejada para acceder a esto. Tal y como está ahora…
—Bella dijo que sí antes de que entráramos en la cocina. Antes de que le
pusiera un dedo encima. Quiere que hagamos el amor con ella. La única pregunta
aquí es, ¿cuál de los dos lo hará primero?
Emmet acababa de acorralarlo. Santo Dios, ¿por qué? No cabía duda de que él había
tenido muchas veces la fantasía en la que la follaban juntos. «¡Maldito fuera Emmet!».
Pero Edward no se hacía ilusiones. Si no tomaba él a Bella, lo haría Emmet.
—¿Quién va a ser? —le presionó su primo.
—Estoy pensando. —¿Pero qué había que pensar? Si Bella ya había dicho que sí, y si
Emmet pensaba tirársela si él se negaba, ¿cómo podía decir que no cuando lo que más
quería era ser su primer amante y reclamarla para sí?
—Tienes treinta segundos.
—No me presiones, cabrón.
—Demasiado tarde.
—¿Por qué coño estás haciendo esto? ¿Por qué no dejas simplemente que las cosas
vayan a su ritmo? Deja que la haga correrse con la boca. Eso la aliviaría.
Emmet se burló de él.
—Hoy sí, pero ¿qué pasará mañana? ¿Y pasado mañana? Es una mujer que
se merece disfrutar de una sexualidad plena y feliz. Ya lo he hablado con ella. Está
tomando la pildora y está preparada. Más que preparada. Está empapando mis
dedos. Ambos le importamos. Y los dos la adoramos.
Edward comenzó a sudar.
—Lo que estás sugiriendo es… permanente.
—Que es exactamente lo que tú deseas. Lo que yo deseo. No permitas que el miedo
que sientes lo estropee todo.
Edward cerró los ojos con fuerza por un momento, pero eso no impidió que
reconociera la verdad.
—Has planeado todo esto, hijo de perra. Me has estado forzando desde el principio.
—Empezaba a preguntarme si seríamos viejos antes de que encontraras el valor
suficiente para hacer el amor con ella. —Emmet miró el reloj—. Ahora lo sabré. Han
terminado tus treinta segundos.
Edward no dijo nada mientras las palabras de Emmet retumbaban en su cabeza. Bella
merecía disfrutar de una sexualidad plena y eso incluía…, bueno… sexo completo.
Bella quería eso. No era menor de edad ni emocionalmente inestable. Y a él le
importaba ella más de lo que quería admitir. Si Bella volvía a desaparecer de su vida,
su ausencia lo destrozaría.
Pero ¿qué podía ofrecerle él además de un pasado traumático un presente paranoico
y un futuro donde la mayor parte de la gente los vería como unos depravados?
Emmet estaba ahora impaciente. Colocó a Bella encima de la vieja mesa redonda
de la cocina y se deshizo de los vaqueros, arrojándolos al suelo. Se ubicó entre la V
que formaban las piernas abiertas de Bella, la agarró de las caderas y se sujetó el
miembro.
—¿Qué demonios estás haciendo? —dijo Edward empujando a Emmet y
apartándolo de Bella—. ¿Es su primera vez y pretendes mantener relaciones
sexuales sobre la mesa de la cocina?
Emmet se encogió de hombros.
—Bueno, me la llevaré a la cama y la follaré allí.
Edward observó atónito cómo Emmet le tendía la mano a Bella . Ella vaciló y levantó unos
inquisitivos ojos muy abiertos en dirección a él.
¿Quieres ser el primero? Le preguntaba con la mirada. ¿Te importo?
¿Necesitaba Edward estar ya dentro de ella? ¿Quería ser el primer hombre en
hundirse en su cuerpo y tomar una parte de ella que ningún otro hombre tendría
jamás?
«Sí, sí, sí y sí».
—¡Ni lo sueñes! —gruñó Edward. Luego levantó a Bella de la mesa, y la estrechó
contra su cuerpo. Ella le envolvió automáticamente la cintura con las piernas
mientras la boca masculina se amoldaba a la de ella y la saboreaba
desesperadamente con la lengua. Quiso sumergirse en ella y rodearla con sus brazos,
mientras la sostenía con una mano bajo el trasero desnudo. El dulce jugo de su sexo
goteó sobre su muñeca y la tela de los vaqueros.
Era condenadamente bueno que estuviera tan mojada. Iba a necesitar toda esa
lubricación. Dentro del oscuro dormitorio, Alfonso apartó la mosquitera y la
depositó en la cama. Era perfecta. Bella y radiante, igual que la propia cama,
delgada y con sugerentes curvas.
—¿Estás segura, gatita? —le preguntó con voz áspera y ronca.
Bella asintió con la cabeza sin dejar de removerse.
—Sí. Por favor. Ya.
—¿Estás hablando tú o el deseo? Emmet te ha llevado a un punto…
—Deseo esto, te deseo. Ya lo hacía antes de que él me pusiera la mano encima. Por
favor —susurró ella, deslizando su propia mano entre sus piernas para acariciarse el
clítoris y llevándolo a él cerca de la locura.
Edward sintió que se le aflojaban las rodillas a la vez que su erección latía con
aprobación, pero la agarró de la muñeca y se la apartó. Quería ser él quien la hiciera
llegar al orgasmo. El y su dolorida polla.
Edward tragó saliva. «Joder». Iba a hacerlo. Iba a olvidarse de todo lo demás y a hacer
el amor con Bella. A poseerla. A ser su primer amante. A reclamarla. No podría
impedirlo, no quería evitarlo.
—Te dije todas aquellas cosas horribles para que te fueras, pero no sentía lo que dije.
—Lo sé. Te perdono.
La respiración de Edward era jadeante. ¿De verdad era ella tan maravillosa
como para entender que no había querido decir aquellas cosas? No se la merecía, y
esperaba no destrozarle la vida. Pero no podía negarse más a lo que todos querían. Y
no era simplemente su cuerpo lo que necesitaba, sino la intimidad. Necesitaba sentirse
tan unido a ella como sólo podían estarlo dos personas.
—Gracias. —Miró a Emmet, con el corazón latiendo más rápido que un M60—. ¿Me das
un condón?
—No. —Fue Bella la que lo dijo. La palabra resonó en la habitación.
—Está tomando la pildora —le recordó Emmet.
Edward se volvió hacia ella, se la quedó mirando fijamente y no pudo evitar darle un
beso húmedo y devorador en la boca, ni de rozarle el erecto pezón con el pulgar.
—¿De veras?
Bella se arqueó bajo su caricia.
—Fui a ver a un médico después de dejar a Jacob. Esperaba que ocurriera esto.
Esa información le hizo hervir la sangre y querer gritar de alegría. «A salvo». Ella
estaba a salvo. ¡Bendita fuera! La recompensó con una caricia en el otro pecho. Ella le
respondió con un gemido. No sólo podría hundirse profundamente en ella, sino que
podría hacerlo sin protección.
«No seas tonto», le gritó una parte de su mente. La pildora no era totalmente segura.
—Dame un condón —le dijo a Emmet—. Es sólo por seguridad. —Luego le pasó la mano a
Bella por el pelo—. No quiero que te pase nada.
—No quiero que nada se interponga entre nosotros. Por favor…
«Oh, cielos». Sería algo estúpido, alocado e impulsivo. Pero algo en el interior
de Edward comenzó a hacer erupción, gritando un «cielos, sí», al pensar en estar
dentro de ella sin que nada se interpusiera entre ellos. Deseaba tener a Bella de una
manera en que no había tenido a otra mujer. La pildora era más efectiva que los
condones, y sabía por experiencia, que los condones no eran infalibles.
Edward no podía apartar la mirada de ella. Ahora observaba fijamente los
puntos y los moretones que tenía. Le recordaban que podría haberla perdido
antes de haberla reclamado siquiera. Eso sí habría sido una jodida ironía. La
necesitaba. Y tenía que poseerla de la manera más elemental posible.
—Gatita —le dijo con voz ronca—. Te prometo que estoy sano. Suelo
hacerme reconocimientos médicos con regularidad. Siempre he tomado
precauciones. Yo nunca… — tragó saliva—. Estás segura conmigo.
—Lo sé. —Sonriendo, Bella extendió la mano y pasó la yema de los dedos
suavemente por la espalda de Edward. Él se estremeció y contuvo la respiración—.
Entonces, yo también seré la primera para ti.
Como si ella quisiera reclamarlo a él. El deseo de Edward se acrecentó, invadió su
mente y le hizo abandonar cualquier pensamiento racional. Todo lo que haría esa
noche sería puro instinto. Todo corazón.
—Así es. —Se bajó de golpe los vaqueros por las caderas, y subió lentamente a la
cama, tumbándose a su lado.
Inclinándose y zambulléndose en el paraíso que era la boca de Bella, Edward degustó
su sabor único y limpio. El beso fue brusco y exigente. Sin palabras, ella le dijo que
esperaba que se lo diera todo, que no se reservara nada para él.
¿Cómo, con todo lo que la deseaba, con todo lo que la quería, podría contenerse?
Bella ya había demostrado ser lo suficientemente fuerte para satisfacer sus
necesidades en otras variantes del sexo. Sería perfecto.
Cuando la tomó de la nuca para profundizar el beso, Edward sintió que Emmet subía a la
cama y se situaba al otro lado de Bella.
Interrumpió el beso, luego clavó la mirada en Emmet. Abrió la boca y la cerró de golpe.
¿Cómo podía haberse olvidado de su primo? Él, que no se había acostado solo con
una mujer en doce años, a pesar de todo, se había olvidado. Y ahora tenía que
recordarse a sí mismo que no sería el único amante de Bella, sino que también lo
sería Emmet.
Esa idea provocó en él una sensación de rechazo absoluto. Edward apartó a un
lado su instinto, intentado imponer un poco de lógica a su mente cegada por la
lujuria. Necesitaba que Emmet estuviera allí.
Estaba dispuesto a sumergirse en Bela sin que hubiera entre ellos una barrera de
látex. Oh, Dios… se moría por sentir su carne desnuda rodeándole. Pero no estaba
dispuesto a olvidar todas las precauciones. No podía ser el único responsable. Por si
acaso…
Aquel miedo que albergaba en su interior le recordaba que tenía que compartirla.
Tenía que ignorar aquella parte de sí mismo que se rebelaba. No podía ser el único con
el que ella hiciera el amor.
Apartando esos pensamientos de su mente, observó cómo Emmet rodeaba uno de los
rígidos pezones de Bella con la lengua. Él se dedicó al otro, humedeciéndolo,
pellizcándolo con los dientes, satisfecho con la rápida respuesta de Bella que separó
automáticamente los muslos.
Edward deslizó una mano reverentemente por la suave piel del vientre de Bella y
siguió bajando hacia su sexo. Un refugio mojado, empapado e hinchado. Ella
jadeó ante el primer toque.
Bajo los dedos de Edward, el tenso clítoris palpitó. Dios, estaba más que
preparada. Era bueno saberlo, Edward se encontraba en el mismo estado.
Deslizó lentamente un dedo en su interior. Su canal era muy estrecho. «Oh,
Dios… demasiado estrecho». Jadeó. El cuerpo de Bella se cerró en torno a su dedo,
implorando en silencio. Añadiendo un segundo dedo, los introdujo más
profundamente. Menos mal que se había corrido ya dos veces ese día, o hubiera
explotado nada más entrar en ese cálido nido vacío.
Pero cuando introdujera su gran erección en su cuerpo, iba a lastimarla.
Edward odiaba aquello. Hizo un movimiento de tijera con los dedos, intentando
dilatarla para minimizar el dolor.
—Más —le exigió ella.
Sosteniéndole la mirada, clavó los ojos en Bella. Ella no estaba hablando con Emmet, que
se dedicaba a lamer y succionar sus pezones como si fueran un pirulí o como si su boca
fuera una aspiradora. Hablaba con él.
—¿Más adentro? —preguntó Edward roncamente mientras empujaba los dedos en su
interior hasta la empuñadura.
Jadeando mientras movía la cabeza de un lado a otro, negando y asintiendo a la vez,
ella le respondió:
—Más adentro. Mucho más. Quiero estar llena de ti.
Edward casi se mareó ante su jadeante respuesta, absolutamente honesta.
—Quiero llenarte, gatita. Creo que no he querido nada más en la vida.
—Estás haciendo lo que tienes que hacer —murmuró Emmet, trazando un sendero de
besos por la barbilla de Bella.
Los pezones que había dejado desatendidos estaban rojos. No había otra
manera de describirlos. Hinchados. Bien trabajados. Muy duros. Estarían muy
sensibles por la mañana, pero dado que Bella se arqueaba hacia Emmet e intentaba
conducir su cabeza de vuelta hacia ellos, ahora no los sentía así.
Lo único que ella sentía era que estaba lista.
Levantándose de la cama, Edward se puso de pie a su lado, y acariciándole los muslos
y las caderas, la acercó al borde de la cama, haciendo que le rodeara las caderas con
los muslos.
—¿Edward?
Él se inclinó y depositó un suave beso en su vientre.
—No voy a irme. En esta posición, puedo controlar mejor el ángulo y la
presión. Si te duele demasiado, podré retirarme.
O al menos, esperaba poder hacerlo. Aunque lo que en realidad quería era arremeter
contra ella como el toro embestía un capote rojo.
Edward inspiró profundamente, reteniendo el aire e intentando centrarse.
—Un poco de dolor no me hará daño.
—También dejo sitio para que Emmet se dedique a otras partes de tu cuerpo. —Indicó con
los dedos las líneas de su torso, y luego los bajó, deteniéndose para describir
unos círculos en el clítoris de Bella—. Confía en mí. Al final de la noche, te sentirás
bien follada.
Bella enlazó las piernas en torno a su cintura, atrapándolo entre ellas.
—¿Me lo prometes?
Aquellas burlonas palabras lo atravesaron y se clavaron directamente en su miembro.
Edward levantó la mirada al techo, intentando conservar su autocontrol. También
quería que Bella se sintiera bien amada.
—Sí —graznó—. Oh, sí.
Ella le respondió con una sonrisa radiante que sólo incrementó el deseo que
sentía. El control de Edward se evaporó.
Cogiéndose el rígido pene con la mano, lo guió a la pequeña e hinchada abertura. Ella
era menuda. Y él no era un hombre pequeño. Iba a tener que hacer fuerza para
penetrarla. Aquel pensamiento provocó otra nueva oleada de sudor.
Edward se inclinó hacia adelante un poco e introdujo el glande en el interior de Bella.
«Oh, Maldita sea. Era tan caliente y estrecha». Bajo él, Bella se movió con agitación,
arqueándose, forzándolo a penetrarla un poco más. Agarrándola de las caderas,
se introdujo un centímetro más.
Hasta tropezar con su himen.
—No te detengas —le imploró ella.
Edward no hubiera podido detenerse aunque hubiera querido. Pero un
millón de pensamientos cruzaron por su mente. ¿Y sí… la lastimaba demasiado? ¿Y si
a ella no le gustaba la intensa sensación de sentirlo en su interior? ¿Y si no estaba tan
preparada como pensaba?
O peor todavía, ¿y si volvía a repetirse la misma historia?
—Estás pensando demasiado —murmuró Emmet—. La quieres. Y a menos
que me equivoque, la amas. Está protegida y yo estoy aquí. No podría ser más
perfecto de lo que es.
Eso puso fin a todas sus reservas. Emmet tenía razón. Preocuparse por el dolor o
la preparación de Bella —incluso por el futuro— no era más que una excusa. Tras
doce años, había llegado el momento de darse otra oportunidad.
Continuará...
jueves, 6 de octubre de 2011
La Hija Del Coronel.
Capítulo 11
Dos horas después, Bella se paseaba de un lado para otro en la fría sala de espera de
un hospital, mordiéndose las uñas. Dios, le temblaba todo el cuerpo. Dirigió otra
mirada de preocupación hacia el quirófano donde habían metido a su padre.
Aún no había salido nadie para decirle si su padre iba a vivir o… No, mejor no pensar
en eso. «Respira profundamente. Tranquilízate. Reza».
Ése era un buen consejo, pero no podía dejar de revivir aquel terrible
momento. Había pasado de estar sentada en el porche hablando con Emmet, a ver cómo
la casa de su padre estallaba con él dentro. El fuego se había propagado por todo el
lugar, pero no pensó en ello hasta más tarde. En aquel momento, nada la habría
impedido entrar en la casa, donde encontró a su padre inconsciente y a punto de ser
devorado por las llamas. Al ver que el picaporte de la puerta estaba demasiado
caliente para tocarlo, había arrojado una silla por la puerta de cristal de la parte
trasera de la casa y luego había arrastrado a su padre al patio.
Los bomberos que habían respondido a la emergencia le habían dicho que su
padre no habría sobrevivido si ella no hubiera actuado con rapidez, salvándolo de
aquel infierno creciente. Pero aun así estaba herido de gravedad. ¿Y si después de
todo había llegado demasiado tarde para salvarlo?
Bella
paseó la mirada por la larga hilera de sillas vacías de la sala de espera,
por la alfombra de color parduzco y por las polvorientas plantas artificiales de
seda. No, no podía sentarse, no podía dejar de moverse.
No podía dejar de preocuparse.
«Maldición, ¿qué había provocado esa explosión?».
A sus espaldas, oyó el siseo de las puertas automáticas al abrirse. Distraída, se giró.
Emmet entró corriendo. Parecía apurado y preocupado, recorrió la estancia con la mirada
y suspiró aliviado cuando su frenética mirada cayó sobre ella. Feliz de verle, sintió el
escozor de las lágrimas cuando él se dirigió con rapidez hacia ella, y la envolvió entre
sus brazos firmes y cálidos. Apoyando la mejilla en su hombro, inspiró profundamente,
respirando por fin, sintiéndose benditamente dichosa por un momento. Luego Bella
abrió los ojos.
«¡Edward!».
Estaba de pie, detrás de Emmet, con los ojos verdes llenos de preocupación, y una
expresión cercana al pánico. La recorrió con la mirada. Quería asegurarse de que
estaba viva, a la vez que le ofrecía su apoyo.
Sus miradas se encontraron, y Bella sintió el impacto de sus ojos con tal fuerza, que se
le fue formando un nudo en el estómago hasta que apenas pudo respirar.
Edward había venido. Había dejado sus diferencias a un lado, y había ido con ella.
Las lágrimas resbalaron por las mejillas, negras por el hollín, de Bella. Al verlas,
Edward hizo una mueca, como si verla tan afectada fuera casi físicamente doloroso
para él.
Bella le tendió una mano. Él se la agarró y luego tiró de ella para arrancarla de los
brazos de Emmet y meterla entre los suyos. Ella se apretó contra su sólido tórax y él le
rodeó la cintura con un brazo firme. Permanecieron allí de pie, cuerpo contra cuerpo.
Los rítmicos latidos del corazón de Edward la conmovieron, y lo rodeó con sus brazos
hasta que ni una brizna de aire se interpuso entre ellos. La fuerza de Edward la
envolvió, igual que su olor, a tierra, a lluvia, a hombre.
—Gatita —masculló él contra su pelo. La voz ronca por la preocupación
atravesó los sentidos de Bella.
Levantó la barbilla, y la mirada de Emmet atrajo la suya, desviando la atención de Bella a
su primo.
—¿Estás bien?
Edward dio un paso atrás y la observó con renovada atención. Ella asintió con la
cabeza.
—Estoy bien, pero mi padre…
Bella no pudo acabar la frase sin desmoronarse. Un nuevo aluvión de lágrimas resbaló
por sus mejillas, escaldadas y tiznadas, y no pudo reprimir el sollozo que le salió del
alma.
Intentó ser fuerte, pero fracasó. La realidad de la situación la hizo deshacerse en
lágrimas.
Edward la estrechó tiernamente contra su ancho pecho otra vez. Emmet le acarició
el pelo y le murmuró palabras de consuelo.
—Shh… —Ambos intentaron tranquilizarla, y Bella no pudo determinar quién
decía qué. Pero no importaba. Con ellos allí, finalmente comenzaba a creer que las
cosas saldrían bien.
—Me alegro de que estéis aquí. Gracias.
—No podríamos estar en otro lugar —murmuró Emmet, luego le besó la coronilla.
Edward la llevó hasta una silla y se sentó con ella en su regazo. Emmet se sentó a su lado.
Ambos hombres la miraron con ternura. La alegría que sintió aligeró su carga
momentáneamente, y su corazón se llenó de una sensación agridulce. Más lágrimas
resbalaron por su cara, y Emmet se las enjugó con el pulgar. Los brazos de Edward se
tensaron alrededor de ella.
—¿Qué ha sucedido? —la apremió.
Preguntas. Bella sabía que era así como actuaban los militares. Querían
respuestas. Tenían que valorar la situación para luego actuar en consecuencia. No
obtendría nada más de él hasta que Edward supiera a qué se enfrentaba y que todo el
mundo estaba a salvo. Bella tuvo que levantar la cabeza y responderle.
Inspiró temblorosamente
—No lo sé. Hubo una explosión de algún tipo…
Bella quería contestarle, pero no sabía las respuestas, ¡Maldita sea! ¿Qué había
sucedido? ¿Y dónde diablos se habían metido los médicos? ¿Por qué nadie la
informaba sobre el estado su padre?
Pasándole suavemente la mano de arriba abajo por la espalda, Edward la tranquilizó.
—Después de que Emmet oyera la explosión por el teléfono, y que tú no contestaras,
salimos pitando a casa de tu padre. Uno de los bomberos es un viejo amigo mío. Nos
dijo que entraste en la casa y sacaste a tu padre.
Ella asintió con la cabeza.
—Oh, Dios mío —masculló Emmet—. Ese lugar debía de estar envuelto en llamas.
—Tenía que hacerlo.
—Lo sé. —La voz grave de Edward fue suave, como una caricia—. Es una suerte que
salieras de una pieza. ¿Cómo está tu padre?
—Está en el quirófano. Sigo sin saber nada de él. No sé…
—¿Cuándo comiste por última vez? —preguntó Emmet.
¿Quién podía recordarlo? Dios, sólo de pensar en la comida se le revolvía el estómago.
—No tengo hambre. Emmet frunció el ceño.
—¿Un refresco? ¿Café?
Bella negó con la cabeza. No le apetecía nada ahora. No podría digerir nada
con el estómago revuelto.
Edward le sujetó la cara entre las manos, atrayendo su atención de nuevo.
—¿Dónde están tus hermanos?
Bella frunció el ceño y tragó saliva. Le dolía la garganta. Respirar humo le había
dejado las entrañas en carne viva, como si hubiera bebido trementina. Le dolían los
pulmones, pero ese dolor no era nada comparado con el que sufría su padre. Ya
había sido examinada por los médicos y la habían dejado marchar.
—No lo sé. Creo que Jasper está fuera del país en una misión. Carlisle… me llamó hace
unos días para preguntarme sobre el compromiso, pero no me dijo dónde estaba. Los
tensos brazos de Edward se cerraron a su alrededor con fiereza.
—¿Has llamado a Carlisle desde la explosión?
«No». Ni siquiera se le había ocurrido. Pero la vida de su padre pendía de un hilo en
aquel momento. En cuanto había puesto al coronel a salvo, habían llegado los
bomberos. Luego había acudido la policía. Le habían hecho preguntas —montones de
ellas— mientras estabilizaban a su padre para meterlo en la ambulancia. Ella había ido
con él, sujetándole la mano, esperando que de alguna manera supiera que, aunque no
vivían cerca, él todavía era su padre, su único padre, y ella le quería. Luego en el
hospital había tenido que rellenar los formularios y responder a más preguntas.
Entonces comenzó la espera, los tensos momentos de temor que casi acabaron con su
compostura.
—¿Gatita? —la apremió Edward.
—No sé donde está mi móvil. Supongo que se habrá roto. No sé…
—Está bien. Yo llamaré a Carlisle . Ahora relájate. —La besó en la frente, luego se puso
el pie y la depositó en el regazo de Emmet como si ella fuera más valiosa que una pieza
centenaria de porcelana china.
Bella observó cómo Edward sacaba el móvil y se apartaba de ellos.
Durante un largo rato, Emmet no hizo más que abrazarla, y ella agradeció su calidez y
ternura mientras la ansiedad seguía royéndole las entrañas. ¿Cuánto tiempo más
tardarían los médicos en decir algo? Necesitaba saber cómo estaba su padre. Tenía
que saberlo ya o se volvería loca. «Dios, y sí… No». No pensaría en eso. Se negaba a
hacerlo.
—Nos sentimos muy aliviados de que estés bien —murmuró Emmet contra su
mejilla, interrumpiendo su debacle interior—. Se me detuvo el corazón cuando oí la
explosión. No sabía si habías resultado herida.
—No lo entiendo… No sé qué sucedió. Edward regresó entonces y se sentó en la silla
junto a ellos.
—Carlisle estará aquí en quince minutos. Él se encargará de avisar a Jasper. Bella soltó
un suspiro de alivio.
—Oh, bien. Gracias a Dios. Carlisle y papá se llevan muy bien..:
Con ternura, Emmet le enjugó las nuevas lágrimas que ella no era consciente de
haber derramado.
—Lo sé, cariño. —Unas enormes manos, cálidas y firmes, tomaron las suyas.
Edward.
Ella parpadeó, se lo quedó mirando fijamente, absorbiendo la imagen de él, la
seguridad que transmitía.
—Necesito que te concentres —le exigió él—. Los bomberos nos han dicho que
la explosión no fue un accidente. No fue una fuga de gas ni nada por el estilo. Ha sido
provocado.
«¿Provocado?». —¿Qué estás diciendo? ¿Fue deliberado?
—Muy deliberado. Lo que estalló fue una bomba.
A Bella se le desencajó la mandíbula. Miles de pensamientos se agolparon en su
mente, pero no podía retener ninguno el tiempo suficiente para expresarlo en
palabras. «¿Una bomba?». No tenía sentido. ¿Quién? ¿Por qué? ¿Cuándo? ¿Quién
había sido el gilipollas que la había puesto?
«Y que además quería veros muertos», susurró una vocecita mordaz en su cabeza.
—Cuando viniste a vernos la primera vez, mencionaste que alguien había
estado amenazando a tu padre —la apremió Edward.
Muda y aturdida, ella asintió con la cabeza.
—¿Sabes por qué?
Ella frunció el ceño, intentando recordar.
—No con exactitud. Sólo sé que hay un psicópata que mi padre capturó y puso a buen
recaudo, que estaba amargado porque no había visto crecer a su hija.
—¿Te amenazó a ti?
Bella vaciló, hizo una pausa para pensar.
—Papá me dijo que ese hombre me había mencionado. Mi padre pensaba que
ese tío quería hacerme daño.
Emmet y Edward intercambiaron una mirada grave y al instante asintieron con la cabeza.
—En cuanto llegue Carlisle —dijo Edward—, te vienes con nosotros.
—¿Con vosotros?
—Nos iremos lejos de aquí. A alguna parte donde ese retorcido hijo de perra,
que probablemente haya volado la casa de tu padre, no te encuentre. A algún lugar
remoto y seguro.- Bella entendía su lógica, pero…
—Mi padre me necesita aquí. No puedo marcharme.
—Carlisle se quedará aquí, nos mantendrá al tanto de todo, pero hasta que sepamos a
quién y a qué nos enfrentamos…
—Es mi padre. Tengo que saber si va a recuperarse. Tengo que hablar con los médicos.
No puedo largarme así porque sí. Logan tiene la sensibilidad de una apisonadora y
papá me echará en falta.
Edward hizo una mueca sombría.
—Puede que te quiera aquí, pero también querrá que estés segura y a salvo. Estás
alterada y no piensas con claridad. Y eso te convierte en una presa fácil de ese
bastardo enfermizo que quiere matarte. No dejaré que eso suceda.
Bella se apoyó aturdida contra Emmet. ¿Sería posible que ella fuera un objetivo
en el complot de ese psicópata contra su padre? No tenía demasiado sentido. En
todos los años que su padre llevaba en ese negocio, jamás había tenido un roce serio
con un criminal vengativo. Muchas amenazas sí, y algunos incidentes menores, pero
nada como eso.
Pero, como su padre decía con frecuencia, siempre había una primera vez.
Si el coronel, que sabía cómo protegerse y trabajaba, precisamente, protegiendo
a los demás, estaba en un quirófano luchando por su vida, ¿tenía Bella alguna
posibilidad contra ese hombre si iba tras ella? Ninguna. Pero ¿cómo podía abandonar
a su padre en los que podían ser los últimos momentos de su vida?
—Pero…
—No hay peros que valgan. —Parecía como si a Edward se le hubiera acabado la
paciencia.
Le metió los dedos en el pelo y le alzó la cabeza, obligándola a mirarle a los ojos—. Te
voy a sacar de aquí. Y punto. No es negociable. No vas a discutir, ni a intentar
convencerme, ni a escaparte.
Su espíritu rebelde se alzó en su interior ansioso por tomar la palabra. La lógica lo
aplastó.
La explosión había sido causada por una bomba. Alguien había amenazado a su
padre. Si ese psicópata había puesto una bomba, quería decir que era sofisticado y
que lo había hecho cuando la casa estaba llena de gente. Quería decir que
probablemente vigilaba la casa. Y que él sabía que ella estaba allí.
Probablemente había considerado que cargársela era un extra. O quizá fuera su
objetivo. Su padre jamás querría que ella se pusiera a sí misma en peligro. Bella
suspiró largamente cuando dijo:
—Está bien.
Emmet la rodeó con los brazos y apoyó la mejilla contra su espalda. Edward se puso tenso,
tiró del pelo de Bella, maldijo entre dientes y le dio un beso rudo y posesivo en la
boca.
En ese momento, se abrieron las puertas del hospital. Bella vio que Carlisle irrumpía en
el interior y escudriñaba la sala de espera. Cuando los vio, se detuvo.
Bella se libró del abrazo de Edward y saltó del regazo de Emmet. Pero Carlisle
había visto suficiente. Decir que estaba furioso no alcanzaba a describir la
expresión que llameaba en sus ojos.
Tragando saliva, se acercó a ella y la agarró del brazo, apartándola de Edward y Emmet.
—¿Se sabe algo de papá? —dijo con voz tensa y entrecortada.
«Maldita sea». Parecía estar conteniendo su temperamento salvaje. Y lo haría, pero
no por mucho tiempo.
Bella se negó a avergonzarse. No era una niña, y no iba a tratarla como si lo fuera.
—Nada, aún estamos esperando.
—¿Cuánto tiempo lleva en el quirófano?
Bella se encogió de hombros. El tiempo carecía de sentido desde la explosión.
—Calculo que alrededor de una hora.
—Edward me dijo que estalló una bomba en casa.
—Eso han dicho los bomberos.
—¿Fuiste tú la que sacó a papá de allí?
¿Estaba complacido o enfadado? Podía ser cualquiera de las dos cosas, ya que Carlisle
era la persona más imprevisible que conocía.
—Sí —dijo desafiándolo con la mirada.
—Maldita estupidez —escupió su hermano mientras la envolvía en un abrazo
fraternal—, Maldita valentía. Bien hecho, hermanita.
—Tenía que hacerlo. Tú habrías hecho lo mismo.
Carlisle sabía que no podría discutirle eso, así que ni lo intentó.
—¿Te ha examinado un médico?
—Estoy bien. Tengo dos puntos en el brazo y tres en la pierna. Son simples arañazos…
—Me alegro de que no estés herida.
Su hermano levantó la mirada hacia Edward y Emmet y les saludó con la cabeza.
Controlado. Contenido. Engañoso. Carlisle podía ser un auténtico hijo de perra cuando
quería.
—Bueno —continuó—. Cambiando de tema… ¿qué coño haces con esos dos?
Como el tono de Carlisle estaba teñido de ira, Edward se levantó y se colocó detrás de
Bella. Ella sintió su atletico cuerpo y su calor en la espalda. Mirándolo por encima del
hombro, observó cómo sostenía la mirada enfurecida de su hermano. En una
respuesta silenciosa, Edward le rodeó la cintura con un brazo marcándola como suya y
los ojos de Carlisle ardieron de nuevo.
Pasó un par de enfermeras por el pasillo cercano, era obvio que estaban en medio de
un cambio de turno, y se detuvieron para observar la escena que se desarrollaba en la
sala.
«Genial. Ahora tenían público». Antes de que las cosas explotaran, Bella
levantó las manos para detener a su hermano.
—Éste no es el lugar ni el momento adecuados para montar una escena.
—Sólo me preocupo por ti, hermanita. —Levantó la mirada hacia Edward—. ¿No
quieres contarle de qué manera te tiras a las mujeres? ¿O tendré que hacerlo yo?
Si las enfermeras no les hubieran dedicado su atención antes, ahora lo harían.
Edward se tensó a sus espaldas, y Bella supo que necesitaba aclarar la
situación en ese momento.
—Carlisle, baja la voz. Ya sé todo eso.
Su hermano la miró como si hubiera perdido el juicio.
—Entonces, ¿por qué demonios les dejas tocarte?
—¡Maldición! —gruñó Edward a sus espaldas—. No tienes que…
—Deja que me ocupe yo de esto. Por favor.
Edward vaciló, luego se rindió… a regañadientes. Bella suspiró. No quería tener que
lidiar con eso ahora. No estaba segura de que su padre fuera a sobrevivir, y estaba
demasiado cansada. Pero ella conocía a su hermano mejor que nadie y sabía cómo
conseguir que se mantuviera al margen.
—Sé por experiencia, cómo se tira a las mujeres —le espetó en voz baja—. Y no creo
que sea asunto tuyo. Soy una mujer adulta, y tomo mis propias decisiones. Puedes
aceptarlo o no. Pero no quiero volver a oír ni una sola palabra más del asunto.
Carlisle se quedó boquiabierto.
—¿Te acuestas con… los dos?
Su actitud puritana fue la gota que colmó el vaso.
—No me vengas ahora con que te has comportado como un santo toda tu vida. He
oído muchas cosas de ti durante los últimos años, así que vamos a dejarlo estar.
Durante largo rato, él no habló. ¿Qué iba a decir de todas maneras? Bella había oído
rumores durante años de que él era un amo dominante, con un talento especial para
utilizar el látigo y conseguir que una mujer pidiera más. Sería mejor para él que no
dijera ni una maldita palabra.
Carlisle tensó la mandíbula.
—Hace tan sólo tres días estabas comprometida con otra persona.
—Pero ahora no lo estoy.
La respuesta le inquietó, pero dejó de discutir. En su lugar dirigió a Emmet, y luego a
Edward, una mirada cargada de veneno.
—Si le hacéis daño a mi hermana, juro que os despellejaré vivos y luego os dejaré
morir desangrados.
—No es nuestra intención hacer daño a tu hermana —dijo Emmet, levantándose y,
apartando a Bella de Carlisle y Edward, la envolvió en un abrazo protector—. Nunca.
—Y cada minuto que estamos aquí discutiendo, es un minuto más que ella sigue
corriendo peligro —gruñó Edward.
—¿Qué diablos quieres decir con eso? —exigió Carlisle.
—Hay muchas probabilidades de que el gilipollas que hizo volar la casa del coronel
esté tratando de hacerle daño a tu hermana. Nos la vamos a llevar lejos para
mantenerla a salvo.- Carlisle pareció a punto de protestar.
Edward no se lo permitió.
—Sabes que puedo protegerla. Es mi trabajo.
Su hermano respiró hondo, luego le dirigió una expresión lacónica.
—¿Es eso lo que quieres?
—¿Puedes ocuparte de papá, y mantenerme al tanto hasta que esto se solucione? La
miró como si quisiera decir que no. Pero no pudo faltar a la verdad.
—Sí.
—Entonces sí. Debería irme con ellos. Ese psicópata hizo explotar la casa de papá. Creo
que sabía que yo estaba allí. Por la manera en que ha estado amenazando a
papá, no va a abandonar, no hasta que lo atrapen.
Después de un momento, Carlisle asintió bruscamente con la cabeza, luego se
giró hacia Edward.
—¿Me tendrás al tanto?
—Sí.
—¿Señorita Swan?
Bella se sobresaltó al oír su nombre desde el otro extremo de la sala. Se giró con
rapidez.
Un médico bastante joven se aproximó a ellos con los hombros encorvados. Parecía
exhausto. Bella sintió que se le encogía estómago. «Oh Dios, Oh Dios, Oh Dios».
Bella cruzó la sala a toda velocidad. El pelotón de testosterona la siguió.
—Mi padre… ¿Está…?
El doctor miró a Emmet, a Edward y a Carlisle, y luego a ella, preguntando en silencio si
podía hablar con libertad delante de los hombres.
—Sí —dijo ella con impaciencia—. Son mi hermano y mis… novios. —Con franqueza, a
ella no le importaba lo que el médico pensara—. Díganos.
Durante un momento, el médico pareció sorprendido, luego su expresión se suavizó.
—Ha sufrido una conmoción cerebral. Hemos conseguido detener las
hemorragias internas. Esperamos que no se hayan producido más daños. Es un
hombre fuerte, y ése es el motivo de que haya sobrevivido a la operación. No ha
entrado en shock, ni ha caído en coma, y eso es una buena señal. Estamos tratando de
mantenerle estable, pero las próximas veinticuatro horas serán cruciales. Hasta
entonces no sabremos nada más.
—¡Edward!
Aquella voz gritando su nombre lo sacó de su ensimismamiento al atardecer del
día siguiente. Edward salió de la barca, subió al embarcadero, débilmente
iluminado y se giró para encontrarse con Jane Vulturi, con su pelo rubio y una
enorme sonrisa.
Él le devolvió la sonrisa mientras ella se acercaba y se inclinó para besarla en la mejilla.
—Hola, muñeca.
—Me alegro de verte. Marco me ha dicho que tienes que proteger a alguien. ¿Un amigo,
tal vez?
Bella era mucho más que eso. Lo había comprendido mientras se encontraba a
cientos de kilómetros de Tejas, preguntándose si ella estaría viva o muerta, y la verdad
lo había golpeado como un puño.
Pero ante Jane, se encogió de hombros.
—Algo así. ¿Anda Marco por aquí?
—Está dentro encendiendo los generadores y la alarma. —Le puso la mano en el
brazo intentando reconfortarlo—. Sabes que la cabaña de Marco es uno de los lugares
más seguros del mundo, ¿verdad?
Edward asintió ligeramente con la cabeza.
—Sí. Nadie en su sano juicio se atrevería a meterse en los pantanos a menos que
conozca bien el lugar.
—No, si no quiere convertirse en la cena de los caimanes —convino Jane,
rodeándole el cuello con los brazos y dándole un abrazo—. Estaréis a salvo.
Maldita sea, eso esperaba. Edward no quería pensar en las alternativas, no
quería volver a sentir el sudor frío del terror mientras se preguntaba si algún chiflado
bastardo había matado a Bella.
Ni sentir aquel doloroso vacío en el pecho al pensar que ella podría haberse
ido para siempre.
Sólo pensar en poner nombre a las emociones que esos síntomas indicaban le hacía
sudar.
—Hola, pervertido —gritó Marco, saliendo de la cabaña—. Aparta las manos de mi
esposa.
No volverás a tener la oportunidad de tirártela de nuevo.
A sus espaldas, Edward oyó cómo Emmet ayudaba a Bella a subir al embarcadero. Se
percató de que ella había contenido el aliento, sorprendida.
«¡Maldición!». Edward cerró los ojos, mientras un sentimiento de vergüenza lo
inundaba. Era la primera vez que lo sentía en años. En aquel momento saber que
Bella descubriría de primera mano en qué se había convertido su vida… De repente,
odió alguna de las decisiones que había tomado.
—¡Marco! .- Jane reprendió con dureza a su marido y por su rostro cruzaron
distintos tonos de rubor, desde la vergüenza a la ira.
—Oh, lo siento. —Marco le palmeó el hombro con una expresión contrita—. He metido
la pata.
—Pues sí —gruñó Edward. ¿Qué se le iba a hacer? Después de todo, Marco no sabía que
la persona que tenía que proteger era una mujer. Y aún no había visto a Bella
cuando había abierto la boca. A fin de cuentas, nada de aquello era culpa de Marco, y
Edward lo sabía.
Era culpa suya.
Marco extendió la mano hacia Bella, ayudándola a mantener el equilibrio cuando ella
puso los pies en el pequeño embarcadero de madera.
—Bienvenida, señorita. Sé que está usted pasando por un mal momento, pero Edward
es uno de los mejores guardaespaldas que conozco. No hay lugar más seguro que éste,
en medio de la nada, con él.
Asintiendo con renuencia y con los ojos muy abiertos, Bella estrechó la mano de Marco.
Luego él la sujetó por el codo para guiarla al, porche de la casa, iluminado, en la
húmeda tarde de verano, por una sola bombilla de sesenta vatios.
—Gracias —dijo ella finalmente.
Marco estrechó la mano de Emmet brevemente, luego acompañó a Bella al interior.
Edward observó cómo entraban en la cabaña y se preguntó qué ocurriría a partir de
ese momento. Ahora que había conseguido que Bella estuviera fuera de las garras del
psicópata que había puesto la bomba, tendría que enfrentarse a varios hechos.
Que ella le importaba mucho más de lo que debería. Que parecía haber roto su
compromiso, con lo cual su hambrienta polla no había tardado en comunicarle a
su bien dispuesta mente que ella era un blanco legítimo. Que Emmet y él iba a estar
recluidos en esa cabaña con ella durante días, tal vez semanas. Que deseaba a Bella
más de lo que había deseado a nada o a nadie en su vida.
«Estoy abocado al desastre».
Pasándose la mano sobre el rostro cansado, Edard se movió a regañadientes hacia la
puerta de la cabaña. Lo retuvo una suave mano en el antebrazo. Jane.
Había habido un tiempo en el que Edward se había preguntado si no estaría
medio enamorado de aquella vivaz rubia, si bien ella era de Marco, con el que llevaba
casada tres meses.
En el pasado, cuando entraba en alguna estancia donde estaba Jane y ella lo
provocaba, él sentía inmediatamente el mordisco del deseo.
Hacía unos minutos, mientras observaba la sorpresa y la cautela de Bella, se
había olvidado de que Jane estaba en el mismo lugar que él. Y eso lo decía todo,
aunque él no quisiera saberlo.
—Dios, lamento que Marco haya abierto la bocaza. Esa chica es mucho más que una
amiga para ti, ¿no?
Él apartó los ojos de la inquisitiva mirada de Jane.
—No importa.
—Claro que importa. ¿Estás enamorado de esa joven?
—No puedo.
—No quieres, que es distinto, pero ¿estás enamorado de ella?
Edward maldijo entre dientes, negándose incluso a pensar en la respuesta.
Maldición, ¿por qué insistía Jane en sacar eso a colación? Edward prefería que le
ataran un alambre de púas en las pelotas que ponerse a pensar en ello.
—Pareces a punto de vomitar, así que lo tomaré como un sí —dijo ella secamente—.
¿Sabe que Emmet y tú…?
—Claro que lo sabe. —Edward tragó saliva—. Y tengo que dejar de pensar en Bella.
No está bien lo que deseo.
—Si lo recuerdas, yo pensaba lo mismo de Marco no hace mucho, pero luego él resultó
ser exactamente lo que necesitaba.
Cierto, pero él no iba a tener un final feliz. Había vivido lo suficiente para saber que los
cuentos de hadas podían acabar convirtiéndose en auténticas pesadillas en un abrir y
cerrar de ojos.
—No soy lo que ella necesita. —Ni por asomo. Suspiró—. Puede que consiga resistir
unas horas, con un poco de voluntad, unos días. Pero ese bastardo que la ha
amenazado ha conseguido arrinconarnos aquí, por lo que probablemente no seguirá
siendo virgen mucho más tiempo. Y una vez que eso ocurra, la destruiré.
La sorpresa atravesó la dulce cara de Jane.
—O podría suceder todo lo contrario. Si tu corazón te ha guiado hasta ella, es
por una razón. Quizá sólo deberías ver a dónde te lleva.
Bella se despertó tras dormir unas horas en la única cama de la cabaña,
acurrucada contra el cálido cuerpo de Emmet. Edward no estaba a la vista. La noche
anterior, como todas las que había pasado con ellos en Tejas, él había dormido en otra
parte.
No es que se hubiera distanciado. Simplemente estaba asustado. Algo, tal vez su
instinto femenino, se lo decía. No la evitaría de esa manera si no estuviera
reprimiendo las ganas de abrazarla.
Deseó saber por qué lo hacía y qué podía hacer al respecto.
Pero ahora que la habían llevado a mitad de ninguna parte, supuso que tendría tiempo
de sobra para averiguarlo.
En cuanto pudiera tranquilizarse. En cuanto tuviera noticias sobre su padre.
Marco , el dueño de la cabaña, les había explicado la noche anterior que allí en el
pantano no había cobertura para los móviles, pero que podían usar el teléfono de la
cabaña.
Apartándose de Emmet, que protestó con un gruñido entre sueños, Bella se levantó y se
dirigió a la cocina. La luz grisácea del amanecer se filtraba por las enormes ventanas
panorámicas de la cabaña. Edward no estaba en el sofá en que había insistido en
dormir la noche anterior. Pero lo vio en el porche, mirando al pantano, con un café en
la mano. Un ceño fruncido dominaba los ángulos afilados de su cara.
Bella suspiró. «Más tarde». Tendría que hablar con él entonces, su corazón no
iba a permitir que se olvidara del problema, pero lo primero era lo primero.
Descolgando el teléfono, marcó el número del móvil de Carlisle. Su hermano contestó al
primer timbrazo.
—¿Bella?
—Hola, Carlisle.
—¿Estás bien?
—Genial. ¿Cómo está papá?
—Por ahora sigue estable, gracias a Dios. Las heridas que tiene habrían matado
a un hombre más débil, pero ha superado las primeras horas críticas. Los
médicos se muestran moderadamente optimistas.
Bella soltó un enorme suspiro de alivio.
—Oh, ésas son muy buenas noticias. Geniales. He pasado toda la noche preocupada.
—No era necesario. Edward me llamó hace unas horas para comprobar el estado de
papá. ¿No te lo ha dicho?
—Estaba… —no iba a admitir delante de su hermano que Edward hacía todo lo posible
para evitarla— dormida.
—¿Dónde estás exactamente? No aparece tu número en el identificador de llamadas.
—En alguna parte de Lousiana. En medio de los pantanos. Es todo lo que sé.
—Edward dijo algo parecido cuando hablé con él. Cariño, sé que no es asunto mío, sé
que no debo tratarte como si fueras una adolescente, pero tengo que saberlo.
¿Estarás bien con esos dos?
¿Y quién lo sabía? Todo dependía de si Edward decidía romperle el corazón de una vez
por todas. Las lágrimas hicieron que le escocieran los ojos, y los cerró con fuerza. Se
sentía dolida y crispada, y estaba cansada de que aquel hombre se negara a quererla y
no le dijera por qué.
—Genial. Si hay algún cambio en el estado de papá, llámame aquí.
—Mensaje recibido. Y llámame si necesitas algo. Lo que sea.
Estaba claro que le estaba ofreciendo consejo, pero era imposible para ella aceptarlo.
Tras darle las gracias, colgó el teléfono. Observó que incluso sus suspiros eran
temblorosos. Esa semana había sido muy intensa. Y aún no había acabado.
—¿Va todo bien?
Emmet. Bella se giró para mirarle. Despeinado por el sueño, parecía tan sexy que el
corazón de Bella se derritió como el chocolate bajo el sol. De nuevo, sus ojos se
llenaron de lágrimas.
—Sí —consiguió decir sorbiendo por la nariz.
—Vuelve a la cama, cariño. Necesitas dormir.
Quizá. Pero no creía que ésa fuera la cura para sus preocupaciones.
—¿Podrías abrazarme?
La expresión de él se suavizó.
—Siempre.
Cogiéndola de la mano, la llevó de vuelta al dormitorio en penumbra, la tumbó
encima de las sábanas blancas y la atrajo contra su cuerpo para abrazarla. En
esa posición, pecho contra pecho, con las piernas enredadas, Bella no podía
ignorar su erección. Se puso tensa.
—No voy a tocarte —le prometió—. A no ser que quieras que lo haga.
Relajándose de nuevo contra él, Belloa no pudo ocultar su alivio. No era por Emmet. El era
sexy y dulce. En la cama era fascinante. Había una intensidad en él que muy rara vez
dejaba salir a la superficie. No tenía doblez. Por supuesto que ocultaba cosas,
pero resultaban demasiado obvias. Dios sabía que podía conseguir que ella se
derritiera, que ardiera, que se retorciera de placer.
Pero en aquel momento, Bella tenía a otro hombre en mente.
—Estás pensando en vez de dormir —dijo Emmet besándola en la sien—. ¿Qué te
preocupa?
Bella vaciló. ¿Hablar sobre Edward y sus sentimientos hacia él heriría los sentimientos
de Emmet?
—Vale, rellenaré los espacios en blanco —dijo él ante su silencio—. Por tu
conversación telefónica, deduzco que tu padre se va a poner bien, ¿no es cierto?
—Creo que sí. Es un gran alivio.
—Bien. La siguiente cosa en tu lista de preocupaciones es ese lío con Jacob. Pero le has
dejado tú, no fue él quien te dejó. Si pusiste fin al compromiso, ha sido porque no le
amas. Y no parece que te haya afectado la ruptura.
—Para nada. Vive de una manera… simplemente, yo no podría vivir así. No tardé
mucho en darme cuenta de que él no me ama. Ama la idea que tiene de mí.
Piensa que mi pureza e inocencia podrían salvarlo de su descontrolada existencia
como estrella del pop.
—Y tú te diste cuenta a tiempo. Chica lista. —La besó con ternura en la boca, casi
como si la elogiara por ello—. Así que en cuanto los reporteros tengan a la vista otra
noticia, dejarán de acosarte.
—Probablemente.
—Tampoco te preocupa la reacción de Carlisle cuando nos vio a Edward y a mí contigo
en el hospital. Le dijiste que tu vida personal no era asunto suyo. Eres demasiado
inteligente para dejar que te haga sentir culpable.
—Él parece haberlo asumido. Más o menos se ha disculpado esta mañana.-Emmet asintió
con la cabeza, rozándole suavemente la cara con sus cabellos.
—Dudo que las notas de los exámenes de enfermería te tengan al borde de las
lágrimas.
—No —admitió ella, intentando no llorar.
—Así que lo que no quieres decirme es que amas a Edward porque temes
herir mis sentimientos.
Bella alzó una mirada sorprendida hacia la sonrisa indulgente de Emmet. Sin duda era un
hombre muy perspicaz.
—Está bien. Lo conoces desde hace más tiempo. Es lógico que te hayas enamorado de
él primero. Con el tiempo, acabarás por amarme a mí también. Por ahora,
considero que tus sentimientos por Edward son una buena señal.
—¡Ni por asomo! —comenzó a llorar contra el pecho de Emmet—. Mis
sentimientos no importan. En cuanto superé la crisis inicial por la explosión, Edward
volvió a comportarse como siempre. Incluso se niega a estar en la misma habitación
que yo. ¿Qué le pasa a ese hombre?
—Ya sabes que te desea. Y estoy completamente seguro de que también te ama.
Dios, cómo deseaba que eso fuera cierto. Pero desear algo no hacía que se convirtiera
en realidad, y ella aún tenía que luchar a brazo partido con el abismo que él
se había propuesto mantener entre ellos.
—Creo que le importo. Pero no va a hacer nada al respecto. Hay algo… miedo tal vez,
que se lo impide.
Emmet asintió con la cabeza.
—Sí, pero tú puedes obligarle a enfrentarse a ello y superarlo.
¿Se habría vuelto Emmet estúpido?
—¿Cómo? No sé lo que…
—No es necesario que lo sepas —le aseguró—. Él te lo dirá. Oblígalo a hacer
el amor contigo y, antes de que te des cuenta, te lo contará todo.
—Pero no puedo obligarle a hacer el amor conmigo. —Más lágrimas le anegaron los
ojos, y Bella negó con la cabeza. Maldita sea, odiaba llorar. No era su estilo. Pero
jamás había tenido una semana tan emocional—. Me ofrecí a él casi desnuda y le
rogué que hiciera el amor conmigo. No lo hizo. Su voluntad es más fuerte que su
deseo.
Emmet depositó otro beso suave y tranquilizador sobre los labios de Bella.
—No es cierto. Es sólo que está… obsesionado.
—Ya. ¡Con mi virginidad! —Suspiró y se enjugó las lágrimas que le rodaban por
las mejillas—. Quizá, si ya no fuera virgen… puede que si tú quisieras…
Él gimió. —Oh, me estás matando, cariño. Acabarás conmigo. —Como para
demostrar que tenía razón, Emmet rodó sobre sí mismo y presionó su erección contra
ella—. Me encantaría ser el primero y me sentiría muy honrado… no sabes cuánto.
Pero creo que Edward lo necesita más que yo.
Bella abrió la boca para preguntar, pero él le puso un dedo sobre los labios
para silenciarla.
—De nuevo, es algo que sabrás cuando conozcas su historia.
—Entonces estamos abocados al fracaso —masculló ella—, porque no va a ceder.
—Lo hará. Creo que ya está a punto de hacerlo.
Emmet permaneció en silencio y se apoyó en los codos mirándola con una expresión
solemne.
—En el momento que le conté a Edward lo sucedido, cogió las llaves del coche
y salió disparado hacia la puerta. Tuve que correr tras él para poder subirme al
Hummer antes de que lo sacara del garaje. Durante todo el trayecto a casa de tu
padre no hizo más que llamar por teléfono, maldecir y rezar. Condujo por lo
menos a ciento cincuenta por hora, y sujetaba el volante con tanta fuerza que me
sorprendió ver que aún circulaba sangre por sus dedos. Llegué a pensar que iba a darle
un infarto antes de que llegáramos y descubriéramos que estabas ilesa.
¿Qué quería decir con eso? Bella miró a Emmmet desde debajo de las pestañas, pensando a
toda prisa. Para ella, eso indicaba que le importaba. Bueno, que le importaba
mucho. Pero ¿cuánto?
—Jamás le había visto así —añadió Emmet.
Emmet estaba tratando de decirle que Edward la amaba. ¿Por qué? Le parecía
descabellado, sobre todo porque ni el propio Edward se lo diría nunca.
—Vamos a imaginar por un momento que él…
—… te ama —terminó Emmet por ella, interrumpiendo su titubeo—. Créeme.
—Me parece que sólo el tiempo y la paciencia podrá resolver este dilema.
—Quizá no —respondió Emmet, pasándose el pulgar por el labio inferior—. Tengo una
idea, pero es arriesgada. Correremos un gran riesgo —admitió él—. Para que todo
salga bien, tendrás que confiar en mí por completo.
—Eso ya lo hago. Pero seguro que sería más fácil que me contaras su secreto y que
fingiera que no lo sé.
—No podrías fingir ante algo así. Además, eso no ayudaría a Edward a superarlo, y
necesita hacerlo.
Bella se moría de curiosidad, pero se mostró conforme.
—Vale. Si acepto tu idea, tendré que confiar en ti, ¿Qué más?
Una pequeña sonrisa. Otro tierno beso.
—Tendrías que comprometerte por completo. Y deberás estar dispuesta a enfrentarte
a las consecuencias si no pica el anzuelo.
La gravedad de las palabras de Emmet le puso a Bella un nudo en el estómago. Hablaba
totalmente en serio.
Bella soltó un tembloroso suspiro.
—¿Nos podría salir el tiro por la culata?
La expresión de Emmet decía que no quería admitir la verdad, pero no iba a mentir.
—Sí.
—Pero ¿crees que esto lo ayudará a superar su miedo a estar conmigo?
Durante un largo momento, Emmet permaneció en silencio.
—No es seguro, pero creo que será nuestra mejor opción.
Emmet no estaba presionándola, pero Bella estaba segura de que él esperaba que
ella aceptara su gran idea.
—Si hago esto, ¿qué esperas para ti? Edward me dijo una vez que querías
casarte y tener niños.
—Culpable. —Tuvo la elegancia de brindarle una tímida sonrisa—. Me
encantarían esas cosas, y creo que encajarías perfectamente en nuestras vidas. Pero
si al final resulta que no es así, al menos habrás ayudado a Edward a curarse. Además
de ser mi primo, es mi mejor amigo.
Y no hacía falta decir que quería a Edward de las dos maneras: como familiar y como
amigo.
La preocupación y el afecto le suavizaban la oscura mirada. Bella no necesitó
pensárselo dos veces.
—Cuéntame los detalles y pongámonos manos a la obra.
Continuará.....
Dos horas después, Bella se paseaba de un lado para otro en la fría sala de espera de
un hospital, mordiéndose las uñas. Dios, le temblaba todo el cuerpo. Dirigió otra
mirada de preocupación hacia el quirófano donde habían metido a su padre.
Aún no había salido nadie para decirle si su padre iba a vivir o… No, mejor no pensar
en eso. «Respira profundamente. Tranquilízate. Reza».
Ése era un buen consejo, pero no podía dejar de revivir aquel terrible
momento. Había pasado de estar sentada en el porche hablando con Emmet, a ver cómo
la casa de su padre estallaba con él dentro. El fuego se había propagado por todo el
lugar, pero no pensó en ello hasta más tarde. En aquel momento, nada la habría
impedido entrar en la casa, donde encontró a su padre inconsciente y a punto de ser
devorado por las llamas. Al ver que el picaporte de la puerta estaba demasiado
caliente para tocarlo, había arrojado una silla por la puerta de cristal de la parte
trasera de la casa y luego había arrastrado a su padre al patio.
Los bomberos que habían respondido a la emergencia le habían dicho que su
padre no habría sobrevivido si ella no hubiera actuado con rapidez, salvándolo de
aquel infierno creciente. Pero aun así estaba herido de gravedad. ¿Y si después de
todo había llegado demasiado tarde para salvarlo?
Bella
paseó la mirada por la larga hilera de sillas vacías de la sala de espera,
por la alfombra de color parduzco y por las polvorientas plantas artificiales de
seda. No, no podía sentarse, no podía dejar de moverse.
No podía dejar de preocuparse.
«Maldición, ¿qué había provocado esa explosión?».
A sus espaldas, oyó el siseo de las puertas automáticas al abrirse. Distraída, se giró.
Emmet entró corriendo. Parecía apurado y preocupado, recorrió la estancia con la mirada
y suspiró aliviado cuando su frenética mirada cayó sobre ella. Feliz de verle, sintió el
escozor de las lágrimas cuando él se dirigió con rapidez hacia ella, y la envolvió entre
sus brazos firmes y cálidos. Apoyando la mejilla en su hombro, inspiró profundamente,
respirando por fin, sintiéndose benditamente dichosa por un momento. Luego Bella
abrió los ojos.
«¡Edward!».
Estaba de pie, detrás de Emmet, con los ojos verdes llenos de preocupación, y una
expresión cercana al pánico. La recorrió con la mirada. Quería asegurarse de que
estaba viva, a la vez que le ofrecía su apoyo.
Sus miradas se encontraron, y Bella sintió el impacto de sus ojos con tal fuerza, que se
le fue formando un nudo en el estómago hasta que apenas pudo respirar.
Edward había venido. Había dejado sus diferencias a un lado, y había ido con ella.
Las lágrimas resbalaron por las mejillas, negras por el hollín, de Bella. Al verlas,
Edward hizo una mueca, como si verla tan afectada fuera casi físicamente doloroso
para él.
Bella le tendió una mano. Él se la agarró y luego tiró de ella para arrancarla de los
brazos de Emmet y meterla entre los suyos. Ella se apretó contra su sólido tórax y él le
rodeó la cintura con un brazo firme. Permanecieron allí de pie, cuerpo contra cuerpo.
Los rítmicos latidos del corazón de Edward la conmovieron, y lo rodeó con sus brazos
hasta que ni una brizna de aire se interpuso entre ellos. La fuerza de Edward la
envolvió, igual que su olor, a tierra, a lluvia, a hombre.
—Gatita —masculló él contra su pelo. La voz ronca por la preocupación
atravesó los sentidos de Bella.
Levantó la barbilla, y la mirada de Emmet atrajo la suya, desviando la atención de Bella a
su primo.
—¿Estás bien?
Edward dio un paso atrás y la observó con renovada atención. Ella asintió con la
cabeza.
—Estoy bien, pero mi padre…
Bella no pudo acabar la frase sin desmoronarse. Un nuevo aluvión de lágrimas resbaló
por sus mejillas, escaldadas y tiznadas, y no pudo reprimir el sollozo que le salió del
alma.
Intentó ser fuerte, pero fracasó. La realidad de la situación la hizo deshacerse en
lágrimas.
Edward la estrechó tiernamente contra su ancho pecho otra vez. Emmet le acarició
el pelo y le murmuró palabras de consuelo.
—Shh… —Ambos intentaron tranquilizarla, y Bella no pudo determinar quién
decía qué. Pero no importaba. Con ellos allí, finalmente comenzaba a creer que las
cosas saldrían bien.
—Me alegro de que estéis aquí. Gracias.
—No podríamos estar en otro lugar —murmuró Emmet, luego le besó la coronilla.
Edward la llevó hasta una silla y se sentó con ella en su regazo. Emmet se sentó a su lado.
Ambos hombres la miraron con ternura. La alegría que sintió aligeró su carga
momentáneamente, y su corazón se llenó de una sensación agridulce. Más lágrimas
resbalaron por su cara, y Emmet se las enjugó con el pulgar. Los brazos de Edward se
tensaron alrededor de ella.
—¿Qué ha sucedido? —la apremió.
Preguntas. Bella sabía que era así como actuaban los militares. Querían
respuestas. Tenían que valorar la situación para luego actuar en consecuencia. No
obtendría nada más de él hasta que Edward supiera a qué se enfrentaba y que todo el
mundo estaba a salvo. Bella tuvo que levantar la cabeza y responderle.
Inspiró temblorosamente
—No lo sé. Hubo una explosión de algún tipo…
Bella quería contestarle, pero no sabía las respuestas, ¡Maldita sea! ¿Qué había
sucedido? ¿Y dónde diablos se habían metido los médicos? ¿Por qué nadie la
informaba sobre el estado su padre?
Pasándole suavemente la mano de arriba abajo por la espalda, Edward la tranquilizó.
—Después de que Emmet oyera la explosión por el teléfono, y que tú no contestaras,
salimos pitando a casa de tu padre. Uno de los bomberos es un viejo amigo mío. Nos
dijo que entraste en la casa y sacaste a tu padre.
Ella asintió con la cabeza.
—Oh, Dios mío —masculló Emmet—. Ese lugar debía de estar envuelto en llamas.
—Tenía que hacerlo.
—Lo sé. —La voz grave de Edward fue suave, como una caricia—. Es una suerte que
salieras de una pieza. ¿Cómo está tu padre?
—Está en el quirófano. Sigo sin saber nada de él. No sé…
—¿Cuándo comiste por última vez? —preguntó Emmet.
¿Quién podía recordarlo? Dios, sólo de pensar en la comida se le revolvía el estómago.
—No tengo hambre. Emmet frunció el ceño.
—¿Un refresco? ¿Café?
Bella negó con la cabeza. No le apetecía nada ahora. No podría digerir nada
con el estómago revuelto.
Edward le sujetó la cara entre las manos, atrayendo su atención de nuevo.
—¿Dónde están tus hermanos?
Bella frunció el ceño y tragó saliva. Le dolía la garganta. Respirar humo le había
dejado las entrañas en carne viva, como si hubiera bebido trementina. Le dolían los
pulmones, pero ese dolor no era nada comparado con el que sufría su padre. Ya
había sido examinada por los médicos y la habían dejado marchar.
—No lo sé. Creo que Jasper está fuera del país en una misión. Carlisle… me llamó hace
unos días para preguntarme sobre el compromiso, pero no me dijo dónde estaba. Los
tensos brazos de Edward se cerraron a su alrededor con fiereza.
—¿Has llamado a Carlisle desde la explosión?
«No». Ni siquiera se le había ocurrido. Pero la vida de su padre pendía de un hilo en
aquel momento. En cuanto había puesto al coronel a salvo, habían llegado los
bomberos. Luego había acudido la policía. Le habían hecho preguntas —montones de
ellas— mientras estabilizaban a su padre para meterlo en la ambulancia. Ella había ido
con él, sujetándole la mano, esperando que de alguna manera supiera que, aunque no
vivían cerca, él todavía era su padre, su único padre, y ella le quería. Luego en el
hospital había tenido que rellenar los formularios y responder a más preguntas.
Entonces comenzó la espera, los tensos momentos de temor que casi acabaron con su
compostura.
—¿Gatita? —la apremió Edward.
—No sé donde está mi móvil. Supongo que se habrá roto. No sé…
—Está bien. Yo llamaré a Carlisle . Ahora relájate. —La besó en la frente, luego se puso
el pie y la depositó en el regazo de Emmet como si ella fuera más valiosa que una pieza
centenaria de porcelana china.
Bella observó cómo Edward sacaba el móvil y se apartaba de ellos.
Durante un largo rato, Emmet no hizo más que abrazarla, y ella agradeció su calidez y
ternura mientras la ansiedad seguía royéndole las entrañas. ¿Cuánto tiempo más
tardarían los médicos en decir algo? Necesitaba saber cómo estaba su padre. Tenía
que saberlo ya o se volvería loca. «Dios, y sí… No». No pensaría en eso. Se negaba a
hacerlo.
—Nos sentimos muy aliviados de que estés bien —murmuró Emmet contra su
mejilla, interrumpiendo su debacle interior—. Se me detuvo el corazón cuando oí la
explosión. No sabía si habías resultado herida.
—No lo entiendo… No sé qué sucedió. Edward regresó entonces y se sentó en la silla
junto a ellos.
—Carlisle estará aquí en quince minutos. Él se encargará de avisar a Jasper. Bella soltó
un suspiro de alivio.
—Oh, bien. Gracias a Dios. Carlisle y papá se llevan muy bien..:
Con ternura, Emmet le enjugó las nuevas lágrimas que ella no era consciente de
haber derramado.
—Lo sé, cariño. —Unas enormes manos, cálidas y firmes, tomaron las suyas.
Edward.
Ella parpadeó, se lo quedó mirando fijamente, absorbiendo la imagen de él, la
seguridad que transmitía.
—Necesito que te concentres —le exigió él—. Los bomberos nos han dicho que
la explosión no fue un accidente. No fue una fuga de gas ni nada por el estilo. Ha sido
provocado.
«¿Provocado?». —¿Qué estás diciendo? ¿Fue deliberado?
—Muy deliberado. Lo que estalló fue una bomba.
A Bella se le desencajó la mandíbula. Miles de pensamientos se agolparon en su
mente, pero no podía retener ninguno el tiempo suficiente para expresarlo en
palabras. «¿Una bomba?». No tenía sentido. ¿Quién? ¿Por qué? ¿Cuándo? ¿Quién
había sido el gilipollas que la había puesto?
«Y que además quería veros muertos», susurró una vocecita mordaz en su cabeza.
—Cuando viniste a vernos la primera vez, mencionaste que alguien había
estado amenazando a tu padre —la apremió Edward.
Muda y aturdida, ella asintió con la cabeza.
—¿Sabes por qué?
Ella frunció el ceño, intentando recordar.
—No con exactitud. Sólo sé que hay un psicópata que mi padre capturó y puso a buen
recaudo, que estaba amargado porque no había visto crecer a su hija.
—¿Te amenazó a ti?
Bella vaciló, hizo una pausa para pensar.
—Papá me dijo que ese hombre me había mencionado. Mi padre pensaba que
ese tío quería hacerme daño.
Emmet y Edward intercambiaron una mirada grave y al instante asintieron con la cabeza.
—En cuanto llegue Carlisle —dijo Edward—, te vienes con nosotros.
—¿Con vosotros?
—Nos iremos lejos de aquí. A alguna parte donde ese retorcido hijo de perra,
que probablemente haya volado la casa de tu padre, no te encuentre. A algún lugar
remoto y seguro.- Bella entendía su lógica, pero…
—Mi padre me necesita aquí. No puedo marcharme.
—Carlisle se quedará aquí, nos mantendrá al tanto de todo, pero hasta que sepamos a
quién y a qué nos enfrentamos…
—Es mi padre. Tengo que saber si va a recuperarse. Tengo que hablar con los médicos.
No puedo largarme así porque sí. Logan tiene la sensibilidad de una apisonadora y
papá me echará en falta.
Edward hizo una mueca sombría.
—Puede que te quiera aquí, pero también querrá que estés segura y a salvo. Estás
alterada y no piensas con claridad. Y eso te convierte en una presa fácil de ese
bastardo enfermizo que quiere matarte. No dejaré que eso suceda.
Bella se apoyó aturdida contra Emmet. ¿Sería posible que ella fuera un objetivo
en el complot de ese psicópata contra su padre? No tenía demasiado sentido. En
todos los años que su padre llevaba en ese negocio, jamás había tenido un roce serio
con un criminal vengativo. Muchas amenazas sí, y algunos incidentes menores, pero
nada como eso.
Pero, como su padre decía con frecuencia, siempre había una primera vez.
Si el coronel, que sabía cómo protegerse y trabajaba, precisamente, protegiendo
a los demás, estaba en un quirófano luchando por su vida, ¿tenía Bella alguna
posibilidad contra ese hombre si iba tras ella? Ninguna. Pero ¿cómo podía abandonar
a su padre en los que podían ser los últimos momentos de su vida?
—Pero…
—No hay peros que valgan. —Parecía como si a Edward se le hubiera acabado la
paciencia.
Le metió los dedos en el pelo y le alzó la cabeza, obligándola a mirarle a los ojos—. Te
voy a sacar de aquí. Y punto. No es negociable. No vas a discutir, ni a intentar
convencerme, ni a escaparte.
Su espíritu rebelde se alzó en su interior ansioso por tomar la palabra. La lógica lo
aplastó.
La explosión había sido causada por una bomba. Alguien había amenazado a su
padre. Si ese psicópata había puesto una bomba, quería decir que era sofisticado y
que lo había hecho cuando la casa estaba llena de gente. Quería decir que
probablemente vigilaba la casa. Y que él sabía que ella estaba allí.
Probablemente había considerado que cargársela era un extra. O quizá fuera su
objetivo. Su padre jamás querría que ella se pusiera a sí misma en peligro. Bella
suspiró largamente cuando dijo:
—Está bien.
Emmet la rodeó con los brazos y apoyó la mejilla contra su espalda. Edward se puso tenso,
tiró del pelo de Bella, maldijo entre dientes y le dio un beso rudo y posesivo en la
boca.
En ese momento, se abrieron las puertas del hospital. Bella vio que Carlisle irrumpía en
el interior y escudriñaba la sala de espera. Cuando los vio, se detuvo.
Bella se libró del abrazo de Edward y saltó del regazo de Emmet. Pero Carlisle
había visto suficiente. Decir que estaba furioso no alcanzaba a describir la
expresión que llameaba en sus ojos.
Tragando saliva, se acercó a ella y la agarró del brazo, apartándola de Edward y Emmet.
—¿Se sabe algo de papá? —dijo con voz tensa y entrecortada.
«Maldita sea». Parecía estar conteniendo su temperamento salvaje. Y lo haría, pero
no por mucho tiempo.
Bella se negó a avergonzarse. No era una niña, y no iba a tratarla como si lo fuera.
—Nada, aún estamos esperando.
—¿Cuánto tiempo lleva en el quirófano?
Bella se encogió de hombros. El tiempo carecía de sentido desde la explosión.
—Calculo que alrededor de una hora.
—Edward me dijo que estalló una bomba en casa.
—Eso han dicho los bomberos.
—¿Fuiste tú la que sacó a papá de allí?
¿Estaba complacido o enfadado? Podía ser cualquiera de las dos cosas, ya que Carlisle
era la persona más imprevisible que conocía.
—Sí —dijo desafiándolo con la mirada.
—Maldita estupidez —escupió su hermano mientras la envolvía en un abrazo
fraternal—, Maldita valentía. Bien hecho, hermanita.
—Tenía que hacerlo. Tú habrías hecho lo mismo.
Carlisle sabía que no podría discutirle eso, así que ni lo intentó.
—¿Te ha examinado un médico?
—Estoy bien. Tengo dos puntos en el brazo y tres en la pierna. Son simples arañazos…
—Me alegro de que no estés herida.
Su hermano levantó la mirada hacia Edward y Emmet y les saludó con la cabeza.
Controlado. Contenido. Engañoso. Carlisle podía ser un auténtico hijo de perra cuando
quería.
—Bueno —continuó—. Cambiando de tema… ¿qué coño haces con esos dos?
Como el tono de Carlisle estaba teñido de ira, Edward se levantó y se colocó detrás de
Bella. Ella sintió su atletico cuerpo y su calor en la espalda. Mirándolo por encima del
hombro, observó cómo sostenía la mirada enfurecida de su hermano. En una
respuesta silenciosa, Edward le rodeó la cintura con un brazo marcándola como suya y
los ojos de Carlisle ardieron de nuevo.
Pasó un par de enfermeras por el pasillo cercano, era obvio que estaban en medio de
un cambio de turno, y se detuvieron para observar la escena que se desarrollaba en la
sala.
«Genial. Ahora tenían público». Antes de que las cosas explotaran, Bella
levantó las manos para detener a su hermano.
—Éste no es el lugar ni el momento adecuados para montar una escena.
—Sólo me preocupo por ti, hermanita. —Levantó la mirada hacia Edward—. ¿No
quieres contarle de qué manera te tiras a las mujeres? ¿O tendré que hacerlo yo?
Si las enfermeras no les hubieran dedicado su atención antes, ahora lo harían.
Edward se tensó a sus espaldas, y Bella supo que necesitaba aclarar la
situación en ese momento.
—Carlisle, baja la voz. Ya sé todo eso.
Su hermano la miró como si hubiera perdido el juicio.
—Entonces, ¿por qué demonios les dejas tocarte?
—¡Maldición! —gruñó Edward a sus espaldas—. No tienes que…
—Deja que me ocupe yo de esto. Por favor.
Edward vaciló, luego se rindió… a regañadientes. Bella suspiró. No quería tener que
lidiar con eso ahora. No estaba segura de que su padre fuera a sobrevivir, y estaba
demasiado cansada. Pero ella conocía a su hermano mejor que nadie y sabía cómo
conseguir que se mantuviera al margen.
—Sé por experiencia, cómo se tira a las mujeres —le espetó en voz baja—. Y no creo
que sea asunto tuyo. Soy una mujer adulta, y tomo mis propias decisiones. Puedes
aceptarlo o no. Pero no quiero volver a oír ni una sola palabra más del asunto.
Carlisle se quedó boquiabierto.
—¿Te acuestas con… los dos?
Su actitud puritana fue la gota que colmó el vaso.
—No me vengas ahora con que te has comportado como un santo toda tu vida. He
oído muchas cosas de ti durante los últimos años, así que vamos a dejarlo estar.
Durante largo rato, él no habló. ¿Qué iba a decir de todas maneras? Bella había oído
rumores durante años de que él era un amo dominante, con un talento especial para
utilizar el látigo y conseguir que una mujer pidiera más. Sería mejor para él que no
dijera ni una maldita palabra.
Carlisle tensó la mandíbula.
—Hace tan sólo tres días estabas comprometida con otra persona.
—Pero ahora no lo estoy.
La respuesta le inquietó, pero dejó de discutir. En su lugar dirigió a Emmet, y luego a
Edward, una mirada cargada de veneno.
—Si le hacéis daño a mi hermana, juro que os despellejaré vivos y luego os dejaré
morir desangrados.
—No es nuestra intención hacer daño a tu hermana —dijo Emmet, levantándose y,
apartando a Bella de Carlisle y Edward, la envolvió en un abrazo protector—. Nunca.
—Y cada minuto que estamos aquí discutiendo, es un minuto más que ella sigue
corriendo peligro —gruñó Edward.
—¿Qué diablos quieres decir con eso? —exigió Carlisle.
—Hay muchas probabilidades de que el gilipollas que hizo volar la casa del coronel
esté tratando de hacerle daño a tu hermana. Nos la vamos a llevar lejos para
mantenerla a salvo.- Carlisle pareció a punto de protestar.
Edward no se lo permitió.
—Sabes que puedo protegerla. Es mi trabajo.
Su hermano respiró hondo, luego le dirigió una expresión lacónica.
—¿Es eso lo que quieres?
—¿Puedes ocuparte de papá, y mantenerme al tanto hasta que esto se solucione? La
miró como si quisiera decir que no. Pero no pudo faltar a la verdad.
—Sí.
—Entonces sí. Debería irme con ellos. Ese psicópata hizo explotar la casa de papá. Creo
que sabía que yo estaba allí. Por la manera en que ha estado amenazando a
papá, no va a abandonar, no hasta que lo atrapen.
Después de un momento, Carlisle asintió bruscamente con la cabeza, luego se
giró hacia Edward.
—¿Me tendrás al tanto?
—Sí.
—¿Señorita Swan?
Bella se sobresaltó al oír su nombre desde el otro extremo de la sala. Se giró con
rapidez.
Un médico bastante joven se aproximó a ellos con los hombros encorvados. Parecía
exhausto. Bella sintió que se le encogía estómago. «Oh Dios, Oh Dios, Oh Dios».
Bella cruzó la sala a toda velocidad. El pelotón de testosterona la siguió.
—Mi padre… ¿Está…?
El doctor miró a Emmet, a Edward y a Carlisle, y luego a ella, preguntando en silencio si
podía hablar con libertad delante de los hombres.
—Sí —dijo ella con impaciencia—. Son mi hermano y mis… novios. —Con franqueza, a
ella no le importaba lo que el médico pensara—. Díganos.
Durante un momento, el médico pareció sorprendido, luego su expresión se suavizó.
—Ha sufrido una conmoción cerebral. Hemos conseguido detener las
hemorragias internas. Esperamos que no se hayan producido más daños. Es un
hombre fuerte, y ése es el motivo de que haya sobrevivido a la operación. No ha
entrado en shock, ni ha caído en coma, y eso es una buena señal. Estamos tratando de
mantenerle estable, pero las próximas veinticuatro horas serán cruciales. Hasta
entonces no sabremos nada más.
—¡Edward!
Aquella voz gritando su nombre lo sacó de su ensimismamiento al atardecer del
día siguiente. Edward salió de la barca, subió al embarcadero, débilmente
iluminado y se giró para encontrarse con Jane Vulturi, con su pelo rubio y una
enorme sonrisa.
Él le devolvió la sonrisa mientras ella se acercaba y se inclinó para besarla en la mejilla.
—Hola, muñeca.
—Me alegro de verte. Marco me ha dicho que tienes que proteger a alguien. ¿Un amigo,
tal vez?
Bella era mucho más que eso. Lo había comprendido mientras se encontraba a
cientos de kilómetros de Tejas, preguntándose si ella estaría viva o muerta, y la verdad
lo había golpeado como un puño.
Pero ante Jane, se encogió de hombros.
—Algo así. ¿Anda Marco por aquí?
—Está dentro encendiendo los generadores y la alarma. —Le puso la mano en el
brazo intentando reconfortarlo—. Sabes que la cabaña de Marco es uno de los lugares
más seguros del mundo, ¿verdad?
Edward asintió ligeramente con la cabeza.
—Sí. Nadie en su sano juicio se atrevería a meterse en los pantanos a menos que
conozca bien el lugar.
—No, si no quiere convertirse en la cena de los caimanes —convino Jane,
rodeándole el cuello con los brazos y dándole un abrazo—. Estaréis a salvo.
Maldita sea, eso esperaba. Edward no quería pensar en las alternativas, no
quería volver a sentir el sudor frío del terror mientras se preguntaba si algún chiflado
bastardo había matado a Bella.
Ni sentir aquel doloroso vacío en el pecho al pensar que ella podría haberse
ido para siempre.
Sólo pensar en poner nombre a las emociones que esos síntomas indicaban le hacía
sudar.
—Hola, pervertido —gritó Marco, saliendo de la cabaña—. Aparta las manos de mi
esposa.
No volverás a tener la oportunidad de tirártela de nuevo.
A sus espaldas, Edward oyó cómo Emmet ayudaba a Bella a subir al embarcadero. Se
percató de que ella había contenido el aliento, sorprendida.
«¡Maldición!». Edward cerró los ojos, mientras un sentimiento de vergüenza lo
inundaba. Era la primera vez que lo sentía en años. En aquel momento saber que
Bella descubriría de primera mano en qué se había convertido su vida… De repente,
odió alguna de las decisiones que había tomado.
—¡Marco! .- Jane reprendió con dureza a su marido y por su rostro cruzaron
distintos tonos de rubor, desde la vergüenza a la ira.
—Oh, lo siento. —Marco le palmeó el hombro con una expresión contrita—. He metido
la pata.
—Pues sí —gruñó Edward. ¿Qué se le iba a hacer? Después de todo, Marco no sabía que
la persona que tenía que proteger era una mujer. Y aún no había visto a Bella
cuando había abierto la boca. A fin de cuentas, nada de aquello era culpa de Marco, y
Edward lo sabía.
Era culpa suya.
Marco extendió la mano hacia Bella, ayudándola a mantener el equilibrio cuando ella
puso los pies en el pequeño embarcadero de madera.
—Bienvenida, señorita. Sé que está usted pasando por un mal momento, pero Edward
es uno de los mejores guardaespaldas que conozco. No hay lugar más seguro que éste,
en medio de la nada, con él.
Asintiendo con renuencia y con los ojos muy abiertos, Bella estrechó la mano de Marco.
Luego él la sujetó por el codo para guiarla al, porche de la casa, iluminado, en la
húmeda tarde de verano, por una sola bombilla de sesenta vatios.
—Gracias —dijo ella finalmente.
Marco estrechó la mano de Emmet brevemente, luego acompañó a Bella al interior.
Edward observó cómo entraban en la cabaña y se preguntó qué ocurriría a partir de
ese momento. Ahora que había conseguido que Bella estuviera fuera de las garras del
psicópata que había puesto la bomba, tendría que enfrentarse a varios hechos.
Que ella le importaba mucho más de lo que debería. Que parecía haber roto su
compromiso, con lo cual su hambrienta polla no había tardado en comunicarle a
su bien dispuesta mente que ella era un blanco legítimo. Que Emmet y él iba a estar
recluidos en esa cabaña con ella durante días, tal vez semanas. Que deseaba a Bella
más de lo que había deseado a nada o a nadie en su vida.
«Estoy abocado al desastre».
Pasándose la mano sobre el rostro cansado, Edard se movió a regañadientes hacia la
puerta de la cabaña. Lo retuvo una suave mano en el antebrazo. Jane.
Había habido un tiempo en el que Edward se había preguntado si no estaría
medio enamorado de aquella vivaz rubia, si bien ella era de Marco, con el que llevaba
casada tres meses.
En el pasado, cuando entraba en alguna estancia donde estaba Jane y ella lo
provocaba, él sentía inmediatamente el mordisco del deseo.
Hacía unos minutos, mientras observaba la sorpresa y la cautela de Bella, se
había olvidado de que Jane estaba en el mismo lugar que él. Y eso lo decía todo,
aunque él no quisiera saberlo.
—Dios, lamento que Marco haya abierto la bocaza. Esa chica es mucho más que una
amiga para ti, ¿no?
Él apartó los ojos de la inquisitiva mirada de Jane.
—No importa.
—Claro que importa. ¿Estás enamorado de esa joven?
—No puedo.
—No quieres, que es distinto, pero ¿estás enamorado de ella?
Edward maldijo entre dientes, negándose incluso a pensar en la respuesta.
Maldición, ¿por qué insistía Jane en sacar eso a colación? Edward prefería que le
ataran un alambre de púas en las pelotas que ponerse a pensar en ello.
—Pareces a punto de vomitar, así que lo tomaré como un sí —dijo ella secamente—.
¿Sabe que Emmet y tú…?
—Claro que lo sabe. —Edward tragó saliva—. Y tengo que dejar de pensar en Bella.
No está bien lo que deseo.
—Si lo recuerdas, yo pensaba lo mismo de Marco no hace mucho, pero luego él resultó
ser exactamente lo que necesitaba.
Cierto, pero él no iba a tener un final feliz. Había vivido lo suficiente para saber que los
cuentos de hadas podían acabar convirtiéndose en auténticas pesadillas en un abrir y
cerrar de ojos.
—No soy lo que ella necesita. —Ni por asomo. Suspiró—. Puede que consiga resistir
unas horas, con un poco de voluntad, unos días. Pero ese bastardo que la ha
amenazado ha conseguido arrinconarnos aquí, por lo que probablemente no seguirá
siendo virgen mucho más tiempo. Y una vez que eso ocurra, la destruiré.
La sorpresa atravesó la dulce cara de Jane.
—O podría suceder todo lo contrario. Si tu corazón te ha guiado hasta ella, es
por una razón. Quizá sólo deberías ver a dónde te lleva.
Bella se despertó tras dormir unas horas en la única cama de la cabaña,
acurrucada contra el cálido cuerpo de Emmet. Edward no estaba a la vista. La noche
anterior, como todas las que había pasado con ellos en Tejas, él había dormido en otra
parte.
No es que se hubiera distanciado. Simplemente estaba asustado. Algo, tal vez su
instinto femenino, se lo decía. No la evitaría de esa manera si no estuviera
reprimiendo las ganas de abrazarla.
Deseó saber por qué lo hacía y qué podía hacer al respecto.
Pero ahora que la habían llevado a mitad de ninguna parte, supuso que tendría tiempo
de sobra para averiguarlo.
En cuanto pudiera tranquilizarse. En cuanto tuviera noticias sobre su padre.
Marco , el dueño de la cabaña, les había explicado la noche anterior que allí en el
pantano no había cobertura para los móviles, pero que podían usar el teléfono de la
cabaña.
Apartándose de Emmet, que protestó con un gruñido entre sueños, Bella se levantó y se
dirigió a la cocina. La luz grisácea del amanecer se filtraba por las enormes ventanas
panorámicas de la cabaña. Edward no estaba en el sofá en que había insistido en
dormir la noche anterior. Pero lo vio en el porche, mirando al pantano, con un café en
la mano. Un ceño fruncido dominaba los ángulos afilados de su cara.
Bella suspiró. «Más tarde». Tendría que hablar con él entonces, su corazón no
iba a permitir que se olvidara del problema, pero lo primero era lo primero.
Descolgando el teléfono, marcó el número del móvil de Carlisle. Su hermano contestó al
primer timbrazo.
—¿Bella?
—Hola, Carlisle.
—¿Estás bien?
—Genial. ¿Cómo está papá?
—Por ahora sigue estable, gracias a Dios. Las heridas que tiene habrían matado
a un hombre más débil, pero ha superado las primeras horas críticas. Los
médicos se muestran moderadamente optimistas.
Bella soltó un enorme suspiro de alivio.
—Oh, ésas son muy buenas noticias. Geniales. He pasado toda la noche preocupada.
—No era necesario. Edward me llamó hace unas horas para comprobar el estado de
papá. ¿No te lo ha dicho?
—Estaba… —no iba a admitir delante de su hermano que Edward hacía todo lo posible
para evitarla— dormida.
—¿Dónde estás exactamente? No aparece tu número en el identificador de llamadas.
—En alguna parte de Lousiana. En medio de los pantanos. Es todo lo que sé.
—Edward dijo algo parecido cuando hablé con él. Cariño, sé que no es asunto mío, sé
que no debo tratarte como si fueras una adolescente, pero tengo que saberlo.
¿Estarás bien con esos dos?
¿Y quién lo sabía? Todo dependía de si Edward decidía romperle el corazón de una vez
por todas. Las lágrimas hicieron que le escocieran los ojos, y los cerró con fuerza. Se
sentía dolida y crispada, y estaba cansada de que aquel hombre se negara a quererla y
no le dijera por qué.
—Genial. Si hay algún cambio en el estado de papá, llámame aquí.
—Mensaje recibido. Y llámame si necesitas algo. Lo que sea.
Estaba claro que le estaba ofreciendo consejo, pero era imposible para ella aceptarlo.
Tras darle las gracias, colgó el teléfono. Observó que incluso sus suspiros eran
temblorosos. Esa semana había sido muy intensa. Y aún no había acabado.
—¿Va todo bien?
Emmet. Bella se giró para mirarle. Despeinado por el sueño, parecía tan sexy que el
corazón de Bella se derritió como el chocolate bajo el sol. De nuevo, sus ojos se
llenaron de lágrimas.
—Sí —consiguió decir sorbiendo por la nariz.
—Vuelve a la cama, cariño. Necesitas dormir.
Quizá. Pero no creía que ésa fuera la cura para sus preocupaciones.
—¿Podrías abrazarme?
La expresión de él se suavizó.
—Siempre.
Cogiéndola de la mano, la llevó de vuelta al dormitorio en penumbra, la tumbó
encima de las sábanas blancas y la atrajo contra su cuerpo para abrazarla. En
esa posición, pecho contra pecho, con las piernas enredadas, Bella no podía
ignorar su erección. Se puso tensa.
—No voy a tocarte —le prometió—. A no ser que quieras que lo haga.
Relajándose de nuevo contra él, Belloa no pudo ocultar su alivio. No era por Emmet. El era
sexy y dulce. En la cama era fascinante. Había una intensidad en él que muy rara vez
dejaba salir a la superficie. No tenía doblez. Por supuesto que ocultaba cosas,
pero resultaban demasiado obvias. Dios sabía que podía conseguir que ella se
derritiera, que ardiera, que se retorciera de placer.
Pero en aquel momento, Bella tenía a otro hombre en mente.
—Estás pensando en vez de dormir —dijo Emmet besándola en la sien—. ¿Qué te
preocupa?
Bella vaciló. ¿Hablar sobre Edward y sus sentimientos hacia él heriría los sentimientos
de Emmet?
—Vale, rellenaré los espacios en blanco —dijo él ante su silencio—. Por tu
conversación telefónica, deduzco que tu padre se va a poner bien, ¿no es cierto?
—Creo que sí. Es un gran alivio.
—Bien. La siguiente cosa en tu lista de preocupaciones es ese lío con Jacob. Pero le has
dejado tú, no fue él quien te dejó. Si pusiste fin al compromiso, ha sido porque no le
amas. Y no parece que te haya afectado la ruptura.
—Para nada. Vive de una manera… simplemente, yo no podría vivir así. No tardé
mucho en darme cuenta de que él no me ama. Ama la idea que tiene de mí.
Piensa que mi pureza e inocencia podrían salvarlo de su descontrolada existencia
como estrella del pop.
—Y tú te diste cuenta a tiempo. Chica lista. —La besó con ternura en la boca, casi
como si la elogiara por ello—. Así que en cuanto los reporteros tengan a la vista otra
noticia, dejarán de acosarte.
—Probablemente.
—Tampoco te preocupa la reacción de Carlisle cuando nos vio a Edward y a mí contigo
en el hospital. Le dijiste que tu vida personal no era asunto suyo. Eres demasiado
inteligente para dejar que te haga sentir culpable.
—Él parece haberlo asumido. Más o menos se ha disculpado esta mañana.-Emmet asintió
con la cabeza, rozándole suavemente la cara con sus cabellos.
—Dudo que las notas de los exámenes de enfermería te tengan al borde de las
lágrimas.
—No —admitió ella, intentando no llorar.
—Así que lo que no quieres decirme es que amas a Edward porque temes
herir mis sentimientos.
Bella alzó una mirada sorprendida hacia la sonrisa indulgente de Emmet. Sin duda era un
hombre muy perspicaz.
—Está bien. Lo conoces desde hace más tiempo. Es lógico que te hayas enamorado de
él primero. Con el tiempo, acabarás por amarme a mí también. Por ahora,
considero que tus sentimientos por Edward son una buena señal.
—¡Ni por asomo! —comenzó a llorar contra el pecho de Emmet—. Mis
sentimientos no importan. En cuanto superé la crisis inicial por la explosión, Edward
volvió a comportarse como siempre. Incluso se niega a estar en la misma habitación
que yo. ¿Qué le pasa a ese hombre?
—Ya sabes que te desea. Y estoy completamente seguro de que también te ama.
Dios, cómo deseaba que eso fuera cierto. Pero desear algo no hacía que se convirtiera
en realidad, y ella aún tenía que luchar a brazo partido con el abismo que él
se había propuesto mantener entre ellos.
—Creo que le importo. Pero no va a hacer nada al respecto. Hay algo… miedo tal vez,
que se lo impide.
Emmet asintió con la cabeza.
—Sí, pero tú puedes obligarle a enfrentarse a ello y superarlo.
¿Se habría vuelto Emmet estúpido?
—¿Cómo? No sé lo que…
—No es necesario que lo sepas —le aseguró—. Él te lo dirá. Oblígalo a hacer
el amor contigo y, antes de que te des cuenta, te lo contará todo.
—Pero no puedo obligarle a hacer el amor conmigo. —Más lágrimas le anegaron los
ojos, y Bella negó con la cabeza. Maldita sea, odiaba llorar. No era su estilo. Pero
jamás había tenido una semana tan emocional—. Me ofrecí a él casi desnuda y le
rogué que hiciera el amor conmigo. No lo hizo. Su voluntad es más fuerte que su
deseo.
Emmet depositó otro beso suave y tranquilizador sobre los labios de Bella.
—No es cierto. Es sólo que está… obsesionado.
—Ya. ¡Con mi virginidad! —Suspiró y se enjugó las lágrimas que le rodaban por
las mejillas—. Quizá, si ya no fuera virgen… puede que si tú quisieras…
Él gimió. —Oh, me estás matando, cariño. Acabarás conmigo. —Como para
demostrar que tenía razón, Emmet rodó sobre sí mismo y presionó su erección contra
ella—. Me encantaría ser el primero y me sentiría muy honrado… no sabes cuánto.
Pero creo que Edward lo necesita más que yo.
Bella abrió la boca para preguntar, pero él le puso un dedo sobre los labios
para silenciarla.
—De nuevo, es algo que sabrás cuando conozcas su historia.
—Entonces estamos abocados al fracaso —masculló ella—, porque no va a ceder.
—Lo hará. Creo que ya está a punto de hacerlo.
Emmet permaneció en silencio y se apoyó en los codos mirándola con una expresión
solemne.
—En el momento que le conté a Edward lo sucedido, cogió las llaves del coche
y salió disparado hacia la puerta. Tuve que correr tras él para poder subirme al
Hummer antes de que lo sacara del garaje. Durante todo el trayecto a casa de tu
padre no hizo más que llamar por teléfono, maldecir y rezar. Condujo por lo
menos a ciento cincuenta por hora, y sujetaba el volante con tanta fuerza que me
sorprendió ver que aún circulaba sangre por sus dedos. Llegué a pensar que iba a darle
un infarto antes de que llegáramos y descubriéramos que estabas ilesa.
¿Qué quería decir con eso? Bella miró a Emmmet desde debajo de las pestañas, pensando a
toda prisa. Para ella, eso indicaba que le importaba. Bueno, que le importaba
mucho. Pero ¿cuánto?
—Jamás le había visto así —añadió Emmet.
Emmet estaba tratando de decirle que Edward la amaba. ¿Por qué? Le parecía
descabellado, sobre todo porque ni el propio Edward se lo diría nunca.
—Vamos a imaginar por un momento que él…
—… te ama —terminó Emmet por ella, interrumpiendo su titubeo—. Créeme.
—Me parece que sólo el tiempo y la paciencia podrá resolver este dilema.
—Quizá no —respondió Emmet, pasándose el pulgar por el labio inferior—. Tengo una
idea, pero es arriesgada. Correremos un gran riesgo —admitió él—. Para que todo
salga bien, tendrás que confiar en mí por completo.
—Eso ya lo hago. Pero seguro que sería más fácil que me contaras su secreto y que
fingiera que no lo sé.
—No podrías fingir ante algo así. Además, eso no ayudaría a Edward a superarlo, y
necesita hacerlo.
Bella se moría de curiosidad, pero se mostró conforme.
—Vale. Si acepto tu idea, tendré que confiar en ti, ¿Qué más?
Una pequeña sonrisa. Otro tierno beso.
—Tendrías que comprometerte por completo. Y deberás estar dispuesta a enfrentarte
a las consecuencias si no pica el anzuelo.
La gravedad de las palabras de Emmet le puso a Bella un nudo en el estómago. Hablaba
totalmente en serio.
Bella soltó un tembloroso suspiro.
—¿Nos podría salir el tiro por la culata?
La expresión de Emmet decía que no quería admitir la verdad, pero no iba a mentir.
—Sí.
—Pero ¿crees que esto lo ayudará a superar su miedo a estar conmigo?
Durante un largo momento, Emmet permaneció en silencio.
—No es seguro, pero creo que será nuestra mejor opción.
Emmet no estaba presionándola, pero Bella estaba segura de que él esperaba que
ella aceptara su gran idea.
—Si hago esto, ¿qué esperas para ti? Edward me dijo una vez que querías
casarte y tener niños.
—Culpable. —Tuvo la elegancia de brindarle una tímida sonrisa—. Me
encantarían esas cosas, y creo que encajarías perfectamente en nuestras vidas. Pero
si al final resulta que no es así, al menos habrás ayudado a Edward a curarse. Además
de ser mi primo, es mi mejor amigo.
Y no hacía falta decir que quería a Edward de las dos maneras: como familiar y como
amigo.
La preocupación y el afecto le suavizaban la oscura mirada. Bella no necesitó
pensárselo dos veces.
—Cuéntame los detalles y pongámonos manos a la obra.
Continuará.....
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