Capítulo 12
La tarde de verano había convertido el escondrijo de Marco en el pantano en un horno.
Edward tenía la camiseta pegada a la piel. Había mucha humedad y hacía calor.
Muchísimo calor.
Y no sólo por el clima.
Ya fuera por el calor o porque quisiera volverle loco, Bella rondaba por la cocina con
una bata blanca muy corta, de una tela tan fina que era casi transparente. El pelo
castaño chocolate le caía sobre la espalda en suaves ondas que imploraban ser
acariciadas por sus dedos. Bella vestía aquella ropa con aire despreocupado y
provocador. Y eran esas mismas cualidades las que la impulsaban a mirarla fijamente
en ese momento. La mitad de su ser quería evitarla como a la peste, pero la otra
mitad, quería enseñarle con exactitud por qué debería dejar de pavonearse
delante de él y empezar a tenerle miedo. Mucho miedo.
Por desgracia, Bella no sólo era única, atrevida y lista. Era, además, muy apetitosa. Su
aroma a fresias y a canela lo tentaba cada vez que estaba cerca de ella. Lo
ponía duro y hambriento.
Y minaba su resolución.
Soltando un tembloroso suspiro, se dirigió a la sala para evitar la mirada
insinuante de Bella y la tentación que ella representaba. Pasarían días o semanas
hasta que Marco o Carlisle descubrieran quién le había puesto la bomba al coronel. Y
hasta entonces, por seguridad, Edward sabía que Bella, Emmet y él no abandonarían ese
lugar.
La risa repentina y dulce de Bella resonó en la cabaña y atrajo de nuevo la atención de
Edward, engrosando su miembro. Resistir el deseo de mirarla era imposible.
Soltando una imprecación, Edward se volvió hacia ella. Estaba hablando con Emmet, que,
sin camisa y sonriente, estaba picando algo que Edward suponía formaría parte
de la cena. Bella absorbía extasiada cada palabra, coqueteando con él,
deslizando su mirada por los hombros poderosos y los pectorales bien definidos de
su primo.
En respuesta, Emmet le acarició el cuello con la nariz y le susurró algo al oído.
Bella se estremeció y se apretó contra él.
¡Maldición! No necesitaba eso…
Pero se estaba mintiendo a sí mismo. Sí que lo necesitaba… necesitaba tener sexo
con ella.
En verdad era Bella quien no lo necesitaba. Le correspondía a Edward actuar como un
adulto responsable y ejercer un poco de control sobre su cuerpo. De esa manera la
salvaría de sí misma y de algo que ella sólo entendía a medias.
Edward se giró y encendió el televisor, decidido a olvidarse de aquella dolorosa
erección que clamaba por ella. Fuera lo que fuese lo que quisieran hacer Bella y Emmet,
podían hacerlo solos. No era asunto suyo. Si querían implicarse más el uno con el otro,
pues allá ellos.
Valientes palabras. Pero mientras emitían Seinfeld en la tele, Edward no dejó
de mirar por encima del hombro. Emmet y Bella juntos… no estaba bien. Le revolvía el
estómago y lo llenaba de furia. Las mismas viejas mentiras que se había dicho a sí
mismo durante tanto tiempo ya no funcionaban.
Emmet terminó de cortar aquellas cosas verdes que había estado transformando en
algo comestible, y las echó en una fuente. La metió en la nevera, luego cerró el
electrodoméstico con un golpe de caderas mientras le brindaba a Bella una sonrisa
provocativa.
Y por si eso no hubiera sido suficiente para que Edward quisiera romper algo, Emmet la
envolvió entre sus brazos, acariciándole la suave curva de las caderas. Luego la besó,
primero un ligero roce de los labios en el cuello femenino, luego amoldando su boca a
la de ella. Bella se derritió contra él, arqueando la cabeza hacia la mano que se la
sostenía, y ofreciéndole la grácil curva de la garganta. Emmet bajó los labios a la tentadora
piel y se la mordisqueó. Ella gimió entre sus brazos.
A Edward le dolieron los testículos. Le dolió el pecho. Incluso le dolieron los dedos.
Bajó la mirada para ver que estaba prácticamente rompiendo el mando de la
tele. Al mirar la pantalla observó que había terminado Seinfeld y comenzado Friends.
¿Cuándo había ocurrido eso?
Maldición, no podía soportarlo. Con una imprecación, Edward apagó la televisión y se
puso en pie. Abrió la boca para decir… ¿qué? No, no qué decir, sino qué hacer.
Entraría en la cocina, cogería a Bella entre sus brazos y la llevaría al
dormitorio. Se recreó en aquella fantasía. Edward quería hacerla gozar, observar
cómo lo tomaba. Todo eso… y mucho más. Quería más que cualquier otra cosa en el
mundo penetrarla profundamente, tomar una parte de ella que Bella no le había
ofrecido a ningún otro hombre y quedarse allí.
Quería reclamarla.
Ante esa idea, la sangre abandonó su cabeza y se dirigió a su miembro.
Maldita sea, la lujuria le golpeó en el pecho con fuerza, casi no podía respirar.
Entre un jadeo y otro, su miembro se endureció hasta el punto de poder pulverizar
un bloque de hormigón armado, y su débil determinación cedió lo suficiente como
para permitir que eróticas imágenes de sí mismo penetrando el apretado sexo de
Bella y bombeando en ella sin piedad le invadieran la mente.
«¡No, ni hablar!».
Pero el deseo era ya incontenible. Había crecido hasta convertirse en una necesidad.
Tenía que tocarla. Tenía que saber que, costara lo que costase, iba a dejar su marca en
ella de la misma manera que ella la había dejado en él. ¿Cuándo había ocurrido eso?
¿Y por qué?
Destrozado, hambriento y jadeante, siguió con la mirada clavada en Emmet y Bella
que compartían húmedos besos en la cocina, animando a su calenturienta mente.
Entonces, Emmet echó más leña al fuego deslizando una mano por la barbilla de Bella,
por su clavícula, y metiéndola bajo la bata blanca. Rozándole la suave piel, Emmet apartó
lentamente la tela a un lado y dejó el hombro al descubierto, ofreciéndole a Edward
una buena vista del pecho de
Bella y del pezón duro y enrojecido.
La poca sangre que le quedaba en el cerebro se unió en una oleada a la que ya estaba
en su miembro.
Emmet pasó el pulgar por el prominente pezón, excitándolo y apaciguándolo a la vez.
Bella jadeó, moviéndose para acercarse a él hasta que sus muslos se rozaron.
Dios, lo que daría él por estar allí con ella, estrechándola contra su cuerpo, metiéndole
la lengua en la boca, poseyendo la de ella, dulce y rosada, mientras la despojaba de la
bata.
Dio un paso adelante.
Ninguno de los otros dos pareció darse cuenta. Emmet siguió a lo suyo, deslizando las
yemas de los dedos por el seno desnudo de Bella y luego bajó una mano hasta su
cadera. Después movió la otra mano y dejó el otro hombro al descubierto.
Bella tenía ahora ambos senos desnudos. Un par de exuberantes pezones que
suplicaban una atención que Edward se moría por proporcionar. Emmet los ignoró,
dedicándose a tirar con suavidad del cinturón que todavía ceñía la bata a la cintura
femenina. No lo desanudó, sino que lo utilizó para acercarla más hacia él. Con un grácil
balanceo, Bella relajó su cuerpo contra el de Emmet y levantó su boca rosada para darle
un beso.
Incluso de perfil, el deseo que suavizaba los rasgos femeninos le sentó como un
puñetazo en el estómago.
El sudor humedeció los pectorales y la espalda de Edward. Maldición, sólo con
mirar a aquella mujer quedaba noqueado. Observar cómo el deseo la inundaba, cómo
se ruborizaba su cuerpo, hacía que Edward perdiera la cordura.
Emmet dio un paso atrás y se dejó caer en una de las sillas de la cocina, aferrando las
caderas de Bella con ambas manos y haciendo que casi desaparecieran de su vista.
Maldición, algunas veces llegaba a olvidarse de lo menuda que era. Era una mujer
frágil. Debería de considerarla casi intocable.
Pero no lo hacía.
Por encima de uno de sus hombros desnudos, Bella le dirigió a él una mirada coqueta.
«¡Bang!». Aquella mirada le había engrosado el miembro antes siquiera de que
ella bajara los párpados y volviera a subirlos.
Y, sin embargo, aquel deseo no era sólo sexo. Había habido muchos momentos en su
vida en que se había sentido muy excitado. Pero aquello era diferente. Era algo nuevo.
Y le daba un miedo mortal.
Los ojos de Bella y Edward se fundieron y la electricidad que crepitó entre ellos le
golpeó y le atravesó el cuerpo. Luego sintió otra sacudida cuando ella le miró las
pelotas. Esa sensación lo golpeó de nuevo en el pecho y se intensificó cuando
ella se mordisqueó el labio inferior mostrando una apariencia tímida e insegura.
Excitada.
Luego Emmet la sentó en su regazo, y le dio un largo y profundo beso,
murmurando algo contra su boca, haciendo que Edward se sintiera crispado, enojado
y anhelante.
¡A la mierda con todo! Dio un par de pasos más hacia ellos.
Al verlo, Emmet hizo girar a Bella en su regazo de manera que la espalda
femenina se reclinara contra su tórax. Ahora ambos miraban a Edward. ¿Emmet
sabía que los había estado observando? El reto que brillaba en los ojos de su
primo para que dejara de ser un mero espectador lo decía todo.
La mirada de Bella era igualmente una muda invitación. Edward se detuvo en seco.
Aquello estaba mal. Muy mal. Lo habían provocado, le habían tendido una trampa. Si
bien sabía que debería darse la vuelta y marcharse, aquellas miradas habían
provocado un auténtico infierno en sus entrañas y no pudo mover ni un músculo.
La velocidad a la que Emmet deshizo el lazo del cinturón que rodeaba la delgada cintura
de Bella sólo podía llamarse «tortura prolongada». Sin ninguna prisa, su primo tiró del
cinturón con una lentitud exasperante. Arrastró la tira de seda por las rodillas de Bella
y la deslizó bajo el dobladillo de la bata hasta que ella jadeó y se le irguieron
los pezones. Las areolas estaban oscuras, arrugadas y eran muy tentadoras.
—¿Continúo? —le preguntó Emmet, desatando con manos firmes el último nudo que
sujetaba el cinturón en su sitio.
Edward tragó saliva. Si Emmet seguía, Bella se quedaría desnuda por completo.
Dejaría el cuerpo femenino expuesto a su hambrienta mirada. Accesible al toque
controlado de Emmet.
Nadie dijo nada, nadie respiró ni se movió. Pero uno de los dedos de Emmet se
deslizó lentamente entre las piernas de Bella por encima de la tela para acariciar
ligeramente lo que tenía que ser la sensible zona próxima al clítoris.
Edward le dirigió a su primo una mirada inquisitiva. ¿Qué diablos pretendía
hacer? ¿Qué debería hacer él? Emmet le respondió con una sonrisa y arqueando
una ceja. Mientras tanto, continuaba moviendo el dedo en círculos justo encima del
sexo de Bella.
El silencio se extendió entre ellos sólo interrumpido por la respiración jadeante de
Bella. Con lentitud, Emmet apartó el dedo y cogió el cinturón con ambas manos.
Era imposible no fijarse en el pequeño círculo de tela mojada donde había estado el
dedo de Emmet.
Ese pequeño punto dejaba a las claras lo mojada que tenía que estar Bella.
Aquella húmeda visión casi lo hizo caer de rodillas.
—¿Continúo? —Las manos de Emmet tiraron un poquito más del cinturón de la bata.
Edward supo que iría al infierno por eso.
—Sí.
Con una brillante sonrisa de triunfo y un erótico movimiento de sus manos, Emmet se libró
del cinturón y abrió la tela de la bata, dejándola caer a los costados de Bella.
Y ella se mostró ante él completa y sorprendentemente desnuda.
Edward no pudo más que mirarla boquiabierto al sentir el impacto de la
desnuda belleza femenina en su cuerpo, endureciéndolo y tensándolo, antes de que
Emmet aferrara sus muslos y los separara suavemente, abriendo las piernas de Bella.
Ella soltó otro suspiro entrecortado cuando Edward alcanzó a ver su sexo.
«Jugoso, hinchado, maduro. Perfecto».
Ella era una auténtica diosa lasciva mientras Emmet pasaba la yema del dedo por el
interior de su pierna y se detenía para frotar la tersa piel donde se unían el muslo y el
torso. Si Emmet movía el dedo apenas unos centímetros más tocaría sus pliegues mojados
y el suave vello chocolate y ya no habría nada más que lascivas intenciones entre ellos.
«Oh, Dios…».
Emmet llevó la otra mano a su vientre, y la subió lenta, muy lentamente hasta ahuecarle
un pecho y azotar el tenso pezón de nuevo con el pulgar.
Edward apretó los puños e intentó apartar la mirada de la escena que se desarrollaba
ante él.
Puede que si se diera la vuelta no viera esa imagen en su mente. Dios sabía
que si seguía observándolos, se uniría a ellos.
Y una vez que lo hiciera…
No, no podía pensar en poner a Bella sobre sus espaldas, seguro que ella estaría
mojada, y…
—Mírala —lo invitó Emmet, con voz ronca.
Edward tragó saliva. Dios, ¿qué podía hacer él salvo mirarla fijamente y desear
poseerla? ¿Qué más podría mirar que no fuera la mujer que deseaba sobre todas las
cosas?
Quiso cerrar los ojos para desterrar ese tipo de pensamientos de su mente, pero no
quería huir de la verdad si con ello se perdía un solo instante de ella,
entregada y sensual. Tan condenadamente hermosa y valiente.
No obstante, si Bella supiera la verdad, estaría aterrorizada.
«Díselo», lo apremió su miedo. «Merece saber por qué no puedes estar con ella».
—¿Estás mirándome? —le dijo ella con voz juguetona y sensual.
¿Por qué seguían tentándolo, poniéndole un cebo a la fiera salvaje que
habitaba en su interior? ¿Por qué tentaban al destino?
—Ya me conoces. —Edward se aclaró la garganta, pero sabía que seguiría sonando
como si tuviera arena en la laringe.
«¿Por qué no puedes poseerla?», le preguntó una vocecita interior. «Lo que
sucedió con Tanya no tiene por qué suceder de nuevo».
Puede que no. Edward no lastimaría a Bella a propósito por nada del mundo. ¿Y si
tenía cuidado? Emmet estaría allí, sería responsable. Él mismo insistiría en que lo fuera…
por si acaso.
«Maravillosa racionalización».
—Siéntela —lo tentó Emmet.
—Por favor —jadeó Bella, separando los muslos un poco más.
Sus pliegues brillaban mojados, rosados y necesitados.
Edward estaba más que dispuesto a darle lo que deseaba.
Aun así, no podía saltar sobre ella. Antes tenía que decidir si la apartaba de él o si
dejaba que entrara de lleno en su vida de forma permanente. Pensar en lastimarla, en
meter la pata hasta el fondo, lo llenaba de temor.
Se sentía como si estuviera sentado sobre una bomba de relojería a punto de estallar.
Tenía que tomar una decisión ya. Apartarla de nuevo de su lado con palabras odiosas,
herir sus tiernos sentimientos y destrozarla, no era una opción. Haber visto una vez el
efecto de sus palabras en ella casi lo había matado.
Abrazarla con toda la lujuria que sentía en su interior, dar rienda suelta a
todos los sentimientos que poseía era lo que Edward quería sobre todas las cosas.
Sentía que esos impulsos inundaban su cuerpo como si fueran el combustible de un
cohete a punto de despegar. Potentes. Imparables. Ni siquiera debería pensar en ella y
en el deseo ardiente que provocaba en él. Si la tocaba no sólo perdería el control sino
que éste estallaría en mil pedazos.
El pecho de Edward subió y bajó con su respiración jadeante y excitada. Las palmas de
las manos le hormiguearon por el deseo de aceptar la invitación de Emmet a pesar de
saber que una vez que la tocara, la poseería. Sería irrevocable.
—Si no la tocas, la perderás…
Y, recordándole exactamente lo que estaba desaprovechando, Emmet deslizó la mano por
el interior del muslo de Bella, trazando perezosos círculos sobre su sexo hasta
que muy lentamente se sumergió en él. Edward observó cómo el ansioso cuerpo de
Bella se tragaba ese dedo, y no pudo evitar la idea de que aquel dedo penetraba
profundamente en el húmedo calor que podría acogerlo a él.
Con un gemido, ella apoyó la cabeza contra el hombro de Emmet y se arqueó. Edward
observó cómo su primo le metía aquel dedo en el sexo, follándola lentamente,
antes de añadir otro y reanudar el mismo ritmo pausado.
En su regazo, Bella se contorsionó y presionó contra sus dedos. Emmet le
respondió deslizando la mano con la que le manoseaba el seno hacia la cadera, para
luego profundizar entre sus rizos resbaladizos, jugueteando con el nudo de
nervios oculto entre aquellos preciosos muslos, abiertos sin remisión. Sin piedad.
Una ligera presión, unos cuantos movimientos circulares con esos largos y sensibles
dedos, y Bella jadeó, se contorsionó, se sonrojó y gimió.
El deseo atravesó a Edward, lo arrasó. Estaba preparado para lanzarse y estallar.
«Dios, sería increíble follarla». El pensamiento de que ella enfocaría toda esa energía
en su miembro, en su satisfacción, era muy erótico. Pero no era justo dejarse llevar
sólo por su deseo. Necesitaba darle placer a esa mujer tanto como respirar.
Sería la manera de expresar todos aquellos extraños e incesantes sentimientos sin
tener que decir una palabra.
Edward dio otro paso hacia ellos, acercándose lentamente a la cocina.
Bella, al borde del orgasmo, gimió y meneó las caderas bajo las caricias de Emmet. Él la
mantuvo en ese punto con total maestría, llevándola con pericia hasta el borde del
precipicio para retroceder cada vez que su cuerpo estaba a punto de alcanzar la
cúspide. Tras un breve respiro, Emmet volvía a enardecerla de nuevo.
Perplejo, observó cómo Emmet utilizaba las manos para conducirla al climax, y
luego negárselo otra vez. Una y otra vez, y otra vez más. Diez minutos más
tarde, Bella tenía el cuerpo tenso y ruborizado. Incluso después de un breve
descanso, con que Emmet sólo deslizara un dedo en su interior o le rozara el clítoris, Bella
volvía a debatirse entre el cielo y el infierno una vez más.
Maldición, aquello lo estaba matando. Edward acomodó la sensible longitud de su
miembro endurecido en los vaqueros. Incluso el más leve roce le hacía gemir.
Los ojos color chocolate de Bella estaban totalmente abiertos, con las pupilas dilatadas,
dominados por un tono carmin, implorantes.
—Edward…, tócame…
Esas palabras fueron como un mazazo. Edward cerró los ojos, intentando bloquear la
imagen que tenía ante sí, pero el olor de Bella, a fresias y a canela,
lo sedujo. El aliento entrecortado de Bella y la manera
extasiada en que decía su nombre, mientras Emmet la llevaba al límite otra vez… era
casi imposible de soportar. Apretó los puños y se dio cuenta de que estaba temblando.
Temblando como un jodido adolescente.
—Edward —lo llamó Emmet de nuevo, con una voz burlona y desafiante.
Edward abrió los ojos lentamente. Su ardiente mirada se deslizó por las mejillas
arreboladas de Bella hasta el pecho, que subía y bajaba con rapidez. Su excitante
recorrido visual continuó por la estrecha cintura, por las suaves curvas de las
caderas. A continuación dedicó toda su atención a los pliegues resbaladizos e
hinchados. Aquel lugar que Emmet orientaba en su dirección para que él no pudiera
perderse ningún detalle.
El bastardo de su primo había previsto aquello. Pero eso no hacía que Bella lo excitara
menos o que fuera más fácil resistirse a ella.
—Emmet, para —gruñó Edward.
Su primo continuó como si no lo hubiera escuchado.
—Saboréala.
¡Maldición! A Edward casi se le aflojaron las rodillas ante la sugerencia. Toda
esa dulce necesidad sólo para él, cálida en su lengua… Saber que él podría
darle placer, que con unos meros lametazos hambrientos ella se rendiría a él, que le
ofrecería el sabroso néctar de su ser, fue suficiente para que le latiera la polla y para
que se le tensaran los testículos.
Sintió un vuelco en el corazón.
¿Cómo podía un hombre luchar contra algo así?
Casi la había perdido dos veces en las últimas semanas, primero con Jacob Black,
luego por la bomba de un psicópata. Las pruebas de aquello último eran visibles en el
cuerpo femenino en forma de puntos y magulladuras. Si ahora se alejaba de
nuevo, ¿volvería a tener otra oportunidad con ella o por el contrario la ruptura sería
para siempre? Aquella posibilidad era demasiado dolorosa.
—Por favor, saboréame —le imploró Bella con suavidad, apartando los dedos de Emmet
y pasando sus propios dedos por su brillante sexo.
Luego levanto un dedo mojado hacia él como un manjar tentador.
Antes de poder respirar o pensar, Edward dio un paso más y se dejó caer de
rodillas. Le aferró la muñeca con fuerza y se metió aquel dedo en la boca,
succionándolo como un hombre poseído. Gimió al degustar aquel sabor almizcleño
que no había podido olvidar.
Fresco, salado y dulce a la vez, delicado. Incluso después de horas el gusto a almizcle
de su sexo, de su piel, permanecía en su lengua. Era tan… suyo. Era perfecto.
Edward la sujetó por las caderas, ansioso por atraer a Bella hacia él y hundirse en
ella como si fuera un postre exquisito.
—No. —Emmet le rozó de nuevo el clítoris y luego le cubrió el monte de Venus, negando a
su primo el sabor del néctar de Bella.
Edward apretó los dientes, observando cómo Emmet presionaba el sexo de Bella
rítmicamente hasta que ella se aferró a los brazos de la silla de la cocina y gimió por
alcanzar un climax que el chef le negó de nuevo.
—Fóllala. —Ahí estaba el nuevo reto de Emmet.
«El último».
Edward levantó la cabeza de golpe. Emmet lo decía en serio. Completamente en serio.
Observó a su primo durante un instante. Emmet no sugería nada que Edward no
hubiera pensado y ansiado hacer más de lo que su limitado vocabulario de
cavernícola fuera capaz de expresar en ese momento.
—Por favor… ¡Oh, por favor! —suplicó Bella interrumpiendo sus pensamientos, con
voz estrangulada—. Te necesito.
Soltando el aliento, Bella no hizo más que mirarla fijamente mientras le
imploraba. La cabeza le daba vueltas. Quería darle lo que necesitaba. Todo lo
que necesitara. Dios lo sabía, pero…
—Ahora —le instó Emmet—, o lo haré yo.
Edward se agarró con desesperación a la silla.
—Emmet…
—Fóllala —insistió—, o lo haré yo.
«Oh, maldición». Sintió un estremecimiento.
Inspirando profundamente, Edward volvió a mirar a Bella. No podía
ignorar los implorantes y sinuosos movimientos de la mujer que ruborizada de pies a
cabeza lo observaba con una mirada ardiente y entornada.
—No es eso lo que ella quiere.
—¿Y qué crees que quiere en este estado? Necesita correrse. Me he asegurado de
ello.
—Debería de tener la mente despejada para acceder a esto. Tal y como está ahora…
—Bella dijo que sí antes de que entráramos en la cocina. Antes de que le
pusiera un dedo encima. Quiere que hagamos el amor con ella. La única pregunta
aquí es, ¿cuál de los dos lo hará primero?
Emmet acababa de acorralarlo. Santo Dios, ¿por qué? No cabía duda de que él había
tenido muchas veces la fantasía en la que la follaban juntos. «¡Maldito fuera Emmet!».
Pero Edward no se hacía ilusiones. Si no tomaba él a Bella, lo haría Emmet.
—¿Quién va a ser? —le presionó su primo.
—Estoy pensando. —¿Pero qué había que pensar? Si Bella ya había dicho que sí, y si
Emmet pensaba tirársela si él se negaba, ¿cómo podía decir que no cuando lo que más
quería era ser su primer amante y reclamarla para sí?
—Tienes treinta segundos.
—No me presiones, cabrón.
—Demasiado tarde.
—¿Por qué coño estás haciendo esto? ¿Por qué no dejas simplemente que las cosas
vayan a su ritmo? Deja que la haga correrse con la boca. Eso la aliviaría.
Emmet se burló de él.
—Hoy sí, pero ¿qué pasará mañana? ¿Y pasado mañana? Es una mujer que
se merece disfrutar de una sexualidad plena y feliz. Ya lo he hablado con ella. Está
tomando la pildora y está preparada. Más que preparada. Está empapando mis
dedos. Ambos le importamos. Y los dos la adoramos.
Edward comenzó a sudar.
—Lo que estás sugiriendo es… permanente.
—Que es exactamente lo que tú deseas. Lo que yo deseo. No permitas que el miedo
que sientes lo estropee todo.
Edward cerró los ojos con fuerza por un momento, pero eso no impidió que
reconociera la verdad.
—Has planeado todo esto, hijo de perra. Me has estado forzando desde el principio.
—Empezaba a preguntarme si seríamos viejos antes de que encontraras el valor
suficiente para hacer el amor con ella. —Emmet miró el reloj—. Ahora lo sabré. Han
terminado tus treinta segundos.
Edward no dijo nada mientras las palabras de Emmet retumbaban en su cabeza. Bella
merecía disfrutar de una sexualidad plena y eso incluía…, bueno… sexo completo.
Bella quería eso. No era menor de edad ni emocionalmente inestable. Y a él le
importaba ella más de lo que quería admitir. Si Bella volvía a desaparecer de su vida,
su ausencia lo destrozaría.
Pero ¿qué podía ofrecerle él además de un pasado traumático un presente paranoico
y un futuro donde la mayor parte de la gente los vería como unos depravados?
Emmet estaba ahora impaciente. Colocó a Bella encima de la vieja mesa redonda
de la cocina y se deshizo de los vaqueros, arrojándolos al suelo. Se ubicó entre la V
que formaban las piernas abiertas de Bella, la agarró de las caderas y se sujetó el
miembro.
—¿Qué demonios estás haciendo? —dijo Edward empujando a Emmet y
apartándolo de Bella—. ¿Es su primera vez y pretendes mantener relaciones
sexuales sobre la mesa de la cocina?
Emmet se encogió de hombros.
—Bueno, me la llevaré a la cama y la follaré allí.
Edward observó atónito cómo Emmet le tendía la mano a Bella . Ella vaciló y levantó unos
inquisitivos ojos muy abiertos en dirección a él.
¿Quieres ser el primero? Le preguntaba con la mirada. ¿Te importo?
¿Necesitaba Edward estar ya dentro de ella? ¿Quería ser el primer hombre en
hundirse en su cuerpo y tomar una parte de ella que ningún otro hombre tendría
jamás?
«Sí, sí, sí y sí».
—¡Ni lo sueñes! —gruñó Edward. Luego levantó a Bella de la mesa, y la estrechó
contra su cuerpo. Ella le envolvió automáticamente la cintura con las piernas
mientras la boca masculina se amoldaba a la de ella y la saboreaba
desesperadamente con la lengua. Quiso sumergirse en ella y rodearla con sus brazos,
mientras la sostenía con una mano bajo el trasero desnudo. El dulce jugo de su sexo
goteó sobre su muñeca y la tela de los vaqueros.
Era condenadamente bueno que estuviera tan mojada. Iba a necesitar toda esa
lubricación. Dentro del oscuro dormitorio, Alfonso apartó la mosquitera y la
depositó en la cama. Era perfecta. Bella y radiante, igual que la propia cama,
delgada y con sugerentes curvas.
—¿Estás segura, gatita? —le preguntó con voz áspera y ronca.
Bella asintió con la cabeza sin dejar de removerse.
—Sí. Por favor. Ya.
—¿Estás hablando tú o el deseo? Emmet te ha llevado a un punto…
—Deseo esto, te deseo. Ya lo hacía antes de que él me pusiera la mano encima. Por
favor —susurró ella, deslizando su propia mano entre sus piernas para acariciarse el
clítoris y llevándolo a él cerca de la locura.
Edward sintió que se le aflojaban las rodillas a la vez que su erección latía con
aprobación, pero la agarró de la muñeca y se la apartó. Quería ser él quien la hiciera
llegar al orgasmo. El y su dolorida polla.
Edward tragó saliva. «Joder». Iba a hacerlo. Iba a olvidarse de todo lo demás y a hacer
el amor con Bella. A poseerla. A ser su primer amante. A reclamarla. No podría
impedirlo, no quería evitarlo.
—Te dije todas aquellas cosas horribles para que te fueras, pero no sentía lo que dije.
—Lo sé. Te perdono.
La respiración de Edward era jadeante. ¿De verdad era ella tan maravillosa
como para entender que no había querido decir aquellas cosas? No se la merecía, y
esperaba no destrozarle la vida. Pero no podía negarse más a lo que todos querían. Y
no era simplemente su cuerpo lo que necesitaba, sino la intimidad. Necesitaba sentirse
tan unido a ella como sólo podían estarlo dos personas.
—Gracias. —Miró a Emmet, con el corazón latiendo más rápido que un M60—. ¿Me das
un condón?
—No. —Fue Bella la que lo dijo. La palabra resonó en la habitación.
—Está tomando la pildora —le recordó Emmet.
Edward se volvió hacia ella, se la quedó mirando fijamente y no pudo evitar darle un
beso húmedo y devorador en la boca, ni de rozarle el erecto pezón con el pulgar.
—¿De veras?
Bella se arqueó bajo su caricia.
—Fui a ver a un médico después de dejar a Jacob. Esperaba que ocurriera esto.
Esa información le hizo hervir la sangre y querer gritar de alegría. «A salvo». Ella
estaba a salvo. ¡Bendita fuera! La recompensó con una caricia en el otro pecho. Ella le
respondió con un gemido. No sólo podría hundirse profundamente en ella, sino que
podría hacerlo sin protección.
«No seas tonto», le gritó una parte de su mente. La pildora no era totalmente segura.
—Dame un condón —le dijo a Emmet—. Es sólo por seguridad. —Luego le pasó la mano a
Bella por el pelo—. No quiero que te pase nada.
—No quiero que nada se interponga entre nosotros. Por favor…
«Oh, cielos». Sería algo estúpido, alocado e impulsivo. Pero algo en el interior
de Edward comenzó a hacer erupción, gritando un «cielos, sí», al pensar en estar
dentro de ella sin que nada se interpusiera entre ellos. Deseaba tener a Bella de una
manera en que no había tenido a otra mujer. La pildora era más efectiva que los
condones, y sabía por experiencia, que los condones no eran infalibles.
Edward no podía apartar la mirada de ella. Ahora observaba fijamente los
puntos y los moretones que tenía. Le recordaban que podría haberla perdido
antes de haberla reclamado siquiera. Eso sí habría sido una jodida ironía. La
necesitaba. Y tenía que poseerla de la manera más elemental posible.
—Gatita —le dijo con voz ronca—. Te prometo que estoy sano. Suelo
hacerme reconocimientos médicos con regularidad. Siempre he tomado
precauciones. Yo nunca… — tragó saliva—. Estás segura conmigo.
—Lo sé. —Sonriendo, Bella extendió la mano y pasó la yema de los dedos
suavemente por la espalda de Edward. Él se estremeció y contuvo la respiración—.
Entonces, yo también seré la primera para ti.
Como si ella quisiera reclamarlo a él. El deseo de Edward se acrecentó, invadió su
mente y le hizo abandonar cualquier pensamiento racional. Todo lo que haría esa
noche sería puro instinto. Todo corazón.
—Así es. —Se bajó de golpe los vaqueros por las caderas, y subió lentamente a la
cama, tumbándose a su lado.
Inclinándose y zambulléndose en el paraíso que era la boca de Bella, Edward degustó
su sabor único y limpio. El beso fue brusco y exigente. Sin palabras, ella le dijo que
esperaba que se lo diera todo, que no se reservara nada para él.
¿Cómo, con todo lo que la deseaba, con todo lo que la quería, podría contenerse?
Bella ya había demostrado ser lo suficientemente fuerte para satisfacer sus
necesidades en otras variantes del sexo. Sería perfecto.
Cuando la tomó de la nuca para profundizar el beso, Edward sintió que Emmet subía a la
cama y se situaba al otro lado de Bella.
Interrumpió el beso, luego clavó la mirada en Emmet. Abrió la boca y la cerró de golpe.
¿Cómo podía haberse olvidado de su primo? Él, que no se había acostado solo con
una mujer en doce años, a pesar de todo, se había olvidado. Y ahora tenía que
recordarse a sí mismo que no sería el único amante de Bella, sino que también lo
sería Emmet.
Esa idea provocó en él una sensación de rechazo absoluto. Edward apartó a un
lado su instinto, intentado imponer un poco de lógica a su mente cegada por la
lujuria. Necesitaba que Emmet estuviera allí.
Estaba dispuesto a sumergirse en Bela sin que hubiera entre ellos una barrera de
látex. Oh, Dios… se moría por sentir su carne desnuda rodeándole. Pero no estaba
dispuesto a olvidar todas las precauciones. No podía ser el único responsable. Por si
acaso…
Aquel miedo que albergaba en su interior le recordaba que tenía que compartirla.
Tenía que ignorar aquella parte de sí mismo que se rebelaba. No podía ser el único con
el que ella hiciera el amor.
Apartando esos pensamientos de su mente, observó cómo Emmet rodeaba uno de los
rígidos pezones de Bella con la lengua. Él se dedicó al otro, humedeciéndolo,
pellizcándolo con los dientes, satisfecho con la rápida respuesta de Bella que separó
automáticamente los muslos.
Edward deslizó una mano reverentemente por la suave piel del vientre de Bella y
siguió bajando hacia su sexo. Un refugio mojado, empapado e hinchado. Ella
jadeó ante el primer toque.
Bajo los dedos de Edward, el tenso clítoris palpitó. Dios, estaba más que
preparada. Era bueno saberlo, Edward se encontraba en el mismo estado.
Deslizó lentamente un dedo en su interior. Su canal era muy estrecho. «Oh,
Dios… demasiado estrecho». Jadeó. El cuerpo de Bella se cerró en torno a su dedo,
implorando en silencio. Añadiendo un segundo dedo, los introdujo más
profundamente. Menos mal que se había corrido ya dos veces ese día, o hubiera
explotado nada más entrar en ese cálido nido vacío.
Pero cuando introdujera su gran erección en su cuerpo, iba a lastimarla.
Edward odiaba aquello. Hizo un movimiento de tijera con los dedos, intentando
dilatarla para minimizar el dolor.
—Más —le exigió ella.
Sosteniéndole la mirada, clavó los ojos en Bella. Ella no estaba hablando con Emmet, que
se dedicaba a lamer y succionar sus pezones como si fueran un pirulí o como si su boca
fuera una aspiradora. Hablaba con él.
—¿Más adentro? —preguntó Edward roncamente mientras empujaba los dedos en su
interior hasta la empuñadura.
Jadeando mientras movía la cabeza de un lado a otro, negando y asintiendo a la vez,
ella le respondió:
—Más adentro. Mucho más. Quiero estar llena de ti.
Edward casi se mareó ante su jadeante respuesta, absolutamente honesta.
—Quiero llenarte, gatita. Creo que no he querido nada más en la vida.
—Estás haciendo lo que tienes que hacer —murmuró Emmet, trazando un sendero de
besos por la barbilla de Bella.
Los pezones que había dejado desatendidos estaban rojos. No había otra
manera de describirlos. Hinchados. Bien trabajados. Muy duros. Estarían muy
sensibles por la mañana, pero dado que Bella se arqueaba hacia Emmet e intentaba
conducir su cabeza de vuelta hacia ellos, ahora no los sentía así.
Lo único que ella sentía era que estaba lista.
Levantándose de la cama, Edward se puso de pie a su lado, y acariciándole los muslos
y las caderas, la acercó al borde de la cama, haciendo que le rodeara las caderas con
los muslos.
—¿Edward?
Él se inclinó y depositó un suave beso en su vientre.
—No voy a irme. En esta posición, puedo controlar mejor el ángulo y la
presión. Si te duele demasiado, podré retirarme.
O al menos, esperaba poder hacerlo. Aunque lo que en realidad quería era arremeter
contra ella como el toro embestía un capote rojo.
Edward inspiró profundamente, reteniendo el aire e intentando centrarse.
—Un poco de dolor no me hará daño.
—También dejo sitio para que Emmet se dedique a otras partes de tu cuerpo. —Indicó con
los dedos las líneas de su torso, y luego los bajó, deteniéndose para describir
unos círculos en el clítoris de Bella—. Confía en mí. Al final de la noche, te sentirás
bien follada.
Bella enlazó las piernas en torno a su cintura, atrapándolo entre ellas.
—¿Me lo prometes?
Aquellas burlonas palabras lo atravesaron y se clavaron directamente en su miembro.
Edward levantó la mirada al techo, intentando conservar su autocontrol. También
quería que Bella se sintiera bien amada.
—Sí —graznó—. Oh, sí.
Ella le respondió con una sonrisa radiante que sólo incrementó el deseo que
sentía. El control de Edward se evaporó.
Cogiéndose el rígido pene con la mano, lo guió a la pequeña e hinchada abertura. Ella
era menuda. Y él no era un hombre pequeño. Iba a tener que hacer fuerza para
penetrarla. Aquel pensamiento provocó otra nueva oleada de sudor.
Edward se inclinó hacia adelante un poco e introdujo el glande en el interior de Bella.
«Oh, Maldita sea. Era tan caliente y estrecha». Bajo él, Bella se movió con agitación,
arqueándose, forzándolo a penetrarla un poco más. Agarrándola de las caderas,
se introdujo un centímetro más.
Hasta tropezar con su himen.
—No te detengas —le imploró ella.
Edward no hubiera podido detenerse aunque hubiera querido. Pero un
millón de pensamientos cruzaron por su mente. ¿Y sí… la lastimaba demasiado? ¿Y si
a ella no le gustaba la intensa sensación de sentirlo en su interior? ¿Y si no estaba tan
preparada como pensaba?
O peor todavía, ¿y si volvía a repetirse la misma historia?
—Estás pensando demasiado —murmuró Emmet—. La quieres. Y a menos
que me equivoque, la amas. Está protegida y yo estoy aquí. No podría ser más
perfecto de lo que es.
Eso puso fin a todas sus reservas. Emmet tenía razón. Preocuparse por el dolor o
la preparación de Bella —incluso por el futuro— no era más que una excusa. Tras
doce años, había llegado el momento de darse otra oportunidad.
Continuará...
Para mi es un placer compartir éste sitio con ustedes, el cuál nació del fanatismo por colocar a nuestra pareja favorita en distintos escenarios. Espero que disfruten su estancia, así como nosotras esperamos enriquecernos con sus comentarios y mensajes. Éste sitio lo compartimos Pescui, Rosita y yo, si éstas interesada en subir tus historias, el espacio es tuyo. Les envió un beso y un abrazo de oso. Noelle xD
sábado, 29 de octubre de 2011
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Holaaa Rositaaaa!!!! ahhh por finnnnnnn edwardd dijoo que sii iba a estar conn bellaa siii me encantoo este capiii..yy edwardd a veces tienee celos de emmett mmmm para mi luegoo de estoo se pondra mas posesivoo con bellaa veremoss que pasaa esa es mi teoriiaaa!!!! gracias por el capiI!!! yyyy que este teniendo un buen fin de semanaa...besos!!
ResponderEliminarRositaaa por fin Edward se animo, pero me hubiera gustado que su primera vez de ellos y la de Bella con alguien fuese ellos solos, espero que Emmet solo este para que Edward no tenga miedo que lastimar a Bella pero que cuando lleguen al clímax y se de cuenta Emmet ya no este, no creo que deje que el este con ella no se no me gustaría jajajaj pero es tu historia
ResponderEliminarte dejo besotessss y abrazos silmonianoooossss byeeeee Rosita actualiza las que tienen mas de un mes sin actualizar por favoooorrrrr y otro capitulo prontoooooo muy prontoooo de Demon jajajaj esa si danos otro yaaaaaa jajajaja byeeee
Hola Rosita dios por fin Edward se decidio y valla que le costo pero quien resiste a la invitacion de ella.dios me encanta esta historia eres genial,sigue asi nena....Besos....
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