Capítulo 5
Edward estaba cubierto por una película de sudor cuando rodó en la cama. La luz
grisácea del amanecer se colaba por debajo de las persianas, burlándose de él. Esa
noche apenas había dormido. La había pasado a solas, sabiendo que al otro lado del
pasillo, Emmet y Bella compartían el calor de sus cuerpos —y probablemente mucho
más— sin él.
Algo punzante y ardiente surgió en su interior, retorciéndole las entrañas. Edward no
quería darle nombre. Pero tampoco lo necesitaba. Los celos eran
condenadamente imposibles de confundir.
Salió de la cama y recorrió el pasillo hacia la habitación de Emmet. Qué estupidez. Qué
manera de torturarse. Pero tenía que verlo con sus propios ojos. Tenía que saber…
Y lo supo. «Maldición». Hizo una mueca ante la imagen de Bella acurrucada de lado
con la espalda pegada al pecho de Emmet, y sus piernas entrelazadas. Los dos estaban
enredados entre las sábanas blancas y la mano laxa por el sueño que Emmet se había
posado sobre uno de los pechos de Bella .
Parecían tranquilos. Cómodos. Satisfechos.
Tres cosas que no iban con él. Que no se merecía. Él había destruido a Tanya, una
chica inocente…
Interrumpiendo sus pensamientos con una maldición, Edward regresó por el
pasillo a su habitación. Tenía que concentrarse en el ejercicio. Ese día era como
cualquier otro, a pesar de la presencia de Bella en la casa y de su sombrío estado de
ánimo.
Primero haría flexiones. Se echó en el suelo y comenzó la primera serie de cincuenta.
El sudor le cubrió de nuevo mientras las contaba, luego se tumbó de espaldas
para hacer cien abdominales, y durante todo ese tiempo pudo escuchar cada crujido
de las sábanas al otro lado del pasillo, cada murmullo de buenos días, cada
desperezo de Bella y Emmet. Cada prohibida intimidad en la que Edward no se atrevía
a participar.
«No te quejes. Lo hecho, hecho está», se dijo a sí mismo.
Cierto, pero… Emmet siempre se despertaba excitado, así que Edward sabía lo que
vendría a continuación. ¿Por qué demonios no se había comprado un iPod o una radio
para no tener que oírlos?
Edward agarró las pesas y se dedicó a hacer trabajar sus bíceps, tríceps y
pectorales, recordándose a sí mismo que Emmet merecía cualquier felicidad que
pudiera encontrar con una mujer. Su primo siempre veía lo bueno en las
personas, siempre intentaba ayudar, se reía con facilidad, entregaba su corazón
una y otra vez. Y Edward… bueno, él sabía mejor que nadie cómo era.
De repente, oyó la risa de Bella. El sonido cantarín flotó por el pasillo mientras
Edward se tumbaba en el suelo para otra tanda de abdominales. Hizo rechinar los
dientes. Luego sólo pudo oír los suspiros de Bella. Primero uno, luego otro más largo y
profundo… uno que descendió directamente a su miembro y le hizo sentir una
puñalada en el vientre.
La negra oleada de celos le acuchilló de nuevo, algo que no sirvió para mejorar su
estado de ánimo y sí para multiplicar su deseo de golpear algo y hacer daño.
«Céntrate». Dobló las rodillas para alternar con los abdominales. Eran los
ejercicios de siempre. Pero concentrarse en la rutina era prácticamente
imposible cuando se imaginaba las manos de Emmet acariciando las elegantes líneas del
torso de Bella hasta llegar a aquellos pezones sonrosados, mientras inspiraba la
dulce fragancia a fresias de su piel y esperaba con su habitual paciencia y
susurraba algunas palabras adecuadas que la harían humedecerse. Luego, lamería
los duros brotes de los pechos, donde trazaría un círculo tras otro con la lengua,
mientras bajaba las manos al vientre de Bella, instándola a separar aquellos dulces
muslos para él, y, por fin, deslizaría los dedos en el resbaladizo refugio del sexo
femenino y sentiría cómo las tensas paredes de la vagina de Bella se cerraban en
torno a ellos.
El vientre de Edward se contrajo. Hacer abdominales con el miembro duro como una
piedra no era nada fácil.
En especial cuando los suspiros de Bella se convirtieron de repente en gritos.
«Maldición». Se quitó las ropas empapadas en sudor y fue a darse una ducha fría.
Tras diez minutos bajo el agua helada en la ducha de estilo italiano, frotándose con el
jabón perfumado de Emmet, estaba todavía más cabreado.
Gruñendo, salió del cubículo, rezando para que ya se hubiera producido el
orgasmo matutino. Aún no se había terminado de secar con la toalla la humedad que
le perlaba el pecho, cuando oyó a Bella lanzar un desgarrador grito sensual y
lujurioso. Suplicante. «Demonios. Adiós a los beneficios de la ducha fría».
Edward terminó de secarse por completo, concentrándose en el diseño de la pared de
yeso veneciana. Pero no pudo dejar de oír los sonidos sexuales que provocaba el
placer que Emmet le proporcionaba a Bella.
La puerta entre el cuarto de baño y el dormitorio contiguo al de Emmet, estaba
entreabierta, y los gemidos implorantes de Bella flotaban en el aire. Primero
jadeos, luego grititos. Estaba cada vez más cerca.
—Por favor, Emmet.
«Joder».
Y eso era exactamente lo que quería hacerle a Bella, acomodarse entre aquellos
dulces muslos y ser el primero en hundirse profundamente en su interior. Pero eso no
iba a ocurrir. Ella no quería y él no podía consentirlo.
«Pero tú podrías estar disfrutando con ellos».
Y maldito fuera si no se sentía muy tentado. Estaba en su derecho. Lo compartían
todo por igual; era lo que Emmet y él habían acordado hacía ya una década, y jamás se
habían arrepentido.
¿Por qué envidiaba tanto el placer que se estaban dando Emmet y Bella? Nunca
le había importado antes. ¿Y por qué no participar en lo que se estaba desarrollando
esa mañana?
Isabella Swan era demasiado tentadora, demasiado dulce y demasiado receptiva.
Demasiado inocente y vulnerable. Y demasiado peligrosa para su tranquilidad de
espíritu. Se parecía demasiado a todo lo que él llevaba años buscando. Si se dirigía a la
habitación de Emmet, desnudo y excitado, sería absorbido por el atractivo de aquella
mujer y se ahogaría por completo.
La noche anterior, el deseo de abrirle las piernas, acomodarse entre ellas y reclamarla,
lo había golpeado de manera implacable. Y lo peor de todo era que aquel deseo había
crecido como las malas hierbas en un jardín perfectamente cuidado. Tenía que
recobrar el control antes de perderlo por completo. Antes de tocarla de nuevo y
hacer algo alocado e irrevocable. Con fatales consecuencias.
Gruñendo, cogió unos pantalones cortos y una camiseta, luego se embutió los
pantalones sobre su implacable erección matutina. Café. Era lo que necesitaba ahora
mismo.
Empezó a recorrer el pasillo, vaciló al pasar delante de la habitación de Emmet. Al verlos
sintió como si le pegaran un puñetazo en el estómago. Emmet tenía la cabeza oscura
inclinada sobre el cuello de Anahi, los hombros
pálidos como porcelana. Los elegantes dedos de su primo jugueteaban entre los
muslos abiertos de ella. Desde donde él estaba, el deseo de Bella era evidente, sus
pliegues estaban resbaladizos, rojos e hinchados.
—Me muero por hacerte gritar —murmuró Emmet—. Porque estés tan excitada
que me implores.
—Emmet, ahora. Por favor —gimió ella, aferrándose a su pelo—. ¡Por favor!
—Pronto, cariño. Deja que el deseo aumente. Ella movió la cabeza de un lado a otro.
—No puedo soportarlo más.
La súplica de Bella se clavó en las entrañas de Edward.
—Puedes. Sólo un poco más.
Emmet sacó los dedos del anegado e hinchado sexo de Bella para acariciarle los muslos,
el abdomen… ignorando sus caderas cuando ella las alzó hacia él. Edward no podía
ignorarlo. Y no iba a hacerlo.
Entró en la habitación, bajándose los pantalones cortos por las caderas con un ansia
salvaje.
«Follala». Necesitaba… tenía que meterse en ella profundamente. Tenía que ser el
primero.
Ya.
—Emmet… tócame.
El grito gutural de Bella atravesó a Edward, sacándolo del estupor sensual. Le había
pedido a su primo que la tocara, no que la follara. «Santo cielo». ¿En qué estaba
pensando?
En nada que debiera pensar.
De hecho, no debería estar allí, deseando estar dentro de ella. Reclamándola. Y lo que
era peor, pensando en arrebatarle aquello que ella quería reservar para otro
hombre. Nada bueno podría salir de eso. Él ya había tomado a una virgen antes y
sabía a ciencia cierta lo que venía a continuación.
Edward se subió bruscamente los pantalones, se dio la vuelta y regresó al pasillo,
conteniendo una imprecación. Bella iba a estar allí dos semanas. ¿Cómo iba a
conseguir no tirársela, no sin destruirla?
El suelo de pizarra de la cocina le enfrió los pies desnudos cuando entró en aquella
estancia y cogió el café de la despensa. Miró el paquete. Trufa de caramelo con
chocolate. Maldito café aromático. ¿Por qué demonios nunca había café normal allí?
Cerró la despensa de golpe. Lanzando el paquete sobre el mostrador al lado de la
cafetera, Edward se quedó paralizado.
—¡Emmet!
Otra súplica de Bella. «Maldición». Cerró los ojos con fuerza y soltó un fuerte suspiro.
Un momento después, abrió de golpe la tapa de la cafetera que crujió con un sonido
que no auguraba nada bueno. Luego aquella Maldita cosa cayó al suelo. Maldiciendo
otra vez, Edward se agarró al borde de la encimera. Tenía tensos todos los
músculos del cuerpo, desde el ceño fruncido y los ojos entrecerrados hasta los
dedos de los pies, encogidos sobre el suelo de pizarra italiano.
«Esto es lo que te mereces», se castigó a sí mismo mientras recogía la tapa del suelo y
la ponía en su sitio. Llenó la cafetera de agua, echó el café molido en el filtro y apretó
el interruptor con decisión.
Al parecer, Emmet también apretó el interruptor de Bella en ese mismo momento.
—¡Oh, Emmet! —gritó ella antes de lanzar un gemido largo y torturado.
Así que Bella se había corrido por fin… bajo las manos de Emmet, bajo las caricias de Emmet.
¿Por qué demonios hacía eso que Edward quisiera golpear algo? ¿O a alguien?
Mejor no averiguar la respuesta.
En su lugar se dedicó a observar cómo goteaba el café, esforzándose por
mantener la mente en blanco, concentrándose sólo en la tarea que tenía entre
manos; un truco que había aprendido en las fuerzas especiales, por lo que ya podía
estar agradecido al ejército.
Unos minutos después, Emmet salió de su habitación en vaqueros y con la camisa en la
mano.
Su pose era relajada cuando se acercó a la cocina y no había señal de que estuviera
empalmado.
—Buenos días.
—¿Hizo que te corrieras con las manos o con la boca?
La pregunta surgió de la boca de Edward antes de que pudiera detenerla. Eso no era
asunto suyo. Saberlo no borraría los gemidos de placer de Bella que todavía le
resonaban en los oídos o la visible satisfacción que suavizaba el rostro de su primo.
Emmet apoyó la cadera contra el mostrador de la cocina, cruzó los brazos sobre el pecho y
arqueó una de sus cejas oscuras.
Antes de que Emmet pudiera responderle, Edward dijo:
—Olvídalo, no es asunto mío.
Se giró para coger las tazas de la alacena superior, luego buscó el azúcar y la leche para
Emmet.
Mientras tanto, sintió la mirada de su primo clavada en su espalda, sopesando
la situación, decidiendo cómo contestar. Astuto bastardo.
—Con ninguna de las dos.
Seguía sin ser una respuesta. Y maldito fuera, la cara de Emmet no revelaba
nada. Bella había estado implorando, pero Emmet no había estado satisfaciendo su
placer cuando él había pasado por la habitación, ¿aunque tampoco se había quedado
para ver mucho más. ¿Y si al final lo había hecho?
—¿No te la follaste? —Edward hizo la pregunta como una afirmación, como si
esperara que la respuesta fuera un no.
—¿Qué mosca te ha picado? —preguntó Emmet—. Si la deseas esta mañana, está
suave,despeinada y mojada. Y todavía sigue en la cama. Ve. Me ocuparé del café.
Edward vaciló. ¿Quería demostrar a su primo y a sí mismo que podía resistirse
o salir al pasillo e ir en busca de lo que tanto Bella como Emmet habían compartido? Si
pudiera, tomaría aún más.
Lo tomaría todo.
Sonó el pitido de la cafetera y Emmet la extrajo del quemador para servirse una taza,
sonriendo débilmente, como si conociera el debate interno de Edward.
Ese juego era una tontería, y Edward no quería jugarlo.
—Joder! Esto no va a funcionar. Bella tiene que marcharse.
—Cállate o te oirá —murmuró Emmet.
Eso sería lo mejor. No quería herir sus sentimientos, sólo quería que se marchara.
—¿Por qué piensas que debería irse? —preguntó Emmet en voz baja—. ¿Crees que
será incapaz de aprender lo que nosotros tenemos que enseñarle? Edward puso los
ojos en blanco.
—No juegues a hacerte el estúpido. Claro que puede aprender. Es obvio. Sé que no
está asustada. Debería estarlo pero por alguna alocada razón no lo está. Sin
embargo, ése no es el problema.
—Mmm. Creo que sé a qué problema te refieres, pero ¿por qué no me lo explicas con
tus propias palabras?
—Es virgen, ¿recuerdas?
—Pero ella no es Tanya.
—Bella no tiene nada que ver con ella. No quiero discutir ese tema de nuevo.
Emmet ladeó la cabeza y le dirigió una larga mirada pensativa.
—En realidad fue algo que nunca llegamos a discutir, lo que en sí mismo es
parte del problema. Pero si no quieres hablar de Tanya, por mí estupendo. Ahora
bien, dime qué otras razones tienes para evitar a Bella.
Edward vaciló, luego se dio cuenta de que no diría nada que su primo no supiera.
—Nada que no te haya dicho antes. Me hace perder el control. Si se queda, acabaré
por no respetar sus deseos. Tarde o temprano, implorará y no tendré voluntad para
decirle que no. La poseeré.
—Si se da el caso, evaluaremos de nuevo la situación. Quizá fuera lo mejor para todos
que le diéramos exactamente lo que quiere.
La idea de Emmet arrebatándole la virginidad a Bella le hizo sentir como si le
hubieran metido las entrañas en una licuadora. Pero tampoco él podría arrebatársela,
en especial a solas. Nunca.
—Tú crees que es nuestra. Emmet respondió lentamente:
—Cualquier cosa es posible. Pero sí, me niego a creer que una mujer que responde con
tal perfección a nuestras primeras demandas, pertenezca a otro hombre.
—¿Acaso te has olvidado de la promesa que le hicimos de enseñarle a aceptar el
contacto de dos hombres a la vez, y de que cree estar enamorada de otro?
—No. Sólo creo que ella está intentando buscar su lugar y que espera que Jacob Black
esté en él. Pero también creo que no tardará mucho en darse cuenta de que no es así.
—Escúchate Emmet, crees que Bella no tardará en correspondemos y olvidarse de todo lo
demás —sacudió la cabeza, incrédulo—. Pero te equivocas. En el mejor de los casos,
Bella se esforzará en aprender todo lo que hay que saber sobre los ménages
para poder ponerlos en práctica con otra persona. En el peor, sólo es una salida. Pero
tú sigues pensando que la mujer perfecta está ahí fuera para jugar con nosotros a las
casitas hasta que la muerte nos separe.
—Es que está ahí fuera —dijo Emmet, confiado—. Pero si está en algún lugar muy lejos o
al final del pasillo, está por verse.
Edward meneó la cabeza, se sirvió una taza de café, y contó hasta diez, pero fue inútil.
La frustración todavía hervía en su interior, arrebatándole el sentido común y el
autocontrol.
—Yo no quiero una esposa. Lo único que quiero es poder follar cuando quiera, y ella
no vale para eso.
Emmet no dijo nada durante diez segundos.
—Entonces no tienes que preocuparte por nada, salvo de cumplir tu palabra. Bella ya
ha superado la ansiedad por estar aquí y te ha perdonado por la terrible manera en
que la trataste cuando llegó.
«Maldita sea». Emmet no decía que no pudieran echarse atrás en su promesa de
enseñarle todo sobre los ménages, pero lo sugería en cada süaba.
—Además —añadió Luc—. No somos sus únicas opciones. ¿Has olvidado a los
hermanos Alteara?
No. La imagen de los hermanos con las manos sobre Bella había quedado grabada a
fuego en su mente.
—No creo que ella los aceptara.
—Pero podría estar lo suficientemente decidida a aprender con ellos si no le quedara
otra opción.
Cierto. Edward suspiró. Bella lo tenía cogido por los huevos… en más de un sentido.
—Piensa que ésta es la única manera de mantenerla ocupada para protegerla
de los hermanos Alteara, a quienes conocemos demasiado bien para permitirles estar
con Bella —dijo Emmet.
Sí. Trataban con dureza a sus mujeres. Los dos hermanos nunca tenían
suficiente. La utilizarían, la destrozarían, y la dejarían a un lado cuando ella no pudiera
seguir el ritmo.
Así que, mirara como lo mirase, estaba básicamente jodido, tanto si la dejaba
quedarse como si la dejaba marchar.
—Genial. Se quedará con nosotros trece días. Ni más ni menos.
Emmet sonrió mientras se encogía de hombros, tomaba un sorbo de café y se dirigía hacia
la puerta trasera.
—Tengo que acudir a una entrevista en una emisora local de radio. Seguiremos con
esta conversación dentro de trece días. Mientras tanto, Bella es un plato muy dulce
por las mañanas —se relamió los labios.
Mientras Edward observaba cómo su primo agarraba las llaves del coche y salía por la
puerta, contuvo el deseo de golpear las paredes, los muebles de la cocina, la cabeza de
Emmet, y maldijo entre dientes.
¿Dejarse tentar? A Edward le encantaría, pero eso no iba a ocurrir. Allí había mucho
más en juego que la virginidad de Bella y su enamoramiento por el inmaduro de Jacob Black. Mucho más que celos mezquinos. Y Maldita sea si Emmet no lo sabía y estaba
intentando provocarlo.
Podía contar con los dedos de una mano los días que pasarían antes de que
terminara atravesando las barreras mentales y físicas de Bella. Era inevitable.
Y cuando eso ocurriera, todos sufrirían. Sobre todo Bella.
Bella se despertó por segunda vez esa mañana y se encontró sola en la
blanda y acogedora cama de Emmet. Se puso la camisa de alguien —¿Emmet?—, y
salió al pasillo, dejándose guiar por el olor a café recién hecho. Sentía los miembros
pesados y aunque trataba de fingir lo contrario, también se sentía un poco inquieta.
Al llegar a la cocina, la imagen de Edward inclinado sobre una taza de café, perdido en
sus pensamientos, la dejó clavada en el sitio. No parecía que esos pensamientos le
hicieran feliz.
Por supuesto que no lo hacían. Ella estaba allí, y él no quería que estuviera. No había
oído las palabras de la discusión con Emmet, pero habían quedado grabadas, altas
y claras, en aquella estancia.
Y eso explicaba por qué la noche anterior se había quedado dormida con Edward a su
lado, para despertarse veinte minutos más tarde y descubrir que se había ido. Y por
qué cada vez que se había despertado inquieta durante la noche, se había encontrado
sólo con Emmet a su lado. No era simplemente que Edward hubiera elegido dormir en otro
lugar, sino que se había negado a estar con ellos aquella mañana cuando Emmet la había
devorado con la boca. Lo que la había sumido en una profunda tristeza y el peso que
sentía en el pecho amenazaba con aplastarla.
A pesar de que Edward parecía haber estado muy excitado la noche anterior,
una vez que llegó al orgasmo le dio la impresión de perder el interés en ella. ¿Podía
ser porque aún siguiera viéndola como una adolescente? ¿O era porque respetaba a
su padre más de lo que ella creía? Tal vez. Pero esos problemas tenían fácil solución.
Tomaría cartas en el asunto y él dejaría de mirar de manera tan malhumorada su café.
El verdadero problema sería mucho más difícil de solventar, sobre todo si era el mismo
que había tenido durante toda la vida.
—Hola —musitó ella.
Edward levantó la cabeza de golpe y clavó la mirada en ella con una expresión
entre acusadora y ardiente. Inspiró profundamente. ¿Se estaría preparando
mentalmente?
—¿Café? —preguntó al fin.
—Claro. Ya me sirvo yo.
—Las tazas están en la alacena que hay sobre la cafetera.
Bella asintió con la cabeza y cogió una taza. Se preguntó qué podía decir. ¿De qué
podía hablar? ¿Debería disculparse porque sus modales bruscos hubieran acabado
con su deseo? En cuanto la habían despojado de la falda y la blusa de encaje y la
había visto como realmente era, se había dado cuenta de lo poco femenina que era.
No sería el primer hombre que lo pensara… sólo había que preguntarle a su pareja en
el baile de graduación.
Maldecir la realidad no servía de nada. No podía librarse del hecho de que tras criarse
sin madre y entre militares, el coronel y sus dos hermanos de los cuerpos de élite
SEALS habían sido los modelos a seguir. Le gustaban los uniformes militares, y correr
diez kilómetros todos los días.
Por el contrario, odiaba los pantys, el encaje y el maquillaje. La mayor parte de
los hombres juraban que ella tenía testosterona en las venas. Pero la diversión de
lanzar a los tíos al suelo por encima del hombro o darles cien vueltas a todos
bebiendo, había perdido la gracia hacía mucho tiempo. Quería que los hombres la
vieran como a una verdadera mujer, no como un chico con pechos.
Con Edward y Emmet había sido tan sensual como había podido. Pero al parecer no había
sido suficiente. Todo ese deseo que Edward decía haber sentido por ella durante
años… lo más probable es que lo hubiera curado de eso la noche anterior.
Pero cambiar no era una opción. A ella le gustaba ser como era y al que no le gustara
que se jodierá, Edward incluido. Sí, él la ponia caliente. Mucho. Muchísimo. Había sido
así desde que tenía diecisiete años y él había protagonizado sus más oscuras fantasías.
Pero en dos semanas se iría con Jacob. Él aceptaba sus modales poco femeninos, e
incluso decía que los encontraba adorables. Ese miedo paralizante que la embargaba
ahora no tendría importancia luego.
¿Por qué no podía deshacerse ahora de ese temor?
—¿Has dormido bien? —le preguntó ella para romper el silencio.
—No.
Bella notó que él no le preguntaba lo mismo. Lo más seguro era que ni
siquiera le importara.
—Yo tampoco.
Edward gruñó y tomó un sorbo de café. Evitaba mirarla.
Maldición, Bella tenía que desahogarse. Dejar que la duda la corroyera no era su
estilo. Tomando un largo sorbo de café, Bella se sentó en una silla frente a él.
—No dormiste anoche con nosotros.
—¿Y?
—¿Por qué?
—Ayer te expliqué por qué. —A Edward comenzó a palpitarle un músculo en la
mandíbula.
—¿Y el insomnio es la única razón?
Él clavó la mirada en ella, y aquellos ojos verde oscuro brillaron con algo —¿cólera?—,
pero bajó la vista a su taza de café medio llena antes de que Bella pudiera estar
segura.
—Gatita, no hurgues en mi mente. No te gustará la respuesta.
De eso estaba segura. Si lo hacía, probablemente descubriría que él la había
deseado antaño, pero que la noche anterior se había dado cuenta de que ella
no respondía a aquella fantasía femenina que él había creado en su cabeza. Y
ahora, de no ser por Emmet y su propio honor, habría deseado que se marchara para
no tener que repetir lo sucedido la noche anterior.
«Genial. Así era la vida». Podía vivir con ello. De hecho podía celebrarlo. Todo lo que a
ella le importaba era lo que su primo y él podían enseñarle. Edward no tenía que
desearla de verdad.
Incluso puede que fuera mejor así, ya que ella respondía a él a un nivel más afectivo.
Pero, sencillamente, no podía dejar estar las cosas. No era su estilo.
—Puede que no me guste la respuesta, pero si eso va a afectar a tu promesa
de enseñarme…
—Cumpliré mi palabra. Aprenderás todo lo que necesitas y, probablemente, más de lo
que quieres.
—Bien.
Pero el alivio de Bella fue efímero.
—Yo no estaría tan contenta. —Edward cogió la taza de café y clavó los ojos en
ella por encima del borde—. Emmet tiene la condenada idea de que te enamorarás de
nosotros y te desharás de tu famoso novio para casarte con nosotros y tener bebés.
«¿Matrimonio? ¿Bebés?». Bella contuvo el aliento. Quería esas cosas en su vida algún
día, pero con Jacob. Él era quien realmente la conocía y la había aceptado tal y como
era. Algo que no ocurría con Edward y Emmet.
—¿En serio?
Edward asintió bruscamente con la cabeza.
—Y como no quiero que siga con esa idea, y tú tampoco, a menos que haya sexo de
por medio, te mantendrás alejada de mí.
Nadie diría nunca de Edward que se andaba por las ramas. Bella había sabido
desde el principio que no le iban las relaciones. No es que quisiera mantener una con
él, pero si le iba a permitir aquellas increíbles intimidades con su cuerpo, si iban a estar
piel contra piel y vivir bajo el mismo techo, ¿no debería al menos poder hablar con él?
—¿Está Emmet en casa ahora?
—No.
Bella frunció el ceño.
—No puede hacerse una idea equivocada si hablamos mientras no está.
—No quiero hablar. Has venido aquí para aprender todo lo necesario sobre los
ménages. Vamos a enseñártelo. Pero no somos amigos, me importa un bledo lo que
pienses y no tengo nada más que decirte.
«A la defensiva y cerrado en banda». Ésas eran las mejores palabras para describir a
Edward. Bueno, ofensivo también serviría, pero eso entraba en la categoría de
ataque. No era que estuviera de mal humor por las mañanas; lo conocía lo
suficientemente bien para saber que no era así. Y tampoco estaba malhumorado por
lo de la noche anterior. No, no había tenido ningún problema hasta que había
conocido de primera mano lo poco femenina que ella era.
El primer impulso de Edward había sido rechazar su petición. Ahora probablemente
estaría pateándose mentalmente por haber permitido que Emmet y ella lo hubieran
convencido de ese acuerdo. Seguro que estaba pensando que iban a ser las dos
semanas más largas de su vida.
Sus hermanos la felicitaban a menudo por ser una de las pocas mujeres que sabía
contener sus emociones, pero aquellos horribles sentimientos la carcomían por
dentro. Se sentía mal. Herida. Y lo odiaba.
—Genial. No tengo nada más que añadir. Compórtate como un auténtico gilipollas.
Me es indiferente siempre que seas un buen maestro.
Bella se puso en pie y pasó junto a Edward hacia la puerta.
El la agarró del brazo y tiró de ella, acercándola a su regazo.
—Gatita, seré el mejor maestro que puedas imaginar. Que no te quepa la menor
duda.
—Me alegra oírlo. —Se soltó bruscamente—. Respetaré el hecho de que no quieras
que te hable cuando no estemos en la cama, siempre que tú no me toques a
menos que sea para enseñarme. Así que hasta esta noche, puedes dejarme en paz.
Edward vaciló; una sonrisa amarga le curvó las comisuras de la boca.
—Gatita, ésa es la mejor idea que has tenido desde que entraste por esa puerta.
La cena transcurrió en silencio a pesar de que Emmet había asado a la parrilla unas
malditas chuletas de cerdo y las había aderezado con un delicioso jarabe de
arándanos. A Emmet no pareció importarle el desalentador silencio. El ejército había
enseñado a Edward a comer cualquier cosa — desde los grasientos platos del comedor
hasta una cabra cruda— para mantenerse con vida. Las chuletas de Emmet sabían
bastante mejor. Y Bella… por la manera en que fulminaba a Edward con la mirada,
dedujo que los dos habían discutido mientras él no estaba.
Y por la manera en que Edward la miraba a ella, sabía que el hambre de su primo no
iba a ser saciada ni por la carne de cerdo ni por la crujiente tarta de melocotones que
había horneado un poco antes.
Emmet sonrió detrás de la servilleta. Lo cierto es que todo iba sobre ruedas. Había llegado
el momento de echar un poco más de leña al fuego.
Emmet estiró el brazo hacia Bella y le acarició el suyo, que estaba desnudo por el bustier
que llevaba. Luego le rozó la mejilla con los nudillos. Mmm, suave. Dulce. Y Edward
estaba cada vez más enfadado, observó al lanzar una mirada de reojo a su primo.
—¿Más ensalada, cariño? —preguntó Emmet.
—No. —Ella se relajó lo suficiente para sonreír—. Estoy llena. Cocinas de
maravilla, pronto no podré ponerme los pantalones.
Emmet se inclinó hacia delante para depositar un beso tierno y sensual en los
labios femeninos, que aún tenían el débil sabor de los arándanos con que había
condimentado la comida. Al otro lado de la mesa, Edward se puso tenso. Su tenedor
repiqueteó en el plato. Emmet lo ignoró.
—Con nosotros dos cerca, no necesitas pantalones, ¿verdad que no, Edward?
Emmet cerró la mano sobre el hombro desnudo de Bella y se lo acarició suavemente, sin
dejar de observar los duros pezones que se erguían contra la tela blanca del
bustier y el calor peligroso que emitían los ojos de su primo.
—¿Habéis terminado de comer? —soltó Edward bruscamente, poniéndose
en pie y cerniéndose sobre la mesa.
Bella se apartó y dirigió a Emmet una mirada de incertidumbre. Estaba realmente
preocupada. Oh, oh, ¿qué diablos había pasado entre Edward y ella para ponerla tan
nerviosa?
—Eso depende de Bella. Podemos quedarnos aquí un poco más si lo prefieres, cariño.
Edward soltó la servilleta sobre la mesa.
—Si quieres que te enseñemos algo esta noche, gatita, es ahora o nunca. Tengo
mejores cosas que hacer que quedarme aquí sentado charlando.
Emmet notó que Bella se tensaba bajo sus dedos. Oh, los fuegos artificiales estaban a
punto de comenzar.
—Has sido muy claro y, como no quiero molestarte, será mejor que vaya sólo con Emmet
a su habitación, tú puedes marcharte si quieres.
Alzando la barbilla, Bella se puso en pie y, a pesar de vestir una minifalda estampada y
un bustier sin sujetador, pasó al lado de ellos con la altivez de una reina. La mirada
aturdida en la cara de Edward no tenía precio.
Su primo se dio la vuelta y siguió a Bella por el pasillo. Emmet se puso en pie y se
apresuró a ir tras ellos. Quería que estuvieran irritados, pero no tan furiosos que se
pusieran a discutir en vez de a follar.
Bella casi logró llegar a la puerta del dormitorio de Emmet antes de que Edward la
agarrase, la empujara contra la pared y cubriera su cuerpo con el de él.
—Me comprometí a enseñarte todo lo que sé sobre los ménages, gatita. Y
para eso son necesario tres. No voy a irme a ninguna otra parte que no sea a
compartir la cama contigo.
Ella abrió la boca para protestar —o para soltar una réplica mordaz—, pero
Edward se le adelantó con un beso abrasador, cubriéndole la boca con la de él,
invadiéndola y devorándola. Maldición, sólo con verlos Emmet ya se excitaba.
Observó cómo el tenso rechazo de Bella desaparecía bajo el empuje de la
lengua de Edward contra la de ella. Gimió cuando una de las manos de su primo
se deslizó por la espalda de Bella y se cerró sobre su trasero, levantándole las caderas
hacia las de él.
No cabía duda, Edward quería penetrarla. «Perfecto».
Él apartó la boca, pero siguió cubriéndola con su cuerpo, apretándola contra la pared.
Y se quedó mirándola fijamente, jadeando, como si hubiera estado corriendo
diez kilómetros. No apartó la mirada.
Emmet se acercó a ellos y rodeó a cada uno con un brazo, empujándolos hacia la puerta
del dormitorio.
—¿Por qué no entramos, nos desnudamos y nos ponemos cómodos para pasar un
buen rato?
Por encima de él, Edward le dirigió a Bella una tensa mirada. ¿Qué demonios
estaba pasando?
—Cariño, ¿estás bien? —preguntó Emmet.
Bella lo miró de soslayo antes de volver a mirar a su primo. En ese momento, tenía la
piel ruborizada y los pezones como duras bayas tentadoras. Emmet decidió centrarse en
un objetivo a largo plazo en vez de desnudar a Bella en ese momento.
Bella clavaba la mirada en Edward con una voracidad renuente. Edward se ponía más
tenso a cada segundo que pasaba. «Muy interesante».
—Estoy bien —susurró Bella finalmente.
Esas palabras fueron todo lo que Edward necesitaba para pasar a la acción. Alargó la
mano por delante de Emmet hacia Bella. Le rodeó la cintura con un brazo y la atrajo
contra su cuerpo. Con la mano libre le bajó las tiras del bustier por los hombros y le
deslizó la prenda bruscamente por el torso, dejando los pechos y los rosados
pezones hinchados expuestos a sus miradas hambrientas.
Emmet ya estaba duro antes, demasiado duro para su comodidad, pero aquella visión lo
llevó a unos límites insoportables.
Edward le dirigió una mirada tan llena de frustración y necesidad sexual, que
sus ojos resplandecían con la llama del deseo.
—Ahora.
Su primo no parecía dispuesto a esperar para tocarla y no iba a perder el tiempo
indicando lo obvio. Y por mucho que a Emmet le gustara recrearse en una mujer, Bella
tenía algo que hacía que Edward y él respondieran de manera inmediata, sin que
ambos pudieran mantener la distancia necesaria para conducirse con paciencia.
Así que Emmet le dirigió a su primo un escueto asentimiento de cabeza.
Cuando se acercó a ellos, Bella estaba sin aliento, con los ojos muy abiertos y las
pupilas dilatadas. La incertidumbre asomaba a su rostro, pero también una
aguda necesidad, como si supiera que era demasiado tarde para detener la
hambrienta seducción que su cuerpo estaba a punto de sufrir. Esa noche la llevarían
un poco más lejos, la someterían a pruebas más duras.
El deseo le recorrió las venas como un buen vino.
Edward se colocó en el lado derecho de Bella , mientras él ocupaba el izquierdo.
—¿Emmet? —susurró ella, buscando que la tranquilizara.
¿Sentiría ella la violencia apenas contenida que crepitaba en el aire? Apostaría lo que
fuera a que sí. Y eso la asustaba y excitaba a la vez. Tenía buenas razones para tener
miedo. En los diez años que Edward y él llevaban compartiendo mujeres, Emmet jamás
había visto a su primo más ansioso y descontrolado. Tomaría todo lo que ella estuviera
dispuesta a ofrecer. En ese mismo momento.
Y la presionaría buscando más.
El deseo de Edward alimentaba el suyo, y Emmet se sintió salvaje y deliciosamente
excitado.
—Abróchate el cinturón, cariño —murmuró Emmet—, va a ser un viaje muy movidito.
Apenas había terminado la frase antes de que Edward se inclinara, ahuecando
uno de los pechos de Bella con una mano mientras lo cubría con su boca. Emmet
siguió su ejemplo, lamiéndole con la lengua el otro pezón. Deslizó los dedos
suavemente por la curva de las caderas para contrarrestar los duros y afilados tirones
que ambos estaban dándole a los turgentes pezones con los dientes.
Bella se arqueó hacia atrás jadeando. Se había puesto de puntillas como si
estuviera tratando de absorber las sensaciones o de acercarse a sus bocas. Ella
cerró la mano sobre el cabello de Emmet para atraerlo contra su pecho. Emmet
recibió con agrado el tirón en su cuero cabelludo, y ella se aferró a él, indefensa
ante la oleada de placer.
Las succiones y los voraces lametazos, junto con los fuertes jadeos de Bella , llenaban
el aire. Ella era perfecta. Con cada lametazo, sus pezones se endurecían cada vez más
contra sus lenguas.
De repente, Edward gruñó a su lado:
—Sigamos con el plan.
Ah, el plan, el que habían estado ideando mientras Bella había permanecido recluida
en la guarida preparando los exámenes. Todo ese tiempo Edward se había
estado paseando por la cocina de un lado a otro, como si se lo comiera la
impaciencia, mientras Emmet cocinaba.
A regañadientes, Emmet abandonó la almibarada perfección del pezón de Bella. Ya
tendría tiempo más tarde —toda una vida, si las cosas salían como él quería— tan
pronto como aplacara a la hambrienta bestia que tenía a su lado. La verdad fuera
dicha, pensar en lo que iba a ocurrir esa noche, despertaba también a su propia bestia
interior.
Sabiendo que era demasiado pronto para eso, reprimió esos pensamientos.
Ante la pérdida de sus caricias, Bella gimió implorante. Emmet se arriesgó a
mirarle los pechos. Tuvo que tragar aire. Sus pezones ya estaban de color granate,
visiblemente hinchados y duros. La imagen casi hizo que se olvidara de los planes y
quisiera pasarse la noche prodigando atenciones constantes a aquellos hermosos
pechos.
—Ahora. —La impaciencia resonó en la orden de Edward.
«Tranquilo, chico, tranquilo». Emmet le dirigió a su primo una mirada de advertencia
antes de volverse hacia Bella. Con cuidado la ayudó a quitarse la minifalda y el tanga.
Dios, era preciosa. Esbelta, pero con curvas. Delgada. Era,
simplemente, perfecta.
Emmet sonrió ante sus propios pensamientos y la tomó por los hombros.
—Cariño, la noche anterior queríamos que te acostumbraras a aceptar las caricias de
dos hombres.
A pesar de los ojos aturdidos y las pupilas dilatadas, ella asintió con la cabeza.
—Lo sé.
—Bien. Muy bien. Esta noche aprenderás cuánto placer puedes darnos tú. Y será todo
un desafío puesto que quieres seguir siendo virgen y aún no estás preparada para
aceptarnos en ese dulce trasero.
Bella se quedó meditando, intentando descifrar sus palabras.
—No sé nada de sexo oral.
Él le acarició los hombros, tranquilizándola.
—De eso nos ocuparemos todos juntos.
Mordisqueándose los labios, ella asintió con la cabeza. Luego se pasó la lengua por el
labio y la imagen golpeó a Emmet con otra oleada de pura lujuria.
A su lado, Edward parecía a punto de perder la paciencia… y el control. Emmet apoyó las
manos en los hombros de Bella y la instó a ponerse de rodillas ante él. Ella se arrodilló
lentamente, algo indecisa pero sin apartar la mirada de Edward. Emmet siguió la mirada
de Bella y la imagen le provocó otra oleada de lujuria.
Suspiró. Suponía que eso zanjaba la cuestión de quién disfrutaría primero de la sedosa
boca de Bella.
Arrodillándose detrás de ella, Emmet se quitó bruscamente la camisa, observando cómo
Edward se quitaba también la suya y la arrojaba al otro lado de la habitación,
luego comenzó a desabrocharse uno a uno los botones de los vaqueros. Emmet se situó
tras Bella, posó las manos en los hombros femeninos y observó cómo ella clavaba la
mirada en la porción de musculoso abdomen y el castaño vello púbico que Edward iba
dejando a la vista, luego su primo se bajó los vaqueros y su miembro saltó libre en
toda su longitud.
Edward se pasó la mano por la erección, como si no pudiera estar ni un
minuto más sin recibir estimulación. Detrás de Bella, Emmet se encontraba en un
estado parecido e hizo una mueca mientras acomodaba su propio miembro. Luego
apoyó las manos en las caderas desnudas de Bella y le acarició la suave piel.
—Tócale —murmuró Emmet.
—¿Cómo?
Emmet no podía detener sus manos errantes, de las caderas las deslizó al vientre
y a los pechos. Con los pulgares le acarició los pezones duros como guijarros.
Se los apretó. Quería comprobar lo mojada que estaba.
Pronto… «Maldita sea, ten paciencia». En ese momento, no podía distraerla.
—Toma el miembro de Edward en la mano y acaríciale, justo como está haciendo él.
Tan lentamente que Emmet empezó a sudar, Bella estiró el brazo y tomo la dura carne de
Edward en su mano. La deslizó hasta la punta, y le pasó el pulgar por el glande. Edward
gimió con tanta fuerza que el sonido retumbó en su pecho.
—Muy bien —la elogió Emmet—. Ahora sube la mano y vuelve a bajarla.
Bella repitió el proceso un par de veces, cada vez más rápido, coordinando cada vez
más los movimientos.
—Apenas puedo cerrar la mano en torno a él.
Bella frunció el ceño con concentración y llevó la otra mano al miembro de
Edward, uniéndola a la primera, cerrando los elegantes dedos alrededor de la
erección. Ahora la abarcaba por completo, la acariciaba con más vigor,
observando la cara de Edward y cómo aquellos ojos verdes, por los que las
mujeres babeaban, se cerraban al tiempo que echaba la cabeza hacia atrás, invadido
por un inconmensurable placer.
—Muy bien —masculló Emmet—. Ahora humedécete los labios. Sí, así. —Emmet no
pudo resistirse a besarle el cuello, a mordisquearle el lóbulo de la oreja—. Inclínate,
abre bien la boca y captúralo con los labios.
La mirada ardiente que ella le lanzó por encima del hombro estaba tan llena de
curiosidad y de picara anticipación, que Emmet se sorprendió. Maldición, bajo
aquella sencilla superficie se escondía una chica juguetona. Una arpía. Hubiera
apostado lo que fuera a que si le daban un poco de rienda suelta en el dormitorio,
los haría bailar al son de su música.
—¡Ahora! —exigió Edward.
—Pídelo por favor —ordenó ella.
Emmet no pudo contener la risa. Al parecer, ella ya sabía cuándo tenía a un
hombre en la palma de su mano, y que con la promesa de su boca madura en la febril
mente masculina, lo tenía bajo su poder.
—¡Maldición!
—Palabra incorrecta. —Bella le dirigió una sonrisa coqueta. Edward tragó y cerró los
puños mientras tomaba aliento.
—Por favor.
La palabra sonó brusca y ronca, pero a Bella le valió.
Lanzándole a Edward una última mirada desafiante, se puso manos a la obra,
inclinándose hacia delante.
Inclinándose hacia un lado, Emmet observó con rugiente necesidad y envidia cómo
el miembro de Edward entraba en la boca de Bella, acunada por su lengua
resbaladiza. Él la fue penetrando cada vez más hasta que casi toda la longitud de
su miembro desapareció en las profundidades de esa boca virgen.
Dios, la sola imagen lo mataba. El largo gemido de Edward resonó en el
vientre de Emmet, multiplicando su deseo. Sólo podía imaginar lo fabuloso que sería
sentir a Bella de esa manera. Cuando había tomado todo lo que podía del miembro
de Edward, ella se retiró y repitió el proceso, albergando un par de centímetros más.
Edward soltó otro gemido, aferrando las manos con las que Bella lo sujetaba.
—Sí —jadeó Emmet—. Succiónale. Con fuerza. Le gusta así.
Las mejillas de Bella se ahuecaron cuando lo introdujo de nuevo en su boca. Un
instante después, Edward apretó los dientes.
—¿Estás a punto de explotar? —le preguntó Emmet.
—Sí, Maldita sea.
Edward apenas logró articular las palabras. Bella lo estaba llevando al orgasmo con
mucha rapidez. Emmet jamás había visto nada igual. Por lo general, su primo podía
hundirse en la boca de una mujer durante más de veinte minutos y seguir
impertérrito. Siempre había sido así, salvo cuando Bella le tocaba. Cuando Edward
se tensó y el rubor le cubrió las mejillas, Emmet supo lo cerca que estaba su primo de
perder el control.
«Ha llegado el momento de rematarlo».
—Muy bien —murmuró Emmet en el oído de Bella. Observó la cadencia de la
cabeza femenina y le ordenó—: Ahora un poco más lento. Hazle sufrir. Bien. Ahuécale
los testículos con una mano.
Bella hizo exactamente lo que le decía, acariciando la masa testicular de Edward, que
se alzaba hacia su propio cuerpo con cada dulce succión de su boca. Incluso observarlo
agitaba la respiración de Emmet, por no mencionar lo que le provocaba en su miembro.
Estirando el puño a ciegas, Edward agarró a Bella por el pelo. Emmet casi detuvo a su
primo para romper el contacto, pero ella gimió… y no de dolor.
Ah, así que a Bella le gustaba un poco de dolor. Emmet sonrió. Definitivamente
podría proporcionarle un poco, pero era Edward el que estaba especialmente dotado
para dárselo.
En cuanto Bella lograra que Edward se corriese.
—Sigue así, cariño. Succiónale. Con lentitud y dureza. Harás que se corra —susurró
Emmet. No podrá contenerse ante la dulce tentación de tu boca. Lámele el glande con la
lengua. Perfecto.
Sí.
Edward gimió, como si quisiera corroborar las afirmaciones de Emmet. Tensó los
muslos y apretó el puño con el que tiraba del pelo de Bella.
—Santo cielo… no puedo contenerme. Emmet sonrió.
—Buena chica. Ahora, pásale la punta de los dientes por el glande.
—No —protestó Edward.
—Hazlo —ordenó Emmet—. Luego succiónale de nuevo. Se correrá.
Sujetando el grueso tallo de Edward con una mano, Bella aflojó el agarre y pasó los
dientes por el glande. La imagen hizo gemir a los dos hombres.
—Maldita sea… ¡Bella!
—Ahora succiónale profundamente, y se correrá —murmuró Emmet.
Ella lo hizo, y Edward rugió echando la cabeza hacia atrás y gritando su éxtasis que
resonó en la habitación.
Bella se quedó paralizada, agrandando los ojos con incertidumbre y pánico.
—Trágalo, cariño. Está bien.
Ella lo hizo, y Emmet observó cómo su garganta y su boca se movía mientras lo
hacía. El deseo y la envidia lo atravesaron como un relámpago. Dios, era asombrosa.
Y, gracias a Dios, ahora sería él quien sentiría su boca.
Edward se apartó lentamente. Ella gimió mientras continuaba lamiéndole, como
si no estuviera dispuesta a dejarlo marchar.
Llegados a ese punto, Edward solía volverse a excitar con el puño y se dirigía al trasero
de la mujer, dejando que Emmet bebiera de la boca o el sexo. Por lo general, Edward solía
dejarle a él la tarea de satisfacer a la mujer, ya que para él las mujeres eran dulces y
tiernas criaturas a las que había que explorar de pies a cabeza, trazando un mapa con
dedos y lengua, recorriendo cada hendidura secreta y cada lugar sensible con la vista y
los sentidos.
Pero para asombro de Emmet, Edward se arrodilló ante Bella clavando los ojos en ella,
como si fuera algo tan precioso como esperanzador, como si fuera un antiguo
acertijo. Inclinándose hacia ella, Edward agarró las caderas de Bella y las alzó hacia su
cara bajo la mirada estupefacta de Emmet.
—Tengo que saborearte —masculló—. Tengo que saber lo mojada que estás.
En el momento en que ella abrió los muslos sobre la cabeza de Edward, él levantó la
boca hacia los húmedos pliegues femeninos y los asaltó con los labios abiertos. Se
aferró a las caderas femeninas y atrajo aún más su cuerpo para profundizar el
íntimo beso. Un largo gemido de alarma escapó del pecho de Bella, tratando
de aferrarse a algo o alguien para mantener el equilibrio.
Con las piernas temblorosas, Emmet se levantó y se acercó a la cama para
observarlos. Se uniría pronto a la función, pero observar cómo Bella se corría bajo los
latigazos de la lengua de su primo y, como también veía ahora, sus indagadores y
exigentes dedos penetrándola, excitaba más a Emmet.
Edward giró la cabeza para mordisquear el muslo de Bella.
—El vibrador.
Emmet tardó un momento en descifrar las amortiguadas palabras de su primo. Sí. Tenían
que enseñarle eso. Les iba a gustar ver cómo Bella se retorcía, se sonrojaba y se corría
mientras lo usaban, sobre todo sabiendo que servía para un gran propósito que todos
disfrutarían.
Tras acercarse con rapidez a la mesilla de noche, Emmet cogió todo lo que necesitaban y
lo preparó, luego se giró hacia ellos. Bella tenía los ojos cerrados, tenía la piel
sonrojada y cubierta por una brillante película de sudor. Con los pezones erizados,
parecía una diosa mientras gemía, aceptando cada roce de la lengua de Edward.
A Emmet le hirvió la sangre. Tenía que aliviarse pronto en Bella. Muy pronto.
Masturbarse en la ducha no le serviría de nada esa noche.
Colocándose de nuevo detrás de ella, le puso la palma de la mano en la espalda, entre
los omóplatos. Maldición, era suave por todos lados.
—Cariño, inclínate hacia delante. Ponte a gatas.
Bella así lo hizo, sin que Edward perdiera el ritmo. Emmet imaginó, de hecho, que
aquella nueva posición le estaba proporcionando nuevas sensaciones, ya que Bella
gimió.
Emmet le acarició la cadera, depositando tiernos besos desde la base de su espalda
hasta el lóbulo del oído, donde le murmuró:
—Relájate. Intentaré que te resulte fácil. Dime si te duele.
Ella sólo se agarró al edredón de la cama y jadeó como si no pudiera aspirar aire
suficiente.
Él estaba a punto de llevarla todavía más cerca del límite.
Abriéndole las nalgas, comenzó a insertarle lentamente, muy lentamente, un
nuevo vibrador en el ano. Uno más grande que el anterior. Ese medía dieciocho
centímetros de largo por tres de diámetro. Un tamaño más aproximado a un miembro
de verdad. Emmet esperaba con ansia y un nudo de lujuria que a ella le gustara.
Se moría por poder penetrarla pronto.
El vibrador estaba medio insertado cuando él comenzó a sudar. Sólo ver cómo
aquel juguete desaparecía en el interior de su cuerpo le hacía arder. Siguió
introduciéndolo poco a poco, observando cómo se deslizaba en sus profundidades casi
por completo.
De repente, ella se arqueó, se puso tensa y gimió.
—¿Te hace daño? —preguntó él.
—Un poco. —Ella apenas podía articular las palabras.
—Acéptalo en tu interior por nosotros. ¿Puedes?
Bella asintió con la cabeza con los hombros rígidos. Emmet deslizó suavemente el resto
del vibrador. Cuando ella gritó, lo puso en funcionamiento. Casi al instante, ella
jadeó. Unos momentos después, comenzó a moverse agitadamente, y volvió a
aferrarse al edredón de nuevo.
—¡Sí! —gritó Bella—. Necesito… oh, Dios…
—Lo sabemos. —Emmet la besó en el hombro, luego se puso de pie y se quitó los
pantalones, dejándolos caer al suelo. Luego se sentó en el borde de la cama, delante
de ella, y le apartó los cabellos castaño de la cara ruborizada. Sus ojos color
chocolate se agrandaron al verle el miembro.
Ahuecándole la nuca con la mano, la atrajo hacia sí.
—Succióname.
Por suerte, no tuvo que repetirlo. Ella se abalanzó sobre su pene y casi se lo tragó
entero. Emmet contuvo el aliento. Una salvaje sensación le subió por la erección, le
recorrió las piernas, y atravesó su cuerpo con una descarga de deseo. La cabeza de
Bella subió y bajó mientras lo tomaba casi hasta el fondo de su garganta, deslizando la
lengua con ansia por cada uno de los lugares sensibles de su miembro y por
algunos que no sabía que tenía. No utilizó los dientes, como si de alguna manera
supiera que eso era algo que le gustaba a Edward y no a él. Se limitó a agarrarlo por los
muslos y a chupársela a un ritmo que aseguraba que él no iba a aguantar mucho más.
Pero por la manera en que ella gemía en torno a su miembro y los sonidos que Edward
hacía en su carne sensible, Bella tampoco tardaría mucho en correrse.
Ella siguió chupándole el miembro, lo adoró; su boca era como el cielo, y las
constantes caricias de su lengua elevaban a Emmet cada vez más alto. El deseo se
incrementaba en su interior con tal rapidez que —Oh a duras penas podía asimilarlo.
Emmet comenzó a jadear. La agarró por el pelo, intentando que fuera más despacio.
Quería saborear cada resbaladiza sensación, cada abrasador estremecimiento.
Observarla con Edward, y luego sentir él mismo la sedosa succión de su boca, sabiendo
que era la primera vez que se correría con la mujer que podía completarlos a Edward y
a él…
El éxtasis comenzó en su vientre y luego ascendió por su miembro, abrumador
e imparable. Emmet intentó contenerlo —recitando recetas de cocina, pensando en cada
uno de los chefs que había odiado en la escuela de cocina—, pero el
trémulo calor aumentaba incontrolablemente ante la necesidad que sentía. La
música de fondo de Bella gimiendo su placer le decía que ella estaba a punto de
sentir un orgasmo gigantesco.
Emmet no pudo contener el placer por más tiempo. Sintió varios estremecimientos en la
base de su espalda. Se le tensaron los testículos. Oh, Dios. El calor era intenso, y
ascendía poco a poco por su pene quemándolo como si fuera fuego líquido.
Luego Emmet dejó escapar un ronco y agonizante grito. Mientras tanto, la boca de
Bella seguía succionándolo, chupándolo con frenesí, extrayendo cada onza de
placer.
Respirando entrecortadamente, abandonó su boca y se encontró con su mirada,
la necesidad no satisfecha se reflejaba en su cara. Tenía el cuerpo tenso como la
cuerda de un arco. Podía observar cómo el pulso de Bella latía salvajemente en la
base del cuello. Inclinándose sobre ella le sacó y le metió el vibrador en el culo un par
de veces.
—Córrete, cariño. Por nosotros.
Bella no necesitó que se lo repitiera. Aferrándose a sus muslos se dejó llevar
por el placer, moviendo su cuerpo con agitación, convulsionándose con cada oleada
de placer que la dominaba. Su grito retumbó en la habitación. Bajo ella, Emmet podía oír
los murmullos ahogados de Edward, alabando su reacción, su sabor.
Cuando Bella se derrumbó, Emmet extrajo el vibrador lentamente. Ella gimió y se dejó
caer en el suelo al lado de Edward. Lo miró a lo ojos, con una mirada femenina y
profunda. Emmet no pudo evitarlo, el impacto que le produjo su expresión le golpeó en el
pecho. Luego ella miró a Edward con la misma expresión, pero amplificada, hasta
que fue como un sonido, una llamada, una súplica.
Luego Bella comenzó a llorar.
Edward se puso tenso.
—Oh. Oh, Dios. ¿Qué…? No puedo… —Bella aspiró con fuerza y soltó un sollozo.
Emmet se dejó caer de rodillas a su lado.
—¿Cariño?
Ella le puso la mano en el brazo, tranquilizándolo, pero abrió aquellos ojos color
chocolate empapados en lágrimas, llenos de sabiduría femenina. Su mirada se
clavó en Edward cuando desplazó la vista hacia él.
—Me haces sentir. Esto es… Jamás había sentido nada tan poderoso, ni me había
sentido más viva que cuando estoy con vosotros.
Emmet se regocijó. Bella también sabía que eso era lo correcto. En su fuero interno ella
también lo sentía. Sonrió y la abrazó.
Pero una mirada a Edward bastó para que a Emmet se le cayera el alma a los pies.
Su primo parecía a la vez excitado y enfermo. Intentaba controlar algún tipo de
emoción, que aunque no era ira se acercaba condenadamente a ella.
—No es nada especial —le dijo Edward a Bella con un gruñido mientras se ponía en
pie y recogía sus ropas—. Es sólo sexo. Única y exclusivamente sexo, Maldita sea.
Luego se dirigió a la puerta y la cerró de golpe. El sonido resonó en la estancia durante
mucho tiempo.
Para mi es un placer compartir éste sitio con ustedes, el cuál nació del fanatismo por colocar a nuestra pareja favorita en distintos escenarios. Espero que disfruten su estancia, así como nosotras esperamos enriquecernos con sus comentarios y mensajes. Éste sitio lo compartimos Pescui, Rosita y yo, si éstas interesada en subir tus historias, el espacio es tuyo. Les envió un beso y un abrazo de oso. Noelle xD
jueves, 9 de junio de 2011
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holaaaa ahhh uff estooo si queesta hottt...aajj me encantoo estee cpaii...por queedward es tan rudooo que la habra sucedido en el pasadoo para seer asi...mew tienee intrigadaaa...besos y nos leemos!!
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