viernes, 20 de mayo de 2011

La Hija Del Coronel

Capítulo 2

Bella se estremeció a pesar de las enormes manos de Edward en sus
hombros, tranquilizándola. Quemándola.


La idea de esos dos hombres salvajes y atrevidos, que parecían salidos de una
novela erótica, y ella, estaba a punto de convertirse en realidad. ¿Podría
manejarlo? ¿Podría aceptarlo como parte permanente de su vida?

Emmet se acercó lentamente a ella, con una sonrisa de tiburón y una mirada hambrienta.
La excitación y el miedo la dejaron sin aliento. Edward tenía razón: las palabras no
podían prepararla para la realidad de esos dos hombres. Él apenas la tocaba y Emmet
estaba aún a medio metro. En la habitación se palpaba la testosterona que
sobrecargó sus sentidos, haciendo que le zumbara la cabeza. Tenía los nervios tan a
flor de piel que se estremeció.

Al ser virgen, Bella se sentía un poco intimidada, pero no asustada. Nerviosa…, sí.
Pero eso no iba a detenerla. Tenía que saber si podía ser la mujer que Jacob
necesitaba, si podía aceptar las caricias de dos hombres a la vez. La tranquilidad
que la envolvió era probablemente el resultado de criarse con hombres decididos.
Tener miedo no era una opción. Tenía que hacerlo.

Y también sentía curiosidad…, sí. Una curiosidad repentina. ¿Cómo sería poder
disfrutar de la alegre delicadeza de Emmet y del crudo poder de Edward al mismo tiempo?
Ardía en deseos por conocer la respuesta. El cosquilleo que sintió en el estómago se
mezcló con la curiosidad y la fascinación para crear un potente brebaje.

«Alto». Bella tragó saliva, recordando por qué estaba allí. La respuesta a su pregunta
era irrelevante. No importaba cómo la hicieran sentir Edward y Emmet. Ella estaba allí
para aprender, por Jacob, para que él la viera como a una mujer. Alguien a quien
pudiera considerar su mujer cuando la abrazara o cuando la compartiera… ¿Con
quién la compartiría? ¿Con los miembros de su grupo? ¿Con alguna groupié? Jacob
se había negado a darle detalles sobre su vida sexual, aquélla que los periódicos
sensacionalistas consideraban depravada y escandalosa.

Entonces Emmet la tocó, le deslizó las manos por las caderas. La pregunta se disipó bajo el
ardiente contacto de sus dedos cuando la acarició suavemente y le dio la
vuelta, dejándola de nuevo de cara a Edward. Su mirada se encontró con la de Emmet
por encima del hombro. Sin apartar las manos de ella, él la hizo descansar contra su
cuerpo, apretándola contra su pecho, acunando su erección contra el trasero.

Apenas tuvo tiempo de reaccionar ante la descarga ardiente y el abrasador deseo
que se enroscó en su vientre antes de que los dedos de Edward se enredaran en sus
cabellos y arrastrara su mirada hacia sus ojos verdes, un verde hipnótico parecido al de
jade opalescente.

—Bella —gruñó Edward—, estás jugando con fuego, nena. Prepárate para quemarte.


Cerró los puños y sin más aviso, bajó la cabeza.

Con un simple roce de su boca, Edward le abrió e invadió los labios,
encendiendo sus sentidos cuando deslizó la lengua dentro de su boca y arrasó
todo lo que tocaba con cada lánguida y excitante caricia.

Había esperado de Edward un beso rudo, sin concesiones ante su inexperiencia. No
fue así. Era hambriento y exigente, sí, pero bueno, muy bueno. Un enredo
salvaje de labios, aliento y hambre.

A Bella la habían besado antes, pero no de esa manera. Jamás sin vacilación
ni una invitación, pero Edward no era de los que perdía el tiempo.

De repente, él se retiró, dejándola dolorida y sin fuerzas. Oh, Dios. Su sabor. Era
excitante y masculino. Adictivo. Bella deseaba más, mucho más.

Con un solo beso, la había despojado de sus defensas, había puesto su mundo del
revés, se había hecho con el control.

Edward le rozó los labios con los suyos otra vez, y Bella abrió la boca un poco más. El
se hundió en ella con más profundidad que antes. La saboreó, jugueteó con ella, se
retiró. «¡No!» Bella necesitaba más, y presionó las palmas de las manos contra la
sólida pared del pecho de Edward, allí donde sentía palpitar salvajemente su corazón.

Edward la recompensó con otra provocativa caricia de sus labios, que derritieron los
suyos con aquella firme y salvaje posesión. Aunque lo había esperado, la invasión de
su lengua la dejó sin defensas una vez más. Deslizó las manos del pecho al pelo de
Edward. Intentó aferrarse a sus cabellos despeinados para acercarlo más a ella, pero el
pelo, al igual que su dueño, le era esquivo. Bella se moría de deseo. Le arañó.
Apenas podía respirar, estaba mareada, deleitada en el calor que invadía su vientre. Se
le tensaron los pezones. Era salvaje. Tan bueno…

Notó una mano cálida curvándose sobre su brazo y ascendiendo en una lenta caricia.
Emmet.

Casi se había olvidado de él, pero cuando él se acercó más a ella, cuando el calor de su
torso contra su espalda y la dureza de su miembro todavía apretada contra su trasero
se hicieron más evidentes, fue imposible ignorarlo.

Emmet levantó la mano y le apartó el pelo del cuello. La suave presión de la ardiente boca
de aquel hombre y su cálido aliento sobre el cuello fue como una suave lluvia sobre su
sensible piel. Bella se estremeció, pero Emmet continuó. La feroz respuesta de ella


estimuló sus propios sentidos en sintonía con las demandas suaves y tiernas del beso
de Edward.

Unas manos firmes se deslizaron sobre las costillas femeninas. Emmet de nuevo.
Aquellos dedos indagadores le rozaron el lateral de los pechos. Inesperadas
sensaciones le atravesaron directamente los pezones, endureciéndolos todavía
más. Bella gimió mientras Edward seguía besándola, absorbiendo el sonido con
su ávida boca. Inclinando la cabeza, amoldó sus labios perfectamente a los de ella,
y su beso se hizo más persistente.

Bella se derritió, gimiendo. Ardía tal y como lo hacia Edward cuando el deseo la
embargó, cuando la sangre hirvió a temperaturas abrasadoras. Y se sintió
dolorida. Quería más. ¡Mucho más!

Agarrándola firmemente de las caderas, Edward se arqueó contra ella,
apretando su impresionante erección en un movimiento delicioso y sugestivo
contra su sexo. Aquello no la apaciguó, sólo la inflamó aún más y gimió.

Doblando las rodillas, Edward la agarró por los muslos y la levantó. Bella
apenas tuvo tiempo de soltar un grito ahogado antes de que la dejara caer contra Emmet,
cuya polla se apretaba aún más contra ella. Pero no había terminado…

Edward le arrancó los pantalones y el tanga, luego le abrió las piernas,
manteniéndolas separadas con aquellas enormes manos. Emmet le ayudó
sosteniéndole las rodillas con los antebrazos, dejándola abierta y expuesta ante su
primo. A Bella le latía tan rápido el corazón que no podía oír nada más que su
frenético palpitar mientras observaba cómo Edward la miraba como si le fuera la vida
en ello. Bella envió una invitación a esos profundos ojos verdes que brillaban
intensamente con un calor abrasador.

Edward se quedó inmóvil, esperando. Mirando. Volviéndola loca de anticipación y de
deseo.

—Edward…

—Manten sus piernas separadas —le dijo él a Emmet.

Luego se introdujo entre los muslos separados y presionó íntimamente la bragueta de
los vaqueros contra los pliegues húmedos. Ante el contacto, el clítoris de Bella
respondió con un ávido latido. Edward la sujetó por las caderas, alejándola del agarre
de Emmet. Se rodeó las caderas las piernas de Bella y embistió contra ella una y otra
vez. Bella gritó. Masturbarse jamás había sido tan intenso y agudo. Tan decadente.
Tan abrumador.


Antes de que ella pudiera asimilarlo o pensar en su siguiente caricia, Emmet le
deslizó las manos desde el tórax al vientre y luego hacia arriba de nuevo. Y más arriba,
hasta ahuecarle los pechos con las cálidas palmas de sus manos. Bella se derritió con
un largo gemido. La pellizcó suavemente con los dedos y el estremecimiento de
deseo bajó disparado a su clítoris. Los pezones se erizaron ante la dolorosa tirantez
de su tacto, y él se los frotó con los pulgares.

A Bella le llevó un rato darse cuenta de que Edward observaba las caricias de Emmet con
una mirada oscura de deseo. Con unos ojos que, cuando la miraron a ella, prometían
devorarla. Un agudo deseo se deslizó por el vientre de Bella, retorciéndole las
entrañas con una necesidad apremiante.

—Tenemos que quitarle esto —dijo, dirigiendo los dedos al último botón de la blusa.

—Ahora —se mostró de acuerdo Emmet. Y juntos, la dejaron sobre el mostrador.

Un momento después, Emmet dirigió los dedos al botón superior de la blusa y lo
desabrochó. Las manos masculinas se ocuparon de los pequeños botones entre
maldiciones, exponiéndola a sus devoradoras miradas con una rapidez que Bella
apenas podía asimilar. Aturdida, observó cómo su propia piel tensa y dolorida iba
quedando expuesta hasta que todos los botones fueron desabrochados. Emmet le quitó
la blusa por un hombro, mientras Edward se la quitaba del otro y levantaba la
mirada hacia ella.

Esos ojos eran intensos. Feroces. Decididos. Un remolino de deseo se anudó en el
vientre de Bella, dejándola sin respiración, despojándola de cualquier pensamiento
racional…

Con el cálido aliento de Edward en el cuello haciéndola pedazos, éste alargó las manos
por detrás y le desabrochó el sujetador con dedos ágiles. «¡Oh, Dios mío! ¡Oh,
Maldita sea!» Estaba desnuda. Eso se ponía serio. Y resultaba abrumador. Y, sin
embargo, era maravilloso. No podía detenerse. Aún no… pronto.

—¡Oh! —gimió cuando la boca de Edward le cubrió un seno. Mordisqueó
suavemente su pezón hasta que varios estremecimientos sacudieron las
terminaciones nerviosas entre sus pechos. Hasta que su clítoris se estremeció de
deseo. La sensación se multiplicó cuando Emmet le pellizcó la sensible cima del otro pecho
en el mismo momento que inclinaba la cabeza y le cubría la boca con un beso
arrollador.

Más que besarla, la seducía sin palabras. Emmet era un artista, un experto. No se apresuró
ni exigió. La engatusó, jugueteó con ella, provocándola con el cálido roce de su lengua
para luego retroceder, dejándola ardiendo de deseo. Sólo aquel beso habría sido


suficiente para hacerla perder la cabeza, para que se derritiera como cera caliente.
Con aquella erección apretada contra su muslo, las sensaciones eran absolutamente
explosivas.

Edward continuaba succionándole el pezón, y cambió al otro con decisión,
apartando los dedos de Emmet para albergar el sensible brote en su dura boca,
mordiéndolo con suavidad, lamiéndolo con la lengua, en el mismo momento
que apretaba la dura protuberancia de su erección contra el palpitante clítoris.

Esa vez, la boca de Emmet amortiguó sus gritos. El ardiente jugueteo de su beso absorbió
el sonido y pidió más. Y ella le ofreció otro jadeo con gusto cuando Edward
embistió en el lugar adecuado mientras le succionaba el pezón con dura ferocidad.
Luego Emmet terminó el beso con una suave exigencia que la hizo estremecer de placer.
Sus labios temblaron cuando él retrocedió jadeante para tomar aire. Bella sintió una
eléctrica línea de placer entre los pechos y el sexo que la hizo estremecer de pies a
cabeza.

—Sabes tan dulce como el azúcar —la alabó Emmet acariciándole con la boca el lateral de
su cuello mientras que con el pulgar le rozaba el pezón todavía húmedo por la boca de
Edward—. Tan dulce que te deshaces.

Esa hábil boca le recorrió la barbilla, subió por la mejilla haciendo una pausa
antes de capturar sus labios de nuevo y hundirse en ellos. Él se excitó con el beso,
haciéndola arder cada vez más, prometiéndole con cada caricia que la satisfaría… a su
debido tiempo. A su manera.

Para aumentar las ya crecientes sensaciones, Edward continuó restregándose contra
su clítoris con envites constantes, friccionando con furia, encendiéndola de la cintura
para abajo. Le pellizcó los pezones, se los retorció, en uno y otro sentido,
estirándolos, estimulando sus sensaciones. Cuando ella jadeó y se sujetó a los brazos
de Edward jurando que se iba a correr, él retrocedió y Emmet también.

Bella gritó de frustración.
Bella le dirigió una mirada despiadada y le rozó el sensible pezón.

—¿Quieres más, gatita?

Estaba jugando con ella. Bueno, estaban. Pero en ese momento a Bella le traía
sin cuidado. Jamás había sentido nada parecido al placer que Emmet y Edward le estaban
brindando. Sus sensaciones eran como arenas movedizas que la arrastraban, la
ahogaban. Cuanto más se retorcía, más se hundía. Y le encantaba.


—Por favor. —La palabra le salió de la boca en un jadeo.

Emmet se inclinó para depositar uno de esos devastadores besos en su boca en su
siguiente aliento. Edward continuó con la rítmica fricción de su miembro contra
el clítoris de Bella, al mismo tiempo que le mordisqueaba despiadadamente los
pezones con la boca.

Cada vez que la tocaban, nuevas sensaciones se derramaban sobre ella como miel
caliente que rápidamente se convertía en fuego líquido. Estaba flotando, hundiéndose,
implorando…

—Más. —La palabra escapó de sus labios con un jadeo urgente.

Edward la besó por encima de los pechos, resollando sobre su cuello. Ella se
estremeció, y Emmet la inmovilizó con otro beso devorador. La boca del hombre parecía
decir con cada envite de la lengua que quería algo que sólo ella podía darle. Lo que era
mentira, pero tan, tan efectiva.

Bella apostaría lo que fuera a que cuando Emmet posaba su boca sobre una mujer, no
había nada que ésta pudiera negarle.

Cuando más maravilloso era, cuando Edward le mordisqueó el lóbulo y la rodeó
con sus brazos, las sensaciones se volvieron aún más intensas. Bella se arqueó contra
su poderoso y atletico pecho, odiando repentinamente la camisa —cualquier
prenda— que se interpusiera entre su piel y la de ella.

Bella jamás había imaginado que pudiera desear de esa manera a un hombre tan
irritante, pero lo hacía. ¿Por qué?

—¿Qué más quieres? —el sedoso susurro de Edward se deslizó por su espalda, luego
pareció acariciarla en aquel lugar mojado que suspiraba dolorosamente por él.

¿Cómo conseguía hacer eso con un simple susurro? ¿Cómo lograba que el sonido se
clavara directamente en su clítoris?

Emmert levantó la cabeza para oír su respuesta.

—Me siento genial —fue todo lo que ella pudo susurrar en respuesta.

Dudaba que pudiera decirles algo que ellos no supieran ya.

—Puede ser todavía mejor —le murmuró Emmet en el otro oído.


«¿Mejor? Que dios la ayudara».

Por lo general, Bella estaba hecha de una pasta muy dura. En lo único que no
había ganado a sus hermanos había sido en una lucha cuerpo a cuerpo. En todo lo
demás: en soportar el dolor, en aguantar la bebida, en velocidad, en resistencia… les
había vencido al menos una vez.

Pero ese placer aplastaba su voluntad.

—Si deseas más, te lo daremos. Quiero ponerte boca abajo sobre la mesa de la
cocina y observar cómo Emmet te succiona el clítoris mientras tú me succionas a mí.

Con los ojos nublados de deseo, Bella dirigió la mirada a la susodicha mesa.
Podía imaginar la escena. Con mucha facilidad. Jamás le había hecho una mamada a un
hombre, pero lo intentaría. De hecho, le encantaría conseguir que al señor tipo duro
se le aflojaran las rodillas. Y si un beso de Emmet era el cielo, no podía ni imaginar lo
fabuloso que sería con el sexo oral.

Pero el tono desafiante de las palabras de Edward le molestó. ¿Acaso pensaba que
todavía le tenía miedo?

—Vale —dijo Bella e inspiró profundamente.

—Será mejor que esperes a oír a qué estás accediendo.

—Edward —lo interrumpió Emmet con el ceño fruncido.

Un buen trozo de músculo palido quedó a la vista cuando Edward levantó una mano.

—Debe oírlo todo.

Dirigiéndose a ella otra vez, Edward la tomó por las mejillas y la forzó a mirarle a los
ojos.

—Luego quiero llevarte a la cama y observar cómo Emmet hunde su miembro
profundamente en ti mientras jadeas y gritas y te corres. Mientras él está en ello, yo
me ocuparé de tu dulce culito, y te follaremos a la vez. Juntos. Con fuerza.
Durante toda la noche. Hasta que estés agotada, saciada, exhausta.

El calor y la alarma la atravesaron a un mismo tiempo. La idea le atraía de
una manera prohibida. Jamás había imaginado de verdad cómo sería estar con dos
hombres. Pero ahora lo hacía. No dudaba que estos dos la harían gozar. Pero ella
quería conservar su virginidad… no importaba cuánto le costara.


Y además, había algo en las palabras de Edward que la irritaba. Sonaba como
si sólo quisiera… utilizarla. Como si ella fuera una mujer cualquiera que hubiera
conocido en la barra de un bar y la hubiera llevado a casa para un polvo rápido.

—Luego volveremos a poseerte —continuó Edward con voz ronca—. Dormiremos una
hora y volveremos a tomarte otra vez, tan dura y profundamente que no
podrás andar ni sentarte durante una semana. ¿Qué te parece, gatita? ¿Entiendes
ahora de qué va todo esto?

La mirada en su cara era la de un auténtico depredador. La deseaba. Para follar. Nada
más.

No le importaba si con ello la ayudaba o no.

Bella tragó saliva, intentando pensar a pesar del deseo, la cólera y la confusión.
«Separa los hechos de las emociones», era lo que su padre le había enseñado. Tal y
como ella lo veía en ese momento, Edward parecía un gilipollas, lo que probaba que
quizá las primeras impresiones eran las correctas.

—Acudí a ti para pedirte un favor, y actúas como si estuvieras ante un rollo fácil de
usar y tirar.

Edward se encogió de hombros.

—Un favor… vaya. Pues eso es lo que estoy haciendo. Si puedes seguir el ritmo que Emmet
y yo te marquemos durante una noche, sin duda estarás preparada para todo lo que
quiera ese niño bonito. ¿Te apuntas o no?

—En primer lugar, tengo intención de conservar mi virginidad para Jacob. Ya te lo dije.

—Genial. Supongo que tu culo y tu boca acabarán escocidos, pero puedo vivir sin tu
coño.

¿Y tú, Emmet?

Bella dirigió la mirada al moreno y alto seductor. Él se tomó su tiempo antes
de responder.

—Yo no tomaría nada que Bella no quisiera dar.

—¿Ves? —Edward le dirigió una tensa sonrisa—. Así que ya está todo resuelto. Súbete
a la mesa.


Ella le observó cerrar los dedos sobre el botón superior de los vaqueros y, con
un movimiento rápido de la muñeca, lo abrió, revelando durante un instante la piel
nívea de aquel tenso abdomen.

Los nervios de Bella se crisparon. Sandeces. Actuaban como un par de
lobos hambrientos. ¿Acaso esperaba él que ella se subiera a la mesa y se convirtiera en
la merienda?

¿Acaso pensaba que iba a abrirse de piernas, hacerle una mamada y…? No.

Ella no había ido allí buscando un final feliz. Pero había pensado que al menos le
explicaría cómo funcionaba esa clase de sexo. Y si había que hacer una demostración,
deberían ir despacio, haciéndola sentir segura. Ese placer era algo que ella daría
y recibiría. No algo tosco y rudo pensado para ahuyentarla.

Bella comprendía lo que había querido decir Edward con que las palabras no
eran suficientes. Pero ahora su cuerpo se había enfriado —más con cada palabra que
él decía—, y la lógica ocupaba su lugar.

—En segundo lugar —continuó ella—, no me gusta tu actitud. Actúas como si yo fuera
sólo una más. Como si con tal de tener un agujero húmedo en el que meterte, fueras
feliz.

Edward se quedó pensativo, como si estuviera considerando la idea.

—Eso es bastante preciso. Tú aprendes. Nosotros disfrutamos. Todos salimos
ganando.

Súbete a la mesa.

¿De verdad creía que la iba a mangonear?

Bella observó cómo Edward se bajaba la cremallera. Emmet se quitó la camisa por encima
de la cabeza y la tiró al suelo, exponiendo un pecho cubierto de vello oscuro y
montones de músculos de piel blanquecina.

El latir frenético del corazón de Bella y su salvaje y agitada respiración indicaban algo
más profundo. «Miedo». Eso era lo que sentía ahora. Cruel e implacable. No
importaba lo que le hubiera enseñado su padre, no podía ignorarlo. No podía
continuar adelante para enfrentarse a eso. Si los dejaba, caerían sobre ella y
utilizarían cada parte de su cuerpo hasta que quedara exhausta, luego la
enviarían a casa sin volver la vista atrás. La arrollarían y esperarían que ella
siguiera el ritmo. Serían rápidos y violentos. La atacarían, la golpearían, la follarían.


Quizá a Emmet le importara su poca experiencia, pero no lo conocía tan bien como para
asegurarlo. Edward había dejado bien claro que sólo la veía como sexo fácil, y nada
más.

«¡Bastardo!»

Recogió su ropa del mostrador, se puso los pantalones v se abrochó la blusa
sobre los pechos. Se aferró a la ropa interior como si le fuera la vida en ello.

—Vine a pedirte un favor.

Maldita sea, odiaba que le temblara la voz.

—Y tenemos dos duras pollas preparadas para concedértelo —le aseguró
Edward—. Un favor con favor se paga. Súbete a la mesa.

—No. Acudí a ti porque pensé… —Bella negó con la cabeza—. Siempre te
comportaste como un bastardo cuando trabajabas para mi padre, siempre te
mostraste distante. Pero jamás me habías parecido un mercenario despiadado. Ahora
veo que estaba equivocada.

Emmet dio un paso hacia ella.

—Bella.

—¡Quieto! —ella retrocedió—. Edward me acaba de tratar como si fuera una fulana
sin valor.

Y tú lo has permitido.

—Te has ofrecido como si lo fueras —intervino Edward—. ¿Qué esperabas?

—¡Vete al infierno! —les dio la espalda y se metió el sujetador y el tanga en el bolsillo.

—Ya estoy allí, gatita. Estoy tan duro que el resto de mi cuerpo se ha quedado sin
sangre.

¿Seguro que no quieres quedarte y echarme una mano?

«¡Qué caradura!»

—Ya que hablas de manos, tú tienes un par con cinco dedos en cada una.
Puedes arreglártelas muy bien solo.


Bella enfiló hacia la puerta. El portazo resonó en la tranquila tarde del este de
Tejas hasta que ella puso el coche en marcha y se alejó a toda velocidad.

—¿La has encontrado? —preguntó Emmet con la voz teñida de preocupación. Maldita
fuera la perfecta señal del móvil. En los tiempos de los teléfonos analógicos, Edward
podría haber fingido no haberlo oído.

—Sí.

Edward había encontrado a Bella, por supuesto. Y al igual que cuando ella tenía
diecisiete años, le había puesto un nudo en el estómago que ni el propio Houdini
podría deshacer.

—Vas a pedirle perdón por asustarla y a asegurarte de que no se mete en líos —le
recordó Emmet.

Edward no quería hacerlo. Pero como Emmet había apuntado racionalmente, asustar a
Bella era sólo una solución temporal a un problema que no iba a desaparecer sólo
porque él quisiera. Bella era demasiado tenaz para darse por vencida. No iba a
rendirse en su obcecación por buscar a alguien que la ayudara a conseguir a Jacob
Black, alguien que en el mejor de los casos, podría incomodarla por no saber qué
diablos hacer y que en el peor, se aprovecharía de ella y le haría daño.

El coronel mataría a Edward si le ocurría algo a su hija sólo porque él se había hecho
un nudo en la polla. El padre de Bella era de temer. Un auténtico HP. Justo lo que él
iba a ser. No creía que el hombre perdonase a Edward y a Emmet cuando introdujesen a
su niñita en los placeres del sexo anal. Pero quería pensar que el coronel preferiría eso
a que Bella eligiera a un desconocido en la barra de un bar para hacer… prefería no
pensar en lo que ella podía acabar haciendo con otros dos hombres. Se aferró a la
endeble mesa de madera que tenía delante y no se soltó hasta que la oyó crujir.

Pero no era su antiguo jefe lo que lo motivaba. Era la propia Bella. Desde siempre,
había tenido vividas fantasías con ella, se había masturbado pensando en ella.
Pero la realidad era todavía más impactante, había sido como comparar una suave
brisa con un huracán de fuerza cinco. Bella era dulce e inocente. Era como miel en su
boca. Absolutamente perfecta. Su piel pálida y suave, tan radiante como un día de
verano…

Dios, sólo había que oírlo. Era jodidamente patético. Estaba describiendo a la chica
como si fuera un poeta o algo por el estilo. Mierda.

Sin embargo, había algo que no podía ignorar. Bella era una tentación tan fuerte que,
por mucho que odiara admitirlo, podía llegar a hacerle perder el autocontrol. Debería


alejarse de ella en cuanto pudiera, antes de que lo succionara por completo como una
boa constrictor. Antes de que lo destruyera. Pero si Bella iba a entregarse a aquella
búsqueda de conocimientos sexuales, él no iba a permitir que otro hombre fuera su
mentor.

Maldiciendo entre dientes, Edward se subió el cuello de la cazadora y tragó
saliva. Siguió mirando fijamente.

En ese momento, Bella estaba en la pista de baile del pub de Adam Catrell, The Hang
Out, cimbreando sus dulces caderas al ritmo de una canción de Shakira que hacía
alusión a esa parte de la anatomía. Sus muslos quedaban al descubierto por una falda
tan corta que debería ser considerada indecente, además de enseñar una tira de la
pálida piel del estómago. Bailaba entre Jared y su hermano, Quil. El club estaba
lleno de humo y de gente, pero aun así, Edward no podía malinterpretar la lujuria
que asomaba en la cara de ambos hermanos.

—¿Me estás oyendo? —gritó Emmet.

Edward agarró el teléfono confuerza.

—Anoche fastidiaste las cosas a base de bien, primo. Te toca hacer de Sir Galahad y
salvar la situación. Y también tendrás que pedir disculpas.

—¡Déjame en paz! Emmet suspiró.

—Dile que la ayudaremos. Y díselo con suavidad. Nada de mencionar que
usaremos su trasero tan a fondo que no podrá sentarse en una semana.

Edward hizo una mueca. La había tratado mal, esperando disuadirla de esa idea tan
tonta y temeraria. Emmet lo sabía, pero admitirlo ante él en voz alta sólo le daría más
munición. Y ya tenía la razón de su parte…

—No me presiones.

—Tú eres el único que presiona. El que ahuyentó a Bella cuando ella no había hecho
más que pedir un favor. Y un favor que ambos nos morimos por satisfacer.

—Mierda, sí, admito que la presioné. Es virgen.

—No es Tanya.

Eso había sido un golpe bajo. Edward apretó el teléfono y maldijo el rumbo
que había tomado aquella conversación sin él proponérselo.


—Ella no tiene nada que ver con esto. Lo que pasa es que Bella no es mi tipo.

Emmet se rió de él.

—¿De veras? ¿Y quién es tu tipo?

Edward hizo una pausa; apenas podía recordar el nombre de otra mujer desde
que había vuelto a ver a Bella.

—Alyssa .

—¿La rubia que posee el club de striptease? ¿La de los pechos gigantes?

—No es una fulana —protestó Edward, sabiendo por anteriores discusiones que era
eso lo que estaba pensando Emmet.

—Quizá, pero lo cierto es que no deseas a Alyssa. Y que ella no te desea a ti.

—Porque te desea a ti.

Motivo por el cual Edward se había enfadado con Alyssa la última vez que la había
visto hacía unos meses.

—Pues yo no estoy interesado. Además, dices que la deseas sólo porque piensas que
ella es segura.

—La deseo porque me pone caliente y he oído que hace unas mamadas de muerte.
Emmet bufó.

—¿Y por qué entonces mientras te masturbabas anoche gemías el nombre de Bella?
Te oí a través de la pared.

Edward sintió que se ruborizaba.

—Pues cómprate unos jodidos tapones para los oídos. Sí, Bella me puso
caliente, ¿y qué? Es virgen. Y ya te digo que eso no es precisamente muy alentador.

—Ya estuve con una virgen antes y fue una bonita experiencia aunque opines lo
contrario.

Tanya fue…

—Ni se te ocurra mencionarla.


—¡No! Tú espantaste a Bella con aquellas palabras desagradables, y fue por
Tanya. Edward, no fuiste el responsable de…

—Todos saben que lo fui. Tengo que vivir con ello cada jodido segundo de mi vida.
Déjalo estar —gruñó.

—Creo que estás equivocado —suspiró Emmet—. Pero dejaré el tema si me
prometes que hablarás con Bella, que te disculparás. Dile que la ayudaremos.

Edward se tomó otro largo sorbo de cerveza y miró fijamente cómo Quil Ateara
agarraba las caderas de Bella y le apretaba el trasero contra su miembro. Al
parecer aquel bastardo buscaba que alguien le rompiera la nariz. Edward estaría
encantado de hacerlo si no quitaba sus sucias manos de ella. Sintió que empezaba
a hervirle la sangre, y la furia, que ya asomaba a sus ojos, amenazaba con nublarle la
mente.

—Bella parece estar ya muy ocupada —le gruñó Edward al teléfono.

—Pero acudió antes a ti.

Sí, así había sido. Condenado Emmet y su lógica. Y Bella, suponía, representaba
ese espectáculo sólo para él, dada la manera en que lanzaba miradas de reojo en su
dirección.

—Deja a un lado tu mal humor —dijo Emmet—, y haz lo correcto.

—Sabes que si la llevo a casa voy a terminar por follármela. Lo dos lo haremos
—suspiró—. Lo sabes.

Edward quería hundirse en el cuerpo de Bella. No. Ni hablar. No sólo en su culo,
aunque eso también le gustaría. No sólo en su boca, aunque estaba seguro que
una mamada de la provocativa boca de Bella sería increíble. La deseaba por
completo, y no creía que permanecer alejado de su sexo fuera una opción.

—Respetaremos cualquier cosa que desee. Si cambia de idea, genial. Si no, lo
superaremos. Ve y discúlpate.

De alguna manera, su primo tenía razón. Eran verdades como puños. Pero
correría un riesgo si prometía instruir a Bella en el sexo. Si ella volvía a casa con él,
Edward querría hundirse en su sexo. Lo reduciría al mismo estado de siempre y
le arrebataría el control. Aquello le aterraba. ¿Y si el pasado volvía a repetirse? No
era Tanya, cierto, pero se le parecía mucho.


Y a pesar de eso, él no podía mantenerse alejado.

Negándose a darle más vueltas al asunto, Edward se llevó la cerveza a los labios y se la
bebió de un trago. Luego depositó la botella sobre la mesa.

—Vale, ya voy.

—Tráela a casa.

A casa. Como si ella fuera suya. Como si fuera una gatita perdida a la que
pudieran reclamar. Emmet seguro que lo veía de esa manera. Su primo ya estaba oyendo
campanadas de boda y bebés llorones, ya se imaginaba una casita con una valla blanca
donde ellos dos y la chica de sus sueños vivirían felices por siempre jamás. Edward
soltó un bufido.

Bueno, había llegado el momento. Corrió la silla hacia atrás, se puso en pie y miró
cómo Bella se marcaba una rumba pornográfica con los hermanos Alteara. Con el ceño
fruncido y ganas de bronca, atravesó la estancia.

3 comentarios:

  1. holaa ufff si ya en el segundoo emepzamoss asii con ese momentoo super hottt jaajj no me quiero imaginar lo que nos esperaa y edward sii fue algoo bestia como se portooo con bellaa...yyy edward se culpa de algo que le paso a taniaa..mmm me gustooo muchisimoo el capii..haber que le dice edward a bella...nos leemos...y estoyy ansiosaa porr leer otro capi de barbaroooo ahh me fascina esa historia...besoss!!!

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  2. dios!! donde esta ekl tercer cap!
    me encanto Ro!!
    muchos besoos!

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  3. plis actualiza me gusto mucho la historia

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