Epílogo
Cinco años después.
Edward caminaba por el pasillo con su hijo en brazos, lloriqueando porque quería estar en el suelo. Sus hijas iban tras él, los tacones de sus botas repiqueteando en el suelo del silencioso hospital.
Edward se paró frente a una puerta y llamó antes de entrar. Bella levantó la cabeza de unos papeles.
- No estás preparada -dijo antes de besarla. Un beso fuerte, de amor profundo.
- Gracias, me hacía falta-murmuró ella.
- Pues tengo más -sonrió Edward. Bella besó a su hijo, que alargaba las manitas para tocarla y a las gemelas, guapísimas con sus trajes de montar-, ¿Es que tengo que pedir cita para ver a mi mujer?
- Solo tengo que terminar una cosa -se disculpó Bella, anotando algo en un cuaderno, mientras se quitaba la bata.
- Date prisa, mamá. Vamos a llegar tarde.
- Me estoy dando prisa. Cerrad la puerta.
Bella se metió tras el biombo de los pacientes para cambiarse de ropa y Edward se asomó.
- ¿Puedo mirar?
Ella se estaba quitando el vestido. Sus pechos eran un poco más grandes y sus caderas, un poco más anchas, pero seguía excitándolo como siempre.
- No -contestó ella, mientras se ponía los vaqueros.
- Vale. Anthony, estate quieto -le dijo al niño. Su hijo sonrió y el corazón de Edward se llenó de amor.
- No estoy muy convencida de esto, Edward. Sé que están preparadas, pero no dejo de recordar la cantidad de hombres a los que tengo que dar puntos después de un rodeo.
- No te preocupes, mamá -dijo Nessie.
- No nos vamos a hacer daño -añadió Vanessa. Bella sonrió, mientras se pintaba los labios.
- Eso es lo que dijisteis la última vez.
Bella tomó a Anthony en brazos y le dio su maletín a Edward antes de salir por la puerta.
- ¿Llevas el busca? ¿Y el móvil? -preguntó su marido. Ella sonrió. No podría vivir sin él. Eran auténticos compañeros.
- Lo llevo todo.
- ¿Cansada?
- No demasiado -contestó Bella-. ¿Cómo puedo vivir en la misma casa contigo y seguir echándote de menos?
- Es la época de subastas, cielo, ya sabes. -dijo Edward-. Pero esta noche no vas a echarme de menos -añadió, en voz baja. Bella lo besó dulcemente en los labios.
- Mamá, date prisa -dijo Vanessa. Edward y Bella entraron en el ascensor justo cuando las puertas se cerraban.
- Está contratado, señor -murmuró Bella, mientras Edwrad le daba un masaje en la espalda.
- Hoy he hecho una cosa -sonrió él.
- Lo estás haciendo ahora. ¿O te refieres a gritar como un loco cuando tu hija dio aquel salto?
Edward la mordió en el cuello.
- He contratado una cocinera y un ama de llaves.
- Iba a hacerlo yo -protestó ella. La señora Stanley se había despedido unos días antes y Bella apenas había tenido tiempo de entrevistar a las candidatas.
- He llamado a Angela.
- Qué listo.
- Lo he hecho para poder tenerte a solas y violarte cuando quiera.
- Más listo aún - rió Bella, dándose la vuelta para acariciarlo como a él le gustaba-. Te quiero, mi vida.
Hicieron el amor suave, lentamente, pero la pasión empezó a crecer, quemándolos a los dos. Más tarde, se tumbaban en la cama que había pertenecido a sus ancestros y seguían besándose.
- He echado de menos a mi mujer, -murmuró Edward, acariciándola por debajo de las sábanas.
- Lo sé. Y voy a tomarme algún tiempo libre -dijo Bella. Edward la miró, sorprendido-. Creo me merezco un descanso.
- ¿Qué pasa? -preguntó Edward.
- Estoy embarazada -contestó ella. Edward sonrió de oreja a oreja-. Y son gemelos -añadió. La cara de sorpresa de su marido la hizo reír-. Es culpa tuya. Son tus cromosomas.
Edward la abrazó con fuerza, sin decir nada. Los ojos de Bella se llenaron de lágrimas. Veían la vida de la misma forma. Edward era un hombre fuerte que cuidaba de todos y le daba más de lo que nunca hubiera podido desear. Lo amaba con todo su ser. Su marido había luchado por conseguir su amor y le había dado lo que ella siempre había echado de menos en su vida: una familia, un hogar y un corazón tan lleno de alegría que no había sitio para la tristeza.
- Me parece que tendremos que contratar una niñera -dijo él por fin.
- De eso nada. Es la parte que más me gusta. Eso y quererte a ti.
Edward la besó con ternura, disfrutando del amor que compartían. Apenas recordaba lo que era vivir sin Bella. Lo solo que había estado, lo perdido. Pero, desde que se habían casado, su vida estaba llena de felicidad y disfrutaba de cada segundo. Especialmente cuando los días terminaban así, rodeando con sus brazos a la princesa del río Willow.
Fin
Para mi es un placer compartir éste sitio con ustedes, el cuál nació del fanatismo por colocar a nuestra pareja favorita en distintos escenarios. Espero que disfruten su estancia, así como nosotras esperamos enriquecernos con sus comentarios y mensajes. Éste sitio lo compartimos Pescui, Rosita y yo, si éstas interesada en subir tus historias, el espacio es tuyo. Les envió un beso y un abrazo de oso. Noelle xD
Mostrando entradas con la etiqueta Por siempre amantes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Por siempre amantes. Mostrar todas las entradas
sábado, 8 de enero de 2011
jueves, 6 de enero de 2011
Por siempre amantes
Capítulo Doce
Edward alargó el brazo, pero el sitio de Bella estaba vacío. Se sentó de golpe, pasándose la mano por la cara. Bella se había ido. Sabía que las cosas no se habían solucionado entre ellos, pero cuando ella se metió en su cama y le hizo el amor, había pensado que tenían una oportunidad.
Apartando las sábanas, Edward se vistió a toda prisa. Su corazón dio un vuelco cuando vio la maleta en el pasillo.
Encontró a Bella en la cocina, mirando su taza de café.
- ¿Qué significa esto? -preguntó, señalando la maleta.
- Me han llamado esta mañana, Edward.
Tengo que estar en el hospital esta tarde.
- ¿Ibas a marcharte sin decirme adiós?
- No.
- Mentira.
- Por favor, no hagas esto más difícil -le rogó ella.
- ¡Maldita sea, Bella, claro que voy a hacerlo más difícil! Vas a dejarme.
Ella intentó tomar un poco de café, pero no podía tragar.
- ¿Ves esto? -preguntó, mostrándole las facturas-. He comprometido mi salario como médico y ahora es el momento de pagar las facturas.
- Yo podría encargarme de eso en un abrir y cerrar de ojos.
- No quiero que lo hagas. ¡No es tu carrera, es la mía!
- Eso es lo que significa compartir tu vida con alguien, Bella. Cada uno da lo que el otro necesita.
- Yo he estado sola toda mi vida, Edward. No sé lo que es compartir.
- Eso puede cambiar.
- He firmado un contrato y tengo que irme -insistió ella, con labios temblorosos-. Por favor, no discutas conmigo ahora.
- Te quiero.
- Yo también te quiero, pero no es suficiente. Tú te mereces algo mejor.
- ¿Estás diciendo que me busque otra que esté todo el día en la cocina? Por favor, Bella, ¿de verdad crees que eso es lo que busco en una esposa? -preguntó Edward, pasándose la mano por el pelo-. No nos estás dando una oportunidad.
- No digas eso. Por favor -murmuró Bella. La noche del baile, Edward le había dicho que lo quería «todo o nada» y ella se había dado cuenta de que tendría que ser lo último. Si se quedaba, lo lamentaría toda la vida.
Bella tomó la taza de café, tiró el contenido al fregadero y la aclaró antes de meterla en el lavaplatos, intentando contener las lágrimas. ¿Cómo un gesto tan sencillo podía romperle el corazón?, se preguntaba.
- Cariño, no me dejes fuera de tu vida -le rogó él.
Bella se negaba a mirarlo.
- Tengo que hacerlo.
- Quiero que te quedes. Te quiero en mi vida.
Bella se volvió hacia él, furiosa de repente.
- ¡Tú quieres! -exclamó, con lágrimas en los ojos-. Pues ya tuviste lo que querías hace siete años. Elegiste y no fue a mí. Pensaste en ti y en tu deber, pero nunca pensaste en mí, Edward.
- Eso no es verdad -dijo él-. No ha pasado un solo día en el que no haya pensado en ti.
- ¿Y se supone que debo sentir pena por eso? Porque no la siento -dijo ella, tragando saliva-. ¿Y lo que necesito yo, Edward? Estoy en tu vida, en tu casa, en tu cama... te quiero y quiero a tus hijas. ¿Qué más quieres?
- Todo lo que pueda conseguir de ti.
La expresión de Bella se volvió amarga.
- Eso es mentira. Todo o nada, dijiste en el baile. Pues ahora mismo yo no puedo darte eso, Edward. ¿Dónde estamos entonces? -preguntó. Cuando Edward dio un paso hacia ella, Bella lo detuvo con un gesto-. No me to¬ques -lo advirtió. Si la tocaba, se derretiría. Y necesitaba estar furiosa en aquel momento-. Es igual que hace siete años. A tu manera o a la calle.
- Sé que tienes miedo, Bella.
Ella levantó la barbilla.
- He vivido asustada toda mi vida, Edward. Asustada de que mi padre no volviera del trabajo, asustada cuando me hice adolescente, asustada cuando me hice una mujer y no tenía a nadie que me aconsejara. Y cuando mi padre murió... me quedé sola. No le importaba a nadie -explicó ella, sin mirarlo. No quería su piedad. Solo quería que la entendiera.
- A mí me importabas.
- Sí, claro. Te importaba tanto que te marchaste de mi vida sin mirar atrás -replicó Bella, con amargura. La expresión del hombre se llenó de dolor-. Tanya se fue hace mucho tiempo. Si tanto me amabas, ¿por qué no fuiste a buscarme?
- Imaginaba que no querrías volver a verme. No tenía ninguna esperanza.
- ¡Pero ni siquiera lo intentaste!
- No podía, Bella. Pero tú has sido mi remordimiento más grande, la pena más grande de mi vida.
- Y tú la mía -murmuró ella-. Debería haberte exigido una explicación, pero pensé que si podías dejarme tan fácilmente era porque yo no te había importado nada.
- No era así y tú lo sabes. Te quiero y sé que tú me quieres a mí.
- Claro que te quiero.
- Entonces, ¿por qué estamos discutiendo?
- Porque no tengo elección.
- Todos podemos elegir.
Ella negó con la cabeza, furiosa.
- Edward, no sabías quien era yo hace siete años y sigues sin saberlo.
-Te equivocas -dijo él, tomando su mano.
Bella se soltó de un tirón.
-Mira esta casa. ¡Para mí es un palacio! ¡Tú eres el sueño americano, Edward! Rico, guapo, respetado y adorado por su familia. Has vivido rodeado de lujos toda tu vida y no te culpo por ello. Pero esa es la razón por la que no me entiendes.
- ¡Maldita sea, Bella, no tengo tan mala memoria!
- Tú veías lo que yo quería que vieras. ¿Alguna vez has pasado hambre, Edward? -le preguntó-. Yo he vivido de palomitas y café durante semanas y tuve que trabajar en mil sitios para pagar la universidad. A veces tenía pesadillas, soñaba que acababa limpiando servicios porque no podía pagarme la carrera.
- Pero eso se ha terminado, Bella -dijo él, con el corazón encogido por aquella revelación-. Eres médico. ¿De qué tienes miedo ahora? -preguntó, acercándose como se acercaría a un animal herido. Ella no contestó, ahogada en sollozos-. ¿De qué, cariño?
- Estoy aterrada porque cuando por fin he conseguido mi sueño de ser médico, descubro que no es todo lo que quiero. Verte otra vez, amarte, amar a tus hijas... eso es todo lo que yo había querido siempre, Edward -dijo Bella, con la voz rota-. Todo lo que había querido... y lo que no puedo tener.
- Bella...
- Dios mío, Edward... ¿es que no sabes que si pudiera me quedaría?
- Encontraremos una solución. Te lo juro, Bella -murmuró él, limpiando sus lágrimas. Ella cerró los ojos, temblando-. No llores. Confía en mí.
- Tengo que irme. De verdad, Edward. Tengo que irme -susurró ella, besándolo suavemente en los labios-No me hagas elegir entre mi carrera y tú, por favor -le rogó-. Te necesito, pero sé que no puedo tener las dos cosas.
Edward dio un paso atrás.
- No voy a detenerte, Bella. No sé si quiero una mujer para quien su carrera es más importante que su familia.
- Pensé que la familia te apoyaba siempre, pero parece que me he equivocado -dijo Bella entonces. Edward palideció-. Esta es la persona que soy, Edward. La que tengo que ser para gustarme a mí misma. He hecho muchos sacrificios y si no puedes aceptar eso, nunca podremos estar juntos.
Un segundo después, Bella tomaba la maleta y desaparecía de su vida.
Edward miró la cocina vacía y cerró los ojos.
Le dolía tanto el pecho que creyó que su corazón se rompía de verdad.
Vanessa y Nessie estaban sentadas frente al televisor, con los ojos enrojecidos. Ninguna de las dos le dirigía la palabra. Culpaban a Edward por la marcha de Bella y él no podía negarlo.
- ¿Tenéis hambre?
Las niñas lo miraron sin decir nada.
Edward suspiró, dándose la vuelta.
- Se le olvidó que se me ha caído un diente -dijo Vanessa entonces.
- ¿Qué?
- Bella dijo que el Ratoncito Pérez también vendría aquí, aunque se me cayó en casa de la abuela.
- ¿Has mirado debajo de tu almohada? -se arriesgó a preguntar Edward.
Vanessa lo miró, sorprendida. Un segundo después, subía corriendo la escalera. Edward no sabía si Bella habría dejado un regalo para ella y no movió un músculo hasta que la oyó bajar, aterrado. Cuando la niña le mostró un dólar de plata, su corazón empezó a dar saltos.
Bella no olvidaba nada.
- No voy a gastármelo nunca.
Edward suspiró, inclinándose para abrazar a su hija. Su madre y la señora Stanley lo miraban desde la puerta.
- Cariño, Bella es médico y tiene que trabajar mucho durante los próximos dos años.
- ¿Tú le dijiste que se fuera, papá?
- Yo quería que se quedase, cielo, pero tenía que marcharse. Lo sabíamos desde el primer día.
Nessie se colocó al lado de su hermana.
- Haz algo, papá. Haz que vuelva -dijo la niña, con los ojitos llenos de lágrimas.
- No puedo -dijo Edward, abrazándolas a las dos. Nessie y Vanessa se pusieron a llorar y él maldijo a Bella por su orgullo y a sí mismo por no saber cómo solucionar la situación.
Una hora después, las niñas se quedaron dormidas y, después de subirlas a su habitación, Edward fue a la cocina.
- Creí que había criado un hijo más listo - le dijo su madre.
- ¿Qué quieres que haga, mamá? - suspiró él.
- Bella tiene tantas deudas que no puede pensar en pararse por nada, ni por nadie.
- Ahora es cuando realmente te necesita.
- Y yo la necesito a ella.
- Entonces, haz algo.
- ¿Qué?
- Haz que vuelva a casa.
Edward se pasó la mano por la cara, suspirando.
- ¿Crees que no lo he intentado? He hecho de todo, menos ponerle una alfombra roja.
- Decirle lo que puedes hacer por ella no es lo mismo que hacerlo. Y eres un loco si crees que Bella va a poner en peligro su trabajo, especialmente con todas esas deudas. Ella sabe que su deber es pagarlas. Y lo que te ocurrió con Tanya debería haberte enseñado que el sentido del deber puede obligar a una persona a hacer muchas estupideces -dijo su madre. Edward la miró, sorprendido-. Bella ha sacrificado más de lo que tú y yo podemos imaginar para llegar donde ha llegado -añadió, muy seria-. Compartir la vida con alguien no siempre significa que se hagan las cosas al cincuenta por ciento. A veces, uno tiene que poner más que el otro.
Edward miró a su madre, sin verla. Un segundo después, tomó su sombrero y se dirigió a la puerta. Esme lo siguió.
- ¿Qué vas a hacer?
- Traer a mi mujer a casa -contestó él. Esme sonrió.
- Ese es mi hijo.
Edward la encontró en la sala de maternidad, vestida con una bata blanca. Una enfer¬mera esperaba a su lado mientras ella firmaba unos papeles.
- Bella.
Ella levantó la cabeza, sorprendida.
- Edward, ¿qué estás haciendo aquí?
- ¿Podemos hablar? -preguntó él. Bella señaló una puerta, con el corazón acelerado-. No tienes muy buen aspecto.
- Tú tampoco -murmuró ella, sin mirarlo.
- No puedo seguir así, Bella.
- Edward...
- No, déjame terminar. Las niñas no dejan de llorar, yo no sé ni lo que hago y el rancho ya no es el mismo sin ti.
- No puedo volver y tú lo sabes -dijo ella, parpadeando para evitar las lágrimas-. ¿Qué quieres de mí? ¿Que abandone una carrera por la que he sacrificado toda mi vida? Tú mismo has dicho que necesitabas alguien que estuviera contigo y con las niñas. Y yo no puedo darte eso.
- Pero yo sí puedo dártelo a ti, cariño. . Bella negó con la cabeza.
- Son mis deudas y mis problemas.
Edward alargó la mano y apartó el pelo de su frente.
- Cariño, has estado sola tanto tiempo que no sabes cómo compartir tus problemas con nadie. Deja que yo te enseñe. No voy a hacerte daño. Solo quiero que estemos juntos.
- Edward....
Bella se sentía como si estuviera al borde de un precipicio. Durante los últimos días se había sentido tan triste, tan rota, que apenas podía concentrarse en nada. Era cierto. Nunca había compartido sus problemas con nadie. Nunca había tenido oportunidad de hacerlo.
- He hecho algunos cambios para que no tengas que abandonar nada.
Bella lo miró, perpleja.
- ¿Qué has hecho?
- He pagado tus deudas. No, escúchame -la interrumpió cuando ella iba a protestar-. Deja que lo haga, Bella. ¿Es que no me quieres?
- Claro que te quiero. Te quiero tanto que me mata verte otra vez.
Edward suspiró.
- Nos hemos quitado una cosa de encima. Sé que tienes que hacer las prácticas durante dos años, pero ¿quién dice que tenga que ser aquí?
- ¿Cómo? -preguntó ella, con el corazón acelerado.
- He hablado con el director del hospital de Aiken y con el director de este hospital.
Los dos están de acuerdo en que puedes hacer tus prácticas en Aiken. Puedes trabajar con el doctor Crowley. Va a retirarse dentro de dos años y no le importaría que alguien heredase sus pacientes.
Bella no podía hablar. Edward le había dicho que confiara en él, que encontraría la forma de estar juntos, pero ella no había creído que pudiera mover montañas. Y menos por ella.
- No lo he hecho para controlarte -siguió él-. Lo he hecho solo porque te quiero y te necesito. Una vez te perdí porque no me di cuenta de lo importante que era para ti ser médico y no pienso volver a cometer ese error. Te quiero, Bella. Te he querido desde el primer día. Estoy haciendo esto porque no puedo vivir sin ti -añadió, tomando su mano-. Cásate conmigo.
- Cásate con nosotros, Bella -escuchó dos vocecitas.
Bella se volvió y vio a las niñas en la puerta. Sin que se diera cuenta, Edward le puso un anillo en el dedo.
- Cásate con nosotros, cariño. Los Cullen no podemos vivir sin ti.
Bella decidió no pensar más y enredó los brazos alrededor de su cuello.
- ¡Sí, sí!
- Cariño -susurró Edward-. Me has salvado la vida.
Bella sonrió, sus sollozos mezclándose con las risas de Nessie y Vanessa. Edward decía que le había salvado la vida, pero era su amor lo que la había salvado a ella. Y cuando acarició a las gemelas, su corazón pareció hincharse. Lo tenía todo, todo lo que había soñado de niña y de mayor. Allí estaba, en los brazos de Edward, en el corazón de Edward.
Era una mujer feliz. ¿Cómo podría no serlo?
Su familia estaba con ella.
-------------------------------------------------------------------------------------
Hola nenas!!! espero les fuste el capi, ya a esta historia le falta solamente el epilogo...quiero llorar...es la q mas lata me ha dado, ya sabran por q...bueno nos vemos en el proximo...bsos
Pescui
Edward alargó el brazo, pero el sitio de Bella estaba vacío. Se sentó de golpe, pasándose la mano por la cara. Bella se había ido. Sabía que las cosas no se habían solucionado entre ellos, pero cuando ella se metió en su cama y le hizo el amor, había pensado que tenían una oportunidad.
Apartando las sábanas, Edward se vistió a toda prisa. Su corazón dio un vuelco cuando vio la maleta en el pasillo.
Encontró a Bella en la cocina, mirando su taza de café.
- ¿Qué significa esto? -preguntó, señalando la maleta.
- Me han llamado esta mañana, Edward.
Tengo que estar en el hospital esta tarde.
- ¿Ibas a marcharte sin decirme adiós?
- No.
- Mentira.
- Por favor, no hagas esto más difícil -le rogó ella.
- ¡Maldita sea, Bella, claro que voy a hacerlo más difícil! Vas a dejarme.
Ella intentó tomar un poco de café, pero no podía tragar.
- ¿Ves esto? -preguntó, mostrándole las facturas-. He comprometido mi salario como médico y ahora es el momento de pagar las facturas.
- Yo podría encargarme de eso en un abrir y cerrar de ojos.
- No quiero que lo hagas. ¡No es tu carrera, es la mía!
- Eso es lo que significa compartir tu vida con alguien, Bella. Cada uno da lo que el otro necesita.
- Yo he estado sola toda mi vida, Edward. No sé lo que es compartir.
- Eso puede cambiar.
- He firmado un contrato y tengo que irme -insistió ella, con labios temblorosos-. Por favor, no discutas conmigo ahora.
- Te quiero.
- Yo también te quiero, pero no es suficiente. Tú te mereces algo mejor.
- ¿Estás diciendo que me busque otra que esté todo el día en la cocina? Por favor, Bella, ¿de verdad crees que eso es lo que busco en una esposa? -preguntó Edward, pasándose la mano por el pelo-. No nos estás dando una oportunidad.
- No digas eso. Por favor -murmuró Bella. La noche del baile, Edward le había dicho que lo quería «todo o nada» y ella se había dado cuenta de que tendría que ser lo último. Si se quedaba, lo lamentaría toda la vida.
Bella tomó la taza de café, tiró el contenido al fregadero y la aclaró antes de meterla en el lavaplatos, intentando contener las lágrimas. ¿Cómo un gesto tan sencillo podía romperle el corazón?, se preguntaba.
- Cariño, no me dejes fuera de tu vida -le rogó él.
Bella se negaba a mirarlo.
- Tengo que hacerlo.
- Quiero que te quedes. Te quiero en mi vida.
Bella se volvió hacia él, furiosa de repente.
- ¡Tú quieres! -exclamó, con lágrimas en los ojos-. Pues ya tuviste lo que querías hace siete años. Elegiste y no fue a mí. Pensaste en ti y en tu deber, pero nunca pensaste en mí, Edward.
- Eso no es verdad -dijo él-. No ha pasado un solo día en el que no haya pensado en ti.
- ¿Y se supone que debo sentir pena por eso? Porque no la siento -dijo ella, tragando saliva-. ¿Y lo que necesito yo, Edward? Estoy en tu vida, en tu casa, en tu cama... te quiero y quiero a tus hijas. ¿Qué más quieres?
- Todo lo que pueda conseguir de ti.
La expresión de Bella se volvió amarga.
- Eso es mentira. Todo o nada, dijiste en el baile. Pues ahora mismo yo no puedo darte eso, Edward. ¿Dónde estamos entonces? -preguntó. Cuando Edward dio un paso hacia ella, Bella lo detuvo con un gesto-. No me to¬ques -lo advirtió. Si la tocaba, se derretiría. Y necesitaba estar furiosa en aquel momento-. Es igual que hace siete años. A tu manera o a la calle.
- Sé que tienes miedo, Bella.
Ella levantó la barbilla.
- He vivido asustada toda mi vida, Edward. Asustada de que mi padre no volviera del trabajo, asustada cuando me hice adolescente, asustada cuando me hice una mujer y no tenía a nadie que me aconsejara. Y cuando mi padre murió... me quedé sola. No le importaba a nadie -explicó ella, sin mirarlo. No quería su piedad. Solo quería que la entendiera.
- A mí me importabas.
- Sí, claro. Te importaba tanto que te marchaste de mi vida sin mirar atrás -replicó Bella, con amargura. La expresión del hombre se llenó de dolor-. Tanya se fue hace mucho tiempo. Si tanto me amabas, ¿por qué no fuiste a buscarme?
- Imaginaba que no querrías volver a verme. No tenía ninguna esperanza.
- ¡Pero ni siquiera lo intentaste!
- No podía, Bella. Pero tú has sido mi remordimiento más grande, la pena más grande de mi vida.
- Y tú la mía -murmuró ella-. Debería haberte exigido una explicación, pero pensé que si podías dejarme tan fácilmente era porque yo no te había importado nada.
- No era así y tú lo sabes. Te quiero y sé que tú me quieres a mí.
- Claro que te quiero.
- Entonces, ¿por qué estamos discutiendo?
- Porque no tengo elección.
- Todos podemos elegir.
Ella negó con la cabeza, furiosa.
- Edward, no sabías quien era yo hace siete años y sigues sin saberlo.
-Te equivocas -dijo él, tomando su mano.
Bella se soltó de un tirón.
-Mira esta casa. ¡Para mí es un palacio! ¡Tú eres el sueño americano, Edward! Rico, guapo, respetado y adorado por su familia. Has vivido rodeado de lujos toda tu vida y no te culpo por ello. Pero esa es la razón por la que no me entiendes.
- ¡Maldita sea, Bella, no tengo tan mala memoria!
- Tú veías lo que yo quería que vieras. ¿Alguna vez has pasado hambre, Edward? -le preguntó-. Yo he vivido de palomitas y café durante semanas y tuve que trabajar en mil sitios para pagar la universidad. A veces tenía pesadillas, soñaba que acababa limpiando servicios porque no podía pagarme la carrera.
- Pero eso se ha terminado, Bella -dijo él, con el corazón encogido por aquella revelación-. Eres médico. ¿De qué tienes miedo ahora? -preguntó, acercándose como se acercaría a un animal herido. Ella no contestó, ahogada en sollozos-. ¿De qué, cariño?
- Estoy aterrada porque cuando por fin he conseguido mi sueño de ser médico, descubro que no es todo lo que quiero. Verte otra vez, amarte, amar a tus hijas... eso es todo lo que yo había querido siempre, Edward -dijo Bella, con la voz rota-. Todo lo que había querido... y lo que no puedo tener.
- Bella...
- Dios mío, Edward... ¿es que no sabes que si pudiera me quedaría?
- Encontraremos una solución. Te lo juro, Bella -murmuró él, limpiando sus lágrimas. Ella cerró los ojos, temblando-. No llores. Confía en mí.
- Tengo que irme. De verdad, Edward. Tengo que irme -susurró ella, besándolo suavemente en los labios-No me hagas elegir entre mi carrera y tú, por favor -le rogó-. Te necesito, pero sé que no puedo tener las dos cosas.
Edward dio un paso atrás.
- No voy a detenerte, Bella. No sé si quiero una mujer para quien su carrera es más importante que su familia.
- Pensé que la familia te apoyaba siempre, pero parece que me he equivocado -dijo Bella entonces. Edward palideció-. Esta es la persona que soy, Edward. La que tengo que ser para gustarme a mí misma. He hecho muchos sacrificios y si no puedes aceptar eso, nunca podremos estar juntos.
Un segundo después, Bella tomaba la maleta y desaparecía de su vida.
Edward miró la cocina vacía y cerró los ojos.
Le dolía tanto el pecho que creyó que su corazón se rompía de verdad.
Vanessa y Nessie estaban sentadas frente al televisor, con los ojos enrojecidos. Ninguna de las dos le dirigía la palabra. Culpaban a Edward por la marcha de Bella y él no podía negarlo.
- ¿Tenéis hambre?
Las niñas lo miraron sin decir nada.
Edward suspiró, dándose la vuelta.
- Se le olvidó que se me ha caído un diente -dijo Vanessa entonces.
- ¿Qué?
- Bella dijo que el Ratoncito Pérez también vendría aquí, aunque se me cayó en casa de la abuela.
- ¿Has mirado debajo de tu almohada? -se arriesgó a preguntar Edward.
Vanessa lo miró, sorprendida. Un segundo después, subía corriendo la escalera. Edward no sabía si Bella habría dejado un regalo para ella y no movió un músculo hasta que la oyó bajar, aterrado. Cuando la niña le mostró un dólar de plata, su corazón empezó a dar saltos.
Bella no olvidaba nada.
- No voy a gastármelo nunca.
Edward suspiró, inclinándose para abrazar a su hija. Su madre y la señora Stanley lo miraban desde la puerta.
- Cariño, Bella es médico y tiene que trabajar mucho durante los próximos dos años.
- ¿Tú le dijiste que se fuera, papá?
- Yo quería que se quedase, cielo, pero tenía que marcharse. Lo sabíamos desde el primer día.
Nessie se colocó al lado de su hermana.
- Haz algo, papá. Haz que vuelva -dijo la niña, con los ojitos llenos de lágrimas.
- No puedo -dijo Edward, abrazándolas a las dos. Nessie y Vanessa se pusieron a llorar y él maldijo a Bella por su orgullo y a sí mismo por no saber cómo solucionar la situación.
Una hora después, las niñas se quedaron dormidas y, después de subirlas a su habitación, Edward fue a la cocina.
- Creí que había criado un hijo más listo - le dijo su madre.
- ¿Qué quieres que haga, mamá? - suspiró él.
- Bella tiene tantas deudas que no puede pensar en pararse por nada, ni por nadie.
- Ahora es cuando realmente te necesita.
- Y yo la necesito a ella.
- Entonces, haz algo.
- ¿Qué?
- Haz que vuelva a casa.
Edward se pasó la mano por la cara, suspirando.
- ¿Crees que no lo he intentado? He hecho de todo, menos ponerle una alfombra roja.
- Decirle lo que puedes hacer por ella no es lo mismo que hacerlo. Y eres un loco si crees que Bella va a poner en peligro su trabajo, especialmente con todas esas deudas. Ella sabe que su deber es pagarlas. Y lo que te ocurrió con Tanya debería haberte enseñado que el sentido del deber puede obligar a una persona a hacer muchas estupideces -dijo su madre. Edward la miró, sorprendido-. Bella ha sacrificado más de lo que tú y yo podemos imaginar para llegar donde ha llegado -añadió, muy seria-. Compartir la vida con alguien no siempre significa que se hagan las cosas al cincuenta por ciento. A veces, uno tiene que poner más que el otro.
Edward miró a su madre, sin verla. Un segundo después, tomó su sombrero y se dirigió a la puerta. Esme lo siguió.
- ¿Qué vas a hacer?
- Traer a mi mujer a casa -contestó él. Esme sonrió.
- Ese es mi hijo.
Edward la encontró en la sala de maternidad, vestida con una bata blanca. Una enfer¬mera esperaba a su lado mientras ella firmaba unos papeles.
- Bella.
Ella levantó la cabeza, sorprendida.
- Edward, ¿qué estás haciendo aquí?
- ¿Podemos hablar? -preguntó él. Bella señaló una puerta, con el corazón acelerado-. No tienes muy buen aspecto.
- Tú tampoco -murmuró ella, sin mirarlo.
- No puedo seguir así, Bella.
- Edward...
- No, déjame terminar. Las niñas no dejan de llorar, yo no sé ni lo que hago y el rancho ya no es el mismo sin ti.
- No puedo volver y tú lo sabes -dijo ella, parpadeando para evitar las lágrimas-. ¿Qué quieres de mí? ¿Que abandone una carrera por la que he sacrificado toda mi vida? Tú mismo has dicho que necesitabas alguien que estuviera contigo y con las niñas. Y yo no puedo darte eso.
- Pero yo sí puedo dártelo a ti, cariño. . Bella negó con la cabeza.
- Son mis deudas y mis problemas.
Edward alargó la mano y apartó el pelo de su frente.
- Cariño, has estado sola tanto tiempo que no sabes cómo compartir tus problemas con nadie. Deja que yo te enseñe. No voy a hacerte daño. Solo quiero que estemos juntos.
- Edward....
Bella se sentía como si estuviera al borde de un precipicio. Durante los últimos días se había sentido tan triste, tan rota, que apenas podía concentrarse en nada. Era cierto. Nunca había compartido sus problemas con nadie. Nunca había tenido oportunidad de hacerlo.
- He hecho algunos cambios para que no tengas que abandonar nada.
Bella lo miró, perpleja.
- ¿Qué has hecho?
- He pagado tus deudas. No, escúchame -la interrumpió cuando ella iba a protestar-. Deja que lo haga, Bella. ¿Es que no me quieres?
- Claro que te quiero. Te quiero tanto que me mata verte otra vez.
Edward suspiró.
- Nos hemos quitado una cosa de encima. Sé que tienes que hacer las prácticas durante dos años, pero ¿quién dice que tenga que ser aquí?
- ¿Cómo? -preguntó ella, con el corazón acelerado.
- He hablado con el director del hospital de Aiken y con el director de este hospital.
Los dos están de acuerdo en que puedes hacer tus prácticas en Aiken. Puedes trabajar con el doctor Crowley. Va a retirarse dentro de dos años y no le importaría que alguien heredase sus pacientes.
Bella no podía hablar. Edward le había dicho que confiara en él, que encontraría la forma de estar juntos, pero ella no había creído que pudiera mover montañas. Y menos por ella.
- No lo he hecho para controlarte -siguió él-. Lo he hecho solo porque te quiero y te necesito. Una vez te perdí porque no me di cuenta de lo importante que era para ti ser médico y no pienso volver a cometer ese error. Te quiero, Bella. Te he querido desde el primer día. Estoy haciendo esto porque no puedo vivir sin ti -añadió, tomando su mano-. Cásate conmigo.
- Cásate con nosotros, Bella -escuchó dos vocecitas.
Bella se volvió y vio a las niñas en la puerta. Sin que se diera cuenta, Edward le puso un anillo en el dedo.
- Cásate con nosotros, cariño. Los Cullen no podemos vivir sin ti.
Bella decidió no pensar más y enredó los brazos alrededor de su cuello.
- ¡Sí, sí!
- Cariño -susurró Edward-. Me has salvado la vida.
Bella sonrió, sus sollozos mezclándose con las risas de Nessie y Vanessa. Edward decía que le había salvado la vida, pero era su amor lo que la había salvado a ella. Y cuando acarició a las gemelas, su corazón pareció hincharse. Lo tenía todo, todo lo que había soñado de niña y de mayor. Allí estaba, en los brazos de Edward, en el corazón de Edward.
Era una mujer feliz. ¿Cómo podría no serlo?
Su familia estaba con ella.
-------------------------------------------------------------------------------------
Hola nenas!!! espero les fuste el capi, ya a esta historia le falta solamente el epilogo...quiero llorar...es la q mas lata me ha dado, ya sabran por q...bueno nos vemos en el proximo...bsos
Pescui
miércoles, 5 de enero de 2011
Por siempre amantes
Capítulo Once
Bella tomó el auricular, medio dormida. -Bella, soy Esme.
Bella se incorporó, frotándose la cara. El sonido de la ducha llegaba hasta ella y cuando miró el despertador, vio que era muy temprano.
- ¿Ocurre algo?
- Nada, Solo llamo para preguntar si las niñas pueden quedarse unos días más. Los nietos de mi vecina están de vacaciones y creo que podrían pasarlo muy bien -explicó la mujer-. ¿Está Edward por ahí?
- Sí, un momento -dijo Bella, cubriéndose con una sábana para abrir la puerta del baño.
- ¿Ese ruido es la ducha?
- Sí.
- ¿Estás en el dormitorio de mi hijo? Bella se quedó parada.
- Pues... yo, la verdad es que sí -contestó por fin. En realidad, no sentía ninguna vergüenza.
- Gracias a Dios.
- ¡Esme!
- Cariño, quizá un poco de sexo os ayude a daros cuenta de que estáis hechos el uno para el otro.
Bella soltó una carcajada. Adoraba a aquella mujer.
- No pienso hablar de eso, Esme Cullen -le dijo. Edward sacó la cabeza de la ducha en ese momento-. Es tu madre. Que tiene mucha cara -añadió, sobre el auricular.
Bella iba a salir del baño, pero él la sujetó tirando de la sábana.
- Claro que pueden. No, nosotros no vamos a movernos de aquí -dijo Edward, inclinándose para besar a Bella-. Sí mamá. La quiero.
- Yo también te quiero -murmuró ella.
- Eso es lo que pienso hacer -dijo Edward entonces, quitándole la sábana y mirándola con clarísimas intenciones-. ¿Cuándo tienes que quitarle los puntos a Nessie?
- Mañana.
- ¿Te importa si se los quita el médico de mi madre? -preguntó. Bella negó con la cabeza-. No le importa. Adiós -se despidió Edward, tirando el teléfono sobre una pila de toallas y tirando después de Bella para meterla en la ducha con él-. Buenos días -murmuró sobre sus labios.
Bella se sujetó a sus hombros, preguntándose si le quedaría energía; pero obtuvo la respuesta cuando él empezó a chupar uno de sus pezones, pasando la lengua por la punta una y otra vez hasta que pensó que iba a derretirse sobre el suelo de azulejos.
Edward hincó una rodilla en el suelo para enjabonar sus muslos, murmurando algo sobre amarla toda la vida y Bella sintió una punzada de tristeza; ella no estaría allí para eso. Pero la tristeza desapareció cuando él la cubrió con su boca.
- Me encanta cómo sabes -murmuró Edward, incorporándose. Sin darle tiempo a reaccionar, la aplastó contra la pared de la ducha, levantó una de sus piernas y se introdujo dentro de ella.
- ¡Oh, Dios!
- Tenemos años que recuperar, cariño.
- ¿Y piensas hacerlo en un fin de semana?
- Tardaría una vida entera -murmuró él, apartándose y volviendo a entrar en ella de nuevo- y ni siquiera eso sería suficiente.
Bella lo miró a los ojos mientras la amaba, preguntándose si sería capaz de abandonarlo después de haber probado la vida con él. Y rezó, escondiendo la cara en sus hombros, pidiendo un poco más de tiempo.
Edward había salido para dar de comer a los caballos cuando sonó el timbre. Era un mensajero con un sobre a nombre de Isabella Swan. Ella suspiró. Eran sus facturas, que Angela le enviaba desde Georgia. Cuando abrió el sobre y vio el aviso de pago de su préstamo universitario, volvió a suspirar.
Tendría que pedir otro préstamo y utilizar su futuro sueldo como médico para pagarlo. La angustia por su situación económica hizo que empezara a dolerle la cabeza. Cada vez que pensaba en ello, se daba cuenta de lo poco que tenía en la vida; facturas, un coche estropeado, sus muebles en un guarda muebles... No mucho para una mujer de su edad, pensó.
Iba a echar de menos aquella casa, pensó mientras doblaba una camisetita rosa. Cuando se la llevó a la cara para olerla, dos caritas idénticas aparecieron en su mente. Nessie, brillante y llena de energía y Vanessa, un poco tímida y siempre risueña. Tan parecidas y, sin embargo, tan diferentes. Las echaba de menos.
El sonido del teléfono la sobresaltó.
- Hola, Bella.
- ¡Nessie, estaba pensando en vosotras! ¿Qué tal estáis?
- Muy bien. Hoy hemos montado a caballo.
- Qué bien.
- Bella, mi hermana ha estado dando saltos -escuchó la voz de Vanessa.
- ¿Que has hecho qué?
- ¡No tenías que decirlo, Vanessa!
- ¡Pero es verdad!
- ¿Y qué ha dicho vuestra abuela? -preguntó Bella, alarmada.
- Mi abuela es la que me ha enseñado a saltar.
- ¿Vuestro padre sabe eso?
- Pues...
-¿Lo sabe o no?
- Sí.
- Ah, entonces, de acuerdo. Nessie, estoy muy orgullosa de ti. Yo no puedo sentarme sobre una silla sin morirme de miedo.
- Mi papá puede enseñarte. Es fácil. Bella miró el montón de facturas que había sobre la mesa. No quería decirles que no estaría allí tiempo suficiente como para aprender y decidió hablar de otra cosa. Cuando colgó, apretó el auricular contra su pecho, con los ojos llenos de lágrimas. Amaba a Edward, a sus hijas, amaba aquella casa, pero no podía tenerlo todo. En realidad, nunca había tenido nada. Su vida había consistido en ir de trabajo en trabajo para pagarse los estudios y una habitación de alquiler. Estaría muy ocupada durante los próximos años y demasiado lejos como para que aquello funcionara. Edward y las niñas se merecían algo mejor. Se merecían una madre.
Ante ella se presentaba un futuro solitario. Un futuro sin sonrisas por la mañana, sin un hombre que la hiciera sentirse protegida. Ser médico no significaba mucho sin alguien con quien hablar por las noches. Pero no estaba acostumbrada a compartir sus penas con nadie. Era muy arriesgado depender de alguien para ser feliz. Lo había hecho una vez y había sufrido tanto que pensó que nunca se recuperaría.
Bella tenía que recordar sus obligaciones en el hospital, pero... ¿para qué valía un médico que no puede curar su propio corazón? se preguntaba.
Edward se quedó parado en la puerta de la cocina, mirándola. Bella tenía la cabeza apoyada sobre la mesa. Estaba llorando. La amaba tanto... pero lo inevitable seguía pendiendo sobre sus cabezas como una nube negra. Bella debía marcharse y él no sabía qué hacer para convencerla de que se quedara.
Se le estaba escapando el tiempo de las manos.
Aquella noche, Edward la hizo olvidar. Nadaron juntos en la piscina, desnudos, le hizo el amor bajo las estrellas y la abrazó durante toda la noche, incapaz de dormir por miedo a que ella desapareciera sin decir nada.
Bella entró en el establo.
- Muy bien, jefe. Los caballos tienen agua y los pollos, pienso. ¿Qué más hay que hacer?
- ¿Quieres darte un revolcón en la paja? -preguntó Edward. Bella se apoyó en la puerta, sonriendo. Con aquellos vaqueros ajustados y la camiseta negra que marcaba sus músculos, lo que hubiera deseado era desnudarlo allí mismo.
- Tú lo que quieres es montar algo que no sea un caballo.
- No es mala idea -dijo Edward, besándola en los labios.
- Aún tengo que darle de comer a los cerdos.
- Ten cuidado -la advirtió él.
- Les tiraré la comida y saldré corriendo -sonrió Bella.
- Date prisa. Tengo planes para más tarde.
- ¿Algo que me va a gustar?
- Te ha gustado siempre -contestó él, mirándola de arriba abajo.
- Eres un arrogante.
- Esta mañana no decías eso.
Bella se puso colorada al recordado. Se había despertado, excitada por lo que creía un sueño erótico, pero pronto se percató de que no lo era.
- Te has aprovechado de mí.
- Es verdad, cariño -dijo Edward, sin remordimiento alguno-. Tenerte desnuda a mi lado es una tentación demasiado fuerte.
Era el día libre de los peones y Bella estuvo a punto de desnudarse allí mismo y volver a tentarlo.
- ¿Cuánto tiempo tendré que esperar? -preguntó, sin vergüenza alguna.
- Una hora, más o menos.
- ¿Nos vemos en el porche para comer?
- Para entonces estaré muy hambriento -contestó él.
- No estaba hablando de comida.
- Yo tampoco.
Riendo, Bella salió del establo y entró en la cochiquera, amenazando a los cerdos con convertirlos en chuletas mientras les tiraba la comida. Después de darse un baño en la piscina, empezó a preparar el almuerzo.
Y esperó a Edward. Y esperó.
Preocupada, se dirigió hacia el establo y lo encontró inclinado sobre una yegua con el vientre muy hinchado. Un nuevo potro estaba a punto de llegar al mundo.
- Vale, te perdono por llegar tarde. ¿Quieres que llame al veterinario?
- Ya lo he hecho, pero no podemos esperar -dijo él, sin levantar la mirada-. Necesito que me ayudes, cariño.
- ¿No lo dirás en serio?
- Tú eres médico. Puedes hacerlo.
Bella se inclinó sobre el animal, nerviosa, y empezó a palparle el vientre.
- Al potro se le ha enganchado un casco y puede rasgarle el útero.
- Eso era lo que me temía -murmuró Edward, acariciando la cabeza del animal con ternura.
- Déjame ver si puedo... -empezó a decir Bella, metiendo la mano dentro del vientre de la yegua para intentar colocar al potrillo.
En la distancia escucharon el ruido de un coche.
-Señor Cullen -oyeron una voz femenina unos segundos después.
Bella estaba sacando el brazo cuando la mujer entró en el establo. Edward la presentó como Leah Clearwater, la veterinaria de Aiken.
-Muy bien, Jane, lo estás haciendo muy bien -murmuró la mujer, tocando el vientre de la yegua. Después, se volvió para mirar a Bella-. Encantada de conocerla. No sé si sabe que todo el mundo habla de usted.
Bella frunció el ceño.
- ¿Por qué?
La veterinaria sonrió, sin dejar de ocuparse del animal.
- Porque todas las mujeres del condado han intentado alguna vez que Edward se fijase en ellas.
- Edward se fijó en mí hace muchos años -dijo Bella-. Me parece que juego con ventaja.
- Para mí nunca ha habido otra mujer más que Bella -sonrió Edward.
Bella contuvo el aliento, emocionada por aquella declaración de amor.
- ¿Por qué no vais a dar un paseo? - rió la veterinaria. Edward la miró, escéptico-. Venga, fuera de aquí -insistió la mujer. Bella se levantó, pero Edward no parecía convencido-. Aprovecha el tiempo. Me han dicho que se marchará pronto.
¿Todo el mundo conocía su vida?, se preguntó Bella, asombrada. Edward la tomó por la cintura mientras se dirigían a la casa.
-El almuerzo se habrá enfriado.
-A la porra el almuerzo -dijo él-. ¿Qué te pasa?
Bella suspiró, apoyando la cabeza sobre su hombro.
-Echo de menos a las niñas.
Pero él sabía que no era solo eso. Tenía que marcharse y los dos lo sabían. La idea hizo que su corazón se encogiera.
Cuando entraron en la casa, Edward le hizo un gesto para que mirase la mesa del salón y Bella se quedó atónita. Sobre ella, adornado con un lazo azul, había un maletín de médico de piel negra. Sobre él, una tarjeta:
Sabía que podías hacerlo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
-Pensé que odiabas mi carrera.
-Tú no odias la mía, ¿verdad?
-No.
Edward la tomó por la cintura.
-Estoy muy orgulloso de ti. No todo el mundo tiene tanto coraje.
-Querrás decir que no todo el mundo es tan cabezota.
-Eso también -sonrió Edward-. Te quiero, Bella. Y quiero un futuro contigo.
-Ahora mismo, yo... No es justo para las niñas.
-¿Te estás negando a pensado siquiera?
-No -dijo ella-. Pero estamos hablando de dos años, Edward. Dos años de prácticas.
-Han pasado siete y mis sentimientos por ti no han cambiado. Al contrario -dijo él, mirándola con una tristeza que Bella no había visto hasta aquel momento-. Creí que a ti te había ocurrido lo mismo, pero veo que me había equivocado.
-No estabas equivocado -murmuró Bella.
-Entonces, quizá tienes miedo de compartir tu vida conmigo -replicó Edward, furioso-. Yo sé lo que quiero, Bella -añadió, saliendo del salón.
Cuando estuvo sola, Bella miró el maletín. Sobre una chapita de metal estaba grabado: Doctora Isabella Cullen Swan.
Bella tomó el auricular, medio dormida. -Bella, soy Esme.
Bella se incorporó, frotándose la cara. El sonido de la ducha llegaba hasta ella y cuando miró el despertador, vio que era muy temprano.
- ¿Ocurre algo?
- Nada, Solo llamo para preguntar si las niñas pueden quedarse unos días más. Los nietos de mi vecina están de vacaciones y creo que podrían pasarlo muy bien -explicó la mujer-. ¿Está Edward por ahí?
- Sí, un momento -dijo Bella, cubriéndose con una sábana para abrir la puerta del baño.
- ¿Ese ruido es la ducha?
- Sí.
- ¿Estás en el dormitorio de mi hijo? Bella se quedó parada.
- Pues... yo, la verdad es que sí -contestó por fin. En realidad, no sentía ninguna vergüenza.
- Gracias a Dios.
- ¡Esme!
- Cariño, quizá un poco de sexo os ayude a daros cuenta de que estáis hechos el uno para el otro.
Bella soltó una carcajada. Adoraba a aquella mujer.
- No pienso hablar de eso, Esme Cullen -le dijo. Edward sacó la cabeza de la ducha en ese momento-. Es tu madre. Que tiene mucha cara -añadió, sobre el auricular.
Bella iba a salir del baño, pero él la sujetó tirando de la sábana.
- Claro que pueden. No, nosotros no vamos a movernos de aquí -dijo Edward, inclinándose para besar a Bella-. Sí mamá. La quiero.
- Yo también te quiero -murmuró ella.
- Eso es lo que pienso hacer -dijo Edward entonces, quitándole la sábana y mirándola con clarísimas intenciones-. ¿Cuándo tienes que quitarle los puntos a Nessie?
- Mañana.
- ¿Te importa si se los quita el médico de mi madre? -preguntó. Bella negó con la cabeza-. No le importa. Adiós -se despidió Edward, tirando el teléfono sobre una pila de toallas y tirando después de Bella para meterla en la ducha con él-. Buenos días -murmuró sobre sus labios.
Bella se sujetó a sus hombros, preguntándose si le quedaría energía; pero obtuvo la respuesta cuando él empezó a chupar uno de sus pezones, pasando la lengua por la punta una y otra vez hasta que pensó que iba a derretirse sobre el suelo de azulejos.
Edward hincó una rodilla en el suelo para enjabonar sus muslos, murmurando algo sobre amarla toda la vida y Bella sintió una punzada de tristeza; ella no estaría allí para eso. Pero la tristeza desapareció cuando él la cubrió con su boca.
- Me encanta cómo sabes -murmuró Edward, incorporándose. Sin darle tiempo a reaccionar, la aplastó contra la pared de la ducha, levantó una de sus piernas y se introdujo dentro de ella.
- ¡Oh, Dios!
- Tenemos años que recuperar, cariño.
- ¿Y piensas hacerlo en un fin de semana?
- Tardaría una vida entera -murmuró él, apartándose y volviendo a entrar en ella de nuevo- y ni siquiera eso sería suficiente.
Bella lo miró a los ojos mientras la amaba, preguntándose si sería capaz de abandonarlo después de haber probado la vida con él. Y rezó, escondiendo la cara en sus hombros, pidiendo un poco más de tiempo.
Edward había salido para dar de comer a los caballos cuando sonó el timbre. Era un mensajero con un sobre a nombre de Isabella Swan. Ella suspiró. Eran sus facturas, que Angela le enviaba desde Georgia. Cuando abrió el sobre y vio el aviso de pago de su préstamo universitario, volvió a suspirar.
Tendría que pedir otro préstamo y utilizar su futuro sueldo como médico para pagarlo. La angustia por su situación económica hizo que empezara a dolerle la cabeza. Cada vez que pensaba en ello, se daba cuenta de lo poco que tenía en la vida; facturas, un coche estropeado, sus muebles en un guarda muebles... No mucho para una mujer de su edad, pensó.
Iba a echar de menos aquella casa, pensó mientras doblaba una camisetita rosa. Cuando se la llevó a la cara para olerla, dos caritas idénticas aparecieron en su mente. Nessie, brillante y llena de energía y Vanessa, un poco tímida y siempre risueña. Tan parecidas y, sin embargo, tan diferentes. Las echaba de menos.
El sonido del teléfono la sobresaltó.
- Hola, Bella.
- ¡Nessie, estaba pensando en vosotras! ¿Qué tal estáis?
- Muy bien. Hoy hemos montado a caballo.
- Qué bien.
- Bella, mi hermana ha estado dando saltos -escuchó la voz de Vanessa.
- ¿Que has hecho qué?
- ¡No tenías que decirlo, Vanessa!
- ¡Pero es verdad!
- ¿Y qué ha dicho vuestra abuela? -preguntó Bella, alarmada.
- Mi abuela es la que me ha enseñado a saltar.
- ¿Vuestro padre sabe eso?
- Pues...
-¿Lo sabe o no?
- Sí.
- Ah, entonces, de acuerdo. Nessie, estoy muy orgullosa de ti. Yo no puedo sentarme sobre una silla sin morirme de miedo.
- Mi papá puede enseñarte. Es fácil. Bella miró el montón de facturas que había sobre la mesa. No quería decirles que no estaría allí tiempo suficiente como para aprender y decidió hablar de otra cosa. Cuando colgó, apretó el auricular contra su pecho, con los ojos llenos de lágrimas. Amaba a Edward, a sus hijas, amaba aquella casa, pero no podía tenerlo todo. En realidad, nunca había tenido nada. Su vida había consistido en ir de trabajo en trabajo para pagarse los estudios y una habitación de alquiler. Estaría muy ocupada durante los próximos años y demasiado lejos como para que aquello funcionara. Edward y las niñas se merecían algo mejor. Se merecían una madre.
Ante ella se presentaba un futuro solitario. Un futuro sin sonrisas por la mañana, sin un hombre que la hiciera sentirse protegida. Ser médico no significaba mucho sin alguien con quien hablar por las noches. Pero no estaba acostumbrada a compartir sus penas con nadie. Era muy arriesgado depender de alguien para ser feliz. Lo había hecho una vez y había sufrido tanto que pensó que nunca se recuperaría.
Bella tenía que recordar sus obligaciones en el hospital, pero... ¿para qué valía un médico que no puede curar su propio corazón? se preguntaba.
Edward se quedó parado en la puerta de la cocina, mirándola. Bella tenía la cabeza apoyada sobre la mesa. Estaba llorando. La amaba tanto... pero lo inevitable seguía pendiendo sobre sus cabezas como una nube negra. Bella debía marcharse y él no sabía qué hacer para convencerla de que se quedara.
Se le estaba escapando el tiempo de las manos.
Aquella noche, Edward la hizo olvidar. Nadaron juntos en la piscina, desnudos, le hizo el amor bajo las estrellas y la abrazó durante toda la noche, incapaz de dormir por miedo a que ella desapareciera sin decir nada.
Bella entró en el establo.
- Muy bien, jefe. Los caballos tienen agua y los pollos, pienso. ¿Qué más hay que hacer?
- ¿Quieres darte un revolcón en la paja? -preguntó Edward. Bella se apoyó en la puerta, sonriendo. Con aquellos vaqueros ajustados y la camiseta negra que marcaba sus músculos, lo que hubiera deseado era desnudarlo allí mismo.
- Tú lo que quieres es montar algo que no sea un caballo.
- No es mala idea -dijo Edward, besándola en los labios.
- Aún tengo que darle de comer a los cerdos.
- Ten cuidado -la advirtió él.
- Les tiraré la comida y saldré corriendo -sonrió Bella.
- Date prisa. Tengo planes para más tarde.
- ¿Algo que me va a gustar?
- Te ha gustado siempre -contestó él, mirándola de arriba abajo.
- Eres un arrogante.
- Esta mañana no decías eso.
Bella se puso colorada al recordado. Se había despertado, excitada por lo que creía un sueño erótico, pero pronto se percató de que no lo era.
- Te has aprovechado de mí.
- Es verdad, cariño -dijo Edward, sin remordimiento alguno-. Tenerte desnuda a mi lado es una tentación demasiado fuerte.
Era el día libre de los peones y Bella estuvo a punto de desnudarse allí mismo y volver a tentarlo.
- ¿Cuánto tiempo tendré que esperar? -preguntó, sin vergüenza alguna.
- Una hora, más o menos.
- ¿Nos vemos en el porche para comer?
- Para entonces estaré muy hambriento -contestó él.
- No estaba hablando de comida.
- Yo tampoco.
Riendo, Bella salió del establo y entró en la cochiquera, amenazando a los cerdos con convertirlos en chuletas mientras les tiraba la comida. Después de darse un baño en la piscina, empezó a preparar el almuerzo.
Y esperó a Edward. Y esperó.
Preocupada, se dirigió hacia el establo y lo encontró inclinado sobre una yegua con el vientre muy hinchado. Un nuevo potro estaba a punto de llegar al mundo.
- Vale, te perdono por llegar tarde. ¿Quieres que llame al veterinario?
- Ya lo he hecho, pero no podemos esperar -dijo él, sin levantar la mirada-. Necesito que me ayudes, cariño.
- ¿No lo dirás en serio?
- Tú eres médico. Puedes hacerlo.
Bella se inclinó sobre el animal, nerviosa, y empezó a palparle el vientre.
- Al potro se le ha enganchado un casco y puede rasgarle el útero.
- Eso era lo que me temía -murmuró Edward, acariciando la cabeza del animal con ternura.
- Déjame ver si puedo... -empezó a decir Bella, metiendo la mano dentro del vientre de la yegua para intentar colocar al potrillo.
En la distancia escucharon el ruido de un coche.
-Señor Cullen -oyeron una voz femenina unos segundos después.
Bella estaba sacando el brazo cuando la mujer entró en el establo. Edward la presentó como Leah Clearwater, la veterinaria de Aiken.
-Muy bien, Jane, lo estás haciendo muy bien -murmuró la mujer, tocando el vientre de la yegua. Después, se volvió para mirar a Bella-. Encantada de conocerla. No sé si sabe que todo el mundo habla de usted.
Bella frunció el ceño.
- ¿Por qué?
La veterinaria sonrió, sin dejar de ocuparse del animal.
- Porque todas las mujeres del condado han intentado alguna vez que Edward se fijase en ellas.
- Edward se fijó en mí hace muchos años -dijo Bella-. Me parece que juego con ventaja.
- Para mí nunca ha habido otra mujer más que Bella -sonrió Edward.
Bella contuvo el aliento, emocionada por aquella declaración de amor.
- ¿Por qué no vais a dar un paseo? - rió la veterinaria. Edward la miró, escéptico-. Venga, fuera de aquí -insistió la mujer. Bella se levantó, pero Edward no parecía convencido-. Aprovecha el tiempo. Me han dicho que se marchará pronto.
¿Todo el mundo conocía su vida?, se preguntó Bella, asombrada. Edward la tomó por la cintura mientras se dirigían a la casa.
-El almuerzo se habrá enfriado.
-A la porra el almuerzo -dijo él-. ¿Qué te pasa?
Bella suspiró, apoyando la cabeza sobre su hombro.
-Echo de menos a las niñas.
Pero él sabía que no era solo eso. Tenía que marcharse y los dos lo sabían. La idea hizo que su corazón se encogiera.
Cuando entraron en la casa, Edward le hizo un gesto para que mirase la mesa del salón y Bella se quedó atónita. Sobre ella, adornado con un lazo azul, había un maletín de médico de piel negra. Sobre él, una tarjeta:
Sabía que podías hacerlo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
-Pensé que odiabas mi carrera.
-Tú no odias la mía, ¿verdad?
-No.
Edward la tomó por la cintura.
-Estoy muy orgulloso de ti. No todo el mundo tiene tanto coraje.
-Querrás decir que no todo el mundo es tan cabezota.
-Eso también -sonrió Edward-. Te quiero, Bella. Y quiero un futuro contigo.
-Ahora mismo, yo... No es justo para las niñas.
-¿Te estás negando a pensado siquiera?
-No -dijo ella-. Pero estamos hablando de dos años, Edward. Dos años de prácticas.
-Han pasado siete y mis sentimientos por ti no han cambiado. Al contrario -dijo él, mirándola con una tristeza que Bella no había visto hasta aquel momento-. Creí que a ti te había ocurrido lo mismo, pero veo que me había equivocado.
-No estabas equivocado -murmuró Bella.
-Entonces, quizá tienes miedo de compartir tu vida conmigo -replicó Edward, furioso-. Yo sé lo que quiero, Bella -añadió, saliendo del salón.
Cuando estuvo sola, Bella miró el maletín. Sobre una chapita de metal estaba grabado: Doctora Isabella Cullen Swan.
domingo, 2 de enero de 2011
Por siempre amantes
Capítulo Diez
Edward fue tras ella, sin fijarse en que la gente lo observaba. La encontró parando un taxi en la puerta del club.
- ¡Maldita sea, Bella! No te vayas así. No todo es blanco o negro y los dos lo sabemos.
- Eres tú quien no lo ve, Edward. No dejas de marcar líneas en la arena y retarme a que las cruce y no puedo hacerlo.
El taxi paró a su lado, pero cuando ella iba a abrir la puerta, Edward la cerró y le indicó al taxista que podía marcharse.
- Pues ahora soy yo el que está cruzando la línea -dijo Edward, mirándola a los ojos-. Ni pasado, ni futuro. Solo el momento, Bella y no voy a decir más.
Edward la besó con fuerza y Bella se encontró suspirando de deseo y anhelo entre sus brazos.
- ¿Edward? ¿Qué te pasa?-preguntó cuando él se apartó.
- Tú -contestó Edward, tomándola del brazo para llevarla hasta el coche. Los labios de Bella estaban hinchados por sus besos, invitándolo, y él iba a aceptar la invitación. En cuanto estuvieran solos. Antes de arrancar, volvió a besarla con fuerza, volviéndola loca y volviéndose loco él mismo. Bella se sentía mareada, perdida. El poder de sus besos la dejaba sin aliento. Edward arrancó, pero en cuanto pararon en un semáforo, se volvió hacia ella-. Si tú no vienes a mí, yo iré a ti -dijo, antes de volver a besarla, apretándola entre sus brazos como si quisiera traspasarla. .
- ¿Quién ha dicho que yo no voy a ir a ti?
Edward metió la mano por debajo del vestido para acariciarla y ella se lo permitió; quería que la tocase. Las manos del hombre hacían que sintiera un calor que no había sentido en muchos años, que no había sentido con ningún otro hombre. Cómo lo había echado de menos, cómo había echado de menos que la volviera loca que le hiciera perder la cabeza. Edward volvió a arrancar cuando cambió el semaforo, pero no apartó la mano de su muslo, acariciándola durante todo el camino.
- ¿Estás disfrutando?
- Me estás poniendo nerviosa.
En su voz había un reto y Edward lo sabía.
- Pues eso habrá que arreglarlo -dijo él, mientras metía la mano entre sus piernas. Bella cerró los ojos. Era muy erótico que la tocase de ese modo. Cuando llegaron al si¬guiente semáforo, Edward la besó, sin dejar de acariciada por encima de las braguitas. Cuando sintió humedad en su mano, presionó fuertemente.
- ¡Dios! -gimió ella.
Edward separó sus piernas con una mano mientras con la otra apartaba la tela. El semáforo se puso verde y arrancó de nuevo, sin apartar la mano. Sin apartar los ojos de la carretera, la abrió y deslizó un dedo en su húmeda cueva.
- Estás tan húmeda-susurró, moviéndose incómodo en el asiento, su sexo excitado y dolorido. Cuando pararon en el tercer semáforo, hundió dos dedos dentro de ella.
Un camión paró a su lado.
- Nos van a ver -protestó ella, débilmente.
- Calla -murmuró Edward, acariciándola hasta que Bella cerró los ojos, olvidándose de todo-. Las ventanillas son oscuras. No pueden vernos.
El semáforo volvió a cambiar y él siguió conduciendo. La respiración de los dos era dificultosa. Edward dejó que ella alargase la mano para acariciarlo a él a través del pantalón.
- Para o tendremos un accidente -dijo Bella, arqueándose sin vergüenza hacia su mano, los ojos brillantes de deseo.
El erotismo de estar en el coche, en público, era insoportable. Casi gritó cuando él empezó a mover los dedos con sabiduría y Edward la observó echarse hacia adelante, rendida de deseo. Cuando paró frente a la casa, pisó el freno y la colocó sobre sus piernas, de espaldas, con la mano izquierda sobre sus pechos, deseando que estuviera desnuda. Los gemidos de ella, tan familiares, tan eróticos, lo volvían loco y hacían que deseara tomarla allí mismo. Pero la llevó al cielo y se negó a parar incluso cuando ella volvió a bajar a la tierra. Edward abrió la puerta y la sacó del Volvo, colocándola contra el coche antes de que pudiera decir nada. Su hambre estaba fuera de todo control; Bella podía sentido en la fiereza de sus besos. Edward la apartó del coche, sin dejar de besarla, y caminaron de espaldas hacia el porche. Se apartaron un poco para subir los escalones, pero volvieron a unirse en un beso de fuego líquido frente a la puerta. Cuando entraron en la casa, él la colocó contra la pared y, levantando una de sus piernas, se apretó contra ella para que pudiera sentir su erección.
- Bella, cariño... te deseo.
- No me digas -jadeó ella, mordiendo sus labios.
- ¿Qué me ha delatado? - rió Edward.
- Esto -dijo ella, acariciando descaradamente la erección del hombre.
Bella le quitó la chaqueta y desabrochó su camisa con manos temblorosas. Después, metió la mano dentro de sus pantalones, envolviéndolo, acariciándolo. El lanzó un gemido ronco, echando la cabeza hacia atrás.
No podía soportado. Estaba a punto de estallar y cuando vio la imagen de los dos en el espejo, le dio la vuelta y la besó en el cuello.
La mordía mientras desabrochaba el vestido y el sujetador. Impaciente, Edward metió las manos dentro para envolver sus pechos.
Un gemido de satisfacción rompió el silencio. Bella se apretó contra él.
- Oh, Edward. Te he echado de menos -mur¬muró, cubriendo las manos del hombre con las suyas y dejando que el vestido y el sujetador cayeran al suelo. Entonces se dio la vuelta y quedó frente a él con un tanga de satén y sandalias de tacón. Edward creyó que se moría solo con mirarla. Se puso de rodillas y tiró de las braguitas hacia abajo.
Bella se apoyó en la pared, con los ojos cerrados. El estaba acariciando el interior de sus muslos y besando sus nalgas. Sentía su boca por todas partes y casi no se dio cuenta de que levantaba los pies para quitarse las braguitas.
Edward se levantó, acariciándola por todas partes, y cuando ella empezó a bajarle los pantalones la llevó con él al suelo. Bella enredó las piernas alrededor de su cintura, rozando la erección del hombre, deseando ser llenada. Él gemía roncamente, un sonido de puro placer masculino, mientras sujetaba sus caderas. Bella se movía haciendo pequeños círculos, controlándolo, rozando la salvaje erección con su húmedo tesoro.
- Cariño, necesitamos protección -murmuró Edward, casi sin voz.
- Ya me he encargado de eso -dijo ella, levantando ligeramente las caderas. Se miraron durante un segundo. Ella penetró y sus gemidos de placer se mezclaron.
Los ojos de Bella se llenaron de lágrimas y, tomando la cara del hombre entre las manos, se hundió en él. Edward cerró los ojos, sintiendo la carne femenina apretándolo con un cepo de placer.
- Bella...
- ¿Has crecido? -susurró ella.
Edward sonrió, su mirada prisionera de la de ella. Sujetándose a sus hombros, Bella se apretaba contra él, recibiéndolo todo. No podía contenerse. Y tampoco quería intentarlo. Se sentía desinhibida, gloriosa.
Edward la tumbó en el suelo y se colocó sobre ella. La embestía una y otra vez y ella lo aceptaba, deseando que perdiera el control. El aumentó el ritmo y Bella clavó las uñas en su espalda, repitiendo su nombre mientras se hundía en ella.
El grito primitivo del hombre resonó por toda la casa. Su cuerpo tembló de arriba abajo y los dos se quedaron suspendidos, dejando que el placer los envolviera. Bella abrió los labios y él se bebió su aliento embistiéndola por última vez hasta que las últimas gotas de pasión murieron entre sus brazos.
Agotada, ella cerró los ojos. Edward se inclinó para besarla en los labios, en la frente, en los párpados...
Cuando abrió los ojos, Bella sabía que había vuelto a enamorarse de aquel hombre.
Era una batalla que había intentado ganar, - pero que había perdido en cuanto Edward la había tocado.
- La edad nos ha mejorado - murmuró él, acariciando sus labios.
- Sí -sonrió ella-. Me gusta cuando te portas mal.
- Tú no eres muy difícil de convencer - rió Edward, tomando las braguitas del suelo. Bella se las quitó de un tirón y se apartó de él.
- Vamos, vaquero. Aún no hemos terminado -le dijo, mientras se dirigía al dormitorio.
Edward no se movió durante unos segundos, disfrutando de aquel cuerpo femenino desnudo, excepto por unas sandalias de tacón.
Era la criatura más ardiente del planeta, pensó, mientras se levantaba.
Bella tenía razón. No habían terminado. Y aquella vez, le haría el amor lentamente, en la cama de sus ancestros, donde debían hacerlo.
Bella estaba sentada en la enorme cama con dosel, observando a Edward dormido.
Lo amaba. Siempre lo había amado, pero aquella vez era diferente. Aquella vez sabía que, ocurriera lo que ocurriera, nunca dejaría de amarlo. Y no podía soportar la idea de marcharse.
Él se movió entonces y Bella admiró su cuerpo. Era un hombre increíble, pensó, con aquellos hombros anchos que casi cubrían la almohada, el estómago plano y... Bella sonrió, con el cuerpo aún dolorido por las horas que habían pasado haciendo el amor, y se tumbó a su lado.
- Sabía que estabas aquí -murmuró él, medio dormido, tomándola por la cintura.
- Solo existe este momento -dijo Bella. El abrió los ojos, buscándola -. Te quiero.
Edward la miró sin decir nada, aunque su mano tembló un poco mientras apartaba el pelo de su frente.
- Yo también estoy enamorado de ti.
- Esperaba que dijeras eso.
- Nunca he dejado de amarte.
Bella supo que no había otro sitio para ella más que a su lado y lo besó en los labios con toda la ternura que había en su corazón.
Cuando deslizó la lengua sobre uno de sus pezones, Edward dejó escapar un gemido ronco. Bella rió, deslizando la mano por debajo de la sábana. Lo encontró, cálido y excitado.
- ¿Qué haces, mujer?
Ella sonrió, metiéndose bajo las sábanas, y Edward se arqueó cuando la boca de Bella tomó posesión de él.
- ¿Quieres más?
- Sí... ¡No! ¡Oh, Dios!
- ¿No encuentras palabras, cariño?
- Las he perdido -dijo él, apartando las sá¬banas.
Bella sonrió, tomándolo en su boca de nuevo, con un brillo diabólico en los ojos.
Edward no pudo soportarlo y, tomándola por la cintura, la tumbó en la cama boca abajo.
- Pagarás por ello.
- Eso dices tú.
Edward la acarició desde los muslos a la garganta, colocándola de rodillas y poniendo sus manos sobre el cabecero. Después, se deslizó dentro de ella sin más preámbulos.
- Me excito más cuando estoy dentro de ti - susurró, jugando con sus pezones.
-Lo sé. Lo noto.
Edward la poseyó en aquella posición. Entraba en ella, metiendo la mano entre sus muslos abiertos, adorando sus gritos de placer, su manera de arquearse Y pronunciar su nombre.
La madera de la cama crujía con cada embestida y cuando Bella le suplicó más, Edward vació dentro de ella su semilla, deseando que echara raíces que la atasen a él. Bella tenía la cabeza inclinada y la levantó de golpe cuando el placer la golpeó, emborrachándolos a los dos.
Cayeron uno sobre el otro y ella se hizo pequeña entre sus brazos. Edward no quería que saliera el sol, no quería que el mundo interfiriese. Solo quería a Bella y el tiempo que pudiera estar con ella.
Edward fue tras ella, sin fijarse en que la gente lo observaba. La encontró parando un taxi en la puerta del club.
- ¡Maldita sea, Bella! No te vayas así. No todo es blanco o negro y los dos lo sabemos.
- Eres tú quien no lo ve, Edward. No dejas de marcar líneas en la arena y retarme a que las cruce y no puedo hacerlo.
El taxi paró a su lado, pero cuando ella iba a abrir la puerta, Edward la cerró y le indicó al taxista que podía marcharse.
- Pues ahora soy yo el que está cruzando la línea -dijo Edward, mirándola a los ojos-. Ni pasado, ni futuro. Solo el momento, Bella y no voy a decir más.
Edward la besó con fuerza y Bella se encontró suspirando de deseo y anhelo entre sus brazos.
- ¿Edward? ¿Qué te pasa?-preguntó cuando él se apartó.
- Tú -contestó Edward, tomándola del brazo para llevarla hasta el coche. Los labios de Bella estaban hinchados por sus besos, invitándolo, y él iba a aceptar la invitación. En cuanto estuvieran solos. Antes de arrancar, volvió a besarla con fuerza, volviéndola loca y volviéndose loco él mismo. Bella se sentía mareada, perdida. El poder de sus besos la dejaba sin aliento. Edward arrancó, pero en cuanto pararon en un semáforo, se volvió hacia ella-. Si tú no vienes a mí, yo iré a ti -dijo, antes de volver a besarla, apretándola entre sus brazos como si quisiera traspasarla. .
- ¿Quién ha dicho que yo no voy a ir a ti?
Edward metió la mano por debajo del vestido para acariciarla y ella se lo permitió; quería que la tocase. Las manos del hombre hacían que sintiera un calor que no había sentido en muchos años, que no había sentido con ningún otro hombre. Cómo lo había echado de menos, cómo había echado de menos que la volviera loca que le hiciera perder la cabeza. Edward volvió a arrancar cuando cambió el semaforo, pero no apartó la mano de su muslo, acariciándola durante todo el camino.
- ¿Estás disfrutando?
- Me estás poniendo nerviosa.
En su voz había un reto y Edward lo sabía.
- Pues eso habrá que arreglarlo -dijo él, mientras metía la mano entre sus piernas. Bella cerró los ojos. Era muy erótico que la tocase de ese modo. Cuando llegaron al si¬guiente semáforo, Edward la besó, sin dejar de acariciada por encima de las braguitas. Cuando sintió humedad en su mano, presionó fuertemente.
- ¡Dios! -gimió ella.
Edward separó sus piernas con una mano mientras con la otra apartaba la tela. El semáforo se puso verde y arrancó de nuevo, sin apartar la mano. Sin apartar los ojos de la carretera, la abrió y deslizó un dedo en su húmeda cueva.
- Estás tan húmeda-susurró, moviéndose incómodo en el asiento, su sexo excitado y dolorido. Cuando pararon en el tercer semáforo, hundió dos dedos dentro de ella.
Un camión paró a su lado.
- Nos van a ver -protestó ella, débilmente.
- Calla -murmuró Edward, acariciándola hasta que Bella cerró los ojos, olvidándose de todo-. Las ventanillas son oscuras. No pueden vernos.
El semáforo volvió a cambiar y él siguió conduciendo. La respiración de los dos era dificultosa. Edward dejó que ella alargase la mano para acariciarlo a él a través del pantalón.
- Para o tendremos un accidente -dijo Bella, arqueándose sin vergüenza hacia su mano, los ojos brillantes de deseo.
El erotismo de estar en el coche, en público, era insoportable. Casi gritó cuando él empezó a mover los dedos con sabiduría y Edward la observó echarse hacia adelante, rendida de deseo. Cuando paró frente a la casa, pisó el freno y la colocó sobre sus piernas, de espaldas, con la mano izquierda sobre sus pechos, deseando que estuviera desnuda. Los gemidos de ella, tan familiares, tan eróticos, lo volvían loco y hacían que deseara tomarla allí mismo. Pero la llevó al cielo y se negó a parar incluso cuando ella volvió a bajar a la tierra. Edward abrió la puerta y la sacó del Volvo, colocándola contra el coche antes de que pudiera decir nada. Su hambre estaba fuera de todo control; Bella podía sentido en la fiereza de sus besos. Edward la apartó del coche, sin dejar de besarla, y caminaron de espaldas hacia el porche. Se apartaron un poco para subir los escalones, pero volvieron a unirse en un beso de fuego líquido frente a la puerta. Cuando entraron en la casa, él la colocó contra la pared y, levantando una de sus piernas, se apretó contra ella para que pudiera sentir su erección.
- Bella, cariño... te deseo.
- No me digas -jadeó ella, mordiendo sus labios.
- ¿Qué me ha delatado? - rió Edward.
- Esto -dijo ella, acariciando descaradamente la erección del hombre.
Bella le quitó la chaqueta y desabrochó su camisa con manos temblorosas. Después, metió la mano dentro de sus pantalones, envolviéndolo, acariciándolo. El lanzó un gemido ronco, echando la cabeza hacia atrás.
No podía soportado. Estaba a punto de estallar y cuando vio la imagen de los dos en el espejo, le dio la vuelta y la besó en el cuello.
La mordía mientras desabrochaba el vestido y el sujetador. Impaciente, Edward metió las manos dentro para envolver sus pechos.
Un gemido de satisfacción rompió el silencio. Bella se apretó contra él.
- Oh, Edward. Te he echado de menos -mur¬muró, cubriendo las manos del hombre con las suyas y dejando que el vestido y el sujetador cayeran al suelo. Entonces se dio la vuelta y quedó frente a él con un tanga de satén y sandalias de tacón. Edward creyó que se moría solo con mirarla. Se puso de rodillas y tiró de las braguitas hacia abajo.
Bella se apoyó en la pared, con los ojos cerrados. El estaba acariciando el interior de sus muslos y besando sus nalgas. Sentía su boca por todas partes y casi no se dio cuenta de que levantaba los pies para quitarse las braguitas.
Edward se levantó, acariciándola por todas partes, y cuando ella empezó a bajarle los pantalones la llevó con él al suelo. Bella enredó las piernas alrededor de su cintura, rozando la erección del hombre, deseando ser llenada. Él gemía roncamente, un sonido de puro placer masculino, mientras sujetaba sus caderas. Bella se movía haciendo pequeños círculos, controlándolo, rozando la salvaje erección con su húmedo tesoro.
- Cariño, necesitamos protección -murmuró Edward, casi sin voz.
- Ya me he encargado de eso -dijo ella, levantando ligeramente las caderas. Se miraron durante un segundo. Ella penetró y sus gemidos de placer se mezclaron.
Los ojos de Bella se llenaron de lágrimas y, tomando la cara del hombre entre las manos, se hundió en él. Edward cerró los ojos, sintiendo la carne femenina apretándolo con un cepo de placer.
- Bella...
- ¿Has crecido? -susurró ella.
Edward sonrió, su mirada prisionera de la de ella. Sujetándose a sus hombros, Bella se apretaba contra él, recibiéndolo todo. No podía contenerse. Y tampoco quería intentarlo. Se sentía desinhibida, gloriosa.
Edward la tumbó en el suelo y se colocó sobre ella. La embestía una y otra vez y ella lo aceptaba, deseando que perdiera el control. El aumentó el ritmo y Bella clavó las uñas en su espalda, repitiendo su nombre mientras se hundía en ella.
El grito primitivo del hombre resonó por toda la casa. Su cuerpo tembló de arriba abajo y los dos se quedaron suspendidos, dejando que el placer los envolviera. Bella abrió los labios y él se bebió su aliento embistiéndola por última vez hasta que las últimas gotas de pasión murieron entre sus brazos.
Agotada, ella cerró los ojos. Edward se inclinó para besarla en los labios, en la frente, en los párpados...
Cuando abrió los ojos, Bella sabía que había vuelto a enamorarse de aquel hombre.
Era una batalla que había intentado ganar, - pero que había perdido en cuanto Edward la había tocado.
- La edad nos ha mejorado - murmuró él, acariciando sus labios.
- Sí -sonrió ella-. Me gusta cuando te portas mal.
- Tú no eres muy difícil de convencer - rió Edward, tomando las braguitas del suelo. Bella se las quitó de un tirón y se apartó de él.
- Vamos, vaquero. Aún no hemos terminado -le dijo, mientras se dirigía al dormitorio.
Edward no se movió durante unos segundos, disfrutando de aquel cuerpo femenino desnudo, excepto por unas sandalias de tacón.
Era la criatura más ardiente del planeta, pensó, mientras se levantaba.
Bella tenía razón. No habían terminado. Y aquella vez, le haría el amor lentamente, en la cama de sus ancestros, donde debían hacerlo.
Bella estaba sentada en la enorme cama con dosel, observando a Edward dormido.
Lo amaba. Siempre lo había amado, pero aquella vez era diferente. Aquella vez sabía que, ocurriera lo que ocurriera, nunca dejaría de amarlo. Y no podía soportar la idea de marcharse.
Él se movió entonces y Bella admiró su cuerpo. Era un hombre increíble, pensó, con aquellos hombros anchos que casi cubrían la almohada, el estómago plano y... Bella sonrió, con el cuerpo aún dolorido por las horas que habían pasado haciendo el amor, y se tumbó a su lado.
- Sabía que estabas aquí -murmuró él, medio dormido, tomándola por la cintura.
- Solo existe este momento -dijo Bella. El abrió los ojos, buscándola -. Te quiero.
Edward la miró sin decir nada, aunque su mano tembló un poco mientras apartaba el pelo de su frente.
- Yo también estoy enamorado de ti.
- Esperaba que dijeras eso.
- Nunca he dejado de amarte.
Bella supo que no había otro sitio para ella más que a su lado y lo besó en los labios con toda la ternura que había en su corazón.
Cuando deslizó la lengua sobre uno de sus pezones, Edward dejó escapar un gemido ronco. Bella rió, deslizando la mano por debajo de la sábana. Lo encontró, cálido y excitado.
- ¿Qué haces, mujer?
Ella sonrió, metiéndose bajo las sábanas, y Edward se arqueó cuando la boca de Bella tomó posesión de él.
- ¿Quieres más?
- Sí... ¡No! ¡Oh, Dios!
- ¿No encuentras palabras, cariño?
- Las he perdido -dijo él, apartando las sá¬banas.
Bella sonrió, tomándolo en su boca de nuevo, con un brillo diabólico en los ojos.
Edward no pudo soportarlo y, tomándola por la cintura, la tumbó en la cama boca abajo.
- Pagarás por ello.
- Eso dices tú.
Edward la acarició desde los muslos a la garganta, colocándola de rodillas y poniendo sus manos sobre el cabecero. Después, se deslizó dentro de ella sin más preámbulos.
- Me excito más cuando estoy dentro de ti - susurró, jugando con sus pezones.
-Lo sé. Lo noto.
Edward la poseyó en aquella posición. Entraba en ella, metiendo la mano entre sus muslos abiertos, adorando sus gritos de placer, su manera de arquearse Y pronunciar su nombre.
La madera de la cama crujía con cada embestida y cuando Bella le suplicó más, Edward vació dentro de ella su semilla, deseando que echara raíces que la atasen a él. Bella tenía la cabeza inclinada y la levantó de golpe cuando el placer la golpeó, emborrachándolos a los dos.
Cayeron uno sobre el otro y ella se hizo pequeña entre sus brazos. Edward no quería que saliera el sol, no quería que el mundo interfiriese. Solo quería a Bella y el tiempo que pudiera estar con ella.
viernes, 10 de diciembre de 2010
Por siempre amantes
Capítulo Nueve
Bella se apretó contra él con fuerza.
- Edward, no me tomes el pelo.
- Lo digo en serio, cariño. Y si no estuviéramos en público, te quitaría ese vestido ahora mismo.
- No hables así. No puedo... es imposible. Edward miró sus ojos castaños y vio en ellos la misma reserva que oía en su voz.
- Tienes que confiar en alguien, Bella. Confía en mí. No pienses en el mañana. Vamos a vivir el momento.
Bella deseaba aquello más que nada en el mundo. El calor en los ojos del hombre hacía que perdiera la cabeza. En ese momento, empezaron a tocar una samba y Edward restregó sus caderas contra ella.
- ¿Qué haces?
- Estoy bailando.
Estaba intentando seducirla, pensó y nunca había conocido un hombre que la excitara como Edward. Sus ojos parecían más oscuros, más profundos, y su mirada parecía acariciarla.
- Edward... -protestó ella débilmente.
- Todo el mundo me ha preguntado quién eras -dijo Edward entonces.
- ¿Y tú qué has dicho?
- Que eras la doctora Swan y que estabas conmigo -contestó él, apretándola como si quisiera partirla en dos.
- Edward... estamos en público -murmuró Bella, pero se puso de puntillas para acercar sus labios a los del hombre.
- Hazlo -dijo Edward con voz ronca.
- No puedo. Nos están mirando -murmuró ella, apartándose.
- Podríamos ir a casa.
Era una clara invitación, pero Bella no estaba segura. Sabía bien lo que significaba aquel paso. Lo que había ocurrido la noche anterior entre ellos la había dejado confusa y hacer el amor con él reforzaría un lazo que nunca se había roto. Hacer el amor con Edward sería algo intenso y salvaje y dejaría una marca imborrable en su alma. De nuevo.
Él la llevó al centro de la pista de baile y la música se volvió más seductora, un ritmo latino, sensual. El roce del cuerpo del hombre era electrizante. Edward no dejaba de mirarla a los ojos y el baile se convirtió en un juego erótico. El mundo desapareció para ellos.
- ¿En qué piensas? -preguntó Bella, sofocada.
- En lo que hay debajo de ese vestido.
- ¿Cómo has sabido mi talla?
Se refería a la ropa interior y Edward lo sabía bien.
- Usé mis manos para medirte.
- No tienes vergüenza.
El siguió moviéndose, metiendo la pierna entre sus muslos, insinuante.
- Estar contigo me hace sentirme salvaje, cariño.
- Hemos hecho algunas cosas salvajes, ¿verdad?
- Eso es decir poco -susurró Edward-. Lo hacíamos en el suelo de la cocina, en la bañera... ¿recuerdas cuando lo hicimos encima de una bicicleta? Estabas tan guapa desnuda sobre esa bicicleta como cuando estabas desnuda encima de mí - siguió diciendo.
Cuando Edward la miró, vio algo raro en su expresión-. ¿Qué? –preguntó.
Bella parecía triste de repente. - Esa fue la última vez que nos vimos.
Edward se paró en medio de la pista y tomó su cara entre las manos.
- Perdóname, cariño. Lo sé. Tienes que saber cuánto...
En ese momento, un camarero lo golpeó suavemente en el hombro y señaló hacia la puerta. Cuando se volvieron, Esme y las niñas los saludaban con la mano.
- No sabía que iban a venir.
- Yo tampoco-dijo Edward.
Las gemelas salieron corriendo hacia ellos.
- ¡Qué sorpresa! -exclamó Bella. Las gemelas la abrazaron, sonrientes-. ¿Todo bien, Esme?
- Sí. Pero las niñas querían verlos acicalados para el baile y pensé que no os importaría.
- No, claro que no.
- Qué guapa estás, Bella -dijo Vanessa.
- Gracias, cariño.
- Es un vestido precioso -sonrió Esme.
- Lo eligió Edward -dijo ella. La sonrisa de Esme se amplió.
Bella inspeccionó los puntos de Nessie. - ¿Te duele?
- Solo cuando bostezo.
Bella la besó, sonriendo.
- ¿No es hora de irse a la cama? - dijo Edward tomando a sus hijas en brazos. .
- Sí. Es muy tarde -rieron las niñas.
- ¡Se te ha caído un diente! -exclamó Bella, mirando a Vanessa. La niña sonrió, orgullosa.
Edward se dio cuenta entonces del enorme cariño que sus hijas sentían por Bella. Si desaparecía de sus vidas de repente, se les partiría el corazón. El quería una segunda oportunidad, pensaba, apretando a las niñas contra su pecho, pero ¿a qué precio?
Si Bella le hubiera dado una pista, si hubiera insinuado que podría quedarse, no se sentiría tan perdido.
Edward dejó a las niñas en el suelo y se despidió con un beso. Nessie y Vanessa abrazaron a Bella y cuando Esme se las llevó a la puerta, se volvieron para mirar a su niñera de nuevo.
- ¿Ocurre algo?-preguntó ella, al ver la expresión seria del hombre.
- Las quieres.
- Sí. ¿Te molesta?
- Cuando te marches les dolerá mucho, Bella.
- ¿Prefieres que me marche ahora mismo?
- No quiero que te marches en absoluto.
- Esa no es una opción y lo sabes. ¿No has sido tú el que ha dicho que vivamos el momento?
- No me había dado cuenta de que mis hijas están tan apegadas a ti. Ellas nunca han tenido una madre y tú eres lo más parecido, Bella.
- ¿Y me culpas por ello?
Edward suspiró.
- No, claro que no. Pero tengo que pensar en ellas.
- Quizá debería marcharme, Edward. Es lo mejor para todos.
- No -dijo él, mirándola con ferocidad.
- Este no es el sitio más adecuado para hablar -murmuró Bella, dirigiéndose hacia la puerta.
- ¿Dónde vas?
- A casa -contestó ella, indignada-. ¿Por qué las cosas son siempre blancas o negras contigo?
- Porque lo quiero todo, Bella. O nada. Ella lo miró durante unos segundos, pensativa.
- No puedes tenerlo todo -murmuró, con lágrimas en los ojos-. Así que, supongo que te quedas sin nada.
El corazón de Edward se encogió cuando Bella se dio la vuelta.
Bella se apretó contra él con fuerza.
- Edward, no me tomes el pelo.
- Lo digo en serio, cariño. Y si no estuviéramos en público, te quitaría ese vestido ahora mismo.
- No hables así. No puedo... es imposible. Edward miró sus ojos castaños y vio en ellos la misma reserva que oía en su voz.
- Tienes que confiar en alguien, Bella. Confía en mí. No pienses en el mañana. Vamos a vivir el momento.
Bella deseaba aquello más que nada en el mundo. El calor en los ojos del hombre hacía que perdiera la cabeza. En ese momento, empezaron a tocar una samba y Edward restregó sus caderas contra ella.
- ¿Qué haces?
- Estoy bailando.
Estaba intentando seducirla, pensó y nunca había conocido un hombre que la excitara como Edward. Sus ojos parecían más oscuros, más profundos, y su mirada parecía acariciarla.
- Edward... -protestó ella débilmente.
- Todo el mundo me ha preguntado quién eras -dijo Edward entonces.
- ¿Y tú qué has dicho?
- Que eras la doctora Swan y que estabas conmigo -contestó él, apretándola como si quisiera partirla en dos.
- Edward... estamos en público -murmuró Bella, pero se puso de puntillas para acercar sus labios a los del hombre.
- Hazlo -dijo Edward con voz ronca.
- No puedo. Nos están mirando -murmuró ella, apartándose.
- Podríamos ir a casa.
Era una clara invitación, pero Bella no estaba segura. Sabía bien lo que significaba aquel paso. Lo que había ocurrido la noche anterior entre ellos la había dejado confusa y hacer el amor con él reforzaría un lazo que nunca se había roto. Hacer el amor con Edward sería algo intenso y salvaje y dejaría una marca imborrable en su alma. De nuevo.
Él la llevó al centro de la pista de baile y la música se volvió más seductora, un ritmo latino, sensual. El roce del cuerpo del hombre era electrizante. Edward no dejaba de mirarla a los ojos y el baile se convirtió en un juego erótico. El mundo desapareció para ellos.
- ¿En qué piensas? -preguntó Bella, sofocada.
- En lo que hay debajo de ese vestido.
- ¿Cómo has sabido mi talla?
Se refería a la ropa interior y Edward lo sabía bien.
- Usé mis manos para medirte.
- No tienes vergüenza.
El siguió moviéndose, metiendo la pierna entre sus muslos, insinuante.
- Estar contigo me hace sentirme salvaje, cariño.
- Hemos hecho algunas cosas salvajes, ¿verdad?
- Eso es decir poco -susurró Edward-. Lo hacíamos en el suelo de la cocina, en la bañera... ¿recuerdas cuando lo hicimos encima de una bicicleta? Estabas tan guapa desnuda sobre esa bicicleta como cuando estabas desnuda encima de mí - siguió diciendo.
Cuando Edward la miró, vio algo raro en su expresión-. ¿Qué? –preguntó.
Bella parecía triste de repente. - Esa fue la última vez que nos vimos.
Edward se paró en medio de la pista y tomó su cara entre las manos.
- Perdóname, cariño. Lo sé. Tienes que saber cuánto...
En ese momento, un camarero lo golpeó suavemente en el hombro y señaló hacia la puerta. Cuando se volvieron, Esme y las niñas los saludaban con la mano.
- No sabía que iban a venir.
- Yo tampoco-dijo Edward.
Las gemelas salieron corriendo hacia ellos.
- ¡Qué sorpresa! -exclamó Bella. Las gemelas la abrazaron, sonrientes-. ¿Todo bien, Esme?
- Sí. Pero las niñas querían verlos acicalados para el baile y pensé que no os importaría.
- No, claro que no.
- Qué guapa estás, Bella -dijo Vanessa.
- Gracias, cariño.
- Es un vestido precioso -sonrió Esme.
- Lo eligió Edward -dijo ella. La sonrisa de Esme se amplió.
Bella inspeccionó los puntos de Nessie. - ¿Te duele?
- Solo cuando bostezo.
Bella la besó, sonriendo.
- ¿No es hora de irse a la cama? - dijo Edward tomando a sus hijas en brazos. .
- Sí. Es muy tarde -rieron las niñas.
- ¡Se te ha caído un diente! -exclamó Bella, mirando a Vanessa. La niña sonrió, orgullosa.
Edward se dio cuenta entonces del enorme cariño que sus hijas sentían por Bella. Si desaparecía de sus vidas de repente, se les partiría el corazón. El quería una segunda oportunidad, pensaba, apretando a las niñas contra su pecho, pero ¿a qué precio?
Si Bella le hubiera dado una pista, si hubiera insinuado que podría quedarse, no se sentiría tan perdido.
Edward dejó a las niñas en el suelo y se despidió con un beso. Nessie y Vanessa abrazaron a Bella y cuando Esme se las llevó a la puerta, se volvieron para mirar a su niñera de nuevo.
- ¿Ocurre algo?-preguntó ella, al ver la expresión seria del hombre.
- Las quieres.
- Sí. ¿Te molesta?
- Cuando te marches les dolerá mucho, Bella.
- ¿Prefieres que me marche ahora mismo?
- No quiero que te marches en absoluto.
- Esa no es una opción y lo sabes. ¿No has sido tú el que ha dicho que vivamos el momento?
- No me había dado cuenta de que mis hijas están tan apegadas a ti. Ellas nunca han tenido una madre y tú eres lo más parecido, Bella.
- ¿Y me culpas por ello?
Edward suspiró.
- No, claro que no. Pero tengo que pensar en ellas.
- Quizá debería marcharme, Edward. Es lo mejor para todos.
- No -dijo él, mirándola con ferocidad.
- Este no es el sitio más adecuado para hablar -murmuró Bella, dirigiéndose hacia la puerta.
- ¿Dónde vas?
- A casa -contestó ella, indignada-. ¿Por qué las cosas son siempre blancas o negras contigo?
- Porque lo quiero todo, Bella. O nada. Ella lo miró durante unos segundos, pensativa.
- No puedes tenerlo todo -murmuró, con lágrimas en los ojos-. Así que, supongo que te quedas sin nada.
El corazón de Edward se encogió cuando Bella se dio la vuelta.
martes, 7 de diciembre de 2010
Por siempre amantes
Capítulo Ocho
El caballo dio un paso adelante y el movimiento los separó.
- Este no es el sitio adecuado -murmuró Edward, con voz ronca.
- Depende del punto de vista -sonrió ella, apretando las piernas alrededor de su cintura. Al hacerlo, notó una erección que amenazaba con hacer estallar los vaqueros del hombre.
- Cariño -murmuró él, acariciando sus muslos desnudos-. Vamos a casa.
- De acuerdo -dijo Bella, enredando los brazos alrededor de su cuello.
Él la miró entonces.
- Así no vamos a ir muy cómodos.
- Insisto. Eso depende del punto de vista. Sonriendo, Edward obligó al caballo a dar la vuelta. Los dos sabían el peligro que había en aquel juego. El trote del animal los apretaba uno contra otro en un movimiento enloquecedor, recordándoles otras sensaciones; la de piel contra piel, el roce de su boca donde ninguna otra había estado... Aquella deliciosa fricción la estaba volviendo loca.
Bella se sentía una mujer en sus brazos, deseada y adorada, y los años que habían pa¬sado desaparecían envuelta en el aroma masculino de Edward.
Bella deslizó una mano entre ellos, rozándolo con los dedos y Edward no pudo soportado. Empezó a besada mientras acariciaba su espalda, deslizando las manos hacia sus pechos. Ella gimió, arqueándose hacia él, desabrochando los botones de su camisa para besar su torso desnudo.
- Bella, te estás metiendo en terreno peligroso.
- Estoy intentando que pierdas el control.
Edward tomó su cara entre las manos.
- He intentado sujetarte con mano firme durante mucho tiempo.
- Lo sé -murmuró Bella, frotándose contra él y sonriendo al ver cómo cerraba los ojos.
Un segundo después, Edward la tomó por la cintura y la colocó de espaldas a él. Seguían en un equilibrio precario sobre el caballo, pero ninguno de los dos parecía tener miedo.
- Me gustaba más de la otra forma.
- Seguro que no -dijo el hombre, con voz ronca. Edward empezó a acariciar sus pechos y Bella gimió, colocando sus manos sobre las de él. Eso lo excitó aún más. Cuando metió las manos por debajo de la cinturilla de su pantalón, Bella levantó las caderas, invitándolo-. Necesito tocarte -murmuró él, frenético-. Lo necesito -repitió, bajando la cremallera del pantalón y metiendo la mano por debajo de la tela. La encontró, húmeda y caliente-. ¿Ves lo divertido que es?
Bella rió, temblando de deseo, pero la risa se cortó en su garganta cuando Edward la abrió e introdujo dos dedos dentro de ella.
- Edward... -murmuró, dejando caer la cabeza sobre su pecho.
- ¿Sabes cuánto tiempo he esperado para tocarte? -susurró él en su oído. Acababan de llegar frente a la casa y Edward detuvo al caballo. Ella estaba tensa de deseo y la acarició hasta que sintió que estaba a punto de explotar, absorbiendo sus gemidos, escuchando cómo buscaba aire. Le decía cosas al oído, aumentando el temblor que recorría su cuerpo; le decía que había soñado con momentos como aquel, cómo deseaba verla desnuda, cómo deseaba poner su boca donde tenía los dedos. Bella gritó, cubriendo su mano, disfrutando de un placer glorioso; antes de dejarse caer sobre él, exhausta.
Bella se apretaba contra él como una gatita, pero el hechizo se rompió cuando se dieron cuenta de que estaba sonando el teléfono.
- ¿Quién puede ser a estas horas? -murmuró Edward, preocupado.
Sin pensar, Bella saltó del caballo y corrió hacia la casa.
- Bella, menos mal que te encuentro. -escuchó la voz de Esme cuando descolgó el auricular-. Nessie se ha caído y está sangrando.
- Ponle una venda. Llegaremos enseguida -dijo. Bella, pasándole el teléfono a Edward, que había entrado tras ella. Después, corrió a la habitación para tomar su maletín-. ¿Cuánto tardaremos en llegar? -le preguntó, mientras bajaban los escalones del porche.
- Diez minutos si voy a toda velocidad.
- Entonces, ve a toda velocidad -dijo Bella-. No sé si el corte es profundo.
Edward estaba pálido y Bella le puso la mano en el hombro para consolarlo.
En cuanto Esme abrió la puerta, escucharon los sollozos de la niña.
Edward se acercó a la cama e intentó calmar a su hija, pero no lo conseguía. Tenía sangre en la boca y la barbilla y no dejaba de llorar, angustiada.
- Yo creo que no es un corte muy profundo - dijo su abuela, asustada.
- Lleva a Vanessa a la cocina. Yo me encargo de todo -murmuró Bella, tomándola del hombro. Esme asintió-. Un día sin mí y mira lo que pasa -sonrió, acariciando la cabecita de Nessie-. Pero no te preocupes, cariño, vas a ponerte bien enseguida.
Nessie pareció calmarse un poco al verla y Bella empezó a inspeccionar la herida.
- ¿Es un corte profundo? -preguntó Edward.
- No lo creo. -contestó ella-. ¿Cómo te lo has hecho., Nessie? -preguntó, sacando gasa y antiséptico del maletín.
- Me caí -contestó la niña.
- ¿Tan tarde? ¿Qué hacías despierta?
- Tenía que ir al cuarto de baño y todo estaba oscuro.
Bella le puso la gasa empapada de antiséptico en la barbilla.
- Deberías haber encendido la luz, cariño. -murmuró. La niña asintió, llorosa-. Te caíste al suelo y te golpeaste la barbilla, ¿verdad?
Nessie negó con la cabeza. - Me di un golpe con el lavabo.
- Abre la boca -dijo Bella. La niña obedeció-. Te has mordido la lengua un poquito. Pero la lengua, como la barbilla y la frente siempre sangran mucho. Aunque no sea nada.
- ¿Seguro que no es nada? -preguntó Edward, cada vez más nervioso.
- Seguro. -contestó ella-. ¿Han tenido que ponerle la antitetánica alguna vez?
- No.
- Pues hay que ponérsela.
- De acuerdo.
Mientras Bella buscaba una jeringuilla en su maletín, él hablaba dulcemente con la niña, intentando tranquilizarla.
- Tengo que pincharte, Nessie.
La niña abrió los ojos como platos y empezó a llorar de nuevo.
- Es para que no se te infecte la herida, cariño. ¿Verdad, Edward?
- Claro, cielo -susurró él-. No pienso dejar que ninguna bacteria mala le haga daño a mi nena.
Nessie miró a Bella, que estaba sacándole la jeringuilla del brazo.
- ¡Pero si no me ha dolido nada! -exclamó, sorprendida.
- Eres una niña muy valiente -dijo ella, mirando la herida-. Tengo que darle unos puntos, Edward. Puedo hacerlo aquí o podemos llevarla a un hospital. ¿Qué prefieres?
- Lo que diga Nessie.
Nessie miró a su padre y después a Bella. -Quiero que lo hagas tú porque sé que no vas a hacerme daño.
La confianza de la niña la llenó de ter¬nura.
- Yo te confiaría la vida de mis hijas, Bella -dijo Edward-. Haz lo que tengas que hacer.
Ella asintió, con un nudo en la garganta. Era curioso que un par de puntos fueran algo tan monumental, pensó, mientras anestesiaba la zona con novocaína.
Mientras lo hacía, Edward la estudiaba, recordando que Tanya era incapaz de lidiar con una crisis. Al principio, se había sentido halagado porque ella lo necesitaba, pero con las niñas, Tanya era sencillamente incapaz. Observar a Bella hizo que se diera cuenta de que quería una mujer que no dependiera tanto de él. Quería a Bella.
Nessie sonrió. -No siento nada.
- Te dolerá la lengua un poquito, pero se curará enseguida. Por la mañana, quiero que te enjuagues la boca con agua salada, ¿de acuerdo?
- De acuerdo.
Cuando Bella terminó de ponerle una tirita en la barbilla, Nessie la abrazó. Sentir los bracitos de la cría alrededor de su cuello hizo que se le saltaran las lágrimas. Iba a echarlas tanto de menos...
- Te mereces un regalo por ser una niña tan valiente. Venga, vamos a ver qué tiene la abuela en la nevera.
- Gracias, Bella.
- De nada, cielo -dijo ella, tomándola de la mano.
Edward las siguió hasta la cocina. Unos minutos después, las dos gemelas estaban tomando un helado
- Muchas gracias, bella. No sé qué habría hecho sin ti.
- La habrías llevado al hospital, Esme.
- Pero estaba tan nerviosa... Me he dado un susto de muerte -murmuró Esme, mirando a sus nietas con adoración.
- No tenemos que irnos a casa, ¿verdad, papá? -preguntó Vanessa.
- Ya no hace falta -dijo Esme-. Además, tenemos muchos planes -añadió, guiñándoles un ojo. Las niñas rieron.
- Mamá... -empezó a decir Edward, con recelo.
- Mañana vamos a ir de compras, a la peluquería, al salón de belleza, ya sabes...
- No, él no sabe, pero yo sí -sonrió Bella.
- Estoy rodeado -dijo Edward.
- En un rancho lleno de hombres, ¿cómo crees que nos sentimos nosotras?
Media hora después, metieron a las dos niñas en la cama y se despidieron de Esme.
- Muchísimas gracias -dijo la mujer, abrazando a Bella.
- De nada - sonrió ella, disfrutando del abrazo maternal.
- ¿Seguro que quieres quedarte con ellas? -preguntó Edward.
- Claro que sí -contestó su madre-. Venga, salid y disfrutad un poco.
- Dentro de un par de días tendré que quitarle los puntos. Y dale una aspirina infantil si le duele -aconsejó Bella antes de despedirse.
Cinco minutos después estaban de nuevo en la carretera. Edward conducía en silencio y Bella no se atrevió a romperlo.
- Sabes más sobre lo que es una familia de lo que crees -dijo él por fin, cuando estaban llegando a la casa.
- Curar una herida no tiene nada que ver con eso.
Edward apretó el volante.
- No quieres darte una oportunidad.
- Ya hemos hablado de esto, Edward.
- No, te lo has dicho a ti misma, pero no lo has hablado conmigo. - ¿Y qué hay que hablar? Trabajar como médico en prácticas significa estar en el hospital catorce horas al día y tus hijas y tú os merecéis mucho más que eso.
- Nunca te pediría que abandonaras tu carrera, Bella.
- Lo hiciste una vez.
Edward suspiró.
- Estamos donde lo dejamos, ¿verdad?
- Me temo que sí.
- Sabes que, antes de que ocurriera lo de Tanya, yo quería casarme contigo.
- Lo sé. Pero tú querías una esposa y una madre y yo no sabía nada de eso.
- ¿Y tú crees que yo sabía cómo ser marido y padre? Es algo que se aprende con el tiempo.
- Yo nunca he tenido lo que has tenido tú.
- ¿Y quién dice que no puedes tenerlo ahora? -preguntó él, parando frente a la casa-. Podría haberte ayudado a pagar la universidad y...
- Mira, Edward, ha llovido mucho desde en¬tonces -lo interrumpió ella-. Tu «deber» para con Tanya hace que esta conversación ya no tenga sentido. Entonces no pudimos hacer nada y ahora tampoco.
- ¡Maldita sea, Bella! ¿Por qué tienes que ser tan testaruda?
- ¿Qué quieres de mí, Edward?
- Todo -contestó él-. Y quiero dártelo todo.
- Pero yo le debo mi tiempo y mi atención al hospital. Prácticamente estaré viviendo allí.
-¿Me estás diciendo que busque otra mujer?
El corazón de Bella se partía al pensarlo. -Haz lo que tengas que hacer.
Y lo haría, pensó Edward. Si tenía que luchar por ella, no dudaría en hacerlo. Y la batalla empezó con un beso, un beso ardiente que ella le devolvió con la misma pasión, dando por terminada la pelea.
- Y ahora dime que busque otra mujer -dijo Edward con voz ronca. Bella no dijo nada. No podía hacerlo-. Te deseo a ti, Bella. No quiero a nadie más.
Salieron de la furgoneta y Edward la tomó de la mano. Bella no tenía fuerzas para protestar.
- Mañana tengo que levantarme muy temprano. Pero por la noche iremos al baile que organizan los ganaderos.
Bella se puso las manos en las caderas.
- ¿Perdona?
- No acepto un no como respuesta, Bella. Espero que estés preparada a las siete.
- No me gusta que me digan lo que tengo que hacer, Edward. Además... no tengo nada que ponerme.
-Eso no es excusa. Te quiero preparada a las siete.
- ¡Ya lo veremos, Edward Cullen! -exclamó ella, dándole con la puerta de su dormitorio en las narices.
Edward se pasó la mano por la cara. ¿Por qué se negaba a darle una oportunidad? ¿Por qué no veía que podían solucionar el asunto si ella cooperaba un poco? Bella tenía miedo de volver a perderlo todo. Y sabía que era más difícil porque era a él a quien ella había dejado entrar en su vida y él quien la había traicionado. Bella era demasiado independiente y no quería compartir sus problemas con nadie. Pero Edward quería compartirlos. Tenía que hacerla entender eso. Si ella le negaba aquella oportunidad, sabía que nunca podría recuperarse.
Bella estuvo furiosa durante todo el día. ¿Quién se creía que era para decirle que iban a un baile sin preguntar antes?
Para ventilar su rabia contra Edward se dedicó a limpiar la casa y hacer la colada. Incluso limpió los establos. Sudorosa y desaliñada, pensó en recibirlo de esa guisa. Se merecía ir solo al baile. A pesar de todo, estaba en su habitación buscando algo bonito que ponerse cuando sonó el timbre.
Irritada, fue a abrir, sintiendo pena del pobre que estuviera al otro lado de la puerta.
-Doctora Swan -la saludó una mujer morena muy elegante.
-Sí.
-Soy Emily Young. La propietaria de la tienda de moda de Sycamore.
Bella sonrió.
-Ah, la conozco. Tiene unas cosas muy bonitas.
-Gracias.
-Me temo que Edward no está en casa.
-Lo sé -sonrió la mujer, desapareciendo de su vista un segundo. Cuando volvió a aparecer, llevaba en las manos un porta trajes y una sombrerera-. Esto es para usted. Disfrútelo -se despidió, bajando los escalones del porche a toda prisa.
-Yo no he comprado nada -protestó Bella.
-Hay una tarjeta dentro de la sombrerera
-dijo Emily antes de entrar en su coche.
Bella miró la sombrerera y después el coche de la mujer, que desaparecía por el camino. Corriendo, fue a su habitación y abrió el porta trajes. Dentro había un vestido de seda color azul zafiro con una túnica transparente del mismo tono. Bella nunca había visto nada tan elegante. Cuando abrió la sombrerera, encontró un par de sandalias y un bolso a juego. Incluso había un conjunto de ropa interior del mismo color. En la tarjeta, Bella reconoció la letra de Edward: Sé mi chica en el baile.
Bella se dejo caer sobre la cama. ¿Cómo podía seguir enfadada con él?, se pregun¬taba, mirando el precioso regalo.
Mientras paseaba por el pasillo, Edward se preguntaba si Bella iba a salir algún día de su habitación, pero el sonido de unos tacones en el suelo de madera hizo que levantara la cabeza.
Y se quedó sin aliento.
El vestido de seda le quedaba como un guante y las sandalias de tacón mostraban unas piernas largas y bien formadas.
- Es un poco corto -dijo ella.
- Estás impresionante.
- Gracias. Y gracias por el vestido.
- ¿No vas a regañarme por comprado?
Ella negó con la cabeza y Edward suspiró, aliviado.
- Pero no tenías que ponerte como un ogro.
- Ya lo sé, cariño, pero cuando insistes en que tienes que dejarme pierdo la cabeza.
- Entonces, será mejor que no hablemos de ello.
- De acuerdo. Vámonos - intentó sonreír Edward.
Cuando salieron al porche, Bella lanzó una carcajada. El Volvo estaba aparcado frente a la casa y, en la rejilla, estaba enganchado su pollo de goma.
- ¿No va a darte vergüenza? -preguntó, enternecida por el gesto.
- No, señorita -contestó Edward, abriendo galantemente la puerta para ella.
- La gente va a pensar que tienes sentido del humor - rió Bella.
- Y lo tengo.
- Sí. Desde hace cinco minutos.
Media hora más tarde, aparcaban frente al club de campo y, mientras caminaban de la mano hasta la entrada, Bella tuvo que reconocer que Edward estaba guapísimo con aquel traje oscuro y la camisa blanca. Llevaba un sombrero vaquero de fieltro gris y parecía más un actor de cine que el propietario del rancho más próspero de la zona.
Cuando entraron en el salón muchas cabezas se volvieron y Edward sonrió, orgulloso.
Los hombres se comían a Bella con los ojos, pero ella no se daba cuenta, demasiado ocupada mirando alrededor. Había candelabros de cristal en el techo y las mesas estaban adornadas con flores. El salón entero brillaba como un diamante y Bella se sentía como una princesa del brazo de Edward.
- Un baile de ganaderos, ¿no? -sonrió Bella.
- Bueno, cada año es más sofisticado. La primera vez que vine, cuando era un adolescente, la pista era de arena -explicó Edward, llevándola hacia la pista de baile-. Llevo todo el día pensando en abrazarte.
- Qué curioso. Anoche querías matarme. -¿Me perdonas?
Bella inclinó la cabeza a un lado.
- Me parece que últimamente hago eso mucho.
Edward sonrió. Esperaba que siguiera perdonándolo durante años.
Mientras bailaban, podía sentir sus curvas quemándolo a través de la seda del vestido. Su cuerpo reaccionó inmediatamente y el pantalón ofrecía una barrera tan sutil que Bella lo notó.
- Oh, Edward.
- ¿Tenías alguna duda de que te deseaba, cariño? -susurró él-. En mi cama y en mi vida.
*********************************************************************************
Hola Nenas!!!
Aqui reapareciendo despues de estar perdida...lo siento el trabajo me esta consumiendo... espero les guste el capi...Y a todas Feliz Dia de las Madres (Aca en Panama lo celebramos mañana)
Bsos a todas...
Pescui
El caballo dio un paso adelante y el movimiento los separó.
- Este no es el sitio adecuado -murmuró Edward, con voz ronca.
- Depende del punto de vista -sonrió ella, apretando las piernas alrededor de su cintura. Al hacerlo, notó una erección que amenazaba con hacer estallar los vaqueros del hombre.
- Cariño -murmuró él, acariciando sus muslos desnudos-. Vamos a casa.
- De acuerdo -dijo Bella, enredando los brazos alrededor de su cuello.
Él la miró entonces.
- Así no vamos a ir muy cómodos.
- Insisto. Eso depende del punto de vista. Sonriendo, Edward obligó al caballo a dar la vuelta. Los dos sabían el peligro que había en aquel juego. El trote del animal los apretaba uno contra otro en un movimiento enloquecedor, recordándoles otras sensaciones; la de piel contra piel, el roce de su boca donde ninguna otra había estado... Aquella deliciosa fricción la estaba volviendo loca.
Bella se sentía una mujer en sus brazos, deseada y adorada, y los años que habían pa¬sado desaparecían envuelta en el aroma masculino de Edward.
Bella deslizó una mano entre ellos, rozándolo con los dedos y Edward no pudo soportado. Empezó a besada mientras acariciaba su espalda, deslizando las manos hacia sus pechos. Ella gimió, arqueándose hacia él, desabrochando los botones de su camisa para besar su torso desnudo.
- Bella, te estás metiendo en terreno peligroso.
- Estoy intentando que pierdas el control.
Edward tomó su cara entre las manos.
- He intentado sujetarte con mano firme durante mucho tiempo.
- Lo sé -murmuró Bella, frotándose contra él y sonriendo al ver cómo cerraba los ojos.
Un segundo después, Edward la tomó por la cintura y la colocó de espaldas a él. Seguían en un equilibrio precario sobre el caballo, pero ninguno de los dos parecía tener miedo.
- Me gustaba más de la otra forma.
- Seguro que no -dijo el hombre, con voz ronca. Edward empezó a acariciar sus pechos y Bella gimió, colocando sus manos sobre las de él. Eso lo excitó aún más. Cuando metió las manos por debajo de la cinturilla de su pantalón, Bella levantó las caderas, invitándolo-. Necesito tocarte -murmuró él, frenético-. Lo necesito -repitió, bajando la cremallera del pantalón y metiendo la mano por debajo de la tela. La encontró, húmeda y caliente-. ¿Ves lo divertido que es?
Bella rió, temblando de deseo, pero la risa se cortó en su garganta cuando Edward la abrió e introdujo dos dedos dentro de ella.
- Edward... -murmuró, dejando caer la cabeza sobre su pecho.
- ¿Sabes cuánto tiempo he esperado para tocarte? -susurró él en su oído. Acababan de llegar frente a la casa y Edward detuvo al caballo. Ella estaba tensa de deseo y la acarició hasta que sintió que estaba a punto de explotar, absorbiendo sus gemidos, escuchando cómo buscaba aire. Le decía cosas al oído, aumentando el temblor que recorría su cuerpo; le decía que había soñado con momentos como aquel, cómo deseaba verla desnuda, cómo deseaba poner su boca donde tenía los dedos. Bella gritó, cubriendo su mano, disfrutando de un placer glorioso; antes de dejarse caer sobre él, exhausta.
Bella se apretaba contra él como una gatita, pero el hechizo se rompió cuando se dieron cuenta de que estaba sonando el teléfono.
- ¿Quién puede ser a estas horas? -murmuró Edward, preocupado.
Sin pensar, Bella saltó del caballo y corrió hacia la casa.
- Bella, menos mal que te encuentro. -escuchó la voz de Esme cuando descolgó el auricular-. Nessie se ha caído y está sangrando.
- Ponle una venda. Llegaremos enseguida -dijo. Bella, pasándole el teléfono a Edward, que había entrado tras ella. Después, corrió a la habitación para tomar su maletín-. ¿Cuánto tardaremos en llegar? -le preguntó, mientras bajaban los escalones del porche.
- Diez minutos si voy a toda velocidad.
- Entonces, ve a toda velocidad -dijo Bella-. No sé si el corte es profundo.
Edward estaba pálido y Bella le puso la mano en el hombro para consolarlo.
En cuanto Esme abrió la puerta, escucharon los sollozos de la niña.
Edward se acercó a la cama e intentó calmar a su hija, pero no lo conseguía. Tenía sangre en la boca y la barbilla y no dejaba de llorar, angustiada.
- Yo creo que no es un corte muy profundo - dijo su abuela, asustada.
- Lleva a Vanessa a la cocina. Yo me encargo de todo -murmuró Bella, tomándola del hombro. Esme asintió-. Un día sin mí y mira lo que pasa -sonrió, acariciando la cabecita de Nessie-. Pero no te preocupes, cariño, vas a ponerte bien enseguida.
Nessie pareció calmarse un poco al verla y Bella empezó a inspeccionar la herida.
- ¿Es un corte profundo? -preguntó Edward.
- No lo creo. -contestó ella-. ¿Cómo te lo has hecho., Nessie? -preguntó, sacando gasa y antiséptico del maletín.
- Me caí -contestó la niña.
- ¿Tan tarde? ¿Qué hacías despierta?
- Tenía que ir al cuarto de baño y todo estaba oscuro.
Bella le puso la gasa empapada de antiséptico en la barbilla.
- Deberías haber encendido la luz, cariño. -murmuró. La niña asintió, llorosa-. Te caíste al suelo y te golpeaste la barbilla, ¿verdad?
Nessie negó con la cabeza. - Me di un golpe con el lavabo.
- Abre la boca -dijo Bella. La niña obedeció-. Te has mordido la lengua un poquito. Pero la lengua, como la barbilla y la frente siempre sangran mucho. Aunque no sea nada.
- ¿Seguro que no es nada? -preguntó Edward, cada vez más nervioso.
- Seguro. -contestó ella-. ¿Han tenido que ponerle la antitetánica alguna vez?
- No.
- Pues hay que ponérsela.
- De acuerdo.
Mientras Bella buscaba una jeringuilla en su maletín, él hablaba dulcemente con la niña, intentando tranquilizarla.
- Tengo que pincharte, Nessie.
La niña abrió los ojos como platos y empezó a llorar de nuevo.
- Es para que no se te infecte la herida, cariño. ¿Verdad, Edward?
- Claro, cielo -susurró él-. No pienso dejar que ninguna bacteria mala le haga daño a mi nena.
Nessie miró a Bella, que estaba sacándole la jeringuilla del brazo.
- ¡Pero si no me ha dolido nada! -exclamó, sorprendida.
- Eres una niña muy valiente -dijo ella, mirando la herida-. Tengo que darle unos puntos, Edward. Puedo hacerlo aquí o podemos llevarla a un hospital. ¿Qué prefieres?
- Lo que diga Nessie.
Nessie miró a su padre y después a Bella. -Quiero que lo hagas tú porque sé que no vas a hacerme daño.
La confianza de la niña la llenó de ter¬nura.
- Yo te confiaría la vida de mis hijas, Bella -dijo Edward-. Haz lo que tengas que hacer.
Ella asintió, con un nudo en la garganta. Era curioso que un par de puntos fueran algo tan monumental, pensó, mientras anestesiaba la zona con novocaína.
Mientras lo hacía, Edward la estudiaba, recordando que Tanya era incapaz de lidiar con una crisis. Al principio, se había sentido halagado porque ella lo necesitaba, pero con las niñas, Tanya era sencillamente incapaz. Observar a Bella hizo que se diera cuenta de que quería una mujer que no dependiera tanto de él. Quería a Bella.
Nessie sonrió. -No siento nada.
- Te dolerá la lengua un poquito, pero se curará enseguida. Por la mañana, quiero que te enjuagues la boca con agua salada, ¿de acuerdo?
- De acuerdo.
Cuando Bella terminó de ponerle una tirita en la barbilla, Nessie la abrazó. Sentir los bracitos de la cría alrededor de su cuello hizo que se le saltaran las lágrimas. Iba a echarlas tanto de menos...
- Te mereces un regalo por ser una niña tan valiente. Venga, vamos a ver qué tiene la abuela en la nevera.
- Gracias, Bella.
- De nada, cielo -dijo ella, tomándola de la mano.
Edward las siguió hasta la cocina. Unos minutos después, las dos gemelas estaban tomando un helado
- Muchas gracias, bella. No sé qué habría hecho sin ti.
- La habrías llevado al hospital, Esme.
- Pero estaba tan nerviosa... Me he dado un susto de muerte -murmuró Esme, mirando a sus nietas con adoración.
- No tenemos que irnos a casa, ¿verdad, papá? -preguntó Vanessa.
- Ya no hace falta -dijo Esme-. Además, tenemos muchos planes -añadió, guiñándoles un ojo. Las niñas rieron.
- Mamá... -empezó a decir Edward, con recelo.
- Mañana vamos a ir de compras, a la peluquería, al salón de belleza, ya sabes...
- No, él no sabe, pero yo sí -sonrió Bella.
- Estoy rodeado -dijo Edward.
- En un rancho lleno de hombres, ¿cómo crees que nos sentimos nosotras?
Media hora después, metieron a las dos niñas en la cama y se despidieron de Esme.
- Muchísimas gracias -dijo la mujer, abrazando a Bella.
- De nada - sonrió ella, disfrutando del abrazo maternal.
- ¿Seguro que quieres quedarte con ellas? -preguntó Edward.
- Claro que sí -contestó su madre-. Venga, salid y disfrutad un poco.
- Dentro de un par de días tendré que quitarle los puntos. Y dale una aspirina infantil si le duele -aconsejó Bella antes de despedirse.
Cinco minutos después estaban de nuevo en la carretera. Edward conducía en silencio y Bella no se atrevió a romperlo.
- Sabes más sobre lo que es una familia de lo que crees -dijo él por fin, cuando estaban llegando a la casa.
- Curar una herida no tiene nada que ver con eso.
Edward apretó el volante.
- No quieres darte una oportunidad.
- Ya hemos hablado de esto, Edward.
- No, te lo has dicho a ti misma, pero no lo has hablado conmigo. - ¿Y qué hay que hablar? Trabajar como médico en prácticas significa estar en el hospital catorce horas al día y tus hijas y tú os merecéis mucho más que eso.
- Nunca te pediría que abandonaras tu carrera, Bella.
- Lo hiciste una vez.
Edward suspiró.
- Estamos donde lo dejamos, ¿verdad?
- Me temo que sí.
- Sabes que, antes de que ocurriera lo de Tanya, yo quería casarme contigo.
- Lo sé. Pero tú querías una esposa y una madre y yo no sabía nada de eso.
- ¿Y tú crees que yo sabía cómo ser marido y padre? Es algo que se aprende con el tiempo.
- Yo nunca he tenido lo que has tenido tú.
- ¿Y quién dice que no puedes tenerlo ahora? -preguntó él, parando frente a la casa-. Podría haberte ayudado a pagar la universidad y...
- Mira, Edward, ha llovido mucho desde en¬tonces -lo interrumpió ella-. Tu «deber» para con Tanya hace que esta conversación ya no tenga sentido. Entonces no pudimos hacer nada y ahora tampoco.
- ¡Maldita sea, Bella! ¿Por qué tienes que ser tan testaruda?
- ¿Qué quieres de mí, Edward?
- Todo -contestó él-. Y quiero dártelo todo.
- Pero yo le debo mi tiempo y mi atención al hospital. Prácticamente estaré viviendo allí.
-¿Me estás diciendo que busque otra mujer?
El corazón de Bella se partía al pensarlo. -Haz lo que tengas que hacer.
Y lo haría, pensó Edward. Si tenía que luchar por ella, no dudaría en hacerlo. Y la batalla empezó con un beso, un beso ardiente que ella le devolvió con la misma pasión, dando por terminada la pelea.
- Y ahora dime que busque otra mujer -dijo Edward con voz ronca. Bella no dijo nada. No podía hacerlo-. Te deseo a ti, Bella. No quiero a nadie más.
Salieron de la furgoneta y Edward la tomó de la mano. Bella no tenía fuerzas para protestar.
- Mañana tengo que levantarme muy temprano. Pero por la noche iremos al baile que organizan los ganaderos.
Bella se puso las manos en las caderas.
- ¿Perdona?
- No acepto un no como respuesta, Bella. Espero que estés preparada a las siete.
- No me gusta que me digan lo que tengo que hacer, Edward. Además... no tengo nada que ponerme.
-Eso no es excusa. Te quiero preparada a las siete.
- ¡Ya lo veremos, Edward Cullen! -exclamó ella, dándole con la puerta de su dormitorio en las narices.
Edward se pasó la mano por la cara. ¿Por qué se negaba a darle una oportunidad? ¿Por qué no veía que podían solucionar el asunto si ella cooperaba un poco? Bella tenía miedo de volver a perderlo todo. Y sabía que era más difícil porque era a él a quien ella había dejado entrar en su vida y él quien la había traicionado. Bella era demasiado independiente y no quería compartir sus problemas con nadie. Pero Edward quería compartirlos. Tenía que hacerla entender eso. Si ella le negaba aquella oportunidad, sabía que nunca podría recuperarse.
Bella estuvo furiosa durante todo el día. ¿Quién se creía que era para decirle que iban a un baile sin preguntar antes?
Para ventilar su rabia contra Edward se dedicó a limpiar la casa y hacer la colada. Incluso limpió los establos. Sudorosa y desaliñada, pensó en recibirlo de esa guisa. Se merecía ir solo al baile. A pesar de todo, estaba en su habitación buscando algo bonito que ponerse cuando sonó el timbre.
Irritada, fue a abrir, sintiendo pena del pobre que estuviera al otro lado de la puerta.
-Doctora Swan -la saludó una mujer morena muy elegante.
-Sí.
-Soy Emily Young. La propietaria de la tienda de moda de Sycamore.
Bella sonrió.
-Ah, la conozco. Tiene unas cosas muy bonitas.
-Gracias.
-Me temo que Edward no está en casa.
-Lo sé -sonrió la mujer, desapareciendo de su vista un segundo. Cuando volvió a aparecer, llevaba en las manos un porta trajes y una sombrerera-. Esto es para usted. Disfrútelo -se despidió, bajando los escalones del porche a toda prisa.
-Yo no he comprado nada -protestó Bella.
-Hay una tarjeta dentro de la sombrerera
-dijo Emily antes de entrar en su coche.
Bella miró la sombrerera y después el coche de la mujer, que desaparecía por el camino. Corriendo, fue a su habitación y abrió el porta trajes. Dentro había un vestido de seda color azul zafiro con una túnica transparente del mismo tono. Bella nunca había visto nada tan elegante. Cuando abrió la sombrerera, encontró un par de sandalias y un bolso a juego. Incluso había un conjunto de ropa interior del mismo color. En la tarjeta, Bella reconoció la letra de Edward: Sé mi chica en el baile.
Bella se dejo caer sobre la cama. ¿Cómo podía seguir enfadada con él?, se pregun¬taba, mirando el precioso regalo.
Mientras paseaba por el pasillo, Edward se preguntaba si Bella iba a salir algún día de su habitación, pero el sonido de unos tacones en el suelo de madera hizo que levantara la cabeza.
Y se quedó sin aliento.
El vestido de seda le quedaba como un guante y las sandalias de tacón mostraban unas piernas largas y bien formadas.
- Es un poco corto -dijo ella.
- Estás impresionante.
- Gracias. Y gracias por el vestido.
- ¿No vas a regañarme por comprado?
Ella negó con la cabeza y Edward suspiró, aliviado.
- Pero no tenías que ponerte como un ogro.
- Ya lo sé, cariño, pero cuando insistes en que tienes que dejarme pierdo la cabeza.
- Entonces, será mejor que no hablemos de ello.
- De acuerdo. Vámonos - intentó sonreír Edward.
Cuando salieron al porche, Bella lanzó una carcajada. El Volvo estaba aparcado frente a la casa y, en la rejilla, estaba enganchado su pollo de goma.
- ¿No va a darte vergüenza? -preguntó, enternecida por el gesto.
- No, señorita -contestó Edward, abriendo galantemente la puerta para ella.
- La gente va a pensar que tienes sentido del humor - rió Bella.
- Y lo tengo.
- Sí. Desde hace cinco minutos.
Media hora más tarde, aparcaban frente al club de campo y, mientras caminaban de la mano hasta la entrada, Bella tuvo que reconocer que Edward estaba guapísimo con aquel traje oscuro y la camisa blanca. Llevaba un sombrero vaquero de fieltro gris y parecía más un actor de cine que el propietario del rancho más próspero de la zona.
Cuando entraron en el salón muchas cabezas se volvieron y Edward sonrió, orgulloso.
Los hombres se comían a Bella con los ojos, pero ella no se daba cuenta, demasiado ocupada mirando alrededor. Había candelabros de cristal en el techo y las mesas estaban adornadas con flores. El salón entero brillaba como un diamante y Bella se sentía como una princesa del brazo de Edward.
- Un baile de ganaderos, ¿no? -sonrió Bella.
- Bueno, cada año es más sofisticado. La primera vez que vine, cuando era un adolescente, la pista era de arena -explicó Edward, llevándola hacia la pista de baile-. Llevo todo el día pensando en abrazarte.
- Qué curioso. Anoche querías matarme. -¿Me perdonas?
Bella inclinó la cabeza a un lado.
- Me parece que últimamente hago eso mucho.
Edward sonrió. Esperaba que siguiera perdonándolo durante años.
Mientras bailaban, podía sentir sus curvas quemándolo a través de la seda del vestido. Su cuerpo reaccionó inmediatamente y el pantalón ofrecía una barrera tan sutil que Bella lo notó.
- Oh, Edward.
- ¿Tenías alguna duda de que te deseaba, cariño? -susurró él-. En mi cama y en mi vida.
*********************************************************************************
Hola Nenas!!!
Aqui reapareciendo despues de estar perdida...lo siento el trabajo me esta consumiendo... espero les guste el capi...Y a todas Feliz Dia de las Madres (Aca en Panama lo celebramos mañana)
Bsos a todas...
Pescui
jueves, 25 de noviembre de 2010
Por siempre amantes
Capítulo Siete
Edward estrechó la mano de un hombre y se volvió hacia Bella, sonriendo.
- Aro Vulturi, la doctora Swan.
Bella sonrió. Edward llevaba todo el día presentándola de ese modo y le gustaba. -¿Cómo está, doctora Swan?
- Muy bien, señor Vulturi.
- Llámeme Aro, por favor -sonrió el hombre, mirándola con admiración-. Vaya, con una doctora tan guapa no me importaría estar enfermo.
- Ten cuidado con lo que deseas -le advirtió Edward, poniendo un brazo alrededor de la cintura, un gesto posesivo que la emocionó, a su pesar-. ¿Este año vas a dejarme limpio otra vez?
- ¿Cuántos potros tienes?
- Casi cien.
Aro levantó las cejas.
- Pues será mejor que vaya a echarles un vistazo antes de que me los quiten de las manos -sonrió el hombre, tocándose el sombrero-. Doctora Swan.
- ¿Cien potros? No sabía que tuvieras tantos -dijo Bella cuando el hombre desapareció.
- Los hemos bajado de los pastos esta semana -dijo él, llevándola hacia una caseta en la que vendían sombreros de paja-. La subasta de los pura sangre no empezará hasta más tarde -añadió, buscando un sombrero para Bella.
- No quiero un sombrero -protestó ella.
- Te hace falta -sonrió Edward, colocándole uno en la cabeza-. Se te ha puesto la nariz colorada.
-Gracias, pero no necesito regalos.
-No sé si te has dado cuenta de que eres la única persona que no lleva sombrero -dijo él. Bella miró alrededor. Tenía razón; incluso los niños lo llevaban-. Además, estás muy mona -añadió. En ese momento, escucharon un anuncio por el altavoz-. Venga, va a empezar el rodeo.
Edward la llevó hacia una entrada lateral y los encargados de seguridad los dejaron pasar, saludándolos con cordialidad. Subieron hasta una especie de salón desde el que se veía la arena y donde varios camareros uniformados servían canapés y champán.
-Bienvenido, señor Cullen. Su mesa está preparada -lo saludó un hombre con traje de chaqueta. Bella se dejó caer en el sillón, observando el circuito cerrado de televisión y a la gente elegantemente vestida. Inmediatamente, un camarero se acercó con dos copas de champán.
- ¿Estás cómoda?
- Esto es genial.
Edward levantó las cejas.
- Te conozco, Bella. Sé que tienes algún pero.
- No es nada. Es que no voy vestida para la ocasión.
- Estás estupenda, no te preocupes. Pensé que te gustaría estar un rato a la sombra.
- Gracias -murmuró ella. En aquel momento, solo podía ver a Edward Anthony Cullen, el millonario. Todo aquel lujo, la mesa reservada, los camareros, el champán... Se lo había ganado, pensó, pero las diferencias entre ellos empezaban a parecer insalvables.
- Bella, cariño, ¿qué te pasa? -preguntó Edward, pasándole un brazo por los hombros.
- Nada, de verdad.
Él levantó su barbilla con un dedo para mirarla a los ojos.
- ¿Qué ocurre?
Cuando Edward la miraba de aquel modo, Bella podría contarle todos sus secretos.
- Me alegro de haber venido. Esto me da la oportunidad de conocer tu mundo.
- ¿Mi mundo? Hablas de ello como si fuera el monte Olimpo o algo así.
Bella sonrió.
- Más o menos.
Edward vio entonces aquel sitio con los ojos de Bella. Vio el dinero que ella nunca había tenido, las comodidades que nunca había disfrutado y maldijo en silencio. Llevarla allí había sido un error.
- Escúchame, cariño. La mayoría de esta gente no ha visto un establo en su vida. No son mis amigos. Mis amigos son gente como Aro.
Bella parpadeó, sorprendida por su percepción.
- No me interpretes mal. ¿A qué mujer le molesta ser tratada como una princesa? Pero todo parece tan... frío.
- Tan superficial, quieres decir.
- Pues...
Él le quitó la copa de champán de la mano y se levantó.
- Vamos, doctora Swan. Quiero que lo pasemos bien.
Edward la sacó del salón y la llevó de la mano hasta la valla de madera que separaba la arena de los asientos. Sentados sobre ella, tomaron perritos calientes y bebieron cerveza mientras disfrutaban del espectáculo.
A Bella le encantó. Y Edward lo sabía. Entonces, un hombre de pelo oscuro se acercó a ellos.
- Edward ¿vas a concursar este año?
- No lo había pensado.
- Venga, hombre. Mike Newton se ha roto un tobillo y nos vendrías bien.
- Estoy con una invitada.
- Haz lo que tengas que hacer, Edward -dijo ella-. Yo me quedaré aquí.
- ¿Estás segura?
- Por supuesto -sonrió Bella- No me va a comer nadie.
- Muy bien. Nos vemos dentro de un rato -dijo Edward, besándola en la mejilla-. No te muevas de aquí.
Bella miró a su alrededor. A su lado había un montón de chicas con bandas. Eran jóvenes y guapas y estaban allí para ligar con los vaqueros.
En ese momento empezó a sonar música por los altavoces. Los vaqueros tenían que disputar una carrera, atar una res en el menor tiempo posible y después domar un caballo salvaje. El corazón de Bella dio un vuelco cuando vio a los cinco jinetes que se colocaban en la línea de salida. Uno de ellos era Edward.
Él la miró, sonriendo, y Bella lo saludó, sintiendo un extraño orgullo. Era el más guapo de todos.
Edward llegó el segundo a la meta y, después de estrechar la mano del ganador, la miró y se encogió de hombros con un gesto tiernamente infantil.
Unos minutos después, un ternero salió a la arena y los cinco vaqueros, uno tras otro, saltaron tras él para atarlo. Edward salió el último, pero tardó menos que ninguno y se levantó con los brazos en alto, triunfante. La gente empezó a aplaudir.
- ¿Ha ganado? -preguntó Bella a una de las chicas.
- Edward Cullen no ha perdido este concurso en cinco años.
Cuando empezó la doma del bronco, el corazón de Bella latía acelerado. Los caballos no tuvieron piedad con los tres primeros jinetes. El cuarto salió despedido y se golpeó la cabeza contra la valla. La chica que había a su lado lanzó un grito y no se calmó hasta que vio al chico levantarse, como si no hubiera pasado nada.
Entonces llegó el turno de Edward y la multitud se quedó en silencio.
El corazón de Bella estaba a punto de salirse de su pecho mientras lo observaba sujetarse al caballo en el cajón. La puerta se abrió y Edward salió a la arena con un brazo levantado. El público contaba los segundos en voz alta, mientras el animal intentaba lanzarlo al suelo con todas sus fuerzas. Bella tenía que hacer un esfuerzo para no gritar.
Entonces sonó un timbre. Edward se tiró del caballo y el presentador lo proclamo vencedor.
Bella no sabía si pegarlo por arriesgar su vida de esa forma o sentirse orgullosa. Pero decidió hacer lo último. Saltó de la valla y corrió hacia él, que la esperaba con los brazos abiertos.
- ¡Eres un loco! ¡Podrías haberte matado!
- No - rió Edward, tomándola en sus brazos-. ¿Qué clase de vaquero sería si hubiera dejado que me tirase?
- ¡Ha sido increíble! -sonrió ella, emocionada.
Cuando Edward la miró, supo que no podría controlarse.
La besó, salvaje, apasionadamente, sujetando su cabeza, sin pensar que lo estaba haciendo delante de mil personas.
El público empezó a silbar y el presentador dijo algo que Bella no entendió, mientras Edward seguía besándola con ardor. Cuando se apartó, ella tuvo que esconder la cara en su pecho.
- Suéltame.
- No. Me gusta tenerte así.
- A mí también me gusta -confesó Bella.
- Me alegro -sonrió él, besándola de nuevo, posesivamente. Después, la tomó por la cintura y la sacó de la arena.
Los peones del rancho se acercaron para felicitarlo y bromear sobre el beso. Edward sonreía, encantado.
- Soy demasiado viejo para esto -le confesó después.
- Pues las chicas que había a mi lado estaban locas por ti.
- Ya. Como están locas por su padre.
- A las niñas les hubiera encantado verte. Edward sonrió. Solo Bella podía pensar en ellas en aquel momento.
- Lo han grabado en vídeo, así que podremos verlo la semana que viene.
- Estupendo. Así verán que su padre podría haberse matado.
- Te preocupas demasiado doctora - murmuró Edward, besándola en la frente-. Pero gracias.
La subasta de los pura sangre fue todo un espectáculo. Los animales desfilaron frente a los compradores y Bella se quedó asombrada al escuchar los precios. Podría comprarse una casa por ese dinero. Algunos de los caballos de Edward habían ganado premios importantes y era lógico que fueran tan demandados.
En ese momento, estaban sacando un semental y su precio llegó al millón de dólares.
Bella miró a Edward, que estaba tomando un refresco, sin inmutarse.
- Asombroso -murmuró Bella.
- Es mi precio justo.
- ¿Justo?
- El padre de ese semental ganó el Derby varias veces -explicó él.
- Ya.
- Es un caballo de lujo. Y tengo un potro suyo.
- ¿El que sacaste ayer para enseñárselo a los compradores?
Edward asintió.
- Ese potro será un semental estupendo dentro de dos años.
- ¿Se insemina a las yeguas de forma artificial?
- Sí. Tenemos que hacerlo. Los sementales se ponen tan brutos que les hacen daño -explicó él. Bella se puso colorada-. No sé porqué te pones colorada. Al fin y al cabo, tú eres médico y deberías saber esas cosas.
Ella le dio un codazo y Edward sonrió. Aro Vulturi se acercó a ellos, seguido de tres hombres. Los cuatro empezaron a hablar sobre técnicas de crianza, problemas veterinarios y entrenamientos. Bella se enteró de que algunos de aquellos caballos iban a ranchos de Oklahoma y Montana. Y también se dio cuenta de que las mujeres miraban mucho a Edward. No solo eso. Hacían cualquier cosa para llamar su atención. Afortunadamente, él no parecía prestársela.
Por fin, Edward se disculpó y la tomó del brazo.
- Lo siento, Aro. Tenemos que irnos. ¿Preparada?
- Sí, por favor. Me duelen los pies.
Unos minutos después, en el cómodo asiento de cuero de la furgoneta, Bella se quedó dormida.
Edward la miró. A pesar de la distancia que los separaba, podía sentir su calor, como un animal siente a su compañera. Su cuerpo había adquirido más curvas y se movía de una forma tan sexy que era un pecado. Y cuando la besaba era como si hubiera vuelto a casa después de un largo viaje. Edward apretó el volante. ¿Cómo iban a pasar la noche bajo el mismo techo sin que se metiera en su cama?, se preguntaba.
Media hora después, llegaban a la casa.
Medio dormida, Bella salió de la furgoneta.
- Voy a darme una ducha -dijo Edward.
- Yo también.
- Nos vemos después.
Bella asintió, repentinamente excitada.
Sabía que no era inteligente, pero no podía evitarlo. No quería pensar que iba a marcharse, que Edward y ella pertenecían a dos mundos diferentes.
Después de ducharse, se puso pantalones cortos y una camiseta y ni siquiera se molestó en secarse el pelo.
Lo encontró sentado en el porche trasero.
Cuando vio las velas, la botella de vino dentro de un cubo de hielo y la comida servida en bandejas de plata, se quedó boquiabierta.
- ¿Qué es esto?
- La cena. La he pedido a un restaurante -dijo Edward.
- Ah -murmuró ella, sin saber qué decir.
- Es muy tarde y yo estoy muerto de hambre.
Además, no quería que Bella cocinara aquella noche. No quería que se distrajera con nada.
- Esto es un pecado -murmuró ella, mirando las estrellas mientras él le servía una copa de vino.
- No irás a decir que no, ¿verdad?
- Claro que no.
- ¿Cuándo fue la última vez que te diste un capricho? -preguntó Edward. Bella frunció el ceño-. No lo recuerdas, ¿verdad? ¿Y no te parece que ya es hora?
- Nunca he tenido ni dinero ni tiempo para eso, Edward.
- Lo sé, cariño. Pero durante unos días no quiero que pienses en nada más que en disfrutar -dijo él, levantando la tapa de una de las bandejas. «Y en estar conmigo», pensó.
- No te va a ser difícil convencerme -sonrió Bella, mientras Edward le servía una ensalada-. ¿Está intentando seducirme, señor Cullen?
- ¿Funcionaría? -sonrió él.
- Esa es una pregunta difícil de contestar.
- Entonces, no me contestes. Deja que suene.
El tono ronco de su voz hizo que Bella sintiera un escalofrío. Aunque ninguno de los dos decía nada, el aire estaba cargado de sexualidad. Cenaron y bebieron vino, hablaron de las niñas, del rancho, de política. Ella era una luchadora, una mujer preocupada por los seres humanos. Edward amaba eso de ella.
Y también quería amar su cuerpo. -Ven conmigo -le dijo después de cenar.
- ¿Dónde?
- Vamos a dar un paseo a caballo.
- ¿No es peligroso de noche?
- Hay luna llena y conozco estas tierras como la palma de mi mano.
- Ve por los caballos, Cullen. Te espero aquí.
- No te quedarás dormida, ¿verdad?
- No.
Cuando Edward se alejó, ella suspiró. «Relájate. Disfruta», se dijo a sí misma. «Pronto te marcharás y no volverás a verlo». Unos minutos después escuchó un ruido de cascos.
Verlo llegar al patio montado en un caballo era increíblemente romántico.
- Pero si no hay silla -protestó débilmente.
- Pon tu pie sobre el mío. Yo haré el resto -dijo Edward. Bella lo miró, escéptica-. Confía en mí. No voy a dejar que te hagas daño.
Las palabras eran tiernas, suaves, igual que su mirada. Aquello era muy peligroso y lo sabía. Aun así, Edward tiró de su mano y la sentó delante de él.
Mientras cabalgaban por las colinas, Bella se dejó caer sobre el pecho del hombre.
Edward la sujetaba con una mano, inclinándose sobre el cuello del animal. La luna brillaba sobre sus cabezas, iluminando un paisaje que parecía de plata.
Entonces se metieron en un bosque con árboles tan espesos que ocultaban la luz de la luna y poco después llegaron a un claro.
Un pequeño riachuelo corría sobre las rocas, formando una piscina.
- Es precioso. ¿Se puede nadar?
- Sí, pero no de noche -contestó él.
Bella lo miró, interrogante.
- Serpientes -explicó. Edward soltó una carcajada cuando ella levantó las piernas, asustada. Tenerla entre sus brazos era como un sueño que había soñado demasiadas veces-. Solía venir aquí solo -empezó a decir. No tenía que añadir «mientras estaba casado con Tanya», porque Bella lo había entendido-. Me sentaba durante horas y pensaba.
- ¿En qué pensabas?
- En ti. Pensaba dónde estarías, qué estarías haciendo.
- Edward, por favor...
- Pensaba que estarías con algún hombre y me volvía loco. No podía dejar de recordar cómo era hacer el amor contigo, oler tu piel, saborearte...
- Edward -repitió ella, volviéndose para mirarlo.
- Tengo buena memoria, Bella -siguió él. Bella también. Y acababa de empezar una batalla dentro de ella; una batalla entre su anhelo y lo que debía hacer para que él no volviera a romperle el corazón-. Bella, te deseo. Te he deseado siempre -murmuró, con el deseo de poseerla, de estar dentro de ella y escuchar los gritos de pasión que poblaban sus sueños.
- Íbamos a ser amigos.
- Siempre hemos sido más que eso. -Edward.
Él respiró su perfume, con los ojos cerrados.
- ¿Sí?
- Si vas a besarme, será mejor que lo hagas ahora mismo.
Edward no esperó un segundo. Tomó su boca y la besó tan apasionadamente que Bella sintió que se incendiaba. La apretaba con fuerza mientras le hacía el amor con la lengua y, de repente, Bella sintió que no estaba suficientemente cerca de él. Con un movimiento rápido, se dio la vuelta y enredó las piernas en la cintura del hombre.
Edward lanzó un gemido ronco.
- Me estás volviendo loco -susurró, sobre su boca.
Bella no podía evitarlo. Había perdido el control y no le importaba.
************************************************************************************
Despues de dias de estar desaparecida, aqui les llego con un nuevo capi, spero les guste nenas...
Edward estrechó la mano de un hombre y se volvió hacia Bella, sonriendo.
- Aro Vulturi, la doctora Swan.
Bella sonrió. Edward llevaba todo el día presentándola de ese modo y le gustaba. -¿Cómo está, doctora Swan?
- Muy bien, señor Vulturi.
- Llámeme Aro, por favor -sonrió el hombre, mirándola con admiración-. Vaya, con una doctora tan guapa no me importaría estar enfermo.
- Ten cuidado con lo que deseas -le advirtió Edward, poniendo un brazo alrededor de la cintura, un gesto posesivo que la emocionó, a su pesar-. ¿Este año vas a dejarme limpio otra vez?
- ¿Cuántos potros tienes?
- Casi cien.
Aro levantó las cejas.
- Pues será mejor que vaya a echarles un vistazo antes de que me los quiten de las manos -sonrió el hombre, tocándose el sombrero-. Doctora Swan.
- ¿Cien potros? No sabía que tuvieras tantos -dijo Bella cuando el hombre desapareció.
- Los hemos bajado de los pastos esta semana -dijo él, llevándola hacia una caseta en la que vendían sombreros de paja-. La subasta de los pura sangre no empezará hasta más tarde -añadió, buscando un sombrero para Bella.
- No quiero un sombrero -protestó ella.
- Te hace falta -sonrió Edward, colocándole uno en la cabeza-. Se te ha puesto la nariz colorada.
-Gracias, pero no necesito regalos.
-No sé si te has dado cuenta de que eres la única persona que no lleva sombrero -dijo él. Bella miró alrededor. Tenía razón; incluso los niños lo llevaban-. Además, estás muy mona -añadió. En ese momento, escucharon un anuncio por el altavoz-. Venga, va a empezar el rodeo.
Edward la llevó hacia una entrada lateral y los encargados de seguridad los dejaron pasar, saludándolos con cordialidad. Subieron hasta una especie de salón desde el que se veía la arena y donde varios camareros uniformados servían canapés y champán.
-Bienvenido, señor Cullen. Su mesa está preparada -lo saludó un hombre con traje de chaqueta. Bella se dejó caer en el sillón, observando el circuito cerrado de televisión y a la gente elegantemente vestida. Inmediatamente, un camarero se acercó con dos copas de champán.
- ¿Estás cómoda?
- Esto es genial.
Edward levantó las cejas.
- Te conozco, Bella. Sé que tienes algún pero.
- No es nada. Es que no voy vestida para la ocasión.
- Estás estupenda, no te preocupes. Pensé que te gustaría estar un rato a la sombra.
- Gracias -murmuró ella. En aquel momento, solo podía ver a Edward Anthony Cullen, el millonario. Todo aquel lujo, la mesa reservada, los camareros, el champán... Se lo había ganado, pensó, pero las diferencias entre ellos empezaban a parecer insalvables.
- Bella, cariño, ¿qué te pasa? -preguntó Edward, pasándole un brazo por los hombros.
- Nada, de verdad.
Él levantó su barbilla con un dedo para mirarla a los ojos.
- ¿Qué ocurre?
Cuando Edward la miraba de aquel modo, Bella podría contarle todos sus secretos.
- Me alegro de haber venido. Esto me da la oportunidad de conocer tu mundo.
- ¿Mi mundo? Hablas de ello como si fuera el monte Olimpo o algo así.
Bella sonrió.
- Más o menos.
Edward vio entonces aquel sitio con los ojos de Bella. Vio el dinero que ella nunca había tenido, las comodidades que nunca había disfrutado y maldijo en silencio. Llevarla allí había sido un error.
- Escúchame, cariño. La mayoría de esta gente no ha visto un establo en su vida. No son mis amigos. Mis amigos son gente como Aro.
Bella parpadeó, sorprendida por su percepción.
- No me interpretes mal. ¿A qué mujer le molesta ser tratada como una princesa? Pero todo parece tan... frío.
- Tan superficial, quieres decir.
- Pues...
Él le quitó la copa de champán de la mano y se levantó.
- Vamos, doctora Swan. Quiero que lo pasemos bien.
Edward la sacó del salón y la llevó de la mano hasta la valla de madera que separaba la arena de los asientos. Sentados sobre ella, tomaron perritos calientes y bebieron cerveza mientras disfrutaban del espectáculo.
A Bella le encantó. Y Edward lo sabía. Entonces, un hombre de pelo oscuro se acercó a ellos.
- Edward ¿vas a concursar este año?
- No lo había pensado.
- Venga, hombre. Mike Newton se ha roto un tobillo y nos vendrías bien.
- Estoy con una invitada.
- Haz lo que tengas que hacer, Edward -dijo ella-. Yo me quedaré aquí.
- ¿Estás segura?
- Por supuesto -sonrió Bella- No me va a comer nadie.
- Muy bien. Nos vemos dentro de un rato -dijo Edward, besándola en la mejilla-. No te muevas de aquí.
Bella miró a su alrededor. A su lado había un montón de chicas con bandas. Eran jóvenes y guapas y estaban allí para ligar con los vaqueros.
En ese momento empezó a sonar música por los altavoces. Los vaqueros tenían que disputar una carrera, atar una res en el menor tiempo posible y después domar un caballo salvaje. El corazón de Bella dio un vuelco cuando vio a los cinco jinetes que se colocaban en la línea de salida. Uno de ellos era Edward.
Él la miró, sonriendo, y Bella lo saludó, sintiendo un extraño orgullo. Era el más guapo de todos.
Edward llegó el segundo a la meta y, después de estrechar la mano del ganador, la miró y se encogió de hombros con un gesto tiernamente infantil.
Unos minutos después, un ternero salió a la arena y los cinco vaqueros, uno tras otro, saltaron tras él para atarlo. Edward salió el último, pero tardó menos que ninguno y se levantó con los brazos en alto, triunfante. La gente empezó a aplaudir.
- ¿Ha ganado? -preguntó Bella a una de las chicas.
- Edward Cullen no ha perdido este concurso en cinco años.
Cuando empezó la doma del bronco, el corazón de Bella latía acelerado. Los caballos no tuvieron piedad con los tres primeros jinetes. El cuarto salió despedido y se golpeó la cabeza contra la valla. La chica que había a su lado lanzó un grito y no se calmó hasta que vio al chico levantarse, como si no hubiera pasado nada.
Entonces llegó el turno de Edward y la multitud se quedó en silencio.
El corazón de Bella estaba a punto de salirse de su pecho mientras lo observaba sujetarse al caballo en el cajón. La puerta se abrió y Edward salió a la arena con un brazo levantado. El público contaba los segundos en voz alta, mientras el animal intentaba lanzarlo al suelo con todas sus fuerzas. Bella tenía que hacer un esfuerzo para no gritar.
Entonces sonó un timbre. Edward se tiró del caballo y el presentador lo proclamo vencedor.
Bella no sabía si pegarlo por arriesgar su vida de esa forma o sentirse orgullosa. Pero decidió hacer lo último. Saltó de la valla y corrió hacia él, que la esperaba con los brazos abiertos.
- ¡Eres un loco! ¡Podrías haberte matado!
- No - rió Edward, tomándola en sus brazos-. ¿Qué clase de vaquero sería si hubiera dejado que me tirase?
- ¡Ha sido increíble! -sonrió ella, emocionada.
Cuando Edward la miró, supo que no podría controlarse.
La besó, salvaje, apasionadamente, sujetando su cabeza, sin pensar que lo estaba haciendo delante de mil personas.
El público empezó a silbar y el presentador dijo algo que Bella no entendió, mientras Edward seguía besándola con ardor. Cuando se apartó, ella tuvo que esconder la cara en su pecho.
- Suéltame.
- No. Me gusta tenerte así.
- A mí también me gusta -confesó Bella.
- Me alegro -sonrió él, besándola de nuevo, posesivamente. Después, la tomó por la cintura y la sacó de la arena.
Los peones del rancho se acercaron para felicitarlo y bromear sobre el beso. Edward sonreía, encantado.
- Soy demasiado viejo para esto -le confesó después.
- Pues las chicas que había a mi lado estaban locas por ti.
- Ya. Como están locas por su padre.
- A las niñas les hubiera encantado verte. Edward sonrió. Solo Bella podía pensar en ellas en aquel momento.
- Lo han grabado en vídeo, así que podremos verlo la semana que viene.
- Estupendo. Así verán que su padre podría haberse matado.
- Te preocupas demasiado doctora - murmuró Edward, besándola en la frente-. Pero gracias.
La subasta de los pura sangre fue todo un espectáculo. Los animales desfilaron frente a los compradores y Bella se quedó asombrada al escuchar los precios. Podría comprarse una casa por ese dinero. Algunos de los caballos de Edward habían ganado premios importantes y era lógico que fueran tan demandados.
En ese momento, estaban sacando un semental y su precio llegó al millón de dólares.
Bella miró a Edward, que estaba tomando un refresco, sin inmutarse.
- Asombroso -murmuró Bella.
- Es mi precio justo.
- ¿Justo?
- El padre de ese semental ganó el Derby varias veces -explicó él.
- Ya.
- Es un caballo de lujo. Y tengo un potro suyo.
- ¿El que sacaste ayer para enseñárselo a los compradores?
Edward asintió.
- Ese potro será un semental estupendo dentro de dos años.
- ¿Se insemina a las yeguas de forma artificial?
- Sí. Tenemos que hacerlo. Los sementales se ponen tan brutos que les hacen daño -explicó él. Bella se puso colorada-. No sé porqué te pones colorada. Al fin y al cabo, tú eres médico y deberías saber esas cosas.
Ella le dio un codazo y Edward sonrió. Aro Vulturi se acercó a ellos, seguido de tres hombres. Los cuatro empezaron a hablar sobre técnicas de crianza, problemas veterinarios y entrenamientos. Bella se enteró de que algunos de aquellos caballos iban a ranchos de Oklahoma y Montana. Y también se dio cuenta de que las mujeres miraban mucho a Edward. No solo eso. Hacían cualquier cosa para llamar su atención. Afortunadamente, él no parecía prestársela.
Por fin, Edward se disculpó y la tomó del brazo.
- Lo siento, Aro. Tenemos que irnos. ¿Preparada?
- Sí, por favor. Me duelen los pies.
Unos minutos después, en el cómodo asiento de cuero de la furgoneta, Bella se quedó dormida.
Edward la miró. A pesar de la distancia que los separaba, podía sentir su calor, como un animal siente a su compañera. Su cuerpo había adquirido más curvas y se movía de una forma tan sexy que era un pecado. Y cuando la besaba era como si hubiera vuelto a casa después de un largo viaje. Edward apretó el volante. ¿Cómo iban a pasar la noche bajo el mismo techo sin que se metiera en su cama?, se preguntaba.
Media hora después, llegaban a la casa.
Medio dormida, Bella salió de la furgoneta.
- Voy a darme una ducha -dijo Edward.
- Yo también.
- Nos vemos después.
Bella asintió, repentinamente excitada.
Sabía que no era inteligente, pero no podía evitarlo. No quería pensar que iba a marcharse, que Edward y ella pertenecían a dos mundos diferentes.
Después de ducharse, se puso pantalones cortos y una camiseta y ni siquiera se molestó en secarse el pelo.
Lo encontró sentado en el porche trasero.
Cuando vio las velas, la botella de vino dentro de un cubo de hielo y la comida servida en bandejas de plata, se quedó boquiabierta.
- ¿Qué es esto?
- La cena. La he pedido a un restaurante -dijo Edward.
- Ah -murmuró ella, sin saber qué decir.
- Es muy tarde y yo estoy muerto de hambre.
Además, no quería que Bella cocinara aquella noche. No quería que se distrajera con nada.
- Esto es un pecado -murmuró ella, mirando las estrellas mientras él le servía una copa de vino.
- No irás a decir que no, ¿verdad?
- Claro que no.
- ¿Cuándo fue la última vez que te diste un capricho? -preguntó Edward. Bella frunció el ceño-. No lo recuerdas, ¿verdad? ¿Y no te parece que ya es hora?
- Nunca he tenido ni dinero ni tiempo para eso, Edward.
- Lo sé, cariño. Pero durante unos días no quiero que pienses en nada más que en disfrutar -dijo él, levantando la tapa de una de las bandejas. «Y en estar conmigo», pensó.
- No te va a ser difícil convencerme -sonrió Bella, mientras Edward le servía una ensalada-. ¿Está intentando seducirme, señor Cullen?
- ¿Funcionaría? -sonrió él.
- Esa es una pregunta difícil de contestar.
- Entonces, no me contestes. Deja que suene.
El tono ronco de su voz hizo que Bella sintiera un escalofrío. Aunque ninguno de los dos decía nada, el aire estaba cargado de sexualidad. Cenaron y bebieron vino, hablaron de las niñas, del rancho, de política. Ella era una luchadora, una mujer preocupada por los seres humanos. Edward amaba eso de ella.
Y también quería amar su cuerpo. -Ven conmigo -le dijo después de cenar.
- ¿Dónde?
- Vamos a dar un paseo a caballo.
- ¿No es peligroso de noche?
- Hay luna llena y conozco estas tierras como la palma de mi mano.
- Ve por los caballos, Cullen. Te espero aquí.
- No te quedarás dormida, ¿verdad?
- No.
Cuando Edward se alejó, ella suspiró. «Relájate. Disfruta», se dijo a sí misma. «Pronto te marcharás y no volverás a verlo». Unos minutos después escuchó un ruido de cascos.
Verlo llegar al patio montado en un caballo era increíblemente romántico.
- Pero si no hay silla -protestó débilmente.
- Pon tu pie sobre el mío. Yo haré el resto -dijo Edward. Bella lo miró, escéptica-. Confía en mí. No voy a dejar que te hagas daño.
Las palabras eran tiernas, suaves, igual que su mirada. Aquello era muy peligroso y lo sabía. Aun así, Edward tiró de su mano y la sentó delante de él.
Mientras cabalgaban por las colinas, Bella se dejó caer sobre el pecho del hombre.
Edward la sujetaba con una mano, inclinándose sobre el cuello del animal. La luna brillaba sobre sus cabezas, iluminando un paisaje que parecía de plata.
Entonces se metieron en un bosque con árboles tan espesos que ocultaban la luz de la luna y poco después llegaron a un claro.
Un pequeño riachuelo corría sobre las rocas, formando una piscina.
- Es precioso. ¿Se puede nadar?
- Sí, pero no de noche -contestó él.
Bella lo miró, interrogante.
- Serpientes -explicó. Edward soltó una carcajada cuando ella levantó las piernas, asustada. Tenerla entre sus brazos era como un sueño que había soñado demasiadas veces-. Solía venir aquí solo -empezó a decir. No tenía que añadir «mientras estaba casado con Tanya», porque Bella lo había entendido-. Me sentaba durante horas y pensaba.
- ¿En qué pensabas?
- En ti. Pensaba dónde estarías, qué estarías haciendo.
- Edward, por favor...
- Pensaba que estarías con algún hombre y me volvía loco. No podía dejar de recordar cómo era hacer el amor contigo, oler tu piel, saborearte...
- Edward -repitió ella, volviéndose para mirarlo.
- Tengo buena memoria, Bella -siguió él. Bella también. Y acababa de empezar una batalla dentro de ella; una batalla entre su anhelo y lo que debía hacer para que él no volviera a romperle el corazón-. Bella, te deseo. Te he deseado siempre -murmuró, con el deseo de poseerla, de estar dentro de ella y escuchar los gritos de pasión que poblaban sus sueños.
- Íbamos a ser amigos.
- Siempre hemos sido más que eso. -Edward.
Él respiró su perfume, con los ojos cerrados.
- ¿Sí?
- Si vas a besarme, será mejor que lo hagas ahora mismo.
Edward no esperó un segundo. Tomó su boca y la besó tan apasionadamente que Bella sintió que se incendiaba. La apretaba con fuerza mientras le hacía el amor con la lengua y, de repente, Bella sintió que no estaba suficientemente cerca de él. Con un movimiento rápido, se dio la vuelta y enredó las piernas en la cintura del hombre.
Edward lanzó un gemido ronco.
- Me estás volviendo loco -susurró, sobre su boca.
Bella no podía evitarlo. Había perdido el control y no le importaba.
************************************************************************************
Despues de dias de estar desaparecida, aqui les llego con un nuevo capi, spero les guste nenas...
jueves, 18 de noviembre de 2010
Por siempre amantes
Capítulo Seis
- Si tengo que arrastraste y darte de comer yo mismo, lo haré Bella - dijo Edward en voz baja para que los peones no lo oyeran.
- No te atreverás -sonrió ella.
- No me tientes.
- No puedes ser tan tirano.
- Soy tu jefe.
- ¿Es una orden?
Edward suspiró, pasándose la mano por el pelo.
- Claro que no, pero estás llorando desde que se fueron las niñas y...
- No es verdad.
Él la miró, irónico. Pero le encantaba que Bella echara de menos a sus hijas.
- De acuerdo. ¿Y qué? No tengo mucho que hacer sin las niñas.
-¿Por qué no te relajas un poco? Cena con nosotros en el comedor.
- Prefiero no hacerlo.
- Soy tu jefe y te ordeno que lo hagas -insistió él.
- De acuerdo -suspiró Bella, dirigiéndose al comedor.
Los peones se levantaron al verla entrar y Jacob apartó una silla.
Le resultaba raro estar sentada con todos los hombres, pero después de una plegaria casi cómica, Bella se sintió como en casa. Hablaron sobre la subasta y Edward asignó tareas para toda la semana, sin dejar de mirarla. No podía disfrutar de la cena porque observarla era mucho más interesante. Ella creía no formar parte del rancho, pero tenía a los hombres pendientes de sus palabras. Les preguntaba por sus aficiones, sus intereses, sus familias y reía con ellos. Bromeaba con Sam sobre su pelo largo y trataba a Collin como si fuera un hombre aunque no era más que un crío. Cuando fue a llenar una jarra de agua, el chico se levantó de un salto para ayudarla. Los tenía bajo su mando y Edward era un soldado como los demás.
- Una cena estupenda, Bella -dijo Edward, señalando las bandejas vacías.
- ¿Alguien tiene más hambre? He hecho un postre casero.
¿Cuándo?, se preguntó Edward, asombrado.
Bella fue a la cocina y volvió con una tarta de chocolate.
- Te has acordado -murmuró él, sorprendido. Bella le guiñó un ojo, pero no dijo nada.
Después de la tarta, los peones se despidieron y cuando empezó a limpiar la mesa, Edward intentó ayudarla.
- No hace falta.
- Quiero ayudarte -insistió él.
-¿No tienes nada que hacer?
- No. Además, quiero preguntarte una cosa.
- ¿Qué? -preguntó Bella, sin volverse.
- ¿Quieres ir conmigo a la subasta pasado mañana? Me gustaría que entendieras lo importante que es para mí mi trabajo.
- Sé lo importante que es, Edward -dijo Bella-. No hablabas más que de este rancho cuando nos conocimos. Y siempre supe lo que era para ti.
Edward sonrió, acercándose.
- Entonces, señorita Swan, ¿puedes soportar un día o dos conmigo?
- ¿No estarás demasiado ocupado?
El negó con la cabeza.
- Los compradores vendrán mañana a echar un vistazo y, como suele haber varios interesados, la diversión es ver hasta dónde llegan.
Bella lo pensó un momento. Quería ver la subasta. Y estar con él todo un día era una tentación irresistible. Al fin y al cabo, después de eso, tendría que marcharse y todo habría terminado. ¿Por qué perder la última oportunidad de estar con Edward?
- ¿Qué me pongo?
- Lo más cómodo que tengas -contestó él. Edward estaba tan contento que hubiera deseado besarla, pero sabía que no debía hacerlo-. Además de la subasta hay un rodeo y suele ser muy divertido.
- ¿A qué hora vienen los compradores mañana?
- Después del desayuno. .
- ¿Y por qué no me lo has dicho antes? -preguntó Bella, cerrando el lavaplatos de golpe.
- ¿Qué pasa?
- ¡Mañana habrá un montón de gente en la casa! -exclamó ella, mirando alrededor. Tenía un millón de cosas que hacer, pero no sabía por dónde empezar.
- Calma, cielo. Van a venir a ver a los caballos, no a inspeccionar la casa.
Bella le dirigió una mirada de irritación.
- Ya, claro. ¿Es que tu madre no te ha enseñado nada sobre hospitalidad y buenas maneras? -preguntó Bella, saliendo de la cocina.
- Parece que no lo suficiente -murmuró Edward para sí mismo.
Los compradores empezaron a llegar a las nueve y Bella actuó como anfitriona, sirviéndoles café y sonriendo a todo el mundo. -Gracias -dijo Edward-. No tenías que hacer esto.
Ella se encogió de hombros.
- Quieres que estén contentos, ¿no?
- Sí -sonrió Edward. Aquella mañana, cuando había encontrado el salón reluciente y preparado para recibir gente, había deseado ponerse de rodillas para darle las gracias. En el año y medio que había estado casado con Tanya, ella no se había molestado en hacer nada parecido. Bella tenía talento para hacer que los oficiales de la subasta y los compradores se sintieran a gusto, como si la conocieran de toda la vida.
- Hacerles un poco la pelota no hace daño -le dijo Bella al oído.
Edward respiró su perfume. Aquella mujer lo excitaba más de lo que era soportable y, sin pensar, rodeó su cintura con un brazo. El roce de su piel lo hizo recordar otras veces, cuando la había hecho gemir de deseo. Y quería volver a hacerlo una y otra vez.
- Estás muy guapa esta mañana, cariño - susurró.
- Gracias -intentó sonreír Bella.
- Maravillosa.
- Compórtate -murmuró ella, incómoda.
La tentación de tomarla en sus brazos lo volvía loco. Edward se sentía como uno de los sementales de su establo, pero no le haría ningún bien a su imagen tumbar a la niñera de sus hijas sobre la mesa de caoba y hacerle el amor delante de todo el mundo. La idea lo hizo sonreír.
Como si hubiera leído sus pensamientos, Bella levantó los ojos al cielo, sacudiendo la cabeza.
- Es hora de ganar dinero -dijo Edward, dejando la taza sobre la mesa.
Durante el resto del día, Bella se dedicó a atender a los invitados mientras Edward presentaba sus animales a los compradores. A media tarde, decidió meterse en su cuarto a estudiar, pero no podía concentrarse. Por la ventana podía ver a Edward hablando con los compradores mientras los peones sacaban a los caballos del establo. Uno de los compradores señaló una yegua en particular y, después de una breve discusión, Edward negó con la cabeza.
Tenía que reconocer que lo envidiaba, envidaba su vida. Trabajaba duro y tenía raíces que se perdían cientos de años atrás. Se sentía cómodo haciendo el mismo trabajo que había hecho su familia durante generaciones. Bella no sabía nada sobre familias y tradiciones porque no había tenido nada de eso en su propia vida. Solo era una antigua amante de Edward Cullen. No podía esperar nada más. Y no lo haría.
Con un nudo en la garganta, recordó que había intentado darle todo años atrás y eso no había sido suficiente. Bella miró los libros de medicina. Aquella era su vida. No el rancho. Y, además, Edward no le había pedido que se quedara. Entonces, ¿por qué estaba mirando lo que no podía tener como si fuera lo único que deseara en la vida?
Antes de apartar los ojos de la ventana, Bella lo miró por última vez.
En la distancia, los ojos del hombre se clavaron en los suyos, como si la hubiera intuido. Con una sonrisa, Edward hizo que el caballo agachase la cabeza, como un saludo. Bella sonrió, emocionada.
Encantador. El príncipe del río Willow con barro en las botas.
- Si tengo que arrastraste y darte de comer yo mismo, lo haré Bella - dijo Edward en voz baja para que los peones no lo oyeran.
- No te atreverás -sonrió ella.
- No me tientes.
- No puedes ser tan tirano.
- Soy tu jefe.
- ¿Es una orden?
Edward suspiró, pasándose la mano por el pelo.
- Claro que no, pero estás llorando desde que se fueron las niñas y...
- No es verdad.
Él la miró, irónico. Pero le encantaba que Bella echara de menos a sus hijas.
- De acuerdo. ¿Y qué? No tengo mucho que hacer sin las niñas.
-¿Por qué no te relajas un poco? Cena con nosotros en el comedor.
- Prefiero no hacerlo.
- Soy tu jefe y te ordeno que lo hagas -insistió él.
- De acuerdo -suspiró Bella, dirigiéndose al comedor.
Los peones se levantaron al verla entrar y Jacob apartó una silla.
Le resultaba raro estar sentada con todos los hombres, pero después de una plegaria casi cómica, Bella se sintió como en casa. Hablaron sobre la subasta y Edward asignó tareas para toda la semana, sin dejar de mirarla. No podía disfrutar de la cena porque observarla era mucho más interesante. Ella creía no formar parte del rancho, pero tenía a los hombres pendientes de sus palabras. Les preguntaba por sus aficiones, sus intereses, sus familias y reía con ellos. Bromeaba con Sam sobre su pelo largo y trataba a Collin como si fuera un hombre aunque no era más que un crío. Cuando fue a llenar una jarra de agua, el chico se levantó de un salto para ayudarla. Los tenía bajo su mando y Edward era un soldado como los demás.
- Una cena estupenda, Bella -dijo Edward, señalando las bandejas vacías.
- ¿Alguien tiene más hambre? He hecho un postre casero.
¿Cuándo?, se preguntó Edward, asombrado.
Bella fue a la cocina y volvió con una tarta de chocolate.
- Te has acordado -murmuró él, sorprendido. Bella le guiñó un ojo, pero no dijo nada.
Después de la tarta, los peones se despidieron y cuando empezó a limpiar la mesa, Edward intentó ayudarla.
- No hace falta.
- Quiero ayudarte -insistió él.
-¿No tienes nada que hacer?
- No. Además, quiero preguntarte una cosa.
- ¿Qué? -preguntó Bella, sin volverse.
- ¿Quieres ir conmigo a la subasta pasado mañana? Me gustaría que entendieras lo importante que es para mí mi trabajo.
- Sé lo importante que es, Edward -dijo Bella-. No hablabas más que de este rancho cuando nos conocimos. Y siempre supe lo que era para ti.
Edward sonrió, acercándose.
- Entonces, señorita Swan, ¿puedes soportar un día o dos conmigo?
- ¿No estarás demasiado ocupado?
El negó con la cabeza.
- Los compradores vendrán mañana a echar un vistazo y, como suele haber varios interesados, la diversión es ver hasta dónde llegan.
Bella lo pensó un momento. Quería ver la subasta. Y estar con él todo un día era una tentación irresistible. Al fin y al cabo, después de eso, tendría que marcharse y todo habría terminado. ¿Por qué perder la última oportunidad de estar con Edward?
- ¿Qué me pongo?
- Lo más cómodo que tengas -contestó él. Edward estaba tan contento que hubiera deseado besarla, pero sabía que no debía hacerlo-. Además de la subasta hay un rodeo y suele ser muy divertido.
- ¿A qué hora vienen los compradores mañana?
- Después del desayuno. .
- ¿Y por qué no me lo has dicho antes? -preguntó Bella, cerrando el lavaplatos de golpe.
- ¿Qué pasa?
- ¡Mañana habrá un montón de gente en la casa! -exclamó ella, mirando alrededor. Tenía un millón de cosas que hacer, pero no sabía por dónde empezar.
- Calma, cielo. Van a venir a ver a los caballos, no a inspeccionar la casa.
Bella le dirigió una mirada de irritación.
- Ya, claro. ¿Es que tu madre no te ha enseñado nada sobre hospitalidad y buenas maneras? -preguntó Bella, saliendo de la cocina.
- Parece que no lo suficiente -murmuró Edward para sí mismo.
Los compradores empezaron a llegar a las nueve y Bella actuó como anfitriona, sirviéndoles café y sonriendo a todo el mundo. -Gracias -dijo Edward-. No tenías que hacer esto.
Ella se encogió de hombros.
- Quieres que estén contentos, ¿no?
- Sí -sonrió Edward. Aquella mañana, cuando había encontrado el salón reluciente y preparado para recibir gente, había deseado ponerse de rodillas para darle las gracias. En el año y medio que había estado casado con Tanya, ella no se había molestado en hacer nada parecido. Bella tenía talento para hacer que los oficiales de la subasta y los compradores se sintieran a gusto, como si la conocieran de toda la vida.
- Hacerles un poco la pelota no hace daño -le dijo Bella al oído.
Edward respiró su perfume. Aquella mujer lo excitaba más de lo que era soportable y, sin pensar, rodeó su cintura con un brazo. El roce de su piel lo hizo recordar otras veces, cuando la había hecho gemir de deseo. Y quería volver a hacerlo una y otra vez.
- Estás muy guapa esta mañana, cariño - susurró.
- Gracias -intentó sonreír Bella.
- Maravillosa.
- Compórtate -murmuró ella, incómoda.
La tentación de tomarla en sus brazos lo volvía loco. Edward se sentía como uno de los sementales de su establo, pero no le haría ningún bien a su imagen tumbar a la niñera de sus hijas sobre la mesa de caoba y hacerle el amor delante de todo el mundo. La idea lo hizo sonreír.
Como si hubiera leído sus pensamientos, Bella levantó los ojos al cielo, sacudiendo la cabeza.
- Es hora de ganar dinero -dijo Edward, dejando la taza sobre la mesa.
Durante el resto del día, Bella se dedicó a atender a los invitados mientras Edward presentaba sus animales a los compradores. A media tarde, decidió meterse en su cuarto a estudiar, pero no podía concentrarse. Por la ventana podía ver a Edward hablando con los compradores mientras los peones sacaban a los caballos del establo. Uno de los compradores señaló una yegua en particular y, después de una breve discusión, Edward negó con la cabeza.
Tenía que reconocer que lo envidiaba, envidaba su vida. Trabajaba duro y tenía raíces que se perdían cientos de años atrás. Se sentía cómodo haciendo el mismo trabajo que había hecho su familia durante generaciones. Bella no sabía nada sobre familias y tradiciones porque no había tenido nada de eso en su propia vida. Solo era una antigua amante de Edward Cullen. No podía esperar nada más. Y no lo haría.
Con un nudo en la garganta, recordó que había intentado darle todo años atrás y eso no había sido suficiente. Bella miró los libros de medicina. Aquella era su vida. No el rancho. Y, además, Edward no le había pedido que se quedara. Entonces, ¿por qué estaba mirando lo que no podía tener como si fuera lo único que deseara en la vida?
Antes de apartar los ojos de la ventana, Bella lo miró por última vez.
En la distancia, los ojos del hombre se clavaron en los suyos, como si la hubiera intuido. Con una sonrisa, Edward hizo que el caballo agachase la cabeza, como un saludo. Bella sonrió, emocionada.
Encantador. El príncipe del río Willow con barro en las botas.
martes, 16 de noviembre de 2010
Por siempre amantes
Capítulo Cinco
Bella intentaba con todas sus fuerzas no pensar en Edward y decidió que la mejor forma de hacerlo era jugar con las niñas. Era un buen día para hacer el tonto.
Nessie y Vanessa reían, vestidas con trajes de sus abuelas que habían encontrado en un viejo arcón. Bella llevaba un vestido de satén azul que hubiera podido ponerse Audrey Hepburn y un sombrero digno de una princesa. Habían estado en la piscina casi toda la mañana y llevaban el bañador bajo el vestido. Era lo mejor para no pensar en Edward, para no recordar lo que él había dicho: que aquella vez era diferente. Pero eso no era posible. Bella no quería ni pensado porque si lo hacía, podría volver a caer. Y, aquella vez, no había ninguna posibilidad de que abandonara su sueño.
- Me apetece bailar -dijo, levantándose para encender la radio.
Nessie y Vanessa, riendo, se pusieron a dar vueltas, moviéndose torpemente dentro de aquellos enormes vestidos. Iban a romper muchos corazones, pensó Bella.
- ¿Puedo bailar también yo o es una fiesta privada?
Cuando Bella se dio la vuelta, vio a Edward caminando hacia ellas. Y cómo caminaba. ¿Todos los hombres andaban de esa forma o solo los de Carolina del Sur? Era imposible evitar que su corazón se acelerase. Especialmente cuando lanzaba sobre ella una de esas miradas posesivas que la hacían derretirse por dentro. Como en aquel momento.
Decidida a que él no lo notara, Bella sonrió.
- ¿Sabes bailar?
- Puedo intentarlo -contestó Edward.
Había estado observando a Bella y sus hijas durante un rato sin hacerse notar. Era demasiado divertido verlas jugando. No podía imaginarse a Tanya haciendo el tonto, pero Bella siempre había sido un espíritu libre. Era una de las cosas que amaba de ella. Nunca le daba vergüenza ser espontánea.
Edward sonrió entonces. Sabía que la ponía nerviosa. Era una sensación llueva, ya que no había muchas cosas que pusieran nerviosa a aquella mujer. Bella había estado escondiéndose durante todo el día y él le había dado su espacio. No pensaba presionarla. Eso era lo que había causado discusiones entre ellos.
En ese momento, empezó a sonar una canción lenta en la radió y Edward no pudo evitar tomada entre sus brazos. Estaban muy cerca, sus muslos se rozaban y ella sentía .Las manos del hombre, fuertes y cálidas en su espalda. Edward se echó a reír cuando Bella se quitó el sombrero y lo tiró hacia atrás, mientras las gemelas aplaudían, encantadas con el espectáculo.
- ¿Qué más vas a quitarte? -susurró.
Bella decidió darle una lección. Dio un paso atrás y se bajó la cremallera del vestido, que cayó a sus pies. Después, le guiñó un ojo y se tiró a la piscina. Las gemelas estaban partidas de risa, pero Edward se quedó helado.
- ¡Tenías que verte la cara, papá! -gritó Vanessa-. Se te han puesto los ojos así -explicó, imitando la expresión de alguien que estaba siendo estrangulado.
- Ya, ya -murmuró él, inclinándose sobre el borde de la piscina-. Yo juraría que ese biquini es aún más pequeño que el otro.
- Si no te gusta, no mires.
- Cariño, ningún hombre podría dejar de mirar ese cuerpo tan bonito.
El cumplido hizo que Bella se pusiera colorada.
- Deberías saber que no puedes retarme, Edward.
Edward recordó algo en ese momento.
- ¿Recuerdas cuando hicimos el amor en la playa?
- Calla -dijo ella, mirando a las niñas que, afortunadamente, estaban muy ocupadas quitándose los vestidos-. El almuerzo está en la nevera. Y hasta la hora de la cena voy a estar muy ocupada.
- ¿Me estás echando?
- Sí, vaquero -sonrió ella-. Ve a trabajar.
- ¿Y si no quiero hacerlo?
- Tú eres el jefe.
De repente, Edward se quitó el sombrero y se tiró a la piscina, con ropa y todo.
- ¡Papá! -gritaron las gemelas, encantadas.
- No me lo puedo creer -murmuró Bella, cuando él sacó la cabeza del agua.
- ¿Por qué?
- Porque no eres tú.
- Vamos a aclarar una cosa, Bella. Las cosas son diferentes. Los dos somos diferentes. Ella levantó la guardia inmediatamente.
- Edward...
- Los dos somos mayores, más sabios y yo tengo que pensar en mis hijas. ¿No podemos tomarnos las cosas como vienen y ser amigos?
«Amigos». Bella debería sentirse dolida, pero... ¿no era eso lo que quería?
- Muy bien. Eso es lo que somos, de todas formas.
- Pues si vamos a ser amigos, será mejor que te pongas un biquini más discreto.
-Si vamos a ser amigos, Edward, tienes que dejar de mirarme como si quisieras comerme.
El se acercó, sabiendo que no era inteligente hacerlo. Sabiendo que así rompería la tregua que acababan de firmar.
- Pero es que quiero comerte, cariño -murmuró, mirando descaradamente sus pechos que amenazaban con salirse del biquini-. De un bocado.
Bella no tuvo tiempo de replicar porque él salió del agua y, después de besar a las niñas, se dirigió hacia la casa.
¿Amigos? Mentira.
Edward tiró el bolígrafo sobre la mesa y se pasó la mano por la cara. Durante dos días, había ocultado sus sentimientos delante de Bella. Había aceptado encuentros fortuitos, comidas y conversaciones con una actitud amistosa. Era un supremo esfuerzo estar a su lado y no poder tocarla, de modo que se quedaba en el corral o en los establos trabajando con los peones. Solo se veían durante la cena.
Suspirando, apagó el ordenador. No podía concentrarse. Aquella situación lo estaba volviendo loco. Cuando la vio, sentada sobre la alfombra del salón, estudiando, se preguntó de dónde sacaba energía para levantarse antes de que amaneciera y seguir despierta después de las nueve.
Edward fue a la cocina sin hacer ruido y después volvió al salón con dos vasos de té helado.
- ¿Te apetece?
- Ah, sí, gracias -sonrió ella.
Edward se sentó a su lado y le quitó el libro para leer el título.
- Creí que habías terminado de estudiar.
- He terminado la carrera y el primer año de prácticas. Pero me quedan dos años más -explicó ella-. Además, siempre tengo la impresión de que me falta algo por aprender.
Le estaba recordando que pronto se marcharía. Bella no había querido casarse con él antes de terminar la carrera y esa había sido la razón de sus peleas. Pero, aunque Edward se decía a sí mismo que había aprendido de sus errores, seguía sin poder soportar su decisión como no lo había hecho siete años antes. Quizá porque se sentía excluido de su vida.
- Lo has hecho muy bien, cariño -murmuró-. Te admiro. Muchos otros habrían abandonado al no tener medios.
- Entonces, quizá deberías pagarme más - bromeó ella.
- Lo haría encantado. Nunca he visto a mis hijas más felices.
La expresión de Bella se volvió tierna. -Son unas niñas estupendas.
Se miraron durante un segundo, con deseo, con anhelo. Con todo el anhelo de lo que no podían tener.
- ¿Quieres que te tome la lección? -preguntó Edward, mirando el libro.
Bella se lo pensó un momento y después señaló un capítulo. Una hora más tarde, estaba tumbada en el suelo bostezando entre respuesta y respuesta.
- Hora de irse a la cama, Bella - dijo Edward-. Ahora mismo.
- Te gusta demasiado darme órdenes, Cullen -sonrió ella.
- Desde luego. Y esta vez vas a obedecerme.
- Nadie me dice lo que tengo que hacer, ni siquiera lo hacía mi padre -replicó ella.
- Entendido -murmuró Edward.
Bella era una mujer independiente y so¬litaria que tenía miedo de acercarse demasiado a alguien. Y miedo de dejar la responsabilidad de su supervivencia a otro. En ese momento, ella se estiró como una gata y Edward tuvo que resistir la tentación de tirarse sobre ella y acariciada por todas partes.
Como si hubiera leído sus pensamientos, Bella se sentó y empezó a guardar los libros.
- Vete a la cama, Edward.
- De acuerdo. Buenas, noches -dijo él; mirándola a los ojos.
Edward tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no besarla. Miraba sus ojos como, un prisionero mira la llave de su libertad, preguntándose si habría escape. No había estado con una mujer desde que murió Tanya. No había querido hacerlo. Las mujeres con las que salía le parecían todas iguales. Y el sexo no lo era todo.
- Nos veremos por la mañana -se despidió Bella, dejándolo a solas con sus pensamientos.
- ¡Edward Anthony Cullen!
Edward se dio la vuelta, levantando los ojos al cielo.
- ¿Habla conmigo, señorita Swan?
- ¿Por qué no me habías dicho que las gemelas iban a pasar la semana en casa de su abuela? -preguntó Bella, con las manos en las caderas.
Edward se encogió de hombros, mientras le quitaba la silla al caballo.
- Se me olvidó.
- ¿Tus hijas, la razón por la que yo estoy aquí, se van durante toda la semana y a ti se te olvida decírmelo?
- Sí, Bella, se me ha olvidado- -suspiró él-. La semana que viene hay una subasta importante y tengo muchas cosas en la cabeza.
- Entonces, no me necesitas.
- Por supuesto que sí. Sigo necesitando una cocinera.
- Pero...
- ¿Pero qué?
-Es que...
-Las niñas eran una barrera estupenda, ¿verdad? Estando ellas, no tenías que tratar directamente conmigo.
-Eso no es verdad.
Lo era y los dos lo sabían.
- ¿Tienes miedo de estar a solas conmigo?
Bella aguantó su mirada.
- Eres la última persona en el mundo de la que tendría miedo, Edward.
- Entonces, relájate.
Relajarse, claro. Si se relajaba un poco más, se partiría por la mitad.
- Vale. ¿Qué ropa tengo que guardar para las niñas?
- ¿Por qué no llamas a mi madre y se lo preguntas?
- No.
- ¿Por qué no? -preguntó él, frunciendo el ceno. .
-Pues porque... bueno, ya sabes... tu madre sabe lo nuestro.
- Creí que no tenías miedo de nada.
Y no lo tenía. Pero conocer a su madre era pasarse de la raya. Especialmente, si quería mantener las distancias.
- Vale, la llamaré -dijo entonces Bella-. Pero si me pregunta, voy a tener que contarle muchas cosas.
- ¿Cosas que yo he hecho o las «cosas» que hacíamos los dos?
Bella miró por encima de su hombro, para ver si alguien estaba escuchado.
- Le preguntaré qué cosas hacías antes de conocernos.
- Como quieras. No tengo secretos -sonrió él.
Bella lo miró durante un segundo y después se dio la vuelta. Edward sonrió. Estaba deseando que Bella y su madre se conocieran porque sabía que ella sería su aliada.
- ¿Isabella Swan? ¿La Bella Swan de Edward? -la sorpresa en la voz de la señora Cullen hizo que Bella sonriera.
- Sí, señora.
- Creí que eras médico.
- Y lo soy. Estoy en prácticas y dentro de una semana empiezo a trabajar como interna en el hospital San Antonio.
- Ya -murmuró la mujer-. Tú no sabías que este trabajo de niñera era en casa de mi hijo, ¿verdad?
La simpatía que había en su voz era como un bálsamo para el corazón de Bella.
- La verdad es que no.
- Supongo que te quedarías sorprendida - rió la mujer al otro lado del hilo.
- Desde luego. Me parece que Ángela estaba jugando a casamentera. .
- Siempre ha sido muy traviesa esa chica. ¿Cómo está, por cierto?
- Bien. La verdad es que hace seis meses que no la veo, señora.
- Deja de llamarme señora, me hace sentir vieja. Llámame Esme.
Bella se relajó un poco.
- Muy bien, Esme. ¿Por qué no me dices qué ropa debo meter en la maleta de las niñas? -preguntó. Cuando Esme se lo estaba diciendo, las gemelas aparecieron en la cocina-. Muy bien. Mañana, después de desayunar... Sí, aquí están ahora mismo.
Bella le dio el teléfono a Nessie y las dos niñas hablaron con su abuela mientras ella sacaba las cosas de la secadora.
- Es muy buena, abuela -estaba diciendo Vanessa.
- Jugamos en la piscina y nos disfrazamos.
Y esta noche vamos a darnos un baño de espuma -añadió Nessie.
Bella abrió el grifo. No quería oír lo que decían, no quería quererlas, aunque sabía que era imposible. Las adoraba y saber que quizá no volvería a verlas nunca hacía que se le partiera el corazón.
- Bella, mi abuela quiere hablar contigo -dijo Nessie.
- Dime, Esme.
- Solo quería darte las gracias, Bella. Mis nietas parecen muy felices contigo -dijo la mujer-. Nos veremos mañana.
Bella se despidió sintiendo mariposas en el estómago.
Conocer a Esme Cullen no era el problema. El problema era estar a solas con Edward durante una semana.
A la mañana siguiente, Vanessa y Nessie llegaron corriendo a la cocina con sus camisones rosas.
- ¡Buenos días, Bella!
- Aquí están mis chicas -sonrió ella, inclinándose para recibir un abrazo. La inocencia en los ojos infantiles tocó su corazón y Bella tuvo que tragar saliva mientras les servía el desayuno.
- Ya hemos terminado -dijo Nessie un rato después-. ¿Podemos ir a jugar?
- Tenéis que vestiros. Vuestra abuela estará a punto de llegar -contestó Bella-. Y lavaos los dientes -añadió, entristecida, cuando las vio salir corriendo alegremente.
- Mucho trabajo, ¿verdad?
Bella levantó la cabeza. La madre de Edward.
- Un poco -sonrió-. ¿Seguro que quieres tenerlas en tu casa durante toda una semana?
Esme hizo un gesto con la mano. No debía tener ni sesenta años y era una mujer muy atractiva. Llevaba el pelo a media espalda, peinado de forma muy elegante y era la clase de mujer a la que miran los hombres, a pesar de su edad.
- Encantada de conocerte. Por fin -dijo, estrechando su mano. Bella sirvió dos tazas de café y las dos mujeres se sentaron a charlar-. Aunque ya conocía tu cara. Mi hijo ha llevado una fotografía tuya en la cartera durante mucho tiempo.
El corazón de Bella se encogió. Ella también tenía una fotografía de Edward guardada en la cartera. Nunca la había sacado de allí.
- Esme, seamos sinceras. Estoy aquí trabajando porque necesito el dinero. Tengo una carrera y Edward y las niñas se merecen algo más. Además, hemos acordado ser amigos.
Esme asintió.
- Vale, pero deja que te diga una cosa.
- ¿Solo una? -sonrió Bella.
- Por ahora.
- Dime.
- Mi hijo cometió un grave error hace siete años. Dale una oportunidad.
- Lo he perdonado, Esme.
La mujer inclinó la cabeza a un lado, estudiándola.
- ¿Lo sabes todo?
- Creo que sí.
- Pero sigues aquí. Supongo que eso significa algo.
- Significa que conozco mis obligaciones.
- ¿Es solo eso, una obligación?
- Claro que no –murmuro Bella. Edward y sus hijas eran mucho más que eso, pero no podía decirlo-. Me marcho, Esme. Tengo que hacerlo.
Esme no dijo nada y, unos segundos después, Bella empezó a hablar de las niñas y del rancho.
- Esta subasta es la más importante del año -dijo la madre de Edward.
- Ya me han dicho.
- ¿Estáis hablando de mí?
Bella se dio la vuelta. Edward estaba en la puerta de la cocina.
- No. Hablamos de cosas importantes -intentó bromear ella.
- Estás muy guapa, mamá -dijo Edward, besando a Esme en la mejilla.
En ese momento llegaron las niñas y después de abrazar a su abuela, Bella se las llevó al cuarto de baño para arreglarles el pelo.
- ¿Y bien? -preguntó Edward cuando estuvo a solas con su madre.
- Esa mujer está asustada, hijo.
- Lo sé -murmuró él. Esme le dio un golpe en el hombro-. ¡Ay! ¿Qué he hecho ahora?
- Esto por dejarla escapar.
- Esta vez, no -sonrió Edward.
- Me parece que no vas a poder hacer nada, cariño.
- Pero tengo que intentarlo, mamá.
Bella intentaba con todas sus fuerzas no pensar en Edward y decidió que la mejor forma de hacerlo era jugar con las niñas. Era un buen día para hacer el tonto.
Nessie y Vanessa reían, vestidas con trajes de sus abuelas que habían encontrado en un viejo arcón. Bella llevaba un vestido de satén azul que hubiera podido ponerse Audrey Hepburn y un sombrero digno de una princesa. Habían estado en la piscina casi toda la mañana y llevaban el bañador bajo el vestido. Era lo mejor para no pensar en Edward, para no recordar lo que él había dicho: que aquella vez era diferente. Pero eso no era posible. Bella no quería ni pensado porque si lo hacía, podría volver a caer. Y, aquella vez, no había ninguna posibilidad de que abandonara su sueño.
- Me apetece bailar -dijo, levantándose para encender la radio.
Nessie y Vanessa, riendo, se pusieron a dar vueltas, moviéndose torpemente dentro de aquellos enormes vestidos. Iban a romper muchos corazones, pensó Bella.
- ¿Puedo bailar también yo o es una fiesta privada?
Cuando Bella se dio la vuelta, vio a Edward caminando hacia ellas. Y cómo caminaba. ¿Todos los hombres andaban de esa forma o solo los de Carolina del Sur? Era imposible evitar que su corazón se acelerase. Especialmente cuando lanzaba sobre ella una de esas miradas posesivas que la hacían derretirse por dentro. Como en aquel momento.
Decidida a que él no lo notara, Bella sonrió.
- ¿Sabes bailar?
- Puedo intentarlo -contestó Edward.
Había estado observando a Bella y sus hijas durante un rato sin hacerse notar. Era demasiado divertido verlas jugando. No podía imaginarse a Tanya haciendo el tonto, pero Bella siempre había sido un espíritu libre. Era una de las cosas que amaba de ella. Nunca le daba vergüenza ser espontánea.
Edward sonrió entonces. Sabía que la ponía nerviosa. Era una sensación llueva, ya que no había muchas cosas que pusieran nerviosa a aquella mujer. Bella había estado escondiéndose durante todo el día y él le había dado su espacio. No pensaba presionarla. Eso era lo que había causado discusiones entre ellos.
En ese momento, empezó a sonar una canción lenta en la radió y Edward no pudo evitar tomada entre sus brazos. Estaban muy cerca, sus muslos se rozaban y ella sentía .Las manos del hombre, fuertes y cálidas en su espalda. Edward se echó a reír cuando Bella se quitó el sombrero y lo tiró hacia atrás, mientras las gemelas aplaudían, encantadas con el espectáculo.
- ¿Qué más vas a quitarte? -susurró.
Bella decidió darle una lección. Dio un paso atrás y se bajó la cremallera del vestido, que cayó a sus pies. Después, le guiñó un ojo y se tiró a la piscina. Las gemelas estaban partidas de risa, pero Edward se quedó helado.
- ¡Tenías que verte la cara, papá! -gritó Vanessa-. Se te han puesto los ojos así -explicó, imitando la expresión de alguien que estaba siendo estrangulado.
- Ya, ya -murmuró él, inclinándose sobre el borde de la piscina-. Yo juraría que ese biquini es aún más pequeño que el otro.
- Si no te gusta, no mires.
- Cariño, ningún hombre podría dejar de mirar ese cuerpo tan bonito.
El cumplido hizo que Bella se pusiera colorada.
- Deberías saber que no puedes retarme, Edward.
Edward recordó algo en ese momento.
- ¿Recuerdas cuando hicimos el amor en la playa?
- Calla -dijo ella, mirando a las niñas que, afortunadamente, estaban muy ocupadas quitándose los vestidos-. El almuerzo está en la nevera. Y hasta la hora de la cena voy a estar muy ocupada.
- ¿Me estás echando?
- Sí, vaquero -sonrió ella-. Ve a trabajar.
- ¿Y si no quiero hacerlo?
- Tú eres el jefe.
De repente, Edward se quitó el sombrero y se tiró a la piscina, con ropa y todo.
- ¡Papá! -gritaron las gemelas, encantadas.
- No me lo puedo creer -murmuró Bella, cuando él sacó la cabeza del agua.
- ¿Por qué?
- Porque no eres tú.
- Vamos a aclarar una cosa, Bella. Las cosas son diferentes. Los dos somos diferentes. Ella levantó la guardia inmediatamente.
- Edward...
- Los dos somos mayores, más sabios y yo tengo que pensar en mis hijas. ¿No podemos tomarnos las cosas como vienen y ser amigos?
«Amigos». Bella debería sentirse dolida, pero... ¿no era eso lo que quería?
- Muy bien. Eso es lo que somos, de todas formas.
- Pues si vamos a ser amigos, será mejor que te pongas un biquini más discreto.
-Si vamos a ser amigos, Edward, tienes que dejar de mirarme como si quisieras comerme.
El se acercó, sabiendo que no era inteligente hacerlo. Sabiendo que así rompería la tregua que acababan de firmar.
- Pero es que quiero comerte, cariño -murmuró, mirando descaradamente sus pechos que amenazaban con salirse del biquini-. De un bocado.
Bella no tuvo tiempo de replicar porque él salió del agua y, después de besar a las niñas, se dirigió hacia la casa.
¿Amigos? Mentira.
Edward tiró el bolígrafo sobre la mesa y se pasó la mano por la cara. Durante dos días, había ocultado sus sentimientos delante de Bella. Había aceptado encuentros fortuitos, comidas y conversaciones con una actitud amistosa. Era un supremo esfuerzo estar a su lado y no poder tocarla, de modo que se quedaba en el corral o en los establos trabajando con los peones. Solo se veían durante la cena.
Suspirando, apagó el ordenador. No podía concentrarse. Aquella situación lo estaba volviendo loco. Cuando la vio, sentada sobre la alfombra del salón, estudiando, se preguntó de dónde sacaba energía para levantarse antes de que amaneciera y seguir despierta después de las nueve.
Edward fue a la cocina sin hacer ruido y después volvió al salón con dos vasos de té helado.
- ¿Te apetece?
- Ah, sí, gracias -sonrió ella.
Edward se sentó a su lado y le quitó el libro para leer el título.
- Creí que habías terminado de estudiar.
- He terminado la carrera y el primer año de prácticas. Pero me quedan dos años más -explicó ella-. Además, siempre tengo la impresión de que me falta algo por aprender.
Le estaba recordando que pronto se marcharía. Bella no había querido casarse con él antes de terminar la carrera y esa había sido la razón de sus peleas. Pero, aunque Edward se decía a sí mismo que había aprendido de sus errores, seguía sin poder soportar su decisión como no lo había hecho siete años antes. Quizá porque se sentía excluido de su vida.
- Lo has hecho muy bien, cariño -murmuró-. Te admiro. Muchos otros habrían abandonado al no tener medios.
- Entonces, quizá deberías pagarme más - bromeó ella.
- Lo haría encantado. Nunca he visto a mis hijas más felices.
La expresión de Bella se volvió tierna. -Son unas niñas estupendas.
Se miraron durante un segundo, con deseo, con anhelo. Con todo el anhelo de lo que no podían tener.
- ¿Quieres que te tome la lección? -preguntó Edward, mirando el libro.
Bella se lo pensó un momento y después señaló un capítulo. Una hora más tarde, estaba tumbada en el suelo bostezando entre respuesta y respuesta.
- Hora de irse a la cama, Bella - dijo Edward-. Ahora mismo.
- Te gusta demasiado darme órdenes, Cullen -sonrió ella.
- Desde luego. Y esta vez vas a obedecerme.
- Nadie me dice lo que tengo que hacer, ni siquiera lo hacía mi padre -replicó ella.
- Entendido -murmuró Edward.
Bella era una mujer independiente y so¬litaria que tenía miedo de acercarse demasiado a alguien. Y miedo de dejar la responsabilidad de su supervivencia a otro. En ese momento, ella se estiró como una gata y Edward tuvo que resistir la tentación de tirarse sobre ella y acariciada por todas partes.
Como si hubiera leído sus pensamientos, Bella se sentó y empezó a guardar los libros.
- Vete a la cama, Edward.
- De acuerdo. Buenas, noches -dijo él; mirándola a los ojos.
Edward tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no besarla. Miraba sus ojos como, un prisionero mira la llave de su libertad, preguntándose si habría escape. No había estado con una mujer desde que murió Tanya. No había querido hacerlo. Las mujeres con las que salía le parecían todas iguales. Y el sexo no lo era todo.
- Nos veremos por la mañana -se despidió Bella, dejándolo a solas con sus pensamientos.
- ¡Edward Anthony Cullen!
Edward se dio la vuelta, levantando los ojos al cielo.
- ¿Habla conmigo, señorita Swan?
- ¿Por qué no me habías dicho que las gemelas iban a pasar la semana en casa de su abuela? -preguntó Bella, con las manos en las caderas.
Edward se encogió de hombros, mientras le quitaba la silla al caballo.
- Se me olvidó.
- ¿Tus hijas, la razón por la que yo estoy aquí, se van durante toda la semana y a ti se te olvida decírmelo?
- Sí, Bella, se me ha olvidado- -suspiró él-. La semana que viene hay una subasta importante y tengo muchas cosas en la cabeza.
- Entonces, no me necesitas.
- Por supuesto que sí. Sigo necesitando una cocinera.
- Pero...
- ¿Pero qué?
-Es que...
-Las niñas eran una barrera estupenda, ¿verdad? Estando ellas, no tenías que tratar directamente conmigo.
-Eso no es verdad.
Lo era y los dos lo sabían.
- ¿Tienes miedo de estar a solas conmigo?
Bella aguantó su mirada.
- Eres la última persona en el mundo de la que tendría miedo, Edward.
- Entonces, relájate.
Relajarse, claro. Si se relajaba un poco más, se partiría por la mitad.
- Vale. ¿Qué ropa tengo que guardar para las niñas?
- ¿Por qué no llamas a mi madre y se lo preguntas?
- No.
- ¿Por qué no? -preguntó él, frunciendo el ceno. .
-Pues porque... bueno, ya sabes... tu madre sabe lo nuestro.
- Creí que no tenías miedo de nada.
Y no lo tenía. Pero conocer a su madre era pasarse de la raya. Especialmente, si quería mantener las distancias.
- Vale, la llamaré -dijo entonces Bella-. Pero si me pregunta, voy a tener que contarle muchas cosas.
- ¿Cosas que yo he hecho o las «cosas» que hacíamos los dos?
Bella miró por encima de su hombro, para ver si alguien estaba escuchado.
- Le preguntaré qué cosas hacías antes de conocernos.
- Como quieras. No tengo secretos -sonrió él.
Bella lo miró durante un segundo y después se dio la vuelta. Edward sonrió. Estaba deseando que Bella y su madre se conocieran porque sabía que ella sería su aliada.
- ¿Isabella Swan? ¿La Bella Swan de Edward? -la sorpresa en la voz de la señora Cullen hizo que Bella sonriera.
- Sí, señora.
- Creí que eras médico.
- Y lo soy. Estoy en prácticas y dentro de una semana empiezo a trabajar como interna en el hospital San Antonio.
- Ya -murmuró la mujer-. Tú no sabías que este trabajo de niñera era en casa de mi hijo, ¿verdad?
La simpatía que había en su voz era como un bálsamo para el corazón de Bella.
- La verdad es que no.
- Supongo que te quedarías sorprendida - rió la mujer al otro lado del hilo.
- Desde luego. Me parece que Ángela estaba jugando a casamentera. .
- Siempre ha sido muy traviesa esa chica. ¿Cómo está, por cierto?
- Bien. La verdad es que hace seis meses que no la veo, señora.
- Deja de llamarme señora, me hace sentir vieja. Llámame Esme.
Bella se relajó un poco.
- Muy bien, Esme. ¿Por qué no me dices qué ropa debo meter en la maleta de las niñas? -preguntó. Cuando Esme se lo estaba diciendo, las gemelas aparecieron en la cocina-. Muy bien. Mañana, después de desayunar... Sí, aquí están ahora mismo.
Bella le dio el teléfono a Nessie y las dos niñas hablaron con su abuela mientras ella sacaba las cosas de la secadora.
- Es muy buena, abuela -estaba diciendo Vanessa.
- Jugamos en la piscina y nos disfrazamos.
Y esta noche vamos a darnos un baño de espuma -añadió Nessie.
Bella abrió el grifo. No quería oír lo que decían, no quería quererlas, aunque sabía que era imposible. Las adoraba y saber que quizá no volvería a verlas nunca hacía que se le partiera el corazón.
- Bella, mi abuela quiere hablar contigo -dijo Nessie.
- Dime, Esme.
- Solo quería darte las gracias, Bella. Mis nietas parecen muy felices contigo -dijo la mujer-. Nos veremos mañana.
Bella se despidió sintiendo mariposas en el estómago.
Conocer a Esme Cullen no era el problema. El problema era estar a solas con Edward durante una semana.
A la mañana siguiente, Vanessa y Nessie llegaron corriendo a la cocina con sus camisones rosas.
- ¡Buenos días, Bella!
- Aquí están mis chicas -sonrió ella, inclinándose para recibir un abrazo. La inocencia en los ojos infantiles tocó su corazón y Bella tuvo que tragar saliva mientras les servía el desayuno.
- Ya hemos terminado -dijo Nessie un rato después-. ¿Podemos ir a jugar?
- Tenéis que vestiros. Vuestra abuela estará a punto de llegar -contestó Bella-. Y lavaos los dientes -añadió, entristecida, cuando las vio salir corriendo alegremente.
- Mucho trabajo, ¿verdad?
Bella levantó la cabeza. La madre de Edward.
- Un poco -sonrió-. ¿Seguro que quieres tenerlas en tu casa durante toda una semana?
Esme hizo un gesto con la mano. No debía tener ni sesenta años y era una mujer muy atractiva. Llevaba el pelo a media espalda, peinado de forma muy elegante y era la clase de mujer a la que miran los hombres, a pesar de su edad.
- Encantada de conocerte. Por fin -dijo, estrechando su mano. Bella sirvió dos tazas de café y las dos mujeres se sentaron a charlar-. Aunque ya conocía tu cara. Mi hijo ha llevado una fotografía tuya en la cartera durante mucho tiempo.
El corazón de Bella se encogió. Ella también tenía una fotografía de Edward guardada en la cartera. Nunca la había sacado de allí.
- Esme, seamos sinceras. Estoy aquí trabajando porque necesito el dinero. Tengo una carrera y Edward y las niñas se merecen algo más. Además, hemos acordado ser amigos.
Esme asintió.
- Vale, pero deja que te diga una cosa.
- ¿Solo una? -sonrió Bella.
- Por ahora.
- Dime.
- Mi hijo cometió un grave error hace siete años. Dale una oportunidad.
- Lo he perdonado, Esme.
La mujer inclinó la cabeza a un lado, estudiándola.
- ¿Lo sabes todo?
- Creo que sí.
- Pero sigues aquí. Supongo que eso significa algo.
- Significa que conozco mis obligaciones.
- ¿Es solo eso, una obligación?
- Claro que no –murmuro Bella. Edward y sus hijas eran mucho más que eso, pero no podía decirlo-. Me marcho, Esme. Tengo que hacerlo.
Esme no dijo nada y, unos segundos después, Bella empezó a hablar de las niñas y del rancho.
- Esta subasta es la más importante del año -dijo la madre de Edward.
- Ya me han dicho.
- ¿Estáis hablando de mí?
Bella se dio la vuelta. Edward estaba en la puerta de la cocina.
- No. Hablamos de cosas importantes -intentó bromear ella.
- Estás muy guapa, mamá -dijo Edward, besando a Esme en la mejilla.
En ese momento llegaron las niñas y después de abrazar a su abuela, Bella se las llevó al cuarto de baño para arreglarles el pelo.
- ¿Y bien? -preguntó Edward cuando estuvo a solas con su madre.
- Esa mujer está asustada, hijo.
- Lo sé -murmuró él. Esme le dio un golpe en el hombro-. ¡Ay! ¿Qué he hecho ahora?
- Esto por dejarla escapar.
- Esta vez, no -sonrió Edward.
- Me parece que no vas a poder hacer nada, cariño.
- Pero tengo que intentarlo, mamá.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)