domingo, 15 de mayo de 2011

La Hija Del Coronel

ADAPTACION.
Argumento:



¿Cómo puede una chica inocente atraer a un famoso y atractivo cantante al que la
prensa sensacionalista atribuye prácticas sexuales para las que ella no está
preparada?



Bella Swan está decidida a hacer cualquier cosa para convencer al hombre de
sus sueños, el popular cantante Jacob Black, de que están hechos el uno para el otro.



Resuelta a probar que es lo suficiente mujer para él, recurre a Edward Cullen y
le pide que sea su tutor sexual. Atrevido y descarado, Edward, le advierte que está
jugando con fuego, lo que no impide que la tome bajo su tutela y que, junto con su
primo Emmet, le enseñe los placeres de ser compartida. Aunque ella se reserva para Jacob,
pronto descubrirá que Edward es el único hombre capaz de satisfacer todas sus
fantasías.



Y cuando Bella le pide más… él no será capaz de resistirse.

……………………………………………………………………………………………………………………………………………


Capítulo 1

Por lo general, a Bella Swan no le importaba pedir favores. Si su padre
hubiera estado en la ciudad, no le hubiera molestado pedirle que se pasara por la
tintorería. Ni darle la lata a alguno de sus hermanos para que le comprara la leche.

Pero hoy no le pediría ayuda a su familia. Lo que necesitaba no era algo que se
considerase normal.

Respiró hondo. Podía hacerlo. No, tenía que hacerlo si quería hacer realidad la fantasía
que llevaba siete años rondándole la cabeza.

Salió del coche bajo aquella húmeda tarde y estudió la casa de ladrillo rojo. El exterior,
con un macizo de azaleas de vistosos colores y un césped recién cortado,
parecía cuidado. Era un edificio elegante con aquella fachada de piedra, el
inmaculado balcón blanco y las columnas de estilo dórico. No se oía ni un solo ruido
que perturbara los verdes campos del este de Tejas, el lugar parecía muy tranquilo.

Nadie podría adivinar jamás qué depravaciones ocurrían en esa casa. De hecho,
Bella había ido allí para descubrirlas personalmente. Para averiguar si podía
soportarlas.


Cerrando los dedos temblorosos en torno a la correa del bolso, se armó de
valor y se acercó a la pesada puerta de roble. Pensó lo hermoso que era el paisaje
marino de la vidriera de colores y llamó.

Contra toda lógica, esperó que Edward Cullen no estuviera en casa.

¡Uf! ¿Cuánto tiempo hacía que no lo veía? ¿Cinco años? Quizá más. Ojalá pudiera
pasar otros cinco años o más sin tener contacto con él. De hecho, imaginar su cara era
todo lo que hacía falta para hacerle rechinar los dientes y pensar en asestarle un par
de puñetazos. Cuando Bella tenía diecisiete años, él había despertado en ella una
curiosidad que la atemorizaba, pero que al mismo tiempo no había podido ignorar. La
única vez que había intentado hacer algo al respecto, iniciando una sencilla
conversación, él la había rechazado sin ningún miramiento. Durante mucho tiempo
lo había odiado por ello.

Ahora, en vez de evitarle, iba a tener que pedirle el favor de su vida.

Y haría cualquier cosa para que no se lo negara.

Apartándose un rizo castaño de la cara, Bella se obligó a no comprobar una vez más el
brillo de labios. El rímel no se le había corrido; lo había comprobado unos minutos
antes. Los pantalones color oliva, aunque cómodos, habían sido una mala elección.
Los compensaba con una provocativa blusa blanca de encaje que se le ceñía a los
pechos y con el escote bajo y redondeado para llamar la atención. Había completado
su atuendo con unas sandalias blancas de tacón alto que sabía que gustaban a los
hombres, pero que, Maldita sea, le hacían polvo los pies.

No tenía sentido seguir postergando aquello un minuto más.

Tragando saliva, Bella volvió a llamar.

—Ya voy —anunció una amortiguada voz masculina.

¿Edward? Había pasado demasiado tiempo y Bella había borrado de su memoria todo
lo que concernía a aquel hombre. Pero jamás había olvidado del todo aquella voz
profunda y ronca.

Sintió mariposas en el estómago cuando oyó ruido de pasos aproximándose a la
puerta.

Había ensayado mil veces lo que iba a decir. Edward pecaba del mismo
comportamiento militar de su padre y sus hermanos, y no le gustaba la gente que se


andaba con rodeos o sutilezas. Así que sólo esperaba soltar el discurso sin fastidiarla.
De repente, un hombre abrió la puerta. No era Edward. Ni siquiera se le parecía.

El pelo negro ensortijado era atrayente y salvaje. Tenía unos conmovedores
ojos oscuros y una mandíbula firme con sombra de barba. Una camiseta ceñida
de color gris y vaqueros descoloridos cubrían un cuerpo alto y fuerte. Aquel hombre
podría trabajar de modelo y ganar una fortuna. Su cara le resultaba familiar, quizá lo
conocía.

—¿Puedo ayudarte en algo? Sería un placer para mí. —La divertida sonrisa del hombre
le indicó que era consciente de que lo había recorrido de pies a cabeza y que no le
importaba lo más mínimo. De hecho, él había hecho lo mismo.

Bella se rió. Era obvio que la sutileza no era lo suyo.

—Lo siento. Creo que me he confundido de casa. Estoy buscando a Edward Cullen.










.

Supongo que me confundí de calle…

—No. Has llegado al sitio correcto. Mi primo Edward regresará pronto.

—¿Edward es primo tuyo? —La posibilidad casi la dejó boquiabierta.

En términos físicos, los dos hombres eran —literalmente— como la noche y el día. El
que estaba ante ella era ardiente y sexy, oscuro y lujurioso como la noche. Edward
tenía la piel demasiado blanca, cabello cobrizo y su estructura aunque atlética; no era ni mucho menos como la del hombre que estaba a su frente.

Él se encogió de hombros.

—Somos primos segundos, ya sé que no es para andar diciéndolo. Pero como él paga
su parte vivimos juntos. Yo soy…

—Emmet Mc. Arty. ¡Oh, Santo Dios! Te he reconocido por las fotos. Tengo varios de tus
libros de cocina.

—Me siento halagado.

Ella le dirigió una sonrisa contrita.

—¡Oh, vaya! Me encantan tus recetas. Aunque soy un auténtico desastre en la cocina.


La cordial risa masculina de Emmet resonó con un eco cálido en su vientre. Le cayó bien de
inmediato. Parecía buena gente. Sencillo a pesar de su éxito.

—¿Cómo te llamas, cariño?

—Bella Swan. —Le tendió la mano—. ¿De verdad eres primo de Edward?

—Eso parece. —Emmet le tomó la mano acariciándola más que estrechándola—. No
puedo dejarte aquí fuera en el porche. ¿Quieres entrar a esperarle? Me
encantaría disfrutar de tu compañía mientras termino de hacer la cena.

Aquel hombre rezumaba encanto sureño. Bella se sintió encandilada por él.

—Gracias. ¿Crees que llegará pronto?

—Sí. Llamó hace un rato para decirme que estaba en camino. —Emmet se apartó a un
lado para que pasara.

Bella entró en la casa, llena de curiosidad. En ella reinaba el clasicismo de
influencia italiana, pero un aire rústico y moderno a la vez. Los suelos de madera
oscura contrastaban con las paredes blancas. Había sillones de cuero y mesas de
hierro forjado, y un televisor de plasma de cincuenta pulgadas. Era lujosa y de buen
gusto, pero aun así muy masculina.

—Calculo que llegará en diez minutos más o menos. —Emmet le dirigió una picara sonrisa.

El tiempo justo para ofrecerte un té helado de frambuesa y unos bollos de
melocotón recién hechos, además de sonsacarte cómo ha conseguido ese imbécil que
una belleza como tú venga a visitarlo.

A Bella se le esfumó la sonrisa de golpe. Su misión. Un par de magnéticos ojos oscuros
y algunas palabras amables y ya se había olvidado de la razón por la que había ido allí.

Una parte de Bella apenas podía creer que se hubiera atrevido a ir. Era una locura.
Una estupidez.

Y, sin embargo, era fundamental para su futuro.

Pero no iba a dejar que Emmet le sonsacara la verdad, no importaba lo deliciosos
que resultaran sus bollos. Aunque lo más probable era que Edward se lo contara a Emmet
en cuanto la pusiera de patitas en la calle.


—Sólo estaba bromeando. No hay necesidad de que te pongas tan seria. No
tienes que contarme nada —le aseguró con aquella voz ronca e íntima. La expresión
picara de sus ojos había sido reemplazada por una mirada oscura y adusta.

—Lo siento. —Bella intentó sonreír—. Es que estoy un poco…

—¿Nerviosa? —le sugirió él, conduciéndola a una brillante cocina.

—Es una casa preciosa, en especial la cocina —suspiró ella, feliz por poder
cambiar de tema.

Los elegantes muebles de cerezo y acero inoxidable hablaban de buen gusto europeo y
de cocinas de alta tecnología. Con una creativa mezcla entre lo antiguo y lo moderno,
la cocina con seis fogones, las encimeras de granito y el horno doble, era el
sueño de cualquier chef. Emmet parecía encajar allí perfectamente.

—Gracias. Por si te lo preguntas, Edward no tuvo nada que ver en la
decoración —dijo, guiñándole el ojo.

¿Decoración? ¿Edward? La idea la hizo reír. Edward colgaba las armas en el perchero y
tenía las cajas de los cartuchos esparcidas por el suelo. Para él, los prismáticos de
infrarrojos eran el tema preferido a la hora de tomar café. Un buen televisor, un sofá
viejo y una cámara de seguridad, y no necesitaba nada más para entretenerse.

—Te creo. ¿Lo has decorado tú todo?

—Con un poco de ayuda de un amigo mío que es decorador.

—Te ha quedado muy bonita.

Él le respondió con una sonrisa.

—Me alegro de que te guste. ¿Un té de frambuesa?

Emmet le puso la mano en la cintura y la guió hacia una silla de hierro forjado con un
lujoso

cojín de color musgo. La leve caricia le gustó. Bella no tenía duda alguna de
que muchas mujeres considerarían muy atractivo al chef. Lo era. Pero tenía algo
que la tranquilizaba. Él cocinaba y decoraba, y además la hacía sentir a gusto. Quizá
era gay. Lo observó con detenimiento y reconsideró ese último pensamiento. «No, por
supuesto que no lo es». Simplemente era una persona educada y de trato fácil.


Todo lo contrario a su primo. Edward siempre la sacaba de quicio incluso antes de
decirle «hola».

—Así que conoces a Edward —preguntó Emmet, dándole un vaso alto.

—Se podría decir que sí. —Le dirigió una tensa sonrisa—. Mi padre y él se dedican a lo
mismo. De hecho, él solía trabajar para mi padre. —Bella tomó un sorbo de té
y no pudo contener un suspiro—. ¡Esto está de muerte!
Emmet frunció el ceño y luego cayó en la cuenta de quién era ella.

—Ah, ¿eres la hija del coronel Swan? Bella asintió con la cabeza.

—¿Edward te ha hablado de mí?

—Nunca ha mencionado tu nombre. En realidad sólo me ha hablado de tu padre.
Tendré que patearle el trasero por ese descuido. Eres preciosa. —Se sentó en la silla a
su lado y sonrió, derrochando encanto—. Me voy a sentir muy infeliz si ya te ha
echado el ojo.

Un rubor acalorado subió por el cuello de Bella hasta sus mejillas. «¿Se había
sonrojado?» Ella siempre se sonrojaba. ¡Siempre! Pero Emmet y sus halagos eran
demasiado para una chica acostumbrada a tratar sólo con militares?


—Apuesto lo que sea a que tienes montones de mujeres rendidas a tus pies.

Un amago de sonrisa aleteó en esa boca exuberante, pero no contestó.

—¿Edward sabía que ibas a venir?

—No. Y no me ha echado el ojo. Créeme, hace años que no le veo. Creo que
todavía estaba en el instituto la última vez que lo vi.

La sorpresa se reflejó en los rasgos morenos y sensuales de Emmet.

—Y ahora llegas aquí como caída del cielo, decidida a hablar con un hombre por el
que, si no me equivoco, no sientes un especial cariño. ¿Es así?

Bella palideció. Aquel hombre era realmente perspicaz.

—Yo…, necesito hablar con Edward. Es urgente.


Edward estaba junto a la puerta de la cocina, apretando los dientes con fuerza.

Mierda, reconocería esa dulce voz en cualquier sitio. Aguda, rítmica, con un leve
toque de picardía. “Bella Swan». La chica que le ponía duro como un martillo
neumático. Siempre había sido así. Durante todos y cada uno de los días que había
trabajado para el coronel. Era oír su voz y toda la sangre de su cuerpo descendía
directamente a su miembro. Una mirada de esos dulces ojos color chocolate y ya estaba
listo para la acción.

Edward hizo una mueca mientras se recolocaba la bragueta. Maldita sea,
todavía tenía ese poder sobre él.

Al menos ya no tenía diecisiete años y tentaba a un hombre que era lo
suficientemente mayor para saber cuándo no debía jugar con fuego.

Hacía cinco años que había dejado de trabajar para su padre, antes de hacer algo
estúpido. Algo de lo que, estaba seguro, se hubiera arrepentido más tarde, igual que lo
habría hecho ella.

Pero, ¿por qué demonios estaba allí? «Mierda, sólo hay una manera de
averiguarlo…»

Bella contuvo el aliento cuando él entró en la cocina. Edward se detuvo ante la isleta
para ocultar la dura evidencia de su excitación. Al ver la sonrisa de diversión de su
primo, supo que a él no le había engañado.

Pero fue a Bella a quien prestó toda su atención. Había madurado. Sus labios eran
ahora más provocativos, las pecas se habían desvanecido. Apenas llevaba
maquillaje. El aire de inocencia permanecía intacto, y lo invitaba a corromperlo.

Edward apostaría todas sus medallas a que todavía era virgen.

«Estás loco». Bella debía de tener ya veintidós años, veintitrés como mucho. Pero en
lo más profundo de su ser sabía que no se equivocaba. ¡Maldita sea! Tenía que
deshacerse de ella. Y con rapidez. Un deseo incontrolable y una chica virgen eran una
combinación peligrosa.

—Bella. —La voz de Edward sonó ronca por el deseo. Reprimió las ganas de hacer una
mueca.

—Edward.


Su nombre pareció flotar desde aquellos labios rosados y tentadores. El ronco sonido
lo puso más duro todavía. Entonces ella se mordisqueó el labio inferior y él sólo pudo
pensar en deslizar su miembro entre esos labios, en penetrar profundamente la
sedosa humedad de su boca mientras ella lo miraba con aquellos ojos inocentes.

Si no dejaba de pensar en esas cosas, iba a tener que ir al baño para masturbarse
antes de poder mantener una conversación coherente y deshacerse de ella.

—Hola —dijo ella para romper el embarazoso silencio.

—Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos.

Bella asintió con la cabeza. Fue un gesto automático que denotaba
nerviosismo. No había oído más que unas pocas frases de la conversación de Emmet con
Bella. Las suficientes para saber que su primo pensaba que le había echado el ojo a
aquella belleza. Y que Bella tenía una razón importante para estar allí.

Como sólo tenían un conocido en común, pensó que debía de tratarse del coronel.

—¿Le ha pasado algo a tu padre?

—E-está bien. Gracias. —Bella forzó una sonrisa—. Últimamente ha recibido
amenazas de algunos de los psicópatas que envió a la cárcel y que ya ha sido puesto en
libertad, pero eso no es nada nuevo.

«No, no en esa clase de trabajo».

—No, no lo es.

Por fin, su erección disminuyó lo suficiente para cruzar la estancia y sentarse ante la
mesa de estilo italiano. Su primo todavía esbozaba una sonrisa socarrona, y Edward le
dirigió una mirada de advertencia.

—No he podido evitar oír cómo le decías a Emmet que tenías algo importante que
decirme. ¿No será sobre el coronel?

—No. Es sobre… —Las pestañas de Bella sombrearon sus mejillas cuando bajó la vista
y se volvió a morder el labio.

Maldita sea, los gestos inocentes y seductores de Bella lo ponían a cien.

Ella levantó la vista de nuevo, y Edward vio que lo miraba con determinación.
Interesante.


—Es algo personal.

«¿Personal?». A Edward no podía imaginarse a qué se refería. ¿Había acudido a él para
contarle algo personal? Se había esforzado en ser un borde con ella mientras trabajaba
para su padre. No le había resultado demasiado difícil cuando se había sentido
agarrotado todos los días por la frustración sexual.

Transcurrió una pausa silenciosa.

Emmet se levantó y se acercó a Bella.

—Chicos, os dejaré unos minutos a solas. Hay más té de frambuesa. No permitas que
el ogro te asuste. —Le cogió la mano y se la besó—. Y no se te ocurra marcharte sin
despedirte.

Edward observó el intercambio y se dio cuenta de que estaba rechinando los
dientes.

«Bastardo». Bella poseía todo lo que su primo deseaba en una mujer: dulzura,
virginidad e inocencia. El que ella tuviera el pelo castaño con reflejos rojizos era sólo un incentivo más.

«Pero ya podía irse olvidando de esa mujer». Si Bella estaba vedada para él, también
lo estaba para Emmet.

El suave golpe de una puerta al cerrarse en el pasillo le indicó a Edward que su primo
se había encerrado en su despacho. Volvió a centrarse en Bella.

—Bien, adelante. Te escucho.

—He venido a pedirte un favor. Me doy cuenta de que esto es un poco extraño, pero…
—se interrumpió con un tembloroso suspiro, luego alzó la barbilla y pareció controlar
los nervios.

Un momento después, lo miró directamente a la cara—. ¿Podrías enseñarme todo
sobre el sexo, tal y como a ti te gusta?

Por lo general, la expresión de Edward jamás reflejaba sus pensamientos. Debido a su
trabajo, poseer una expresión insondable era algo indispensable. Aquella era la
primera vez que Bella lo veía quedarse con la boca abierta. No lo hubiera
sorprendido más si le hubiera pedido que excavara el Gran Cañón con sus propias
manos.

—¿¡Qué!?


—Quiero que me enseñes cómo son las relaciones sexuales que te gustan.

¿Las relaciones sexuales que le gustaban a él? ¿Podría haber algo más extraño en este
jodido planeta?

Ahí pasaba algo. Algo muy raro. A la virginal Bella Swan no podía gustarle lo mismo que a él.
Ni siquiera debería saber que existía.

Aunque quizá estuviera interpretándola mal. Lo más probable era que no tuviera ni la
más remota idea de qué le estaba pidiendo.

Con aquel tranquilizador pensamiento, dejó traslucir la irritación que sentía y negó con
la cabeza.

—¿Por qué coño ibas a querer saber algo así?

Bella no se inmutó ante su lenguaje. Edward debía reconocerle eso y más… como
haber tenido las agallas suficientes para ir allí. Al criarse con el coronel y dos hermanos
mayores, era probable que hubiera oído todas las palabras malsonantes del mundo, y
algunas más de su propia cosecha. Pero se preguntó de dónde habría sacado el valor
para preguntarle si quería… ¿qué? ¿ser su tutor sexual? Bufó para sí mismo al pensar
en todas las cosas que le gustaría enseñarle.

—Creo que ha llegado el momento de ampliar mis horizontes —le explicó ella
con despreocupación, de una manera que parecía haber sido ensayada—. Y a
pesar de tu actitud brusca, eres un tío honrado. Nunca me harías daño…

—¿Hasta cuando voy a tener que seguir oyendo este discursito antes de decirte que
no?

—Aún no he terminado.

—Ni siquiera deberías haber empezado.

—Necesito saber. Tengo que saber cómo complacer a un hombre con esas
inclinaciones.

Esas inclinaciones. Como si fuera algo fácil. Como si pudiera explicárselo con un simple
esquema. Contuvo una amarga risa.

—A ver si nos entendemos, ¿quieres aprender a follar conmigo, pero no tienes ni idea
de qué va la cosa?


Bella se envaró.

—Claro que lo sé. A ti te van los ménages, te gusta compartir a las mujeres.

¿Cómo diablos se había enterado de eso? Era sorprendente. Perturbador.
Condenadamente excitante.

Pero ella había dicho «ménage» como si la mera palabra la asustara de muerte.
Edward se rió largo y tendido a costa de Bella.

—Gatita, estás metiéndote en camisa de once varas.

—Por favor, no me trates como a una cría. Puede que no sea la mujer más
experimentada del mundo, pero ¿qué más da? Todos partimos de cero. Estoy tratando
de aprender. No te pido un compromiso ni que me dediques mucho tiempo. Hablo de
una tarde o dos, ¿dónde está el problema?

Así que la gatita aún tenía garras. La encontraba salvajemente excitante. Se
imaginó tumbándola sobre esa misma mesa, separándole las piernas para observar su
sexo abierto para él mientras ella se retorcía y jadeaba en pleno orgasmo.

Él se aclaró la garganta y se obligó a centrarse.

—Olvídate por un segundo de que no tienes más que una vaga idea sobre el
tema.

Centrémonos en la gran pregunta: ¿por qué? ¿Por qué quieres experimentar en tus
propias carnes qué se siente al ser compartida?

Bella cruzó las manos delante de ella y vaciló. Estaba intentando decidir qué contarle,
pensando qué descartar y qué no. Edward le dio un minuto para que aclarara
sus ideas; podía esperar. No pensaba ir a ningún sitio hasta descubrir de qué iba todo
ese asunto.

—No sé si te acordarás, pero poco antes de que vinieras a trabajar con mi padre, éste
había estado protegiendo a Jacob Black.

—Sí. —Edward se encogió de hombros.

—Jacob y yo… nos hicimos muy amigos ese verano. Compartimos un vínculo especial.
Se podría decir que nuestro amor floreció. Hemos salido con otras personas, pero no
es lo mismo. Y nuestra relación sólo se ha hecho más fuerte con los años. Nos hemos
mantenido en contacto por teléfono y por e-mail. Compartimos nuestras


esperanzas, deseos y sueños. Llevo muchos años pensando en él, en nosotros y creo
que a él le pasa lo mismo.

Que alguien le diera una bolsa para el mareo. ¿De veras Bella se tragaba todo eso?
¿Que mientras Jacob se iba tirando a toda cuanta mujer se le ponía por delante, la
amistad con Bella tenía un significado especial para él? Imaginó que sería posible…
después de que el infierno se congelara.

—Ya veo —dijo arrastrando las süabas—. ¿Y eso qué tiene que ver?

—Bueno, hace unos seis meses, hablamos largamente de nuestra relación. Le
dije que nunca podría sentir por nadie lo que sentía por él —se mordisqueó los labios,
titubeando—. Jacob me dijo que yo le importaba mucho, pero que su estilo de vida me
escandalizaría.

No había más que leer la prensa amarilla.

—Sí, lo haría.

—He visto montones de fotos de él con diferentes mujeres. He oído rumores
sobre lo mucho que le gusta compartir a las mujeres. Sé lo que tengo que hacer para
tener un futuro con él. Pero él dice que no quiere corromperme; piensa que yo
no podría soportarlo. Tengo que demostrarle que puedo ser lo que él necesita.

Santo cielo. ¿Acaso había perdido completamente el juicio? Pretendía que le
enseñara a darle placer a ese niño bonito que presumía de ser cantante
melódico y a algún gilipollas desconocido a la vez. ¿Seria Bella una mujer
inmadura para su edad, de ésas que perdían la chaveta por las celebridades y gritaban
como locas cada vez que oían su nombre? Se le encogió el estómago.

—¿Así que crees que yo te enseñaré cómo atraparle, y luego viviréis felices y
comeréis perdices?

Bella se envaró.

—Creo que lo más inteligente sería ir a Jacob preparada para complacerle y de esa
manera probarle que puedo ser alguien especial para él.

—¿Y a qué viene tanta prisa?

—Ha vivido en Europa durante los últimos años. Le he echado mucho de menos. Pero
por fin vuelve a Estados Unidos. Vuelve a Tejas durante unos meses. Hemos


hecho planes para vernos y averiguar si nuestra relación tiene algún futuro. Es mi
oportunidad para demostrarle que aún nos une ese vínculo especial.

«¿Vínculo especial?» ¿Qué demonios se suponía que quería decir con eso?

—En primer lugar, ese tío es una estrella del pop. Ha tenido tres álbumes en el número
uno en los dos últimos años. Las mujeres caen rendidas a sus pies, y lo sabes.

Ella alzó la barbilla, altiva. Tenía su genio. Otra cosa que lo ponía tan duro como una
roca.

—Precisamente por eso, no puedo permitirme el lujo de no estar preparada. Sé que
tendré que competir por su tiempo y atención. Soy consciente de que no soy tan
mundana como las groupies que lo persiguen. Pero existe una conexión entre
nosotros. Quiero ver si nos lleva a algún lado y creo que él también está dispuesto a
averiguarlo, aunque tiene miedo de hacerme daño.

—Y supongo que en segundo lugar, tú eres demasiado inocente para esto.

—Por eso te pido tu ayuda. Me niego a ir a verlo y correr el riesgo de que me
considere una cría. ¿A qué vienen tantas preguntas? ¿Acaso es tan difícil hacerlo?

—Estoy dispuesta a que me lo expliques, y quizá también me haga falta una
demostración.

Depende.

«Jodidamente increíble».

—Una explicación no te serviría de nada, gatita, y no te prepararía para lo que
realmente necesitas. En cuanto a una demostración, lo más probable es que salieras
huyendo espantada.

Ella frunció el ceño. La frustración de Bella aumentaba a la par que su deseo por ella.

—De ser así, tengo que saberlo ahora, antes de comprometerme con Jacob. Si
lo compruebo por mí misma…

—Saldrías de aquí gritando y corriendo tan rápido que baterías todos los
records. No podrías soportarlo.

—¿Por qué? ¿Acaso estamos hablando también sobre el bondage o la dominación?


Edward agrandó los ojos sorprendido. ¿Cómo sabía ella de esas cosas?

—No parezcas tan sorprendido. No soy precisamente una niña.

—Puede que no. Pero eres virgen todavía. Apostaría mi vida en ello.

—Sí. ¿Y qué? Me estoy reservando para Jacob. —Se apartó un brillante mechon chocolate de la cara, actuando como si anunciar que una mujer de veintitantos años era
virgen fuera la cosa más natural del mundo—. Edward, sé que no me debes
nada, pero te estoy pidiendo lo más amablemente posible que me ayudes.

—Pues joder con tu petición. No me importa cómo lo expongas. Es una
condenada estupidez.

—Si lo que te preocupa es que mi padre se enfade…

—Demonios, sí, por supuesto que se enfadará. Pero no es por esa razón por la
que no estoy dispuesto a ayudarte. Bella, éste no es el tipo de sexo que le vaya a una
virgen.

Ella hizo una pausa, reflexionando sobre ello. Luego se puso en pie.

—Vale, lo entiendo. Al parecer no te atraigo para nada. Genial. Ya encontraré otra
manera de aprender.

Edward debería dejar que creyera eso y dejar que se marchara, pero no podía.
Tenía que hacerle saber que sí que lo atraía…. y que por ese mismo motivo estaba
jugando con fuego. Edward se levantó y se interpuso en su camino.

—¿Así que piensas que no me atraes? —bajó la mirada al miembro grueso y
duro que tensaba la bragueta de los vaqueros. Al instante, ella siguió la dirección de
su mirada. El suave jadeo que emitió sólo lo puso más duro—. Gatita, no puedes
imaginarte lo que se me ha pasado por la cabeza desde que me has formulado esa
petición con esa boca tan deseable que tienes. Pero dudo que quieras saberlo.

Un ardiente rubor inundó las mejillas de Bella mientras miraba de nuevo la
entrepierna de Edward. Se mordisqueó los labios. Siempre hacía eso cuando estaba
nerviosa o pensativa.

—Sí que quiero. Quiero saberlo todo sobre las relaciones sexuales que te gustan. Las
que le gustan a Jacob.


Edward se sintió molesto, y se prometió a sí mismo que si alguna vez tocaba a Bella,
ella dejaría de pensar en aquella afeminada estrella del pop. Estaría demasiado
ocupada con él.

Sólo el pensar en decirle que no, le hacía sentir como si le aplastaran las pelotas.
Mierda, se le estaba ofreciendo en bandeja para que saciara su lujuria por ella.
Lujuria que él llevaba más de cinco años conteniendo. Lujuria que le ponía el
miembro increíblemente duro y que le hacía sentir un deseo que le retorcía las
entrañas.

«Es inocente. Virgen. ¡¡Peligro!!»

Había llegado el momento de poner fin a aquello. ¿De verdad creía Bella que
era lo suficientemente madura para ser compartida? Sí, tenía que hacer que saliera
huyendo en cuestión de segundos. Sería lo mejor antes de cometer alguna locura
como agarrarla, tocarla, excitarla y penetrarla hasta el fondo.

—El sexo que me gusta no es ni dulce ni romántico, gatita. Es crudo, y en
ocasiones doloroso para una mujer. Puede requerir una espalda de acero y mucho
aguante.

Bella se puso tensa y tragó saliva. Estaba nerviosa…, pero intrigada. La
curiosidad se arremolinaba en aquellos preciosos ojos color avellana. Al fin, ella
asintió con la cabeza.

—Continúa.

Edward se acercó más. No podía contenerse. Ahora también captaba su aroma.
Desprendía un olor a fresias, a azúcar moreno y a deseo femenino. ¿Acaso
estarían calentándola sus palabras? ¿O sería saber que lo excitaba lo que la hacía
humedecer?

Dio otro paso, invadiendo el espacio personal de Bella, y acercó los labios a su oído.

—En mi caso, ménage, implica compartir a una mujer, dos hombres follándola
a la vez, llevándola al orgasmo y volviéndola tan loca de placer que ella olvida su
nombre y grita hasta que el techo se le cae encima.

Edward se apartó para evaluar la reacción de Bella. Tenía la boca entreabierta
en un silencioso jadeo, y los ojos agrandados con las pupilas dilatadas. Oh, Maldita
sea. ¿Sería posible que la idea la atrajera? Su polla estaba preparada para bailar un
tango a pesar de que su mente estaba intentando por todos los medios cortar la
música de raíz.


—Ayúdame a entenderlo. ¿Por qué te gustan los ménages? —logró susurrar ella—.
¿Por qué no hacer el amor con una sola mujer? Solos los dos.

—Dos hombres pueden lograr que una mujer alcance un placer tan increíble que ella
esté dispuesta a hacer lo que sea por el placer de sus amantes. Y para eso tengo que
tener un asiento en primera fila.

A Bella se le enrojeció aún más la cara. El aroma del deseo femenino flotaba ahora en
el aire. Se le irguieron los pezones al tiempo que se humedecía los labios con
nerviosismo.

—Entiendo.

El vientre de Edward se contrajo ante la imagen de aquella lengua rosada.

—¿De veras?

—Estoy al tanto de esas cosas. He leído mucho. Comprendo cómo es posible
físicamente, pero… ¿qué pasa con los lazos afectivos?

—¿Los lazos afectivos?

El debía de ser de Marte, porque esa pregunta era, definitivamente, de Venus. ¿Qué
pasaba con las preguntas que se esperaba? Cosas como ¿por dónde se meten las
pollas? ¿Cómo follaban dos hombres a una mujer simultáneamente? Esas sí eran cosas
que él podía contestar. Con todo lujo de detalles además. A él le encantaría verla
penetrada por dos miembros batiéndose en duelo, uno por su apretada vagina y el
otro por el intocable trasero.

Mierda, tenía que dejar de pensar en eso antes de que los vaqueros le
constriñeran la erección.

—¿Cómo se manejan esas relaciones para que no interfieran los celos?

—Es que no son relaciones. Es sólo sexo. De cualquier forma que pueda ser
consumado por tres personas a la vez.

—Ah. —Ella parpadeó y luego apartó la mirada—. Debería de haberme dado cuenta,
tú no eres de los que mantienen relaciones.

—A mí me basta con la lujuria. —Cualquier otra cosa era potencialmente catastrófica.
De hecho, ya había pasado por eso una vez… y no quería recordar la pesadilla
que había sido después.


—Bueno, lo cierto es que contigo, lo de la lujuria me va bien también. Sólo… solo
quiero aprender lo que puedas enseñarme.

«¿Todavía?»

—¿Estás hablando en serio?

Bella se aferró a su bolso y cuadró los hombros.

—Hoy he conducido más de ciento cincuenta kilómetros para hablar contigo, un
hombre al que no veo desde hace cinco años. Uno al que nunca le gusté demasiado.
Me he tragado mi orgullo para admitir delante de ti por qué quiero esto y por qué
todavía sigo siendo virgen. ¿Me habría tomado tantas molestias si no hubiera estado
segura de aprender a complacer a Jacob y decidir si es esto lo que quiero en mi vida?

«Jacob». Ahí estaba el nombre de aquel gilipollas otra vez. Maldito imitador de los
jodidos Backstreet Boys. Maldito fuera él y su melodiosa voz de falsete que copaba
las listas de éxitos. Edward no podía entender por qué un hombre quería sonar como
una mujer delante de todo el mundo.

—No soy el hombre adecuado para eso, Bella. No puedo hacerlo.

Ella apretó los labios y tensó los dedos en torno a la correa del bolso.

—¿Por qué no?

—Por un millón de razones. Para empezar, no me acuesto con vírgenes.

—No te he pedido que lo hicieras. De hecho, reservo mi virginidad para Jacob. No sé
por qué no puedes darme al menos algunas explicaciones sobre las partes más
complejas.

—Porque las explicaciones no te servirían de nada, gatita. No sabrás de qué va todo
esto hasta que no te encuentres taladrada por un par de miembros bien duros.

—Explícame eso. ¿Taladrada exactamente dónde? ¿Y de qué manera? ¿De una
que implique dolor?

Las palabras de Edward no la habían conmocionado en lo más mínimo. Sus
preguntas le aturdían, le aterraban. ¿Por qué Bella no tenía miedo? Él sí que lo tenía.

—No voy a hablar de eso. Si quieres información sobre los ménages, búscala en los
libros.


—Como tú muy bien has dicho, las palabras no son un buen sustituto de la
experiencia.

—Entonces que sea ese niño bonito de voz afeminada el que te proporcione
experiencia. Porque, desde luego, no seré yo.

—Genial. —Pasó por su lado—. Tú no quieres ayudarme. Déjame pensar… ¿con quién
salías cuando trabajabas para mi padre? Ah, sí, con Mike Newthon. Recuerdo haber oído
rumores sobre él. ¿Sabes si vive cerca de aquí? Supongo que puedo pedírselo a él. Y si
no tiene interés, creo que Sam Uley también era amigo tuyo, ¿verdad? Puede
que esté dispuesto a ayudarme, así que adiós muy buenas. —Se apresuró hacia la
puerta.

Edward se envaró. Oh, sí…, tanto Mike como Sam estarían más que
dispuestos a ayudarla… ya fuera con o sin ropa. Pero ninguno de los dos era conocido
por ser cuidadoso. La virginidad de Bella no significaría nada para ellos. Verían carne
fresca y jugosa, y se enterrarían en ella, jadeando como perros hambrientos.

Pero Edward se dijo a sí mismo que ésa era la elección de Bella…, su problema.

Sin embargo, si dejaba que ella saliera por esa puerta, acabaría maltratada por aquel
par de rottweilers hambrientos. Y eso era algo que le cabreaba. Ella acabaría aplastada
en cuestión de minutos, y, por alguna maldita razón, no podía permitir que eso
ocurriera. Quizá fuera debido a su lealtad hacia el coronel o algo por el estilo.

«Maldita sea». Iba a tener que disuadirla de seguir por ese camino antes de que se
fuera. Rechinando los dientes, repasó mentalmente cual sería la mejor manera
de conseguirlo. Por desgracia no había muchas opciones. Y hasta ahora, hablar no
había servido de nada.

Había llegado el momento de pasar a la acción.

Edward la agarró del brazo y la atrajo contra su cuerpo. Los pechos de Bella,
dulces y firmes, le quemaron la piel como si él no llevara camisa. Maldijo para
sus adentros ante el contacto. «¡Maldición!». Aquella chica siempre le había hecho
sentir algo. Ahora, después de cinco años, el efecto era todavía más pronunciado.

Bella jadeó cuando sus cuerpos se rozaron. Alzó la mirada lentamente hacia la de él.
La excitación ardía en su cara, resplandecía en aquellas dilatadas pupilas color
chocolate. Al ver la expresión de ella, Edward se preguntó si ésa era la primera vez que
Bella había sentido algo por él que no fuera irritación.

La posibilidad no era muy halagüeña.


«Aquel plan no podía durar más de tres minutos…»

—Espera un momento. —Tensó los dedos con los que le agarraba el brazo
antes de obligarse a sí mismo a relajarlos—. Supongamos que hablas en serio. Y que
yo reconsidero tu petición. Tendría que ser con demostración práctica y todo eso.

Ella tragó saliva. Su corazón se saltó un latido. Dios, no tenía ni idea de lo
peligrosamente cerca que estaba de acabar tumbada sobre la mesa de la cocina para
convertirse en su merienda.

—Vale. ¿Quién sería…? ¿Quién se uniría a nosotros?

Emmet resolvió ese dilema al entrar tranquilamente en la cocina con una sonrisa
seductora y una mirada que era imposible de malinterpretar. ¿Así que el bueno
de su primo había estado escuchando? Edward hizo girar a Bella hacia él.

—Hola, cariño —dijo Emmet con acento arrastrado.

Edward sintió que Bella temblaba en sus brazos cuando se cruzó con la mirada
de su primo. Contuvo el instinto de tranquilizarla. Aquello debería de dejarle
muy claro a lo que se enfrentaba, debería de hacer que Bella descartara sus planes
ipso facto. Tranquilizar a la chica era la última cosa que debería hacer.

—¿Edward y tú…? —a Bella le tembló la voz.

—Exacto.

Incluso la respiración femenina era temblorosa. Estaba nerviosa. «Estupendo». Por fin,
algo había penetrado en aquella dura cabezota. Había llegado el momento de que
Bella soltara un rotundo «no».

Edward dirigió a su primo una mirada de advertencia mientras asentía con la cabeza.
Su primo le respondió con un asomo de sonrisa, luego se acercó a ellos.

Continuará....

3 comentarios:

  1. holaa ahh me encantoo esta nueva adaptacionn y el primer capiii estuvo estupendooo...asiiq que edward y emmett le enseñaran a bellaa....que pasaraa jeee....me gustoo muchooo!! nos leemosss!!

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  2. hola roooooooooo!! si que es largo hee!!
    jajajaj me encanto!! voy a segur leyendo!
    besoos! spy Lau!!

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  3. Quieres que opine sobre la escritura de otro autor?? Robas la historia de Shayla Black con lo que tu llamas adaptación y que para mi es copia y pega cambiando los nombres y encimas te regodeas con los comentarios que deberían ir dirigidos a otra persona. Por suerte los pocos que he podido leer solo muestran una mente muy cortita con esos me encanto, conti pliz, xk en no te mereces mas que eso

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