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sábado, 18 de septiembre de 2010

Necesariamente suya

Capítulo 11
El funeral tuvo lugar dos días después.
Bella no podía creer la cantidad de caras famosas que acudieron: jefes de Estado y hombres de negocios de todo el mundo fueron a despedirse de Carlisle, el emir de Zayed.
Y cuando estaban tomando café en los jardines, después de la ceremonia, un chillido familiar en el cielo llamó su atención.
¡Noor!
Bella buscó a Edward con la mirada y comprobó que él ya había visto a su halcón. Parecía casi feliz.
Edward amaba a los halcones, pero no esperaba que sus aves lo amasen. Su amor era incondicional. Había amado a su padre sin esperar nada, sin exigir nada…
Su marido había crecido en un mundo duro, rodeado de hombres. Sin mujeres que le enseñaran el lado más cálido de la vida.
Sin mujeres que lo amasen.
Salvo ella.
Ella lo amaba.
Pero Edward no sabía cómo responder a ese amor. ¿Debería sorprenderla eso?
Era fácil llegar a un acuerdo con un halcón.
Amar a Edward nunca sería fácil.
—Bella.
Bella se volvió al oír su voz. Parecía sereno, pero ella sabía que la muerte de su padre lo había tomado por sorpresa, a pesar de saber que estaba muy enfermo.
—Es genial que Noor haya vuelto.
—Me la llevo a su sitio —le dijo Edward—. Pero apenas te he visto en dos días. Cuando vuelva, tenemos que encontrar tiempo para hablar.
Bella lo miró, sorprendida. En el pasado, Edward jamás se había preocupado por buscar tiempo para estar con ella y mucho menos para hablar. Pero era verdad, tenían que hacerlo.

—Quiero… verla.
Estaban sentados en el estudio de Edward, delante del ordenador. En la pantalla había una fotografía de Nessie en su primer día de colegio. Bella no tuvo que preguntar a quién se refería. Edward no podía apartar los ojos de la pantalla.
— ¿Por qué?
—Quiero recuperar a mi hija. Lo que hiciste, secuestrarla, fue ilegal…
—Yo no secuestré a nadie, Edward. Tú me echaste de aquí —suspiró Bella.
—Pero la adopción tiene que ser ilegal. Nunca debería haberse ido de Zayed.
— ¿Cómo puedes decir eso? Tú me echaste de aquí. Te dije mil veces que el hijo que esperaba era tuyo y tú no quisiste creerme…
—Fui un idiota, lo sé.
—Y lo estás siendo ahora. No puedes recuperar a Nessie.
—Tengo que verla.
—Edward, prométeme que no intentarás arrebatársela a mi hermana.
—No puedo prometerte eso.
Bella apretó los labios.
—Si usas tu poder y tu dinero para quitársela a mi hermana, jamás te perdonaré.

El vuelo hasta Auckland fue muy largo, pero transcurrió sin incidentes. Y en cuanto llegaron al hotel, porque Edward había insistido en reservar habitación en el mejor hotel de la ciudad, Bella llamó a su hermana.
—Nos ha invitado a tomar café mañana.
— ¿Café? ¿Cómo voy a poder tomar nada mientras veo a mi hija por primera vez? —protestó Edward, pasándose una mano por el pelo.
—No tienes elección.
Al día siguiente fueron a Remuera, donde vivía Rosalie. Edward miraba alrededor con interés. Quería saber cómo vivía su hija. Y, al menos, la casa parecía muy agradable.
La puerta se abrió y el corazón se le puso en la garganta. Su hija lo miró. Y Edward se enamoró por completo.
Nessie era la niña más guapa que había visto en toda su vida. Tenía la piel muy blanca, como su madre, y el pelo oscuro. Pero sus ojos eran chocolates. Como los de su madre.
—Tú eres… —Edward no terminó la frase. ¿Cómo iba a decirle a esa niña que era su padre?
La hija que su padre había querido… que Bella abortase.
Era terrible.
—Hola.
— ¿Quién eres tú?
—Yo soy… soy, el marido de tu tía Bella.
—Ah, entonces puedo hablar contigo. Mi mamá dice que no puedo hablar con extraños.
Extraños.
Su propia sangre. Su hija. Le dolía terriblemente. Su madre no era Bella, su mamá era la hermana de Bella.
Edward se pasó una mano por la cara.
— ¿Te duele la cabeza? Cuando a mí me duele la cabeza a veces bebo agua porque así no me des… —Nessie arrugó el ceño.
—No te deshidratas.
—Sí, eso —sonrió la niña.
Edward sabía que el agua no lo ayudaría en absoluto. Se le estaba rompiendo el corazón. Si exigía llevarse a esa niña con él a Zayed, perdería a Bella para siempre. No tenía la menor duda.
Y había vivido demasiados años sin ella.
Edward volvió a mirar a Nessie. Deberían ser una familia. Bella, Nessie y él. Pero su desconfianza había evitado eso para siempre.
¿Qué había hecho?

Bella observaba a su marido tomando café, maravillándose de su habilidad para esconder sus sentimientos. Mirándolo, nadie se daría cuenta de lo que aquella ocasión significaba para él… salvo por la sensibilidad que mostraba hacia Nessie.
Sólo después de que, por tercera vez, le ofreciese una galleta, Rosalie le dijo al oído:
—Sabe que es su hija.
Bella asintió con la cabeza.
—Que Dios nos ayude —su hermana se levantó y salió de la habitación.
Emmett no se dio cuenta de lo que pasaba, de modo que Bella la siguió a la cocina. Encontró a Rosalie llorando, apoyada en la nevera.
—Se la va a llevar, ¿verdad?
—Rose…
— ¿Qué podemos hacer? ¿Cómo podemos evitarlo?
—Yo nunca le arrebataría un hijo a su madre.
Las dos se volvieron. Edward estaba en la puerta y el rostro ansioso de Emmett apareció enseguida tras él.
—He perdido a mi hija por mis propios actos, por mi propia estupidez. Vosotros no perderéis a vuestra hija por mi culpa.
— ¿No quieres llevarte a Nessie? —preguntó Rosalie.
—Me gustaría, claro, pero no voy a hacerlo. Ya no es mi hija. Habla de su hermana Alice, de su madre… lo único que yo puedo aspirar es a ser su tío —suspiró Edward—. Perdí mis derechos hace años. Y, gracias a mi estupidez, también perdí a Bella. Tendré que vivir con eso durante el resto de mi vida, pero soy afortunado. Porque no he perdido a mi esposa, a la mujer que amo más que a nada en este mundo.
Bella contuvo el aliento.
— ¿Me amas?
—Claro que sí, nuur il—en. Y he estado a punto de perderte a ti también.
Ella apretó su mano.
—Tendremos otros hijos.
—Pero nunca una primera hija con tu pelo y tus ojos. A ella la he perdido para siempre —el dolor que había en su voz hizo que Bella se atragantase.
—Edward… —Rosalie puso una mano sobre su hombro—. Bella y tú podéis venir a visitarla cuando queráis. Quizá cuando sea mayor podría ir a Zayed en vacaciones… si Nessie quiere.
— ¿Dejarías que nos visitara? ¿Al otro lado del mundo?
—Rosalie está diciendo algo más, Edward. Piensa decirle a Nessie quiénes son sus padres. Eso es lo que querías decir, ¿verdad? —sugirió Bella.
Rosalie miró a Emmett, que asintió con la cabeza.
—Sí, se lo diremos.
Edward miró a Bella, emocionado.
—Si Nessie… o Alice necesitan algo, lo que sea, decídmelo y lo tendrán de inmediato. En realidad, he tenido suerte.

De vuelta en la habitación del hotel, Bella le preguntó:
— ¿Vas a volver a decirlo?
— ¿Decir qué? —Edward se tiró sobre la cama.
— ¿Vas a volver a decirme que me quieres?
Su marido se puso muy serio.
—Voy a prestar atención al consejo de mi padre. Mi madre nunca supo que la quería, por eso buscó a otro hombre. Voy a tratarte mucho mejor que la última vez, Bella. No te dejaré sola y te haré saber que te quiero cada día. No pienso arriesgarme a perderte otra vez. Te lo prometo.
—Yo también te quiero, Edward. Y no necesito que me compres lingotes de oro. Lo único que quiero es que tengas confianza en mí.
—La tengo, Bella. Pero… ¿serás capaz de marcharte de Auckland, de dejar a Nessie?
Ella respiró profundamente.
—Sin ti, mi vida es un desierto, Edward. Y en el desierto no hay vida.
— ¡Mi esposa! —exclamó él, tomándola entre sus brazos.
—Siempre echaré de menos a Nessie y eso no será fácil. Solía visitarla a menudo y no tenerla cerca será… como arrancarme un trocito del corazón.
—Lo siento mucho…
—Es preciosa, ¿verdad? Y ha hecho tan felices a Rosalie y a Emmett. Ella ha completado la familia.
—Eres muy generosa, nuur il—en.
—No me resulta difícil —murmuró Bella, mientras se inclinaba para besar a su marido, un hombre que parecía fiero pero se derretía con sus caricias—. Te tengo a ti, amor mío.


Fin


Bueno se acabo, spero que le haya gustado.
Pronto subire otra adapatacion, nos vemos.
Bsos
Pescui

viernes, 17 de septiembre de 2010

Necesariamente suya

Capítulo 10
Durante los días siguientes, Edward se reunió con Aro, Cayo y Eleazar, pero le dijo a Bella que estaban a punto de llegar a una solución. Ella, mientras tanto, vivía día a día, intentando no pensar en el futuro… ni en el pasado.
Dormían juntos, pero Bella insistía en volver de madrugada a su habitación para revolver las sábanas de su cama. Pronto Edward y ella estarían divorciados y necesitaba mantener algún tipo de separación en su mente. Haciendo eso se obligaba a sí misma a creer que no estaban juntos. Aunque era difícil pensar en algo que no fueran las noches ardientes en las que quemaban las sábanas…
Una de esas noches, después de la cena, Eleazar quiso hablar con ella aparte.
—El jeque Edward es un maestro halconero —le dijo—. La clase de hombre que toma lo que ha aprendido en el desierto y lo aplica a la vida normal. Es sabio, paciente. Será un buen emir.
—Si hubiera sabido quién era no me habría casado con él —dijo Bella.
Eleazar levantó una ceja.
—Quizá es por eso por lo que no te lo dijo.
— ¿Qué quieres decir?
—Edward es un hombre capaz de grandes pasiones. Si pudiera compartir el amor que tiene por sus halcones con el resto del mundo… pero parece más relajado cuando tú estás cerca. Cuando no estás se muestra inquieto, como si le faltara algo.
—Edward no me necesita.
—Te necesita más de lo que crees. ¿De no ser así por qué no ha vuelto a casarse? Ha tenido muchas oportunidades.
Bella apretó los labios.
—Antes de casarse tendría que divorciarse de mí.
— ¿Y no te has preguntado nunca por qué no lo ha hecho? —Sonrió Eleazar—. Porque quizá deberías hacerlo.

Y pensábamos que serían sólo tres días fuera de Zayed —dijo Bella una mañana, mientras se vestían a toda prisa.
Se habían quedado dormidos. Había despertado en brazos de Edward, con el sol entrando por la ventana. Debían ser más de las diez.
— ¿Te habrías perdido un solo minuto? —sonrió él, acariciando su cara. .
Ella negó con la cabeza.
—Pero estoy preocupada por tu padre. No quiero que un día lamentes haber estado fuera de Zayed cuando más te necesitaba.
—Hablo con él todos los días por teléfono y se encuentra mejor que en muchos meses. Pero creo que podremos irnos mañana. Los helicópteros ya han hecho su trabajo.
De repente, el corazón de Bella se encogió ante la idea de volver a Zayed.
—Si me perdonas, tengo que hacer una llamada urgente —dijo Edward entonces.
—Sí, claro —murmuró ella, un poco herida por su tono brusco—. Será mejor que empiece a guardar mis cosas.
Se marcharon a la mañana siguiente. Cuando el helicóptero levantaba el vuelo, Noor lanzó un grito de protesta desde su kafas y Bella sintió una punzada de dolor en el corazón. Aquellos días en Aziz habían sido preciosos para ella. Cuidando de que Edward no viera su expresión, se dedicó a mirar por la ventanilla. Sólo habían pasado unos días desde que recorrieron el desierto en el jeep, pero había cambiado por completo. Incluso podía ver algunos retazos verdes.
—Es por la lluvia —le explicó Edward—. Las flores silvestres están floreciendo. En cuanto llueve, todo recobra la vida.
La lluvia podía llevar la vida al desierto, pero nada podría devolver la vida a su matrimonio, que había estado maldito desde el principio. Y cuando todo hubo terminado tuvo que hacer algo que Edward no le perdonaría nunca.
Si se enterase algún día… Bella sintió un escalo frío. No quería ni pensar en lo que podría pasar entonces.

A las doce habían llegado al palacio.
Edward desapareció para visitar a su padre y, a solas, Bella volvió a su habitación.
¿Por qué había esperado que las cosas cambiasen cuando llegaran a Zayed? Edward seguía siendo un jeque, el hijo del emir, un hombre tradicional, y ella siempre sería una segundona ante su familia y los asuntos políticos.
Pero no había vuelto para quedarse, no había vuelto para ser su mujer. Iban a divorciarse. Tenía que dejar de pensar como si todavía fuera su esposa. Aunque era difícil. Hacer el amor con él había despertado emociones que no había esperado sentir de nuevo.
Con objeto de pasar el tiempo, Bella bajó al estudio para enviarle un email a su hermana. Ángela, atenta como siempre, le llevó un té de jazmín que Bella agradeció.
Tenía dos emails de Rosalie. Su hermana estaba preocupada por ella. Después de ver las noticias sobre las inundaciones en Zayed había intentado llamarla al móvil, pero no daba señal. En uno de los correos le enviaba una foto de Nessie en su primer día de colegio. Parecía tan mayor, tan segura de sí misma. Era tan bonita.
A Bella se le hizo un nudo en la garganta.
Cuánto las echaba de menos.
Al final, levantó el teléfono y llamó a Auckland. Se alegró mucho de hablar con su hermana y con las niñas, que no dejaban de hacerle preguntas.
Cuando se despidieron, ya no se sentía sola.

Esa tarde, mientras Edward y ella buscaban fotos de Zayed para enviarle a Alice por email, alguien llamó a la puerta del estudio. Era Jasper Withlock, el ayudante de confianza del emir.
—Excelencia, tenemos un problema.
— ¿Mi padre? —exclamó Edward.
—No, es sobre el divorcio, Excelencia.
— ¿Qué pasa con el divorcio? —preguntó Bella.
— ¿Podemos hablar en privado, Excelencia?
—Esto me concierne a mí. El divorcio es la razón por la que he venido a Zayed. ¿Ocurre algo?
—Hay rumores, Excelencia —contestó Jasper, mirando siempre a Edward.
— ¿Qué clase de rumores? —preguntó él.
—De que usted y la señora han compartido lecho.
Bella miró a Edward de reojo.
—Teníamos habitaciones separadas en Aziz —contestó él.
—No en Aziz, sino en el campamento beduino. Dicen que compartieron tienda.
— ¿Y qué? —exclamó Bella, irritada—. Estamos casados, no hemos cometido pecado alguno. Y aunque fuera así, ¿qué importa?
—Bella…
— ¿Qué? ¿Qué importa…?
—Importa —dio Edward, muy serio.
— ¿Por qué? ¿Qué quieres decir?
—Bella, escúchame…
—No, quiero que me lo diga Jasper. ¿Qué está pasando aquí?
El hombre la miró, incómodo.
—Señora, según las leyes de Zayed, un marido y su mujer deben vivir separados durante cinco años antes de pedir el divorcio.
—Pero hemos vivido separados durante cinco años.
—Señora, la noche en el desierto anula todos esos años.
— ¿Qué? —exclamó Bella, horrorizada.
—Lo que Jasper quiere decir es que, según nuestras leyes, una pareja ha de vivir separada durante cinco años. Si pasan una noche bajo el mismo techo existe la presunción de que ha habido relaciones sexuales…
—Pero no dormimos juntos en el desierto.
Jasper carraspeó, avergonzado.
—Entonces no habrá problema. Tendrán que solicitar audiencia en el tribunal y jurar que no han… compartido lecho durante los últimos cinco años.
Bella se mordió los labios. ¿Cómo iba a jurar eso? Sería una mentira. Entonces miró a Edward. En su rostro no había expresión alguna.
—Jasper, gracias, puedes irte.
—Gracias, Excelencia. Al emir le entristecerá saber que el divorcio sigue adelante. Se había hecho ilusiones después de este viaje por el desierto…
—No debes decirle nada sobre el divorcio —le advirtió Edward.
Cuando la puerta se cerró, Bella se volvió hacia él.
— ¿Tú sabías esto?
Edward asintió con la cabeza.
¿Era por eso por lo que le había hecho el amor? ¿Todo era una trampa?
—Bella…
—No me digas nada.
—Bella, no saques conclusiones precipitadas…
— ¡Tú lo habías planeado todo! Querías atraparme aquí, en Zayed. Edward se puso pálido.
— ¿Por qué iba a hacer eso?
—No lo sé. Quizá porque es lo que tu padre quería. Tú siempre haces lo que quiere tu padre, ¿no? Eres un monigote, un títere en sus manos.
—Cuidado con lo que dices, esposa. ¿Por qué querría que te quedases aquí? Tú odias este sitio…
—Había empezado a gustarme…
— ¿Por qué querría a una esposa en la que no puedo confiar?
Bella hizo una mueca.
—Tú estás rodeado de mujeres todo el día, pero dices no haberme engañado nunca. Y yo te creo. ¿Por qué no puedes creerme tú a mí?
—Porque tengo la palabra de mi padre –contestó Edward—. Él te vio besándote con Mike, os pilló desnudos en la biblioteca.
—Eso es una soberana estupidez. Ya te lo dije muchas veces.
Edward la miró, atormentado.
— ¿Cómo no voy a creer a mi padre? Es un hombre de honor… ¡es el emir de Zayed!
— ¡Y yo soy tu esposa!
—Pero entonces, eso significaría…
—Sí, Edward, eso significa que el hijo que esperaba era tuyo.
—No, eso no puede ser verdad. Mi padre nunca me mentiría. El me dijo que era hijo de Mike.
— ¿Y por eso soy yo quién miente?
Él apretó los labios.
— ¿Qué más da? El niño ya no existe, no hay nada más que discutir.
—Salvo el final de nuestro matrimonio.
Edward no contestó.
—Y ahora estoy atrapada durante otros cinco años en este matrimonio que ya no deseo. Pero no puedes evitar que me marche de Zayed. Aunque no consiga el divorcio, no voy a quedarme.
—No te irás hasta que muera mi padre.
—O cuando termine el mes. Me diste tu palabra de honor. Y quiero que me prometas que después de eso no te acercarás a mí. Nunca.
— ¿Y si no puedo hacerlo, habiibtih —en los ojos de Edward había un brillo de dolor.
Bella lo miró, sin saber qué decir.

* * *

Bella seguía enfadada y confundida cuando bajó al jardín para respirar un poco de aire fresco. Furiosa, le dio una patada a una piedra del camino. Ahora tendría que esperar cinco años más para conseguir el divorcio.
Pero…
¿De verdad quería el divorcio?
¿Cómo iba a seguir casada con un hombre que no confiaba en ella? Había planeado una nueva vida en Auckland, ¿cómo podía dejar todo eso atrás para volver a Zayed?
¿La aceptaría Edward?
Sin pensar, se dirigió hacia donde Edward guardaba sus halcones. Lo encontró allí, solo, en silencio.
— ¿Qué ocurre?
—Noor ha desaparecido.
—Estará cazando…
—No —dijo él—. La solté y no ha vuelto.
— ¿Quieres que vayamos a buscarla?
Edward asintió con la cabeza. Parecía un niño cuyo juguete favorito se hubiera roto. Y a Bella se le encogió el corazón.
Unos minutos después encontraron entre unos arbustos el transmisor que Noor llevaba en la pata, junto con un par de plumas.
Edward apretó los labios.
—Noor no volverá.

* * *

Edward estaba lleno de aprensión. Sabía que Bella lo estaba mirando, pero no quería mirarla para que no pudiera leer sus pensamientos.
La última vez que se marchó de Zayed, Khan desapareció y no volvió más.
Y ahora Noor había desaparecido.
No podía dejar de pensar que aquello era el augurio de que Bella estaba a punto de marcharse de Zayed. Y si lo hacía, no volvería a verla nunca más.
Estuvieron una hora buscando por los alrededores, pero no encontraron ni rastro de Noor. Y cuando volvieron al palacio, una mujer los esperaba en la puerta. Una mujer occidental. Tenía los ojos del color del jade y el pelo oscuro sujeto en un elegante moño.
Bella miró a Edward, interrogante, pero él tenía los ojos clavados en la extraña.
— ¿Eres mi madre? —le preguntó.
Ella asintió con la cabeza. Tenía lágrimas en los ojos.
—Bienvenida a Zayed —dijo Edward entonces, con toda formalidad—. Te presento a Bella, mi esposa.
—Encantada de conocerte. Mi nombre es Esme —sonrió ella antes de volverse hacia Edward—. Gracias por llamarme.
—Tenía que hacerlo.
— ¿Podrás perdonarme, hijo mío? Yo quería llevarte conmigo cuando eras niño, pero no pude hacerlo. Eras el primer hijo del emir, su único hijo, su heredero.
—Sé que no pudiste llevarme. Según las leyes de mi país, los hijos se quedan con su padre.
Bella estaba pálida y Edward se dio cuenta de que debía estar pensando en su propio hijo. Si el niño hubiera sido suyo jamás habría podido marcharse de Zayed.
¿Era posible que el hijo que esperaba hubiera sido su hijo?
¿Le habría mentido su padre? Edward experimentó una sensación amarga en el estómago.
—Yo nunca amé a tu padre —le confesó Esme entonces—. Un día conocí a otra persona y… cuando me quedé embarazada, tuve que tomar una decisión muy difícil.
—Y te fuiste de Zayed.
—No podía quedarme aquí. Si alguien hubiera descubierto que el hijo no era de tu padre habría sido enviada a la cárcel, me habrían quitado a mi hija. Pero me alegro mucho de que me hayas invitado a venir para despedirme de Carlisle… y quizá para empezar de nuevo contigo.
—Hablaremos de eso más tarde —dijo Edward, pensativo—. Te he llamado porque mi mujer cree que mi padre necesita verte. Estás aquí gracias a ella.
Bella tomó su mano y Edward la apretó con fuerza.

* * *

Desde que volvieron del desierto, Bella había evitado acercarse a los aposentos del emir, de modo que Edward lo visitaba a solas. Pero tras la llegada de Esme su marido insistió en que los acompañase.
Cuando llegaron a la habitación, el enfermero se levantó.
—Su Excelencia ha estado muy cansado todo el día.
—Lo sé —dijo Edward.
El emir movió entonces la cabeza.
—¿Esme? —murmuró—. ¿Eres tú?
—Sí, soy yo, Carlisle.
—He estado rezando para que vinieras. Necesito tu ayuda.
Esme apretó la mano delgada del anciano.
—¿Para qué, Carlisle?
—Por nuestro hijo.
— ¿Qué ocurre, padre? Tienes que estar tranquilo, no te preocupes por mí.
— ¿Dónde está tu mujer? —el emir miró alrededor con sus ojos hundidos—. Tengo que hablar con ella.
—Bella, acércate por favor —le rogó Edward.
Bella se acercó a la cama, muy seria. No quería dejarse ganar por un moribundo. No quería perdonarlo por todo lo que le había hecho.
—Vine a Zayed a pedir el divorcio.
—¡Bella!
—No voy a mentir.
El emir cerró los ojos, su expresión angustiada.
—Yo había esperado.
Bella se avergonzó entonces. Se avergonzó de hacerle daño a un hombre que estaba a punto de morir. Por mucho daño que le hubiera hecho.
—Esme, por eso necesito tu ayuda. No he sido justo con nuestro hijo.
— ¿Qué estás diciendo, padre?
— ¿Qué has hecho, Carlisle?
—Le dije a Edward que su esposa había cometido adulterio, que se había acostado con otro hombre.
— ¿Y no era cierto?
— ¿Tú qué crees, hijo mío?
Edward miró a Bella.
—Ella me dijo que no era verdad, me juró… y yo no quise creerla, padre. Mi hijo… Bella, lo siento mucho. Lo siento. Siento que estuvieras sola cuando perdiste a nuestro hijo.
—Bella no perdió a vuestro hijo —dijo el emir entonces.
— ¿Qué quieres decir? ¿Mi hijo está vivo? ¿Dónde?
El emir negó con la cabeza.
—Es culpa mía. Cuando Bella se marchó, le di dinero para que abortase. No quería que tu primer hijo viviera con una mujer que yo no había elegido para ti.
— ¡Padre!
—Carlisle, hiciste algo terrible —murmuró Esme.
—Lo sé —asintió él—. Y os pido perdón. Os pido perdón a todos. Tu madre me suplicó muchas veces que la dejara verte cuando eras un niño y yo siempre me negué. Y luego Bella… quiero pediros perdón a todos antes de morir.
Bella se llevó una mano al estómago. Se sentía enferma y salió un momento de la habitación.
— ¿Te encuentras bien? —Edward apareció a su lado enseguida.
—Sí —dijo ella. Pero no era verdad.
— ¿Abortaste?
—Yo…
—Me escribiste dos líneas diciendo que habías perdido a nuestro hijo. Que lo habías perdido. ¿Sufriste un aborto, Bella?
Ella negó con la cabeza.
— ¡Que Alá me ayude! Mi hijo…
—El hijo del que no quisiste saber nada. Era una niña. Una niña perfecta —la voz de Bella se rompió—. La tuve entre mis brazos. Le puse un nombre. Y luego la perdí.
— ¿La perdiste? ¿Nació viva? ¿Murió? Dime qué pasó, Bella.
—Está viva, la di en adopción.
Fue lo más difícil que había tenido que hacer en toda su vida.
— ¿Te llevaste a mi hija de Zayed, la alejaste de mí y luego la diste en adopción a otra familia?
—Así es —contestó ella—. Se la di a mi hermana. Rosalie no puede tener hijos. Alice, la mayor, es adoptada. Y ahora tiene también a Nessie. Y no puedes robársela. No te lo permitiré.
—Pero tú eres su madre…
—No, no soy su madre. Y tú no eres su padre.
— ¡Edward! Bella… venid enseguida—oyeron entonces la voz de Esme.
— ¿Qué ocurre? —preguntó él.
Esme se había tapada la boca con la mano.
—Carlisle… tenéis que venir.
Cuando entraron en la habitación, el emir respiraba con gran dificultad.
—Tranquilo, padre. El médico llegará enseguida.
Bella se acercó a la cama entonces. .
—Quiero que sepa que mi hija, su nieta, está viva —le dijo, apretando su mano—. Se llama Nessie y es guapísima.
El viejo emir abrió los ojos, en los que ya apenas había vida.
—Gracias por eso, Bella, hija. Ahora puedo irme al paraíso. Cuida de Nessie. Y cuida de mi hijo… te necesita.
A Bella se le hizo un nudo en la garganta. Había ido a Zayed a pedir el divorcio, pero sabía que eso ya no sería posible.
—Lo haré.
— ¿Edward?
— ¿Sí, padre?
—Hay unas tierras que debes darle a Eleazar… ahora las tiene Aro…
—Yo me encargo de todo, padre. Ahora no pienses en eso.
—Por favor, cuida de… de tu madre.
—Sí —musitó Edward.
—Y cuida de tu mujer. Aprende de mis errores.
—Sí.
— ¿Esme…?
—Estoy aquí, Carlisle. No voy a irme.
—Gracias —musitó el emir—. Te quise, Esme, aunque nunca te lo dije. Tú pensabas que sólo me había casado contigo por el petróleo, pero no era verdad. Te quería.
Esme asentía con la cabeza, sin poder disimular su sorpresa.
Y cuando Bella levantó los ojos para mirar a Edward, se ahogó al ver la emoción que había en ellos.

Bueno nenas estamos en la recta final,


Pescui

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Necesariamente suya

Capítulo 9

Las primeras gotas de lluvia golpearon su cara en cuanto salió del jeep. Bella corrió pero, de repente, empezó a llover a cántaros. En unos segundos estaba empapada y tuvo que refugiarse bajo uno de los arcos de piedra del fuerte.
— ¿Estás bien? —preguntó Edward.
Su camisa estaba empapada también. Podía ver los fuertes bíceps marcándose bajo la tela, el muro de su torso bajo la saturada seda blanca.
Y tuvo que apartar la mirada.
—Estoy bien. No puedo creer que se haya puesto a llover así, tan de repente.
—Aziz es una ciudad del desierto. Ésta es una tormenta del desierto.
— ¿Y cuánto va a durar?
Edward se encogió de hombros.
—No lo suficiente.
— ¿Qué quieres decir? ¿Quieres que siga lloviendo así?
—El agua es fuente de vida. Una tormenta es causa de alegría, aunque también causa mucha destrucción. Así es el desierto.
—Es duro.
—Inshallah.
— ¿Cómo puedes aceptarlo así?
—Respira profundamente.
— ¿Qué?
—Cierra los ojos y respira profundamente.
— ¿Por qué?
—Hazlo y lo entenderás.
Bella cerró los ojos.
— ¿Así?
— ¿Puedes olerlo? El fresco aroma de la lluvia. El agua se lleva el polvo del desierto y trae vida. Durante unos días habrá vida…— Edward la miraba a los ojos mientras decía esto—. Pero estás empapada. Debes cambiarte de ropa lo antes posible.
Bella bajó la mirada. El frío viento había hecho que sus pezones se marcaran bajo la tela empapada del vestido y se cruzó de brazos, temblando.
—Tú también tienes que cambiarte.

Media hora después, Edward atravesaba los interminables pasillos del fuerte, arrugando el ceño al comprobar que habían instalado a Bella en la zona más angosta de la vieja edificación. Cuando llegó a su cuarto golpeó la puerta con los nudillos y ella asomó la cabeza, sin abrir del todo.
— ¿Sí?
—Quería saber si estabas bien.
Ésa era su primera excusa para ir a verla.
—Estoy bien, un poco de agua no va a matarme, ¿Qué quieres, Edward?
—No podremos irnos mañana debido a la tormenta. He llamado al helicóptero de palacio, pero todos los helicópteros están ocupados en misiones de emergencia y no me ha parecido bien pedirles que vinieran a buscarnos.
— ¿Y tu padre…?
—Me han dicho que se encuentra mejor —suspiró Edward—. He hablado con él.
Su padre le había dicho que no tuviera prisa, que se quedase con su mujer, que se hicieran amigos… amantes.
—Sabe que tendremos que estar aquí unos días y me ha dicho que me tome mi tiempo.
— ¿Cómo van tus conversaciones con el jeque Eleazar?
—No creo que tardemos mucho en solucionar el problema.
Pero no había ido a buscarla para hablar de política. Edward no podía olvidar su expresión cuando le hizo ver que siempre había tenido miedo de que la dejase por otra. ¿Por qué no se había dado cuenta de que Bella se sentía sola, asustada?
—Déjame pasar, quiero hablar contigo.
Pero Bella no abrió la puerta.
— ¿De qué quieres hablar?
—De que no me creyeras capaz de serte fiel.
—Edward, es demasiado tarde para esa discusión. Han pasado cinco años.
—Quizá no es demasiado tarde. Acabo de descubrir tus miedos irracionales sobre las otras mujeres.
— ¿Irracionales? —exclamó ella, dando un paso atrás.
Edward aprovechó para entrar en la habitación. Y se quedó perplejo.
— ¿Qué es esto? ¿Es aquí donde duermes?
—Sí.
— ¿En este agujero?
Bella asintió con la cabeza.
—Ven —dijo Edward entonces, tomando su mano—. Nos vamos.
— ¿No habías dicho que no podíamos irnos?
—No podemos irnos de Aziz, pero podemos encontrar acomodo en otro sitio. Aro me ha insultado.
Oh, no. Bella podía imaginar las negociaciones yéndose al traste.
—Edward, espera. No importa, esto es cosa de Tanya. No dejes que esa mujer cree más problemas…
—Eres mi esposa y se te debe un respeto.
— ¿Cómo esperas que los demás me respeten si no me respetas tú?
El la miró, atónito.
—Lo que me pides es demasiado. Tenía pruebas contra ti. Había un hijo…
Bella dejó caer los hombros.
—No, jamás podría haber funcionado. Es absurdo hablar de ello.
Edward apretó su mano.
— ¿Sabes qué es lo peor? Que sigo deseándote, a pesar de todo.
Ella sabía lo que debía haberle costado esa admisión.
—Pensé que podría controlar esta locura, pero cuando te vi fuera, empapada… te deseé como nunca. Me rindo, no puedo resistir más.
— ¡Edward!
Pero era demasiado tarde. Él estaba inclinando la cabeza. Bella quiso apartarse, no debería permitir aquello…
Edward estaba trazando su labio inferior con la lengua, suave, tiernamente. Y, con un suspiro, Bella se rindió, abriéndose para él.
Un beso.
Sólo un beso.
Pero un beso se convirtió en dos. En tres. Y luego empezó a besarla en el cuello.
—Edward… —esta vez era un suspiro de concesión.
El la apretó contra su pecho para buscar sus labios apasionadamente y Bella enredó los dedos en su pelo. Debía haber perdido la cabeza, pero no le importaba.
—No pienso hacerte el amor en este agujero —dijo Edward con voz ronca—. Ven conmigo.
Bella obedeció, llevada por la fuerza devastadora de la pasión que había surgido entre ellos. Sin ser vistos, corrieron por laberínticos pasillos hasta que llegaron a su habitación.
—Te deseo —murmuró luego, cerrando la puerta con una mano y tomándola por la cintura con la otra—. Dime que tú también me deseas.
Por un momento, Bella se resistió. Edward podía tener a cualquier mujer que desease con sólo mover un dedo. ¿Por qué necesitaba que se lo dijera?
—Dímelo.
La erección masculina presionaba contra su estómago, sin dejar la menor duda sobre la intensidad de su deseo.
—Yo también te deseo, Edward —dijo por fin.
—No quiero que haya dudas más tarde. Ni remordimientos.
¿Remordimientos? Por un segundo, Bella estuvo a punto de apartarse. Pero entonces Edward la tomó en brazos y la llevó a la cama… y todo lo que no fuese él desapareció de su mente al mirarlo a los ojos.
Ardientes.
Tiernos.
Casi… amorosos. No, no amorosos. Demasiado intensos, carnales.
Pero esa mirada sacudió su alma y, por un momento, se sintió segura en la intimidad que había echado de menos durante esos cinco años.
Pero no podía ser. El deseo, incluso el amor, no valía de nada si no había confianza.
Y Edward no confiaba en ella. Nunca confiaría en ella.
Entonces, ¿qué estaba haciendo en su cama?
Buscando placer, buscando la pasión que sólo él podía darle. Sólo él. Bella dejó escapar un gemido al entender que nunca habría otro hombre, que ésa era la razón por la que daba largas a Jake. Edward, sin embargo, lo tomó por un gemido de pasión.
— ¿Tú también lo sientes? —musitó, con voz ronca.
¿Cómo podía desengañarlo? En lugar de hacerlo, asintió con la cabeza. Un golpe de viento hizo que la persiana golpease contra la pared y Edward se sobresaltó.
—Tranquila. No pasa nada. Sí pasaba. Pasaba algo terrible. Bella cerró los ojos cuando Edward empezó a besar sus párpados. Besos suaves, como de mariposa. Luego abrió el caftán de seda, deslizándolo por sus hombros. Un segundo después había desaparecido su sujetador como por arte de magia, dejándola sólo con las braguitas.
Bella esperó, con los ojos cerrados. Pero la caricia que esperaba no llegó. Y cuando abrió los ojos, Edward se había quitado la ropa y sólo llevaba unos calzoncillos que marcaban todo lo que había debajo. —Dios mío…
—No pasa nada —murmuró él, muy serio. En sus ojos había fuego cuando se inclinó sobre ella.
El corazón de Bella se puso a latir como loco y… la persiana volvió a golpear bruscamente contra la pared.
—Espera, vuelvo enseguida.
Edward saltó de la cama y cruzó la habitación para cerrar las persianas. Luego se volvió y, por un instante, se quedó de pie, orgulloso, fuerte.
Bella podía ver la arrogancia de generaciones de jeques árabes en él. En la inclinación de su cabeza, en la seguridad de su postura.
Edward se inclinó un poco para bajarse los calzoncillos y luego se dirigió hacia ella, alto y poderoso.
Y completamente desnudo.
Por un momento, Bella se olvidó de respirar.
Era hermosísimo.
El colchón se hundió cuando se tumbó a su lado. La tocó y ella tembló, esperando…
Su marido la besó hasta dejarla sin aliento y, antes de que pudiera recuperarse, le bajó las braguitas, colocándose sobre ella, su piel como la seda. Apoyando los codos a cada lado de su cuerpo, la miró, los ojos verdes ardientes y fieros.
—Ha pasado mucho tiempo. No sé si podré aguantar. Pero lo haremos despacio, muy despacio.
Eso sonaba como una promesa.
Edward inclinó la cabeza y acarició uno de sus pezones con la lengua. El cuerpo de Bella respondió por voluntad propia, arqueándose hacia él. Bajo sus dedos, la seda del edredón era increíblemente sensual.
Pero cuando puso la mano sobre su estómago… ¿estaría pensando en la vida que una vez hubo allí? No, probablemente estaba haciendo todo lo posible para olvidarlo. Aunque ella no lo olvidaría nunca.
—No te entristezcas, habiibtii. Te gustará.
Esas palabras la hicieron pensar.
—Aunque lo sea. No deberíamos hacer esto.
Fue un susurro, pero Edward lo oyó.
— ¿Por qué no?
— ¡Porque vamos a divorciarnos!
—No hay nada malo en hacer el amor. Estamos casados, eres mi mujer. No es ningún pecado.
—Pero no hay amor —replicó Bella.
— ¿Qué es el amor? —Replicó Edward—. Tuvimos amor en el pasado y no fue suficiente.
Pensaba que no había funcionado porque encontró a otro hombre. Seguía pensándolo después de tanto tiempo. Su matrimonio no había funcionado porque Edward no confió en ella. Entre ellos estaba el emir, que tenía la supuesta evidencia de su adulterio, el padre al que Edward tanto amaba.
No tenía ningún sentido discutir. Y acostarse con él era aún peor.
—Déjame—dijo Bella entonces, apartándose.
— ¿Estás segura? ¿No quieres volver a experimentar este fiero placer?
Ella vaciló.
— ¿Qué dices, nuur il—en? ¿Luz de mis ojos?
Luz de mis ojos.
Bella miró la luz verde de sus ojos y todo deseo de luchar se desvaneció. Edward entendió su rendición y dejó escapar una especie de rugido.
— ¿Esto es lo que quieres? —Preguntó, buscando su boca—. ¿O quieres que pare? —siguió, besando su estómago, siguiendo hacia abajo…
— ¡Sí!
— ¿Quieres que pare?
— ¡No! Quiero que…
— ¿Qué quieres?
—Quiero que me hagas el amor. ¡Ahora!
—Bien —sonrió Edward entonces—. Me alegro de haber aclarado eso.
Ahora controlaba él. Y Bella sintió ese control en sus dedos, que acariciaban sus lugares más secretos haciéndola suspirar. Volvió a tocarla y, esta vez, Bella estuvo a punto de perder la cabeza.
—No puedo esperar más. ¿Y tú?
—No te preocupes por mí. Yo no tardaré mucho, habiibtii. Esta noche, no.
Luego se colocó encima y se lanzó hacia delante. Bella contuvo un grito cuando se deslizó del todo dentro de ella. Involuntariamente, levantó las caderas cuando Edward empezó a moverse y alargó la mano para tocarlo.
—Habiibtii, si no quieres que esto termine antes de que haya empezado no me toques.
Bella lo soltó, agarrándose a la colcha.
Edward se apartó un poco y volvió a penetrarla. Luego repitió el movimiento una vez, otra… La fricción era tan sensual, tan deliciosa. Bella sintió esa espiral de tensión ya casi olvidada naciendo en su vientre hasta que, por fin, se dejó ir y cerró los ojos cuando sintió los primeros espasmos.
Edward gimió:
—Abrázame.
Ella obedeció, apretándolo contra su pecho. Y lo oyó jadear roncamente mientras caía, agotado, sobre su cuerpo.

— ¿No sabes que te encuentro preciosa?
Era más de medianoche. Fuera, el viento había dejado de soplar. La luz dorada de una lámpara iluminaba la habitación y la piel de Edward en la cama, con la cabeza apoyada en un brazo, mirándola.
A Bella se le hizo un nudo en la garganta mientras negaba con la cabeza.
—Desde la primera vez que te vi en la galería Tate no pude apartar los ojos de ti. Tenías un brillo de… no sé, de serenidad. Sigues teniéndolo. Tu piel brilla como las perlas del golfo, tu pelo como el sol sobre las alas de un cuervo. Cuando te toco, cuando toco tu pelo… es como la seda.
—Yo no soy…
— ¿Bella? No me digas eso. ¿Comparada con quién no eres bella, con las modelos de las revistas? ¿Con las actrices de Hollywood? Hay muchos tipos de belleza… y para mí, tú eres preciosa.
El romanticismo de sus palabras la dejó sin aliento.
Pensó entonces en el consejo de Jake de que se cortara el pelo. Iba mejor con su imagen, decía, con su nueva carrera en el departamento de estudios literarios. El pelo corto era más profesional.
Pero ella no quería tener un aspecto profesional. Quería sentirse femenina, deseada, hermosa.
Y eso era lo que Edward conseguía. La hacía sentir viva.
Bella alargó una mano para tocarlo.
—Espera, tengo algo para ti —su marido saltó de la cama y buscó algo entre su ropa. Un momento después volvía con el bolsito de satén del souq.
—Yo no…
—No lo rechaces, por favor —Edward sacó la pulsera con campanitas de oro que ella había admirado y, levantando suavemente su pierna, se la puso en el tobillo.
Bella iba a protestar, pero él no la dejó.
—Espera, hay más.
Del bolsito de satén sacó un collar de oro con esmeraldas y zafiros.
—No puedo aceptar esto.
Las esmeraldas eran del mismo color que sus ojos. Pero ella no quería regalos porque Edward no podía darle lo que más deseaba, su confianza.
—Míralo como un amuleto. Quiero que te proteja durante todos los días de tu vida.
—Edward…
No era un lingote de oro con el que quería comprar su corazón. Era un regalo de despedida, algo con lo que recordarlo para siempre. Pero Bella sabía que jamás se libraría de su recuerdo, jamás lo olvidaría. ¿Cómo iba a olvidarlo?
—Que siempre haya un camino para ti, nuur il—en, y que siempre esté bendito. Ahora inclínate hacia delante para que pueda ponértelo.
Ella obedeció y Edward le puso el collar, rozando después sus labios con ternura. Gimiendo, Bella le echó los brazos al cuello.
No podía hacer otra cosa.

Edward llegaba tarde a su reunión con Eleazar a la mañana siguiente y entró en la sala medio mareado, sin dejar de pensar en Bella.
—Sabah al—hayri —lo saludó Eleazar.
Edward intentó concentrarse. No podía portarse como un crío enamorado delante de su poderoso vecino.
—Buenos días.
Pero no era capaz de centrarse en las negociaciones. Visiones de Bella sobre su pecho, su sonrisa cálida y sensual, el recuerdo de su piel bajo sus dedos…
— ¿Edward?
— ¿Sí? Ah, perdona, dime.
— ¿Qué te parece?
¿Qué le parecía? Ni siquiera sabía de qué estaba hablando.
— ¿Y si incluyo una porción de las tierras de la frontera con Zayed para disculparme por la vergüenza que han causado Aro y Cayo, Eleazar?
El hombre arrugó el ceño.
—No quiero hablar de tierras. La última vez que tu familia me prometió tierras el pacto fue deshonrado.
— ¿Quién hizo eso?
—Tu padre.
—No mientas. El emir jamás deshonraría un trato.
Eleazar se levantó, airado.
—Si vas a llamarme mentiroso, no tenemos nada más que hablar.
—Espera, tienes que entender… mi padre es un hombre de honor y está… enfermo, ya lo sabes. Eso que has dicho me ha dolido.
Eleazar se detuvo.
—Sólo digo la verdad.
—Dame detalles, por favor. Debo investigar este asunto. Tiene que ser un malentendido.
—No fue un malentendido. Tu padre me prometió unas tierras que no están muy lejos de las que tú me prometes ahora. Pero ese regalo no se hizo nunca. Aro descubrió petróleo y convenció a tu padre para que se las arrendase.
—Yo no sé nada sobre el descubrimiento de petróleo en esa zona —murmuró Edward, sorprendido—. No puede ser verdad.
—Entonces, no hay nada más que decir —Eleazar se dirigió hacia la puerta.
—No te vayas —lo llamó Edward de nuevo. No quería perder su amistad porque habían jugado juntos de niños pero, sobre todo, era importante no echarse atrás. Estaban tratando del honor de su familia.
—Por Alá, si te engañaron en un trato recibirás estas tierras también.
—Concertar un matrimonio entre Bree y tú fue un intento de tirar el muro que se había levantado entre Bashir y Zayed —dijo Eleazar entonces—. No seas demasiado duro con tu padre. Se está muriendo… no le hagas pasar este mal trago ahora. Sólo es un hombre. Deja que se vaya en paz a la otra vida.
—Mi padre es mucho más que un hombre normal. Es el emir de Zayed —replicó Edward.
Eleazar no lo entendía. Hasta Bella había entendido que no iba a permitir que nadie hablase mal de su padre. Pronto él representaría su papel, pronto él sería el emir de Zayed. Y el emir de Zayed era un hombre de palabra.
Más tarde, Edward y Eleazar se daban un apretón de manos.
Pero cuando se quedó solo, Edward buscó su móvil y marcó un número que nunca jamás había marcado antes.

Aquí estoy con el nuevo capi, espero les guste,

martes, 14 de septiembre de 2010

Necesariamente suya

Capítulo 8
Bella tuvo ganas de abofetearlo.
Hablaba como si fuera un santo. Podía imaginar el escándalo que se organizaría si pegase a Edward en público. Y casi sentía ganas de hacerlo, sólo para ver la reacción de la gente.
—Entonces, ¿te casarás con ella después del divorcio?
Un curioso dolorcillo se instaló en su corazón. No quería pensar en Edward casado con otra mujer. Ni siquiera con una cría como Bree.
Y eso la sorprendía.
¿Desde cuándo conseguir el divorcio había dejado de ser lo más importante del mundo para ella? ¿Por qué, de repente, quería estar con Edward, retrasar la hora de su partida? Debía estar loca.
—No, es demasiado joven —contestó él.
—Pero es preciosa. Esos ojos negros, esa cara, esa esbelta figura.
—La belleza no es nada —replicó Edward—. Viste un palo de escoba y tienes una muñeca.
—Eso es fácil de decir —murmuró Bella. Edward ignoraba lo que era no ser una persona atractiva, no atraer una segunda mirada. Salvo la de él—. ¿Por qué me pediste que tomase café contigo en la galería Tate?
—Porque tenías una sonrisa preciosa.
— ¿Te casaste conmigo porque tenía una sonrisa preciosa?
—No sólo por eso. Me gustaba que fueras tan dulce, tan agradable. Y, por primera vez en mi vida, estaba con alguien que no me exigía nada. Has cambiado, ya no eres tan…
— ¿Maleable? Antes era un felpudo —lo interrumpió Bella.
Pero al menos Edward no mentía. No decía haberse enamorado de ella por su belleza. En realidad, era su falta de personalidad lo que lo había atraído. Que fuese una chica corriente.
—Bree es tan joven que puede ser moldeada. Podrías casarte con ella y convertirla en tu mujer ideal.
—Una esposa es suficiente para mí —sonrió Edward—. Y quiero una que pueda enfrentarse conmigo. Una mujer que tenga la piel suave y el pelo de seda… que responda a mis caricias.
Bella contuvo el aliento. Había algo en su voz… algo que encendió su vientre y aceleró su pulso.
Algo primario.
Intimo.
Una locura.
—Edward.
Bree acababa de aparecer sin hacer ruido. ¿Por qué ahora? ¿No podía haber esperado un minuto más?
La chica estaba mirándolo de nuevo con ojos de cordero degollado. No, imposible. Era tan guapa que no podía asociársela con corderos. Sus ojos eran grandes, oscuros y suaves como los de una gacela. Sus labios, generosos, temblaban.
Bella hubiera querido gritarle que dejase de mirar así a su marido…
¿Tenía celos? No, no podía ser. No podía sentir celos de Bree. Edward no era suyo. Nunca podría ser suyo. Sus mundos eran absolutamente diferentes, totalmente opuestos.
Y ella se había marchado del mundo de Edward años atrás.
—Bree, creo que no conoces a mi esposa, Bella. Eras una niña cuando llegó a Zayed.
Un brillo de rabia apareció en los ojos de Bree ante la implicación de que era demasiado joven para él.
—No, no la conozco. Pero pensé que habías dejado a tu marido hace años —le espetó, levantando orgullosamente la barbilla.
Una declaración de guerra. Era como si estuviese preguntando: « ¿por qué has vuelto?».
¿Cómo podía responder a eso sin hablarle del divorcio?
Edward le pasó una mano por la cintura.
—Ha vuelto, eso es lo importante. ¿Verdad, nuur il—en?
—Sí, claro —contestó Bella, con un nudo en la garganta. El calor de su cuerpo, el roce de su mano en la cintura, todo se conjuraba para hacerla perder la cabeza.
—No deberías haberlo abandonado. Todos pensábamos…
—Que el jeque era un hombre libre —oyeron entonces la voz de Eleazar—. Aunque a mí me habría gustado que pasara a formar parte de mi familia. Al fin y al cabo, crecimos juntos.
Ojalá se callara, pensó Bella. ¿No se daba cuenta del daño que le hacía a su hermana?
—Incluso Tanya reza para que su marido muera de un infarto y la convierta en una viuda rica. Hay rumores de intento de asesinato. A Tanya le encantaría ser la esposa de Edward.
—Estás yendo demasiado lejos, amigo —dijo Edward entonces, su voz fría como el hielo.
—Entonces, me disculpo —Eleazar hizo una inclinación de cabeza.
—Calla, aquí llega Tanya.
A pesar del humor negro de la situación, Bella sintió pena por Edward. El cazador se había convertido en la presa… una presa infinitamente deseable para las mujeres que lo rodeaban.
¿Cómo sería ser tan deseado? ¿Ser tan atractivo, tan poderoso y rico que todas las mujeres de Zayed… y más allá de sus fronteras lo deseaban?
Bella tuvo que contener una risita. Aunque no tenía gracia. Durante toda su vida había querido un hombre normal, un hombre que tuviese un trabajo de nueve a cinco en un banco y que volviese a casa cada noche para ayudarla con los niños. Un hombre como Jake. Y, sin embargo, se había enamorado de Edward.
Un hombre hermoso como el pecado.
Un rico y poderoso jeque árabe… que había puesto su mundo patas arriba y no le había dado nada más que pena y dolor.
Bree, Tanya y todas las demás mujeres que lo rodeaban podían quedárselo. A ella le había costado demasiado. Ya había perdido el corazón… un hijo… y la cabeza.
Entonces sintió que Edward acariciaba su cadera por encima de la tela del caftán y una ola de calor la envolvió. A pesar de todo, seguía deseando a aquel hombre.

Y el deseo no disminuyó al día siguiente.
Edward, que esperaba hablar con Aro, Cayo y Eleazar al día siguiente, había preparado una visita turística a Aziz para esa mañana. Y, aunque Bella apreciaba que pensara en ella, habría estado mejor sin tenerlo tan cerca. El hombre del que quería escapar.
La mañana era muy fresca y un grupo de nubes hacia el norte bloqueaba por completo el sol.
Pero Bella quería ver los souqs, los exóticos mercadillos en los que se podía encontrar de todo y todo el mundo hablaba a gritos. Sonriendo, acarició la nariz de un camello que asomó la cabeza por la puerta de un corral. Las larguísimas pestañas del animal le recordaban a las de Bree.
—Ven, vamos dentro —dijo Edward, mirando al cielo, Bella miró también. Mientras ella estaba absorta con los camellos, las nubes se habían cerrado sobre sus cabezas oscureciéndolo todo.
En el interior del mercado, Bella admiró las alfombras, la sección de productos frescos, los objetos de cobre y de oro…
Allí, en el mercado del oro, no había ruido. Todo era refinado, silencioso, evidentemente un sitio en el que se intercambiaba mucho dinero. Había collares labrados con piedras de todos los colores, pulseras, pendientes…
— ¿Oro para la señora, Excelencia?
— ¿Qué te gustaría? —Preguntó Edward—. Puedes llevarte lo que quieras. Un lingote si te apetece.
Bella apretó los labios. ¿Pensaba que podía comprarla con oro?
Ojalá…
—Supongo que lo dirás de broma.
—No, en absoluto. Pero supongo que querrás algo más bonito que una barra de oro. Ven, echa un vistazo.
Ella se cruzó de brazos, indignada.
—No quiero nada.
Edward, cuyos ojos brillaban más que cualquier preciado metal, se volvió hacia el mercader y empezó a hablar con él en árabe. Ninguno de los dos hombres le estaba prestando atención y Bella, sin poder evitarlo, se fijó en unas bandejas en las que había pulseras, collares y anillos de oro y turquesas.
—Son preciosos.
—Dicen que las turquesas evitan el mal de ojo —sonrió Edward.
Bella se mordió los labios para no preguntar si las turquesas la protegerían de su padre.
—Estas son bonitas —murmuró, señalando unas pulseras para el tobillo con campanitas de oro.
—El ruido de las campanitas aleja a los espíritus malignos —le explicó el vendedor, ofreciéndole una.
—No quiero nada—insistió Bella.
Una joven apareció entonces por detrás de una cortina, moviendo las caderas de un lado a otro.
—Mi hija —la presentó el vendedor con paternal orgullo, mientras la chica se acercaba a Bella sin mirarla a ella siquiera.
Bella tuvo que hacer un esfuerzo para no poner los ojos en blanco y se alejó un poco para no ver a la joven coqueteando con su marido.
Desde la entrada comprobó que las nubes habían cubierto el cielo por completo y, por el rabillo del ojo, vio que Edward le daba dinero a la joven a cambio de una bolsita de satén.
Demasiado pequeña para contener un lingote, sin duda contendría algún objeto de oro.
La chica estaba sonriendo, casi rozándose con él. Una indecencia. Si se inclinaba un poco más se le caería el kijab. Incómoda con el jueguecito, Bella se volvió de nuevo hacia la puerta.
— ¿Nos vamos? —sonrió Edward.
Mientras se acercaban al jeep, un golpe de viento estuvo a punto de hacerla tropezar.
—Cuidado —dijo él, sujetándola del brazo. Pero Bella se soltó de un tirón—. ¿Por qué estás enfadada? ¿Es por esa chica? Sí, ella ha dejado claro que estaba disponible…
— ¿Por qué no te casas con ella?
—Seguramente ya estará casada. Y, en mi experiencia, es la mujer la primera que comete adulterio, no el hombre.
Bella entró en el jeep. Fueran donde fueran siempre habría mujeres lanzándose sobre él. Y después de la traición de su madre, la traición de la que Edward no quería hablar, era lógico que pensara así. Pero ella estaba harta.
—Podrías intentar ponerte en mi lugar. Vayamos donde vayamos, las mujeres me miran de arriba abajo y se lanzan sobre ti.
—Yo nunca las animo. Así que no me acuses…
—No te estoy acusando de nada.
La ironía no se le escapaba. De los dos, era ella quien debería tener sospechas. Sería fácil para Edward serle infiel.
—Es por mi dinero.
—No es sólo por eso. Ni siquiera porque seas tan atractivo.
—Por favor…
—Eres guapísimo, Edward. Y yo no. La verdad, jamás pensé que podría interesarte…
—Por eso exigiste esa cláusula cuando nos casamos. Pensabas que encontraría otra mujer, que te traicionaría casándome con otra.
—Sí, es posible.
—No confiabas en mí.
—No confiaba en mi propio atractivo —suspiró ella—. Además, habría sido tonta de no exigir esa cláusula en un país en el que está permitida la poligamia. Lo que intento decir es que tienes carisma. Atraes a la gente, sobre todo a las mujeres, como las abejas a la miel. Aunque no tuvieras un céntimo, aunque no fueras el hijo del emir, las mujeres te buscarían. Y yo tendría que soportarlo.
—Nunca he estado interesado en ninguna de ellas. Sólo estaba interesado en ti.
Bella tragó saliva.
—Pero tu padre no. Nunca fui suficiente para él.
—Mi padre quería que me casara con una mujer de mi país y de mi status social, como hizo él. Mi madre era hija de Theo Diakos, el famoso magnate griego. Era una heredera y su matrimonio se convirtió en una fusión comercial, una estrategia —le explicó Edward—. Bella, debes entenderlo, así es como se han hecho siempre las cosas en Zayed.
— ¿Y por qué te casaste conmigo?
Edward apartó la mirada.
—Era joven, idealista. Un estudiante que vivía en Londres. No quería seguir el ejemplo de mi padre. Mi madre nunca lo quiso… y odiaba Zayed. Se marchó de vacaciones para ver a su familia y se enamoró de otro hombre, quedó embarazada… cuando mi padre se enteró le exigió que se marchara de Zayed.
— ¿Y no le dio oportunidad de defenderse? ¿De decirle de quién era el niño?
—No era suyo.
— ¿Cómo lo sabía?
—No lo sé —suspiró él—. Los oí discutir una noche. Le dijo a mi padre que lo odiaba, que había encontrado a otro hombre, alguien que la hacía feliz. Le dijo que quería tener el hijo de su amante, que deseaba otra vida. Y que su matrimonio había sido un error desde el principio porque se habían casado por dinero —Edward la miró entonces y en sus ojos vio una vulnerabilidad que no había visto nunca—. Yo no quería eso. Casándome contigo rompí las reglas.
—De modo que el emir me echó de Zayed porque mi familia no era rica y poderosa. Aunque yo te quería más que a nada en el mundo.
La vulnerabilidad que había visto en sus ojos desapareció de inmediato.
—Yo te eché de aquí, no mi padre.
— ¿Porque habías oído una discusión entre tus padres cuando eras niño?
— ¡No! Te eché de aquí porque me eras infiel.
—O sea, que estamos donde estábamos antes. Sigues creyendo que te traicioné. En ese caso, no hay nada más que decir.
—Espera —dijo Edward entonces—. No estamos donde estábamos antes. Yo no sabía lo insegura que eras, no sabía que no confiases en mi amor. Debía ser terrible para ti cuando me marchaba de viaje…
—Sí, lo era —suspiró Bella.
—Pensabas que te era infiel. ¿Por eso me engañaste?
—No voy a negarlo otra vez, ya lo he hecho muchas veces. Estoy harta de ese tema. Cree lo que te dé la gana.
—Estoy intentando entender, Bella. Ayúdame.
—No puedo —dijo ella en voz baja—. Eso es algo que tendrás que resolver por ti mismo.


Espero le haya gustado, nos vemos en el próximo


Pescui

lunes, 13 de septiembre de 2010

Necesariamente suya

Capítulo 7
Esa noche, acompañada por una mujer mayor que había ido a buscarla, Bella salió de la nueva y diminuta habitación donde Tanya la había instalado y se dirigió al salón de recepciones.
Entró con la cabeza bien alta, dispuesta a enfrentarse con quien tuviera que hacerlo.
Tanya.
Aro.
Edward.
Le daba igual.
Nadie iba a reírse de ella esa noche. Había dejado que Edward, su padre y sus aliados políticos dirigieran su vida, pero eso había terminado para siempre.
Pero ver a una chica joven mirando a Edward con ojos de adoración fue suficiente para detenerla de golpe.
La chica, no tenía edad suficiente para ser considerada una mujer, no estaba tocándolo, pero pestañeaba continuamente y cada uno de sus gestos dejaba bien claro su anhelo.
De repente, Bella se sintió enferma.
Se veía envuelta en la niebla del pasado… veía a Tanya flirteando con Edward, el veneno que el emir había dejado caer en los oídos de su marido, el acuerdo entre el emir y Aro para consolidar los territorios del norte y el sur gracias a un matrimonio de conveniencia…
Bella tragó saliva. Aquella joven no tenía la aprobación del emir.
Pero amaba a Edward.
Estaba bien claro para Bella porque una vez ella también lo había amado. Una vez también ella lo había mirado así.
Cuando se dio la vuelta, descubrió a Tanya mirando con odio a la pareja. Iba a haber problemas, lo intuía.
Para evitarlos, se dirigió a una mesa en la que había bandejas de mezzey kibe.
—Tú debes ser inglesa.
Bella levantó la cabeza para mirar al hombre que hablaba con acento norteamericano.
—No, de Nueva Zelanda. ¿Y usted?
—Texas, el país del petróleo.
—Ah, debería haberlo imaginado.
—Félix —se presentó el hombre, ofreciéndole su mano.
—Bella.
—Ahora que sabes a qué me dedico, es tu turno. ¿A qué te dedicas tú?
—Soy profesora. Pero he decidido volver a la universidad para ampliar estudios.
— ¿Y para eso has venido aquí, para investigar?
Bella no lo corrigió. No quería miradas curiosas, ni incómodos silencios cuando descubriese que era la esposa del jeque.
En lugar de eso se dedicó a charlar sobre los niveles de educación en Zayed, sobre las mujeres beduinas… mientras él asentía, con más fascinación de la que correspondía al tema, en opinión de Bella.
—Bueno, tengo que ir a buscar a mi marido.
— ¿Estás casada?
«No por mucho tiempo».
—Así es.
—Pues tu marido es un tonto si te deja desatendida.
¿Qué podía decir ella? Siempre la había desatendido. Edward era demasiado importante para ir detrás de nadie.

Edward miró alrededor, impaciente. ¿Dónde estaba Bella? No había visto a su mujer desde que salió del dormitorio con cajas destempladas.
A su lado estaba la madrastra de Eleazar y su hija, Bree. Bree le había preguntado algo en voz baja. Tan baja que tenía que inclinarse para poder oírla…
Desde el otro lado de la habitación podía sentir la mirada de Eleazar clavada en él. ¿Habría oído algo sobre el rechazo de su esposa?
Edward arrugó el ceño. ¿Y dónde demonios estaba Bella? ¿Por qué tardaba tanto? Tenía que estar allí. No quería que Eleazar se llevara una impresión equivocada sobre sus intenciones hacia Bree.
Justo entonces vio a la mujer que había sido enviada para buscar a Bella.
— ¿La señora no estaba lista?
—La señora está aquí —contestó ella.
— ¿Dónde?
Edward levantó la cabeza y miró alrededor. Y se quedó helado al ver a Bella riendo con un hombre. Riendo, cuando a él apenas le sonreía. Un occidental de pelo rubio y facciones morenas. Como…
Edward se pasó una mano por la cara. No, no quería pensar en eso. De nuevo, miró a Bree, que estaba diciendo algo sobre su caballo favorito, a lo que contestó con un simple asentimiento de cabeza. Pero ni siquiera sabía de qué estaba hablando.
Luego, incapaz de evitarlo, volvió a buscar a Bella con la mirada. Seguía hablando con el americano. Incapaz de seguir mirándolos, Edward giró la cabeza y se fijó en Tanya, medio escondida entre un grupo de mujeres.
Ella estaba mirándolo fijamente. Y, aunque no podía descifrar su expresión sintió algo… un escalofrío, un mal presagio. Bella solía decir que cuando se sentía eso era como si alguien pisara sobre tu tumba. Él odiaba esa expresión.
Pero capturaba a la perfección la malevolencia que irradiaba Tanya.
¿Cómo podía ser? ¿Cómo era posible que hubiera echado de su lado a la única mujer que deseaba? La mujer que hablaba con otro hombre… la mujer que no quería saber nada de él, la que quería divorciarse lo antes posible.
¿Y por qué no podía quitársela de la cabeza? El recuerdo de su piel de porcelana en la bañera de la tienda, el sabor de sus labios…
No podía resistir esos recuerdos.
Y él creyéndose tan listo, tan fuerte. Cuando Bella le pidió el divorcio decidió que si la obligaba a volver a Zayed conseguiría que su padre muriese en paz, satisfecho al ver a su hijo felizmente casado. Lo último que esperaba cuando su esposa volvió fue descubrir que seguía deseándola.
Una mujer que no podía serle fiel… una mujer que odiaba Zayed.
¿Qué podía hacer?
Bree estaba hablando de nuevo sobre un caballo árabe en Bashir, donde se criaban algunos de los mejores caballos del mundo. Edward escuchaba con un oído, pero su atención estaba fija en Bella. Le irritaba su charla fácil con el americano. Parecía relajada, cómoda, nada que ver con su expresión crispada cuando estaba con él.
¿Por qué no podía relajarse cuando estaba con él? Edward la miraba con ansia. ¿Por qué se mostraba tan tensa cuando estaban a solas? ¿Eran sus culturas lo que los separaban o era él?
Ese pensamiento hizo que se le encogiera el corazón.
Quería que Bella le sonriera, quería que hablase con él con la misma facilidad con la que hablaba con el americano, un completo extraño.
—Las preferencias de tu esposa por los americanos son bien conocidas —dijo Bree entonces—. Y parece que ese hombre cumple todos los requisitos.
Edward se puso rojo de rabia.
—No deberías escuchar esos cotilleos. Tú no sabes nada. No sabes qué clase de hombre necesita mi mujer. Si lo supieras, sabrías que yo soy ese hombre.
— ¡Pero te rechaza a ti, un jeque!
De modo que incluso Bree había oído los rumores y estaba dispuesta a sacar provecho de la información. Y, sin duda, sabía que había expulsado a Bella de Zayed porque se había acostado con otro hombre. La humillación hacía que lo viese todo rojo.
—Y serás el emir cuando… —Bree se tapó la boca con la mano.
—Cuando mi padre muera.
—Lo siento, ha sido una impertinencia.
Edward hizo una inclinación de cabeza.
—No, soy yo quien debe pedirte disculpas.
Bree era joven, pero no era tonta. Enseguida entendió por qué estaba disculpándose y sus ojos se llenaron de lágrimas.
— ¿Entonces no te casarás conmigo? ¿Nunca? Pero Eleazar me dijo…
—Sé lo que piensa tu hermano. Lleva meses intentando formalizar un compromiso entre nosotros, pero eso no va a pasar. Y el emir debería haberle informado de ello. Habrá otro hombre para ti, Bree. Algún día.
—Será demasiado tarde.
Edward soltó una palabrota… en el idioma de Bella. Y al ver que Bree lo miraba horrorizada, se disculpó de nuevo.
—Pensé que no lo entenderías.
— ¿Es por mí? ¿Hay algo malo en mí? —Le preguntó la joven, con los ojos llenos de lágrimas—. ¿No te gusto como mujer?
Edward estaba furioso con Bella. Su esposa debería haber estado a su lado para evitar esa escena, no hablando y riendo con otro hombre.
—No hay nada malo en ti, Bree. Soy yo… no soy suficientemente bueno para ti.

— ¡Ven conmigo!
Bella se quedó helada al oír la orden. Le recordaba aquel día en la biblioteca de palacio, cuando Edward la sorprendió hablando con Mike.
— ¿Cómo te atreves a avergonzarme delante de todo el mundo? —le espetó, después de llevarla a un rincón apartado.
—No pienso compartir habitación contigo —replicó Bella.
— ¿Te hice algo anoche? ¿Te toqué, intenté seducirte?
Ella negó con la cabeza.
— ¿Por qué has tenido que decir eso delante de Tanya precisamente?
— ¿Cómo que «Tanya precisamente»? Estuviste a punto de casarte con ella, si no recuerdo mal.
—Nunca. Nunca me habría casado con Tanya.
—Pero ella te desea.
—Me da igual.
—Su padre cree que habría sido mejor esposa para ti y tu padre quería que te casaras con ella.
—No quiero volver a hablar de eso. Estoy cansado de tus prejuicios contra mi padre —Edward se pasó una mano por la frente—. Además, Tanya está casada con otro hombre.
—Me temo que eso en Zayed da igual. Y yo también estoy cansada de esta discusión —replicó Bella—. Me voy a mi cuarto.
—No, de eso nada —dijo Edward entonces, tomándola del brazo.
— ¿Dónde me llevas?
—Quiero que te sientes a mi lado, donde pueda verte.
De modo que aquello era por su conversación con el americano.
— ¿Para qué? ¿Para qué no pueda hablar con nadie más?
Nada había cambiado, por supuesto. Edward seguía sospechando de todo y de todos.
—Te traje conmigo para evitar a Bree. No quiero problemas con Eleazar.
¿Bree?
Ah, la jovencita enamorada.
—Me has traído hasta aquí como protección, ¿es eso? Como una armadura para librarte de otras mujeres.
—Intenta entenderlo desde mi punto de vista. No quiero que Eleazar se enfade. Él quiere…
—Que el futuro emir se case con su hermana, está claro —lo interrumpió Bella—. Pero hay un problema para la pobre Bree: que sigues casado conmigo.
—Pronto te irás de Zayed, te divorciarás de mí y una vez que lo hagas no tengo la menor intención de volver a casarme.
— ¿Y los deseos de tu padre?
—Para entonces mi padre habrá muerto. No lo sabrá nunca. Y si puede verme desde el paraíso no será la primera vez que se lleve una desilusión por mi culpa.
Se refería a su matrimonio, naturalmente.
—Podrías encontrar a alguien peor que Bree. La pobre está loca por ti.
—Cree que lo está porque su hermano anima esa fantasía.
— ¿Sin ayuda por tu parte? —Sonrió Bella—. ¿De dónde habrá sacado esa idea?
—Es una historia muy larga —contestó Edward.
Parecía cansado, nervioso.
— ¿Y qué le has dicho?
—Nada. Pero Eleazar sabe que estoy casado contigo y que no puedo casarme con otra mujer.
—Me alegro de que lo recuerdes —murmuró Bella.
Pero hablar de ese tema había hecho que sus pensamientos fueran por un camino prohibido. Su marido era un hombre muy viril y habían estado años separados—. Aunque algo tan simple como una cláusula no te detendría si quisieras.
Edward la miró, sorprendido.
— ¿Qué quieres decir? Yo soy un hombre de palabra. Al contrario que mi esposa, yo no cometo zina, ni adulterio ni sexo extramarital.
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Ahhh!!!!!
Que religioso nos salió el Edward, aunque yo intentaría la manera de hacerlo pecar :)

domingo, 12 de septiembre de 2010

Capítulo 6

Dos kilómetros después, Edward y Bella seguían intentando localizar a Noor.
—Debe estar agotada —dijo ella.
—Noor puede volar durante horas. Mira cómo vuela por encima de la avutarda con el sol a su espalda… de ese modo, no la verá llegar.
—Pobre.
Justo entonces el halcón cerró sus alas y se lanzó en picado sobre su presa. Edward detuvo el jeep y los dos saltaron del vehículo. Incluso desde el suelo Bella podía oír el sonido de las alas del halcón peregrino.
Cuando Noor golpeó a su presa, Bella apartó la mirada y Edward le pasó un brazo por los hombros.
—Tranquila, es la vida.
Ella enterró la cara en el algodón de su thobe, respirando su rico aroma masculino. Cuando levantó la cara de nuevo la avutarda estaba en el suelo y Noor sobre su presa, la cabeza inclinada dispuesta a darse un festín.
—Está esperando que yo le dé la señal —dijo Edward antes de lanzar un silbido. Al oírlo, el animal empezó a picotear.
—Qué horror.
—Tiene que comer —murmuró él, acariciando su brazo en un intento de consuelo.
Pero el escalofrío que provocó ese gesto no le proporcionó consuelo alguno. Bella se mordió los labios, decidida a no dejar que aquella sensación la hiciese olvidar el sentido común.
—Noor no se comerá a su presa sin mi permiso —seguía diciendo Edward—. Si yo fuera un nómada, esa avutarda daría de comer a más de un halcón y Noor tendría que salir a buscar otra presa.
Era una salvajada. Natural, pero una salvajada. El hombre que estaba a su lado era igualmente salvaje… y, sin embargo, una vez lo había amado con todo su corazón. Y él la había amado con ternura y reverencia. Antes de que su padre interviniese, claro.
Cuando el halcón terminó de comer emitió un chillido agudo que rompió el silencio.
—Estás satisfecha contigo misma, ¿no? —sonrió Edward.
—Parece cansada—dijo Bella.
—Ahora está lista para volver a su jaula.
—Como una mujer sumisa —murmuró ella, irónica.
Edward la miró con una expresión indescifrable.
—Puede que Noor esté entrenada, pero nunca será sumisa. Y tampoco yo quiero que lo sea.
Bella se encontró mirando los ojos negros del halcón. En ese momento sintió un extraño lazo con el animal y algo se movió dentro de su pecho. Se sentía abrumada por una sensación extraña, algo así como una revelación.
Sobre la naturaleza del desierto.
Sobre Edward.
Sobre sí misma.
Entonces miró a su marido. ¿Por qué nunca se había fijado en su aspecto aristocrático? ¿Cómo había podido tomarlo por un simple estudiante extranjero en Londres? Incluso cuando supo que trabajaba en un banco, la alarma no había sonado. Imaginó que trabajaba como contable. Y cuando por fin descubrió que era un jeque, el hijo del emir de Zayed, ¿por qué imaginó que podría domesticar a tal hombre?
Seguían viviendo en mundos distintos, seguía sin ser el hombre que ella necesitaba. Un hombre normal que viviera una vida normal y quisiera formar una familia normal.
Sin embargo, no podía quitarse de encima la sensación de que, después de aquel día, nada sería lo mismo.

Una hora después se despedían de James, Victoria y el resto de la tribu y volvían a la carretera. Edward notó el olor que inundaba el interior del jeep, el olor del pelo de Bella, del champú que le había dado a ciegas por la noche. Pero el recuerdo del deseo que sintió mientras la veía inclinarse para buscar el jabón no era bienvenido. Como no lo era la inexplicable afinidad que sintió con ella mientras Noor cazaba a su presa.
Bella odiaba el desierto, odiaba a los halcones. Lo consideraba algo bárbaro. ¿Cómo podía haberse sentido unido a ella en el sitio que Bella más odiaba? Además, no podía permitirse el lujo de sentir nada por su mujer.
No era aceptable.
— ¿Dónde lleva ese camino? —preguntó Bella poco después, señalando una especie de camino de cabras.
—A las zonas de pasto. Son carreteras de acceso para llevar provisiones al ganado.
— ¿Qué ganado? Es difícil creer que algo pueda sobrevivir en este sirio.
—Es hostil para ti porque lo odias —contestó Edward, irritado—. Pero muchos consideran que el desierto es algo bello.
—Odiar es una palabra muy fuerte —dijo Bella entonces, pensativa—. Después de ponerme enferma, después de nuestra excursión en camello, la verdad es que no me apetecía repetirla. Quizá es que no entiendo este mundo.
—Es mi mundo.
Ella volvió la cabeza y se dedicó a mirar por la ventanilla, sin contestar. Pero eso no sirvió para calmar el deseo de Edward.
«No pienses en ello y se te pasará».
Sí, seguro.
Para olvidarse del deseo que llenaba su cabeza, y apretaba sus calzoncillos bajo la thobe, intentó imaginar el desierto con los ojos de Bella: aburrido, interminable, extraño.
—El desierto cambia hacia el norte —le explicó.
No era culpa suya que la deseara. Bella había dejado bien claro que quería librarse de él. No lo quería; su mujer había conocido a otro hombre.
Jake.
Moreno, de ojos negros. Un hombre que había nacido en la misma ciudad que ella, según el informe del detective. Que había ido a los misinos colegios, a las mismas iglesias. Un hombre que compartía su cultura, su mundo. Que era todo lo que no era él.
—Aquí también hay algunas zonas verdes. Bueno, es algo así como las algas que crecen en la playa —dijo Bella, señalando por la ventanilla.
—Esos arbustos son cobijo para la población de avutardas y otras aves, Pero en verano volverán a las estepas de Asia Central.
—Ah, ya.
—No es tan poco hospitalario. En el desierto hay vida. Hay escarabajos, lagartos y, por la noches, gerbos. Esta zona está acotada para los cazadores.
— ¿Ni siquiera Noor podría cazar aquí?
—Ni siquiera los halcones. Después de esto está la frontera con Bashir y el jeque Eleazar ha declarado un largo corredor del desierto zona protegida. Tan largo que llega hasta el golfo. Así que cuando lleguemos a Aziz, Noor tendrá que comer la carne que llevo para ella porque la caza está totalmente prohibida.
—Yo quiero un halcón.
edward la miró, incrédulo. Y, por su expresión, esas palabras la habían sorprendido tanto o más a ella misma.
—Pronto volverás a Nueva Zelanda. ¿Qué vas a hacer en Nueva Zelanda con un halcón?
—No lo sé, encontraré algún sitio para tenerlo. Debe haber clubs de cetrería o algo así.
— ¿Y qué dirá Jake de tu nueva… pasión? —preguntó él—. Nunca te había gustado nada de Zayed, ¿por qué quieres un halcón ahora?
— ¿Qué quieres que diga? ¿Porque puede que así aprenda a conocer los secretos del desierto? No, no es nada tan profundo como eso. Es que son bonitos. Y me gustaría poder entrenar a uno de ellos.
Por un momento lo había engañado. Pero no, Bella no quería saber nada de Zayed. Y aunque quisiera… No. Jamás la aceptaría, no podía hacerlo.
—Tendrás que armarte de paciencia. Algunos son más obstinados que Noor.
—Yo tengo mucha paciencia.
—Sí, claro. Tanta que unos meses después de casarnos te acostaste con otro hombre.
Bella apretó los labios. Edward la miró de reojo y vio que también tenía apretados los puños. Pero no dijo nada… durante un segundo.
— ¿No te parece raro que exigiera una cláusula en el contrato matrimonial para que no pudieras casarte con ninguna otra mujer y que luego, de repente, cometiese adulterio?
— ¿Desde cuándo una cláusula en un contrato es garantía de nada? —replicó él—. Esa cláusula sólo significa que no querías arriesgar tu posición.
— ¿Qué posición?
—La de primera esposa.
Bella hizo una mueca.
— ¿No crees que quería un matrimonio monógamo, un matrimonio para siempre?
—Si ése fuera el caso, no me pedirías el divorcio. Si ése fuera el caso, no habría un Jake esperándote en Nueva Zelanda.
—Y si ése fuera el caso tú no me habrías echado de Zayed —replicó Bella, airada—. Mira, es absurdo discutir contigo. Primero fue el pobre Mike y ahora es Jake. Nunca vas a confiar en mí. Y yo no quiero seguir casada con alguien que no confía en mí. Es así de sencillo.
— ¡No menciones su nombre! —Edward detuvo el jeep de golpe para mirarla con toda la rabia que había contenido durante años—. Y no, no es así de sencillo. No sólo me traicionaste, te quedaste embarazada de ese hombre.
Bella lo miró, angustiada, y eso lo hizo sentir culpable. Pero no quería ablandarse.
—Hace menos de cincuenta años te habrían lapidado por eso…
—Una costumbre muy civilizada —lo interrumpió ella, irónica.
—Me traicionaste. Y una traición se paga.
—Me echaste del país. No quisiste escucharme siquiera.
— ¿Escuchar qué? Había evidencias de tu traición. Y te negaste a hacer una prueba de ADN…
— ¡Porque era un insulto!
—Si hubieras sido inocente no habrías puesto pega alguna a la prueba.
— ¿Crees que querría un marido que me exigía una prueba de ADN para comprobar si el niño era hijo suyo? ¿Qué mujer aceptaría eso? ¿Qué clase de hombre exige eso? Quizá en tu mundo es normal, pero no en el mío. Lo único que quería era que me escuchases…
—Yo estaba loco por ti. Dejaba que me engañases con tus traidores suspiros…
— ¿Eso es lo que te dijo tu padre? ¿Que yo te engañaba en la cama? ¿Por eso no quisiste escucharme?
Edward se pasó una mano por la cara.
—Eso es lo que haces siempre, meter a mi padre en todo. Sabes que es la mejor manera de enfadarme.
— ¿No tengo derecho a defenderme? —Replicó Bella—. Mira, déjalo. No podemos hablar de esto, es absurdo. Además, no podemos hacerlo sin hablar de tu padre.
—No quiero oír tus venenosas opiniones sobre él. Tú pecaste, cometiste zina. Debería haberte encerrado en la cárcel…
— ¡Por el amor de Dios! ¿Cómo puedes ser tan bárbaro?
Pero Edward no la escuchaba.
—En lugar de eso te dejé marchar, te dije que no volvieras a poner el pie en Zayed…
— ¿Te estás oyendo a ti mismo, Edward? ¿Oyes lo que dices? ¿En qué siglo vives?
Entonces, cinco años antes, estaba tan furioso como lo estaba en aquel momento. Y Bella se marchó. Y juró que no volvería nunca, tirándole a la cara la sencilla alianza de oro que había elegido, sin saber que el hombre con el que iba a casarse podría comprarle anillos de diamantes. Ésa era una de las cosas que más le habían gustado de ella.
El dolor que sintió después de su marcha fue terrible. La había amado con todo su corazón. Y luego la odió de la misma forma. Lo único que pudo hacer para olvidarla fue lanzarse de cabeza en los asuntos de Estado… viajar, mantenerse ocupado del día a la noche. Hasta que incluso su padre se mostró preocupado.
En los años que siguieron intentó no hablar nunca de su esposa. Y luego, cuando ella llamó para pedir el divorcio, de repente su nombre estaba por todas partes.
—Fue una suerte que perdieras el niño.
Recordaba la carta que bella le había enviado varios meses después de marcharse, en la que decía que había perdido el niño.
Era sólo un par de líneas escritas en papel blanco. Edward había rasgado el papel y lo había tirado a la papelera, furioso. Aunque fuese un trago amargo, se había alegrado. Con la pérdida del niño, la vida que ella y Roger habían creado se había perdido para siempre. Edward recordaba un humillante momento de duda… el momento en el que pensó ir a buscarla, devolverla a Zayed. Había rezado por su alma esa noche.
Pero se resistió, sabiendo que habría otras traiciones en el futuro. No podía soportar la vergüenza de desear a una mujer que buscaba otros amantes mientras estaba casada con él.
— ¿Una suerte? —repitió Bella.
—El niño podría haber sido rubio como su padre, anunciando tu infidelidad al mundo entero.
Ella lo fulminó con la mirada. Pero no podía dejarlo allí plantado. No podía bajarse del jeep en medio del desierto.
—No quiero seguir hablando de esto —dijo por fin—. No merece la pena hablar contigo.
—Como quieras —respondió Edward, con los dientes apretados.
Pero la noche anterior, en la tienda beduina, se había encontrado cara a cara con sus demonios. A pesar de la traición de Bella, seguía deseando a su esposa. Y temía no verse libre jamás de ese deseo.
Ni siquiera después del divorcio.

— ¿Qué es eso?
Bella rompió el silencio en el que se había encerrado durante el resto del camino para señalar el edificio de piedra oscura que había aparecido delante de ellos.
—La casa de Aro. Es un viejo fuerte, un edificio histórico —contestó Edward.
—Parece una prisión. Un sitio con mazmorras e instrumentos de tortura. O el castillo de Drácula. Si entro ahí, ¿podré salir algún día?
—No te preocupes. Las paredes de piedra se levantaron para mantener a salvo a sus habitantes, no para torturarlos.
Bella no estaba tan segura.
—Relájate, te garantizo que estás a salvo.
—Sí, claro, tus garantías son muy creíbles.
—El sarcasmo no te pega, esposa mía —replicó él, deteniendo el jeep en la entrada—. Bueno, vamos a saludar a nuestro anfitrión.
Otra sorpresa menos que agradable esperaba a Bella en el interior. Tanya, la mujer con la que el emir había querido casar a Edward, estaba al lado de Aro, su padre. Aquello no podía ir peor.
Leila la inspeccionó de la cabeza a los pies con expresión airada y cuando terminó sonrió despectivamente. Edward puso un brazo protector alrededor de sus hombros.
— ¿Podríais mostrarnos nuestras habitaciones? Ha sido un viaje muy largo.
Tanya hizo un gesto de ira ante el reproche a su labor como anfitriona.
—Por aquí.
Los llevó por un oscuro pasillo y varias vueltas y revueltas más tarde, Bella decidió que aquello podría muy bien ser considerado un sitio de tortura.
Después de subir por una escalera angosta, llegaron a un pasillo donde una fila de troneras indicaba el propósito del fuerte en el pasado.
—Ésta es vuestra habitación —dijo Tanya, abriendo una puerta.
Era un cuarto enorme, con una cama inmensa. Las ventanas estaban abiertas, ofreciendo una panorámica del desierto. Pero Bella no podía apartar los ojos de la cama.
Una cama.
Evidentemente, esperaban que Edward y ella la compartiesen.
De repente, su cabeza se llenó de imágenes… Edward tocándola, haciéndole el amor. Edward diciéndole que se fuera y no volviese nunca. Edward besándola la otra noche y ella siendo incapaz de resistir. La convicción de que lo había traicionado con otro hombre…
—Yo no voy a dormir aquí.
— ¿Nuestra humilde morada no complace a la…. Señora?
—Bella… —empezó a decir Edward.
—A la habitación no le pasa nada —lo interrumpió ella—. Soy yo quien tiene un problema.
— ¿Cuál es el problema?
—Tanya… —intentó intervenir Edward.
—No voy a dormir ahí —siguió Bella, señalando la cama—. Quiero mi propia habitación.
Tanya miraba de uno a otro sin esconder su curiosidad mientras Edward intentaba disimular su humillación. En unos minutos todo Aziz sabría que su esposa se negaba a dormir con él. Tanya, encantada, se lo contaría a todo el mundo. Y al día siguiente la noticia llegaría a Jazirah.
¿Sabría Tanya que su esposa quería el divorcio?
Sería mejor que ese rumor no llegara a oídos de su padre.
—Por supuesto, buscaré otra habitación para la señora.
Bella sonrió.
—Eso sería estupendo.
Tanya jamás había levantado un dedo para ayudar a Bella. Su mujer jamás había sonreído a Tanya con tal entusiasmo. Edward decidió que podría estrangularlas a las dos.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Capítulo 5

Cuando llegaron al campamento beduino, Bella miró con interés las tiendas, colocadas en la base de un montículo de arena.
—Ésta es la tierra de los Bedu —le explicó Edward—. No se puede ver bien desde aquí, pero en el otro lado hay un pueblo con una escuela y una clínica. Y más allá se están haciendo esfuerzos de desertización.
— ¿Qué quieres decir? —preguntó Bella
—Han plantado olivos en el desierto.
— ¿Y quién los cuida? ¿Los beduinos no son nómadas?
—En el pasado sí, pero las cosas cambian… aunque algunos siguen las viejas costumbres otros empiezan a echar raíces.
Bella señaló las tiendas.
—Algunas son enormes. Pero, ¿estás diciendo que también hay casas de piedra?
—Sí, al otro lado de ese montículo.
—Yo creo que me gustan más las tiendas. Siempre he querido alojarme en un campamento beduino —dijo Bella entonces, sin pensar.

—Sí, me acuerdo —murmuró Edward.
—Pero entonces no encontramos una tienda beduina… aunque pude recorrer el desierto en camello y acampar en una tienda que montaste tú mismo —recordó ella.
Unos segundos después, Edward detenía el jeep frente a un grupo de hombres que, sentados a la sombra de una palmera, jugaban a las cartas. Uno de ellos se levantó y estrechó su mano.
—Excelencia, no sabíamos que iba a venir a visitarnos. Os damos la bienvenida. Edward miró al cielo.
—El mal tiempo nos ha obligado a parar y agradeceríamos mucho vuestra hospitalidad por esta noche.
—Encantados, Excelencia. Y puede quedarse más de una noche. Mi residencia no está lejos de aquí. Es nueva y no le faltarán lujos. Edward sonrió.
—Agradezco tu oferta, pero mi esposa quiere alojarse en una tienda beduina… si no es mucho pedir. El hombre, que Edward le había presentado como James, miró a Bella como si estuviera tocada por la luna y después miró al cielo.
—Pero Excelencia… si llegase la lluvia alrededor de la tienda todo se llenaría de fango. ¿Seguro que no quiere dormir en una casa, bajo un sólido tejado?
—Depende de mi esposa…
—Mientras no le causemos problemas a nadie, prefiero la tienda. Podría ser la experiencia de mi vida —dijo Bella.
—Muy bien, entonces dormirán en una tienda.
—Gracias, James.
La tienda a la que los llevaron era más grande de lo que Bella esperaba y mucho más lujosa que los refugios a las afueras del campamento. El interior estaba dividido en varios espacios.
—Ésta es la sala de reuniones —le explicó Edward, señalando una zona en la que había una especie de diván enorme con varios almohadones alrededor—. Tradicionalmente, la zona separada por cortinas es donde las mujeres hacen la comida y donde la familia duerme por la noche. Pero esta tienda está mejor diseñada. Probablemente la reservan para visitas de dignatarios y cosas así, de modo que no hay cocina.
— ¿Suelen recibir muchas visitas?
—El programa de desertizado ha atraído mucho interés… incluso de Naciones Unidas.
—No es tan modesta como yo esperaba.
Edward apartó una cortina tras la que había un par de divanes. Aquél debía ser el dormitorio, pensó Bella. Inmediatamente, el ambiente se volvió un poco más tenso.
—Creo que necesito lavarme un poco —murmuró, deseando salir de allí.
Tenía la impresión de que iba a gustarle que la tienda fuera más espaciosa de lo que había imaginado. Quizá habría sido más inteligente alojarse en una casa… al menos allí habría tenido su propio dormitorio.
—Puedes bañarte más tarde —dijo Edward—. Después de cenar. Ahora usa el agua de la jarra para refrescarte si quieres. Nuestros anfitriones llegarán enseguida con el equipaje. Y tengo que comprobar que Noor está bien atendida.

Una hora después las nubes, aunque ominosas, parecían haberse alejado un poco. James, el jefe del clan, se ofreció a enseñarles el pueblo.
Unos minutos después subían todos al viejo todoterreno de su anfitrión para recorrer una carretera de tierra. Edward, sentado delante, al lado de James, y Bella al lado de su esposa, Victoria.
Por la conversación que mantenían, Bella se dio cuenta de que Edward estaba más involucrado en el proceso de desertización de lo que le había dado a entender.
Unos minutos después llegaban al pueblo. Un grupo de niños, reunidos alrededor de una bicicleta apoyada en un árbol raquítico, se volvieron para mirarlos con curiosidad.
Bella bajó del coche y siguió a los hombres. Un grupo de mujeres tejía alfombras en color granate, rojo, azul topacio, verde esmeralda…
—Son preciosas.
Una de las mujeres sonrió.
— ¿Cuánto tiempo tarda en hacer una de estas alfombras?
La mujer la miró, sin entender.
—No habla tu idioma —dijo Edward, traduciendo después—. Dice que depende de cuántas mujeres trabajen en ella.
—Deben venderlas por mucho dinero.
—No, aún no las venden. Pero cuando lo hagan, el dinero servirá para levantar el pueblo. Las infraestructuras y todo lo demás.
—Esas alfombras son preciosas. Conozco a gente en Auckland que pagaría una fortuna por ellas.
Bella pensó en Jake, en su casa en Remuera, con su colección de muebles y libros antiguos.
—Ellas mismas se encargarán de la contabilidad y de la distribución. Pero quieren tener suficientes alfombras para abrir mercado.
—Y muchas de las mujeres no saben leer ni escribir, así que es más difícil —dijo Victoria, detrás de ella.
—Pensé que Zayed era un país progresista, que el dinero del petróleo se dedicaba en parte a la educación de sus ciudadanos.
—Así es —asintió Edward—. Pero hay muchas tribus nómadas en Zayed.
—Y algunos son demasiado viejos para aprender —añadió Victoria.
Bella lo pensó un momento.
—Nadie es demasiado viejo para aprender.

La luz del día empezaba a desaparecer mientras volvían al campamento. La noche cayó como una capa negra sobre el desierto y Bella se encontró temblando cuando la temperatura bajó de repente. Pero la lluvia que había amenazado con caer durante todo el día no cayó, para alegría de sus anfitriones.
Los Bedu habían preparado una fiesta para celebrar su llegada. Encendieron una hoguera y todo el mundo se sentó alrededor para cenar.
Una hora después, Bella estaba ahíta y cansada, pero observaba a los hombres alrededor de la hoguera, todos buscando la atención de Edward. Él escuchaba, asentía con la cabeza, decía algunas palabras y luego se volvía hacia el siguiente.
Victoria se acercó a ella con un recipiente de cobre y murmuró algo que no entendió.
— ¿Qué es?
Antes de que Victoria pudiera contestar, lo hizo Edward:
—Victoria te ofrece café.
— ¿Café? Qué maravilla.
—Es café beduino. Fuerte y amargo. Más oscuro que el café al que estás acostumbrada, por el cardamomo. Y tienes que beberte la taza de un solo trago.
—Muy bien —Bella respiró profundamente y tomó un trago… pero estuvo a punto de atragantarse por lo amargo que era—. Menos mal que en estas tacitas no caben más de uno o dos tragos.
Edward soltó una carcajada. Y Bella lo miró, sorprendida. ¿Cuánto tiempo hacía que no lo oía reír así? Su alegría de vivir, su risa contagiosa habían sido lo que más le gustó de él cuando se conocieron en Londres.
Y no había sabido hasta aquel momento cuánto echaba eso de menos.
Victoria volvió entonces con más café. Edward también aceptó una taza y sonrió a la mujer, que bajó los ojos con timidez.
— ¿Cómo voy a tomarme esto? —suspiró Bella.
—Si no puedes, dámela a mí.
—No quiero ser grosera —murmuró ella, tomando el amargo café.
— ¿Sigue siendo tan amargo?
Sin darse cuenta, Bella se pasó la lengua por los labios. Y, al ver ese gesto, los ojos de Edward se convirtieron en negros carbones llenos de pasión.
—No, no demasiado —murmuró, apartando la mirada.
—Aceptar una tercera taza de café significa que te consideras de la familia. Si la rechazas… será considerado una grosería.
Bella asintió con la cabeza y se la tomó intentando con todas sus fuerzas no hacer una mueca de asco.
—Ahora puedes rechazar la cuarta. Porque después de tres tazas se considera una grosería tomar otra.
—Gracias a Dios —suspiró Bella.
—Lo has hecho bien. Ven, es hora de dar las buenas noches.
Un cosquilleo extraño empezó en la boca de su estómago mientras atravesaban el campamento, el cielo de color índigo sobre sus cabezas. Bella veía la negrura del desierto, que se extendía más allá de las tiendas, el silencio roto sólo por la conversación de algunos hombres aún reunidos alrededor del fuego.
Su tienda, sin embargo, estaba iluminada por la suave luz de las velas.
—En la zona del dormitorio hay un baño preparado para ti —dijo Edward—. Victoria se ha encargado de todo.
—Ah. Pensé que habría un baño…
—Y lo hay. Baños comunales. Sin duda Victoria ha pensado que preferirías bañarte en privado.
¿En privado? ¿Con Edward allí?
Arrastrando los pies, Bella apartó la cortina. Al otro lado la esperaba una bañera humeante y aromática. Y después de tan largo viaje resultaba imposible rechazar aquella invitación. Rápidamente se quitó la ropa y se metió en el agua caliente. Intentó relajarse, pero no podía. Con Edward al otro lado de la cortina era imposible.

Edward estaba tumbado en el diván, escuchando el ruido del agua cada vez que Bella se movía en la bañera.
Era Bella, su esposa, a quien él había expulsado de Zayed.
Cerró los ojos, intentando no escuchar aquel ruido. Pero podía verla. Desnuda, en una bañera a menos de dos metros de él. Su largo pelo sujeto sobre la cabeza, sus mejillas rojas por el calor…
No. No podía pensar en ello. El beso de la otra noche había sido una aberración. Un error causado por su sentimiento protector al ver que Aro la trataba con desprecio. Ese beso no iba a repetirse. Había sido inspirado por la compasión, por su instinto protector, nada más.
No podía desear a su mujer. Ya no. Después de lo que había pasado…
Edward la oyó moverse en la bañera de nuevo. No podía soportarlo.
— ¿Necesitas algo?
—No, estoy bien.
Al fin, silencio.
Se decía a sí mismo que era alivio lo que sentía, que no estaba pensando en sus brillantes ojos castaños, ni en su sonrisa mientras tomaba el amargo café. No estaba imaginando su blanca piel bajo el agua o la suave curva de sus pechos, los oscuros pezones que tanto le gustaba acariciar…
Pero cuando su cuerpo reaccionó ante esos pensamientos supo que estaba mintiéndose a sí mismo.
El descubrimiento fue devastador.
— ¿Edward?
Él se levantó inmediatamente.
—No entres —le advirtió Bella.
—No lo haré —contestó él. No se atrevía—. ¿Qué quieres?
—Jabón, por favor.
— ¿Y cómo voy a darte el jabón si no entro?
—No lo sé —Bella contestó en voz tan baja que tuvo que hacer un esfuerzo para oírla—. Bueno, déjalo, puedo pasarme sin él.
—Te sentirás mejor si te bañas como es debido.
—Sí, supongo que sí.
Edward encontró el jabón sobre una mesita, junto a una toalla blanca y un bote de champú.
— ¿Quieres champú también?
—Sí, por favor. Si no te importa.
—No me importa —contestó él con voz ronca. Ojalá fuese verdad—. ¿Y cómo voy a darte todo esto sin abrir la cortina?
—Cierra los ojos. Y entra despacio. Yo te diré dónde puedes dejarlo.
Edward apartó la cortina y cerró los ojos como Bella le había pedido.
—Aquí estoy.
«No mires».
Pero Bella estaba desnuda a un metro de él.
«No lo pienses».
¿Cómo no iba a pensarlo? Había pasado tanto tiempo desde la última vez que vio sus pechos, los pezones oscuros, el estómago plano, el triángulo de rizos oscuros…
El deseo lo recorrió de arriba abajo, haciéndolo temblar.
Edward luchó contra la tentación de abrir los ojos.
Y ganó.
Rápidamente, dio un paso adelante. El aroma a aceite de jazmín llenaba toda la alcoba, sensual, potente.
— ¡Para!
Él obedeció, increíblemente excitado por el agua perfumada, por la imagen de Bella desnuda, por estar haciendo tareas personales e íntimas a las órdenes de su esposa.
Su esposa.
—Alarga la mano con el jabón.
Como un autómata, Edward alargó la mano. La toalla cayó a sus pies y enseguida la oyó chapotear. Sabía que Bella debía estar sentándose en la bañera, sus pechos se habrían movido, mojados…
Tuvo que cerrar los ojos con fuerza para contener el deseo de mirar.
—Puedes soltarlo.
Sólo entonces se dio cuenta de que estaba sujetando el jabón y el champú con tanta fuerza que el bote se había doblado. Bella alargó una mano mojada y, sin abrir los ojos, Edward contuvo un gemido al notar el roce.
—Tengo el champú, suéltalo.
Él obedeció de nuevo. Bella debió tomar el champú, pero oyó que el jabón caía al agua. Incapaz de resistir, abrió los ojos.
El bote de champú estaba al borde de la bañera y Bella se inclinaba hacia delante buscando el jabón con las dos manos dentro del agua. Desde aquel ángulo, sus pechos, que recordaba tan bien, eran blancos y suaves, grandes. Tenía el pelo sujeto sobre la cabeza y la nuca expuesta…
Aun sabiendo que a Bella no le gustaría que hubiese mirado, que lo que estaba haciendo era algo malo y prohibido, Edward no pudo dejar de mirar a su mujer; una mujer que lo único que quería era librarse de él. Sin embargo, deseaba inclinarse hacia delante y besar su nuca, acariciar su espalda, meter la mano en el agua y tocar sus pechos.
¿Qué estaba haciendo? Jamás la aceptaría de nuevo. Lo que Bella había hecho era terrible, imperdonable…
Edward se dio la vuelta y salió de la tienda. Se alejó de la tentación. Cuando volvió, después de una larga ducha fría en los aseos comunales, ella estaba dormida.
Tumbada de lado, con las manos bajo la mejilla, parecía tan joven como el día que se conocieron en la galería Tate.
Tomando una manta de angora, Edward la colocó sobre ella por si tenía frío. Luego se tumbó en el otro diván, mirando aquella piel de alabastro, los labios rojos que parecían hechos para besar…
Edward intentó controlar el deseo de besarla. Le temblaban las manos mientras apartaba el pelo de su cara. Lo mataba saber que seguía deseando a su mujer.
A pesar de lo que había hecho.
Bella despertó temprano a la mañana siguiente. La tienda estaba a oscuras y no había señales de Edward. A tientas, buscó la caja de cerillas que había dejado cerca de su diván por la noche y encendió una vela. Luego, mientras se lavaba la cara con el agua de una palangana, se preguntó dónde estaría Edward.
Sujetando la vela, volvió al dormitorio y se detuvo al ver la marca de un cuerpo en el diván que estaba al lado del suyo. Edward debía haber dormido a su lado durante toda la noche sin que ella lo supiera. Bella sintió un cosquilleo en el estómago…
Pero no quería pensar.
Dejando la vela sobre una mesita, buscó unos pantalones en su bolsa de viaje y un vestido largo con estampado de leopardo para ponerse encima. Los primeros rayos del sol empezaban a colarse por la entrada abierta de la tienda. Atándose un pañuelo de seda en la cabeza, tomó sus gafas de sol y se aventuró fuera.
El aire de la mañana era fresco. Afortunadamente, no había llovido, de modo que el suelo estaba seco.
El día anterior Edward había dicho que las nubes podrían disiparse y estaba en lo cierto. Sobre su cabeza había un cielo perfectamente azul y el aire olía a la arena seca del desierto. Bella miró alrededor, buscando a su marido, pero no lo encontró. Luego dio la vuelta a la tienda, para ver si estaba el jeep, pero también había desaparecido.
Sin embargo, no lejos de la tienda vio la figura de un hombre… y a un halcón volando sobre su cabeza.
Edward.
Y Noor.
Debería haber recordado que las distancias en el desierto siempre eran muy engañosas. Tardó quince minutos en llegar hasta ellos. Noor había vuelto con su amo y estaba encaramada en su guante.
—Buenos días. ¿Has dormido bien? —le preguntó Edward.
—Sí. ¿Y tú?
—También.
¿Era cierto? Bella examinó su rostro. Edward tenía ojeras. Quizá la preocupación por su padre lo había mantenido despierto toda la noche.
— ¿Te han llegado noticias de palacio?
—He hablado con mi padre y parece estar un poco mejor. Su enfermero dice que se ha recuperado de forma inesperada. Aunque eso no cambia nada, al menos no está sufriendo.
—Y al menos estará en palacio cuando regreses.
—Inshallah.
«Si ése es el deseo de Dios».
Suspirando, Bella examinó al halcón.
—No recuerdo que Khan llevase eso —dijo, señalando un cablecito que colgaba de su pata.
—Es un transmisor. Me gusta cazar a la antigua, pero no quiero perder a Noor, así que decidí usar la tecnología que tengo a mi disposición.
— ¿Cuándo murió Khan?
—Poco después de que tú te fueras.
Bella decidió no preguntar cómo. Pero le dolía la distancia que había entre ellos y, por un momento, deseó volver a reír con él, como habían hecho por la noche mientras compartían el amargo café.
—Pero sigues teniendo halcones.
—Sí. Es parte de lo que soy, de lo que siempre seré.
Bella sospechó que esa frase contenía una advertencia. Cuando la llevó a Zayed por primera vez le pareció que la cetrería era una cosa bárbara, nada que ver con sus nociones románticas de lo que sería un jeque del desierto montado en un semental árabe mientras un halcón cabalgaba sobre su brazo.
—Eres un jeque y un experto en cetrería, ya lo sé.
Un mundo ajeno a ella. No tenían nada en común.
—Y un hombre.
Bella lo miró, sorprendida. Sí, era un hombre. Y ella era una mujer. Y estaban unidos por los lazos del deseo.
Por el sexo.
Y nada más.
Bella apartó la mirada para no pensar en la atracción que había entre ellos. Eso era el pasado. ¿O no? El beso de la otra noche seguía repitiéndose en su cabeza. Y, sobre todo, su ardiente respuesta. No, la atracción seguía ahí.
Pero tenía que contenerla como fuera.
—Dime por qué te dedicas a la cetrería —suspiró, para cambiar de conversación.
—Tenía cinco años cuando fui con mi padre a cazar por primera vez —contestó Edward—. Es costumbre que el emir enseñe a sus hijos a cazar con halcones. Aún no había empezado a ir al colegio y nunca olvidaré ese día. Fue un momento memorable para mí… un mes después mi madre nos abandonó.
—No sabía que recordaras a tu madre. Pero supongo que la verías de vez en cuando después de eso.
Que se negase a hablar sobre su madre había despertado su curiosidad. En el pasado no lo tuvo en cuenta. Era tan joven, estaba tan enamorada… sólo pensaba en Edward y, después, en su propia agonía.
—Cada otoño los halcones se dirigen al sur desde el hemisferio norte y se detienen en Zayed —siguió Edward, ignorando la pregunta sobre su madre—. Los halcones peregrinos emigran un poco antes…
No, no iba a hablar sobre su madre, pensó Bella, mientras él seguía contándole cosas sobre cetrería. Pero al menos había roto su taciturno silencio.
— ¿Crees que Noor tiene hambre?
—Probablemente. La pobre se perdió un grupo de palomas hace rato.
— ¿Y encontrará alguna presa?
Edward se encogió de hombros.
—Si no la encuentra tengo comida en el jeep. Pero después de tantas horas en el coche quiero darle la oportunidad de que ejercite las alas. Hay mucho espacio en el desierto para hacerlo y muchos pájaros para comer.
— ¿Muchos pájaros, aquí?
—Sí, muchos —contestó él—. Hace años, cuando la población de halcones empezó a descender, tuve que crear un programa de repoblación de presas. Ahora las soltamos anualmente…
— ¿Para que los halconeros puedan cazar?
—Sin cazadores no habría halcones. Desaparecerían para siempre. ¿Eso es lo que quieres?
—No —admitió ella.
—Y habría menos gente interesada en la vida en el desierto, en la conservación del hábitat de estos animales —añadió Edward, apasionado.
—Sí, en fin, supongo que tienes razón.
—Un halconero debe amar y respetar las tradiciones.
Amor y respeto. Eso era lo que Bella había querido de él. Pero Edward no la había respetado.
Como si hubiera ocurrido el día anterior, lo recordaba entrando como una tromba en la biblioteca donde Mike, el restaurador de libros contratado por el emir y su único amigo en Zayed, le estaba mostrando una primera edición de Las cartas de Plinio.
Edward, al verlos hablando en voz baja, exigió que fuese con él de inmediato. Estaba tan furioso que sus ojos, que tanto había amado, brillaban como los de un tigre.
Incluso ahora el recuerdo de ese momento hacía que se le formase un nudo en la garganta.
Bella respiró profundamente, intentando relajarse.
—Yo siempre había imaginado a los beduinos sobre sus caballos, con el halcón sujeto al brazo o algo así.
—Esa época ha desaparecido. El mundo ha cambiado y la cetrería también. Ahora usamos GPS y transmisores.
Ella asintió con la cabeza, pensativa. Parecía un guerrero del desierto. Fiero, implacable. Sin embargo, estaba tan cómodo con un traje de chaqueta como con el traje tradicional. Tan cómodo en Londres como en medio de las dunas.
— ¿Echas de menos el antiguo Zayed?
—Da igual que lo eche de menos. Todo cambia. Inshallah.
Algo en el tono en que lo dijo la hizo sospechar que estaba pensando en su padre. Cuando muriese, el mundo de Edward cambiaría por completo. Su padre se habría ido y él sería el emir de Zayed, el hombre más poderoso del país… y entonces le daría el divorcio.
Nada era nunca lo mismo.
Ni siquiera en el desierto. Allí, el viento hacía que las dunas cambiasen de forma, como el susurro diabólico del emir había hecho que el amor de Edward por ella se convirtiera en odio.
— ¿Dónde está Noor? —preguntó Bella, con voz ronca, percatándose de que el halcón había desaparecido—. ¿No ha volado ya suficiente? Tengo que desayunar.
—Debemos esperar. Hay un dicho popular en mi país sobre los halconeros… ¿quién entrena a quién? —En los labios de Edward apareció algo parecido a una sonrisa—. El halconero debe ser paciente y confiar.
Era la primera vez que lo veía sonreír de verdad en mucho tiempo. Y, aunque no fuera más que una sombra de sonrisa, merecía la pena. Además, Bella sabía que él nunca había confiado en nadie de verdad.
— ¿Confías en que Noor vuelva?
—Claro que sí. Y si tienes hambre hay barritas de cereal en el coche.
— ¿Cómo sabes que Noor sigue ahí? ¿Que no se ha ido lejos?
—Mira esto —Edward apuntó el mando del transmisor hacia el cielo y se encendió un piloto rojo—. ¿Lo ves? Está ahí. Encima de nosotros. Vigilando nuestros movimientos.
—Asombroso —murmuró ella.
—Y ahora la cosa se pondrá interesante. ¿Ves eso? Es una houbara, la presa favorita de Noor —dijo Edward, pasándole un brazo por los hombros.
Bajo el peso de su brazo, Bella se quedó inmóvil.
«Respira».
Inhalar. Exhalar. Otra vez.
— ¿A qué esperas? Mira, te lo vas a perder.
—Pero es muy grande —consiguió decir Bella, con un nudo en la garganta—. No es una paloma ni nada parecido.
—Creo que en tu idioma es una avutarda.
Sobre su cabeza vio algo entonces. Noor.
—Está cazando —Edward le abrió la puerta del jeep—. Y necesitará toda su habilidad para cazar un pájaro tan veloz como ése. Tendrá que golpearlo con fuerza con el pico para derribarlo.
— ¿Y luego qué?
—Noor tiene menos habilidad en el suelo que en el aire y si debe enfrentarse con una presa viva puede resultar herida.
—Espero que no —murmuró Bella.
Edward giró la cabeza para mirarla y, por un momento, el tiempo pareció detenerse. Pero ese momento pasó enseguida.
—Noor es una superviviente —murmuró, arrancando el jeep—. Vamos a buscarla.



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