jueves, 9 de septiembre de 2010

Capítulo 4

Los recuerdos de su casa, su familia, sus adoradas sobrinas… todo eso desapareció cuando Edward buscó su boca. El beso era profundamente apasionado, tanto que la hizo sentir un cosquilleo en el estómago.
Había pasado mucho tiempo. Demasiado tiempo desde la última vez que sintió aquella emoción.


Cuando Edward enredó los dedos en su pelo, rozando la sensible piel de su nuca, un escalofrío de placer la recorrió entera. Edward sabía exactamente cómo tocarla, cómo excitarla, y sus labios exigían una respuesta.

Bella dejó escapar un gemido, sorprendida por la pasión que despertaba en ella. Inmediatamente, Edward la apretó contra su torso, acariciándola con la lengua, saboreándola lánguidamente como si no pudiera cansarse nunca.
Suspirando, Bella enredó los brazos en su cuello, consciente de que sus pechos se hinchaban por el contacto. Se sentía como una flor abriéndose bajo el calor del sol, absurdamente consciente de que sus pezones se endurecían bajo la suave tela del caftán.

Y entonces, de repente, el beso terminó.

El frío que sintió entonces la sorprendió aún más. Hasta que Edward volvió a tomarla entre sus brazos. Entonces cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, entregándose a aquella delicia, su cuerpo ardiendo de deseo.
Edward empezó a besar el lóbulo de su oreja y el roce de su lengua casi la hizo perder el control. Bella esperó… temblando, anhelando lo que llegaría después.

Cuando empezó a acariciar su espalda, se arqueó como una gata… pero cuando Edward apartó la tira del sujetador una campana de alarma sonó en su cerebro y se puso tensa al percatarse de la realidad.

¿Qué estaba haciendo?

No debería permitir que su marido la besara de esa forma. Las palabras de Aro hacían eco en su cabeza: Edward necesitaba una esposa que cumpliera con su deber… y esa mujer no era ella.

¿Qué demonios estaba haciendo? No podía poner en peligro su nueva vida, todos sus sueños, sólo porque Edward la excitase.
Pero había esperado demasiado porque enseguida oyó el sonido de una cremallera y sintió que el caftán caía por sus hombros…

— ¡No!

— ¿Cómo que no? —exclamó él—. Eres mi mujer.

—No —repitió Bella—. Nunca volveré a ser tu mujer. Nuestro matrimonio se rompió hace cinco años. No quiero esto…

—Mentirosa —replicó Edward—. Estabas tan excitada como yo.

Tenía razón. Pero no podía dejar que lo supiera. De modo que apartó la mirada.

—Quizá habría respondido ante cualquier hombre atractivo.

— ¿Cualquier hombre? ¿No sólo conmigo? ¿Y dónde deja eso al hombre moreno
que te espera en Auckland, mi infiel y engañosa mujer?

Bella lo miró, atónita.

—Jacob Black —dijo Edward—. ¿O ya has olvidado a ese pobre tonto?

— ¿Cómo sabes lo de Jake? ¿Hás estado vigilándome?

—No exactamente.

— ¿Ah, no? Eso es repugnante. ¿Por qué lo haces? ¿Te hace sentir poderoso conocer los detalles de mi vida?

—Contraté un detective cuando me llamaste por teléfono. Siempre he creído que la información es la clave en cualquier negociación.

El corazón de Bella latía con tal fuerza que temió que Edward pudiese oírlo.

—Tu falta de confianza es la razón por la que ya no quiero seguir casada contigo.

— ¿Y me culpas a mí? No, no me contestes, no tiene sentido hablar del pasado. Nuestro matrimonio ha terminado, es verdad. En un mes tendrás el divorcio, quizá antes.

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Al día siguiente Edward entró como una tromba en los aposentos de su padre, su thobe blanca flotando tras él, aún furioso con Bella por lo que había pasado la noche anterior.
¿Por qué pensaba en ella cuando tenía que preocuparse por el desastre que Aro y Cayo habían organizado? Además, su padre lo había llamado. ¿Estría llegando el desenlace final?

Si su padre moría, Bella conseguiría el divorcio antes de lo que había pensado.

Y entonces no habría ninguna razón para que permaneciese en Zayed.

El guardia de la puerta se cuadró al verlo.

— ¿Su Excelencia está despierto? —le preguntó al enfermero.

—No sólo estoy despierto… me niego a tomar más drogas. Por eso te han llamado —contestó su padre. Apenas tenía voz, pero en sus ojos había fuego.

—Déjenos —dijo Edward.

Después de hacer una respetuosa reverencia, el enfermero desapareció discretamente.

—Padre, debes tomar la morfina —suspiró Edward, clavando una rodilla en el suelo para mirarlo a los ojos—. Te ayudará a sobrellevar el dolor.

—Me siento mucho mejor hoy. Ahora que he dejado la morfina no estoy tan confuso —suspiró el emir, poniendo una mano sobre su cabeza. Apenas pesaba nada. Ya no era la mano de un emir reverenciado por sus súbditos, sino la mano de un moribundo. A Edward se le hizo un nudo en la garganta.

—Jasper Withlock ha venido a verme. Y me ha dicho que tu mujer ha vuelto a Zayed.

Jasper era uno de los ayudantes de confianza de su padre.

—Así es. Vino a verte, pero estabas… dormido.

Edward miró a su padre, sin saber qué más podía decir. Unos meses antes, cuando le diagnosticaron la enfermedad, los rumores de palacio decían que había enviado a Jasper para hablar con el jeque Eleazar en una misión de la que no quería hablar con él ahora que estaba muriéndose.

Sabía que a su padre no le haría gracia el regreso de Bella pero, para que muriese en paz, debía convencerlo de que volver con Bella era lo que más deseaba en el mundo…

—Me alegro. Es hora de que tu esposa vuelva a tu lado.

Edward lo miró, boquiabierto. Aunque sabía que su padre quería verlo felizmente casado antes de morir, había anticipado más resistencia.

—Jasper está preocupado. Dice que Aro y Cayo están dándole problemas a Eleazar… y a ti.

Edward se encogió de hombros.

—Siento decir esto, padre, pero no es la primera vez que causan problemas.

Y si Jasper había estado actuando como mensajero para asegurar un matrimonio entre Edward y la hermanastra del jeque Eleazar, Jasper tendría otro problema.

—Pero esta vez han enfurecido a Eleazar y tienes que calmarlo. No podemos enfadar al gobernante de un territorio vecino… especialmente a uno tan poderoso como el jeque de Bashir. ¿Qué pasaría con nuestros intereses petrolíferos en Bashir si se desatara un conflicto bélico entre los dos países?

—Lo sé, padre. He estado en contacto con él.

El jeque Eleazar culpaba directamente a Aro y Cayo del conflicto. Según él, pasaban ilícitamente ganado a través de la frontera y se habían apropiado de animales que no eran suyos.
—Iré a hablar personalmente con él.

¿Moriría su padre mientras estaba fuera? ¿Y si se perdía esos últimos días por culpa de la estupidez de Aro y Cayo?

— ¿Cuándo? No puedes esperar mucho.

Atormentado, Edward miró los ojos de su padre. Ojos que en el pasado habían estado llenos de amor, de rabia, de decepción… y en los que ahora sólo había una estoica aceptación.

« ¡No!», habría querido gritar. «Lucha. No te mueras».

«No me dejes».

«Solo».

—No puedes esperar, hijo mío. Debes ir ahora.

En silencio, Edward asintió con la cabeza. Las manos de su padre eran muy delgadas, llenas de arrugas, la piel tan fina que podía ver las venas de color púrpura. Su rostro estaba amarillento… como la máscara de la muerte, los ojos profundamente hundidos.

—Te lo ordeno —dijo entonces el emir.

Edward se puso tenso. Sabía que su padre leería la negativa en sus ojos. No podía irse. No podía dejarlo ahora tan cerca del final…

—Por favor.

Esta vez era un ruego. Y Edward miró al hombre que jamás había suplicado nada. El hombre al que nadie se atrevía a desobedecer.

— ¿Y si…?

— ¿Y si me muero? Inshallah —suspiró el emir—. No, aún no me voy a morir, hijo. Me siento mejor. Pero no puedes esperar aquí hasta esa hora como un buitre surcando el cielo del desierto. Tú tienes un destino… y Zayed te necesita.

Él iba a contestar pero su padre siguió:

—No discutas conmigo. Soy un viejo enfermo, hijo. Y, por Alá, eso será lo último que te pida, te lo prometo. Haz las paces con Eleazar y no te pediré nada más.

—Esperará una disculpa.

El emir asintió.

—Tendré que ofrecerle algo… tierras o derechos petrolíferos.
Su padre volvió a asentir con la cabeza.

—Iré mañana mismo.

—Lleva a tu mujer contigo.

— ¿Qué?

Había pensado llevar a Bella, pero jamás habría esperado que él lo sugiriese. Pensaba que su padre quería aquella alianza con la familia de Eleazar porque sería conveniente para las dos familias y, sobre todo, para los intereses petrolíferos de ambos países.

—Eleazar tiene que aceptar a tu esposa… como lo he hecho yo. Debe saber que no habrá boda entre su hermana y tú.

Allí estaba, lo había dicho.

De modo que los rumores eran ciertos. Su padre había intentando casarlo con la hermana de Eleazar.

—Hijo mío, no repitas con tu esposa los errores que yo cometí.
— ¿Qué quieres decir, padre?

El emir tardó un momento en contestar.

—Estoy muy cansado —murmuró por fin—. No olvides nunca que estoy orgulloso de ti, hijo. Pero ahora necesito la morfina.

Edward llamó al timbre y el enfermero llegó enseguida para administrarle la droga. Su padre cerró los ojos de inmediato, el rostro más plácido cuando la morfina empezó a hacer efecto.

Edward se quedó allí unos minutos, embargado de soledad, de angustia.
¿Qué había estado a punto de decir su padre?

Por fin, se inclinó y besó la arrugada frente. En su corazón temía que aquélla fuese la última vez.

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Bella estaba sentada frente a una mesa de piedra en el jardín, tomando el sol mientras escribía una postal a Alice y a Nessie cuando oyó los pasos de Edward en las escaleras de piedra.

—He ido a ver a mi padre —anunció.

— ¿Habéis hablado de tu madre?

—No —contestó él, sorprendido—. Puede que hayas oído que hay problemas entre Aro y Cayo y el jeque Eleazar a Bashir.

Ella asintió con la cabeza. Habría sido difícil no oír los rumores en palacio sobre cómo iba a reaccionar Edward. El emir estaba muriéndose. ¿Sería Edward capaz de aplacar la ira del jeque?

—Zayed debe evitar la guerra a toda costa.

—Eleazar es el gobernante de un país vecino, ¿verdad?

—Así es. Tenemos muchas alianzas, particularmente sobre el petróleo. No podemos entrar en guerra con él.

—Aro y Cayo sólo causan problemas —murmuró Bella.

— Aro y Cayo son los mejores amigos de mi padre. Son como hermanos para él. Y yo tengo que respetar ese lazo.

Bella no dijo nada. Sabía que Edward soportaría a Cayo y Aro por el amor que sentía hacia su padre.

—El viaje a Aziz, la ciudad del desierto, durará tres días —suspiró Edward entonces.

Debía temer que su padre muriese en su ausencia. Y a Bella se le encogió el corazón al ver el dolor que no podía disimular.

— ¿Y si…?

No terminó la frase. ¿Y si su padre moría mientras él estaba fuera? ¿Y si no volvía a verlo con vida?

— ¿Quieres saber qué va a pasar con ese divorcio que tanto deseas? Sólo piensas en ti misma.

Bella lo miró, atónita. Era tan injusto. Pero no pensaba decirle que estaba pensando en él y no en ella misma.

—Tengo que pensar en mí. Nadie más lo hace. Me has hecho venir desde el otro lado del mundo para esperar a que tú decidas concedérmelo. Y lo único que hago en Zayed es perder el tiempo. Tengo cosas que hacer…
Como, por ejemplo, empezar una nueva vida con Jake sin la sombra de Edward.

— ¿Y si hay un retraso y tardas más de unos días?

—Eso significa que tendré que quedarme más tiempo.

El borboteo de la fuente era lo único que rompía el silencio. Pero el sonido no consolaba a Bella mientras esperaba la respuesta.

—No dejaré solo a mi padre más de una semana ahora que está tan cerca del final. Ni te dejaré aquí sola, habiibtii. Vendrás conmigo. Nos iremos al amanecer.

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El patio que había detrás del palacio estaba lleno de gente cuando Bella llegó, a primera hora de la mañana.
Edward esperaba al lado de un jeep blanco lleno de provisiones, con su thobe y el ghutra atado con dos cordones en la cabeza. En la parte de atrás, además del equipaje, Bella vio un kafas, una caja de transporte para aves en la que estaba Noor que, por lo visto, iba a hacerlos compañía.

— ¿Vamos en coche?

— ¿Esperabas que fuésemos en camello?

Nada de camellos. En fin, el jeep era el equivalente de un semental árabe para un viajero del desierto. Pero había esperado que fuesen acompañados. Edward nunca iba solo a ninguna parte. Iba con guardaespaldas, ayudantes, un verdadero ejército solía acompañarlo.

—La última vez organicé un viaje en camello porque eso era lo que tú querías.

Se refería al viaje que habían hecho cuando llegaron a Zayed, después de haberse casado en Londres. Edward la había llevado al desierto en camello y acamparon bajo las estrellas…

—Esperabas una fantasía. Un romance en el desierto… para compensar que nunca tuvimos una luna de miel.

—Otro espejismo —murmuró Bella, mientras subía al jeep.

— ¿Qué quieres decir?

Ella se encogió de hombros.

—No te preocupes, no quería decir nada.

—Cuando una mujer dice «no es nada» sólo un loco la cree.

Bella permaneció muda, los labios apretados.

Su romance en el desierto no había sido más que un espejismo. E incluso esa luna de miel había tenido que terminar antes de lo previsto. Después de dos días, un helicóptero fue a buscarlos porque requerían a Edward en palacio. Durante el viaje él se disculpó, diciendo que no volvería a pasar…

Y Bella se preguntó si no sería otra estratagema del emir para destruir su matrimonio.

Cuando al día siguiente se puso enferma con un virus estomacal, Bella odió el desierto… y Zayed.

Pero eso era el pasado.

Al final, ganó el emir.

Su matrimonio había sido un espejismo de principio a fin.

Ahora por fin tenía una vida, una vida de verdad. Y estaba dispuesta a seguir adelante. A buscar un nombre normal con el que casarse y formar una familia.

Volviendo la cabeza hacia la ventanilla, Bella se concentró en el paisaje. Hacía una mañana preciosa, con el cielo limpio de nubes.

—Hace calor —dijo después, más para romper el silencio que porque el calor la preocupase.

—Esta noche hará frío en el desierto —murmuró Edward, poniendo el aire acondicionado—. ¿Mejor? Bella miró la mano que sujetaba el volante y sin no conseguía aliviar la tensión.

—Estoy bien.

Por fin, apartando la mirada, cerró los ojos e intentó dormir.
Pero cuando despertó, de repente, descubrió que habían pasado varias horas y estaba helada. El sol del desierto había desaparecido y una manta blanca de nubes se extendía por el cielo. Bella abrió su bolso para sacar un cárdigan.

— ¿Tienes frío? —preguntó Edward.

—Un poco.

—Hoy hace más frío de lo normal —murmuró él, mirando el cielo—. No me gustan nada esas nubes, llevan reuniéndose más de una hora —añadió, examinando el GPS.

¿Qué lo preocupaba? Estaban en el siglo XXI. El desierto no era algo extraño para él y no debería tener miedo.

—No creo que llueva, ¿no?

—En el desierto también hay tormentas. No ocurre a menudo, pero ocurre. Pueden ser devastadoras porque la arena no absorbe el agua. Se queda en la superficie hasta provocar inundaciones.

— ¿Inundaciones? —repitió Bella, atónita—. Resulta difícil imaginar.
—Pues así es. Aunque el agua es fuente de vida, en el desierto puede ser una calamidad.

— ¿Podremos llegar a Aziz antes de que empiece a llover?

—Es posible. Y las nubes podrían disiparse…

—Eso sería un alivio.

La idea de una tormenta en pleno desierto no resultaba nada consoladora. Y aquellas nubes oscuras parecían un mal augurio. El desierto tenía un aspecto más aterrador que nunca, si eso era posible.

Una hora después se detuvieron para comer algo y beber agua. Luego, de nuevo, reanudaron el viaje.

Desde la comida Edward había estado en silencio, pero a Bella le pareció que iban más rápido. Los bancos de nubes se movían, parecían ir tras ellos… y Bella empezaba a preocuparse de verdad.

—Odio este sitio.

—Lo sé —dijo Edward.

—No deberías haberme hecho volver a Zayed.

—Te necesitaba aquí.

A Bella le dio un vuelco el corazón. En el pasado habría matado por oír
esa frase. Pero Edward siempre estaba pendiente de su padre y del bien de Zayed entonces. Y ella se sentía sola.

— ¿Para convencer a tu padre de que has sentado la cabeza antes de que
muera?

—En mi país se cree que si un hombre ha dado a todos sus hijos en matrimonio antes de morir ha cumplido con su obligación. El nuestro no es lo que mi padre considera un matrimonio verdadero, de modo que se cree fracasado. Quiere verme felizmente casado, Bella. Cree que ha llegado el momento de que tenga una familia, hijos —Edward suspiró—. Incluso ha intentado buscarme otra esposa.

Otra esposa. Debería haberlo esperado.

—No puede hacer eso. En nuestro contrato de matrimonio se estipulaba que sólo podrías tener una esposa —le recordó Bella.

—Lo sé. Y así se lo dije a mi padre.

Bella había insistido en esa cláusula. A pesar de ser joven y estar locamente enamorada de Edward, había insistido en que no pudiera casarse con ninguna otra mujer. Aunque en su país estuviera permitido tener más de una esposa. Ella quería ser su único amor. Para siempre.

Tristemente, no se le había ocurrido añadir una cláusula que le permitiera divorciarse aunque no tuviera el consentimiento de su marido. De haberlo hecho no se habría visto obligada a volver a Zayed. Entonces, enamorada como una cría, pensó que su matrimonio duraría para siempre.

—No creo que a tu padre le gustase mucho la idea.
Eso era decir poco. Seguramente el emir se habría puesto furioso.

—No, no le gustó. Pero al menos ha decidido dejar de buscarme una segunda esposa. Aunque ha habido ciertas… complicaciones causadas por su entusiasmo.

—Se lo merece. Tu padre nunca aprobó nuestro matrimonio, así que no esperes que sea hipócrita y me quede para su funeral.

— ¿Por qué iba a querer yo que te quedases al funeral de mi padre?

El sonido de su móvil interrumpió la conversación. Edward pulsó el botón del teléfono, que estaba colocado en el salpicadero.

— ¿Sí?

Bella lo oyó hablar en árabe durante unos segundos.

—Hay cierta preocupación por el tiempo —le dijo después—. Nos detendremos
en el campamento de Bedu, no lejos de aquí, para refugiarnos de la tormenta.

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8 comentarios:

  1. pff!!! q tipoooo!!! alguien le a dicho q hay algo q se llama deja de ser un idiota!!! no creo pero bueno esparte de l pff!! la verdad es q yooo no sabria q hacer bueno igual y sii pero es difiicl pesar en algo asi y ella tiene todo el derecho el es un idiota asi q pff!! q se joda!!

    xoxo

    M

    pd saludos chicas

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  2. holaaaaaa aquii estoyyyy nuenoo estooo se complicaaa cada vez un poco mas je!! edward tendria que tratar de comportarse un poco mejor y hablar con bella pasa que se dicen dos palabras y estan peliandooo...bueno a Cayo y Aro no los bancooo...bueno veremos que pasa con ests dos en el proximo capii si se pueden comportar un poco mejor el uno con el otro y que tengan otro acercamiento como al prinicpio de esteee capii jajajaj!!bueno chicass besoss para los doss y el domingo voy a andar por aquiii cuidensenn ...graciasp or contestar los comentarioss siempre entro en el anterior capii para leerlo lo que escribenn je! bueno adiosss!!!suetre para ambass!!!

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  3. Holaaaa!!!! gracias por los comentarios....beluchis tambien me conecto el fin de semana, haber si tengo la dicha de conocerte...

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  4. Maggice, es emocionante saber que la historia te causa muchos sentimientos, muchas gracias por tus comentarios... Te envio un beso y un abrazo de oso....

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  5. Beluchis, muchas gracias por apoyar a Pescui, dejar tus comentarios y leerlos, en fin, gracias mil gracias por apoyarnos en esta aventura.Te envio un beso y un abrazo de oso...

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  6. Joé,con Edward,la verdad es que yo tambien me hubiera divorciado de un tipejo asi.Pero ahora,cambiará..supongo...Un beso Pescui.Te deseo,lo mejor!!! camarada!!!

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  7. mmmm... desierto, solos y tormenta? Esto huele a escenon!! estoy deseando seguir leyendoooo.

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