martes, 28 de junio de 2011

La Hija Del Coronel.

Capítulo 6

—Quiero hablar contigo —le dijo Bella a Edward a la mañana siguiente
mientras se sentaba ante la mesa de la cocina donde él estaba tomando un café.

Le sentaban bien aquellos pantalones cortos de algodón y el top. Su mirada
furiosa, sin embargo, era otra historia.

—Emmet está dormido —continuó ella—. Así que no puede hacerse una «idea
equivocada». Y no puedo esperar a decirte esto.

Edward se puso tenso. Estaba buscando pelea, pura y dura.

—No tengo ganas de hablar.

—Vale, entonces escucha.

El que Bella hablara con tanta dureza no presagiaba nada bueno. Pero esa mañana,
había en su tono de voz un ligero temblor. No era de sorprender, ya que el día
anterior se había comportado con ella como un auténtico bellaco.

Pero o guardaba las distancias o se la tiraba. Sabía que ella quería mantenerlo a
distancia, no entre sus muslos. Chica lista. Él se podría pasar toda la vida follándola.

—Tienes tres minutos.


—No me hace falta tanto. —Ahora sonaba cabreada, lo que era todavía mejor. Así
podría controlarse. Además, si estaba enfadada, es que estaba bien. Era la
vulnerabilidad de Bella lo que no podía soportar.

Aquellas lágrimas la noche anterior… Dios, escucharla llorar en los brazos de
Emmet casi había acabado con él. Emmet la había tranquilizado, susurrándole al oído. Pero
esos suaves sollozos y jadeos temblorosos casi habían minado la determinación
de Edward. Quería ser él quien la consolara. Si la hubiera abrazado, si la
hubiera acariciado la noche anterior, hubiera acabado haciendo el amor con ella.
No la hubiera follado, no. Habría sido un suave y dulce acto de amor para
tranquilizarla. Lo que hubiera creado un lazo afectivo entre ellos.

Había resistido por el bien de Bella y su propia cordura.

Primero celos y ahora eso. ¿Qué demonios le pasaba? Isabella inspiró con fuerza.

—Después de lo que ocurrió ayer por la mañana y luego por la noche, no puedo
quedarme.

Tú no me quieres aquí, y no hace falta que me expliques por qué. Gracias por la ayuda.
Recogeré mis cosas y me iré a las diez.

«¿Qué demon…? ¿Se iba a marchar?». Sus palabras deberían haber sido un
alivio, pero Bella era una luchadora. ¿Por qué cedía de repente y se retiraba?
¿Y por qué el mero pensamiento de dejarla marchar era como una cuchillada en su
corazón?

Isabella le dio la espalda. Incluso así, no pudo evitar ver la expresión vulnerable
de su rostro cuando se levantó y cruzó la cocina para regresar a la habitación.
Podía dejar que se marchara, debería de dejar que se fuera… «¿Podía? ¿Debería?»

Edward se puso en pie y se apresuró a cortarle el paso.

—Así que sabes por qué no quiero que estés aquí. ¿Y qué es lo que crees saber?.- Bella
frunció el ceño con incredulidad.

—Sé lo que los hombres han dicho de mí desde que pasé por la pubertad. Es raro que
me maquille y nunca me pongo vestidos. Odio el encaje y nunca creeré que los pantys
sean un gran invento digan lo que digan. Jamás dominaré el arte de reír
tontamente o pestañear. Me gusta pescar, odio cocinar y puedo beberme un pack
de seis cervezas en menos de cuatro minutos si alguien me desafía a hacerlo. —Alzó la
cabeza, luchando contra las lágrimas y Edward vio en su expresión cuánto le


molestaba eso—. Soy muy poco femenina. Y sé que muchos hombres, entre los que te
incluyo, piensan que soy un fenómeno de feria.

Estaba tan completamente equivocada que Edward apenas podía asimilar lo que
decía.

—¿Piensas que no me siento atraído por ti?

La expresión de Bella le hubiera hecho reír si el tema no hubiera sido tan serio.

—Cuando aparecí por aquí con tacones y encajes, tú me deseabas. Pero luego me viste
sin ropa, y, como en el instituto, pensaste lo mismo que los demás hombres. Se te
quitaron las ganas, así que me dijiste que te dejara en paz a menos que estuviéramos
en la cama. Que allí sí tenías intención de cumplir tu palabra. ¿Hacen falta más
pruebas?

¿Estaba hablando en serio?

—Eso son gilipolleces, gatita.

Ella puso los brazos en jarras y le lanzó una mirada desafiante.

—Ya he oído antes esta historia. Y más de una vez. No tienes que ocultarme la verdad.
Puedo aceptarla.

De repente, Edward quiso golpear a cada uno de los gilipollas del instituto
que la habían hecho sentir tan poco femenina. Aunque también era cierto que podía
aprovecharlo en su favor. Sería fácil. Sólo tenía que dejar que esa mentira lo sacara del
aprieto.

Pero sería una auténtica cabronada. Y él no podía hacerle daño a propósito.

Suspiró, derrotado.

—¿Me has visto alguna vez hacer algo por obligación sólo para no herir tus
sentimientos?

Bella vaciló.

—No.

—Exacto. No fingiría que me excitas si no lo hicieras. Y en cuanto a lo de que no eres lo
suficientemente femenina, vaya memez. No es el maquillaje o reírse tontamente lo


que te hace mujer. Son tus impulsos, tus deseos y los fluidos sexuales que emanan de
ti.

—¿Qué quieres decir?

Estirando el brazo, le cogió la mano y se la apretó.

—Que eres una mujer de bandera, gatita. Me gusta que seas franca. Que no te
desquicie mi profesión. Tienes un extraordinario sentido del humor cuando no estás
tensa. Si me comporto así es porque te deseo demasiado.

—¿Demasiado? —Una mirada de escepticismo asomó a los ojos color chocolate—
. ¿Me deseas demasiado?

Tirando con fuerza de la mano de Bella, la apoyó contra su bragueta,
cubriendo la implacable erección que tenía cada vez que ella estaba a menos de dos
metros.

—¿Te parece que estoy mintiendo?

Ella se sintió fascinada y le acarició el miembro a través de los pantalones, deslizando
los ágiles dedos arriba y abajo por la rígida longitud.

—No.

Edward le agarró la muñeca para detenerla. Entre sus alocados deseos de abrazarla y
la lujuria que ella incitaba con cada toque, estaban metiéndose en aguas peligrosas.

—No comiences algo que no puedas terminar.

Con la mano libre, ella agarró los pantalones cortos de Edward y comenzó a bajárselos.

—Puedo terminarlo. ¿Acaso no lo hice anoche?

Su boca. «Oh, Mierda». Sí, por supuesto que lo había terminado. La húmeda
boca de Bella había sido como un sedoso paraíso. Emmet le había estado diciendo con
exactitud cómo conducirle al éxtasis, y ella lo había hecho. Despacio, duro, con
pequeños mordiscos… y él había perdido el control. Pensar en que ella podría hacerlo
de nuevo ahora, provocó que su miembro latiera bajo su mano. En respuesta, ella lo
apretó con más fuerza.

Con la mano libre y una última brizna de control, él le agarró los dedos que le bajaban
los pantalones.


—No lo hagas.

Isabella no se detuvo. Le apartó las manos.

—¿Me deseas pero no quieres que te toque? ¿Desde cuando un hombre desea a una
mujer pero no quiere que se la chupe?

—Si sigues con esto voy a querer mucho más de ti.

—¿Qué quieres decir? —espetó ella.

—Tu virginidad me está vetada. No me excites, o te encontrarás desnuda y
empalada en mi polla. Sólo puedo pensar en follarte. Y si te penetro, me quedaré
dentro de ti… todo el maldito día, si me dejas. Y querré más por la noche. Y Emmet
también querrá.

Bella respiró hondo. Un rubor repentino le cubrió las mejillas, lo que se contradecía
con su postura combativa.

—Oh.

—Apenas puedo contenerme, así que si yo fuera tú saldría de aquí pitando.

Pero Bella no se movió. Durante un largo momento, se quedó con la mirada clavada
en él. Edward resistió el impulso de retorcerse con inquietud. Algo rondaba por
aquella hermosa cabecita. Que Dios los ayudara si ella mostraba alguna indicación de
que quería hacer el amor con él. Acabaría con lo poco que le quedaba de autocontrol.
La arrastraría de vuelta a la cama de Emmet, despertaría a su primo, y haría algo que
terminaría lamentando.

Un buen rato después, ella se acercó más a él, le colocó las manos en los hombros y se
puso de puntillas para darle un beso en los labios. Fue un beso suave, casi casto.

—No querías admitir nada de eso, pero lo has hecho para no herir mis sentimientos.

Era una mujer muy perspicaz. Tenía que reconocerlo.

—Ha sido muy decente por tu parte. Podías haberme dejado creer que no era
lo suficientemente femenina para ti, pero no has tomado el camino más fácil. —
Una sonrisa de alivio apareció en la cara de Bella—. Gracias. Ha sido muy
considerado de tu parte.


Edward se encogió de hombros. Se sentía estúpidamente a gusto por haberle
arrancado esa sonrisa.

—Sólo he sido justo.

—Entonces yo también debería ser justa y admitir que te deseo. Emmet y tú sois dos
hombres impactantes. Los dos me excitáis, pero —soltó un tembloroso suspiro—,
respondo a ti más de lo que debería. Cuando tú me tocas, me derrito de deseo. Jamás
me había sentido de esta manera.

¿Le deseaba más a él que a Emmet? ¿Más que a Jacob? La euforia y la lujuria le recorrieron
las venas como la droga más potente. Ella sólo tenía que llamarlo con un dedo para
que él estuviera perdido.

«Maldición». No debería hacerlo. Sabía que no podía…

«Demasiado tarde».

Edward ya la estaba agarrando, enterrando los dedos en su pelo, ahuecándole
la cara, y bajando la cabeza para devorar su boca. Con un pequeño jadeo, Bella abrió
los labios para él, buscando su beso posesivo.

Enredando la lengua con la de ella, Edward aspiró su calidez y se tragó su
gemido. La estrechó con fuerza, y casi perdió el sentido.

«Ahora, tenía que ser ahora». Tenía que saborearla, que estrecharla lo más cerca
posible.

Hundirse profundamente en su boca. Su sabor, su maravilloso sabor, lo embargó.

Luego ella amoldó su cuerpo al de él, se arqueó y apretó esos dulces pechos
contra su torso. «Tócalos». Tenía que hacerlo. «Libéralos»

Con una mano, le bajó una tira del top por el hombro, luego la otra. Se lo bajó lo
suficiente para poder verle los pechos y recorrer con las palmas de las manos aquellos
firmes montículos. No eran demasiado grandes, ni tampoco pequeños. Eran
perfectos. Y esos pezones duros… siempre preparados para su boca. «Para él».

«Pronto…».

Centrando la atención en deshacerse de las demás barreras, Edward tiró
bruscamente del top y se lo bajó hasta la cintura, luego agarró la cinturilla de los
pantalones cortos y las bragas, y se las bajó de un tirón por las caderas y las piernas.


Estaba desnuda. «Perfecto». Ya la tenía como quería.

Pasándole un par de dedos por los pliegues de su sexo, Edward confirmó sus
sospechas. Bella estaba mojada. Muy mojada. Jadeando, con las pupilas dilatadas e
implorantes, Bella se aferró a su camisa cerrando los puños con desesperación.
Gracias a Dios, también estaba excitada.

Igual que él.

Edward la levantó por la cintura, ignorando su grito ahogado, y la dejó sobre la mesa
de la cocina. La había imaginado miles de veces echada sobre esa mesa,
dispuesta para él como el manjar más exquisito, listo para su degustación. La
realidad superaba con creces la ficción. El corazón se le aceleró. Su miembro
palpitó.

Sacándose la camisa por la cabeza, la dejó caer a un lado. Luego, con el pecho
subiendo y bajando, se bajó los pantalones cortos por las piernas hasta que
Bella sólo pudo ver piel y deseo desnudos.

Con los ojos fijos en él, lo aceptó sin parpadear, inquebrantable. «Increíble».

Agarrándola de los muslos, Edward le arrastró las caderas hasta el borde de la
mesa y se recostó sobre ella, cubriéndola con su cuerpo. Caliente. El olor
aterciopelado y almibarado de Bella lo conducía a la locura. Buscó la mirada de
ella con la suya. La encontró dilatada, excitada, confiada.

El deseo de ella le hacía hervir la sangre. Le quemaba.

«Tócala». Tenía que tocarla. Le besó el vientre plano, hundió la lengua en su
ombligo. Bella contuvo el aliento. Edward se acercó más a su calidez. Ella abrió las
piernas aún más, sin dejar de mirarle fijamente. Ofreciéndose silenciosamente a sus
deseos.

Bella tenía los pezones duros. Erguidos, erizados e hinchados. Irresistibles.
Edward se inclinó con rapidez y atrapó con su boca uno de ellos. Lo devoró.
Era como caramelo. Pero mucho mejor. Pasó la lengua por encima, mordiendo
la sensible carne cuando se endureció todavía más. «Mmm, perfecto».

Bella comenzó a jadear, pequeños sonidos implorantes inundaron el aire cuando ella
le ahuecó la cabeza con las manos, intentando introducir los dedos entre los cabellos
cobrizos para acercarlo más a ella.

—Edward.


Aquel tono implorante lo obligó a levantar la cabeza de nuevo. La mirada femenina lo
hizo arder.

«Reclama su boca». Fue un beso dulce, lleno de aceptación y pasión. Otra nueva
oleada de lujuria lo atravesó.

«Follala. Ya».

Le envolvió las caderas con las manos, encantado cómo sus palmas casi le abarcaban la
cintura por completo, por la manera en que ella se abría para él, por poder
ver la resbaladiza humedad acogedora de su sexo y sus pliegues hinchados.

Cogiendo su erección, la situó contra la vagina de Bella . Húmeda y caliente. Bella
le mojó el glande con sus ardientes fluidos y él saboreó el momento previo a
embestirla y hacerla suya.

Dios, estaba temblando. El deseo lo inundaba de una desesperada necesidad,
atrapándolo en las rudas demandas de su cuerpo y algo más…

«Tómala. Reclámala».

—Edward —imploró ella, para que la penetrara… o para que se detuviese.

«¿Detenerse? No, ¡ni hablar! ¿Por qué debería detenerse?»

Porque no debería hacer eso. Por ella. Por sí mismo. Las razones se le
escapaban. Ella estaba dispuesta, húmeda, tendida sobre la mesa como si fuera un
festín para sus sentidos, con la mirada brillante.

Con lágrimas en los ojos.

«¿Lágrimas?». La visión, la mera pregunta, le hizo salir de la neblina en la que
lo había envuelto la lujuria.

Miró a su alrededor. A las ropas tiradas en el suelo. A los rayos del sol que se filtraban
por las ventanas abiertas y caían oblicuamente sobre sus pechos. Estaba tumbada en
la misma maldita mesa en la que habían cenado. Era virgen.

Tragó aire, sabiendo que debería desistir, que debería dejarla sola. En ese momento,
estaba a un envite de cambiar sus vidas para siempre.

Tal vez… tal vez sería diferente esa vez. Bella no era una adolescente. No
tenía una familia problemática. No era Tanya.


Si la penetraba, sería suya. «Suya». Por completo. Tanto en los días buenos como en
los malos, para compartir sonrisas y lágrimas, para compartir juegos y bromas, días
y noches de sexo.

Pero también sería suya la responsabilidad si algo salía terriblemente mal.

Aquel pensamiento fue como una jarra de agua fría y la lujuria comenzó a abandonar
su cuerpo. Dio un paso atrás.

—¿Es que no pensabas detenerme? —siseó. Por el amor de Dios, sonaba como si
tuviese cien años.

Bella vaciló.

—Sí.

Pero él no quedó convencido.

—¿Cuándo?

—Bueno, yo… quiero decir que intenté detenerte.

Edward se subió los pantalones, acomodando su erección con una mueca de disgusto.

—¿De verdad estás enamorada de esa estrella del pop?

Ella parpadeó y apartó la mirada. Un enorme nudo de ansiedad contrajo el estómago
de Edward. ¿Estaba nerviosa porque no amaba a Black o porque no quería
sacar a relucir sus sentimientos por la estrella del pop delante de él?

Bella se incorporó, se rodeó las rodillas con los brazos, acercando las piernas al pecho.

—¿Estaría aquí tratando de aprender todo esto si no lo estuviera?

—Sólo tú sabes por qué estás realmente aquí. Pero nena, estás jugando con
fuego y lo sabes. La próxima vez, di simplemente no. Si Emmet hubiera estado aquí,
puede que no me hubiera detenido. La próxima vez, te follaré y… a la mierda con las
consecuencias,

Esa misma noche, Bella dormitaba sobre el hombro de Emmet acurrucados en el
sofá viendo un clásico en blanco y negro. El calor del cuerpo masculino la envolvía. La
hacía sentir cómoda y segura.


Por acuerdo tácito, no habían hablado de Edward, pero sus pensamientos regresaban
a él una y otra vez. ¿Dónde se había metido?

En algún lugar de la casa, una puerta se cerró de golpe. El sonido la espabiló por
completo.

Incorporándose, bostezó y se desperezó, mirando a su alrededor con aire confundido.
Sólo vio a Emmet mirando aquella vieja película.

—¡Bella! —bramó una voz. Luego se oyeron unas fuertes pisadas en el otro extremo
de la casa.

Se sintió invadida por una oleada de regocijo y alivio.

—¿Edward?

Sólo le dio tiempo a decir su nombre una vez antes de que él apareciera en el vano de
la puerta, llenando el umbral con sus anchos hombros y su enorme presencia.
Edward jadeaba e intentaba controlarse. Se tambaleó. Sus penetrantes ojos verdes se
clavaron en ella envuelta entre los brazos de Emmet. La desnudó con la mirada. De
inmediato, a Bella se le erizaron los pezones y tragó saliva.

—Estás borracho —escupió Emmet con desaprobación desde su lugar al lado de Bella.

—Ojalá. Y no es por no intentarlo. Si lo estuviese, podría haber ignorado este
alocado deseo de tocarla. —Edward inmovilizó a Bella en el sofá con una
mirada ardiente—. Estaría sumido en una bendita inconsciencia y no sentiría esta
necesidad de sentirla en torno a mi polla. Bella sintió un cosquilleo en el estómago
ante aquellas palabras. Y otro en su sexo.

¿Por qué ese hombre la excitaba de esa manera a pesar de ser tan peligroso y difícil?
¿A pesar de estar tan enfadado? Emmet era cortés y comprensivo, encantador, seductor y
talentoso. El deseo que él despertaba en ella era tierno y hermoso.

Nada que ver con la ardiente explosión de deseo que la invadía cada vez que
Edward la acariciaba.

—Olvídate de hacer nada mientras estés de ese humor. —Emmet se puso de pie y cruzó
los brazos, colocándose en actitud protectora delante de Bella—. Sabes
demasiado bien lo que habíamos planeado a continuación, y tú no estás en
condiciones de llevarlo a cabo. Le harás daño.


—No se lo haré. —Edward se la quedó mirando, luego esbozó una sonrisa tan brillante
como peligrosa—. Mírala. Ya tiene duros los pezones. Y me está devorando con
esos ojos color chocolate derretido. Y su sexo…

Edward empujó a Emmet a un lado y se dejó caer de rodillas. Antes de que Bella
pudiera pensar qué había planeado, Edward le había levantado la minifalda y le había
arrancado las bragas.

—Maldita ropa —masculló él—. Desnuda. Deberías estar siempre desnuda.

—Pero…

Él le abrió las piernas, metiendo dos dedos de golpe en la húmeda vagina, inclinando
a la vez la cabeza hacia su clítoris, consumiéndola con un lametazo devorador.

—¡Edward! —clamó ella entre gemidos.

De inmediato, el fuego abrasador crepitó entre las piernas de Bella,
provocando un infierno en su vientre. Apremiantes y dolorosas, cálidas e
incontroladas, las sensaciones se estrellaron contra ella. Bella no podía respirar. Y,
definitivamente, no podía detenerle.

No quería detenerle.

Bella curvó los dedos ahuecándole la cabeza mientras contenía el aliento. Los
ávidos lametazos de Edward la dejaban conmocionada. Se la estaba comiendo
viva… su pasión y aspiraciones, todas sus dudas, sus esperanzas. Sus indecisiones.

¿Por qué Edward la afectaba de esa manera tan profunda? ¿Porque sospechaba
que estaba herido y, como enfermera que era, quería sanarle? ¿Porque excitaba su
cuerpo más que cualquier otro hombre? ¿Porque siempre había formado parte de sus
fantasías sexuales?

Las preguntas se diluyeron en su mente como el azúcar en el vino cuando Edward
acarició con la yema de los dedos el nudo de nervios que Bella tenía en el interior. Emmet
se hundió en el sofá a su lado y los observó con un deseo feroz plasmado en la cara.

—No dejaré que te haga daño.

—No lo hará —dijo ella entre jadeos.

—¿Te excita?


—Sí. —Bella echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos—. Sí.

Emmet le pasó el pulgar por el pezón tras bajarle el top y dejárselo debajo de los pechos.

—Yo también voy a excitarte, cariño.

Emmet deslizó la lengua sobre los tensos y duros pezones y acto seguido se los pellizcó
con los dientes. Edward realizó la misma acción, cogiéndole el clítoris entre los dientes
para luego excitarlo con la punta de la lengua.

Un lametazo implacable tras otro la hicieron estallar en llamas. El fuego se extendió
por todo su cuerpo, desde los pezones doloridos a las piernas, haciéndole arder la piel.
Creciendo, aumentando… El corazón de Bella se desbocó, el sonido de los latidos le
atronó en los oídos, dejándola sorda a todo lo que no fueran los sonidos voraces de la
boca de Emmet y los gemidos de Edward.

En unos segundos, el deseo aumentó y la sobrepasó hasta que ella revoloteó en el
mismo borde de un placer salvaje, hasta que su cuerpo se retorció sin control
bajo cada toque de la lengua de Edward.

El fuego que la devoraba siguió aumentando hasta alcanzar el máximo. Luego
explosionó, quemándole los ojos hasta que lo vio todo negro. Arqueando la espalda,
Bella gritó mientras se agarraba a la cabeza de Edward, a sus hombros.

Enorme. Gigantesco. ¿Alguna vez había tenido un orgasmo más intenso?

Bella intentó recuperar la respiración, detener el movimiento de aquel alocado
mundo que no dejaba de girar.

Edward sólo le separó más los muslos y le clavó la lengua a fondo mientras le exigía
más.

—Otra vez.

Las sensaciones volvieron a invadirla con tal rapidez que su cuerpo no fue capaz de
asimilar que la lengua de Edward estuviera acariciándole el clítoris de nuevo.
Aquello era demasiado. Demasiado intenso para soportarlo.

—Oh… Espera. Ve más despacio.

—No —escupió Edward, levantando la cabeza de entre sus muslos con los labios
mojados por sus fluidos—. Estás aquí para aprender a estar con dos hombres a la
vez. Te advertí de que las cosas se pondrían muy calientes. Algunas veces serán


rápidas y furiosas. Adáptate a ellas. Sin dejar de acariciarle los pechos, Emmet le dirigió
una severa mirada a su primo.

—Tiene poca práctica. Podemos ir más despacio.

—¿Por qué? Ya es mayorcita. No hace más que decir que es una adulta. Dentro de
cinco minutos podrá albergar tu polla en su culo. Y no mientas… sé lo mucho que lo
deseas.

—Estoy seguro de que será muy satisfactorio, si es eso lo que Bella quiere.

Edward le dirigió una mirada torva.

—Eres un presuntuoso bastardo que se oculta siempre tras esa imagen de niño bueno,
el perfecto caballero frente a mis modales de cavernícola. Pero no olvides que yo
estaba allí cuando te acostaste con aquella auxiliar de vuelo en Memphis el año
pasado. Te la tiraste durante más de tres horas. ¿Acaso piensas que Bella podría
mantener el ritmo en una de tus maratonianas sesiones?

Bella clavó los ojos en Emmet mirándolo bajo una nueva luz. ¿El Emmet tierno y amable? Él
se sonrojó con aire de culpabilidad, confirmando de esa manera las afirmaciones de
Edward.

—En ningún momento oí que ella se quejara. Además, tú también participaste.

—Una vez. El resto del tiempo fue toda tuya, colega. Y no es la primera vez que ella
recibe ese tratamiento. Ni se te ocurra negar que tienes un lado oscuro. ¿Quieres
conquistar a Bella? Pues será mejor que le enseñes tu verdadero yo.

Emmet tragó saliva.

— Bella ya conoce mi verdadero yo. Siempre seré lo más tierno que pueda con ella.

Edward soltó un bufido.

—Tarde o temprano tendrás que mostrarle esos arrebatos mortales o no harás otra
cosa que engañarla.

—Cállate.

Isabella observó el intercambio de palabras con asombro. Con cólera. Ambos le estaban
ocultando cosas. ¿Existían también secretos entre ellos? Decir que estaba pasmada era
quedarse corta.


Aclarándose la garganta, Bella intervino.

—Emmet, en serio, a mí…

—Éste es el trato —le dijo Edward a la castaña como si Emmet no hubiera gruñido y
ella no hubiera hablado—. Las mujeres disfrutan mucho con nosotros porque Emmet
tiene paciencia para hacerlas arder. Yo voy más rápido, pero me aseguro de que se
corran varias veces. Y en algún momentó entre medias, Emmet pierde la cabeza. —
Edward le dirigió a Emme otra mirada traviesa.

—Cállate, primo.

—Cuando ese lado oscuro sale a luz, se dedica a follarlas durante más de tres
horas seguidas. Más tiempo si pierde realmente el control. «No darse por vencido
jamás». ¿No es ése tu lema? —Las amargas palabras resonaron en el aire.

Con la boca abierta, Bella observó cómo Emmet cogía a Edward por la camiseta y lo ponía
en pie.

—La estás asustando.

—Estoy diciendo la verdad. Y debería estar asustada. Es virgen y está jugando
con dos hombres experimentados. Casi me follo ese dulce sexo esta mañana sobre la
mesa de la cocina mientras tú dormías.

Fue el turno de Emmet de dirigirle una mirada traviesa.

—¿Estás bien, Bella?

¿Qué podía decir ella? Bella asintió con la cabeza. La vergüenza no hacía daño. Había
sido una estupidez perder la cabeza en un momento de debilidad. No ocurriría de
nuevo. O eso esperaba.

Edward se mofó.

—¿Acaso piensas que estuve a punto de forzarla? ¿De violarla?

—En condiciones normales, no pensaría eso, pero hoy estás de un humor imposible
— gruñó Emmet.

—De haberla follado, habría sido porque ella me excitó y luego no tuvo el
control suficiente para decir que no. Fui yo quien se detuvo.


Emmet no pareció impresionado.

—Tú no quieres la responsabilidad de poseer a una virgen.

—No quiero lastimar a Bella y tengo muy poco control cuando estoy con ella. Todos lo
sabemos. —Hizo una pausa—. ¿Está desatándose tu lado oscuro esta noche, primo?

Bella observó cómo Emmet soltaba la camisa de Edward y cerraba los ojos, negándose a
mirar a nadie. Bella tuvo la sensación de que Emmet se avergonzaba de aquel
comportamiento extremo que tenía en ocasiones. Por extraño que pareciera, a ella no
le asustaba la respuesta de Emmet; sólo se preguntaba por qué razón necesitaba
desahogarse así, tan a fondo, con las mujeres.

—No —murmuró él al fin.

—Bien. Ya que tú posees la paciencia y no has bebido… —Edward metió la
mano en el bolsillo y sacó un condón y un tubo de lubricante. Los lanzó sobre la
mesita, justo delante de ella—. Ya sabes lo que teníamos previsto esta noche. Te
toca. Sé suave y cortés, y todo eso. O lo haré yo. Y entonces, que el cielo nos ayude.

Emmet soltó un tembloroso suspiro.

¿El señor Calmado? ¿El señor Jamás-pierdo-el-control? Guau… Allí había mucho más
de lo que ella hubiera sospechado nunca. ¿Qué demonios pasaba allí? No quería
respuestas a esas preguntas, no cuando sabía bien lo que significaban el condón y el
lubricante.

—Muchachos, si ninguno está seguro…

—Sí que estoy seguro —la interrumpió Emmett en voz baja—. Como Edward ha dicho con
tan poca delicadeza, pero sin faltar a la verdad, esto forma parte de tu entrenamiento.
Y uno de los dos tiene que hacerlo. Edward no está en condiciones. Sabes que
ya hemos hablado del tema - ¿verdad?

Otra mirada a los artículos que había sobre la mesita no daba lugar a dudas. Pensar en
lo que le iba a ocurrir —justo ahora— la alarmó y excitó a la vez. ¿Dolería? ¿Lograría
aceptarlo?

No tenía importancia. Ése era el mundo de Jacob, parte de lo que Jake querría. Estaba
allí para aprender si podía aceptarlo, si podía lograrlo; eso era todo.

—Sexo anal —contestó ella al fin.


—Sí. —La voz de Emmet , por lo general refinada como el brandy, tenía un leve tono
ronco—.

¿Te parece bien?

—Es necesario para tomar a dos hombres a la vez. Es parte de lo que quiero conocer.

—¿Pero te parece bien probar esta noche? Es tarde y hemos…

—Ya habéis hablado sobre ello. Y estoy dispuesta. ¿Lo estás tú? —bajó la
mirada a la entrepierna de los pantalones de Emmet.

En el mismo momento que ella hablaba, la erección creció.

—Siempre estoy dispuesto cuando se trata de ti.

—Decidido entonces —dijo Edward, dejándose caer en el sofá situado
perpendicularmente al de ella.

Bella frunció el ceño cuando él se apoyó en el respaldo y le dirigió una sonrisa. Si
Edward la deseaba tanto, ¿por qué no quería ser el primero en hacerlo? Le había dicho
que tenía muy poco control sobre sí mismo cuando estaba con ella. ¿Pensaría acaso
que se volvería un salvaje y la lastimaría? ¿O que la penetraría por el orificio
equivocado?

—Eso parece. —Emmet le dirigió a su primo una mirada desconcertada—. ¿Qué harás tú?

La mirada que Edward le dirigió a Bella casi la hizo estremecerse hasta los huesos.

—Mirar.

Una palabra que provocó una oleada de ardiente anhelo en Bella. Edward quería
observar cómo Emmet la tomaba analmente, pensaba disfrutar de cada
momento mientras ella se contorsionaba de placer. Una rápida mirada hacia abajo
le demostró que con sólo pensarlo, él ya estaba duro.

Pensar en el deseo de Edward era dolorosamente excitante. Su sexo se tensó y
una nueva humedad anegó sus pliegues ya mojados.

—Al final, tendrás que participar —le señaló Emmet a su primo.


—Al final. —Edward se recostó en el respaldo, cruzó los tobillos y colocó las manos
detrás de la cabeza. Había que estar ciego para no ver la enorme erección que
presionaba contra la bragueta de los vaqueros.

—Estoy preparado, así que ya puedes empezar.

Arrogante bastardo. Aunque fuera muy atractivo. Bella pensó en alguna réplica
mordaz, pero entonces Emmet le tocó el brazo.

—¿Cariño?

Él le estaba preguntando si estaba preparada para eso, para él. No. Sí. Tal vez.
Suspiró.

Tenía curiosidad, pero estaba asustada. Necesitaba poder aceptar a un hombre
analmente, pero le preocupaba que le doliera. Y si Edward no iba a tocarla, quería
volverle loco, quería que se volviera tan loco por ella que no pudiera mantenerse
alejado ni un segundo más.

Bella sabía que aquella era una actitud estúpida e imprudente. Pero después
de esa mañana en la mesa de la cocina, cuando él la había rechazado porque
ella no había tenido la fuerza de voluntad suficiente para decir que no, él había
echado mano de su autocontrol para detener aquel desastre. Estaba claro que
Edward no la había deseado tanto como ella lo había deseado a él. Sabía que él
había hecho lo correcto, y en parte se lo agradecía. Pero no por eso dejaba de sentirse
dolida.

¿Por qué la opinión de Edward tenía tanta importancia? Bella estaba allí por
Jacob. Por Jake, maldición. No por Edward.

Pero él le había dicho que no esa mañana, y ahora había rechazado la oportunidad de
ser el primero en tomarla analmente. Incluso la había entregado a Emmet. Aquella
duda no dejaba de atormentarla, pero estaba determinada a conseguir que él
lamentara haber rechazado aquella oportunidad. Edward debía prepararse para un
espectáculo infernal.

—Estoy preparada —le murmuró a Emmet al oído, dirigiéndole una sonrisa que no sólo
era descarada sino que decía «follame».

Por un momento, Emmet sólo se la quedó mirando, como si no estuviera seguro
de qué significaba su sonrisa o de qué hacer primero. Ella tomó la decisión por él.


Una extraña valentía, una femenina resolución —la pura necesidad de tentar a
Edward— fluyó por ella cuando se agarró el dobladillo del top y se lo quitó por
la cabeza, quedándose completamente desnuda ante Emmet. Edward obtuvo una vista
de perfil. Entonces, ella se pellizcó los pezones, asegurándose de que estuvieran duros.

—Estoy más que preparada. —Esperaba que esas palabras roncas se clavaran
directamente en la polla de Edward.

De lo que no cabía duda es de que si se clavaron en la de Emmet. Pasmado, se dejó caer
de rodillas.

—Siéntate en el sofá.

Dirigiéndole a Edward una mirada desafiante, Bella se giró, hizo ondular las caderas y
se acomodó en el sofá. Luego cruzó las piernas casi remilgadamente, imitando lo
mejor que sabía una postura femenina, y ¿acaso no era una suerte que de esa manera
sus pezones quedaran a la altura de la cara de Emmet?

Emmet se quitó la camisa que cayó al suelo,
exponiendo las tensas líneas de los anchos hombros, y los músculos de los brazos y
abdomen que se ondulaban con cada respiración. Él estaba preparado sin lugar a
dudas. Y era condenadamente atractivo. Bella se estremeció.

—¿Qué más puedes quitarte? —se burló ella, bajando la mirada a los pantalones
cortos de Emmet—, tengo algo que podrías tocar si te desnudas del todo.

Bella abrió las piernas para Emmet —y sólo para Emmet—, para que viera lo mojada
e hinchada que estaba. Emmet gimió, mirando fijamente los húmedos rizos.

Por el rabillo del ojo, Bella vio cómo Edward se abría la cremallera de los pantalones
y cogía su miembro hinchado en la mano. Comenzó a deslizar lentamente los dedos
por cada largo centímetro, apretando la anchura en el duro puño sin apartar los
ojos de ella. A Bella le encantaba poder llevar al taciturno Edward al límite del
deseo. Pero aun así no era suficiente.

De dónde había sacado a aquella pequeña arpía de su interior, no lo sabía, pero no iba
a detenerla en ese momento.

—¿Quieres tocarme? —le preguntó a Emmet , jugando con su clítoris y jadeando en
respuesta.


—Sí —gimió él—. Haz eso otra vez.

—Desnúdate y lo haré.

Emmet se quitó los pantalones cortos en menos de dos segundos para dejar a la vista un
largo miembro con gruesas venas y un enorme glande purpúreo; Bella intentó no
echarse a reír. El poder que tenía sobre ellos era algo embriagador. Excitante. Al final,
Emmet o Edward —o ambos— la controlarían a ella. Pero en ese momento, ella los poseía
a los dos.

—Muy bonito —murmuró ella.

La arpía que habitaba en su interior la indujo a deslizarse un dedo en la boca y mojarse
la yema. Con una sonrisa felina, llevó el dedo húmedo al miembro de Emmet y frotó la
saliva en el glande junto con el fluido que se filtraba por la punta. El siseó, tensando
los tendones del cuello mientras luchaba por mantener el control.

—Eres una niña muy traviesa —la reprendió Emmet.

—¿Yo? —respondió Bella con inocencia.

—Y muy desobediente. Súbete más la minifalda y tócate de nuevo. Quiero ver cómo lo
haces.

Una sorprendente petición viniendo de Emmet, normalmente tan caballeroso. Pero
tras esa noche, Bella sabía que había pasiones ocultas en aquel hombre.
Definitivamente, pedirle que se masturbara para él —para ellos— la escandalizaba. Y
también la excitaba.

Dejando la timidez a un lado, se recostó contra el respaldo del sofá y se levantó la
falda lentamente, muy lentamente, sosteniéndola por encima de los muslos; Edward
estaba sentado en el sofá de la derecha, pero podía ver lo suficiente de ella. Por
las maldiciones entrecortadas que soltaba era evidente que estaba bastante
frustrado.

Echando más leña al fuego, Bella se contoneó sobre el trasero y gimió, cerrando los
ojos y relamiéndose los labios.

—Ahora, Bella.

Isabella abrió los ojos. Parpadeó. ¿Ese tono dominante venía de Emmet? La
expresión de ternura que siempre había en su cara había sido sustituida por un
atisbo de severidad e impaciencia.


Emmet la cogió por los muslos y no precisamente con delicadeza.

—¡Ahora!

¿Cuándo había conseguido Emmet que se mojara por completo, y que una punzada de
temor la llenara de una emoción que no lograba comprender? Arqueando las caderas
hacia delante, bajó la mano a su sexo y se frotó el clítoris.

Por lo general, cuando estaba a solas, comenzaba trazando lentos círculos
mientras tejía alguna fantasía en su mente. Esa noche no tenía necesidad de imaginar
ninguna trama sexual. La estaba viviendo in situ.

Y en cuanto a los círculos lentos, ni hablar. Con dos miradas ardientes recorriendo
cada centímetro de su cuerpo, acariciándole los pezones duros y deslizándose por el
abdomen hasta su sexo húmedo, era imposible ir despacio.

Las sensaciones crecieron con rapidez cuando Bella comenzó a acariciarse el clítoris.
La ardiente presión se convirtió en una punzada dolorosa al observar cómo el
miembro de Emmet oscilaba arriba y abajo con cada ruda inspiración. Edward se
inclinó hacia delante, buscando un mejor ángulo de visión, luego ensanchó las fosas
nasales.

—Es increíble. Puedo oler desde aquí lo cerca que está de correrse.

Emmet asintió débilmente con la cabeza.

—Detente.

El placer burbujeaba en el interior de Bella , denso y agitado. Oyó hablar a Emmet,
diciéndole algo que ella no quería oír, así que lo ignoró.

—He dicho que te detengas. —Él la agarró por la muñeca.

Ella gimió ante la pérdida de la estimulación de la que él la había privado. Parpadeó un
par de veces. Emmet tenía la cara ruborizada. Sus dedos, largos y elegantes, le agarraban
la muñeca con una fuerza sorprendente.

—No me presiones —le advirtió, pareciendo a punto de estallar—, estoy cerca de
perder el control.

En otras palabras, si no quería que saciara su deseo en su culo durante las próximas
tres horas, sería mejor que desistiera.


—Está bien —murmuró ella.

Él la soltó y asintió con la cabeza con una expresión agradecida.

—Levántate del sofá y arrodíllate en el suelo de espaldas a mi.

Bella ni siquiera pensó en provocarlo. Simplemente lo hizo.

—Bien —la alabó mientras la agarraba por las caderas y se situaba detrás de ella.

Luego ella sintió la palma de su mano en su espalda —entre los omóplatos—
empujándola suavemente.

—Inclínate hacia delante y apoya los codos en el sofá.

«Oh, Dios. Está sucediendo. Estaba ocurriendo realmente.

Bella podía negarse. Sabía que podía. Pero entonces no lograría su propósito. Y en ese
momento deseaba con desesperación lo que Emmet iba a ofrecerle, deseaba que Edward
lo viera y que se excitara con ello. No podía dar marcha atrás.

Tragando saliva, hizo lo que Emmet le ordenaba. El olor a cuero y a su propia esencia
flotaban en el ambiente. Emmet la tranquilizó, acariciándole las caderas,
levantándole la minifalda, manoseándole el trasero.

—Eres preciosa —le dijo mientras le acariciaba una de las nalgas con la palma
de la mano—. Redonda y firme… con esta piel tan blanca. Y, en este momento, toda
mía. Ella gimió. Aquellas palabras y las caricias de Emmet la excitaban todavía más.

—Esto será igual que con los vibradores, sólo que yo soy de carne y hueso. Y más
grande que el último vibrador que albergaste.

Sí, era más grande, y no sólo un poco.

—¿Me va a doler?

—Iré con lentitud, intentaré que te duela lo menos posible.

—Es mejor de esta manera. Emmet tiene más paciencia que yo, gatita. Me va a encantar
oír tus gemidos.

Eso lo había dicho Edward.


Bella lo miró con el ceño fruncido. Aquellos ojos verdes ardían de pasión, sí, pero
ahora también había en ellos una pizca de ternura. Le estaba diciendo que temía
lastimarla si intentaba ser el primero en tomarla analmente, pero que estaría allí con
ella, que no la había abandonado. Y Bella leyó el deseo en sus rasgos. Quería ocupar
el lugar de Emmet.

Pensó de prisa mientras oía cómo Emmet rasgaba el envoltorio metálico a sus espaldas.
¿Edward había renunciado a ser el primero porque quería que ella lo disfrutara?
¿Habría provocado a Emmet con ese propósito?

—Notarás que esto está un poco frío y resbaladizo —le advirtió.

Un segundo después, Bella sintió un dedo explorador en su ano, extendiendo
el frío lubricante en su interior y en el fruncido agujero. Se estremeció.

Se sintió invadida por una duda repentina. A pesar de que Emmet siempre era tierno con
ella, no era un hombre pequeño. Quizá no podría albergarle. Quizá le haría demasiado
daño. Quizá…

Emmet le acarició las nalgas suavemente y luego se las separó.

—Relájate. Acuérdate de presionar cuando comience a penetrarte. No te dolerá. Iré
muy despacio.

Se inclinó y le dio un beso en la cintura, y Bella supo que él haría todo lo posible para
hacerla gozar, para minimizar el dolor. Suspiró.

Luego lo sintió empujar con fuerza contra el ano. La penetró un poco, y el glande entró
en ella. Podía sentir la presión, pero no le dolía. «Bien». Agarrándola por las caderas,
Emmet susurró.

—Ahora, empuja con fuerza.

Bella lo hizo, apretando los dientes. Emmet presionó un par de veces, forzando el anillo
de músculos que allí había.

Emmet maldijo entre dientes y le clavó los dedos en las caderas. Bella gimió ante la aguda
sensación de dolor.

Al instante, Edward se colocó delante de ella en el sofá.

—Shh, te va a gustar, gatita.


—Maldición. Necesito empujar con más fuerza —dijo Emmet.

Ella asintió débilmente con la cabeza. Edward le agarró las manos.

Bella sintió que Emmet se retiraba un poco, que la agarraba con más fuerza de las
caderas y que volvía a penetrarla; su glande consiguió traspasar el resistente anillo de
músculos. Ella soltó un grito ahogado cuando el dolor estalló en su interior, y
luego, lentamente se disipó, siendo sustituido por una sensación de plenitud. Las
terminaciones nerviosas se excitaron ante las nuevas posibilidades.

—¿Ya estás dentro? —murmuró ella.

—Sólo la mitad —graznó Emmet—. Pero ya ha pasado lo más difícil. ¿Te gusta?

¿Le gustaba? Era una experiencia nueva, pero no estaba segura de si lo que sentía era
dolor o placer, o un poco de ambos. Jamás había pensado en sentir placer en aquella
abertura, pero, ¿le gustaba?

La mirada que dirigió a la cara de Edward acabó con sus dudas. Él estaba tenso de
deseo y expectación. Parecía estar encantado de… ¿observarla? ¿O acaso estaba
pensando que cuando le tocara el turno sería más fácil? De una u otra manera, el que
ella se estuviera sometiendo a Emmet , los complacía a los dos y excitaba a Edward.
Ciertamente, aquello le gustaba y mucho.

—Me gusta. —Asintió con la cabeza—. Continúa.

—Maldición, eres muy estrecha, cariño —masculló Emmet—. No voy a poder
contenerme mucho más.

Bella no tuvo la oportunidad de contestar, supuso que Emmet tampoco lo necesitaba, no
cuando volvió a empujar hacia delante de nuevo, introduciendo unos
centímetros más de su miembro en su cuerpo. La presión se incrementó, y ella gimió,
arqueando la espalda. Él se deslizó un poco más. Bella jadeó.

—Casi está.

Con un último envite, mientras se aferraba frenéticamente a sus caderas y
soltaba un gruñido, Emmet se introdujo por completo en su ano.

Bella soltó un gemido ante las repentinas y agudas sensaciones. No sentía ni placer, ni
dolor, sino una mezcla de ambos. Una sensación extraña que le aflojaba las
rodillas y la hacía sentirse completamente dominada.


Edward le apartó el pelo de la cara.

—Dios, ¡qué sexy eres! —Luego alzó la vista hacia Emmet , y ella sintió que las
miradas de ambos se encontraban a sus espaldas—. Follala.

Emmet no contestó. Se retiró hasta el anillo de músculos, y luego volvió a introducirse por
completo. La fricción hizo que Bella jadeara. Volvió a sentir aquella sensación entre
dolor y placer, plena y opresiva, que la hizo contorsionarse, echar la cabeza hacia atrás
y aceptarlo por completo en su interior. Y sabía que volvería a hacerlo con gusto.
Aquella plenitud la hacía sentir viva.

—Tócate el clítoris —dijo Emmet con voz tensa—, quiero sentir cómo te corres.

Y se correría pronto. La novedad de aquello, y el éxtasis en la cara de Edward
mientras observaba sus reacciones, la colmaban de placer, mientras que el miembro
de Emmet , con fuerza y suavidad, fue adquiriendo ritmo, conduciéndola lentamente al
éxtasis.

Obedeciendo al instante, Bella se tocó el clítoris con un dedo. No estaba sólo
húmedo, sino que casi le goteaban los fluidos por los muslos. ¿Se había sentido alguna
vez tan excitada? Edward y Emmet le ofrecían poderosas razones para que Bella perdiera
el control. «Es asombroso», pensó ella sintiendo como el sexy chef empujaba de nuevo
en su interior.

El clítoris le latió bajo los dedos, y se siguió frotando. Oleadas de placer la
envolvieron como una telaraña, delicadas y absorbentes. Increíble. Bella oyó un
gemido, y se dio cuenta de que el sonido provenía de ella.

El dulce dolor que provocaba la invasión de Emmet y los placenteros toques que se daba a
sí misma estaban a punto de enviarla a la estratosfera.

—Está comenzando a palpitar en torno a mi miembro.

—¿Te vas a correr, gatita? —le murmuró Edward al oído.

Bella sólo pudo gemir y arquear un poco más la espalda mientras Emmet la
embestía profundamente y siseaba, clavándole los dedos en las caderas. La folló
con fuerza. Las terminaciones nerviosas de Bella estaban a punto de explotar. Dios,
jamás había imaginado un placer que pudiera consumirla de esa manera.

—Chúpasela —le pidió Emmet .


Edward levantó la vista y miró a Emmet . Fuera lo que fuera lo que allí vio, lo tranquilizó.
Cuando bajó la mirada hacia ella, en sus ojos verdes asomaba una súplica. Tomó su
erección en la mano y la acercó a su boca.

¡Sí! Poseída por delante y por detrás. Era… perfecto.

El ritmo de Emmet era ahora profundo, lento y duro. Bella aplicó el mismo ritmo. Sabía
que a Edward le gustaría.

—¡Oh, sí! —gritó él con aprobación.

Los dedos de Bella se paralizaron sobre su clítoris, y Emmet acudió al rescate, apartando
su mano y asumiendo el control.

«Oh, mucho mejor». Era condenadamente efectivo. La rampa hacia el éxtasis era cada
vez más inclinada. La hacía girar, temblar, volar. Casi…

—Córrete, cariño.

Ella gimió en torno al miembro de Edward, y una explosión atravesó su
cuerpo, desgarrándole el alma, sacudiéndola, deshaciéndola y volviéndola a
rehacer. Atontada y asombrada, Bella se dejó llevar por las convulsiones, por los
ríos de candente placer que fluían por todo su cuerpo.

A sus espaldas, Emmet se tensó, aferrándole las caderas de nuevo, y soltó un grito gutural.
Bella se sintió jovial y triunfante. ¡Lo había conseguido! Y lo repetiría con gusto.

Pero aún no había terminado, le recordó Edward empujando en su boca.

Decidida a compartir su dicha, lo tomó profunda y lentamente con la lengua,
chupándole, lamiéndole, friccionándolo con los dientes. Edward le ahuecó la cara con
las manos.

—Genial, gatita. Chúpamela. Es tan jodidamente bueno.

Saber que podía provocarle esas sensaciones a Edward era embriagador. Quería
que él se corriera, necesitaba saber que él también llegaba al éxtasis.

Emmet se retiró de su trasero lentamente, con cuidado. Bella gimió ante la
extraña sensación de su retirada, ante el dolor que provocaba el repentino vacío.

Luego Emmet se inclinó sobre su cuerpo y le depositó un beso en el hombro.


—No dejas de asombrarme. Ha sido increíble.

Sintió que Emmet se ponía de pie a sus espaldas. Vagamente, lo oyó quitarse el condón y
luego el ruido apagado de sus pasos cuando dejó la habitación.

Bella se centró en Edward, en los atleticos muslos que tenía bajo los dedos
y en el grueso tallo que acunaba con la lengua.

Al instante, Edward se puso tenso.

—¡Vuelve aquí de una puta vez!

Bella levantó la cabeza, perpleja.

—Ya estoy aquí.

—Se lo decía a Emmet —gruñó él.

Edward necesitaba a Emmet … ¿para qué? No tenía duda de que Edward podría correrse
sin él.

—Ahora voy —gritó Emmet desde el otro extremo de la casa.

—Quiero que muevas el culo hasta aquí ahora mismo.

Emmet no contestó. Edward cerró los puños y se puso en pie con rapidez y
maldijo entre dientes. Edward tuvo la horrible certeza de que allí pasaba algo raro.

«La curiosidad mató al gato».

—No le necesitamos —murmuró ella—, estoy más que dispuesta a rematar la faena
sin él.

Los ojos de Edward abandonaron el umbral de la puerta para deslizarse
ardientes por el cuerpo de Bella . Ante la imagen de ella con sólo una
minifalda, su miembro palpitó y se hinchó todavía más. Lanzó otra mirada frenética
alrededor de la estancia.

—Maldita sea, ¡no! No hay más condones.

Intentando disimular la perplejidad de su cara, Bella le cogió de la mano.

—Está bien. Siéntate. No necesitamos un condón. Yo terminaré…


—No. No sin Emmet aquí. No quiero seguir si Emmet no está en la habitación.

—¿Qué? —La sorpresa reverberó por todo su cuerpo. ¿Qué quería decir Edward en
realidad?

¿Se estaba negando el placer a pesar de tener tenso cada músculo de su cuerpo sólo
porque quería gritarle obscenidades a Emmet ?

—Estoy segura de que puedes correrte aunque Emmet no esté en la habitación.
No lo necesitamos.

—No, pero se supone que él te protegerá, te ayudará. Y si no vuelve aquí de una
maldita vez, juro por Dios que voy a tumbarte en el suelo y a follarte.
Continuará...uffff!!!!

2 comentarios:

  1. holaaaa por dioss que hotttttt que son estoss capiss..jajaj hayy este edwarddd es algo brusco con bella cuando se comportara mass amableee!!!!! me gusta muchisimo esta historiaaa"!!!! nos leemos!!!

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  2. hola Ro!!
    aca estoy yo! Lau!! re chan!
    jajjaj me fascino el capitulo!
    asi que emmett tiene otra faceta??? mmmm
    interesante!!! muero por saber mas de el! ajaj!
    besoos Ro!

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