Capítulo 2
—Así que has decidido evitar la bienvenida que yo había planeado para ti —Edward dijo aquello con aparente calma, a pesar de la furia que rugía dentro de él al ver lo que había estado a punto de pasar.
— ¿Bienvenida? —Repitió Bella, apartando la mirada—. Tú eres la última persona en el mundo que espero me dé la bienvenida a ninguna parte.
—Soy tu marido. Era mi deber darte la bienvenida a Zayed.
Bella no contestó.
— ¿Por qué saliste corriendo? —insistió Edward.
No le gustaba que hubiera salido huyendo de él. A pesar de todo lo que ocurrió entre ellos, en el pasado Bella nunca lo había temido.
—No estaba vestida para la ocasión —contestó ella.
Edward apretó los labios.
Parecía absolutamente tranquila. ¿No le había asustado ser asaltada por esos chicos? Él, sin embargo, no dejaría de pensar en ello durante mucho tiempo. Había pensado que no albergaba sentimiento alguno por su mujer, que sus actos habían matado el cariño que sentía por ella…
Pero en cuanto vio a aquel joven ponerle la mano encima se sintió invadido por una furia ciega. Y algo más.
Era su mujer.
Ningún otro hombre tenía derecho a tocarla. Nunca.
No podía entender su preocupación por Bella, la mujer que se había comportado de forma atroz en el pasado. No entendía su deseo de protegerla. Aunque nada de eso habría ocurrido de haber aceptado la bienvenida que él tenía preparada.
—No pienso quedarme mucho tiempo —dijo Bella entonces—. Una bienvenida a lo grande como la que me habías preparado daría lugar a confusiones. La gente pensaría que he vuelto para quedarme en Zayed, así que marcharme me pareció lo mejor.
— ¿Lo mejor para quién? ¿Para ti? A mí no me ha hecho ningún bien verme solo en el aeropuerto como un tonto.
—Tú nunca parecerías un tonto. Pero yo no estaba preparada para la ocasión. ¿Cómo iba a salir así en la televisión? —preguntó Bella, señalando su ropa.
Edward la miró de arriba abajo. El vestido se pegaba a su cuerpo por el calor, llevaba el cabello despeinado bajo un pañuelo que se había deslizado hasta su espalda y apretaba los puños hasta que sus nudillos se volvieron blancos.
Quizá no estaba tan tranquila como quería aparentar. Quizá el ataque la había asustado de verdad.
En otros tiempos se habría venido abajo, se habría puesto a llorar. Entonces era tan dulce, con sus enormes ojos castaños de gacela. Había sido esa dulzura lo que hizo que se enamorase de ella. Había habido tan poca ternura en su vida…
— ¿Qué estás mirando? —Le espetó ella entonces—. Siento mucho no llevar un vestido de alta costura. Siento mucho no ser digna de un jeque.
Había una nota de irritación en su voz que no le resultaba familiar y cuando vio el resentimiento en sus ojos Edward parpadeó, sorprendido. ¿De dónde había salido eso? Bella siempre había sido una persona fácil, deseosa de complacerlo.
— ¿No eres digna de un jeque? Me casé contigo, ¿no es verdad?
Bella se pasó una mano por la cara.
—Mira, estoy agotada. Lo último que deseaba era una recepción con cámaras de televisión y todo.
—Acepto la disculpa.
Bella contestó mirándolo con un brillo de ira en sus ojos castaños. Edward casi sonrió. Sí, podría acostumbrarse a eso.
—No era una disculpa, era una explicación. No deberías haber intentado sorprenderme así. Y en cuanto a lo que es mejor para mí… en el pasado nuestra relación siempre era sobre ti y lo que era mejor para ti… o para tu familia. Pero he venido hasta Zayed para hablar contigo en privado. Para conseguir el divorcio. No quería que me diesen la bienvenida como a la esposa del jeque. Eso sería una mentira porque no tengo la menor intención de quedarme.
Edward la miró, en silencio. Quería el divorcio. Tres meses antes se lo habría dado sin dudar. Incluso se habría alegrado de que la esposa suave y maleable en la que intentaba no pensar nunca saliera por fin de su vida.
Pero todo había cambiado. Su padre no estaba bien y la necesitaba en Zayed, a su lado. Y después de lo que había sentido cuando la creyó en peligro… y al ver aquel nuevo fuego en sus ojos, no estaba seguro de poder dejarla ir.
Por primera vez en su vida se sentía confuso. Y no le gustaba esa sensación en absoluto.
El palacio apareció ante ellos, grandioso, fantástico. La piedra con la que estaba construido había sido blanqueada por los siglos hasta volverse de un tono dorado, como el desierto. Como un palacio de las mil y una noches.
Pero era un espejismo. Porque Bella sabía que detrás de esos muros se escondía un mundo de susurros, de intrigas políticas… y el corazón frío del emir que la había destruido.
Después de atravesar el imponente portalón de madera llegaron a un patio de piedra donde el Mercedes se detuvo. El conductor le abrió la puerta haciendo una inclinación de cabeza y Bella salió del coche.
Incluso ahora, con renovada confianza después de cinco años de separación, se sintió incómoda al pasar bajo el inmenso arco de medio punto.
—Me gustaría llamar a mi hermana para decirle que he llegado bien —le dijo a Edward. En realidad, necesitaba oír la voz de Rosalie para recuperar la confianza.
—Sí, claro.
Bella pensó entonces en las fotos que le había pedido Alice.
— ¿Hay algún sitio desde el que pueda enviar un email?
—Sí, puedes usar mi estudio cuando quieras.
—Gracias —sonrió Bella.
Edward la miró, sorprendido. Sus ojos brillaban como el oro mientras se acercaba.
—Bella…
—Excelencia, cuánto me alegro de que haya vuelto —los interrumpió su ayudante—. El jeque Aro ha llegado exigiendo audiencia. Ha venido con el jeque Cayo y están esperándolo en la sala de reuniones —el hombre tenía el ceño arrugado.
Edward se apartó y Bella, de repente, se sintió sola, helada. Su corazón se había encogido ante la mención del jeque Aro. Ése era otro nombre que habría preferido no volver a oír nunca.
—Diles que estaré con ellos enseguida.
—Ya les he dicho que había ido a recibir a su esposa tras una larga ausencia. Pero eso no les importa, sólo les importa el tema de los derechos en los territorios del norte…
Edward soltó una palabrota.
—Tengo que irme, Bella. Nos veremos durante la cena —dijo luego, muy serio—. Hablaremos entonces. Mientras tanto, Ángela te acompañará a tus aposentos.
Bella no había visto a la mujer, que se había acercado sigilosamente. Tenía el rostro redondeado, los ojos muy abiertos y llenos de respeto mientras esperaba sus instrucciones.
—Espera —lo llamó Bella, pero Edward no la oyó porque se alejaba con su ayudante para solucionar la última crisis de Zayed—. Te agradecería que me llevases a mi habitación, Ángela. Estoy deseando asearme un poco.
Su habitación, varías salas que se comunicaban unas con otras, daba al exuberante jardín, lleno de palmeras y fuentes. A través de las ventanas le llegaba la fragancia de la madreselva y las gardenias.
Bella se quitó los zapatos antes de entrar en el cuarto de baño, donde Ángela ya había llenado la bañera. El dulce aroma de los pétalos de rosa era invitador… y embriagador. Uno de esos pequeños lujos que aliviaba el alma y hacía que la angustia de vivir en Zayed fuera más soportable.
Diez minutos después, envuelta en aquel exótico aroma, Bella se dio cuenta por fin de que había vuelto al mundo de Edward… al que había jurado no volver nunca.
Se preguntó entonces si tendría oportunidad de hablar con su marido. Edward era un hombre importante; no era un jeque de cuento. Su padre siempre le había exigido que se involucrara en los asuntos de estado. Aunque el emir no tenía prisa por cederle el mando a su hijo.
En el pasado, las demandas del emir habían sido uno de los grandes problemas en su matrimonio. Y Bella se sintió aliviada porque, en aquella visita, ya no serían un problema. Ya no necesitaba que Edward hiciera el papel de marido y amante. Lo único que necesitaba era el tiempo suficiente para discutir la enigmática frase de su marido: «Hablaremos en Zayed. No habrá divorcio por el momento, pero es posible que lo haya. Pronto. Ya hablaremos».
Pero ella había ido hasta allí para conseguir el divorcio. Y lo conseguiría. No iba a dejar que Edward la dominase como había hecho en el pasado. Ya no era la niña de entonces y ya no estaba fascinada por su poderoso marido.
Después del largo baño, Bella se sentía lánguida y pesada pero, por fin, logró reunir energía para envolverse en una toalla de color marfil y volver a la suntuosa habitación donde su pobre selección de ropa había sido cuidadosamente guardada en el armario por Ángela.
Conociendo la naturaleza conservadora de palacio, Bella eligió una falda negra larga y un top del mismo color con escote de pico y mangas de seda. Un par de bailarinas negras en los pies y estaba lista para enfrentarse con Edward.
Pero cuando bajó al salón le sorprendió encontrarlo solo. Se había quitado el traje oscuro y llevaba el tradicional thobe, que lo hacía parecer aún más alto, enfatizando sus oscuras facciones, y le daba un aspecto impresionante. Bella vaciló en la puerta.
— ¿Dónde está todo el mundo?
En el pasado, tener que enfrentarse a un montón de extraños en el comedor al final del día era lo habitual. Ayudantes, miembros de la familia, miembros de otros clanes del desierto, todos iban a palacio para pedirle consejo al emir o a alguno de los miembros de la familia reinante. Y Bella había esperado que aquella noche ocurriese lo mismo.
—Mi padre no se encuentra bien. Hay gente haciendo vigilia en la antecámara de su habitación y en el patio.
—Ah.
Por un momento, Bella consideró preguntarle qué le pasaba al emir, pero decidió no hacerlo. Sería una pregunta directa, poco elegante. Además, no quería hablar de su padre.
— ¿Podemos hablar del divorcio?
—Después de cenar —contestó Edward—. Has viajado durante horas, necesitas sustento.
—Será una conversación muy breve —insistió ella.
Estaba dejando la discusión para más tarde, una regla de etiqueta en palacio. Si un asunto podía convertirse en un conflicto, no debía ser discutido durante la cena.
—Es mejor esperar —dijo Edward.
—No puedo creer que me hayas hecho venir hasta aquí para hablar de un divorcio al que tengo derecho.
La expresión de su marido se volvió distante.
—No tienes derecho a divorciarte de mí hasta que yo dé mi consentimiento.
—No puedes decirlo en serio. Eso es absurdamente anticuado —protestó Bella—. Si tiene que ver con tu orgullo masculino, divórciate tú de mí. Me da igual. No tenías que haberme traído desde el otro lado del mundo para esto.
—No te preocupes. Serás recompensada por esa… inconveniencia.
—No es necesario —Bella levantó la barbilla, orgullosa. No necesitaba su dinero—. Lo único que quiero es el divorcio. Sólo por eso el viaje merecerá la pena.
Edward apretó los labios.
—Conseguirás el divorcio cuando yo quiera dártelo. Pero ahora vamos a comer.
Bella tuvo que respirar profundamente mientras lo seguía hasta el jardín. Unas escaleras de piedra llevaban a una especie de patio secreto donde las rosas blancas abrían sus pétalos bajo la luna. Y, cerca de ellos, una fuente de agua cantarina, el sonido calmando un poco los nervios de Bella.
En aquel patio escondido, que Bella no había visto hasta entonces, habían puesto la mesa para cenar. En una enorme bandeja de plata vio dátiles y queso blanco. En otra, una selección de panes con hummus, la típica pasta hecha de garbanzos, kibbe, bolitas de carne picante con nueces, y una fuente con tabbouleh, la ensalada típica de la zona. Al ver todo aquello, Bella descubrió que estaba más hambrienta de lo que creía.
— ¿Eso es falafel?
—Ta'amiyya. Esta hecho de judías, pero se parece al falafel. Pruébalo.
Bella tomó un poquito de cada cosa mientras Edward le servía un vaso de agua helada. Después de cenar, Edward eligió dos melocotones y, con un cuchillo afilado, los cortó en trozos. La carne era de un color naranja brillante y el jugo se escurría entre sus dedos.
Pero cuando se los ofreció en un plato, Bella los rechazó.
—No puedo, he comido demasiado.
—Pruébalos. Están muy dulces, la carne suave y suculenta. Los han traído hoy mismo de Damasco.
Lo decía de tal forma que empezaban a parecer irresistibles y, por fin, Bella decidió probarlos. Los melocotones eran todo lo que él había prometido.
— ¿Te gustan?
—Mmmm…
Los ojos de Edward se oscurecieron.
—Solías gemir así cuando hacíamos el amor.
Bella apartó la mirada de inmediato.
—No me acuerdo de eso.
—Sí te acuerdas —los ojos de Edward se habían oscurecido, pero su voz era tan suave como el terciopelo.
La cena había terminado, de modo que ya no tenía que portarse como «era debido». Había llegado el momento de ir al grano.
—No quiero acordarme. Quiero volver a casa y rehacer mi vida.
—Hubo un tiempo en el que tu casa estaba aquí, conmigo…
—Eso fue en otra vida.
—Entonces, ¿hay otro hombre?
—Yo no he dicho eso —contestó Bella.
Pero no podía dejar de pensar en Jake, que la esperaba con tanta paciencia, llamándola cada semana y aceptando sus negativas estoicamente. Jake era tan… normal, tan diferente de su abrumador marido. Y eso era precisamente lo que lo hacía tan atractivo. Estar con él no sería como subir a una montaña rusa, él no mataría su amor o su confianza. Jake no le arrancaría el corazón de un zarpazo.
—No tengo la menor duda de que este repentino deseo de divorciarte es debido a un hombre.
— ¿Por qué tiene que ser un hombre? Quiero seguir adelante con mi vida, Edward. Quiero mi identidad como Bella Swan. No quiero que me asocien contigo, el jeque Edward Masen-Cullen, hijo del emir de Zayed.
—No sabía que fuera un apestado.
— ¿Tú no quieres rehacer tu vida? ¿No quieres volver a casarte?
—Es posible.
Una fiera emoción desconocida se clavó entonces en el corazón de Bella. Su padre había querido que Edward se casara con Tanya, la hija de uno de los jeques que había llegado antes a palacio. Los dos hombres, amigos del emir. El jeque Aro ostentaba el poder en el norte del país, controlaba el petróleo en esa zona y gobernaba varios clanes, a veces levantiscos. Y el tío de Tanya, el jeque Cayo, estaba emparentado por matrimonio con el sultán de un estado fronterizo que producía una masiva cantidad de barriles de petróleo por día. El matrimonio de Edward con Tanya habría solidificado el estado de Zayed, convirtiendo al diminuto país en el más poderoso y estratégico de la región.
Y, sin duda, Edward se casaría con ella en cuanto el divorcio hubiera finalizado.
—Cuando veníamos del aeropuerto dijiste que, en el pasado, nuestra relación se había basado en lo que yo quería, en lo que quería mi familia. Yo no lo recuerdo así —dijo él entonces—. De hecho, me recuerdo a mí mismo sentado en el banco de un parque de Londres, no lejos de aquel estudio horrible que alquilamos, mirándote a los ojos mientras hablábamos del futuro y compartíamos nuestros sueños. Entonces se trataba de nosotros, no sólo de mí. Ni de mi familia.
¿Cómo se atrevía a recordarle aquello que ocurrió siglos atrás? Entonces ella era tan joven, tan ingenua. Y estaba tan enamorada de aquel estudiante guapísimo al que había conocido en la galería Tate… Se casaron demasiado pronto. Un loco impulso que lamentó más tarde.
—Nuestro matrimonio fue un error.
Porque su mundo y la realidad de lo que era, el hijo del emir de Zayed, le destrozó la vida. Bella recordó momentos agridulces de aquel tiempo, cuando Edward la amaba y ella lo amaba a él.
Pero la larga sombra del emir había aparecido sobre ellos de inmediato. Edward había sido llamado por su padre y, de la noche a la mañana, todo cambió por completo.
Él había cambiado.
Bella se clavó las uñas en las palmas de las manos. También ella cambió. Y eso fue antes de descubrir que…
—Éramos felices —Edward interrumpió sus pensamientos—. Durante un tiempo.
—Hasta que descubrí quién eras.
Bella lo miró entonces, en silencio. Seguía siendo el hombre más guapo que había visto nunca. Sus ojos verdes tenían el brillo de la inteligencia. Sus altos pómulos, la nariz arrogante sobre unos labios profundamente masculinos… todo eso aún tenía el poder de acelerar su corazón. Pero, con la thobe, el musculoso cuerpo escondido bajo la tela blanca, tenía un aspecto extraño, peligroso. Y muy, muy poderoso.
—Lo que soy no debería haber cambiado lo que había entre nosotros.
—Edward, por favor. No puedes decirlo en serio. La presión de ser el sucesor del emir de Zayed, la hostilidad de tu padre…
— ¡No metas a mi padre en esto! Él nunca te hizo nada. Fue tu comportamiento, tu traición, lo que destrozó nuestro matrimonio.
Bella cerró los ojos. El emir la había odiado desde el principio e hizo todo lo que pudo para romper su relación. Y, al final, lo consiguió. Bella había tenido que marcharse de Zayed, con el corazón roto.
Edward la odiaba.
— ¿Qué importa el pasado? Has dicho que fue mi traición lo que nos separó, pero al final fue tu falta de confianza lo que mató nuestro matrimonio. Así que, ¿para qué…?
— ¿Mi falta de confianza? Tú…
—No tiene sentido seguir discutiendo sobre esto. Todo ha terminado y quiero el divorcio… y cuando me haya marchado de aquí, no quiero volver a verte nunca más. Ni a ti ni a tu padre.
—Puede que tu deseo se haga realidad —dijo él entonces—. Mi padre se está muriendo.
Bella apretó los labios. Seis años antes había deseado que el viejo emir desapareciera de su vida y de la vida de su hijo para siempre. Entonces, su muerte habría resuelto todos los problemas. Pero ahora le daba igual.
Se decía a sí misma que era porque ya no vivía allí, porque su vida era otra. Tenía una vida y no incluía a Edward. Aunque su padre estuviera muriéndose.
— ¿Y eso qué tiene que ver conmigo? No me importa tu padre. No me importa que esté muriéndose —dijo, sin pensar, forzada por el dolor.
Cuando miró a Edward, vio un brillo de ira en sus ojos. Pero desapareció enseguida.
—No tengo el menor deseo de ver a tu padre. Nunca más. Te lo advertí cuando me obligaste a irme de aquí hace cinco años.
—También dijiste que no querías volver a verme —le recordó él—. Pero aquí estás, sentada frente a mí. Así que, nuur il—en, «nunca» es una palabra falsa. La muerte es el único final. Mi padre cree que es hora de que tenga una compañera… quiere tener esa certeza antes de morir.
— ¿Y?
— ¿Quién mejor para eso que mi esposa?
Bella soltó una carcajada incontrolable. Una carcajada que incluso a ella misma le sonó rara. Tan rara como que el emir de Zayed la quisiera a ella como esposa de Edward.
—Eso es lo último que desea tu padre. Preferiría verme en el infierno —dijo por fin—. ¿Y Tanya? ¿Por qué no te casas con ella? Tu padre aprobaría ese matrimonio.
—Desgraciadamente, Tanya ya está casada. Y yo no soy partidario de la bigamia.
Tontamente, Bella se alegró de oír eso. Aunque era absurdo. La vida de Edward ya no tenía nada que ver con la suya.
—Pues divórciate de mí y busca otra esposa.
—No hay tiempo. Mi padre necesita saber que sigo casado, que nos hemos reconciliado. Y tú vas a ayudarme, Bella. En cuanto mi padre haya muerto podrás marcharte con ese divorcio que tanto deseas.
Había algo increíblemente irónico en que Edward quisiera su ayuda para convencer a su padre de que estaban juntos otra vez. Pero ella no tenía intención de quedarse en Zayed ni un día más de lo necesario.
—Quiero que firmes el consentimiento para el divorcio. Y luego quiero marcharme.
—No solías ser tan dura de corazón…
— ¿Yo? ¿Dura de corazón?
—Antes eras dulce, tierna —siguió Edward.
—Hasta que tu padre y tú me abristeis los ojos.
—No culpes…
— ¿Para qué seguir discutiendo? Da igual lo que pienses de mí. He crecido y ya no necesito tu aprobación para nada.
Edward apretó los labios.
—Pero quieres el divorcio. Y yo no pienso firmar nada a menos que te quedes. A menos que podamos convencer a mi padre de que estamos juntos de nuevo, no daré mi consentimiento. Nunca.
—Muy bien. Pediré el divorcio en Nueva Zelanda.
—Y yo me opondré. Aunque nos casamos en Londres, lo hicimos según las leyes de Zayed y yo soy ciudadano de este país. Necesitas mi consentimiento, Bella. Me opondré con todas mis fuerzas y mis abogados se encargarán de que el divorcio sea imposible —dijo Edward entonces—. Y tú sabes que no puedes ganar. De otra forma, habrías pedido el divorcio en Nueva Zelanda.
Bella tragó saliva.
—Lo que me pides es imposible.
Edward miró a su mujer y contuvo la ternura que amenazaba con asomar a sus ojos. Parecía atemorizada, frágil, por primera vez desde que llegó. Ni siquiera cuando tuvo que enfrentarse con aquel joven del cuchillo se había mostrado asustada. Permaneció tranquila, compuesta, mientras él temblaba de rabia porque aquel chico se había atrevido a tocar a su mujer.
Había querido detenerlo, hacer que lo expulsaran de Zayed por tocar a Bella… Lo había visto todo rojo y, en ese instante, supo que le pondría el divorcio tan difícil como pudiera. Pero su voz no reflejaba ninguna de esas emociones cuando dijo:
—No te estoy pidiendo nada imposible. Es mi deseo, querida esposa…
—No me llames así. Ya no soy tu querida esposa.
—Eso es verdad. Ya no lo eres —asintió él—. Quédate hasta que muera mi padre, Bella. Es lo último que voy a pedirte. Después, te daré ese divorcio que tanto deseas.
— ¿Cuánto tiempo?
— ¿Cómo?
— ¿Cuánto tiempo debería quedarme en Zayed?
—Hasta que muera mi padre, ya te lo he dicho.
—Pero no sabemos… cuánto tiempo tardará en morir.
Algo se contrajo en el pecho de Edward cuando Bella se saltó las convenciones del trato social en su país. Eso lo frustraba aún más. Porque era evidente que quería el divorcio y eso era lo único importante para ella.
—Necesito una fecha.
—No puedo decírtelo, no lo sé. Mi padre está muy débil y sufre mucho. Los médicos dicen que podría ser una semana, dos. No le dan más de un mes de vida.
— ¡Un mes!
Edward esperó, dándole tiempo, observando cómo se mordía los labios, observando ese espacio entre sus dientes que le daba un aspecto aniñado y preguntándose qué tendría aquel tal Jake para que hubiese vuelto a un país al que había jurado no volver nunca con la intención de pedir el divorcio. Las fotografías del hombre, procuradas por una agencia de detectives que había contratado después de recibir su llamada, mostraban un hombre corriente de pelo rubio y sonrisa inocua. Aparentemente, Bella no mantenía una relación sexual con ese hombre, ese tal Jake.
Aún.
Y, por el momento, eso era lo único que impedía que Edward se volviera loco.
La había echado de Zayed, pero aún no estaban divorciados. Era suya, del jeque Edward Masen-Cullen. Y él sabía conservar lo que era suyo. Hasta que decidiera librarse de ella.
Tras la muerte de su padre.
Por fin, Bella levantó la mirada, los ojos oscurecidos y las facciones retraídas.
—Muy bien, me quedaré. Pero no más de un mes. Quiero que me des tu palabra. Si tu padre no…
— ¿No ha muerto?
—Sí —asintió ella—. Aunque no haya… muerto, quiero volver a casa en un mes. Y quiero que me jures que entonces darás tu consentimiento para el divorcio.
Era muy dudoso que su padre sobreviviera tanto tiempo, de modo que Edward decidió aceptar.
—Tienes mi palabra. Quédate durante un mes y conseguirás el divorcio que tanto deseas —dijo por fin.
—Muy bien.
—Encontrarás a mi padre muy cambiado. Está muy enfermo. A veces la medicación no le hace efecto y no es él mismo —murmuró Edward. Le dolía tener que verlo tan frágil, tan débil. Era terrible que la enfermedad estuviera matando al aparentemente invulnerable emir—. Pero debes prometerme que, durante este mes, harás todo lo posible para convencer a mi padre de que estamos juntos de nuevo.
Bella respiró profundamente.
—Te lo prometo.
------------------------------------------------------------------------------------- comentarios ?
Para mi es un placer compartir éste sitio con ustedes, el cuál nació del fanatismo por colocar a nuestra pareja favorita en distintos escenarios. Espero que disfruten su estancia, así como nosotras esperamos enriquecernos con sus comentarios y mensajes. Éste sitio lo compartimos Pescui, Rosita y yo, si éstas interesada en subir tus historias, el espacio es tuyo. Les envió un beso y un abrazo de oso. Noelle xD
Pescui,Ápenas hoy he comenzado a leer tú historia, muchas gracias por compartirla conmigo.
ResponderEliminarTe envió un beso y un abrazo de oso.
Noelle xD
Gracias a ti por leerla..
ResponderEliminarholaaa que buennn capii me encantoo..bueno hayyy bellaa en un mess pueden pasar tantasss cosassss mmm capaz que al final del mes bella ya no quiera el divorciooo...bueno vamos a ver como les va a estos dos por que van a tener que demostrar q estan juntoss...bueno esta historia esta muy buenaa y me dejas ansiosa por leer el siguiente capiii quiero saber como les va a edward y a bellaa ...besosss!!!
ResponderEliminarBeluchis, muchas gracias por leer, a Pescui y a mi nos alegra mucho, próximamente subiremos más historias. Un beso y un abrazo de oso. Noelle xD
ResponderEliminarhola me facina la historia creok si en24 hrs, nos cambiala vida en un mes m mm creo k el amor flotaria hasta en eldesierto jajaja ,,,,, hay creo k ya se me esta pasando la depre jajaja no me despido y nos seguimos leyendo
ResponderEliminarwoooo me encanta!! un mes juntitos seguro que saltan chispas entre estos dos!!! y me muero por saber que pasó realmente para que él diga lo de la traición y ella que él no le tuvo confianza...bueno seguiré leyendo este fic encantada. Saludos!!!
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