LA DULCE Y ORGULLOSA ISABELLA.
Capitulo 12.
Bella se mantenía lejos de las colinas y de la meseta de la parte sur de la isla. Cuando los siervos eran traídos de los cultivos, ella se imponía la obligación de estar en otra parte. Cada vez que montaba a Attila tenía cuidado de permanecer cerca de la aldea o en los terrenos de la mansión. Pero cuando pasaron los días y no vio más a Edward, sus aprensiones disminuyeron.
Había pasado casi una quincena cuando su padre la invitó a dar un paseo en el carruaje pues él tenía que atender unos asuntos en los cañaverales.
- Llevaremos una cesta con comida -dijo mirándola y casi sonriendo-. Tu madre y yo... nos gustaba merendar en el campo, y a ti también. Solía gustarte mordisquear un trozo de caña de azúcar.
Incómodo con su nostalgia, Charles Swan se aclaró ruidosamente la garganta.
-Vamos, muchacha. No dispongo de todo el día y el carruaje está esperando.
Bella no pudo negarse y sonrió ante los modales súbitamente bruscos de su padre. Una vez en el birlocho, cuando ya estaban en el camino, pensó en su progenitor. Desde el regreso de ella él se mostraba
más tratable. ¿O era ella misma? Cuando él empezaba a protestar por una futesa, ella ya no lo desafiaba ni le discutía sino que lo dejaba desahogarse hasta que pasara su ira; entonces, sonriente y amable,
asentía calmosamente o disentía si era necesario, firmemente pero sin el abierto antagonismo de antes. Y él rezongaba y gruñía un poco si ella se le ponía en contra o sonreía de mala gana si ella le daba la razón.
Bella casi podía creer que él apreciaba las opiniones de ella y que reconocía que, a menudo, su hija era más perspicaz que él.
El aire en las colinas era más fresco, la brisa vigorizante. Bella esperó pacientemente cuando el carruaje se detuvo aquí y allí mientras su padre hablaba con los capataces o se ausentaba un momento para atender alguna insignificancia. Se detuvieron para comer y después reanudaron el paseo. Llegaron a un gran campo desmontado en el medio del cual había un extraño carromato arrastrado lentamente por mulas. Amplios toldos de tela se extendían desde cada lado del carro como las alas de un pájaro y debajo de los mismos, dos filas de hombres, con talegos de semillas y largos palos, caminaban haciendo agujeros en el suelo y arrojando semillas en ellos y después apretaban la tierra sembrada con los pies desnudos.
Swan se irguió en su asiento y observó con gran atención el curioso artefacto. Aguardó ansiosamente al capataz quien ya se acercaba apresuradamente al carruaje.
-Sí, señor, ese tipo es muy listo -respondió el capataz a la pregunta de Swan-. Despejamos el campo en muy poco tiempo, sólo cortamos los árboles grandes y al resto los quemamos. El dijo que las cenizas fertilizarían la tierra. Y después, esa cosa que usted ve allí. Antes un hombre tenía que tomar un talego del cobertizo y antes de que pasara una hora volvía por más semillas, a descansar y a beber. Pero ahora eso les da sombra y el carro lleva semillas y agua, de modo que el campo está casi todo sembrado. Despejado y sembrado en una semana. Esto está bien ¿verdad, señor?
- Ajá-asintió Swan. Largo tiempo quedó observando la siembra.
Bella vio que un hombre se mantenía apartado del resto y que no trabajaba como los otros. Tenía la espalda desnuda y aunque ella no podía verle la cara, había en él algo extrañamente familiar.
Swan se dirigió al capataz.
- ¿Y dice usted que todo fue idea de ese individuo, Edward Masen?
Bella ahogó una exclamación y por un momento le pareció que el mundo se había detenido. ¡Por supuesto, era él! ¡Esos calzones acortados!
El mundo empezó a girar otra vez y ella aspiró profundamente y aquietó el temblor de su cuerpo.
Entonces lo miró subrepticiamente. Edward caminaba lentamente, inspeccionando los resultados. El sudor brillaba en los firmes músculos de su espalda y sus piernas, largas, atezadas, eran rectas y fuertes...Bella casi volvió a sentir nuevamente el atrevido sexo de él entre sus muslos y se ruborizó intensamente por sus pensamientos.
Se inclinó y tironeó de la manga de su padre.
-Papá -imploró-, he estado demasiado en el sol y me duele la cabeza. ¿Podemos regresar ahora?
-En un momento, Bella. Quiero hablar con ese hombre.
Bella sintió que su corazón se le iba a la garganta. No podría soportar un encuentro cara a cara con Edward. ¡No aquí! ¡Ahora no! ¡No delante de su padre!
- Lo siento muchísimo, papá, pero casi estoy enferma. Un poco mareada. ¿Podemos irnos, por favor? -insistió, desesperada.
Swan miró un momento a su hija con preocupación y cedió al pedido de ella.
-Muy bien. Puedo verlo más tarde. Nos iremos.
Habló a Maddock, el cochero negro, y el carruaje dio media vuelta y tomó el camino hacia la mansión. Bella dio un largo suspiro, se apoyó en el asiento, cerró los ojos y Sintióse tremendamente aliviada. Pero cuando abrió nuevamente los ojos vio que su padre la miraba fijamente con una curiosa semisonrisa en los labios. Su mirada era insistente y ella empezó a inquietarse.
- ¿Puede ser, Bella, que estés encinta? -preguntó suavemente Swan.
- ¡No! -dijo ella bruscamente-. Quiero decir, creo que no. Es decir que el tiempo fue tan corto... Nosotros apenas... -Cerró la boca de golpe.
- ¿Quieres decir que no lo sabes? -insistió Swan-. Ha habido tiempo suficiente. Seguramente, tú sabes de estas cosas.
-Creo... no lo creo, papá -repuso Bella y vio el desencanto en los ojos de él-. Lo siento.
Bajó la vista hacia sus manos fuertemente enlazadas. Charles Swan miró hacia adelante y no pronunció palabra durante todo el viaje de regreso.
Sue los recibió en la puerta. Su mirada inquisitiva pasó rápidamente sobre los dos y en seguida se fijó en Bella. Pero Bella, que ya había tenido demasiadas preguntas para un día, pasó rápidamente junto al ama de llaves y subió casi corriendo la escalera hacia sus habitaciones. Esta vez tuvo la presencia de ánimo suficiente para guardar sus ropas como era su costumbre, y cubierta solamente por una camisa ligera, cayó a través de la cama y fijó la vista en las copas de los árboles que se veían más allá de su balcón. Las puertas francesas se mantenían abiertas para dejar entrar las refrescantes brisas vespertinas y el aire hacía ondular suavemente la seda del dosel de su cama. El dulce aroma de una enredadera florecida que trepaba por la barandilla llenaba la habitación y Bella pensaba... pensaba... pensaba.
Tiempo después Sue llamó a la puerta. Anunció la comida de la noche y Bella dijo, como excusa, que no se sentía bien. El crepúsculo se convirtió en oscuridad y nuevamente Sue llamó a la puerta con suavidad. Pero esta vez, la mujer no permitió que la despidieran e insistió en que Bella abriera. Cuando por fin entró, la bondadosa mujer llevó hasta la cama una bandeja con una fuente cubierta y un gran vaso de leche fría
-Esto te hará bien para el estómago, Bella -insistió Sue-. ¿Quieres que te traiga alguna otra cosa?
Cuando Bella insistió en que lo único que tenía era que había tomado demasiado sol, Sue chasqueó la lengua y murmuró acerca del descuido de "esta nueva generación" y se retiró.
Isabella picoteó la comida y bebió la leche fría. Sintió sueño, se puso un camisón corto y se deslizó entre las sedosas sábanas. Estaba medio dormida cuando de alguna parte de su mente surgió un recuerdo de manos acariciándole los pechos y de una boca, cálida y suave, besándola en la boca y el cuello, de brazos fuertes estrechándola contra su cuerpo firme, nuevamente esa primera quemante penetración y después...
Bella despertó completamente, llena de pavor, y después se relajó lentamente sobre su almohada cuando comprendió que se encontraba sola en la habitación. Las sombras familiares caminaban por las paredes pero no encontró consuelo para el doloroso vacío de su interior. Acercó otra almohada y se apretó contra ella. ¿Fue otra mala jugada de su mente cuando, poco antes de volver a dormirse, sintió los músculos duros de la espalda de un hombre, debajo de sus dedos?
La mañana no le trajo ninguna respuesta. La almohada era solamente una almohada. Pero el sueño de la noche hizo maravillas. Se levantó y bañó y se puso un vestido de color turquesa pálido. Alice le ciñó apretadamente la cintura. Con su escote cuadrado, el vestido exhibía las curvas superiores de sus pechos redondeados.
Isabella contempló su Imagen en el alto. espejo y se acarició distraídamente el cabello, que estaba peinado tirante hacia atrás y caía sobre la nuca en una cascada de rizos. Adquirió una expresión de petulancia cuando recordó las provocativas palabras de Edward. ¿Falta de feminidad? ¿Cómo? ¿En qué me encuentra él carente de feminidad? ¿En mi apariencia? ¿En estatura? ¿En ingenio? ¿Dónde? El espejo no podía darle una respuesta y Bella dejó sus habitaciones para reunirse con su padre y desayunar tarde, según costumbre que habían adquirido desde su regreso.
Charles Swan tenía el hábito de levantarse al amanecer, pero ahora, a menos que hubiera alguna tarea urgente, prefería esperar para poder tomar la comida de la mañana en compañía de Bella. General¬mente era un momento placentero aunque intercambiaban pocas palabras.
Pero esta mañana, cuando descendía las escaleras, Bella oyó voces en el comedor. Ciertamente, no era raro que el hacendado tuviera huéspedes en la mesa del desayuno y por lo general la conversación giraba alrededor de negocios y trabajo. Pero Bella, con algo de aprensión y preguntándose quién podría ser el visitante, bajó cautelosamente. Fue Due quien precipitó las cosas.
-Buenos días, Bella -la saludó alegremente el ama de llaves-.
¿Hoy te sientes mejor?
Desde el comedor llegó la voz del padre.
- Aquí está ella. Mi hija, Isabella.
Crujió una silla y en seguida la gran silueta de Swan llenó el vano de la puerta. El la tomó del brazo y la condujo a la habitación fresca y ventilada donde las blancas persianas dejaban entrar la brisa pero no el
sol y su calor.
-Lo siento, hija, pero yo quería hablar con este hombre –se disculpó el hacendado.
Bella se detuvo súbitamente cuando vio al hombre y retiró la mano del brazo de su padre. El color huyó de sus mejillas y sus labios se entreabrieron por la sorpresa. Swan se volvió para tomarle nuevamente la mano y la miró con expresión preocupada. Le habló en voz baja, casi en un susurro.
-Sí, es un siervo. -Su tono era de reproche-. Creo, sin embargo, que no nos rebajaremos si compartimos una mesa con él. Si quieres ser la señora de esta casa, deberás mostrarte amable y graciosa con todos los
que yo traiga como invitados.
-Vamos, Bella -continuó Swan, ahora en voz alta, y le acarició afectuosamente la mano-. Ven a conocer al señor Masen, a Edward Masen, hombre de cierta educación y muy inteligente. Se ha desempeñado muy bien con nosotros y ahora debo escuchar sus consejos sobre unos asuntos.
Edward Masen se puso de pie y sus ojos de jade le sonrieron y la tocaron en todo el cuerpo cuando Swan se volvió para hablar con Sue. El rubor retornó rápidamente a las mejillas de Bella y se intensificó cuando experimentó otra vez la sensación de hallarse desnuda ante esa mirada de fuego. Murmuró inexpresivamente un saludo mientras su propia mirada se posaba desdeñosamente en los cortos pantalones que estaban limpios pero no por eso resultaban menos objetables para el estado mental de ella. Sin embargo, agradeció que por lo menos él se hubiera puesto su camisa. Al verlo sin el sombrero de paja, notó por primera vez que él llevaba el cabello mas corto. Unos mechones cortos y gruesos curvábanse ligeramente en torno a su cara y acentuaban las facciones finas y hermosas. La sonrisa burlona brillaba con sorprendente blancura en contraste con la piel tostada por el sol. De mala gana, Bella admito para sí misma que el hecho de que fuera un siervo no parecía sentarle mal. Ciertamente, había en él una salud y una vitalidad que resultaban casi hipnotizantes.
En realidad, se lo veía aún más guapo que el día de la boda.
-Un placer, señora -repuso él cálidamente.
Bella le dirigió una sonrisa amenazadora.
- ¿Edward Masen ha dicho? -preguntó-. Conocí a unos Masen en Inglaterra. Gente muy despreciable, asesinos y matones. Sucios y miserables. ¿Por casualidad usted es pariente de ellos, señor?
La dulzura de su tono no ocultó el desprecio qué ella quiso transmitir. El la miró con una sonrisa divertida pero Swan carraspeó ruidosamente y dirigió al joven una mirada llena de simpatía.
-Debe perdonarme, señor Masen -dijo Bella-. No muy a menudo me veo en la situación de tener a un esclavo en mi mesa.
-Isabella -dijo su padre en tono amenazador.
Bella se sentó en su silla. Ignoró a Edward cuando él se sentó frente a ella y en seguida se volvió al anciano negro de cabellos grises que aguardaba para empezar a servirles y le dirigió la mejor de sus sonrisas.
-Buenos días, Milán -dijo en tono jovial-. Tenemos otro hermoso día ¿verdad?
-Sí, señorita -dijo el criado sonriendo-. Un día hermoso y radiante, como usted, señorita Bella. ¿Y qué desea tomar esta mañana? Tengo guardado para usted un jugoso melón.
-Eso me gustaría mucho -dijo ella, sin dejar de sonreír.
Cuando el criado, después de poner frente a ella una taza de té, fue hasta un aparador, Bella se atrevió a enfrentar la mirada divertida de Edward, quien la observaba desde el otro lado de la mesa.
Mientras la conversación de los hombres giraba alrededor de muchos temas, Bella bebía su té y escuchaba en silencio a Edward, quien se expresaba con seguras opiniones en respuesta a las preguntas del hacendado. El joven tomaba rápidamente una pluma y hacía croquis cuando era necesario. No actuaba como un esclavo sino de igual a igual. Se inclinaba con el hacendado sobre pilas de dibujos que cubrían uno de los ángulos de la mesa y explicaba en detalle el funcionamiento mecánico de los diseños.
Bella de ninguna manera se sentía aburrida escuchándolo. Se percató de que él era inteligente, de mente penetrante como su padre, y de que no parecía ignorar los trabajos de la plantación. En realidad, a medida que avanzaba la conversación, se fue haciendo evidente que podía enseñar mucho a su amo.
-Señor Masen -interrumpió ella en una pausa, mientras Milán volvía a llenar las tazas- ¿Cuál era su oficio antes de convertirse en siervo? ¿Capataz, quizá? Usted es de las colonias ¿verdad? ¿Qué hacía en Inglaterra?
-Caballos... y otras cosas, señora -dijo él lentamente y con una amplia sonrisa, dedicando a ella toda su, atención-. Trabajé bastante con caballos.
Bella arrugó ligeramente el entrecejo mientras pensaba en la respuesta de él.
-Entonces usted debe ser el que curó a mi caballo Attila. -No era sorprendente que el semental no le temiera. El maldito lo había cuidado-. ¿Quiere decir que entrenaba caballos? ¿Para qué, señor? ¿ Y por qué estaba en Inglaterra?
-Sobre todo para silla, señora. -Se alzó de hombros-. Y a algunos les gusta correr carreras con sus caballos. Fui primero a Escocia para seleccionar caballos de raza para cría.
- ¿Entonces su patrón confiaba en usted para conocer una buena línea de sangre con sólo ver el animal? -insistió ella.
-Así es, señora, y sin duda que para eso soy muy capaz. -Las luces de sus ojos refulgieron con destellos dorados cuando él recorrió lentamente con la vista las formas de ella. La insinuación fue muy clara.
La mirada de Swan seguía fija en Bella de modo que no se percató del lento examen y del gesto de asentimiento que lo siguió. El hacendado probó su té y frunció los labios al saborear la perfumada tibieza de la infusión
-Yo envié a mi hija allí en una misión muy similar -dijo Charles Swan -pero ella regresó viuda, con una cuna vacía. Ni siquiera llegué a conocer al joven yerno me corroe el corazón. Habiendo visto que ella rechazaba a tantos pretendientes, sentía gran ansiedad por conocer al flamante elegido.
Bella se dirigió a su padre pero sus ojos siguieron fijos en Edward, y sonrió detrás de su taza de té.
-Poco puedo contarte de él, papá. Pero fue solamente el destino lo que decretó que yo no tuviera hijos de él. Sabe, señor Masen -Bella dirigió abiertamente a él sus comentarios- mi padre me envió para que encontrara un marido digno que engendrara hijos para su dinastía. Pero no tenía que ser así, pese a mis esfuerzos. Sin embargo, no dudo que encontraré otro hombre, quizá más inteligente como para evitar el mismo final que el primero.
Levantó las cejas muy levemente para acentuar sus últimas palabras y miró directamente los ojos verdes, los cuales bajaron momentá¬neamente como reconocimiento a la respuesta de ella.
-En verdad, señora Cullen -dijo Edward en un tono que indicaba interés y preocupación-, sólo puedo afirmar que un hombre tan excelente habría hecho que su vida fuera mucho más rica. Sin embargo, a menudo compruebo que lo que es atribuido al destino suele tener otros motivos. A veces un capricho o infatuación, un bajo deseo, pueden estropear los planes mejor trazados. Mi propio caso, por ejemplo. Aunque me encontraba en desesperante necesidad, me fue negada mi mejor oportunidad por la misma persona que propuso el pacto.
-Sí, he sufrido mucho por esa persona -continuó en tono meditabundo-. Pero la justicia, aunque a menudo se demora, habitual¬mente termina por llegar. Tengo deudas que pagar y las que tengo con su padre no son las únicas. Sin embargo, también a mí se me deben cosas que espero cobrarme con grandes expectativas.
Bella reconoció la amenaza en esa afirmación y replicó con cierto despliegue de cólera:
-Señor, encuentro desacertada su referencia a la justicia porque usted, obviamente, es víctima de la misma y se encuentra donde tiene que estar ¡Mi padre puede tener interés en sus consejos pero a mí me resulta odiosa la presencia de un salvaje semidesnudo en mi mesa de desayuno!
Ante este vengativo estallido, el hacendado dejó su taza y miró fijamente a su hija, razón por la cual no pudo ver la expresión socarrona y maliciosa de Edward que contradecía el tono de suave disculpa de su voz
cuando dijo:
-Señora, sólo espero que usted cambie de opinión.
Bella no se atrevió a replicar. Turbulentas emociones se agitaban en su interior y ensombrecían mas si cabe el chocolate de sus ojos. Se puso de pie, alzó orgullosamente el mentón y abandonó la habitación con paso majestuoso y decidido.
Sólo después que Edward se marchó, Bella se atrevió a encarar a su padre, y lo hizo llena de aprensión, porque no recordaba que el hacendado se hubiera tomado tanto interés por un siervo como el que evidentemente le inspiraba este colonial.
Swan se encontraba en su estudio, revisando unas cuentas que había preparado Eleazar, cuando Bella entró en la habitación, las manos enlazadas en la espalda y una expresión de angelical inocencia en su rostro.
- ¿Crees que lloverá antes de que termine el día, papá? -preguntó, mirando por las ventanas abiertas al brillante cielo azu1.
Charles Swan gruñó una respuesta pero siguió con la atención fija en las páginas de los libros. de contabilidad. Sumido en sus pensamientos, recorría las cifras que tenía ante sus ojos y apenas se percató de que su hija se había sentado en la silla que estaba junto al escritorio.
-Me pregunto si el señor Hawkins habrá capturado hoy algunas langostas en sus trampas. Quizá le preguntaré a Milán si podríamos tenerlas para la cena. ¿Te gustaría, papá?
El hacendado dirigió a su hija una mirada con la que apenas se dio por enterado de su presencia y volvió a su trabajo. Pero Bella no se dio por vencida tan fácilmente. Se inclinó y miró el trabajo que él intentaba terminar.
Con una suave vocecita, preguntó:. - ¿Estoy interrumpiendo algo, papá?
Swan lanzó un suspiro, empujó su silla hacia atrás, miró a su hija en la cara, cruzó las manos sobre el vientre y hundió la cabeza entre los hombros, como un halcón cansado.
-Veo que no tendré tranquilidad hasta que hayamos discutido lo que te traes entre manos. Adelante, muchacha.
Bella se alisó la falda y se encogió levemente de hombros.
-Ah, padre... ese hombre, Masen -empezó vacilante y adoptando inconscientemente una manera más formal de dirigirse a él-. ¿De veras nos conviene tenerlo aquí en Los Camellos? ¿No podríamos deshacemos de él? ¿Cambiarlo por otro? ¿O quizá vender sus papeles de servidumbre? Cualquier cosa con tal de que se marche de la isla.
Bella hizo una pausa, levantó la vista y vio que su padre la miraba fijamente, con los labios fruncidos, como si estuviera perdido en sus pensamientos. Antes que él pudiera responder, ella se apresuró a continuar.
-Quiero decir que el señor Masen parece demasiado atrevido y arrogante para ser un siervo. Ciertamente, es como si estuviera más acostumbrado a ser un amo que un esclavo. ¡Y sus ropas! ¡Vaya, son sencillamente espantosas! Nunca antes había visto un hombre paseándose semidesnudo como hace él. Y a él ni siquiera, le importa lo que pueda decir la gente. Y hay otra cosa. He oído el rumor de que la mayoría de las muchachas de la isla están simplemente locas por él. Probablemente estarás manteniendo a varios hijos de él antes que termine el año.
-Hum -gruñó Charles Swan-. Quizá deberíamos castrar a ese semental para proteger a las damas de nuestro hermoso paraíso.
- ¡Santo Dios, padre! -Bella mordió el anzuelo como un rodaballo muerto de hambre-. ¡Es un hombre, no un animal! No puedes hacer una cosa así.
-Ah, ya veo. -La voz de Swan sonó pesada, lenta, y él se meció en la silla como para acentuar sus palabras-. ¡Un hombre! No un animal! Es excelente que admitas eso, Bella. Excelente.
Bella casi respiró aliviada pero súbitamente se percató de que su padre la miraba con los ojos entre cerrados y que le hablaba en un tono extrañamente inexpresivo, señal segura de un inminente estallido de cólera. Su mente trató desesperadamente de recordar las últimas palabras que acababa de decir y su respiración casi se detuvo mientras se preparaba para la próxima tormenta. Dio un salto cuando él golpeó violentamente el escritorio, haciendo temblar la pluma. en el tintero.
- ¡Por Dios, hija, me alegra que admitas eso!
Swan se inclinó hacia adelante y aferró los brazos de su sillón como si fuera a levantarse.
- Yo tengo sus papeles y él me servirá como esclavo hasta que estén pagados. No sé cual fue su pecado pero reconozco que es inteligente y que posee una comprensión más profunda que yo de los trabajos de esta plantación. Yo podré saber de mercados y comercio pero él conoce a los hombres y sabe cómo obtener 1o mejor de ellos. En el poco tiempo que lleva aquí ha probado 1o que vale para mí y yo lo respeto como hombre más de lo que tú podrás respetarlo jamás. No es una bestia a la que se pueda domeñar o entrenar para una tarea sencilla. Es un hombre digno de trabajar y producir donde rinda más y te apostaría lo que quieras a que él pagará su libertad en forma centuplicada. Por ejemplo -buscó entre los papeles que tenía sobre el escritorio y arrojó sobre el regazo de Bella uno cubierto de croquis y cifras- ha sugerido la construcción de un gran trapiche y una destilería que incrementarán diez veces o más la producción de jarabe y de ron. Eso requerirá menos hombres de los que ahora trabajan en los cultivos.
Charles le arrojó otra hoja de papel.
-Después de eso, ha sugerido construir un embalse en el río para impulsar la maquinaria de un aserradero, a fin de que podamos aserrar nuestros propios árboles y vender el exceso de madera elaborada. Ya ha indicado una docena de formas de ahorrar hombres y animales. Ajá, mi poderosa y altanera hija, yo lo aprecio mucho y no estoy dispuesto a deshacerme de él como un animal sólo porque no satisface tus exigencias con su comportamiento.
El orgullo de Bella quedó al desnudo con esta réplica. Se irguió y frunció la nariz con altanería.
-Si no puedes entender mis razones -dijo- entonces tengo ciertamente derecho de pedir que, por 1o menos, no lo invites a mi mesa de desayuno donde él pueda cometer torpezas, mirarme descaradamente
y hasta insultarme con sus agudezas. .
Charles extendió el brazo y apuntó. Con el dedo hacia el pequeño salón comedor.
- ¡Eso es mi mesa y mis sillas, tal como ésta es mi casa! -gritó, y continuó, apenas un poco más calmado-: Yo te invito a ti a compartir mi desayuno y es allí donde empiezo mi jornada de trabajo. Si quieres intimidad, entonces búscala en tu habitación.
Bella lo miró fijamente, atónita por este estallido, pero probó una vez más.
-Padre, si mi madre te hubiese pedido que no trajeras a esta casa a alguien a quien ella detestaba o que le era desagradable, tú no se 1o hubieras negado.
Esta vez Swan se levantó y se irguió dominante ante su hija. Su voz y su gesto fueron duros.
- Tu madre era la señora y ama de esta casa y de todo lo que yo poseía. Nunca, que yo, haya sabido, ella rechazó a alguien a quien yo había invitado a comer. Si deseas ser aquí la señora tendrás que conducirte como una anfitriona amable con todos. A ese hombre, Masen, lo tratarás como a un huésped de mi casa cada vez que venga. Poca importancia le doy a los oropeles, la pompa y los refinamientos. Ciertamente, vine aquí huyendo de esas cosas. Y valoro mucho más la honradez, la lealtad y un buen día de trabajo. Todo eso me ha dado el señor Masen. Y me atrevo a decir, hija, que a ti él te ha dado no menos de lo que te mereciste. Pero basta de tonterías. Debo terminar con estos libros de Eleazar. -Descargada su ira, su voz se volvió casi implorante--. Ahora sé buena con este viejo, criatura, y déjame terminar mi tarea.
-Como quieras, padre -dijo Bella rígidamente-. He dicho lo que tenía que decir.
Satisfecho, Swan se sentó, tomó la pluma y pronto estuvo nuevamente absorbido por su trabajo. Bella no hizo ademán de retirarse y quedó un momento considerando este giro de los aconteci¬mientos. Aquí no podía hacer nada más, pero tampoco era el final de sus recursos. Con súbita determinación, se puso de pie y apoyó una mano en el hombro de su padre, hasta que él levantó la vista.
- Ahora saldré a caballo, papá. Tengo varias diligencias que hacer en la aldea y también debo comprar unas cosas. Quizá regrese tarde, así que no te preocupes por mí.
Dio un rápido beso en la frente de su padre y se retiró. Charles Swan la vio alejarse y sacudió lentamente la cabeza, desconcertado.
-Demasiada instrucción para una mujer -murmuró, y en seguida se encogió de hombros y volvió a la pila de papeles que estaban sobre su escritorio.
Promediaba la tarde cuando Bella detuvo a Attila y lo ató al poste frente a la casa de Jasper. Era un cottage de encantador estilo antiguo, erigido un poco sobre el pueblo y similar a los que pueden encontrarse en la parte occidental de Inglaterra. Detrás de la casa había un pequeño cobertizo donde Jasper habitualmente se encontraba entregado a la fabricación de hermosos muebles con las maderas preciosas que traían los capitanes de los barcos de Swan de dondequiera que los llevaran sus viajes. De niña, Bella había pasado muchas horas aquí, observando cómo las manos hábiles de él convertían toscas tablas en bellas y sólidas sillas, mesas y cofres: Las piezas más grandes eran embellecidas por diseños originales de Jasper. Fue aquí donde Bella lo encontró dibujando cuidadosamente un plano sobre una delgada pieza de madera, con sus grandes pies hundidos en rizadas virutas. El la vio llegar y se irguió para saludada mientras enjugaba el sudor de su frente con un trozo de descolorida tela azul.
-Buenas tardes, muchacha -dijo él amablemente-. Hacía mucho tiempo que no venía a visitarme.
Pero venga, nos sentaremos en el porche. Tengo un buen ale refrescándose en el pozo.
Jasper bebía los vinos de Swan por buena educación pero su preferencia por el ale amargo inglés era bien conocida. Trajo una silla con cojín para Bella y mientras él daba vueltas a la manivela del pozo, ella se sentó.
-Para mí solamente un vaso de agua -dijo-. No me gusta su ale.
El pozo en sí era una rareza. Jasper había encontrado hacía unos años un manantial de agua helada cuando estaban construyendo la mansión de Swan y el pueblo consistía apenas de unas pocas casitas
Dispersas, y construyó su morada alrededor del manantial. La pared de piedra de la fuente formaba el extremo de su porche. El agua podía izarse desde el porche o por una ventana del cottage.
Jasper trajo un jarro de peltre lleno de agua helada que hizo doler los dientes de Bella cuando la probó.
Jasper se sentó en la barandilla, bebió un sorbo de su ale espumoso y oscuro de su propio jarro y esperó pacientemente que ella estuviera dispuesta a hablar.
La casa miraba hacia el oeste, donde podían verse todos los brillantes colores del crepúsculo, y desde la altura Bella veía los tejados del pueblo que se extendía más abajo. Esta era la morada de un hombre, sólida, de paredes gruesas y bastas y con puertas un poco más grandes que 1o habitual, en general muy parecida al mismo Jasper. Hasta donde Bella sabía, solamente tres mujeres habían puesto el pie aquí: su madre, ella misma y una anciana de la aldea que hacía la limpieza una vez por semana.
Finalmente Bella dejó de soñar y dirigió sus pensamientos al asunto que la traía aquí. Miró a Jasper en la cara y fue directamente al grano.
- Edward Cullen vive y está aquí en la isla. Es un siervo de mi padre y se hace llamar Edward Masen.
Jasper puso su jarro sobre la barandilla y asintió con la cabeza.
-Ajá –dijo. Todo eso ya lo sé.
Su voz sonó tranquila y Bella lo miró fijamente y no supo qué decir.
- Yo sabía que no lo colgaron -continuó Jasper y que sepultamos otro hombre, a un anciano muerto de vejez. Se lo hubiera contado inmediatamente, pero Denalí estaba allí con usted. Y después no vi en ello nada malo y no quise preocuparla. También sabía que él venía con nosotros, en el Marguerite. Seguí a Eleazar hasta la cárcel, porque sabía que es allí donde él consigue a sus hombres y no en la subasta de deudores,- donde dice siempre. Yo se lo hubiera contado pero había demasiada gente que se lo habría dicho a su padre. Si con esto le hice un daño a usted, no es menos que el daño que le hice a ese muchacho. Usted no lo hubiera reconocido cuando lo trajeron al barco, tan golpeado estaba. En realidad, muchacha, fue el que usted salvó de que lo apalearan la noche antes de zarpar. En verdad, no sé cómo el hombre soportó todo sin quedar mutilado de por vida o por lo menos con cicatrices. Yo mismo he estado allí.
Jasper no explicó cuál había sido su propia odisea ni Bella se lo preguntó pues pensó que él se lo contaría a su debido tiempo. Pero sintió que su causa no progresaba y tuvo que hacer, otro intento.
-¿Hará que él se marche de aquí? -preguntó severamente, sabiendo ya cuál sería la respuesta-. ¿No puede sacarlo de la isla y enviarlo de regreso a sus colonias, o donde quiera que él desee ir?
Jasper miró largamente hacia la caleta antes de mirar a Bella directamente a la cara. ¬
-Señora Cullen. -Pareció ensayar el título por algún capricho propio. Sus palabras fueron estudiadas y lentas-. Yo la tuve a usted en mis rodillas cuando usted no era más grande que mi mano, y la he visto crecer y convertirse en una hermosa mujer. Ha tenido problemas con su papá y no siempre he estado de acuerdo con él. La he acompañado en sus viajes jurándole a él que cuidaría de usted y la traería de regreso sana y salva. No estoy seguro de haber hecho lo primero cuando cedí a sus ruegos acerca de este casamiento en contra de los deseos de Charles, pero lo segundo lo he cumplido bien. Ahora nada me perturba salvo el haberme sumado a los enemigos de un hombre y haberlo maltratado sin ninguna razón.
- Sin ninguna razón! -Bella se puso furiosa ante las excusas de Jasper.
-Pero el hombre estaba acusado de asesinato y condenado a la horca. Un asesinato brutal de una mujer encinta. Vaya -agitó una mano en dirección a la aldea-, la próxima podría ser cualquiera de las de allí, o hasta yo!
-Muchacha -dijo Jasper, volviendo a una forma más familiar de tratamiento-, no crea todo lo que llegue a sus oídos. Yo diría que el hombre no pudo hacer semejante cosa. Y según lo que he oído de él, muchos creerían lo mismo.
Bella se puso de pie con irritación, incapaz de encontrar la mirada de Jasper, y se alisó nerviosamente su traje de amazona.
- ¿Entonces no me ayudará? -dijo.
-No, muchacha. -Su voz fue ronca y firme-. Ya he lastimado bastante a ese hombre. No volveré a levantar mi mano contra él sin una causa más grave.
- ¿Qué tengo que hacer, entonces? -susurró ella, casi tímidamente.
Jassper pensó un momento y cuando volvió a hablar había en sus ojos una extraña semisonrisa.
-Vaya y hable con el hombre, con Edward Masen, como hizo en la cárcel. Le daré instrucciones para encontrarlo. Quizá pueda convencerlo de que se marche. Si él quiere irse, yo lo ayudaré.
Con un tono algo angustiado, Bella preguntó: - ¿Lo ayudaría a él y no a mí?
-Ajá -dijo Jasper asintiendo con la cabeza-. Lo suyo es nada más que un capricho. Lo de él sería una necesidad.
La noche descendió para ocultar el paso de Bella a través de la aldea; La gente había buscado refugio en sus hogares después del día de trabajo y las calles estaban silenciosas y desiertas. Bella dejó a Attila frente a la tienda, donde no llamaría indebida atención, y caminó por los callejones manteniéndose en la oscuridad y en las sombras. Cuando vio la residencia de Edward se detuvo asombrada. Era poco más que un colgadizo apoyado contra la pared posterior de un depósito de adobe. La luz de una débil linterna se filtraba por numerosas hendiduras entre las tablas que lo cubrían y por la puerta que estaba entreabierta.
Bella se acercó cautelosamente y, espió el interior, cuidando de no revelar su presencia. .Por un momento creyó que él estaba desnudo lavándose los hombros y brazos con una esponja yagua de una pequeña jofaina, pero cuando él se ubicó más a la luz, se percató de que todavía llevaba esos infernales pantalones recortados. Preparada para la confrontación, estiró el brazo y golpeó la puerta, que en seguida se abrió sola. Edward se volvió instantáneamente y ahogó una exclamación.
-¡Bella! -Su primera palabra brotó con algo de sorpresa pero él se recobró rápidamente, sonrió y le tendió la mano invitándola a entrar-. Perdóname, amor mío. No esperaba visitas, y menos una encantadora.
Se pasó una mano por su mentón sin afeitar.
-Si hubiera sabido que vendrías habría hecho algunos preparativos.
En la escasa luz sus ojos brillaron suavemente cuando se clavaron en los de ella.
Bella miró nerviosamente la pequeña y atestada habitación, incapaz de soportar la atención que él tan libremente le prodigaba. La presión de la mano de él en la cintura era leve pero ella la sentía como una trampa de acero. Empezó a dudar seriamente de su prudencia al haber venido sola.
El olor a vinagre y al fuerte jabón de lejía que se había usado para fregar las tablas del lugar le producía escozor en las fosas nasales. Aunque las instalaciones eran muy pobres, estaban limpias y bien reparadas. Una estrecha cama con un colchón de paja llenaba un rincón y sobre una mesa pequeña y rústica había una pila de dibujos, pluma y tintero. Los únicos otros muebles eran una silla rota y reparada con un trozo de cuerda y un alto estante. En el estante había varios libros, una hogaza de pan, un trozo de queso, una botella de vino y algunos platos, todos diferentes.
El delgado cobertor de la cama estaba deshilachado y muy remendado, pero se encontraba prolijamente doblado, mientras las sábanas, muy gastadas, estaban impecables, evidentemente blanqueadas al sol.
Viendo la dirección de la mirada de Bella, Edward sonrió.
-Un lugar no muy adecuado para una cita, Bella, pero es lo mejor que pude conseguir. No me costó dinero, sólo mis servicios de vigilancia contra los vándalos. -Rió ligeramente y sonrió cuando los ojos de ella se encontraron con los suyos-. No creía que vendrías tan pronto para cumplir tu promesa.
Bella ahogó una exclamación, atónita ante la sugerencia de él. - ¡No he venido aquí a pasar la noche contigo!
-Qué lástima -suspiró él tristemente, apartó un rizo de la mejilla de ella y se inclinó, acercándosele más-. Entonces tendré que sufrir más torturas. Ah, Bella, amor mío, ¿no comprendes que el solo verte basta para causarme dolor?
Su voz sonaba grave y ronca en los oídos de ella y Bella debió echar mano a todas sus reservas de voluntad para evitar el lento embotamiento de sus defensas.
- ¿Sabes que mis brazos sufren por no poder llenarse de ti? Estar tan cerca y no tocarte es para mí una agonía terrible. -Sus dedos la acariciaron levemente entre los omóplatos-. ¿Acaso eres una bruja decidida a hacerme sufrir el infierno en la tierra? Sé compasiva, Bella, sé mujer, sé mi amor.
Se acercó más, sus labios quedaron peligrosamente cerca.
- ¡Edward! -dijo Bella bruscamente, se apartó de él y ordenó-: ¡Compórtate!
-Lo hago, amor mío. Yo soy un hombre. Tú eres una mujer. ¿De qué otro modo podría comportarme? -Hizo ademán de tomarla en brazos.
- ¡No me presiones así! -Bella eludió su abrazo-. ¡Sé un caballero por una vez!
- ¿Un caballero? ¿Pero cómo, amor mío? -dijo, haciéndose el tonto-. Solo soy un colonial, ignorante de los modales de la corte, formado solamente en la honradez y en la verdad de un pacto acordado de buena fe. No puedo tolerar verte aquí, sola conmigo, y no tocarte.
-De acuerdo. -Bella retrocedió más y siguió moviéndose mientras él la seguía-. Deberíamos limitar nuestros encuentros.
Bella lo miró y súbitamente se sintió como una gallina frente a un zorro salvaje y esperó ser devorada en cualquier momento.
-Si dejas de tratar de ganarte a mi padre y accedes a mantenerte lejos de la casa, eso facilitará las cosas. ¡Ahora basta!
Apartó la mano que intentaba acariciarle el cabello pero su rodete se deshizo y cayó en suaves rizos sobre la espalda. Bella trató sin éxito de volverlo a acomodar.
- ¡Muéstrate serio por un momento! -lo regañó-. Controla tu lujuria. No vine aquí a acostarme contigo sino a apelar a tu honor. ¡Déjame! -Levantó la voz y lo amenazó con la fusta-. ¡No volveré a dejar que me toque alguien como tú!
Edward retrocedió y se apoyó contra la pared, junto a ella.
- Ah, Bella -dijo tristemente-. ¿De veras debo pensar que tú no cumplirás con lo pactado?
- ¡Lo pactado! -Bella golpeó la puerta entreabierta con su fusta, exasperada-. Eres un...
-Sshh -dijo él llevándose un dedo a los labios. Su cara estaba en la sombra pero sus ojos parecían resplandecer, reírse de ella, burlarse de ella-. Harás que toda la aldea venga a ver qué sucede.
Edward fue hasta la alacena, tomó la botella de vino y un jarro y sirvió un poco de la bebida.
-Quizás una pequeña libación tranquilice tus nervios, Bella. ¿Un poco de jerez?
- ¡Mis nervios! -las palabras salieron como un latigazo. Pero aceptó el jarro que él le tendía, probó un sorbo, arrugó la nariz y lo miró a los ojos-. -Descaro es lo que te sobra, Edward.
-Me insultas, Bella. -Tendió la mano hacia los rizos de ella pero se detuvo cuando ella volvió a levantar la fusta, y se alzó de hombros-. Yo sólo sé lo que quiero y entonces lo busco.
- Estimado Edward -dijo Bella en tono venenoso-, cuando me entregue a un hombre será bajo los votos del matrimonio y con todo el amor de que yo sea capaz. .
Edward rió, puso un pie sobre la cama y apoyó el codo en la rodilla.
- ¿No te bastan mi amor eterno y un pacto concertado de buena fe? Y podría añadir que los votos ya han sido...
- ¡Oh, grosero! -Bella casi no podía hablar ante la actitud descarada de él-. Tuve un sueño...
- ¡Ningún sueño! -estalló él-. Una barrera levantada contra un hombre de carne y hueso.
- ¿Tan poco sentido del honor tienes que me exiges el cumplimiento de un pacto tan vil?
- ¿Sentido del honor? Sí, lo tengo. -Echó la cabeza hacia atrás y la miró fijamente con sus ojos verdes y brillantes-. ¿Y tú qué tienes? ¿Te ofreces por un capricho y, cuando se te ha pagado según lo acordado, reniegas del pacto?
Lágrimas de cólera asomaron a los ojos de Bella.
- ¡Soy bien nacida y tiernamente criada, pero no me inclinaré a la voluntad de otro!
-Ajá. -El tono de él fue despectivo-. La virgen Bella, cruelmente traicionada.
- ¡No aceptaré imposiciones! -Rígida de furia, con lágrimas turbulentas corriéndole por las mejillas, lo miró con odio.
- ¿Ajá? - Edward fingió sorpresa-. Así que ésta es la reina Isabella, majestuosa, dominante. Escondida detrás de tu espinoso trono, amor mío. ¡Nunca una mujer!
- ¡Oh, sucio grosero!
-Isabella. -Su voz sonó dura, mordiente-. Crece.
La fusta cortó el aire y lo golpeó en el pecho. Bella la levantó para golpear otra vez pero él apartó la fusta de un golpe y la misma voló de la mano de ella. La cólera de Bella había aumentado a proporciones violentas. Lo golpeó en una mejilla con la palma de la mano, que volvió para golpeado con el dorso en la otra mejilla, mientras sus ojos echaban chispas de odio. Súbitamente el la tomó de la muñeca, le torció el brazo detrás de la espalda y la atrajo contra su pecho desnudo, que exhibía dos marcas lívidas dejadas por la fusta. Bella se enfureció tanto con esto que trató de levantar la otra mano para arañar esa cara que tenía ante ella, pero el la rodeó con el brazo y le impidió moverse. Estaba atrapada contra él, su aliento salía sibilante entre sus dientes y su pecho subía y bajaba contra el de él.
-Basta, Bella, amor mío -dijo él enérgicamente-. Has abofeteado mis dos mejillas antes que yo tuviera tiempo de volver la otra.
El abrazo de él se hizo más fuerte hasta que Bella dejó de tocar el suelo con los pies y se encontró apoyada contra él, luchando por respirar. La boca de él descendió sobre la de ella, retorciéndose, exigiendo, explorando, su lengua como un hierro al rojo, marcándola a fuego, poseyéndola. Bella luchaba débilmente, trataba de encontrar algo de lógica en el caos que giraba en su mente. El placer se filtraba por la barrera de su voluntad. El contacto brutal de esos labios contra los de ella, esos brazos fuertes que la estrechaban contra ese pecho endurecido por el trabajo se convirtieron en algo soportable y ella empezaba a responder, ya no luchaba, sentíase acalorada.
Entonces el aflojó los brazos y ella quedó libre, apoyada contra la puerta abierta. Los ojos jades la miraron un momento con expresión intrigada; después se llenaron de ira.
¬-Ámame, Bella. Ninguna treta de muchachita te librará de mí. Yo te tendré cuando se me dé la gana.
Ella sintió temor, no de él sino de sí misma, porque pese a sus palabras, ahora deseaba atraerlo hacia la estrecha cama Y mostrarle una vez más que era más mujer de lo que él podía imaginar.
Temblorosa, Bella se mordió el dorso de la mano tratando de despertar su voluntad por medio del dolor. Corrió muy agitada fuera de la cabaña y no se detuvo hasta que llegó jadeante a apoyarse en el flanco de Attila. Tuvo que esperar que le volvieran las fuerzas antes de poder saltar a la silla. Le ardía la cara donde el mentón sin afeitar de él había raspado su tierna carne.
Tomó nuevamente por el oscuro callejón, sintiéndose derrotada.
¿Se había percatado él? ¿Había detectado el súbito deseo desnudo que debió brillar en los ojos de ella?
La cabalgata de regreso a la casa fue muy larga.
Para mi es un placer compartir éste sitio con ustedes, el cuál nació del fanatismo por colocar a nuestra pareja favorita en distintos escenarios. Espero que disfruten su estancia, así como nosotras esperamos enriquecernos con sus comentarios y mensajes. Éste sitio lo compartimos Pescui, Rosita y yo, si éstas interesada en subir tus historias, el espacio es tuyo. Les envió un beso y un abrazo de oso. Noelle xD
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martes, 5 de julio de 2011
jueves, 16 de junio de 2011
La Dulce Y Orgullosa Isabella
CAPITULO 12
Era como si una nube alta e hinchada hubiera dado nacimiento a un lugar de color verde esmeralda. Varias colinas bajas se amontonaban sobre un barranco junto a una playa que separaba el vivido verde de las revueltas rompientes y las olas que lamían la costa desnuda con lenguas de espuma coronadas de blanco. El azul profundo del mar abierto dejaba lugar, en los bajíos cerca de la isla, a un brillante verde iridiscente.
El Marguerite salió de debajo de su propia nube y sus velas blan¬queadas por el sol resplandecieron en el día radiante.
Una columna de humo elevábase del pico de la colina más alta de Los Camellos y momentos más tarde, el sordo estampido del cañón de señales llegó hasta los pasajeros del barco. El bergantín se acercó a su
Meta. Largos y verdes brazos rodeaban una espaciosa caleta en cuyo vértice se levantaban los resplandecientes edificios blancos de la aldea, Georgiana. Un matiz más oscuro en las aguas señalaba el canal de acceso que pasaba entre esos brazos para llegar al puerto. Había pocos en la isla que no dejaron cualquier cosa que estuviesen haciendo al escuchar el cañón de señales y corrieron al muelle para recibir a los recién llegados. Habría chulerías para hacer trueque, favores especiales largamente esperados y, más importantes, las últimas noticias y murmuraciones del mundo exterior.
El mismo Charles Swan era mucho más un comerciante que un plantador, Y ciertamente hubiera debido estar sumamente ocupado para no subir a su carruaje y venir al puerto a fin de comprobar cómo lo había
favorecido la fortuna. Si se trataba de una nave desconocida, habría el regateo y las discusiones que tanto le agradaban por el desafío que representaban, y alas que se entregaba como si fuera un juego.
Bella aguardó con impaciencia mientras se arriaban las velas y el Marguerite amarraba en el muelle. Varios otros barcos que estaban en el puerto se hallaban anclados a cierta distancia del muelle. Durante los meses de invierno, los más grandes serían calafateados y reparados mientras los más pequeños recorrerían las islas del sur y el oeste, trocando las mercaderías del continente por las materias primas del Caribe.
Se colocó la planchada y los cables quedaron firmemente asegurados. El corazón de Bella se elevó casi tan alto como las gaviotas que volaban sobre el barco y sus ojos buscaron ansiosamente entre la multitud el rostro familiar de su padre. .
Jasper apareció a su lado con dos de los baúles más pequeños bajo sus brazos y la siguió cuando ella descendió. Cuando Bella dejó la planchada, allí estaba el capitán Uley ofreciéndole el brazo, después de haberse asegurado de que su esposa no se encontraba entre los presentes. Sus ojos oscuros imploraron una demostración más cálida del hermoso rostro ovalado pero quedó decepcionado, porque Bella apenas advirtió su presencia en su prisa por alejarse del barco. Como si él fuera solamente un sirviente para tareas menudas, ella le puso en las manos un quitasol de encaje y miró ansiosamente a su alrededor. Más allá del grupo de curiosos, el birlocho descubierto de Swan aguardaba vacío. Pero entonces la multitud se abrió para dejar paso al patrón, quien venía -apresuradamente a recibir a su hija. Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro cuando la vio pero él rápidamente refrenó' esa demostración de placer.
Charles Swan era ligeramente más bajo que los hombres que lo rodeaban pero tenía espaldas anchas y un cuerpo sólido y fornido. Se movía con pasos rápidos y llevaba su peso con facilidad, porque era delgado y poseía mucha fuerza. Bella le había visto vencer a Jasper en una competencia de fuerza por un jarro de ale. Cuando se entregaba a la risa todo su cuerpo se sacudía, aunque las carcajadas no duraban demasiado.¬
Bella soltó un grito de alegría, corrió hacia su padre y le echó los brazos al cuello. Durante un fugaz momento los brazos de Swan rodearon la esbelta cintura de su hija pero en seguida él la apartó un poco, se apoyó en su larga y fuerte cadera y la examinó con atención. Bella emitió una carcajada clara, cristalina, recogió sus amplias faldas de linón -azul claro, bailó en un lento círculo frente a él y después lo miró nuevamente, de frente e hizo una lenta reverencia.
-Su sirvienta, señor.
-Vaya, hija. -El apretó los labios y la contempló como si la viera por primera vez-. Se diría que te has puesto aún más hermosa en este año que ha pasado. ¬
Se volvió a medias, se caló el ancho sombrero que siempre usaba y sus ojos se posaron en el capitán Uley.
-y como siempre -agregó- tienes hombres que corren en pos de ti para ofrecerte sus servicios.
Sam Uley daba vueltas en sus manos al quitasol, como si buscara un lugar donde arrojado, pero finalmente se lo entregó a Bella. Inmediatamente balbuceó una excusa acerca de que tenía que ocuparse de su barco y se retiró bajo la mirada divertida de Swan.
- ¿Te has vuelto más tolerante con las incomodidades, muchacha? No hubiera creído que te rebajarías hasta viajar en un barco tan modesto. Es más propio de ti disfrutar de los lujos de la vida.
-Vamos, papá -dijo Bella, sonriendo-. Sé amable. Estaba ansiosa por regresar. ¿No estás contento de verme?
Charles Swan aclaro ruidosamente su garganta y después miró a Jasper, quien parecía tener dificultad para mantener una expresión seria. El hacendado tendió la mano al hombre cuando éste hubo dejado los baúles en el suelo. .
-Veo que se encuentra bien -dijo Swan-. Nada le ha sucedido por haber tenido que escoltar a esta muchacha durante un año. A menudo me pregunté si había hecho bien al enviar a Eleazar Denalí
para que los guiara a ustedes dos, pero ahora están aquí, sanos y salvos, Y supongo que
No ha sucedido nada indebidamente desastroso.
Bella abrió nerviosamente su sombrilla, la hizo girar rápidamente sobre su cabeza y dirigió a su padre una sonrisa brillante.
-Vamos, hija -ordenó casi él-. Se acerca el mediodía y compartiremos unos bocados mientras me das las novedades.
Charles palmeó a Jasper en la espalda.
-Supongo que estará ansioso de encontrarse en su casa. Refrésquese un poco y más tarde lo visitaré para jugar una partida de ajedrez primero me ocuparé de esta muchacha
El hacendado acompañó a su hija sin aparatosidad a través de la multitud que los rodeaba Y de la cual surgían manos tendidas Y gritos de saludo para Bella . Se había corrido la voz de su arribo y todavía ahora llegaban rezagados que se unían a los curiosos. Bella reía llena de gozo cuando veía a viejos amigos que se le acercaban. Las mujeres de la aldea se apretujaban ansiosas de observar el vestido Y el peinado de la joven a fin de enterarse de la última moda, mientras que los niños estiraban las manos para tocarle el borde del vestido. También había hombres presentes, pero los que no eran amigos de la hija de Swan se quedaban unos pasos atrás para contemplar admirados su fabulosa belleza. Fue una marcha lenta pero llena de excitación y de la renovación de antiguas amistades.
Ayudada por su padre, Bella subió por fin al carruaje Y el birlocho se alejó rápidamente del muelle. Isabella se apoyó en el asiento y observó las casas y los árboles que le eran tan familiares. Interiormente se preparó para lo que sabía que vendría. ¬
Estaban lejos de la aldea y en el camino que llevaba a la mansión cuando Swan, sin mirarla, mencionó el tema. Su voz fue tan abrupta que ella dio un leve respingo.
-¿Ya has tenido bastante de cavilar y vacilar, hija mía? ¿Has elegido marido?
La mano atezada estaba apoyada en la delgada rodilla y fue allí donde Bella apoyó su mano a fin de que la sortija de oro quedara bien a la vista.
-Puedes llamarme señora Cullen , papá, si no quieres usar mi apellido de soltera. -Sus párpados aletearon y ella se aventuró a mirarlo por el rabillo del ojo-. Pero oh, Dios mío -agregó y trató de que su tristeza se trasluciera en su voz también hay algo que debo contarte y que es muy penoso.
Bella sintió una sensación extraña, porque los ojos de él, del mismo color que los de ella, la miraron en silenciosa interrogación.
Incapaz de soportar esa mirada, tuvo que volver el rostro. Las lágrimas llegaron, aunque en gran parte por la vergüenza de su engaño.
-Conocí un hombre, muy gallardo, muy guapo... nos casamos. - Tragó con dificultad, como si la mentira le dejara un sabor amargo en la lengua-. Después de una breve noche de dicha... -se deshizo en llanto un momento Y en seguida se obligó a continuar él bajó de nuestro carruaje y cayó al torcerse un pie en una piedra. Antes, de que los cirujanos pudieran hacer nada, murió.
Charles Swan golpeó con una vara el piso del birlocho, con una maldición no pronunciada.
-Oh, papá -sollozó Bella -. Tan tarde me convertí en una novia amada y tan pronto quedé viuda.
Swan soltó un resoplido, se apartó un poco de ella y quedó en silencio, mirando a la distancia, sumido en sus pensamientos. El camino pasó entre espesos grupos de palmeras y nuevamente se extendió bajo la intensa luz del sol. La hija silenció su llanto y sólo un sollozo ocasional interrumpió el silencio hasta que llegaron a la gran mansión blanca. Violentos colores inundaban el prado de césped donde las pincianas desplegaban sus capullos escarlatas, y macizos de franchipanieros embalsamaban el aire con su dulce fragancia. La hierba, prolijamente cortada, extendiese hasta donde alcanzaba la vista, interrumpida a intervalos regulares por los grandes troncos de los altos árboles que extendían muy arriba su espeso follaje. Sólo raros rayos de luz atravesaban las ramas e iluminaban los amplios pórticos que se extendían interminablemente a lo largo del frente y de las alas de la mansión. Arquerías cubiertas, de ladrillo blanqueado, daban sombra á la terraza elevada que bordeaba la planta principal de la casa, mientras que en el primer piso, ornamentadas columnas de madera sostenían enrejados que daban intimidad a las habitaciones. La mansión tenía un tejado empinado, adornado con gabletes. Amplias puertas francesas daban fácil acceso a los pórticos desde la mayoría de las habitaciones de la casa y los pequeños cristales cuadrados del interior de las puertas brillaban con la luz e indicaban el cuidado y la atención de muchos sirvientes.
Swan permaneció en silencio cuando el birlocho se detuvo y Bella lo miró con cierta vacilación, temerosa de un estallido de cólera. Bajó sola del carruaje, subió la amplia escalinata de la terraza y ahí se detuvo, insegura, y miró hacia atrás. Su padre seguía inmóvil pero volvió la cabeza y la miró con expresión ceñuda. Se levantó lentamente, se apeó y subió la escalinata como si fuera dejándose llevar por su bastón. Bella fue hasta la puerta principal, la abrió y 1o esperó. El se detuvo a varios pasos de ella y nuevamente la miró con fijeza. El asombro abandonó lentamente su rostro y fue, reemplazado por la cólera. Súbitamente levantó la vara que sostenía sobre su cabeza y la arrojó lejos.
- ¡Maldición, muchacha!
Bella llevase una mano a la garganta y se apartó de él con los ojos dilatados por el temor.
-¿Tan poco cuidas, a tus hombres? -rugió él ¡Por lo menos me hubiera gustado ver al joven!-En tono ligeramente más bajo pregunto; ¿No hubieras podido mantenerlo vivo! hasta quedar encinta?
Respetuosa de su padre, Bella replicó suavemente: -Todavía existe esa, posibilidad, papá. Pasamos nuestra noche de bodas juntos. Enrojeció ligeramente ante la mentira, porque ahora estaba segura,
Como puede estarlo una mujer, de' que no llevaba en su seno la simiente de Edward.
- Bah! -gruñó Swan, pasó junto a ella pisando Fuerte y dejó que la puerta golpeara. a sus espaldas, sin molestarse en recoger la vara.
Bella , levantó mansamente la vara y siguió a su padre al interior de la casa. Se detuvo un momento en el hall de entrada cuando todos los recuerdos de los años transcurridos en la función cayeron precipitada¬mente sobre ella. Casi pudo imaginar que nuevamente era una chiquilla que gritaba de excitación cuando bajaba corriendo la escalera que parecía curvarse para envolver la gran araña de cristal que colgaba del, alto techo. Los prismas centelleantes de la araña, que iluminaban el salón miríadas de arco iris danzarines siempre habían sido motivo de fascinación para ella. Y recordó muy bien las veces que buscó, arrastrán¬dose sobre pies y manos entre los helechos y plantas que adornaban el salón, el inquieto 'gatito que Jasper le había-regalado, o cuando alzaba la vista llena de respeto hacia retrato de su madre que colgaba cerca de la puerta del salón de recibir, o cuando trepaba, llena de infantil impaciencia, al gran cofre tallado que estaba debajo del retrato, mientras aguardaba que su padre regresara de los campos.
Ahora, como mujer, Isabella contempló la madera clara de la balaustrada y los paneles tallados de las puertas que daban a otras habitaciones y que brillaban con toques dorados. Aquí, y en toda la casa, abundaban los muebles franceses estilo Regencia. Ricas alfombras de Aubusson o de Persia, lacas, jade y marfil de oriente, mármoles de Italia y otros tesoros' provenientes de todo el mundo embellecían las habitaciones con muy buen gusto.
Largos corredores partían desde el vestíbulo en sentidos opuestos, hacia las alas.
A la izquierda estaban las grandes habitaciones de su padre, incluidos el estudio y la biblioteca donde trabajaba, un salón de estar, su dormitorio y una habitación donde se bañaba y vestía con la ayuda de un criado.
Las habitaciones de Bella estaban subiendo la escalera y a la derecha, bien lejos de las de su padre. Allí, antes de llegar al dormitorio, había que pasar por el salón donde las paredes, cubiertas de suave muaré de color crema, armonizaban con los sutiles tonos de castaño, malva y vibrante turquesa de las sillas, butacas y sofá. Una lujosa alfombra Aubusson combinaba todos esos- colores en un ornamentado diseño. Las paredes del dormitorio estaban cubiertas de rica seda color malva y una alfombra malva y castaño cubría el piso. Sobre la cama colgaba un dosel de seda color de rosa y un canapé de color castaño claro aguardaba que alguien se tendiera perezosamente encima.
Los recuerdos se borraron cuando su padre se volvió y la miró con severidad. Gritó con. tanta fuerza que la araña de cristales tembló.
- ¡Sue!
La respuesta fue inmediata:
- ¡Sí! ¡Sí! ¡Voy!
Los pasos ligeros del ama de llaves sonaron rápidamente en la escalera hasta que ella apareció, sin aliento y con las mejillas encendidas. La mujer, india, apenas le llegaba a Bella a los, hombros y era regordeta, redonda, con cutis claro. Nunca parecía moverse de otra forma que n_ fuera trotando Y siempre llevaba metido en el bolsillo de su delantal un plumero de plumas de avestruz. Era principalmente merced a sus esfuerzos y a su supervisión de los sirvientes que la casa se mantenía impecablemente limpia.
Sue se detuvo a un paso de Isabella y la miró maravillada. Después de la muerte de Reneé, el ama de llaves se había hecho cargo de la casa con sus fumes modales ingleses y en más de una ocasión había observado llorosa, junto a la puerta, a su protegida que partía hacia Europa. Aunque había transcurrido apenas un año, la joven, era casi todavía una niña cuando se alejó por última vez, pero ahora se la veía majestuosa, segura de si misma, desenvuelta y aplomada, una agraciada joven de sorprendente belleza; Por eso la vieja sirvienta ahora no estaba muy segura de cómo debía tratada. Pero fue Bella quien resolvió el problema. Abrió los brazos y al segundo siguiente las dos, muy juntas, compartían lágrimas de alegría y se besaban en las mejillas. Finalmente Sue se apartó un paso.
-Ah, mi pobre criatura. ¿Por fin has venido para quedarte? -Sin aguardar respuesta, Sue continuó hablando precipitadamente-: Sí, ese tonto de Swan envió lejos a su propia hija. Es como para cortarle esa nariz que tiene en la cara. Y dejó que ese bobalicón de Jasper cuidara de una muchachita.
Swan se puso aún más furioso al oírla y gritó llamando a Milán para que le trajera ron y bitter pues sentía necesidad de libar copiosa¬mente. Sue chasqueó la lengua y sus ojos negro bailaron de alegría cuando volvió a mirar a la joven.
-Déjame mirarte. Sí, apostaría un guilder a que los, has enloquecido a todos. Estás hermosa, querida, y te eché mucho de menos.
- ¡Oh, Sue! -exclamó Bella, extasiada-. ¡Me siento tan feliz de encontrarme en casa!
Jasón, el portero, llegó desde la trasera y a la vista de Isabella su rostro moreno se iluminó de placer.
- ¡Vaya, la señorita Bella! -Corrió hacia ella y le tomó las manos extendidas. Como siempre, la voz bien educada de él sorprendió a Bella-. Señor, esta criatura ha traído el sol con su regreso. Su padre estaba muy deseoso de verla.
Un sonoro carraspeo indicó que Swan todavía estaba donde podía oírlos, pero Bella igualmente rió dichosa. Por fin estaba en su casa y nada podría estropearle esa felicidad.
La necesidad de depósitos cerrados no era crítica en este clima benigno y las construcciones que rodeaban el área del muelle eran en su mayor parte solamente techos sostenidos por columnas de madera. Debajo de uno de esos cobertizos, Edward Cullen y sus compañeros aguardaban sentados en cuclillas. Sus barbas habían sido afeitadas y sus melenas cortadas bien cortas. Después de entregarles un fuerte jabón de lejía fueron llevados al castillo de proa y bañados con las mangas de las bombas del barco. Algunos de los hombres gritaron cuando el fuerte jabón tocó las heridas que tenían, pero Edward disfrutó del baño. Había pasado casi un mes entero tendido en su cubículo con sólo ejercicios ocasionales en la cubierta para estirar los músculos acalambrados. La comida durante el viaje había sido abundante, pero empezó a resultar desesperante cuando pareció que en el mundo no quedaba para comer otra cosa que carne salada, frijoles y galletas acompañadas, de agua maloliente.
Edward Cullen sonrió lentamente y se pasó la mano por la nuca para familiarizarse con su corto cabello cobrizo. Estaba vestido como los demás, con pantalones nuevos de dril, y calzado con sandalias. Las ropas eran todas de una misma medida y uniformemente grandes para él y sus ocho compañeros. Junto con los artículos provistos había un ancho sombrero de paja; una camisa blanca suelta y un pequeño saco de lona. Este último permaneció vacío hasta que llevaron al grupo a la tienda de Swan donde les dieron un tazón y una brocha para afeitarse, un cortaplumas con mango de madera, dos mudas más de ropa y varias toallas, junto con una cantidad del fuerte jabón y una admonición para que lo usaran con frecuencia.
Cuando cesó la leve brisa el calor se hizo intenso bajo el techo del cobertizo. Un solo supervisor los vigi1aba y hubiera sido muy fácil escapar. Pero Edward Cullen pensó que hubiese sido necesario muy poco esfuerzo para capturadlos, porque tarde o temprano un hombre habría tenido que salir de la jungla y no había otro lugar adonde ir.
Observó atentamente todo cuanto lo rodeaba mientras tironeaba distraídamente de la floja rodillera de sus pantalones de lona. Esperaban al hacendado Swan; les habían informado que él tenía la costumbre de inspeccionar y dirigidas la palabra a todos los recién llegados. Edward estaba ansioso de conocer al famoso "lord" Swan pero aguardaba pacientemente con los demás, manteniéndose cuidadosamente en el último lugar de la fila. Todavía estaba vivo y en el único lugar en el mundo donde quería estar, es decir, en el mismo lugar donde se encontraba Isabella Swan. ¿O debía llamada Isabella Cullen?
Rió para sí mismo. Ella se había ganado el apellido mientras que él, por la misma serie de acontecimientos, lo había perdido; yeso era otro asunto que tendría que arreglar.
Sus cavilaciones fueron interrumpidas por el arribo del birlocho abierto que se había llevado a Bella del muelle. El hombre alto y flaco llamado Eleazar fue el primero que se apeó, y tras él lo hizo el hombre
a quien Edward viera horas antes saludando a Bella. Dedujo que éste era el temido hacendado Charles Swan.
Edward observó con interés mientras el hombre se acercaba. La actitud del hacendado era autoritaria. Era un hombre no muy alto pero, majestuoso, y había a su alrededor un halo de poder. En marcado contraste con las ropas oscuras de su magro compañero, tenía medias inmaculadamente blancas y zapatos de cuero negro con hebillas de oro. Sus calzones eran de lino blanco, prácticos y frescos. Su largo chaleco era de la misma tela y blanco, como la camisa, en la cual llamaba la atención la ausencia de volantes y bordados. Un sombrero de paja inmenso, de alas anchas, copa baja; finamente tejido, daba sombra a su rostro. Llevaba en sus manos una vara delgada, evidentemente muy usada, como si fuera su insignia de mando.
Los dos hombres se acercaron al cobertizo y después de saludarlos, el supervisor que los vigilaba ordenó a los recién llegados que se pusieran de pie y formaran una fila. El hacendado tomó un paquete que le tendió. Eleazar, desplegó un papel que estudió un momento y se acercó al primer hombre de la fila.
- ¿Su nombre? -preguntó bruscamente. El siervo respondió con un murmullo y su nuevo amo hizo una marca en su papel y procedió a inspeccionar cuidadosamente su compra. Palpó el brazo del hombre, apreció su musculatura y estudió las manos en busca de callosidades.
-Abra la boca -ordenó Swan-. Veamos sus dientes. El hombre obedeció y el hacendado sacudió la cabeza casi con tristeza e hizo varias anotaciones en su libreta. Se acercó al segundo siervo y repitió el ritual. Después del tercero, se volvió hacia Eleazar.
- ¡Maldición, hombre! -exclamó Swan-. Me ha traído un grupo lamentable. ¿Estos fueron los mejores que pudo conseguir?
-Lo siento, señor -dijo Denalí, acobardado bajo la mirada ceñuda del otro.-
Fueron todo lo que pude conseguir por amor o dinero. Quizá los habrá mejores en primavera, si el invierno es lo suficientemente duro.
- ¡Bah! -replicó Swan_. Un precio muy alto, ciertamente y todos de la prisión de deudores.
Edward enarcó levemente las cejas cuando oyó el comentario del hombre. El hacendado no estaba enterado de que había comprado a un reo condenado a muerte. Edward pensó esto un momento y el efecto que podría tener en él. Levantó la mirada y sorprendió a Eleazar mirándolo ceñudo. Ajá, esto fue obra del señor Denalí, dedujo Edward, y si no quería regresar a Londres para que lo ahorcaran, tendría que seguir el juego.
Después de un atento examen del octavo hombre, Swan llegó frente a Edward y se detuvo repentinamente. Sus ojos se entrecerraron cuando examinó al último del grupo. Los ojos color verde de Edward revelaban un nivel de inteligencia superior al término medio y la sonrisa que le bailaba en los labios era extrañamente inquietante. Notablemente diferente del resto, éste era esbelto y musculoso, con espaldas anchas y brazos atleticos, erecto, con las piernas rectas de un hombre joven. No había flaccidez en él y el vientre, plano y duro, indicaba salud y juventud. Era raro que un joven como éste pudiera ser hallado en una subasta de condenados por deudas.
Swan consultó su lista y encontró el nombre que quedaba.
-Usted es Edward Masen -declaró más que preguntó y se sorprendió de la rápida y fluida respuesta del individuo. .
-Sí, señor. -Edward fingió un ligero acento para disimular su origen. Demasiados isleños se mostraban desconfiados de los originarios de las colonias de tierra firme-. Y sé leer, escribir y calcular.
Swan ladeó la cabeza, como absorbiendo cada palabra.
-Mi espalda es fuerte y mis dientes son sanos. -Edward abrió la boca y Por un momento exhibió un relámpago de blancura-. Puedo levantar mi propio peso, bien alimentado, por supuesto, y espero demostrar que soy digno de todo lo que su familia ha invertido en mí.
-Mi esposa está muerta. Solo tengo una hija -murmuró Swan distraídamente y en seguida se reprochó silenciosamente por haber dialogado con el hombre-. Pero usted es un colonial, de Nueva York o de Boston, supongo. ¿Cómo fue que llegó a que lo subastaran por deudas?
Edward aspiró profundamente y se rascó el mentón.
-Un leve malentendido con varios soldados. El magistrado no tuvo ninguna consideración y prefirió creerles a ellos y no a mí. No era del todo falso. Edward no había tomado bien que lo arrancaran violentamente de su profundo sueño y reaccionó instintiva¬mente, rompiéndole la mandíbula al capitán, como se enteró después.
Swan asintió lentamente con la cabeza y pareció que había aceptado la explicación, hasta que habló:
-Usted es un hombre de cierta sabiduría y creo que hay muchas cosas más en su historia, pero -se alzó de hombros- eso ya pertenece al pasado. Poco me importa lo que usted fue, sólo lo que es.
El siervo, Edward Masen, reflexionó silenciosamente sobre su amo y se dio cuenta de que tendría que proceder con mucho cuidado cuando tratara con él, porque el hombre era inteligente y astuto, tal como se
Rumoreaba. Empero, la verdad tenía una forma de salir a la luz y puesto que no pudo encontrar palabras dignas de su esfuerzo, Edward contuvo la lengua.
Swan se apartó de él y se ubicó frente a la fila de hombres, con las piernas bien separadas y las manos apoyadas en el pomo de su larga vara. Los observó lentamente.
-Esto es Los Camellos-empezó-. El nombre fue puesto por un español pero me fue cedido a mí. Yo soy alcalde, alguacil y juez aquí. Ustedes me han sido vendidos en servidumbre por deudas impagas. Serán informados de esas deudas y de su disminución cuando lo soliciten a mi tenedor de libros. Se les pagará los domingos y los días de fiesta pero las ausencias por enfermedad serán por cuenta de ustedes. Su paga será de seis peniques por cada día de trabajo.
El primer día de cada mes recibirán, por cada día que hayan trabajado, dos peniques para sus necesidades, dos peniques contra sus deudas y dos peniques que serán devueltos por su manutención.
Si trabajan duro y adelantan, recibirán más y podremos, ajustar los pagos como crean conveniente. -Hizo una pausa Y miró a Edward-. Espero que algunos de ustedes paguen sus deudas nada más que en cinco o seis años. Entonces podrán trabajar por su pasaje de regreso a Inglaterra o donde prefieran marcharse, o podrán, si 1o desean, establecerse aquí. Se les ha dado 1o necesario para que se vistan y se mantengan limpios. Cuiden su ropa, porque cualquier otra cosa que reciban tendrán que pagarla. Pasará un tiempo antes de que puedan tener algún dinero y aun entonces será muy poco.
Swan hizo una pausa y mantuvo el silencio hasta que todos le prestaron atención.
-Aquí hay dos formas de meterse en serias dificultades. La primera es maltratar o robar cualquier cosa de mi propiedad, Y aquí casi todo es mío. La segunda es molestar o fastidiar a cualquiera de las personas que
ya están aquí. ¿Alguna pregunta?
Esperó, pero nadie habló. El hacendado relajó su postura y continuó.
-Se les darán tres días de tareas livianas para que se recobren del viaje. Después de eso se esperará que ustedes pasen las horas de luz diurna en trabajo productivo. Empezarán a trabajar el día después de Navidad. Buenos días a todos.
Sin mirar atrás, subió a su carruaje y dejó a Eleazar a cargo de ellos. El hombre flaco se les acercó cuando el birlocho partió. Golpeó la palma de su mano enguantada con la siempre presente fusta y empezó a hablar.
-Esta es la forma que tiene el hacendado Swan de mostrarse blando con sus esclavos. -Su tono despectivo fue apenas detectable-. Tengan la seguridad de que yo no seré así, pero ahora debo ocuparme de otros asuntos. Serán alojados en un viejo establo cerca del pueblo hasta que vayan a los campos, y se les dará trabajo liviano en el muelle o en la plantación. Este hombre -señaló al que los custodiaba- será el capataz de ustedes. El informará de cualquier cosa a mí o a Swan. Hasta que hayan sido considerados dignos de confianza, se mantendrán cerca del establo todo el tiempo que no estén trabajando. Si todavía no lo han notado -señaló con su fusta las colinas y después la playa¬ aquí no hay lugar donde esconderse, por 1o menos por mucho tiempo. -A continuación, pareció casi apenado y dijo-: Se les dará tiempo para que descansen Y se los alimentará bien. -Con las palabras siguientes pareció animarse más-: Pero se esperará de ustedes que se ganen 1o que coman y algo más.
Bruscamente, hizo un gesto al guardia.
-Lléveselos. A todos menos a éste. -Señaló a Edward.
Cuando los otros se marcharon, se acercó a Edward y le habló en voz baja.
-Usted parece abrigar algunas dudas sobre su posición aquí.- Eleazar esperó pero Edward le devolvió la mirada en silencio, y los labios del agente se curvaron en una mueca despectiva.
-A menos que desee regresar a Inglaterra para que lo cuelguen, le advierto que le conviene mantener la boca cerrada. Los ojos de Edward no vacilaron ni él hizo ningún comentario. El hombre le había hecho un gran favor, aunque seguramente no se daba cuenta de hasta qué grado.
-Vaya con los otros -dijo Eleazar, y señaló con la cabeza hacia la fila de hombres que se alejaban. Edward se apresuró a obedecer y no le dio motivos de irritación.
Los barcos de Swan surcaban las aguas del sur y se mantenían alejados del Atlántico Norte, donde rugían fuertes tormentas y los témpanos de hielo tornaban peligrosos los viajes. Llevaban a las islas vistosas chucherías, coloridas sedas y otros productos del continente europeo y regresaban con materias primas que en el verano eran enviadas al norte. En las laderas meridionales de la isla se despejaban nuevos campos y los troncos así obtenidos eran arrojados al mar desde los acantilados para que los recogieran barcos pequeños que los llevaban a puertos más grandes, donde en los aserraderos los convertían en la tan necesaria madera aserrada.
Grupos de trabajadores se trasladaban de un campo a otro a medida que el trabajo lo requería.
Habitualmente, sus primeras tareas eran rehabilitar o construir alojamientos para los capataces y ellos mismos. La regla eran sencillas chozas con techo de paja y media pared, lo bastante sólidas para proporcionar protección de la lluvia o del constante sol.
Edward Masen fue entregado rápidamente a, uno de estos capataces. Mostrase diligente en su labor y ofreció muchas ideas para mejorar el trabajo. Fue bajo su dirección que un arroyo fue desviado hacia un canal, y ya no fue necesario arrastrar laboriosamente los troncos hasta el borde del acantilado sino que se los hizo deslizar por el canal, merced a su propio peso, de modo que llegaban rápidamente al mar, ahorrando así muchas fatigas a hombres y a mulas. El capataz quedó muy agradecido a este brillante joven, porque los trabajadores hábiles eran bastante escasos y hasta las mulas se cansaban rápidamente en el aplastante calor. El capataz mencionó el nombre del siervo en su informe a Swan.
Edward Masen fue destinado a otro grupo encargado de cosechar la caña de invierno antes de que llegaran los meses secos. Allí, les enseñó a quemar los campos, lo cual reducía la planta a un tallo chamuscado, todavía rico en jugos, a la vez que eliminaba arañas e insectos ponzoñosos que hubieran reducido aún más la cantidad de trabajadores. Modificó el pequeño trapiche para que pudiera hacerlo girar una mula en vez de la media docena de hombres -que se necesitaban habitualmente. Nuevamente el nombre de Edward apareció en los informes.
No pasó mucho tiempo antes de que sus conocimientos de maquinarias se hicieran conocidos en la isla y los capataces se lo empezaran a pasar unos a otros para que resolviera sus problemas. A veces la tarea era fácil, a veces difícil, y como sucedió con la quema de los campos, él tenía que probar la validez de sus ideas. Empero, progresaba continuamente. Su paga fue duplicada y pronto triplicada. Sus posesiones aumentaron a una mula que le entregó un comerciante de la aldea por trabajos realizados en sus momentos libres.
Por encima de todos sus talentos poseía un don especial para los caballos, y el brioso semental Attila le fue traído cojeando por un tendón desgarrado en una pata delantera. Cuando Edward Masen supo que el animal era el favorito de la hija de Swan lo cuidó amorosamente, frotó con linimento el miembro lesionado y aplicó una apretada venda. Con paciencia, hizo caminar y mimó al animal hasta que éste aprendió a comer azúcar de su mano, algo que ni siquiera había conseguido la joven ama. Le enseñó a acudir cuando el lo llamaba con un silbido especial y entonces lo declaró sano y lo envió nuevamente a la joven.
Para Bella, el regreso del caballo fue motivo de gran alegría. Ella pasaba los días cabalgando o nadando en el mar de cristal, zambulléndose bajo su superficie y en ocasiones arponeando algunos peces comestibles para añadidos a la mesa de la mansión.
Bella renovaba su amistad con la gente de Los Camellos y se ocupaba del bienestar de las familias más necesitadas. Una de sus mayores preocupaciones era que en los últimos años no habían podido encontrar un maestro para los niños, y la pequeña escuela que había construido su padre permanecía vacía. En su mayor parte, sus días deslizábanse en un perezoso idilio, como perlas en un collar. Otros barcos se detenían en Los Camellos para comerciar y sus oficiales habitualmente cenaban en la mansión y daban a Bella una excusa para vestirse apropiadamente y agasajarlos con su ingenio efervescente. Ella era la señora de la isla, la hija de Swan, y casi daba trabajo recordar constantemente a todos que ahora era la señora Cullen.-Era para ella una época dichosa, un interludio de paz con obligaciones suficientes mezcladas con el placer a fin de que no llegara a aburrirse. Los recuerdos desagradables que la habían acosado empezaban por fin a borrarse.
Una tarde, ya bien entrado febrero, Bella pidió que le preparasen a Attila. y se dispuso a realizar una agradable cabalgata. Tomó el camino central entre las colinas, cerca de los campos de caña de azúcar, muy cerca de los grupos de hombres que su padre le había advertido a menudo que eran peligrosos, aunque pocos en Los Camellos se hubieran atrevido a molestar a la hija de Swan. Sin embargo, no era prudente tentar al destino y aquí, en los cañaverales, los hombres trabajaban día por medio.
Sin embargo, Isabella era muy de aventurarse donde le diera la gana, sin pensar mucho en las consecuencias.
Era un día caluroso y los cascos de Attila levantaban nubeci1las de polvo que quedaban flotando perezosamente sobre el camino.
Después de haber pasado entre las colinas, Bella empezaba a descender la cuesta del norte cuando vio a un hombre que venía con una mula.
Por sus ropas era uno de los siervos, aunque su vestimenta había sido curiosamente alterada. llevaba el familiar sombrero de alas anchas y su camisa estaba cruzada sobre el lomo de la mula, pero tenía los pantalones arremangados por encima de las rodillas. Su espalda estaba tostada por el sol y los músculos vibrantes indicaban una fuerza ágil y pronta.
Attila resopló y sacudió la cabeza. Bella hubiera querido hacer desviar a su montura a fin de dejar paso al hombre, pero cuando se cruzó con el siervo este tendió un brazo tostado por el sol y aferró firmemente
Las riendas del caballo. En cualquier otra ocasión, Attila se hubiese revelado y apartado violentamente del desconocido, pero ahora se limitó a relinchar- y a acariciar con los belfos el brazo extendido. Bella, momentáneamente atónita por la reacción del corcel, al principio sólo pudo observar con ojos dilatados mientras el caballo acariciaba al individuo. Pero en seguida se recobró y se sintió furiosa por esta incursión en su libertad. Abrió la boca para exigir que soltara la rienda. El hombre se volvió y la ira de ella desapareció. Dejó caer la mandíbula mientras una incredulidad abrumadora le atontaba el cerebro.
- ¡Tú! -dijo, semiahogada.
Los ojos color verde la miraron burlones.
-Sí, Bella. Soy el bueno de Edward Masen, a tu servicio. Se diría que tu, amor mío, has ganado un nombre mientras que yo perdí el mío.-Sonrió con confianza-. Pero es claro que no sucede muy a menudo que un hombre pueda burlar tanto al verdugo como a su esposa.
Bella recobró algo de cordura pero con ella había cierta dosis de pánico.
- ¡Suelta! -estalló y tiró de las riendas. Hubiera querido huir, pero el peso de Edward mantuvo al corcel inmóvil. La voz de Bella se quebró por el miedo que sentía-. ¡Suelta!
-Tranquila, amor mío. -Los ojos color jade relucieron como metal duro-. Tenemos un asunto que discutir.
- ¡No! -dijo ella, casi en un chillido, casi en un sollozo. Levantó la fusta como para golpearlo pero la misma le fue arrancada de las manos y sintió que la tomaban con fuerza de la muñeca.
-Por Dios, Bella -dijo él, en tono amenazante- tú tendrás que escucharme.
Las manos de él la tomaron de la cintura Y la levantaron de la silla como si fuera una criatura, para dejarla en seguida en el suelo frente a él.
Bella luchó frenéticamente Y empujó con sus pequeñas manos enguantadas el pecho moreno y velludo que parecía llenar toda su visión. El le dio una brusca sacudida que hizo que el sombrero de Bella cayera al suelo, sobre la hierba, y que el prolijo rodete de cabellos castaños caobas, se deshiciera en una cascada que cayó sobre la espalda.
Bella finalmente se calmó y miró con fijeza dentro de esos ojos llameantes.
-Así está mejor -dijo Edward y aflojó un poco la mano con que la tenía de la muñeca.
Isabella reunió unas fuerzas que no sentía del todo y levantó su tembloroso mentón.
-¿Crees que tengo miedo de ti? -,-dijo desafiante.
Los blancos dientes relampaguearon contrastando con la piel bronceada cuando él rió, y Bella no pudo deJar de notar el parecido que él tenía con un atezado pirata. LA palidez de la cárcel había desapare¬cido, y en su lugar la piel tostada brillaba con el saludable sudor de alguien que ahora goza de su libertad.
-Sí, mi amada esposa -se burló él-. Y quizá tengas motivos. Jenkins me declaró loco después que tú me traicionaste y yo sentí un violento deseo de vengarme de mi bella esposa.
El color desapareció de las mejillas de Bella cuando las palabras de él le hicieron recordar 1o que había dicho Jasper. Con un sollozo ahogado, renovó sus esfuerzos por escapar pero debió resignarse, en silenciosa agonía, cuando los dedos de él se cerraron como una cruel tenaza.
-Quieta -ordenó Edward, Y Bella no tuvo más remedio que obedecer.
Estaba lejos de someterse aunque seguía temblando violentamente de miedo.
- ¡Si no me sueltas, gritaré hasta que te cuelguen! ¡Y esta vez no fallará! ¡Maldición! ¡Haré que toda la isla acuda a mis gritos!
-¿De veras, querida? -dijo él despreocupadamente-. ¿Y qué dirá entonces tu padre de nuestro casamiento?
Picada por el tono de él, ella replicó: - ¿Entonces qué te propones hacer? ¿Violarme?
Edward rió cáusticamente.
-No temas, Bella -dijo-. No tengo ninguna clase de urgencia. por tumbarte entre esta enmarañada maleza.
Ella estaba desconcertada. ¿ Qué quería él? ¿No sería posible comprado?
Como si le hubiera leído los pensamientos, Edward aclaró las cosas:
-y no quiero nada de las riquezas de tu padre -dijo- así que si piensas sobornarme, perderás el tiempo.
Levantó su frente atezada, miró las mejillas enrojecidas y la boca trémula de ella. Bajó la mirada y la fijó en el pecho agitado, hasta que Bella se preguntó si él podía ver a través de su traje de amazona. Bajo la mirada fija y penetrante de él, sintió que los pechos ardían y no pudo controlar su rápida respiración. Llena de vacilación, cruzó los brazos sobre, el pecho como si estuviera desnuda ante esa mirada. Edward sonrió perversamente y la miró otra vez a los ojos.
-En la cárcel -dijo- mi mente era torturada por tu belleza y no pude olvidar ni el más pequeño .detalle de ti en mis brazos. Esa imagen quedó grabada en mi memoria como si tú me hubieras marcado a fuego.
La miró un largo momento con un brillo semienloquecido en los ojos que hizo que Bella dudara de su propia cordura por haberlo buscado una vez. Entonces él sonrió y se mostró más gentil.
-Encontraré la forma de pasar entre las espinas y, arrancar la rosa -prometió.
Su mano subió por la espalda de ella hasta las ondulaciones sedosas de su cabello caoba y las tocó suavemente. Su sonrisa se amplió
en una mueca disoluta, más propia del Edward que Bella conoció en el coche. Súbitamente, ella pensó que él no estaba loco sino inclinado a la venganza. .
-No tengo intención de revelar tu secreto, Bella, pero te he dado todo lo, que me correspondía darte según el pacto. Lo único que falta es tu parte del acuerdo y, querida mía, no descansaré hasta conseguirla.
La mente de Bella giraba sin rumbos en círculos cada vez más amplios,
- ¡Nada de pactos! -gritó, irguiéndose ante él-. ¡No hay pacto! ¡Tú no has muerto!
- ¡El pacto sigue vigente! -replicó él-. Tienes mi apellido y todo lo que deseabas. Yo no tengo la culpa de que Jenkins sea codicioso. Pero quiero mi parte del convenio, toda una noche contigo como mi esposa, a solas, y sin nadie que abra la puerta para arrancarme de tu lado. -La miró fijamente-. Creo que a ti también te gustará.
-No -susurró Bella, avergonzada por el No -susurró Bella, avergonzada por el recuerdo de su propia respuesta a las caricias de él-. El matrimonio se consumó. Conténtate con eso.
Edward rió despectivamente.
-Si no eres suficiente mujer para saberlo, mi adorada inocente, apenas habíamos comenzado y de ninguna manera se consumó. Una noche entera, no menos, Bella. ¡Eso es lo que deseo!
Era mejor seguirle el juego y no irritarlo, pensó ella, por lo menos hasta que pudiera escapar, y entonces Jasper...
Edward entrecerró los ojos en gesto de advertencia.
-Aunque tu feminidad es lastimosamente escasa, Bella, yo he burlado al verdugo para encontrarte. Si lanzas en pos de mí a los perros o a ese gandul de Jasper o a tu padre, yo me les escaparé. Y te juro que vendré a reclamar lo que me debes. Y ahora, mi amante esposa...
La soltó y tomó a Attila de la brida haciéndolo volverse. Se agachó y unió las manos para que ella pisara para montar; Bella, ansiosa de alejarse, no vaciló. Puso una mano sobre el hombro musculoso de él, y se acomodó sobre la silla. Ahogó una exclamación cuando él levantó atrevidamente una mano y calzó la rodilla de ella alrededor del arzón. Isabella tomó las riendas, hizo volver al caballo y lo azuzó con el talón hasta que salieron al galope por el camino. La risa baja y burlona de Edward siguió sonando en sus oídos hasta mucho después de haberlo perdido de vista.
Frente a la gran mansión blanca, Bella detuvo el caballo y se dejó caer de la silla. Un sirviente tuvo que correr por el prado de césped hasta alcanzar al animal.
Bella pasó corriendo junto a Sue -quien se detuvo sorprendida- subió la escalera, entró en su saloncito y cerró la puerta violentamente. En seguida le echó llave para evitar cualquier intromisión. y se apoyó de espaldas, casi sin aliento.
- ¡Está vivo! -exclamó.
Arrojó sus guantes de montar sobre el pequeño escritorio y fue a su dormitorio. Dejó las botas y el traje de amazona en un descuidado montón sobre la espesa alfombra. Cubierta solamente con la delgada camisa, empezó a caminar nerviosamente de un lado a otro.
- ¡Está vivo! -exclamó-. ¡Está vivo!
Había una terrible, desagradable sensación en la boca de su estómago; sin embargo, cerca de su corazón, que palpitaba con fuerza en su pecho, florecía una curiosa sensación de júbilo, hasta de liberación. Tras el remolino de sus pensamientos, se le ocurrió que se había sentido encadenada. por la muerte de un hombre por su propio beneficio. El sueño recurrente de ese cuello musculoso retorcido por una cuerda fue borrado de su mente y la visión de un cadáver corrompiéndose en una caja de madera desapareció para no volver jamás.
-¿Pero cómo? Yo vi cuando lo sepultaron. ¿Cómo... puede... ser? Con expresión de profundo desconcierto, siguió caminando por su dormitorio y pensando en este enigma.
¿Un siervo? Eleazar era el responsable de todos los siervos que llegaban a Los Camellos. ¿Pero cómo llegó Edward? ¿En el Hampstead? No, en ese barco no llegaron siervos. ¡Solamente en el Marguerite!
¡Santo Dios! ¡Directamente debajo de sus narices! Sintió la amenaza de una risa histérica y se arrojó de espaldas a través de la cama. Se cubrió los ojos con el brazo como si quisiera anular la visión de esos sonrientes ojos color ámbar.
Era como si una nube alta e hinchada hubiera dado nacimiento a un lugar de color verde esmeralda. Varias colinas bajas se amontonaban sobre un barranco junto a una playa que separaba el vivido verde de las revueltas rompientes y las olas que lamían la costa desnuda con lenguas de espuma coronadas de blanco. El azul profundo del mar abierto dejaba lugar, en los bajíos cerca de la isla, a un brillante verde iridiscente.
El Marguerite salió de debajo de su propia nube y sus velas blan¬queadas por el sol resplandecieron en el día radiante.
Una columna de humo elevábase del pico de la colina más alta de Los Camellos y momentos más tarde, el sordo estampido del cañón de señales llegó hasta los pasajeros del barco. El bergantín se acercó a su
Meta. Largos y verdes brazos rodeaban una espaciosa caleta en cuyo vértice se levantaban los resplandecientes edificios blancos de la aldea, Georgiana. Un matiz más oscuro en las aguas señalaba el canal de acceso que pasaba entre esos brazos para llegar al puerto. Había pocos en la isla que no dejaron cualquier cosa que estuviesen haciendo al escuchar el cañón de señales y corrieron al muelle para recibir a los recién llegados. Habría chulerías para hacer trueque, favores especiales largamente esperados y, más importantes, las últimas noticias y murmuraciones del mundo exterior.
El mismo Charles Swan era mucho más un comerciante que un plantador, Y ciertamente hubiera debido estar sumamente ocupado para no subir a su carruaje y venir al puerto a fin de comprobar cómo lo había
favorecido la fortuna. Si se trataba de una nave desconocida, habría el regateo y las discusiones que tanto le agradaban por el desafío que representaban, y alas que se entregaba como si fuera un juego.
Bella aguardó con impaciencia mientras se arriaban las velas y el Marguerite amarraba en el muelle. Varios otros barcos que estaban en el puerto se hallaban anclados a cierta distancia del muelle. Durante los meses de invierno, los más grandes serían calafateados y reparados mientras los más pequeños recorrerían las islas del sur y el oeste, trocando las mercaderías del continente por las materias primas del Caribe.
Se colocó la planchada y los cables quedaron firmemente asegurados. El corazón de Bella se elevó casi tan alto como las gaviotas que volaban sobre el barco y sus ojos buscaron ansiosamente entre la multitud el rostro familiar de su padre. .
Jasper apareció a su lado con dos de los baúles más pequeños bajo sus brazos y la siguió cuando ella descendió. Cuando Bella dejó la planchada, allí estaba el capitán Uley ofreciéndole el brazo, después de haberse asegurado de que su esposa no se encontraba entre los presentes. Sus ojos oscuros imploraron una demostración más cálida del hermoso rostro ovalado pero quedó decepcionado, porque Bella apenas advirtió su presencia en su prisa por alejarse del barco. Como si él fuera solamente un sirviente para tareas menudas, ella le puso en las manos un quitasol de encaje y miró ansiosamente a su alrededor. Más allá del grupo de curiosos, el birlocho descubierto de Swan aguardaba vacío. Pero entonces la multitud se abrió para dejar paso al patrón, quien venía -apresuradamente a recibir a su hija. Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro cuando la vio pero él rápidamente refrenó' esa demostración de placer.
Charles Swan era ligeramente más bajo que los hombres que lo rodeaban pero tenía espaldas anchas y un cuerpo sólido y fornido. Se movía con pasos rápidos y llevaba su peso con facilidad, porque era delgado y poseía mucha fuerza. Bella le había visto vencer a Jasper en una competencia de fuerza por un jarro de ale. Cuando se entregaba a la risa todo su cuerpo se sacudía, aunque las carcajadas no duraban demasiado.¬
Bella soltó un grito de alegría, corrió hacia su padre y le echó los brazos al cuello. Durante un fugaz momento los brazos de Swan rodearon la esbelta cintura de su hija pero en seguida él la apartó un poco, se apoyó en su larga y fuerte cadera y la examinó con atención. Bella emitió una carcajada clara, cristalina, recogió sus amplias faldas de linón -azul claro, bailó en un lento círculo frente a él y después lo miró nuevamente, de frente e hizo una lenta reverencia.
-Su sirvienta, señor.
-Vaya, hija. -El apretó los labios y la contempló como si la viera por primera vez-. Se diría que te has puesto aún más hermosa en este año que ha pasado. ¬
Se volvió a medias, se caló el ancho sombrero que siempre usaba y sus ojos se posaron en el capitán Uley.
-y como siempre -agregó- tienes hombres que corren en pos de ti para ofrecerte sus servicios.
Sam Uley daba vueltas en sus manos al quitasol, como si buscara un lugar donde arrojado, pero finalmente se lo entregó a Bella. Inmediatamente balbuceó una excusa acerca de que tenía que ocuparse de su barco y se retiró bajo la mirada divertida de Swan.
- ¿Te has vuelto más tolerante con las incomodidades, muchacha? No hubiera creído que te rebajarías hasta viajar en un barco tan modesto. Es más propio de ti disfrutar de los lujos de la vida.
-Vamos, papá -dijo Bella, sonriendo-. Sé amable. Estaba ansiosa por regresar. ¿No estás contento de verme?
Charles Swan aclaro ruidosamente su garganta y después miró a Jasper, quien parecía tener dificultad para mantener una expresión seria. El hacendado tendió la mano al hombre cuando éste hubo dejado los baúles en el suelo. .
-Veo que se encuentra bien -dijo Swan-. Nada le ha sucedido por haber tenido que escoltar a esta muchacha durante un año. A menudo me pregunté si había hecho bien al enviar a Eleazar Denalí
para que los guiara a ustedes dos, pero ahora están aquí, sanos y salvos, Y supongo que
No ha sucedido nada indebidamente desastroso.
Bella abrió nerviosamente su sombrilla, la hizo girar rápidamente sobre su cabeza y dirigió a su padre una sonrisa brillante.
-Vamos, hija -ordenó casi él-. Se acerca el mediodía y compartiremos unos bocados mientras me das las novedades.
Charles palmeó a Jasper en la espalda.
-Supongo que estará ansioso de encontrarse en su casa. Refrésquese un poco y más tarde lo visitaré para jugar una partida de ajedrez primero me ocuparé de esta muchacha
El hacendado acompañó a su hija sin aparatosidad a través de la multitud que los rodeaba Y de la cual surgían manos tendidas Y gritos de saludo para Bella . Se había corrido la voz de su arribo y todavía ahora llegaban rezagados que se unían a los curiosos. Bella reía llena de gozo cuando veía a viejos amigos que se le acercaban. Las mujeres de la aldea se apretujaban ansiosas de observar el vestido Y el peinado de la joven a fin de enterarse de la última moda, mientras que los niños estiraban las manos para tocarle el borde del vestido. También había hombres presentes, pero los que no eran amigos de la hija de Swan se quedaban unos pasos atrás para contemplar admirados su fabulosa belleza. Fue una marcha lenta pero llena de excitación y de la renovación de antiguas amistades.
Ayudada por su padre, Bella subió por fin al carruaje Y el birlocho se alejó rápidamente del muelle. Isabella se apoyó en el asiento y observó las casas y los árboles que le eran tan familiares. Interiormente se preparó para lo que sabía que vendría. ¬
Estaban lejos de la aldea y en el camino que llevaba a la mansión cuando Swan, sin mirarla, mencionó el tema. Su voz fue tan abrupta que ella dio un leve respingo.
-¿Ya has tenido bastante de cavilar y vacilar, hija mía? ¿Has elegido marido?
La mano atezada estaba apoyada en la delgada rodilla y fue allí donde Bella apoyó su mano a fin de que la sortija de oro quedara bien a la vista.
-Puedes llamarme señora Cullen , papá, si no quieres usar mi apellido de soltera. -Sus párpados aletearon y ella se aventuró a mirarlo por el rabillo del ojo-. Pero oh, Dios mío -agregó y trató de que su tristeza se trasluciera en su voz también hay algo que debo contarte y que es muy penoso.
Bella sintió una sensación extraña, porque los ojos de él, del mismo color que los de ella, la miraron en silenciosa interrogación.
Incapaz de soportar esa mirada, tuvo que volver el rostro. Las lágrimas llegaron, aunque en gran parte por la vergüenza de su engaño.
-Conocí un hombre, muy gallardo, muy guapo... nos casamos. - Tragó con dificultad, como si la mentira le dejara un sabor amargo en la lengua-. Después de una breve noche de dicha... -se deshizo en llanto un momento Y en seguida se obligó a continuar él bajó de nuestro carruaje y cayó al torcerse un pie en una piedra. Antes, de que los cirujanos pudieran hacer nada, murió.
Charles Swan golpeó con una vara el piso del birlocho, con una maldición no pronunciada.
-Oh, papá -sollozó Bella -. Tan tarde me convertí en una novia amada y tan pronto quedé viuda.
Swan soltó un resoplido, se apartó un poco de ella y quedó en silencio, mirando a la distancia, sumido en sus pensamientos. El camino pasó entre espesos grupos de palmeras y nuevamente se extendió bajo la intensa luz del sol. La hija silenció su llanto y sólo un sollozo ocasional interrumpió el silencio hasta que llegaron a la gran mansión blanca. Violentos colores inundaban el prado de césped donde las pincianas desplegaban sus capullos escarlatas, y macizos de franchipanieros embalsamaban el aire con su dulce fragancia. La hierba, prolijamente cortada, extendiese hasta donde alcanzaba la vista, interrumpida a intervalos regulares por los grandes troncos de los altos árboles que extendían muy arriba su espeso follaje. Sólo raros rayos de luz atravesaban las ramas e iluminaban los amplios pórticos que se extendían interminablemente a lo largo del frente y de las alas de la mansión. Arquerías cubiertas, de ladrillo blanqueado, daban sombra á la terraza elevada que bordeaba la planta principal de la casa, mientras que en el primer piso, ornamentadas columnas de madera sostenían enrejados que daban intimidad a las habitaciones. La mansión tenía un tejado empinado, adornado con gabletes. Amplias puertas francesas daban fácil acceso a los pórticos desde la mayoría de las habitaciones de la casa y los pequeños cristales cuadrados del interior de las puertas brillaban con la luz e indicaban el cuidado y la atención de muchos sirvientes.
Swan permaneció en silencio cuando el birlocho se detuvo y Bella lo miró con cierta vacilación, temerosa de un estallido de cólera. Bajó sola del carruaje, subió la amplia escalinata de la terraza y ahí se detuvo, insegura, y miró hacia atrás. Su padre seguía inmóvil pero volvió la cabeza y la miró con expresión ceñuda. Se levantó lentamente, se apeó y subió la escalinata como si fuera dejándose llevar por su bastón. Bella fue hasta la puerta principal, la abrió y 1o esperó. El se detuvo a varios pasos de ella y nuevamente la miró con fijeza. El asombro abandonó lentamente su rostro y fue, reemplazado por la cólera. Súbitamente levantó la vara que sostenía sobre su cabeza y la arrojó lejos.
- ¡Maldición, muchacha!
Bella llevase una mano a la garganta y se apartó de él con los ojos dilatados por el temor.
-¿Tan poco cuidas, a tus hombres? -rugió él ¡Por lo menos me hubiera gustado ver al joven!-En tono ligeramente más bajo pregunto; ¿No hubieras podido mantenerlo vivo! hasta quedar encinta?
Respetuosa de su padre, Bella replicó suavemente: -Todavía existe esa, posibilidad, papá. Pasamos nuestra noche de bodas juntos. Enrojeció ligeramente ante la mentira, porque ahora estaba segura,
Como puede estarlo una mujer, de' que no llevaba en su seno la simiente de Edward.
- Bah! -gruñó Swan, pasó junto a ella pisando Fuerte y dejó que la puerta golpeara. a sus espaldas, sin molestarse en recoger la vara.
Bella , levantó mansamente la vara y siguió a su padre al interior de la casa. Se detuvo un momento en el hall de entrada cuando todos los recuerdos de los años transcurridos en la función cayeron precipitada¬mente sobre ella. Casi pudo imaginar que nuevamente era una chiquilla que gritaba de excitación cuando bajaba corriendo la escalera que parecía curvarse para envolver la gran araña de cristal que colgaba del, alto techo. Los prismas centelleantes de la araña, que iluminaban el salón miríadas de arco iris danzarines siempre habían sido motivo de fascinación para ella. Y recordó muy bien las veces que buscó, arrastrán¬dose sobre pies y manos entre los helechos y plantas que adornaban el salón, el inquieto 'gatito que Jasper le había-regalado, o cuando alzaba la vista llena de respeto hacia retrato de su madre que colgaba cerca de la puerta del salón de recibir, o cuando trepaba, llena de infantil impaciencia, al gran cofre tallado que estaba debajo del retrato, mientras aguardaba que su padre regresara de los campos.
Ahora, como mujer, Isabella contempló la madera clara de la balaustrada y los paneles tallados de las puertas que daban a otras habitaciones y que brillaban con toques dorados. Aquí, y en toda la casa, abundaban los muebles franceses estilo Regencia. Ricas alfombras de Aubusson o de Persia, lacas, jade y marfil de oriente, mármoles de Italia y otros tesoros' provenientes de todo el mundo embellecían las habitaciones con muy buen gusto.
Largos corredores partían desde el vestíbulo en sentidos opuestos, hacia las alas.
A la izquierda estaban las grandes habitaciones de su padre, incluidos el estudio y la biblioteca donde trabajaba, un salón de estar, su dormitorio y una habitación donde se bañaba y vestía con la ayuda de un criado.
Las habitaciones de Bella estaban subiendo la escalera y a la derecha, bien lejos de las de su padre. Allí, antes de llegar al dormitorio, había que pasar por el salón donde las paredes, cubiertas de suave muaré de color crema, armonizaban con los sutiles tonos de castaño, malva y vibrante turquesa de las sillas, butacas y sofá. Una lujosa alfombra Aubusson combinaba todos esos- colores en un ornamentado diseño. Las paredes del dormitorio estaban cubiertas de rica seda color malva y una alfombra malva y castaño cubría el piso. Sobre la cama colgaba un dosel de seda color de rosa y un canapé de color castaño claro aguardaba que alguien se tendiera perezosamente encima.
Los recuerdos se borraron cuando su padre se volvió y la miró con severidad. Gritó con. tanta fuerza que la araña de cristales tembló.
- ¡Sue!
La respuesta fue inmediata:
- ¡Sí! ¡Sí! ¡Voy!
Los pasos ligeros del ama de llaves sonaron rápidamente en la escalera hasta que ella apareció, sin aliento y con las mejillas encendidas. La mujer, india, apenas le llegaba a Bella a los, hombros y era regordeta, redonda, con cutis claro. Nunca parecía moverse de otra forma que n_ fuera trotando Y siempre llevaba metido en el bolsillo de su delantal un plumero de plumas de avestruz. Era principalmente merced a sus esfuerzos y a su supervisión de los sirvientes que la casa se mantenía impecablemente limpia.
Sue se detuvo a un paso de Isabella y la miró maravillada. Después de la muerte de Reneé, el ama de llaves se había hecho cargo de la casa con sus fumes modales ingleses y en más de una ocasión había observado llorosa, junto a la puerta, a su protegida que partía hacia Europa. Aunque había transcurrido apenas un año, la joven, era casi todavía una niña cuando se alejó por última vez, pero ahora se la veía majestuosa, segura de si misma, desenvuelta y aplomada, una agraciada joven de sorprendente belleza; Por eso la vieja sirvienta ahora no estaba muy segura de cómo debía tratada. Pero fue Bella quien resolvió el problema. Abrió los brazos y al segundo siguiente las dos, muy juntas, compartían lágrimas de alegría y se besaban en las mejillas. Finalmente Sue se apartó un paso.
-Ah, mi pobre criatura. ¿Por fin has venido para quedarte? -Sin aguardar respuesta, Sue continuó hablando precipitadamente-: Sí, ese tonto de Swan envió lejos a su propia hija. Es como para cortarle esa nariz que tiene en la cara. Y dejó que ese bobalicón de Jasper cuidara de una muchachita.
Swan se puso aún más furioso al oírla y gritó llamando a Milán para que le trajera ron y bitter pues sentía necesidad de libar copiosa¬mente. Sue chasqueó la lengua y sus ojos negro bailaron de alegría cuando volvió a mirar a la joven.
-Déjame mirarte. Sí, apostaría un guilder a que los, has enloquecido a todos. Estás hermosa, querida, y te eché mucho de menos.
- ¡Oh, Sue! -exclamó Bella, extasiada-. ¡Me siento tan feliz de encontrarme en casa!
Jasón, el portero, llegó desde la trasera y a la vista de Isabella su rostro moreno se iluminó de placer.
- ¡Vaya, la señorita Bella! -Corrió hacia ella y le tomó las manos extendidas. Como siempre, la voz bien educada de él sorprendió a Bella-. Señor, esta criatura ha traído el sol con su regreso. Su padre estaba muy deseoso de verla.
Un sonoro carraspeo indicó que Swan todavía estaba donde podía oírlos, pero Bella igualmente rió dichosa. Por fin estaba en su casa y nada podría estropearle esa felicidad.
La necesidad de depósitos cerrados no era crítica en este clima benigno y las construcciones que rodeaban el área del muelle eran en su mayor parte solamente techos sostenidos por columnas de madera. Debajo de uno de esos cobertizos, Edward Cullen y sus compañeros aguardaban sentados en cuclillas. Sus barbas habían sido afeitadas y sus melenas cortadas bien cortas. Después de entregarles un fuerte jabón de lejía fueron llevados al castillo de proa y bañados con las mangas de las bombas del barco. Algunos de los hombres gritaron cuando el fuerte jabón tocó las heridas que tenían, pero Edward disfrutó del baño. Había pasado casi un mes entero tendido en su cubículo con sólo ejercicios ocasionales en la cubierta para estirar los músculos acalambrados. La comida durante el viaje había sido abundante, pero empezó a resultar desesperante cuando pareció que en el mundo no quedaba para comer otra cosa que carne salada, frijoles y galletas acompañadas, de agua maloliente.
Edward Cullen sonrió lentamente y se pasó la mano por la nuca para familiarizarse con su corto cabello cobrizo. Estaba vestido como los demás, con pantalones nuevos de dril, y calzado con sandalias. Las ropas eran todas de una misma medida y uniformemente grandes para él y sus ocho compañeros. Junto con los artículos provistos había un ancho sombrero de paja; una camisa blanca suelta y un pequeño saco de lona. Este último permaneció vacío hasta que llevaron al grupo a la tienda de Swan donde les dieron un tazón y una brocha para afeitarse, un cortaplumas con mango de madera, dos mudas más de ropa y varias toallas, junto con una cantidad del fuerte jabón y una admonición para que lo usaran con frecuencia.
Cuando cesó la leve brisa el calor se hizo intenso bajo el techo del cobertizo. Un solo supervisor los vigi1aba y hubiera sido muy fácil escapar. Pero Edward Cullen pensó que hubiese sido necesario muy poco esfuerzo para capturadlos, porque tarde o temprano un hombre habría tenido que salir de la jungla y no había otro lugar adonde ir.
Observó atentamente todo cuanto lo rodeaba mientras tironeaba distraídamente de la floja rodillera de sus pantalones de lona. Esperaban al hacendado Swan; les habían informado que él tenía la costumbre de inspeccionar y dirigidas la palabra a todos los recién llegados. Edward estaba ansioso de conocer al famoso "lord" Swan pero aguardaba pacientemente con los demás, manteniéndose cuidadosamente en el último lugar de la fila. Todavía estaba vivo y en el único lugar en el mundo donde quería estar, es decir, en el mismo lugar donde se encontraba Isabella Swan. ¿O debía llamada Isabella Cullen?
Rió para sí mismo. Ella se había ganado el apellido mientras que él, por la misma serie de acontecimientos, lo había perdido; yeso era otro asunto que tendría que arreglar.
Sus cavilaciones fueron interrumpidas por el arribo del birlocho abierto que se había llevado a Bella del muelle. El hombre alto y flaco llamado Eleazar fue el primero que se apeó, y tras él lo hizo el hombre
a quien Edward viera horas antes saludando a Bella. Dedujo que éste era el temido hacendado Charles Swan.
Edward observó con interés mientras el hombre se acercaba. La actitud del hacendado era autoritaria. Era un hombre no muy alto pero, majestuoso, y había a su alrededor un halo de poder. En marcado contraste con las ropas oscuras de su magro compañero, tenía medias inmaculadamente blancas y zapatos de cuero negro con hebillas de oro. Sus calzones eran de lino blanco, prácticos y frescos. Su largo chaleco era de la misma tela y blanco, como la camisa, en la cual llamaba la atención la ausencia de volantes y bordados. Un sombrero de paja inmenso, de alas anchas, copa baja; finamente tejido, daba sombra a su rostro. Llevaba en sus manos una vara delgada, evidentemente muy usada, como si fuera su insignia de mando.
Los dos hombres se acercaron al cobertizo y después de saludarlos, el supervisor que los vigilaba ordenó a los recién llegados que se pusieran de pie y formaran una fila. El hacendado tomó un paquete que le tendió. Eleazar, desplegó un papel que estudió un momento y se acercó al primer hombre de la fila.
- ¿Su nombre? -preguntó bruscamente. El siervo respondió con un murmullo y su nuevo amo hizo una marca en su papel y procedió a inspeccionar cuidadosamente su compra. Palpó el brazo del hombre, apreció su musculatura y estudió las manos en busca de callosidades.
-Abra la boca -ordenó Swan-. Veamos sus dientes. El hombre obedeció y el hacendado sacudió la cabeza casi con tristeza e hizo varias anotaciones en su libreta. Se acercó al segundo siervo y repitió el ritual. Después del tercero, se volvió hacia Eleazar.
- ¡Maldición, hombre! -exclamó Swan-. Me ha traído un grupo lamentable. ¿Estos fueron los mejores que pudo conseguir?
-Lo siento, señor -dijo Denalí, acobardado bajo la mirada ceñuda del otro.-
Fueron todo lo que pude conseguir por amor o dinero. Quizá los habrá mejores en primavera, si el invierno es lo suficientemente duro.
- ¡Bah! -replicó Swan_. Un precio muy alto, ciertamente y todos de la prisión de deudores.
Edward enarcó levemente las cejas cuando oyó el comentario del hombre. El hacendado no estaba enterado de que había comprado a un reo condenado a muerte. Edward pensó esto un momento y el efecto que podría tener en él. Levantó la mirada y sorprendió a Eleazar mirándolo ceñudo. Ajá, esto fue obra del señor Denalí, dedujo Edward, y si no quería regresar a Londres para que lo ahorcaran, tendría que seguir el juego.
Después de un atento examen del octavo hombre, Swan llegó frente a Edward y se detuvo repentinamente. Sus ojos se entrecerraron cuando examinó al último del grupo. Los ojos color verde de Edward revelaban un nivel de inteligencia superior al término medio y la sonrisa que le bailaba en los labios era extrañamente inquietante. Notablemente diferente del resto, éste era esbelto y musculoso, con espaldas anchas y brazos atleticos, erecto, con las piernas rectas de un hombre joven. No había flaccidez en él y el vientre, plano y duro, indicaba salud y juventud. Era raro que un joven como éste pudiera ser hallado en una subasta de condenados por deudas.
Swan consultó su lista y encontró el nombre que quedaba.
-Usted es Edward Masen -declaró más que preguntó y se sorprendió de la rápida y fluida respuesta del individuo. .
-Sí, señor. -Edward fingió un ligero acento para disimular su origen. Demasiados isleños se mostraban desconfiados de los originarios de las colonias de tierra firme-. Y sé leer, escribir y calcular.
Swan ladeó la cabeza, como absorbiendo cada palabra.
-Mi espalda es fuerte y mis dientes son sanos. -Edward abrió la boca y Por un momento exhibió un relámpago de blancura-. Puedo levantar mi propio peso, bien alimentado, por supuesto, y espero demostrar que soy digno de todo lo que su familia ha invertido en mí.
-Mi esposa está muerta. Solo tengo una hija -murmuró Swan distraídamente y en seguida se reprochó silenciosamente por haber dialogado con el hombre-. Pero usted es un colonial, de Nueva York o de Boston, supongo. ¿Cómo fue que llegó a que lo subastaran por deudas?
Edward aspiró profundamente y se rascó el mentón.
-Un leve malentendido con varios soldados. El magistrado no tuvo ninguna consideración y prefirió creerles a ellos y no a mí. No era del todo falso. Edward no había tomado bien que lo arrancaran violentamente de su profundo sueño y reaccionó instintiva¬mente, rompiéndole la mandíbula al capitán, como se enteró después.
Swan asintió lentamente con la cabeza y pareció que había aceptado la explicación, hasta que habló:
-Usted es un hombre de cierta sabiduría y creo que hay muchas cosas más en su historia, pero -se alzó de hombros- eso ya pertenece al pasado. Poco me importa lo que usted fue, sólo lo que es.
El siervo, Edward Masen, reflexionó silenciosamente sobre su amo y se dio cuenta de que tendría que proceder con mucho cuidado cuando tratara con él, porque el hombre era inteligente y astuto, tal como se
Rumoreaba. Empero, la verdad tenía una forma de salir a la luz y puesto que no pudo encontrar palabras dignas de su esfuerzo, Edward contuvo la lengua.
Swan se apartó de él y se ubicó frente a la fila de hombres, con las piernas bien separadas y las manos apoyadas en el pomo de su larga vara. Los observó lentamente.
-Esto es Los Camellos-empezó-. El nombre fue puesto por un español pero me fue cedido a mí. Yo soy alcalde, alguacil y juez aquí. Ustedes me han sido vendidos en servidumbre por deudas impagas. Serán informados de esas deudas y de su disminución cuando lo soliciten a mi tenedor de libros. Se les pagará los domingos y los días de fiesta pero las ausencias por enfermedad serán por cuenta de ustedes. Su paga será de seis peniques por cada día de trabajo.
El primer día de cada mes recibirán, por cada día que hayan trabajado, dos peniques para sus necesidades, dos peniques contra sus deudas y dos peniques que serán devueltos por su manutención.
Si trabajan duro y adelantan, recibirán más y podremos, ajustar los pagos como crean conveniente. -Hizo una pausa Y miró a Edward-. Espero que algunos de ustedes paguen sus deudas nada más que en cinco o seis años. Entonces podrán trabajar por su pasaje de regreso a Inglaterra o donde prefieran marcharse, o podrán, si 1o desean, establecerse aquí. Se les ha dado 1o necesario para que se vistan y se mantengan limpios. Cuiden su ropa, porque cualquier otra cosa que reciban tendrán que pagarla. Pasará un tiempo antes de que puedan tener algún dinero y aun entonces será muy poco.
Swan hizo una pausa y mantuvo el silencio hasta que todos le prestaron atención.
-Aquí hay dos formas de meterse en serias dificultades. La primera es maltratar o robar cualquier cosa de mi propiedad, Y aquí casi todo es mío. La segunda es molestar o fastidiar a cualquiera de las personas que
ya están aquí. ¿Alguna pregunta?
Esperó, pero nadie habló. El hacendado relajó su postura y continuó.
-Se les darán tres días de tareas livianas para que se recobren del viaje. Después de eso se esperará que ustedes pasen las horas de luz diurna en trabajo productivo. Empezarán a trabajar el día después de Navidad. Buenos días a todos.
Sin mirar atrás, subió a su carruaje y dejó a Eleazar a cargo de ellos. El hombre flaco se les acercó cuando el birlocho partió. Golpeó la palma de su mano enguantada con la siempre presente fusta y empezó a hablar.
-Esta es la forma que tiene el hacendado Swan de mostrarse blando con sus esclavos. -Su tono despectivo fue apenas detectable-. Tengan la seguridad de que yo no seré así, pero ahora debo ocuparme de otros asuntos. Serán alojados en un viejo establo cerca del pueblo hasta que vayan a los campos, y se les dará trabajo liviano en el muelle o en la plantación. Este hombre -señaló al que los custodiaba- será el capataz de ustedes. El informará de cualquier cosa a mí o a Swan. Hasta que hayan sido considerados dignos de confianza, se mantendrán cerca del establo todo el tiempo que no estén trabajando. Si todavía no lo han notado -señaló con su fusta las colinas y después la playa¬ aquí no hay lugar donde esconderse, por 1o menos por mucho tiempo. -A continuación, pareció casi apenado y dijo-: Se les dará tiempo para que descansen Y se los alimentará bien. -Con las palabras siguientes pareció animarse más-: Pero se esperará de ustedes que se ganen 1o que coman y algo más.
Bruscamente, hizo un gesto al guardia.
-Lléveselos. A todos menos a éste. -Señaló a Edward.
Cuando los otros se marcharon, se acercó a Edward y le habló en voz baja.
-Usted parece abrigar algunas dudas sobre su posición aquí.- Eleazar esperó pero Edward le devolvió la mirada en silencio, y los labios del agente se curvaron en una mueca despectiva.
-A menos que desee regresar a Inglaterra para que lo cuelguen, le advierto que le conviene mantener la boca cerrada. Los ojos de Edward no vacilaron ni él hizo ningún comentario. El hombre le había hecho un gran favor, aunque seguramente no se daba cuenta de hasta qué grado.
-Vaya con los otros -dijo Eleazar, y señaló con la cabeza hacia la fila de hombres que se alejaban. Edward se apresuró a obedecer y no le dio motivos de irritación.
Los barcos de Swan surcaban las aguas del sur y se mantenían alejados del Atlántico Norte, donde rugían fuertes tormentas y los témpanos de hielo tornaban peligrosos los viajes. Llevaban a las islas vistosas chucherías, coloridas sedas y otros productos del continente europeo y regresaban con materias primas que en el verano eran enviadas al norte. En las laderas meridionales de la isla se despejaban nuevos campos y los troncos así obtenidos eran arrojados al mar desde los acantilados para que los recogieran barcos pequeños que los llevaban a puertos más grandes, donde en los aserraderos los convertían en la tan necesaria madera aserrada.
Grupos de trabajadores se trasladaban de un campo a otro a medida que el trabajo lo requería.
Habitualmente, sus primeras tareas eran rehabilitar o construir alojamientos para los capataces y ellos mismos. La regla eran sencillas chozas con techo de paja y media pared, lo bastante sólidas para proporcionar protección de la lluvia o del constante sol.
Edward Masen fue entregado rápidamente a, uno de estos capataces. Mostrase diligente en su labor y ofreció muchas ideas para mejorar el trabajo. Fue bajo su dirección que un arroyo fue desviado hacia un canal, y ya no fue necesario arrastrar laboriosamente los troncos hasta el borde del acantilado sino que se los hizo deslizar por el canal, merced a su propio peso, de modo que llegaban rápidamente al mar, ahorrando así muchas fatigas a hombres y a mulas. El capataz quedó muy agradecido a este brillante joven, porque los trabajadores hábiles eran bastante escasos y hasta las mulas se cansaban rápidamente en el aplastante calor. El capataz mencionó el nombre del siervo en su informe a Swan.
Edward Masen fue destinado a otro grupo encargado de cosechar la caña de invierno antes de que llegaran los meses secos. Allí, les enseñó a quemar los campos, lo cual reducía la planta a un tallo chamuscado, todavía rico en jugos, a la vez que eliminaba arañas e insectos ponzoñosos que hubieran reducido aún más la cantidad de trabajadores. Modificó el pequeño trapiche para que pudiera hacerlo girar una mula en vez de la media docena de hombres -que se necesitaban habitualmente. Nuevamente el nombre de Edward apareció en los informes.
No pasó mucho tiempo antes de que sus conocimientos de maquinarias se hicieran conocidos en la isla y los capataces se lo empezaran a pasar unos a otros para que resolviera sus problemas. A veces la tarea era fácil, a veces difícil, y como sucedió con la quema de los campos, él tenía que probar la validez de sus ideas. Empero, progresaba continuamente. Su paga fue duplicada y pronto triplicada. Sus posesiones aumentaron a una mula que le entregó un comerciante de la aldea por trabajos realizados en sus momentos libres.
Por encima de todos sus talentos poseía un don especial para los caballos, y el brioso semental Attila le fue traído cojeando por un tendón desgarrado en una pata delantera. Cuando Edward Masen supo que el animal era el favorito de la hija de Swan lo cuidó amorosamente, frotó con linimento el miembro lesionado y aplicó una apretada venda. Con paciencia, hizo caminar y mimó al animal hasta que éste aprendió a comer azúcar de su mano, algo que ni siquiera había conseguido la joven ama. Le enseñó a acudir cuando el lo llamaba con un silbido especial y entonces lo declaró sano y lo envió nuevamente a la joven.
Para Bella, el regreso del caballo fue motivo de gran alegría. Ella pasaba los días cabalgando o nadando en el mar de cristal, zambulléndose bajo su superficie y en ocasiones arponeando algunos peces comestibles para añadidos a la mesa de la mansión.
Bella renovaba su amistad con la gente de Los Camellos y se ocupaba del bienestar de las familias más necesitadas. Una de sus mayores preocupaciones era que en los últimos años no habían podido encontrar un maestro para los niños, y la pequeña escuela que había construido su padre permanecía vacía. En su mayor parte, sus días deslizábanse en un perezoso idilio, como perlas en un collar. Otros barcos se detenían en Los Camellos para comerciar y sus oficiales habitualmente cenaban en la mansión y daban a Bella una excusa para vestirse apropiadamente y agasajarlos con su ingenio efervescente. Ella era la señora de la isla, la hija de Swan, y casi daba trabajo recordar constantemente a todos que ahora era la señora Cullen.-Era para ella una época dichosa, un interludio de paz con obligaciones suficientes mezcladas con el placer a fin de que no llegara a aburrirse. Los recuerdos desagradables que la habían acosado empezaban por fin a borrarse.
Una tarde, ya bien entrado febrero, Bella pidió que le preparasen a Attila. y se dispuso a realizar una agradable cabalgata. Tomó el camino central entre las colinas, cerca de los campos de caña de azúcar, muy cerca de los grupos de hombres que su padre le había advertido a menudo que eran peligrosos, aunque pocos en Los Camellos se hubieran atrevido a molestar a la hija de Swan. Sin embargo, no era prudente tentar al destino y aquí, en los cañaverales, los hombres trabajaban día por medio.
Sin embargo, Isabella era muy de aventurarse donde le diera la gana, sin pensar mucho en las consecuencias.
Era un día caluroso y los cascos de Attila levantaban nubeci1las de polvo que quedaban flotando perezosamente sobre el camino.
Después de haber pasado entre las colinas, Bella empezaba a descender la cuesta del norte cuando vio a un hombre que venía con una mula.
Por sus ropas era uno de los siervos, aunque su vestimenta había sido curiosamente alterada. llevaba el familiar sombrero de alas anchas y su camisa estaba cruzada sobre el lomo de la mula, pero tenía los pantalones arremangados por encima de las rodillas. Su espalda estaba tostada por el sol y los músculos vibrantes indicaban una fuerza ágil y pronta.
Attila resopló y sacudió la cabeza. Bella hubiera querido hacer desviar a su montura a fin de dejar paso al hombre, pero cuando se cruzó con el siervo este tendió un brazo tostado por el sol y aferró firmemente
Las riendas del caballo. En cualquier otra ocasión, Attila se hubiese revelado y apartado violentamente del desconocido, pero ahora se limitó a relinchar- y a acariciar con los belfos el brazo extendido. Bella, momentáneamente atónita por la reacción del corcel, al principio sólo pudo observar con ojos dilatados mientras el caballo acariciaba al individuo. Pero en seguida se recobró y se sintió furiosa por esta incursión en su libertad. Abrió la boca para exigir que soltara la rienda. El hombre se volvió y la ira de ella desapareció. Dejó caer la mandíbula mientras una incredulidad abrumadora le atontaba el cerebro.
- ¡Tú! -dijo, semiahogada.
Los ojos color verde la miraron burlones.
-Sí, Bella. Soy el bueno de Edward Masen, a tu servicio. Se diría que tu, amor mío, has ganado un nombre mientras que yo perdí el mío.-Sonrió con confianza-. Pero es claro que no sucede muy a menudo que un hombre pueda burlar tanto al verdugo como a su esposa.
Bella recobró algo de cordura pero con ella había cierta dosis de pánico.
- ¡Suelta! -estalló y tiró de las riendas. Hubiera querido huir, pero el peso de Edward mantuvo al corcel inmóvil. La voz de Bella se quebró por el miedo que sentía-. ¡Suelta!
-Tranquila, amor mío. -Los ojos color jade relucieron como metal duro-. Tenemos un asunto que discutir.
- ¡No! -dijo ella, casi en un chillido, casi en un sollozo. Levantó la fusta como para golpearlo pero la misma le fue arrancada de las manos y sintió que la tomaban con fuerza de la muñeca.
-Por Dios, Bella -dijo él, en tono amenazante- tú tendrás que escucharme.
Las manos de él la tomaron de la cintura Y la levantaron de la silla como si fuera una criatura, para dejarla en seguida en el suelo frente a él.
Bella luchó frenéticamente Y empujó con sus pequeñas manos enguantadas el pecho moreno y velludo que parecía llenar toda su visión. El le dio una brusca sacudida que hizo que el sombrero de Bella cayera al suelo, sobre la hierba, y que el prolijo rodete de cabellos castaños caobas, se deshiciera en una cascada que cayó sobre la espalda.
Bella finalmente se calmó y miró con fijeza dentro de esos ojos llameantes.
-Así está mejor -dijo Edward y aflojó un poco la mano con que la tenía de la muñeca.
Isabella reunió unas fuerzas que no sentía del todo y levantó su tembloroso mentón.
-¿Crees que tengo miedo de ti? -,-dijo desafiante.
Los blancos dientes relampaguearon contrastando con la piel bronceada cuando él rió, y Bella no pudo deJar de notar el parecido que él tenía con un atezado pirata. LA palidez de la cárcel había desapare¬cido, y en su lugar la piel tostada brillaba con el saludable sudor de alguien que ahora goza de su libertad.
-Sí, mi amada esposa -se burló él-. Y quizá tengas motivos. Jenkins me declaró loco después que tú me traicionaste y yo sentí un violento deseo de vengarme de mi bella esposa.
El color desapareció de las mejillas de Bella cuando las palabras de él le hicieron recordar 1o que había dicho Jasper. Con un sollozo ahogado, renovó sus esfuerzos por escapar pero debió resignarse, en silenciosa agonía, cuando los dedos de él se cerraron como una cruel tenaza.
-Quieta -ordenó Edward, Y Bella no tuvo más remedio que obedecer.
Estaba lejos de someterse aunque seguía temblando violentamente de miedo.
- ¡Si no me sueltas, gritaré hasta que te cuelguen! ¡Y esta vez no fallará! ¡Maldición! ¡Haré que toda la isla acuda a mis gritos!
-¿De veras, querida? -dijo él despreocupadamente-. ¿Y qué dirá entonces tu padre de nuestro casamiento?
Picada por el tono de él, ella replicó: - ¿Entonces qué te propones hacer? ¿Violarme?
Edward rió cáusticamente.
-No temas, Bella -dijo-. No tengo ninguna clase de urgencia. por tumbarte entre esta enmarañada maleza.
Ella estaba desconcertada. ¿ Qué quería él? ¿No sería posible comprado?
Como si le hubiera leído los pensamientos, Edward aclaró las cosas:
-y no quiero nada de las riquezas de tu padre -dijo- así que si piensas sobornarme, perderás el tiempo.
Levantó su frente atezada, miró las mejillas enrojecidas y la boca trémula de ella. Bajó la mirada y la fijó en el pecho agitado, hasta que Bella se preguntó si él podía ver a través de su traje de amazona. Bajo la mirada fija y penetrante de él, sintió que los pechos ardían y no pudo controlar su rápida respiración. Llena de vacilación, cruzó los brazos sobre, el pecho como si estuviera desnuda ante esa mirada. Edward sonrió perversamente y la miró otra vez a los ojos.
-En la cárcel -dijo- mi mente era torturada por tu belleza y no pude olvidar ni el más pequeño .detalle de ti en mis brazos. Esa imagen quedó grabada en mi memoria como si tú me hubieras marcado a fuego.
La miró un largo momento con un brillo semienloquecido en los ojos que hizo que Bella dudara de su propia cordura por haberlo buscado una vez. Entonces él sonrió y se mostró más gentil.
-Encontraré la forma de pasar entre las espinas y, arrancar la rosa -prometió.
Su mano subió por la espalda de ella hasta las ondulaciones sedosas de su cabello caoba y las tocó suavemente. Su sonrisa se amplió
en una mueca disoluta, más propia del Edward que Bella conoció en el coche. Súbitamente, ella pensó que él no estaba loco sino inclinado a la venganza. .
-No tengo intención de revelar tu secreto, Bella, pero te he dado todo lo, que me correspondía darte según el pacto. Lo único que falta es tu parte del acuerdo y, querida mía, no descansaré hasta conseguirla.
La mente de Bella giraba sin rumbos en círculos cada vez más amplios,
- ¡Nada de pactos! -gritó, irguiéndose ante él-. ¡No hay pacto! ¡Tú no has muerto!
- ¡El pacto sigue vigente! -replicó él-. Tienes mi apellido y todo lo que deseabas. Yo no tengo la culpa de que Jenkins sea codicioso. Pero quiero mi parte del convenio, toda una noche contigo como mi esposa, a solas, y sin nadie que abra la puerta para arrancarme de tu lado. -La miró fijamente-. Creo que a ti también te gustará.
-No -susurró Bella, avergonzada por el No -susurró Bella, avergonzada por el recuerdo de su propia respuesta a las caricias de él-. El matrimonio se consumó. Conténtate con eso.
Edward rió despectivamente.
-Si no eres suficiente mujer para saberlo, mi adorada inocente, apenas habíamos comenzado y de ninguna manera se consumó. Una noche entera, no menos, Bella. ¡Eso es lo que deseo!
Era mejor seguirle el juego y no irritarlo, pensó ella, por lo menos hasta que pudiera escapar, y entonces Jasper...
Edward entrecerró los ojos en gesto de advertencia.
-Aunque tu feminidad es lastimosamente escasa, Bella, yo he burlado al verdugo para encontrarte. Si lanzas en pos de mí a los perros o a ese gandul de Jasper o a tu padre, yo me les escaparé. Y te juro que vendré a reclamar lo que me debes. Y ahora, mi amante esposa...
La soltó y tomó a Attila de la brida haciéndolo volverse. Se agachó y unió las manos para que ella pisara para montar; Bella, ansiosa de alejarse, no vaciló. Puso una mano sobre el hombro musculoso de él, y se acomodó sobre la silla. Ahogó una exclamación cuando él levantó atrevidamente una mano y calzó la rodilla de ella alrededor del arzón. Isabella tomó las riendas, hizo volver al caballo y lo azuzó con el talón hasta que salieron al galope por el camino. La risa baja y burlona de Edward siguió sonando en sus oídos hasta mucho después de haberlo perdido de vista.
Frente a la gran mansión blanca, Bella detuvo el caballo y se dejó caer de la silla. Un sirviente tuvo que correr por el prado de césped hasta alcanzar al animal.
Bella pasó corriendo junto a Sue -quien se detuvo sorprendida- subió la escalera, entró en su saloncito y cerró la puerta violentamente. En seguida le echó llave para evitar cualquier intromisión. y se apoyó de espaldas, casi sin aliento.
- ¡Está vivo! -exclamó.
Arrojó sus guantes de montar sobre el pequeño escritorio y fue a su dormitorio. Dejó las botas y el traje de amazona en un descuidado montón sobre la espesa alfombra. Cubierta solamente con la delgada camisa, empezó a caminar nerviosamente de un lado a otro.
- ¡Está vivo! -exclamó-. ¡Está vivo!
Había una terrible, desagradable sensación en la boca de su estómago; sin embargo, cerca de su corazón, que palpitaba con fuerza en su pecho, florecía una curiosa sensación de júbilo, hasta de liberación. Tras el remolino de sus pensamientos, se le ocurrió que se había sentido encadenada. por la muerte de un hombre por su propio beneficio. El sueño recurrente de ese cuello musculoso retorcido por una cuerda fue borrado de su mente y la visión de un cadáver corrompiéndose en una caja de madera desapareció para no volver jamás.
-¿Pero cómo? Yo vi cuando lo sepultaron. ¿Cómo... puede... ser? Con expresión de profundo desconcierto, siguió caminando por su dormitorio y pensando en este enigma.
¿Un siervo? Eleazar era el responsable de todos los siervos que llegaban a Los Camellos. ¿Pero cómo llegó Edward? ¿En el Hampstead? No, en ese barco no llegaron siervos. ¡Solamente en el Marguerite!
¡Santo Dios! ¡Directamente debajo de sus narices! Sintió la amenaza de una risa histérica y se arrojó de espaldas a través de la cama. Se cubrió los ojos con el brazo como si quisiera anular la visión de esos sonrientes ojos color ámbar.
jueves, 26 de mayo de 2011
La Dulce Y Orgullosa Isabella
Era el veinticuatro de noviembre cuando Jasper se dirigió a Ty¬burn. No le agradaba presenciar ejecuciones y sintió la necesidad de al¬guna cosa para fortificarse. Con esto en la mente entró a una taberna y pidió a gritos un pichel de ale para animarse. Las ejecuciones atraían siempre grandes multitudes y la taberna estaba llena de individuos que aguardaban el comienzo del espectáculo. Jasper ocupó el único asiento disponible junto a un escocés pequeño, nervudo y pelirrojo que casi lo doblaba en edad. El hombre ya estaba bien lleno de ginebra y le dirigió una sonrisa tímida. Jasper no tenía intención de conversar pero el escocés se encontraba evidentemente afligido por una gran tragedia, de modo que Jasper escuchó en silencio, asintiendo de tanto en tanto mientras el otro relataba la historia de su vida. Momentos más tarde Jasper se puso súbitamente de pie, soltó un juramento, tomó un tricornio y salió de la taberna para dirigirse al cadalso. La multitud era densa y más de una vez Jasper estuvo a punto de arremeter contra grupos de personas que parecían inclinadas a cerrarle el paso Se abrió camino con los codos y llegó cerca de donde los guardias que estaban descar¬gando a los prisioneros del carromato. A ninguno de los condenados lo reconoció como a Edward Cullen. Pasó uno de los hombres del carcelero y Jasper lo tomó de la chaqueta.
- ¿Dónde está el colonial, Edward Cullen? -preguntó-. ¿No Iban a colgado hoy? ,
- ¡Suélteme, entremetido! Tengo cosas que hacer. Con una mano enorme y poderosa, Jasper atrajo al guardia hacia sí hasta que quedaron casi tocándose las narices.
- ¿Dónde está Edward Cullen? -rugió Jasper-. ¿O quiere que le arranque la cabeza?
El guardia dilató los ojos y tragó ruidosamente.
-Ha, muerto. Se lo llevaron en el carro y lo colgaron al amanecer, antes de que se juntara la multitud.
Jasper sacudió al hombre hasta hacerle rechinar los dientes.
- ¿Está seguro?
- ¡Sí! graznó el guardia-. Jenkins lo trajo de vuelta en una caja sellada para los parientes. ¡Suélteme!
Lentamente, las manos de Jasper se abrieron y el hombre, alivia¬do, volvió a tocar el suelo con los pies. Jasper se golpeó furioso una palma con un puño y soltó una maldición. Giró sobre sus talones, re¬gresó rápidamente a la taberna, abrió la puerta de un golpe y sus ojos azules, entrecerrados, recorrieron atentamente todo el salón. Pero no vio al escocés.
El viaje de regreso a Newgate fue largo y Jasper lo disfrutó toda¬vía menos que el que hiciera anteriormente. Jenkins le relató la misma historia acerca de la muerte de Edward de modo que nada pudo hacer fuera de aceptar el ataúd cerrado con' el nombre de Edward Cullen grabado a fuego en la tapa. Craddock lo ayudó a poner la caja en un carro tirado por un caballo y Jasper viajó hasta un pequeño establo abandona¬do, en las afueras de Londres. Allí, después de asegurar bien las puertas, empezó a trabajar. Arrastró hasta el carro un ataúd más pesado y orna¬mentado y lo colocó cerca del de la prisión.
Mucho más tarde Jasper tomó un cincel y alisó las cabezas de los tornillos de la tapa del ataúd ornamentado a fin de que no pudiera ser abierto sin gran dificultad. Su contenido quedé bien protegido de mira¬das indiscretas. Mientras Jasper trabajaba, una extraña sonrisa le cruza¬ba la cara de tanto en tanto, como el vuelo caprichoso de una polilla alrededor de una vela.
Jasper llevó el ataúd a un cementerio lejano, lo dejó junto a una tumba abierta e informó al rector que sería sepultado por la mañana. Después se dirigió a toda prisa a informar a su ama.
Eleazar se encontraba en la casa y Bella parecía impaciente. Jasper empezó a sentirse incómodo al no saber cómo decírselo a ella sin que Eleazar oyera.
Finalmente, Jasper habló:
-Su esposo -hizo girar su tricornio en sus manos mientras Bella ahogaba una exclamación y lo miraba con gran atención- ...su espo¬so... el señor Cullen...
Eleazar levantó las cejas con interés.
-Me he ocupado de lo necesario y el prior fijó el sepelio para dos horas después del mediodía de mañana.
Bella empezó a suspirar aliviada pero terminó con un sollozo, se cubrió el rostro y huyó. Subió la escalera, entró en su dormitorio y ce¬rró violentamente la puerta tras de sí. Un dolor sordo se le anudó dentro del pecho. Miró fijamente la cama y casi deseó que las cosas fueran di¬ferentes. Ahora su papel de viuda era verdadero. Se contempló triste¬mente en el alto espejo, aguardando una sensación de triunfo, pero extrañamente la misma no llegó.
El Marguerite, como la flor cuyo nombre llevaba, era pequeño y construido modestamente, con sencillez. Era un bergantín de dos Palos, hecho en Boston, más largo, más bajo y más esbelto que el bar¬co inglés que estaba amarrado a su lado. La carga que no cabía en sus bodegas estaba amarrada en todos los lugares disponibles. El peso de la carga hacía que el casco estuviera hundido hasta que la cubierta principal del bergantín quedaba solamente a pocos centímetros por encima de la superficie empedrada del embarcadero. Su capitán, Sam Uley, un indio, alto y fornido, tan rápido para sonreír como para ponerse ceñudo y con un ingenio muy rápido, era muy apreciado por su tri-pulación. Llevaba seis años al servicio de Swan y si tenía algún de¬fecto era su debilidad por las mujeres. Conocía cada tabla de su barco, cada hendidura y cada rincón bajo cubierta y se ocupaba que todo el espacio estuviera completamente lleno. El Marguerite era pequeño pero tenía un aspecto limpio, recién pintado, que sugería muchos cuidados y su velamen, aunque remendado en partes, era muy adecuado.
Este era el final de la temporada comercial en los climas septentrio¬nales. Las mercaderías destinadas a Los Camellos, acumuladas en el depósito de Swan, tenían que ser divididas entre Marguerite y un barco mucho más grande, el Hampstead, que zarparía en diciembre. Rollos de cuerda, brea y alquitrán irían en el barco más pequeño, junto con otras mercaderías necesarias cotidianamente. De interés especial eran cuatro barriles largos y delgados, cuidadosamente embalados y tra¬tados con mucho respeto por los cargadores. El capitán Uley verificó que fueran debidamente asegurados en la bodega principal. Swan había encargado cañones á un fabricante alemán y se rumoreaba que los mismos podían disparar dos veces más lejos que cualquier otro cañón fundido hasta entonces. El capitán la pasaría muy mal si esos cañones sufrían algún daño.
El pálido sol ya se había puesto y empezó a hacer más frío. De las aguas del Támesis se elevaban jirones de vapor. Se aceleraron los pre¬parativos finales para zarpar al día siguiente porque esos vapores se unirían y formarían una densa y peligrosa niebla que pondría fin a la labor. Los baúles de Bella fueron subidos a bordo y los más grandes quedaron en la bodega mientras que los más pequeños que contenían las cosas necesarias para el viaje fueron depositados en su cabina, reciente¬mente desocupada por el primer oficial y el piloto. Estas comodidades resultaban insuficientes; la cabina apenas proporcionaba espacio para que Isabella y Alice pudieran moverse al mismo tiempo. Como únicas muje¬res a bordo, ellas compartirían la pequeña cabina. Jasper había colocado en la puerta, del lado de adentro, un sólido pasador de hierro para limitar, la posibilidad de visitantes indeseables. Cualquier idea que los marineros hubieran podido tener acerca de las dos mujeres fue rápidamente di¬sipada, porque el servidor colgó su hamaca sobre cubierta, cerca del pasadizo que llevaba a la cabina de ellas. Aunque ahora Jasper no estaba a la vista, Bella y Alice no tenían duda de que su seguridad a bordo del barco estaba garantizada, tanto por el conocimiento de la justicia que el mismo Swan aplicaría a cualquiera que lastimara u ofendiera seriamente a su hija y la criada, como por el hecho seguro y cierto de que la venganza de Jasper caería mucho más rápidamente sobre el culpable.
La niebla había hecho que disminuyera gran parte de la actividad a bordo y empezó a percibirse una sensación de; impaciencia. Bella, de pie con Alice junto a la borda, notó el humor de la tripulación y también del capitán, pero siguió sintiéndose ansiosa por marcharse de Londres y partir de regreso a su casa. La asistencia al sepelio de Edward había sido sumamente desagradable. Le resultó difícil explicar, a Eleazar la ausencia de la familia Cullen y finalmente insistió en que ella había deseado un servicio privado y que como estaría solamente unos pocos días en Inglaterra, la familia Cullen accedió a sus deseos y concedió a la reciente novia este último privilegio con su esposo.
Era a Eleazar a quien esperaban ahora, a Eleazar y a los siervos que había ido a buscar. Desde hacía tiempo era costumbre del acepte recorrer los callejones y las posadas hasta último momento, en busca de quienes aceptaran., entrar en servidumbre como una posibilidad de librarse de la miseria de la vida en Londres. En esta época de relativa paz había abundancia de mano de obra, aunque poca de algún valor. En el pasado, algunos habían sido comprados de la prisión por deudas pero los buenos trabajadores eran aquellos que trataban de progresar y mejorar su situación. Eran éstos los que más apreciaba el patrón y a menudo él había expresado objeciones a que pusieran a un hombre en servidumbre en contra de su voluntad y severamente instruyó a Eleazar este sentido. Empero, había nuevos campos de caña de azúcar que cosechar y la necesidad de más mano de obra era urgente y aguda.
La última parte de la carga ya estaba estibada y se cerraron las escotillas para Zarpar al día siguiente. Cuando la densa niebla se exten¬dió sobre la cubierta, el suave crujir del barco y el golpear del agua contra el muelle pareció el único contacto con la realidad. En el muelle, las linternas eran pálidas islas de luz en la oscuridad circundan¬te, las linternas que colgaban en la proa del barco disminuían y aumen¬taban su luz como estrellas titilantes. De alguna parte, entre los jirones de niebla, la risa de un hombre y una aguda risita femenina sonaron fantasmales y extrañas en la oscuridad. Pero cesaron esos sonidos, el silencio volvió a cerrarse como una cosa tangible.
Aterida por el frío que atravesaba su traje de lana, Bella se envol¬vió apretadamente en la capa de terciopelo verde, levantó un mechón de cabello, y 1o acomodó en el rodete que había hecho en la
nuca. Después se cubrió la cabeza con el capuchón para protegerse de la humedad.
De abajo llegó un ruido de ruedas sobre el empedrado y Bella se inclinó sobre la borda. De la espesa bruma surgió un carro que se detuvo cerca del barco. El landó de Eleazar venía pocos metros más atrás pero los dos vehículos eran solamente sombras oscuras en medio de la niebla. Isabella tuvo que esforzar la vista para reconocer la silueta delgada y huesuda del agente de su padre, quien dirigía la descarga de los siervos. Un ruido de cadenas hizo que Bella se pusiera alerta y cuando vio que los hombres venían encadenados unos a otros, soltó, una exclamación. Las cadenas presentaban una gran dificultad porque no eran 1o suficientemente largas para permitir que un hombre des-cendiera solo. Se producían tropezones y caídas a medida que aban¬donaban el carro. Los guardias que los empujaban con sus bastones no servían para aliviar la situación, ni tampoco los insultos que profe¬rían y que herían considerablemente los oídos de Bella.
- ¿Por qué tiene que encadenarlos? -preguntó Bella mientras Alice se inclinaba sobre la borda para mirar mejor.
-No 1o sé, señora.
-Bueno, veremos si tiene una buena razón.
Isabella descendió por la planchada, muy irritada, y caminó hacia donde estaba Eleazar con deseos de dar rienda suelta a su cólera.
- ¡Señor Denalí! -llamó con tono iracundo.
El agente giró rápidamente y al ver que Bella se acercaba, se apresuró a interceptarla.
-Señora -dijo- no se acerque. Estos no son los habituales...
- ¿Qué significa esto? _preguntó Isabella Indignada, y sólo se detuvo cuando él estuvo frente a ella-. No veo la razón para tratar como cerdos a hombres buenos, señor Denalí. ¡Quíteles las cadenas! -Pero señora, no puedo.
- ¡No puede! -repitió Bella, incrédula. Puso los brazos en jarras debajo de la envolvente capa-. ¡Usted olvida su lugar, señor Denalí! ¡Cómo se atreve a decirme no!
-Señora -imploró él-, estos hombres...
-No fastidie mis oídos con excusas -replicó ella secamente-.
Si estos hombres han de ser de alguna utilidad a mi padre, no pueden ser golpeados, heridos y lastimados con cadenas. El viaje ya será bas¬tante duro para ellos. El hombre objetó y medio imploró:
-Señora, no, puedo dejados libres aquí, en el muelle. He pagado por ellos con buen dinero de su padre y la mayoría huirían si se les diera la oportunidad. Por lo menos, déjeme que los...
-Señor Denalí -dijo Bella en tono firme, pero autoritaria¬mente calmo-. He dicho que los suelte. ¡Ahora!
- ¡Pero, señora Cullen!
Súbitamente, uno de los siervos encadenados se detuvo en mi¬tad de un paso y los otros que iban con él cayeron cuando sus cadenas les tironearon de los tobillos. Un guardia gritó y corrió hacia él.
- ¡Eh, tú, maldito mendigo! Muévete. ¿Crees que estás dando un paseo por Covent Gárden?
Levantó su bastón para castigar al encadenado y su mirada se cruzó con la de Bella. Ella giró furiosa, el capuchón cayó sobre sus hombros y el siervo retrocedió y Se cubrió la cabeza con los brazos, como si le temiera más a ella que a cualquier garrote que pudiera usar su torturador.
- ¡Usted está maltratando la propiedad de mi padre! dijo Bella, indignada por la audacia del guardia. Dio un paso como si fuera a intervenir¬ personalmente pero Eleazar la tomó de un brazo
-Señora, no se confíe en estos hombres-dijo él, con preocupa¬ción sincera porque sabía que sería severamente castigado si la hija de Swan sufría algún daño-. Son unos desesperados s Y podrían...
Isabella, hirviendo de furia, enfrentó al agente. Su tono .fue grave e hiriente.
-¡Quíteme la mano de encima! -exigió.
Con un gesto de impotencia, Eleazar asintió y obedeció.
-Señora Cullen -dijo- su padre me encargó de su seguridad...
Mi padre lo expulsaría de Los Camellos si supiera la forma en que trata usted a estos hombres -replicó Bella-. No me tiente a infor¬mar a mi padre, señor Denalí.
Eleazar endureció su mandíbula.
-A la señora le han crecido espuelas desde su casamiento -dijo.
-Ajá -repuso Isabella con decisión- Y son filosas. Tenga cuidado de que no lo hieran.
-Me intriga, señora, el hecho de que siempre se muestre dispuesta contra mi. ¿Acaso no sigo las instrucciones de su padre?
-Sólo que demasiado bien -respondió ella cáusticamente.
-Entonces, señora, ¿qué tiene ello de malo? -dijo él, con sus ojos de halcón fijos en los de ella.
-Lo malo está en lo que usted hace para cumplir las órdenes de mi padre -dijo ella vivamente-. Si tuviera usted un poco de decencia...
Eleazar enarcó las cejas burlonamente.
-¿Cómo su difunto esposo, señora?
El primer impulso de Bella fue abofetearlo. Sentíase llena de un desprecio casi incontrolable hacia ese hombre y las palabras no hu¬bieran bastado para expresar lo que ella quería decir.
Miró severamente al guardia que estaba detrás de Eleazar, en actitud ahora menos amena¬zadora y con los brazos colgando a los lados. Al ciervo encadenado ape¬nas se lo veía pues se había retirado hacia donde estaban sus compañeros, como para ponerse fuera de peligro.
Un grito llegó desde el barco y el capitán Uley saltó por la planchada y se reunió con ellos. Bella se volvió.
- ¡Por todos los chamanes! ¿Qué es esto? -preguntó el capitán.
Vio a los hombres encadenados que parecían aguardar en silencio y rápidamente comprendió la situación.
- ¡Ustedes! -dijo agitando los brazos hacia los guardias!. Lleven estos hombres a bordo. El piloto los dirigirá. ¡Váyanse ahora!
El rostro oscuro del capitán Uley se iluminó con una amplia sonrisa cuando enfrentó a Bella. Se quitó el tricornio emplumado y se, inclinó ceremoniosamente.
-Señora Cullen, usted no debería estar aquí, en el muelle
-la amonestó muy tiernamente-. ¡Y ciertamente, no cerca de estos sucios miserables!
Bella imploró taimadamente, tanto con el tono de su voz como con la mirada:
-Capitán Uley, no puedo tolerar las cadenas y querría ver que estos pobres hombres sean tratados más razonablemente.-Hizo una pausa hasta que el último de los encadenados hubo subido a bordo; y entonces continuó-: Ahora ellos están en, su barco, capitán. Le ruego que haga cortar las cadenas y que se asegure de que serán bien tratados.
- ¡Señora! –La boca de él apuntó hacia arriba cuando él sonrió, y sus ojos negros se encendieron con cálidas luces-:
No puedo negarme. Me ocuparé de ello inmediatamente.
- ¡Señor! -El cortante ladrido de Eleazar lo detuvo-. ¡Se lo advierto! Están a cargo mío y yo daré las órdenes...
El capitán Uley levantó una mano para interrumpirlo y miró nuevamente esos ojos suaves e implorantes de color marron chocolate.
- ¡La señora Cullen tiene razón! -dijo galantemente-.
Ningún hombre debería ser cargado con cadenas de hierro. Con la sal los eslabones herirían la piel y las llagas demorarían semanas para sanar.
El indio tomó impulsivamente la pequeña mano de Bella y la besó con fervor.
-Me ocuparé de satisfacer sus deseos, señora -dijo y se alejó a toda prisa.
Eleazar resopló disgustado pero supo que había perdido. Giró sobre los talones y se alejó.
Contenta con su victoria, Bella lo vio alejarse y una sonrisa de satisfacción curvó, sus hermosos labios. Pero al percatarse de que ahora se hallaba sola en el muelle, recogió su falda y empezó correr hacia el bar¬co. Unas fuertes pisadas la siguieron y cuando ella, con el corazón pal¬pitándole violentamente, se volvió, encontró a Jasper a sus espaldas. Después de todo, no había nada que temer, pero fue la sonrisa lenta y divertida de Jasper mientras miraba alejarse a Eleazar lo que le dio motivos de desconcierto.
Mucho antes del amanecer Bella fue despertada por el sonido de voces en la cubierta principal. Todavía amodorrada por el sueño, levantó la cabeza de la almohada pero no vio luz de la mañana por las pequeñas ventanas de la cabina.
Más gritos llegados desde arriba le indicaron que el barco estaba siendo llevado, por medio de la ca-dena del ancla, hacia la corriente principal del Támesis. Con un ligero balanceo, el barco quedó libre y en seguida se afirmo cuando fueron izadas las velas para aprovechar la brisa de, la madrugada que soplaba hacia el mar. Con el suave balanceo del barco, Bella pronto volvió a hundirse profundamente en el sueño. .
La primera noche de la travesía, Isabella fue formalmente invitada a compartir la mesa del capitán con varios de los oficiales y Eleazar . Durante las semanas siguientes ello se convirtió en una rutina y muy a menudo en el mejor momento del día. Servía para romper la mono¬tonía del viaje. cada vez que el grupo se reunía para la comida de la no¬che, compartir unas copas de vino de la fina y variada provisión y charlar un poco. El cocinero francés era un hombre de considerable talento y las comidas eran servidas con una agradable nota de decoro por un joven muchacho inmaculadamente vestido de blanco. Habiéndose relacionado con el capitán y sus oficiales durante varios días, Bella disfrutaba de esos momentos y desplegaba su ingenio más vivo y encantador frente a las caballerescas atenciones de ellos. Sin embargo, Eleazar se mostraba renuente a participar en estas reuniones. Hubiera podido abstenerse completamente pero sus únicas otras opciones eran cenar con la tripula¬ción o a solas sobre cubierta. Solía gruñir en protesta ante la abundancia de la comida y tuvo la grosería de comentar, después que hubieran sido servidos siete platos de deliciosas viandas y cuando estaban disfrutando de un postre de frutas abrillantadas y almendras azucaradas, que él hubie¬ra preferido un buen guiso de riñones galés. Su comentario fue recibido con miradas en blanco de los otros comensales.
Era la noche del tercer domingo de viaje, después de un día hermo¬so y radiante. El bergantín navegaba ligeramente a sotavento y una brisa regular llenaba sus velas. Isabella se sentía alegre cuando se diri¬gió a la cabina del capitán para la acostumbrada comida nocturna. Con el pequeño navío cada vez más cerca de su casa, ella sentía una creciente expectativa. El sol se había puesto pero lo reemplazaba una brillante luna nueva. El aire era tibio y perfumado, porque se encontra¬ba cerca de los climas del sur.
Desde alguna parte bajo cubierta podía oírse una voz que cantaba en un rico registro de barítono. La canción seguía el ritmo lento y suave balanceo del Matguerite, que seguía tejiendo millas con su quilla. La brisa se llevaba las palabras de la canción y las dispersaba sobre el mar, pero a veces los versos llegaban claramente a cubierta, a los oídos de Bella .
Isabella miró pensativa el cielo estrellado mientras la melodía iba invadiéndola, y casi pudo imaginar al amor de su propio corazón, sin rostro y sin nombre, llamándola mientras se le acercaba sobre las aguas. Cierta extraña cualidad de esa voz la fascinaba con su magia y ella se dejó acunar por ese hechizo a medida que las palabras eran en¬ tonadas:
Cuando estoy solo con mi corazón
En la negra noche. O el inmenso mar
Mis pasos encuentran a la luz del amor
El camino que me lleva hacia ti.
Unos brazos tibios y fantasmales parecieron rodearla y Bella cerró extasiada los ojos. En su mente oyó un ronco susurro: "Entrégate a mí. Entrégate a mí", y sus sentidos giraron en vertiginoso deleite. La visión se agigantó y se convirtió en unos ojos jade y un rostro her¬moso. " ¡Maldita perra tramposa!".
La ilusión destrozada, Bella abrió los ojos. Juró entre dientes, dio media vuelta y se dirigió a la cabina del capitán llamó a la puerta y la misma se abrió inmediatamente y el hombre moreno se inclinó en una extravagante reverencia.
- Aaahhh, señora Cullen! Está usted demasiado radiante para describirla con meras palabras -exclamó el capitán Uley-. Soy su humilde servidor, señora, ahora y siempre. Entre. Entre.
Bella se obligó a sonreír y entró. Pero en seguida se detuvo sor¬prendida al percatarse de que ella y el capitán estaban solos en la cabina, con la excepción del muchacho que aguardaba pacientemente para servirles.
- ¿No hay nadie más esta noche? -preguntó extrañada.
Sam Uley la miró con ojos brillantes y se acarició su fuerte mentón.
.
-Mis oficiales tienen obligaciones que los retienen en otra parte, señora Cullen.
- ¿Y el señor Denalí ? –Bella lo miró con cierta irritación y se preguntó qué pretexto tendría el capitán para la ausencia de Eleazar.
-Ah... él... –Sam Uley rió y se alzó de hombros-. Descubrió que la tripulación estaba comiendo carne salada y frijoles y convenció al cocinero de que le enviara un plato.
De modo, que señora ... ah... -Aparentó tener dificultades con el nombre de ella Y, en seguida trató de tomarle una mano Y dijo, en tono zalamero-: ¿Puedo dirigirme a usted por su apellido de soltera, Bella?
Con una sonrisa triste, Bella retiró firmemente la mano. Sin¬tió curiosidad por lo que pensaría la señora Uley de las inclinaciones amorosas de su marido y su evidente imparcial afición a las mujeres. Prefirió dejar la dura disciplina a cargo de esa mujer en vez de hacer una escena embarazosa, se mostró indulgente con el hombre Y habló con gracia.
-Capitán Uley , conocí a mi esposo sólo por muy breve tiempo Y lo perdí hace menos de un mes. El trato que usted propone me resul¬taría demasiado penoso. Por favor, discúlpeme. Vine aquí buscando la compañía de muchos a fin de enmascarar mi dolor. Le ruego que perdo¬ne mi duelo. Mi marido tenía modales encantadores Y usted ha desper¬tado recuerdos de momentos felices que compartimos, aunque fueran tan breves. Si me excusa esta noche, señor, debo buscar tranquilidad en otra parte.
Sam hizo ademán de seguirla pero Bella alzó una mano para detenerlo.
-No, capitán. Hasta para la soledad hay momentos. -Su voz tem¬bló tristemente mientras el aroma que flotaba en la cabina la hizo recor¬dar el hambre que sentía-. Pero hay una cosa...
El capitán Uley asintió ansiosamente con el cabeza, deseoso de complacerla.
- ¿Podría enviar más, tarde, a mi cabina, un plato de cualquier cosa? Sin duda, para entonces podré soportar la vista de la comida.
Hizo una deliciosa reverencia Y cuando se irguió los ángulos de su hermosa boca sonrió traviesa mente.
-Déle saludos míos a su, esposa cuando lleguemos a Los Camellos, capitán.
Antes de que él pudiera recobrarse, Bella huyó Y cerró violenta¬mente la puerta tras de sí. El sonido de sus pisadas apresuradas resonó en la quietud del pasadizo pero ella respiró aliviada cuando estuvo nuevamente sobre cubierta Y vio a Jasper.
El estaba alimentándose con una buena porción de carne salada, galletas marineras y frijoles. Cuando apareció ella, él levantó la vista de su plato, la miró un momento Y en seguida asintió, sin necesidad de explicaciones para comprender la razón de la huida de ella de la cabina del capitán. La fuerte inclinación de Sam uley hacia las mujeres no era un secreto entre los hombres de Los Camellos.
Bella caminó pensativamente a través de la cubierta hacia el lado de sotavento de la nave. Las nubes adquirían tonos oscuros con bordes de plata cuando pasaban entre la alta luna y el mar suavemente ondulado. Las leves brisas acariciaron a Bella. La noche era serena, silenciosa sal¬vo por el ruido del agua al pasar debajo del casco, Y el crujir de cordajes y mástiles. El barco parecía cantar una canción propia, un rítmico susurro de sonidos acompasado con el ligero subir y bajar del casco cuando pasaba sobre las olas.
Bella soltó un largo suspiro Y se apartó de la borda. Pese a todo su previo buen humor, ahora sentíase pensativa Y solitaria, como si la no¬che hubiera perdido su sabor. La voz proveniente de abajo le había arre¬batado su felicidad y ahora sólo pudo preguntarse cómo hubiera sido compartir un lecho nupcial durante toda una larga noche.
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- ¿Dónde está el colonial, Edward Cullen? -preguntó-. ¿No Iban a colgado hoy? ,
- ¡Suélteme, entremetido! Tengo cosas que hacer. Con una mano enorme y poderosa, Jasper atrajo al guardia hacia sí hasta que quedaron casi tocándose las narices.
- ¿Dónde está Edward Cullen? -rugió Jasper-. ¿O quiere que le arranque la cabeza?
El guardia dilató los ojos y tragó ruidosamente.
-Ha, muerto. Se lo llevaron en el carro y lo colgaron al amanecer, antes de que se juntara la multitud.
Jasper sacudió al hombre hasta hacerle rechinar los dientes.
- ¿Está seguro?
- ¡Sí! graznó el guardia-. Jenkins lo trajo de vuelta en una caja sellada para los parientes. ¡Suélteme!
Lentamente, las manos de Jasper se abrieron y el hombre, alivia¬do, volvió a tocar el suelo con los pies. Jasper se golpeó furioso una palma con un puño y soltó una maldición. Giró sobre sus talones, re¬gresó rápidamente a la taberna, abrió la puerta de un golpe y sus ojos azules, entrecerrados, recorrieron atentamente todo el salón. Pero no vio al escocés.
El viaje de regreso a Newgate fue largo y Jasper lo disfrutó toda¬vía menos que el que hiciera anteriormente. Jenkins le relató la misma historia acerca de la muerte de Edward de modo que nada pudo hacer fuera de aceptar el ataúd cerrado con' el nombre de Edward Cullen grabado a fuego en la tapa. Craddock lo ayudó a poner la caja en un carro tirado por un caballo y Jasper viajó hasta un pequeño establo abandona¬do, en las afueras de Londres. Allí, después de asegurar bien las puertas, empezó a trabajar. Arrastró hasta el carro un ataúd más pesado y orna¬mentado y lo colocó cerca del de la prisión.
Mucho más tarde Jasper tomó un cincel y alisó las cabezas de los tornillos de la tapa del ataúd ornamentado a fin de que no pudiera ser abierto sin gran dificultad. Su contenido quedé bien protegido de mira¬das indiscretas. Mientras Jasper trabajaba, una extraña sonrisa le cruza¬ba la cara de tanto en tanto, como el vuelo caprichoso de una polilla alrededor de una vela.
Jasper llevó el ataúd a un cementerio lejano, lo dejó junto a una tumba abierta e informó al rector que sería sepultado por la mañana. Después se dirigió a toda prisa a informar a su ama.
Eleazar se encontraba en la casa y Bella parecía impaciente. Jasper empezó a sentirse incómodo al no saber cómo decírselo a ella sin que Eleazar oyera.
Finalmente, Jasper habló:
-Su esposo -hizo girar su tricornio en sus manos mientras Bella ahogaba una exclamación y lo miraba con gran atención- ...su espo¬so... el señor Cullen...
Eleazar levantó las cejas con interés.
-Me he ocupado de lo necesario y el prior fijó el sepelio para dos horas después del mediodía de mañana.
Bella empezó a suspirar aliviada pero terminó con un sollozo, se cubrió el rostro y huyó. Subió la escalera, entró en su dormitorio y ce¬rró violentamente la puerta tras de sí. Un dolor sordo se le anudó dentro del pecho. Miró fijamente la cama y casi deseó que las cosas fueran di¬ferentes. Ahora su papel de viuda era verdadero. Se contempló triste¬mente en el alto espejo, aguardando una sensación de triunfo, pero extrañamente la misma no llegó.
El Marguerite, como la flor cuyo nombre llevaba, era pequeño y construido modestamente, con sencillez. Era un bergantín de dos Palos, hecho en Boston, más largo, más bajo y más esbelto que el bar¬co inglés que estaba amarrado a su lado. La carga que no cabía en sus bodegas estaba amarrada en todos los lugares disponibles. El peso de la carga hacía que el casco estuviera hundido hasta que la cubierta principal del bergantín quedaba solamente a pocos centímetros por encima de la superficie empedrada del embarcadero. Su capitán, Sam Uley, un indio, alto y fornido, tan rápido para sonreír como para ponerse ceñudo y con un ingenio muy rápido, era muy apreciado por su tri-pulación. Llevaba seis años al servicio de Swan y si tenía algún de¬fecto era su debilidad por las mujeres. Conocía cada tabla de su barco, cada hendidura y cada rincón bajo cubierta y se ocupaba que todo el espacio estuviera completamente lleno. El Marguerite era pequeño pero tenía un aspecto limpio, recién pintado, que sugería muchos cuidados y su velamen, aunque remendado en partes, era muy adecuado.
Este era el final de la temporada comercial en los climas septentrio¬nales. Las mercaderías destinadas a Los Camellos, acumuladas en el depósito de Swan, tenían que ser divididas entre Marguerite y un barco mucho más grande, el Hampstead, que zarparía en diciembre. Rollos de cuerda, brea y alquitrán irían en el barco más pequeño, junto con otras mercaderías necesarias cotidianamente. De interés especial eran cuatro barriles largos y delgados, cuidadosamente embalados y tra¬tados con mucho respeto por los cargadores. El capitán Uley verificó que fueran debidamente asegurados en la bodega principal. Swan había encargado cañones á un fabricante alemán y se rumoreaba que los mismos podían disparar dos veces más lejos que cualquier otro cañón fundido hasta entonces. El capitán la pasaría muy mal si esos cañones sufrían algún daño.
El pálido sol ya se había puesto y empezó a hacer más frío. De las aguas del Támesis se elevaban jirones de vapor. Se aceleraron los pre¬parativos finales para zarpar al día siguiente porque esos vapores se unirían y formarían una densa y peligrosa niebla que pondría fin a la labor. Los baúles de Bella fueron subidos a bordo y los más grandes quedaron en la bodega mientras que los más pequeños que contenían las cosas necesarias para el viaje fueron depositados en su cabina, reciente¬mente desocupada por el primer oficial y el piloto. Estas comodidades resultaban insuficientes; la cabina apenas proporcionaba espacio para que Isabella y Alice pudieran moverse al mismo tiempo. Como únicas muje¬res a bordo, ellas compartirían la pequeña cabina. Jasper había colocado en la puerta, del lado de adentro, un sólido pasador de hierro para limitar, la posibilidad de visitantes indeseables. Cualquier idea que los marineros hubieran podido tener acerca de las dos mujeres fue rápidamente di¬sipada, porque el servidor colgó su hamaca sobre cubierta, cerca del pasadizo que llevaba a la cabina de ellas. Aunque ahora Jasper no estaba a la vista, Bella y Alice no tenían duda de que su seguridad a bordo del barco estaba garantizada, tanto por el conocimiento de la justicia que el mismo Swan aplicaría a cualquiera que lastimara u ofendiera seriamente a su hija y la criada, como por el hecho seguro y cierto de que la venganza de Jasper caería mucho más rápidamente sobre el culpable.
La niebla había hecho que disminuyera gran parte de la actividad a bordo y empezó a percibirse una sensación de; impaciencia. Bella, de pie con Alice junto a la borda, notó el humor de la tripulación y también del capitán, pero siguió sintiéndose ansiosa por marcharse de Londres y partir de regreso a su casa. La asistencia al sepelio de Edward había sido sumamente desagradable. Le resultó difícil explicar, a Eleazar la ausencia de la familia Cullen y finalmente insistió en que ella había deseado un servicio privado y que como estaría solamente unos pocos días en Inglaterra, la familia Cullen accedió a sus deseos y concedió a la reciente novia este último privilegio con su esposo.
Era a Eleazar a quien esperaban ahora, a Eleazar y a los siervos que había ido a buscar. Desde hacía tiempo era costumbre del acepte recorrer los callejones y las posadas hasta último momento, en busca de quienes aceptaran., entrar en servidumbre como una posibilidad de librarse de la miseria de la vida en Londres. En esta época de relativa paz había abundancia de mano de obra, aunque poca de algún valor. En el pasado, algunos habían sido comprados de la prisión por deudas pero los buenos trabajadores eran aquellos que trataban de progresar y mejorar su situación. Eran éstos los que más apreciaba el patrón y a menudo él había expresado objeciones a que pusieran a un hombre en servidumbre en contra de su voluntad y severamente instruyó a Eleazar este sentido. Empero, había nuevos campos de caña de azúcar que cosechar y la necesidad de más mano de obra era urgente y aguda.
La última parte de la carga ya estaba estibada y se cerraron las escotillas para Zarpar al día siguiente. Cuando la densa niebla se exten¬dió sobre la cubierta, el suave crujir del barco y el golpear del agua contra el muelle pareció el único contacto con la realidad. En el muelle, las linternas eran pálidas islas de luz en la oscuridad circundan¬te, las linternas que colgaban en la proa del barco disminuían y aumen¬taban su luz como estrellas titilantes. De alguna parte, entre los jirones de niebla, la risa de un hombre y una aguda risita femenina sonaron fantasmales y extrañas en la oscuridad. Pero cesaron esos sonidos, el silencio volvió a cerrarse como una cosa tangible.
Aterida por el frío que atravesaba su traje de lana, Bella se envol¬vió apretadamente en la capa de terciopelo verde, levantó un mechón de cabello, y 1o acomodó en el rodete que había hecho en la
nuca. Después se cubrió la cabeza con el capuchón para protegerse de la humedad.
De abajo llegó un ruido de ruedas sobre el empedrado y Bella se inclinó sobre la borda. De la espesa bruma surgió un carro que se detuvo cerca del barco. El landó de Eleazar venía pocos metros más atrás pero los dos vehículos eran solamente sombras oscuras en medio de la niebla. Isabella tuvo que esforzar la vista para reconocer la silueta delgada y huesuda del agente de su padre, quien dirigía la descarga de los siervos. Un ruido de cadenas hizo que Bella se pusiera alerta y cuando vio que los hombres venían encadenados unos a otros, soltó, una exclamación. Las cadenas presentaban una gran dificultad porque no eran 1o suficientemente largas para permitir que un hombre des-cendiera solo. Se producían tropezones y caídas a medida que aban¬donaban el carro. Los guardias que los empujaban con sus bastones no servían para aliviar la situación, ni tampoco los insultos que profe¬rían y que herían considerablemente los oídos de Bella.
- ¿Por qué tiene que encadenarlos? -preguntó Bella mientras Alice se inclinaba sobre la borda para mirar mejor.
-No 1o sé, señora.
-Bueno, veremos si tiene una buena razón.
Isabella descendió por la planchada, muy irritada, y caminó hacia donde estaba Eleazar con deseos de dar rienda suelta a su cólera.
- ¡Señor Denalí! -llamó con tono iracundo.
El agente giró rápidamente y al ver que Bella se acercaba, se apresuró a interceptarla.
-Señora -dijo- no se acerque. Estos no son los habituales...
- ¿Qué significa esto? _preguntó Isabella Indignada, y sólo se detuvo cuando él estuvo frente a ella-. No veo la razón para tratar como cerdos a hombres buenos, señor Denalí. ¡Quíteles las cadenas! -Pero señora, no puedo.
- ¡No puede! -repitió Bella, incrédula. Puso los brazos en jarras debajo de la envolvente capa-. ¡Usted olvida su lugar, señor Denalí! ¡Cómo se atreve a decirme no!
-Señora -imploró él-, estos hombres...
-No fastidie mis oídos con excusas -replicó ella secamente-.
Si estos hombres han de ser de alguna utilidad a mi padre, no pueden ser golpeados, heridos y lastimados con cadenas. El viaje ya será bas¬tante duro para ellos. El hombre objetó y medio imploró:
-Señora, no, puedo dejados libres aquí, en el muelle. He pagado por ellos con buen dinero de su padre y la mayoría huirían si se les diera la oportunidad. Por lo menos, déjeme que los...
-Señor Denalí -dijo Bella en tono firme, pero autoritaria¬mente calmo-. He dicho que los suelte. ¡Ahora!
- ¡Pero, señora Cullen!
Súbitamente, uno de los siervos encadenados se detuvo en mi¬tad de un paso y los otros que iban con él cayeron cuando sus cadenas les tironearon de los tobillos. Un guardia gritó y corrió hacia él.
- ¡Eh, tú, maldito mendigo! Muévete. ¿Crees que estás dando un paseo por Covent Gárden?
Levantó su bastón para castigar al encadenado y su mirada se cruzó con la de Bella. Ella giró furiosa, el capuchón cayó sobre sus hombros y el siervo retrocedió y Se cubrió la cabeza con los brazos, como si le temiera más a ella que a cualquier garrote que pudiera usar su torturador.
- ¡Usted está maltratando la propiedad de mi padre! dijo Bella, indignada por la audacia del guardia. Dio un paso como si fuera a intervenir¬ personalmente pero Eleazar la tomó de un brazo
-Señora, no se confíe en estos hombres-dijo él, con preocupa¬ción sincera porque sabía que sería severamente castigado si la hija de Swan sufría algún daño-. Son unos desesperados s Y podrían...
Isabella, hirviendo de furia, enfrentó al agente. Su tono .fue grave e hiriente.
-¡Quíteme la mano de encima! -exigió.
Con un gesto de impotencia, Eleazar asintió y obedeció.
-Señora Cullen -dijo- su padre me encargó de su seguridad...
Mi padre lo expulsaría de Los Camellos si supiera la forma en que trata usted a estos hombres -replicó Bella-. No me tiente a infor¬mar a mi padre, señor Denalí.
Eleazar endureció su mandíbula.
-A la señora le han crecido espuelas desde su casamiento -dijo.
-Ajá -repuso Isabella con decisión- Y son filosas. Tenga cuidado de que no lo hieran.
-Me intriga, señora, el hecho de que siempre se muestre dispuesta contra mi. ¿Acaso no sigo las instrucciones de su padre?
-Sólo que demasiado bien -respondió ella cáusticamente.
-Entonces, señora, ¿qué tiene ello de malo? -dijo él, con sus ojos de halcón fijos en los de ella.
-Lo malo está en lo que usted hace para cumplir las órdenes de mi padre -dijo ella vivamente-. Si tuviera usted un poco de decencia...
Eleazar enarcó las cejas burlonamente.
-¿Cómo su difunto esposo, señora?
El primer impulso de Bella fue abofetearlo. Sentíase llena de un desprecio casi incontrolable hacia ese hombre y las palabras no hu¬bieran bastado para expresar lo que ella quería decir.
Miró severamente al guardia que estaba detrás de Eleazar, en actitud ahora menos amena¬zadora y con los brazos colgando a los lados. Al ciervo encadenado ape¬nas se lo veía pues se había retirado hacia donde estaban sus compañeros, como para ponerse fuera de peligro.
Un grito llegó desde el barco y el capitán Uley saltó por la planchada y se reunió con ellos. Bella se volvió.
- ¡Por todos los chamanes! ¿Qué es esto? -preguntó el capitán.
Vio a los hombres encadenados que parecían aguardar en silencio y rápidamente comprendió la situación.
- ¡Ustedes! -dijo agitando los brazos hacia los guardias!. Lleven estos hombres a bordo. El piloto los dirigirá. ¡Váyanse ahora!
El rostro oscuro del capitán Uley se iluminó con una amplia sonrisa cuando enfrentó a Bella. Se quitó el tricornio emplumado y se, inclinó ceremoniosamente.
-Señora Cullen, usted no debería estar aquí, en el muelle
-la amonestó muy tiernamente-. ¡Y ciertamente, no cerca de estos sucios miserables!
Bella imploró taimadamente, tanto con el tono de su voz como con la mirada:
-Capitán Uley, no puedo tolerar las cadenas y querría ver que estos pobres hombres sean tratados más razonablemente.-Hizo una pausa hasta que el último de los encadenados hubo subido a bordo; y entonces continuó-: Ahora ellos están en, su barco, capitán. Le ruego que haga cortar las cadenas y que se asegure de que serán bien tratados.
- ¡Señora! –La boca de él apuntó hacia arriba cuando él sonrió, y sus ojos negros se encendieron con cálidas luces-:
No puedo negarme. Me ocuparé de ello inmediatamente.
- ¡Señor! -El cortante ladrido de Eleazar lo detuvo-. ¡Se lo advierto! Están a cargo mío y yo daré las órdenes...
El capitán Uley levantó una mano para interrumpirlo y miró nuevamente esos ojos suaves e implorantes de color marron chocolate.
- ¡La señora Cullen tiene razón! -dijo galantemente-.
Ningún hombre debería ser cargado con cadenas de hierro. Con la sal los eslabones herirían la piel y las llagas demorarían semanas para sanar.
El indio tomó impulsivamente la pequeña mano de Bella y la besó con fervor.
-Me ocuparé de satisfacer sus deseos, señora -dijo y se alejó a toda prisa.
Eleazar resopló disgustado pero supo que había perdido. Giró sobre los talones y se alejó.
Contenta con su victoria, Bella lo vio alejarse y una sonrisa de satisfacción curvó, sus hermosos labios. Pero al percatarse de que ahora se hallaba sola en el muelle, recogió su falda y empezó correr hacia el bar¬co. Unas fuertes pisadas la siguieron y cuando ella, con el corazón pal¬pitándole violentamente, se volvió, encontró a Jasper a sus espaldas. Después de todo, no había nada que temer, pero fue la sonrisa lenta y divertida de Jasper mientras miraba alejarse a Eleazar lo que le dio motivos de desconcierto.
Mucho antes del amanecer Bella fue despertada por el sonido de voces en la cubierta principal. Todavía amodorrada por el sueño, levantó la cabeza de la almohada pero no vio luz de la mañana por las pequeñas ventanas de la cabina.
Más gritos llegados desde arriba le indicaron que el barco estaba siendo llevado, por medio de la ca-dena del ancla, hacia la corriente principal del Támesis. Con un ligero balanceo, el barco quedó libre y en seguida se afirmo cuando fueron izadas las velas para aprovechar la brisa de, la madrugada que soplaba hacia el mar. Con el suave balanceo del barco, Bella pronto volvió a hundirse profundamente en el sueño. .
La primera noche de la travesía, Isabella fue formalmente invitada a compartir la mesa del capitán con varios de los oficiales y Eleazar . Durante las semanas siguientes ello se convirtió en una rutina y muy a menudo en el mejor momento del día. Servía para romper la mono¬tonía del viaje. cada vez que el grupo se reunía para la comida de la no¬che, compartir unas copas de vino de la fina y variada provisión y charlar un poco. El cocinero francés era un hombre de considerable talento y las comidas eran servidas con una agradable nota de decoro por un joven muchacho inmaculadamente vestido de blanco. Habiéndose relacionado con el capitán y sus oficiales durante varios días, Bella disfrutaba de esos momentos y desplegaba su ingenio más vivo y encantador frente a las caballerescas atenciones de ellos. Sin embargo, Eleazar se mostraba renuente a participar en estas reuniones. Hubiera podido abstenerse completamente pero sus únicas otras opciones eran cenar con la tripula¬ción o a solas sobre cubierta. Solía gruñir en protesta ante la abundancia de la comida y tuvo la grosería de comentar, después que hubieran sido servidos siete platos de deliciosas viandas y cuando estaban disfrutando de un postre de frutas abrillantadas y almendras azucaradas, que él hubie¬ra preferido un buen guiso de riñones galés. Su comentario fue recibido con miradas en blanco de los otros comensales.
Era la noche del tercer domingo de viaje, después de un día hermo¬so y radiante. El bergantín navegaba ligeramente a sotavento y una brisa regular llenaba sus velas. Isabella se sentía alegre cuando se diri¬gió a la cabina del capitán para la acostumbrada comida nocturna. Con el pequeño navío cada vez más cerca de su casa, ella sentía una creciente expectativa. El sol se había puesto pero lo reemplazaba una brillante luna nueva. El aire era tibio y perfumado, porque se encontra¬ba cerca de los climas del sur.
Desde alguna parte bajo cubierta podía oírse una voz que cantaba en un rico registro de barítono. La canción seguía el ritmo lento y suave balanceo del Matguerite, que seguía tejiendo millas con su quilla. La brisa se llevaba las palabras de la canción y las dispersaba sobre el mar, pero a veces los versos llegaban claramente a cubierta, a los oídos de Bella .
Isabella miró pensativa el cielo estrellado mientras la melodía iba invadiéndola, y casi pudo imaginar al amor de su propio corazón, sin rostro y sin nombre, llamándola mientras se le acercaba sobre las aguas. Cierta extraña cualidad de esa voz la fascinaba con su magia y ella se dejó acunar por ese hechizo a medida que las palabras eran en¬ tonadas:
Cuando estoy solo con mi corazón
En la negra noche. O el inmenso mar
Mis pasos encuentran a la luz del amor
El camino que me lleva hacia ti.
Unos brazos tibios y fantasmales parecieron rodearla y Bella cerró extasiada los ojos. En su mente oyó un ronco susurro: "Entrégate a mí. Entrégate a mí", y sus sentidos giraron en vertiginoso deleite. La visión se agigantó y se convirtió en unos ojos jade y un rostro her¬moso. " ¡Maldita perra tramposa!".
La ilusión destrozada, Bella abrió los ojos. Juró entre dientes, dio media vuelta y se dirigió a la cabina del capitán llamó a la puerta y la misma se abrió inmediatamente y el hombre moreno se inclinó en una extravagante reverencia.
- Aaahhh, señora Cullen! Está usted demasiado radiante para describirla con meras palabras -exclamó el capitán Uley-. Soy su humilde servidor, señora, ahora y siempre. Entre. Entre.
Bella se obligó a sonreír y entró. Pero en seguida se detuvo sor¬prendida al percatarse de que ella y el capitán estaban solos en la cabina, con la excepción del muchacho que aguardaba pacientemente para servirles.
- ¿No hay nadie más esta noche? -preguntó extrañada.
Sam Uley la miró con ojos brillantes y se acarició su fuerte mentón.
.
-Mis oficiales tienen obligaciones que los retienen en otra parte, señora Cullen.
- ¿Y el señor Denalí ? –Bella lo miró con cierta irritación y se preguntó qué pretexto tendría el capitán para la ausencia de Eleazar.
-Ah... él... –Sam Uley rió y se alzó de hombros-. Descubrió que la tripulación estaba comiendo carne salada y frijoles y convenció al cocinero de que le enviara un plato.
De modo, que señora ... ah... -Aparentó tener dificultades con el nombre de ella Y, en seguida trató de tomarle una mano Y dijo, en tono zalamero-: ¿Puedo dirigirme a usted por su apellido de soltera, Bella?
Con una sonrisa triste, Bella retiró firmemente la mano. Sin¬tió curiosidad por lo que pensaría la señora Uley de las inclinaciones amorosas de su marido y su evidente imparcial afición a las mujeres. Prefirió dejar la dura disciplina a cargo de esa mujer en vez de hacer una escena embarazosa, se mostró indulgente con el hombre Y habló con gracia.
-Capitán Uley , conocí a mi esposo sólo por muy breve tiempo Y lo perdí hace menos de un mes. El trato que usted propone me resul¬taría demasiado penoso. Por favor, discúlpeme. Vine aquí buscando la compañía de muchos a fin de enmascarar mi dolor. Le ruego que perdo¬ne mi duelo. Mi marido tenía modales encantadores Y usted ha desper¬tado recuerdos de momentos felices que compartimos, aunque fueran tan breves. Si me excusa esta noche, señor, debo buscar tranquilidad en otra parte.
Sam hizo ademán de seguirla pero Bella alzó una mano para detenerlo.
-No, capitán. Hasta para la soledad hay momentos. -Su voz tem¬bló tristemente mientras el aroma que flotaba en la cabina la hizo recor¬dar el hambre que sentía-. Pero hay una cosa...
El capitán Uley asintió ansiosamente con el cabeza, deseoso de complacerla.
- ¿Podría enviar más, tarde, a mi cabina, un plato de cualquier cosa? Sin duda, para entonces podré soportar la vista de la comida.
Hizo una deliciosa reverencia Y cuando se irguió los ángulos de su hermosa boca sonrió traviesa mente.
-Déle saludos míos a su, esposa cuando lleguemos a Los Camellos, capitán.
Antes de que él pudiera recobrarse, Bella huyó Y cerró violenta¬mente la puerta tras de sí. El sonido de sus pisadas apresuradas resonó en la quietud del pasadizo pero ella respiró aliviada cuando estuvo nuevamente sobre cubierta Y vio a Jasper.
El estaba alimentándose con una buena porción de carne salada, galletas marineras y frijoles. Cuando apareció ella, él levantó la vista de su plato, la miró un momento Y en seguida asintió, sin necesidad de explicaciones para comprender la razón de la huida de ella de la cabina del capitán. La fuerte inclinación de Sam uley hacia las mujeres no era un secreto entre los hombres de Los Camellos.
Bella caminó pensativamente a través de la cubierta hacia el lado de sotavento de la nave. Las nubes adquirían tonos oscuros con bordes de plata cuando pasaban entre la alta luna y el mar suavemente ondulado. Las leves brisas acariciaron a Bella. La noche era serena, silenciosa sal¬vo por el ruido del agua al pasar debajo del casco, Y el crujir de cordajes y mástiles. El barco parecía cantar una canción propia, un rítmico susurro de sonidos acompasado con el ligero subir y bajar del casco cuando pasaba sobre las olas.
Bella soltó un largo suspiro Y se apartó de la borda. Pese a todo su previo buen humor, ahora sentíase pensativa Y solitaria, como si la no¬che hubiera perdido su sabor. La voz proveniente de abajo le había arre¬batado su felicidad y ahora sólo pudo preguntarse cómo hubiera sido compartir un lecho nupcial durante toda una larga noche.
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