sábado, 11 de septiembre de 2010

Capítulo 5

Cuando llegaron al campamento beduino, Bella miró con interés las tiendas, colocadas en la base de un montículo de arena.
—Ésta es la tierra de los Bedu —le explicó Edward—. No se puede ver bien desde aquí, pero en el otro lado hay un pueblo con una escuela y una clínica. Y más allá se están haciendo esfuerzos de desertización.
— ¿Qué quieres decir? —preguntó Bella
—Han plantado olivos en el desierto.
— ¿Y quién los cuida? ¿Los beduinos no son nómadas?
—En el pasado sí, pero las cosas cambian… aunque algunos siguen las viejas costumbres otros empiezan a echar raíces.
Bella señaló las tiendas.
—Algunas son enormes. Pero, ¿estás diciendo que también hay casas de piedra?
—Sí, al otro lado de ese montículo.
—Yo creo que me gustan más las tiendas. Siempre he querido alojarme en un campamento beduino —dijo Bella entonces, sin pensar.

—Sí, me acuerdo —murmuró Edward.
—Pero entonces no encontramos una tienda beduina… aunque pude recorrer el desierto en camello y acampar en una tienda que montaste tú mismo —recordó ella.
Unos segundos después, Edward detenía el jeep frente a un grupo de hombres que, sentados a la sombra de una palmera, jugaban a las cartas. Uno de ellos se levantó y estrechó su mano.
—Excelencia, no sabíamos que iba a venir a visitarnos. Os damos la bienvenida. Edward miró al cielo.
—El mal tiempo nos ha obligado a parar y agradeceríamos mucho vuestra hospitalidad por esta noche.
—Encantados, Excelencia. Y puede quedarse más de una noche. Mi residencia no está lejos de aquí. Es nueva y no le faltarán lujos. Edward sonrió.
—Agradezco tu oferta, pero mi esposa quiere alojarse en una tienda beduina… si no es mucho pedir. El hombre, que Edward le había presentado como James, miró a Bella como si estuviera tocada por la luna y después miró al cielo.
—Pero Excelencia… si llegase la lluvia alrededor de la tienda todo se llenaría de fango. ¿Seguro que no quiere dormir en una casa, bajo un sólido tejado?
—Depende de mi esposa…
—Mientras no le causemos problemas a nadie, prefiero la tienda. Podría ser la experiencia de mi vida —dijo Bella.
—Muy bien, entonces dormirán en una tienda.
—Gracias, James.
La tienda a la que los llevaron era más grande de lo que Bella esperaba y mucho más lujosa que los refugios a las afueras del campamento. El interior estaba dividido en varios espacios.
—Ésta es la sala de reuniones —le explicó Edward, señalando una zona en la que había una especie de diván enorme con varios almohadones alrededor—. Tradicionalmente, la zona separada por cortinas es donde las mujeres hacen la comida y donde la familia duerme por la noche. Pero esta tienda está mejor diseñada. Probablemente la reservan para visitas de dignatarios y cosas así, de modo que no hay cocina.
— ¿Suelen recibir muchas visitas?
—El programa de desertizado ha atraído mucho interés… incluso de Naciones Unidas.
—No es tan modesta como yo esperaba.
Edward apartó una cortina tras la que había un par de divanes. Aquél debía ser el dormitorio, pensó Bella. Inmediatamente, el ambiente se volvió un poco más tenso.
—Creo que necesito lavarme un poco —murmuró, deseando salir de allí.
Tenía la impresión de que iba a gustarle que la tienda fuera más espaciosa de lo que había imaginado. Quizá habría sido más inteligente alojarse en una casa… al menos allí habría tenido su propio dormitorio.
—Puedes bañarte más tarde —dijo Edward—. Después de cenar. Ahora usa el agua de la jarra para refrescarte si quieres. Nuestros anfitriones llegarán enseguida con el equipaje. Y tengo que comprobar que Noor está bien atendida.

Una hora después las nubes, aunque ominosas, parecían haberse alejado un poco. James, el jefe del clan, se ofreció a enseñarles el pueblo.
Unos minutos después subían todos al viejo todoterreno de su anfitrión para recorrer una carretera de tierra. Edward, sentado delante, al lado de James, y Bella al lado de su esposa, Victoria.
Por la conversación que mantenían, Bella se dio cuenta de que Edward estaba más involucrado en el proceso de desertización de lo que le había dado a entender.
Unos minutos después llegaban al pueblo. Un grupo de niños, reunidos alrededor de una bicicleta apoyada en un árbol raquítico, se volvieron para mirarlos con curiosidad.
Bella bajó del coche y siguió a los hombres. Un grupo de mujeres tejía alfombras en color granate, rojo, azul topacio, verde esmeralda…
—Son preciosas.
Una de las mujeres sonrió.
— ¿Cuánto tiempo tarda en hacer una de estas alfombras?
La mujer la miró, sin entender.
—No habla tu idioma —dijo Edward, traduciendo después—. Dice que depende de cuántas mujeres trabajen en ella.
—Deben venderlas por mucho dinero.
—No, aún no las venden. Pero cuando lo hagan, el dinero servirá para levantar el pueblo. Las infraestructuras y todo lo demás.
—Esas alfombras son preciosas. Conozco a gente en Auckland que pagaría una fortuna por ellas.
Bella pensó en Jake, en su casa en Remuera, con su colección de muebles y libros antiguos.
—Ellas mismas se encargarán de la contabilidad y de la distribución. Pero quieren tener suficientes alfombras para abrir mercado.
—Y muchas de las mujeres no saben leer ni escribir, así que es más difícil —dijo Victoria, detrás de ella.
—Pensé que Zayed era un país progresista, que el dinero del petróleo se dedicaba en parte a la educación de sus ciudadanos.
—Así es —asintió Edward—. Pero hay muchas tribus nómadas en Zayed.
—Y algunos son demasiado viejos para aprender —añadió Victoria.
Bella lo pensó un momento.
—Nadie es demasiado viejo para aprender.

La luz del día empezaba a desaparecer mientras volvían al campamento. La noche cayó como una capa negra sobre el desierto y Bella se encontró temblando cuando la temperatura bajó de repente. Pero la lluvia que había amenazado con caer durante todo el día no cayó, para alegría de sus anfitriones.
Los Bedu habían preparado una fiesta para celebrar su llegada. Encendieron una hoguera y todo el mundo se sentó alrededor para cenar.
Una hora después, Bella estaba ahíta y cansada, pero observaba a los hombres alrededor de la hoguera, todos buscando la atención de Edward. Él escuchaba, asentía con la cabeza, decía algunas palabras y luego se volvía hacia el siguiente.
Victoria se acercó a ella con un recipiente de cobre y murmuró algo que no entendió.
— ¿Qué es?
Antes de que Victoria pudiera contestar, lo hizo Edward:
—Victoria te ofrece café.
— ¿Café? Qué maravilla.
—Es café beduino. Fuerte y amargo. Más oscuro que el café al que estás acostumbrada, por el cardamomo. Y tienes que beberte la taza de un solo trago.
—Muy bien —Bella respiró profundamente y tomó un trago… pero estuvo a punto de atragantarse por lo amargo que era—. Menos mal que en estas tacitas no caben más de uno o dos tragos.
Edward soltó una carcajada. Y Bella lo miró, sorprendida. ¿Cuánto tiempo hacía que no lo oía reír así? Su alegría de vivir, su risa contagiosa habían sido lo que más le gustó de él cuando se conocieron en Londres.
Y no había sabido hasta aquel momento cuánto echaba eso de menos.
Victoria volvió entonces con más café. Edward también aceptó una taza y sonrió a la mujer, que bajó los ojos con timidez.
— ¿Cómo voy a tomarme esto? —suspiró Bella.
—Si no puedes, dámela a mí.
—No quiero ser grosera —murmuró ella, tomando el amargo café.
— ¿Sigue siendo tan amargo?
Sin darse cuenta, Bella se pasó la lengua por los labios. Y, al ver ese gesto, los ojos de Edward se convirtieron en negros carbones llenos de pasión.
—No, no demasiado —murmuró, apartando la mirada.
—Aceptar una tercera taza de café significa que te consideras de la familia. Si la rechazas… será considerado una grosería.
Bella asintió con la cabeza y se la tomó intentando con todas sus fuerzas no hacer una mueca de asco.
—Ahora puedes rechazar la cuarta. Porque después de tres tazas se considera una grosería tomar otra.
—Gracias a Dios —suspiró Bella.
—Lo has hecho bien. Ven, es hora de dar las buenas noches.
Un cosquilleo extraño empezó en la boca de su estómago mientras atravesaban el campamento, el cielo de color índigo sobre sus cabezas. Bella veía la negrura del desierto, que se extendía más allá de las tiendas, el silencio roto sólo por la conversación de algunos hombres aún reunidos alrededor del fuego.
Su tienda, sin embargo, estaba iluminada por la suave luz de las velas.
—En la zona del dormitorio hay un baño preparado para ti —dijo Edward—. Victoria se ha encargado de todo.
—Ah. Pensé que habría un baño…
—Y lo hay. Baños comunales. Sin duda Victoria ha pensado que preferirías bañarte en privado.
¿En privado? ¿Con Edward allí?
Arrastrando los pies, Bella apartó la cortina. Al otro lado la esperaba una bañera humeante y aromática. Y después de tan largo viaje resultaba imposible rechazar aquella invitación. Rápidamente se quitó la ropa y se metió en el agua caliente. Intentó relajarse, pero no podía. Con Edward al otro lado de la cortina era imposible.

Edward estaba tumbado en el diván, escuchando el ruido del agua cada vez que Bella se movía en la bañera.
Era Bella, su esposa, a quien él había expulsado de Zayed.
Cerró los ojos, intentando no escuchar aquel ruido. Pero podía verla. Desnuda, en una bañera a menos de dos metros de él. Su largo pelo sujeto sobre la cabeza, sus mejillas rojas por el calor…
No. No podía pensar en ello. El beso de la otra noche había sido una aberración. Un error causado por su sentimiento protector al ver que Aro la trataba con desprecio. Ese beso no iba a repetirse. Había sido inspirado por la compasión, por su instinto protector, nada más.
No podía desear a su mujer. Ya no. Después de lo que había pasado…
Edward la oyó moverse en la bañera de nuevo. No podía soportarlo.
— ¿Necesitas algo?
—No, estoy bien.
Al fin, silencio.
Se decía a sí mismo que era alivio lo que sentía, que no estaba pensando en sus brillantes ojos castaños, ni en su sonrisa mientras tomaba el amargo café. No estaba imaginando su blanca piel bajo el agua o la suave curva de sus pechos, los oscuros pezones que tanto le gustaba acariciar…
Pero cuando su cuerpo reaccionó ante esos pensamientos supo que estaba mintiéndose a sí mismo.
El descubrimiento fue devastador.
— ¿Edward?
Él se levantó inmediatamente.
—No entres —le advirtió Bella.
—No lo haré —contestó él. No se atrevía—. ¿Qué quieres?
—Jabón, por favor.
— ¿Y cómo voy a darte el jabón si no entro?
—No lo sé —Bella contestó en voz tan baja que tuvo que hacer un esfuerzo para oírla—. Bueno, déjalo, puedo pasarme sin él.
—Te sentirás mejor si te bañas como es debido.
—Sí, supongo que sí.
Edward encontró el jabón sobre una mesita, junto a una toalla blanca y un bote de champú.
— ¿Quieres champú también?
—Sí, por favor. Si no te importa.
—No me importa —contestó él con voz ronca. Ojalá fuese verdad—. ¿Y cómo voy a darte todo esto sin abrir la cortina?
—Cierra los ojos. Y entra despacio. Yo te diré dónde puedes dejarlo.
Edward apartó la cortina y cerró los ojos como Bella le había pedido.
—Aquí estoy.
«No mires».
Pero Bella estaba desnuda a un metro de él.
«No lo pienses».
¿Cómo no iba a pensarlo? Había pasado tanto tiempo desde la última vez que vio sus pechos, los pezones oscuros, el estómago plano, el triángulo de rizos oscuros…
El deseo lo recorrió de arriba abajo, haciéndolo temblar.
Edward luchó contra la tentación de abrir los ojos.
Y ganó.
Rápidamente, dio un paso adelante. El aroma a aceite de jazmín llenaba toda la alcoba, sensual, potente.
— ¡Para!
Él obedeció, increíblemente excitado por el agua perfumada, por la imagen de Bella desnuda, por estar haciendo tareas personales e íntimas a las órdenes de su esposa.
Su esposa.
—Alarga la mano con el jabón.
Como un autómata, Edward alargó la mano. La toalla cayó a sus pies y enseguida la oyó chapotear. Sabía que Bella debía estar sentándose en la bañera, sus pechos se habrían movido, mojados…
Tuvo que cerrar los ojos con fuerza para contener el deseo de mirar.
—Puedes soltarlo.
Sólo entonces se dio cuenta de que estaba sujetando el jabón y el champú con tanta fuerza que el bote se había doblado. Bella alargó una mano mojada y, sin abrir los ojos, Edward contuvo un gemido al notar el roce.
—Tengo el champú, suéltalo.
Él obedeció de nuevo. Bella debió tomar el champú, pero oyó que el jabón caía al agua. Incapaz de resistir, abrió los ojos.
El bote de champú estaba al borde de la bañera y Bella se inclinaba hacia delante buscando el jabón con las dos manos dentro del agua. Desde aquel ángulo, sus pechos, que recordaba tan bien, eran blancos y suaves, grandes. Tenía el pelo sujeto sobre la cabeza y la nuca expuesta…
Aun sabiendo que a Bella no le gustaría que hubiese mirado, que lo que estaba haciendo era algo malo y prohibido, Edward no pudo dejar de mirar a su mujer; una mujer que lo único que quería era librarse de él. Sin embargo, deseaba inclinarse hacia delante y besar su nuca, acariciar su espalda, meter la mano en el agua y tocar sus pechos.
¿Qué estaba haciendo? Jamás la aceptaría de nuevo. Lo que Bella había hecho era terrible, imperdonable…
Edward se dio la vuelta y salió de la tienda. Se alejó de la tentación. Cuando volvió, después de una larga ducha fría en los aseos comunales, ella estaba dormida.
Tumbada de lado, con las manos bajo la mejilla, parecía tan joven como el día que se conocieron en la galería Tate.
Tomando una manta de angora, Edward la colocó sobre ella por si tenía frío. Luego se tumbó en el otro diván, mirando aquella piel de alabastro, los labios rojos que parecían hechos para besar…
Edward intentó controlar el deseo de besarla. Le temblaban las manos mientras apartaba el pelo de su cara. Lo mataba saber que seguía deseando a su mujer.
A pesar de lo que había hecho.
Bella despertó temprano a la mañana siguiente. La tienda estaba a oscuras y no había señales de Edward. A tientas, buscó la caja de cerillas que había dejado cerca de su diván por la noche y encendió una vela. Luego, mientras se lavaba la cara con el agua de una palangana, se preguntó dónde estaría Edward.
Sujetando la vela, volvió al dormitorio y se detuvo al ver la marca de un cuerpo en el diván que estaba al lado del suyo. Edward debía haber dormido a su lado durante toda la noche sin que ella lo supiera. Bella sintió un cosquilleo en el estómago…
Pero no quería pensar.
Dejando la vela sobre una mesita, buscó unos pantalones en su bolsa de viaje y un vestido largo con estampado de leopardo para ponerse encima. Los primeros rayos del sol empezaban a colarse por la entrada abierta de la tienda. Atándose un pañuelo de seda en la cabeza, tomó sus gafas de sol y se aventuró fuera.
El aire de la mañana era fresco. Afortunadamente, no había llovido, de modo que el suelo estaba seco.
El día anterior Edward había dicho que las nubes podrían disiparse y estaba en lo cierto. Sobre su cabeza había un cielo perfectamente azul y el aire olía a la arena seca del desierto. Bella miró alrededor, buscando a su marido, pero no lo encontró. Luego dio la vuelta a la tienda, para ver si estaba el jeep, pero también había desaparecido.
Sin embargo, no lejos de la tienda vio la figura de un hombre… y a un halcón volando sobre su cabeza.
Edward.
Y Noor.
Debería haber recordado que las distancias en el desierto siempre eran muy engañosas. Tardó quince minutos en llegar hasta ellos. Noor había vuelto con su amo y estaba encaramada en su guante.
—Buenos días. ¿Has dormido bien? —le preguntó Edward.
—Sí. ¿Y tú?
—También.
¿Era cierto? Bella examinó su rostro. Edward tenía ojeras. Quizá la preocupación por su padre lo había mantenido despierto toda la noche.
— ¿Te han llegado noticias de palacio?
—He hablado con mi padre y parece estar un poco mejor. Su enfermero dice que se ha recuperado de forma inesperada. Aunque eso no cambia nada, al menos no está sufriendo.
—Y al menos estará en palacio cuando regreses.
—Inshallah.
«Si ése es el deseo de Dios».
Suspirando, Bella examinó al halcón.
—No recuerdo que Khan llevase eso —dijo, señalando un cablecito que colgaba de su pata.
—Es un transmisor. Me gusta cazar a la antigua, pero no quiero perder a Noor, así que decidí usar la tecnología que tengo a mi disposición.
— ¿Cuándo murió Khan?
—Poco después de que tú te fueras.
Bella decidió no preguntar cómo. Pero le dolía la distancia que había entre ellos y, por un momento, deseó volver a reír con él, como habían hecho por la noche mientras compartían el amargo café.
—Pero sigues teniendo halcones.
—Sí. Es parte de lo que soy, de lo que siempre seré.
Bella sospechó que esa frase contenía una advertencia. Cuando la llevó a Zayed por primera vez le pareció que la cetrería era una cosa bárbara, nada que ver con sus nociones románticas de lo que sería un jeque del desierto montado en un semental árabe mientras un halcón cabalgaba sobre su brazo.
—Eres un jeque y un experto en cetrería, ya lo sé.
Un mundo ajeno a ella. No tenían nada en común.
—Y un hombre.
Bella lo miró, sorprendida. Sí, era un hombre. Y ella era una mujer. Y estaban unidos por los lazos del deseo.
Por el sexo.
Y nada más.
Bella apartó la mirada para no pensar en la atracción que había entre ellos. Eso era el pasado. ¿O no? El beso de la otra noche seguía repitiéndose en su cabeza. Y, sobre todo, su ardiente respuesta. No, la atracción seguía ahí.
Pero tenía que contenerla como fuera.
—Dime por qué te dedicas a la cetrería —suspiró, para cambiar de conversación.
—Tenía cinco años cuando fui con mi padre a cazar por primera vez —contestó Edward—. Es costumbre que el emir enseñe a sus hijos a cazar con halcones. Aún no había empezado a ir al colegio y nunca olvidaré ese día. Fue un momento memorable para mí… un mes después mi madre nos abandonó.
—No sabía que recordaras a tu madre. Pero supongo que la verías de vez en cuando después de eso.
Que se negase a hablar sobre su madre había despertado su curiosidad. En el pasado no lo tuvo en cuenta. Era tan joven, estaba tan enamorada… sólo pensaba en Edward y, después, en su propia agonía.
—Cada otoño los halcones se dirigen al sur desde el hemisferio norte y se detienen en Zayed —siguió Edward, ignorando la pregunta sobre su madre—. Los halcones peregrinos emigran un poco antes…
No, no iba a hablar sobre su madre, pensó Bella, mientras él seguía contándole cosas sobre cetrería. Pero al menos había roto su taciturno silencio.
— ¿Crees que Noor tiene hambre?
—Probablemente. La pobre se perdió un grupo de palomas hace rato.
— ¿Y encontrará alguna presa?
Edward se encogió de hombros.
—Si no la encuentra tengo comida en el jeep. Pero después de tantas horas en el coche quiero darle la oportunidad de que ejercite las alas. Hay mucho espacio en el desierto para hacerlo y muchos pájaros para comer.
— ¿Muchos pájaros, aquí?
—Sí, muchos —contestó él—. Hace años, cuando la población de halcones empezó a descender, tuve que crear un programa de repoblación de presas. Ahora las soltamos anualmente…
— ¿Para que los halconeros puedan cazar?
—Sin cazadores no habría halcones. Desaparecerían para siempre. ¿Eso es lo que quieres?
—No —admitió ella.
—Y habría menos gente interesada en la vida en el desierto, en la conservación del hábitat de estos animales —añadió Edward, apasionado.
—Sí, en fin, supongo que tienes razón.
—Un halconero debe amar y respetar las tradiciones.
Amor y respeto. Eso era lo que Bella había querido de él. Pero Edward no la había respetado.
Como si hubiera ocurrido el día anterior, lo recordaba entrando como una tromba en la biblioteca donde Mike, el restaurador de libros contratado por el emir y su único amigo en Zayed, le estaba mostrando una primera edición de Las cartas de Plinio.
Edward, al verlos hablando en voz baja, exigió que fuese con él de inmediato. Estaba tan furioso que sus ojos, que tanto había amado, brillaban como los de un tigre.
Incluso ahora el recuerdo de ese momento hacía que se le formase un nudo en la garganta.
Bella respiró profundamente, intentando relajarse.
—Yo siempre había imaginado a los beduinos sobre sus caballos, con el halcón sujeto al brazo o algo así.
—Esa época ha desaparecido. El mundo ha cambiado y la cetrería también. Ahora usamos GPS y transmisores.
Ella asintió con la cabeza, pensativa. Parecía un guerrero del desierto. Fiero, implacable. Sin embargo, estaba tan cómodo con un traje de chaqueta como con el traje tradicional. Tan cómodo en Londres como en medio de las dunas.
— ¿Echas de menos el antiguo Zayed?
—Da igual que lo eche de menos. Todo cambia. Inshallah.
Algo en el tono en que lo dijo la hizo sospechar que estaba pensando en su padre. Cuando muriese, el mundo de Edward cambiaría por completo. Su padre se habría ido y él sería el emir de Zayed, el hombre más poderoso del país… y entonces le daría el divorcio.
Nada era nunca lo mismo.
Ni siquiera en el desierto. Allí, el viento hacía que las dunas cambiasen de forma, como el susurro diabólico del emir había hecho que el amor de Edward por ella se convirtiera en odio.
— ¿Dónde está Noor? —preguntó Bella, con voz ronca, percatándose de que el halcón había desaparecido—. ¿No ha volado ya suficiente? Tengo que desayunar.
—Debemos esperar. Hay un dicho popular en mi país sobre los halconeros… ¿quién entrena a quién? —En los labios de Edward apareció algo parecido a una sonrisa—. El halconero debe ser paciente y confiar.
Era la primera vez que lo veía sonreír de verdad en mucho tiempo. Y, aunque no fuera más que una sombra de sonrisa, merecía la pena. Además, Bella sabía que él nunca había confiado en nadie de verdad.
— ¿Confías en que Noor vuelva?
—Claro que sí. Y si tienes hambre hay barritas de cereal en el coche.
— ¿Cómo sabes que Noor sigue ahí? ¿Que no se ha ido lejos?
—Mira esto —Edward apuntó el mando del transmisor hacia el cielo y se encendió un piloto rojo—. ¿Lo ves? Está ahí. Encima de nosotros. Vigilando nuestros movimientos.
—Asombroso —murmuró ella.
—Y ahora la cosa se pondrá interesante. ¿Ves eso? Es una houbara, la presa favorita de Noor —dijo Edward, pasándole un brazo por los hombros.
Bajo el peso de su brazo, Bella se quedó inmóvil.
«Respira».
Inhalar. Exhalar. Otra vez.
— ¿A qué esperas? Mira, te lo vas a perder.
—Pero es muy grande —consiguió decir Bella, con un nudo en la garganta—. No es una paloma ni nada parecido.
—Creo que en tu idioma es una avutarda.
Sobre su cabeza vio algo entonces. Noor.
—Está cazando —Edward le abrió la puerta del jeep—. Y necesitará toda su habilidad para cazar un pájaro tan veloz como ése. Tendrá que golpearlo con fuerza con el pico para derribarlo.
— ¿Y luego qué?
—Noor tiene menos habilidad en el suelo que en el aire y si debe enfrentarse con una presa viva puede resultar herida.
—Espero que no —murmuró Bella.
Edward giró la cabeza para mirarla y, por un momento, el tiempo pareció detenerse. Pero ese momento pasó enseguida.
—Noor es una superviviente —murmuró, arrancando el jeep—. Vamos a buscarla.



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5 comentarios:

  1. Holaaa

    Me a encandado la historia, las he leido de jalon.

    Besos!

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  2. holaaaaaaaa me gusto muchisimooo estee capii...bueno por lo menos pudieron conversar sin peliarsee estan llevandose un poco mejorr...yo quiero que se arreglennno se pueden divorciarr jeje!!! gracias a ambas por responderme los comentarioss...bueno me voy a leer el que sigue que vi que ya lo subiste!!besoss

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  3. Hola cielo!!! me encató el momento..baño,fué supererotico mmmmm.....me encanta!!!! Besos!!!

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  4. Me ha gustado mucho el capítulo, ese acercamiento de Bella y Edward con el café y con Noor, y la escena del baño muy sensual, aunque me he quedado con ganas de que pasara algo mas entre ellos...

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