Capítulo Seis
- Si tengo que arrastraste y darte de comer yo mismo, lo haré Bella - dijo Edward en voz baja para que los peones no lo oyeran.
- No te atreverás -sonrió ella.
- No me tientes.
- No puedes ser tan tirano.
- Soy tu jefe.
- ¿Es una orden?
Edward suspiró, pasándose la mano por el pelo.
- Claro que no, pero estás llorando desde que se fueron las niñas y...
- No es verdad.
Él la miró, irónico. Pero le encantaba que Bella echara de menos a sus hijas.
- De acuerdo. ¿Y qué? No tengo mucho que hacer sin las niñas.
-¿Por qué no te relajas un poco? Cena con nosotros en el comedor.
- Prefiero no hacerlo.
- Soy tu jefe y te ordeno que lo hagas -insistió él.
- De acuerdo -suspiró Bella, dirigiéndose al comedor.
Los peones se levantaron al verla entrar y Jacob apartó una silla.
Le resultaba raro estar sentada con todos los hombres, pero después de una plegaria casi cómica, Bella se sintió como en casa. Hablaron sobre la subasta y Edward asignó tareas para toda la semana, sin dejar de mirarla. No podía disfrutar de la cena porque observarla era mucho más interesante. Ella creía no formar parte del rancho, pero tenía a los hombres pendientes de sus palabras. Les preguntaba por sus aficiones, sus intereses, sus familias y reía con ellos. Bromeaba con Sam sobre su pelo largo y trataba a Collin como si fuera un hombre aunque no era más que un crío. Cuando fue a llenar una jarra de agua, el chico se levantó de un salto para ayudarla. Los tenía bajo su mando y Edward era un soldado como los demás.
- Una cena estupenda, Bella -dijo Edward, señalando las bandejas vacías.
- ¿Alguien tiene más hambre? He hecho un postre casero.
¿Cuándo?, se preguntó Edward, asombrado.
Bella fue a la cocina y volvió con una tarta de chocolate.
- Te has acordado -murmuró él, sorprendido. Bella le guiñó un ojo, pero no dijo nada.
Después de la tarta, los peones se despidieron y cuando empezó a limpiar la mesa, Edward intentó ayudarla.
- No hace falta.
- Quiero ayudarte -insistió él.
-¿No tienes nada que hacer?
- No. Además, quiero preguntarte una cosa.
- ¿Qué? -preguntó Bella, sin volverse.
- ¿Quieres ir conmigo a la subasta pasado mañana? Me gustaría que entendieras lo importante que es para mí mi trabajo.
- Sé lo importante que es, Edward -dijo Bella-. No hablabas más que de este rancho cuando nos conocimos. Y siempre supe lo que era para ti.
Edward sonrió, acercándose.
- Entonces, señorita Swan, ¿puedes soportar un día o dos conmigo?
- ¿No estarás demasiado ocupado?
El negó con la cabeza.
- Los compradores vendrán mañana a echar un vistazo y, como suele haber varios interesados, la diversión es ver hasta dónde llegan.
Bella lo pensó un momento. Quería ver la subasta. Y estar con él todo un día era una tentación irresistible. Al fin y al cabo, después de eso, tendría que marcharse y todo habría terminado. ¿Por qué perder la última oportunidad de estar con Edward?
- ¿Qué me pongo?
- Lo más cómodo que tengas -contestó él. Edward estaba tan contento que hubiera deseado besarla, pero sabía que no debía hacerlo-. Además de la subasta hay un rodeo y suele ser muy divertido.
- ¿A qué hora vienen los compradores mañana?
- Después del desayuno. .
- ¿Y por qué no me lo has dicho antes? -preguntó Bella, cerrando el lavaplatos de golpe.
- ¿Qué pasa?
- ¡Mañana habrá un montón de gente en la casa! -exclamó ella, mirando alrededor. Tenía un millón de cosas que hacer, pero no sabía por dónde empezar.
- Calma, cielo. Van a venir a ver a los caballos, no a inspeccionar la casa.
Bella le dirigió una mirada de irritación.
- Ya, claro. ¿Es que tu madre no te ha enseñado nada sobre hospitalidad y buenas maneras? -preguntó Bella, saliendo de la cocina.
- Parece que no lo suficiente -murmuró Edward para sí mismo.
Los compradores empezaron a llegar a las nueve y Bella actuó como anfitriona, sirviéndoles café y sonriendo a todo el mundo. -Gracias -dijo Edward-. No tenías que hacer esto.
Ella se encogió de hombros.
- Quieres que estén contentos, ¿no?
- Sí -sonrió Edward. Aquella mañana, cuando había encontrado el salón reluciente y preparado para recibir gente, había deseado ponerse de rodillas para darle las gracias. En el año y medio que había estado casado con Tanya, ella no se había molestado en hacer nada parecido. Bella tenía talento para hacer que los oficiales de la subasta y los compradores se sintieran a gusto, como si la conocieran de toda la vida.
- Hacerles un poco la pelota no hace daño -le dijo Bella al oído.
Edward respiró su perfume. Aquella mujer lo excitaba más de lo que era soportable y, sin pensar, rodeó su cintura con un brazo. El roce de su piel lo hizo recordar otras veces, cuando la había hecho gemir de deseo. Y quería volver a hacerlo una y otra vez.
- Estás muy guapa esta mañana, cariño - susurró.
- Gracias -intentó sonreír Bella.
- Maravillosa.
- Compórtate -murmuró ella, incómoda.
La tentación de tomarla en sus brazos lo volvía loco. Edward se sentía como uno de los sementales de su establo, pero no le haría ningún bien a su imagen tumbar a la niñera de sus hijas sobre la mesa de caoba y hacerle el amor delante de todo el mundo. La idea lo hizo sonreír.
Como si hubiera leído sus pensamientos, Bella levantó los ojos al cielo, sacudiendo la cabeza.
- Es hora de ganar dinero -dijo Edward, dejando la taza sobre la mesa.
Durante el resto del día, Bella se dedicó a atender a los invitados mientras Edward presentaba sus animales a los compradores. A media tarde, decidió meterse en su cuarto a estudiar, pero no podía concentrarse. Por la ventana podía ver a Edward hablando con los compradores mientras los peones sacaban a los caballos del establo. Uno de los compradores señaló una yegua en particular y, después de una breve discusión, Edward negó con la cabeza.
Tenía que reconocer que lo envidiaba, envidaba su vida. Trabajaba duro y tenía raíces que se perdían cientos de años atrás. Se sentía cómodo haciendo el mismo trabajo que había hecho su familia durante generaciones. Bella no sabía nada sobre familias y tradiciones porque no había tenido nada de eso en su propia vida. Solo era una antigua amante de Edward Cullen. No podía esperar nada más. Y no lo haría.
Con un nudo en la garganta, recordó que había intentado darle todo años atrás y eso no había sido suficiente. Bella miró los libros de medicina. Aquella era su vida. No el rancho. Y, además, Edward no le había pedido que se quedara. Entonces, ¿por qué estaba mirando lo que no podía tener como si fuera lo único que deseara en la vida?
Antes de apartar los ojos de la ventana, Bella lo miró por última vez.
En la distancia, los ojos del hombre se clavaron en los suyos, como si la hubiera intuido. Con una sonrisa, Edward hizo que el caballo agachase la cabeza, como un saludo. Bella sonrió, emocionada.
Encantador. El príncipe del río Willow con barro en las botas.
Para mi es un placer compartir éste sitio con ustedes, el cuál nació del fanatismo por colocar a nuestra pareja favorita en distintos escenarios. Espero que disfruten su estancia, así como nosotras esperamos enriquecernos con sus comentarios y mensajes. Éste sitio lo compartimos Pescui, Rosita y yo, si éstas interesada en subir tus historias, el espacio es tuyo. Les envió un beso y un abrazo de oso. Noelle xD
holaaa pescui
ResponderEliminarMe encanta esta historia , tienen sentido del humor, pero ya necesito que Ed le diga que la ama y que hagan el amor como locos jajaja!!
Besos nena te sigo leyendo
muy pronto nena...yo tambien me muero por que se entreguen al amor...jijijijiji
ResponderEliminarholaaaaa mee encanntooo yaa quieroo quee estenn juntoss jee...me desesperaaa peroo bella no quiere saber nadaaa vamoss edward tiene que volver a conquistarlaaaa el puede hacerloo!!! bueno nos leemos en el que sigueee...un besooo!!!!
ResponderEliminarMe gustó mucho el capi, espero ansiosa el siguiente, besos nenita!!
ResponderEliminarHola me gusta la hsotoria no me despido y nos seguimos leyendo.......
ResponderEliminarPobre Bella, anhelando lo que podría ser suyo si desistiera de su sueño de ser Medico.
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