Capítulo 3
En la pista de baile, el mayor de los Alteara la agarró de nuevo. Bella se dio la vuelta,
giró, meneando las caderas, mientras se alejaba un poco. Se había olvidado del
nombre de ese hermano. Oh, era guapo. Condenadamente guapo de hecho. Ojos
negros, pelo castaño, cuerpo arrebatador. Quizá en otra época se hubiera sentido
atraída por él, pero ahora su objetivo era aprender a complacer a Jacob y vivir
feliz con él. Tenía que averiguar si podía soportar ser compartida.
Pero otro hombre, uno con un corte de pelo algo despeinado, ojos hambrientos y unas
zancadas furiosas, había atraído su atención de una manera oscura y fascinante, igual
que lo había hecho cinco años atrás.
«Oh, oh». Edward definitivamente se dirigía hacia ellos. ¿Qué demonios querría
ahora? El día anterior en su casa, se había esforzado mucho en humillarla. ¿Es
que acaso quería volver a hacerlo?
De repente, Quil Alteara la rodeó con un brazo y la atrajo contra su cuerpo,
inclinando la cabeza hacia ella. El primer impulso de Bella fue dejarse llevar por
el pánico. ¿Tendría intención de besarla en medio de la pista? No lo conocía. Y como
había descubierto en los treinta segundos que llevaban bailando, no quería conocerlo.
En especial con todo el mundo —incluido Edward—, mirándolos.
—¿Conoces a Edward? —le gritó el hombre al oído para hacerse oír por encima de la
música.
—N-no.
No podía olvidar la noche anterior en la cocina de Edward, cuando Emmet y él la
habían besado… tenía que olvidarlo. O intentarlo. Sólo Dios sabía que había
fracasado hasta el momento.
De alguna manera, era culpa suya. Mirándolo en retrospectiva, se daba cuenta de que
los militares no eran conocidos por su elocuencia, sino por la fuerza bruta.
Edward había intentado negarse a su petición. Como ella había seguido
presionándolo, él había dejado a un lado las palabras y había pasado a la acción,
ahuyentándola intencionadamente con sus crudas palabras.
Y vaya si había resultado.
Luego ella había agravado el error al presentarse allí y suponer que si estar con Edward
y con Emmet la había excitado de una manera educativa, entonces estar con los hermanos Alteara—, sería igual de agradable.
Pero no había sido así. Casi desde el comienzo del baile había querido marcharse. Pero
huir como una cobarde con Edward observándola no era una opción. Con
aquellos pensamientos dándole vueltas en la cabeza como una bailarina de
salsa, Bella intentó decidir su siguiente movimiento.
En ese momento, Edward se había levantado de la silla y se dirigía hacia ellos con la
clara intención de tomar la decisión por ella.
Se arriesgó a mirar en su dirección. Dios, estaba todavía más cerca. Lo suficiente para
que ella pudiera percibir el tic del músculo de su mandíbula mientras clavaba la mirada
en la mano de Alteara, ahora en la parte baja de su espalda, casi sobre las nalgas.
—¿Seguro que no estás liada con Edward? Parece que él no lo ve de esa manera. —
Alteara levantó la cabeza, aunque no movió la mano, y se giró para saludar a su amigo
común—. Hola, Cullen. ¿Qué te trae por este antro, viejo amigo?
—Un asunto pendiente con Bella. —Centró en ella esa penetrante mirada verde que
tanto la desconcertaba—. ¿Podemos hablar fuera?
Aunque parecía una petición, su mirada sugería todo lo contrario.
Bella tragó saliva. Edward llevaba unos vaqueros ceñidos, unas botas negras, una
camiseta beis con la palabra a Army» estampada sobre su musculoso pectoral
izquierdo, y una mirada exigente. Parecía un hombre con una misión personal y todo
en su actitud lo proclamaba. No saludó a su amigo, ni contestó a su pregunta.
Tampoco la había saludado a ella. Nada de buenos modales, iba directo al grano.
¿Le había quedado algo por añadir ayer en la cocina? En pocas palabras, él la
había molestado y ella había salido corriendo como alma que lleva el diablo, como él
había afirmado que haría. Pero nada en su expresión hablaba de una disculpa, y ella no
podía imaginar qué otra cosa podía querer como no fuera humillarla más. «No,
gracias».
—Creo que ayer dejaste las cosas bien claras. No tenemos nada más que decirnos.
—Ya lo creo que sí.
—Estoy ocupada bailando. —Sin más, se dio la vuelta hacia el hermano de Quil, .
Le dirigió al moreno propietario del club una sonrisa y meneó las caderas, muy
consciente de la mirada penetrante de Edward clavaba en su espalda.
En cuanto el hermano sin nombre se volvió hacia ella, la canción finalizó. El
disc-jockey anunció que iba hacer un alto para tomarse un respiro.
Edward la agarró de la muñeca y la giró hacia él, arqueando una ceja cobriza.
—Ahora ya no estás bailando.
«¡Maldita sea!». Bella puso los brazos en jarras.
—Entonces di lo que sea que tengas que decir.
—Fuera.
El tono autoritario le puso los pelos de punta.
—¿Va a llevarte mucho tiempo?
—No.
—Entonces dilo y vete. Él vaciló.
—No creo que quieras tener público.
O no lo quería tener él. Por razones que ella no podía comprender, él no quería que los
hermanos Alteara, que ahora los miraban fijamente, oyeran lo que estaba a punto de
decir. Si iba a salirle con más de lo que le había dicho hacía sólo veinticuatro horas,
podía ahorrarse el discurso. Pero quizá no fuera eso. Edward carecía de maneras
sociales. Tener la oportunidad de dejarle actuar y ver cómo se ahorcaba a sí mismo la
hizo sonreír.
—No me importa. Dispara.
—De acuerdo —se encogió de hombros—. Ayer cuando Emmet y yo te desnudamos sobre
la encimera de la cocina y comenzamos a pasar la lengua por tu cuerpo, tú…
—¡Para! —Ella soltó un grito ahogado, sintiéndose furiosa cuando el rubor le inundó
las mejillas.
El hermano del que no podía recordar el nombre, se rió entre dientes junto a su oído.
Edward sonrió con aire satisfecho. «¡Bastardo!». Había ido a jugar sucio y se había
lanzado directo a la yugular. ¿Cómo no lo había visto venir?
—¿Está enrollada con Emmet y contigo? —le preguntó Quil a Edward.
—Sí.
—¡Demonios, no! —exclamó ella a la vez.
Eso provocó que el músculo de la mandíbula de Edward comenzara a palpitar de
nuevo.
—Mejor lo discutimos fuera.
¿Es que ese hombre no sabía cuándo abandonar?
—No estoy enrollada ni contigo, ni con tu primo. No pienso acercarme de
nuevo a tu cocina, y, te aseguro, que no voy a salir contigo.
—He venido a decirte algo que creo que te gustará oír.
—No estoy interesada en ser otro rollo más para ti, y estoy tan cabreada que me
importa un bledo lo que tengas que decirme.
En un segundo, Edward estuvo a su lado, sin tocarla. Un segundo más y le rodeó la
cintura con un brazo, con el otro le agarró el pelo que le caía por la espalda y la puso
de puntillas.
—No voy a pedírtelo otra vez. O hablamos fuera o voy a dirigirme a la silla más
cercana, a levantarte esa minifalda y a calentarte el trasero mientras toda esta gente
nos mira. Bella apenas tomó aliento para decir:
—No te atreverás. —Pero sabía que lo haría.
La irritación le envenenó los pensamientos. Él era un arrogante hijo de perra, pero
incluso mientras pensaba eso sintió un cosquilleo en el estómago… No, no podía ser
deseo.
—No tienes ningún derecho.
Edward se encogió de hombros.
—Pero estoy seguro de que disfrutaría.
Alteara se acercó a ellos.
—Aunque me encantaría ver el espectáculo, no permito peleas ni desnudos en
el club.
Tendréis que salir fuera.
Bella se giró hacia él con la boca abierta. ¿Acaso aquel imbécil estaba dejándola a
merced de ese lobo? ¡Cómo no! Los hombres siempre se apoyaban los unos a los
otros.
—¿Sabéis qué? Que os den… a todos. Me voy a casa.
Los hermanos Alteara se rieron. Con la sangre hirviendo de furia, se dirigió a la salida.
«¡Eran unos completos gilipollas!» Pero a pesar de eso, no era tan estúpida como
para creer que Edward dejaría estar las cosas. La seguía; lo sintió dos pasos por detrás.
Condenado hombre. Cuando alcanzó la puerta del club, la música comenzó a sonar de
nuevo. Bella se dirigió al gorila más grande de los tres que estaban en la puerta y le
brindó una sonrisa.
—¿Podrías acompañarme al coche? Me están siguiendo. —Lanzó una mirada punzante
por encima del hombro en dirección a Edward.
—Venga cariño —le murmuró Edward suavemente mientras la rodeaba con un
brazo—, no te enfades.
Antes de que pudiera decirle dónde podía meterse las palabras y decirle al gorila
que se librara de aquel acosador chiflado, Edward la atrajo hacia sí, bajó la cabeza, y
ahogó sus furiosas palabras con un beso arrebatador.
Ella forcejeó, pero sólo un momento, luego dejó de pensar.
Aquel hombre ardiente, persuasivo y adictivo como el pecado, invadió sus
sentidos. La doblegó con la boca. Bella se resistió. O por lo menos lo intentó. A pesar
de la furia que la embargaba, Edward le provocó la familiar aceleración de su pulso, la
oleada de deseo, y ahogó sus protestas. Con un roce de sus labios, una lenta caricia de
su lengua mientras le deslizaba la palma de su mano por la espalda, la sumergió en el
deseo, y no sólo a ella. El de Edward era tan tangible que Bella pudo saborearlo con la
lengua.
El beso la derritió por la contenida urgencia de su necesidad, suavizada por un enredo
de labios, alientos y lenguas, del que nunca hubiera imaginado capaz a Edward
Cullen. Bella, ingrávida e irreflexiva, se dejó llevar, con el corazón a mil por hora,
perdiéndose en la calidez de aquel beso.
Hasta que él le mordisqueó el labio inferior y se lo lamió, para luego volver a posar su
boca sobre la de ella una vez más. Sin pensar, Bella se inclinó hacia él, buscando más
besos, más contacto, más de él.
Edward la agarró por los hombros.
—Siento lo que pasó ayer. Ven a casa conmigo, gatita.
—Que disfrutéis de la noche —dijo el gorila con una sonrisa picarona.
Mientras ella intentaba buscar una respuesta, Edward la tomó de la mano y la condujo
afuera, a la húmeda noche de verano.
Un coche entró en el aparcamiento, con los faros iluminando la carretera de
tierra, y se dirigió al extremo más alejado. En alguna parte allí cerca, croaba una
pareja de ranas. Los grillos cantaban y los mosquitos zumbaban en las farolas que
junto con la luna plateada iluminaban la superficie que se extendía ante ellos.
Ahora que la boca persuasiva de Edward no le nublaba el pensamiento, Bella cerró los
ojos ante su estupidez. Maldita sea, no había tenido intención de responder a Edward
cuando la besó y acarició. Había hecho una buena imitación de una perra en celo.
Bueno, de todas maneras ella había querido irse. Y ya estaba fuera. Buscó en el bolsillo
de la falda la llave del coche.
—Vale, no voy a quedarme con los hermanos Alteara. Ya te has salido con la
tuya.
¿Contento?
Una sonrisa ladina curvó la boca de Edward. Antes de que pudiera preguntarse qué
estaría tramando, Edward alargó la mano y le quitó las llaves que
desaparecieron en el bolsillo de sus vaqueros. La única manera de recuperarlas
era deslizando la mano dentro de los pantalones.
«Genial». Considerando la erección que le abultaba la bragueta, no creía que él se
opusiera a que le metiera la mano en el bolsillo… o en cualquier otra parte por allí
abajo.
—No, todavía no —le dijo, palmeando las llaves a través del vaquero—. No irás a
ningún lado hasta que terminemos de hablar.
Bella soltó un suspiro de frustración.
—Mira, arrogante hijo de…
—Espera. Antes de que inicies una retahila de insultos, he venido a ofrecerte mi ayuda.
Si todavía la quieres.
Ella se interrumpió. ¿Estaba oyendo lo que ella creía que estaba oyendo?
—¿Has venido a decirme que me enseñarás lo que quiero saber sobre sexo? ¿Emmet y tú?
Él hizo una pausa, no parecía demasiado contento.
—Sí.
Alivio e irritación lucharon por dominar su reacción. Al final, ganó el alivio, ya que no
iba a conseguir a Jacob sin instrucción. Y tras haber visto a los hermanos Alteara
que, a pesar de lo dispuestos que habían parecido, no eran lo que ella buscaba.
Pero no iba a permitir que Edward lo supiera.
—Quizá sea demasiado tarde.
—No parecías cómoda con los Alteara.
—¿Y a quién le importa? A mí no desde que intentaste ahuyentarme ayer.
Edward se rió entre dientes.
—¿Y tengo que creérmelo?
—Tendrías que ser imbécil para no hacerlo. Y jamás me lo pareciste cuando trabajabas
para mi padre.
—No.
Bella soltó un bufido.
—Jamás habrías pensado en mí en un contexto sexual si no hubiera llamado a tu
puerta.
Él dejó de reírse.
—Si piensas eso es que eres una ingenua.
¿Estaba tomándole el pelo? Bella frunció el ceño. El enorme agente de las
fuerzas especiales, convertido ahora en guardaespaldas, no podía haber pensado
sexualmente en ella antes de encontrarla con Emmet en la cocina.
—Oh, vamos —se mofó ella—. Hasta ayer ni siquiera habrías imaginado hacer
nada conmigo. ¿Cuántos años tenía yo? ¿Dieciocho? ¿Diecinueve?
—Diecisiete. —Edward torció la boca en una sombría sonrisa—. Diecisiete y medio. Y
todo lo que me pasaba por la cabeza en ese momento era ilegal, Bella. Mis
pensamientos no han cambiado. Pero ahora no iré a la cárcel si los hago realidad.
Edward parecía hablar en serio mientras la taladraba con esos penetrantes ojos verdes.
—Durante ese tiempo deseabas…
—¿Follarte? Oh sí, eso y cualquier otra cosa que me hubieras dejado hacer. Te
deseaba.
Punto.
Bella tomó aliento, estupefacta. «Oh, Dios mío»…
Clavó una larga mirada en la patente erección que parecía a punto de reventar la
cremallera.
—¿Y todavía me deseas?
—¿Acaso no te lo acabo de decir?
Ella se humedeció el labio inferior. Cuando la ardiente mirada de Edward se
clavó en ese gesto, a Bella se le tensó el vientre y se le contrajeron los pezones. En
su mente apareció una imagen: Edward recostado sobre ella, penetrándola con dura
insistencia. Bella se había corrido la noche anterior con sus propios dedos con esa
misma imagen mental. Sintió que se le calentaban las mejillas. No tenía sentido, se
excitaba con un hombre que no sería más que un mentor para ella. Quizá fuera debido
a una locura temporal, al estrés tras un frenético curso escolar o a una persistente
curiosidad juvenil. Ya se le pasaría.
Pero, de repente, algunas cosas tuvieron sentido.
—Entonces era por eso por lo que apenas me hablabas cuando trabajabas con mi
padre.
—Sí.
—Y la razón de que hayas cambiado de idea sobre mi… favor.
—En parte. Emmet también tuvo algo que ver. Casi me arranca la piel a tiras con su lengua
viperina.
—¿No quería que me hablaras de esa manera? Edward asintió con la cabeza.
—Porque te desea tanto como yo.
—Y tú intentaste ahuyentarme porque piensas que no estoy en mis cabales.
Edward asintió con la cabeza.
—Aún lo pienso. Pero cómo Emmet me recordó, ya eres adulta.
—Llevo algún tiempo pensando en ello. He tomado una decisión. Ya no estoy
en el instituto. No soy menor de edad, y no soy idiota.
—No creo que entiendas en realidad en qué te estás metiendo, pero es tu vida.
Bella se mordisqueó el labio inferior, sospechando que él tenía razón. Comprendía —
de una manera abstracta— qué significaba participar en un ménage á trois. Esa misma
mañana había leído un libro erótico y se había sentido excitada por la historia
de una mujer amada por dos hombres totalmente dedicados a darle placer. ¿Qué
mujer con sangre en las venas no se hubiera excitado?
Pero, a pesar de que Edward había dicho que no había sentimientos implicados en un
ménage, Bella no lo creía. Aunque no tenía sentido, ella ya se sentía atraída por
Edward. Probablemente porque siempre había sentido curiosidad por él. Tiempo atrás,
él la había repelido tanto como la había atraído. Pero quien de verdad la atraía ahora
era Jacob. Lo había echado de menos tras una larga ausencia de casi cuatro años.
Aunque ambos hombres no se parecían, lo más probable era que estuviera utilizando a
Edward como sustituto de manera inconsciente. Eso, y que Edward había hecho más
por ella sexualmente en quince minutos que Jacob en todos esos años. Bella suspiró.
—No creo que Jacob Black sea el hombre adecuado para ti.
Era normal que Edward pensara eso. Para Don Práctico, allí presente, ella era
una groupie persiguiendo a una estrella, una quinceañera que fantaseaba tontamente
con el «vivieron felices y comieron perdices». A él le resultaba difícil comprender
su relación con Jacob, que se había desarrollado y evolucionado en los últimos años
mediante e-mails y llamadas telefónicas.
Bella se encogió de hombros, intentando no parecer molesta.
—Tienes derecho a pensar lo que quieras. Pero como bien has dicho, es mi vida.
—Así es, y si quieres aprender todo lo que hay que saber sobre ser compartida por dos
hombres, este es el trato —continuó él—. Regresarás a casa conmigo. Te quedarás
con nosotros dos semanas. Y te enseñaremos todo lo que necesites saber.
Se sintió aliviada. Había ganado. Aunque estaba tentada de decirle que no a
Edward, el orgullo no resolvería su problema con Jacob. Éste había insistido en que
ella no podía ser lo que él necesitaba, que era demasiado inocente para su estilo
de vida. Iba a demostrarle que estaba equivocado aprendiendo todo lo necesario.
Era la única manera de tener un futuro con el hombre que adoraba.
A pesar de la manera abominable en que Edward había actuado el día anterior, Bella
sabía que era un hombre de palabra. Le enseñaría todo lo necesario.
Aun así, tenía que hacerle algunas preguntas más.
—¿Viviré con vosotros dos semanas?
Edward asintió con la cabeza.
—Una de las cosas más difíciles de llevar a cabo en un ménage es satisfacer a dos
hombres excitados. El sexo con dos hombres a la vez no es fácil. Algunos
hombres también tienen exigencias individuales que querrán que tú satisfagas. A
algunos les va el sexo matutino. Otros preferirán la medianoche o cualquier otra
hora del día. Tendrás que aprender a tratar con distintos gustos.
Su explicación tenía sentido. Dos hombres darían, definitivamente, más trabajo que
uno. La única complicación que veía era mantener relaciones sexuales varias veces al
día cuando nunca las había tenido, pero así era como vivía Jacob.
—Déjame adivinar, Emmet es el hombre de medianoche. Y tu momento favorito para
tener sexo es por la mañana.
Edward negó con la cabeza.
—A Emmet le gusta más hacerlo por la mañana. A mí me vale cada vez que Emmet
esté de humor si tú estas dispuesta. No te tomaré a solas. Nunca.
Igual que antes, él hablaba completamente en serio. No haría el amor con ella si Emmet
no participaba. ¿Por qué razón?
Su cara no decía nada; su expresión estaba demasiado vacía, casi dolorosamente en
blanco.
¿Estaba ocultando algo? Tratándose de Edward, ¿quién podía saberlo?
—Así que si digo que sí, ¿tú querrás…? La lujuria centelleó en sus ojos verdes.
—Si Emmet está dispuesto y tú también, allí estaré.
La insinuación en sus palabras creó una cálida corriente que se extendió
deliciosamente por el cuerpo de Bella hasta que se asentó dolorosa y peligrosamente
entre sus piernas.
—¿Así que no soy sólo otro rollo más?
Él hizo una mueca.
—No.
—Mmm, está bien… Acabo de terminar el curso de enfermería, así que estoy libre.
Tengo que estudiar para los exámenes, pero eso puedo hacerlo en cualquier parte.
Tendré que ir a buscar algunas cosas y dejar una nota a mi padre de que voy a visitar a
una amiga. De todas maneras, ahora está de viaje. Podría regresar mañana y…
—Un momento. Hay una regla.
¿Una regla? ¿Había reglas en los ménages?
—¿Cuál?
—No lo hago con vírgenes, así que no te follaré de manera convencional.
Bella se puso tensa. No le gustaba ese lenguaje cortante, pero estaba acostumbrada a
él. Lo que más le molestaba era su tono, como si ser virgen la convirtiera en
una forma de vida inferior.
—Creo que eso ya lo hemos aclarado. Te he dicho que quiero reservar mi virginidad
para Jacob. Así que eso no será un problema.
—Quiero que recuerdes eso cuando las cosas se pongan calientes. —Le sujetó la cara
entre las manos y la acercó más a su cuerpo. El intenso resplandor de sus ojos le
dijo a Bella lo mucho que deseaba besarla—. Y se calentarán, Bella . Un escalofrío
ardiente la atravesó.
—Ni lo olvidaré, ni cambiaré de opinión.
—No cederé cuando me implores.
Bella se soltó de su agarre.
—¿Cuando te implore?
«Oh, Dios, alguien tiene mucha fe en sus proezas».
La sombría sonrisa de Edward la puso de los nervios.
—Es uno de los placeres de ser compartida por dos hombres. Podemos
conseguir que supliques por algo. Pero como ya hemos acordado aquí y ahora que
no será sexo convencional, no habrá ningún riesgo.
Entonces, ¿qué tipo de sexo sería? ¿Oral? ¿Anal? Tampoco tenía experiencia en
esas facetas. En dos semanas, se habría convertido en toda una experta en
ambos casos. Ese pensamiento la hizo tomar aliento al sentir un peligroso arrebato
de deseo.
—¿Riesgos de qué? ¿De embarazo? Edward apretó los labios.
—De eso y de enrollarnos. Que seas virgen es una responsabilidad. Un hombre no
debería follar a una virgen a no ser que tenga intención de reclamarla y conservarla
para sí. Y yo no estoy dispuesto a reclamar a ninguna mujer… en ese sentido.
Asombroso. Anticuado y liberal a la vez.
—De alguna manera, no puedo decir que me sorprenda —comentó ella,
notando el sarcasmo en su voz.
Edward sólo se cruzó de brazos y la miró fijamente, con una expresión
insondable y la mandíbula tensa, un lenguaje corporal inequívoco. Sus labios
apretados en una línea sombría y esos ojos verde oscuro parecían inexpresivos y
despreocupados… a primera vista.
Bella lo miró de nuevo.
Desolado. Eso es lo que parecía. Lo que denotaba la rigidez de su postura combinada
con algún tipo de anhelo que ella percibía mientras lo miraba.
Edward parpadeó, cambiando el peso de pierna, y retrocedió un paso. Fuera lo que
fuese lo que Bella había visto en sus ojos, había desaparecido.
Bella frunció el ceño. Señor, debía de estar loca, No era posible haber visto eso en su
mirada. Edward era el último hombre a quien atribuir una emoción humana. Pero
aquella mirada…lo más probable era que hubiera confundido su desolación con la
molestia de tener que esperar al día siguiente para aliviar su excitación de cualquier
manera que no fuera sexo convencional. El tema de que era virgen y de reclamarla no
le molestaba de verdad. De hecho, dudaba mucho que lo hiciera. Lo más probable
es que él no hubiera pensado apenas en los riesgos del sexo convencional como
no fuera para decir que «no vírgenes» se correspondía mejor a «ningún tipo de
compromiso».
—¿Debo decirle a Emmet que regresarás a tiempo para la cena?
Edward volvía a mostrar una expresión neutra, y, esta vez, Bella no buscó bajo
la superficie. Dudaba que Edward fuera lo suficientemente sensible para tener sus
propios demonios personales, pero si los tenía, ella no quería conocerlos.
—¿Cocinará él? Pues allí estaré.
Edward no sonrió. De hecho, parecía tan alegre como un hombre condenado a
muerte.
—Te estaremos esperando.
Edward estaba tomando una cerveza en la cocina cuando Emmet abrió la puerta
principal y apareció Bella al otro lado. Parecía tan condenadamente inocente
con una blusa blanca de encaje y una coqueta falda de flores, que él rechinó los
dientes.
Tenerla allí no auguraba nada bueno. «Maldición».
El indicio de picardía en los ojos de Bella no fue lo que lo puso duro; estaba así desde
hacía veinte minutos, cuando había estado pensando en ella. Pero el deseo que hacía
brillar las mejillas femeninas envió una nueva oleada de sangre a su miembro cuando
Emmet la invitó a entrar. Ella aceptó con una sonrisa y entró en el vestíbulo con sus
sandalias de tiras.
Durante toda la tarde, su primo se había comportado como un cachorro jadeante ante
la promesa de un nuevo juguete. Había adulado a la señora Cope, su vieja asistenta, quien se
encargaba de limpiarles la casa. Emmet también se había pasado las últimas cuatro horas
preparándole a Bella un delicioso plato de pollo, cuyo nombre Edward no sabía
pronunciar, además del postre, una complicada tarta de chocolate y fresas.
Edward negó con la cabeza. Emmet había comprado cuatro cajas de fresas y había
escogido las mejores para la confección del pastel.
Pero Edward dudaba que lograran llegar al postre.
No tenía que preguntarle a Emmet el porqué de todo ese esfuerzo. Su primo quería creer
que finalmente habían encontrado a la mujer que podría complementarlos, la mujer
que podía querer lo que ninguna otra mujer querría estando en su sano juicio:
disfrutar de una relación a tres bandas con un militar retirado y un chef
temperamental. Al parecer, Emmet se había olvidado de las miles de veces en que Edward
había insistido en que no quería una relación permanente.
Aun así, su primo seguía insistiendo en que Bella sería de ellos, quién sabía
por qué. Edward le había señalado repetidamente que sus miembros no penetrarían
el dulce sexo de Bella. Que si ella iba allí, era sólo para familiarizarse con los ménages
y para prepararse para complacer a otro hombre.
Nada de eso había importado. Emmet seguía convencido de que Bella podría ser «la
única». Dulce y curiosa. Suave y con un gran corazón. Según Emmet, Bella era perfecta
para vivir con dos hombres tan complicados como ellos.
Edward bufó. Sí, seguro que aquello terminaba como el final feliz de los cuentos de
hadas.
Pues no sería así, y Emmet tendría que descubrirlo por sí solo. Edward estaba cansado de
señalarle lo evidente.
Aun así, tenía que admitir que había algo en Bella que lo ponía a cien.
Haciendo una mueca ante la erección que tensaba la bragueta de los pantalones de
pinzas que Emmet había insistido que se pusiera, alzó la botella de cerveza y dio un largo
trago. Mierda, estaba más duro de lo que nunca recordaba haber estado y lo
único que había hecho era ver cómo Bella atravesaba la puerta con una sonrisa
vacilante.
—Hola.
La voz de Bella fue un suspiro suave y ligeramente tembloroso. Bien. Tenía razones
para estar nerviosa. Él también lo estaba. Tenía las entrañas como un polvorín a
punto de estallar.
¿Qué ocurriría con su reserva y autocontrol cuando Emmet y él la llevaran a la cama?
Catapún. Sentía cómo la adrenalina corría por sus venas como solía ocurrir después de
una misión. Necesitaba follar, y no podría contenerse demasiado tiempo. Y lo que era
peor… parecía estar obsesionado con ella.
Era muy probable que Bella acabara implorando ser penetrada. Pero cuando suplicara
por un duro miembro en su sexo, ¿cumpliría él la promesa de permitir que siguiera
siendo virgen?
A pesar de lo que habían acordado, no estaba seguro.
Podía follarla, podía reclamarla, pero ¿podría afrontar las consecuencias?
¡Demonios, no! No quería correr más riesgos con vírgenes. Ni hablar. Nunca más.
Bella aprendería todo lo que pudieran enseñarle en dos semanas y luego se iría. De
una manera u otra tendría que resistir la tentación.
—Adelante —decía Emmet, cogiéndole la pesada bolsa de viaje y dejándola en el
suelo del vestíbulo—. Nos alegramos de tenerte aquí. Me encanta que hayas
decidido quedarte con nosotros.
Y si Emmet se salía con la suya, Bella no se iría nunca.
—Gracias por cambiar de idea.
Bella parecía cohibida mientras se colocaba el sedoso pelo chocolate detrás de la oreja y
sus ojos color marron recorrían con rapidez la salita y la cocina.
Su mirada se encontró con la de Edward y ninguno de los dos la apartó. Ella
contuvo el aliento ante la descarga eléctrica que le recorrió el cuerpo. El sintió una
punzada en el vientre y un fuerte tirón en su miembro duro.
Maldición. Estaba perdido.
Emmet tomó la mano de Bella y la guió a la cocina.
—Yo no necesitaba cambiar de idea. Por lo que a mí respecta, siempre has sido
bienvenida.
«Gracias por echar una mano, primo».
—Edward. —Su nombre tembló en los labios de ella. El sonido descendió directamente
a su polla.
Dado que no confiaba en sí mismo para no revelar los sucios pensamientos que le
pasaban por la cabeza, guardó silencio y asintió brevemente.
—¿Un vaso de vino? —le preguntó Emmet, guiándola al centro de la cocina.
—Claro. Gracias. ¿Tienes vino blanco?
—Tengo un excelente chardonnay.
—Perfecto.
Emmet le dirigió una mirada reprobadora al pasar por su lado. ¿Qué demonios quería su
primo que hiciera? A Edward no le gustaba el vino. Emmet tenía el don de la palabra, así
que Edward le dejaba llevar la conversación. Era lo mejor, ya que Edward sólo hablaba
como un cavernícola. Además, no tenía nada que decir. Si tocaba a Bella ahora
mismo, Emmet sólo oiría dos sonidos: él arrancándole la ropa y ella gritando como una
loca cuando la boca de Edward le cubriera el clítoris hasta que se corriera
—Huele genial —murmuró ella, dirigiendo una tímida mirada en dirección a Edward.
Sonriendo de la misma manera encantadora que un maldito presentador de un
programa de entrevistas, Emmet le ofreció a Bella una copa de vino.
—Espero que te guste. Ponte cómoda. O, si lo prefieres, dile a Edward que te enseñe la
casa.
Bella tomó un sorbo de chardonnay, luego dirigió una mirada ansiosa en
dirección a Edward. Se pasó la lengua por el exuberante labio inferior y a Edward se le
aflojaron las rodillas.
—Me encantaría —dijo ella.
Lo que a él le encantaría sería ver esa lengua deslizándose por su glande. Tragó saliva
ante aquella imagen mental que le arrebató la mayor parte de su autocontrol.
—Claro —dijo él, intentando no hacer una mueca.
Edward atravesó la cocina y le posó la palma de la mano sobre la cintura porque no
podía estar un minuto más sin tocarla. Curvas cálidas y firmes. Sensible. Edward
recorrió sus formas con la mirada, y no se le pasó por alto que se le habían endurecido
los pezones en el mismo instante en que la tocó. Y ese olor… a melocotones, azúcar
moreno y canela. Intimo, picante y excitante. Inhaló de nuevo. Santo cielo, si seguía
poniéndose más duro, la cremallera le iba a dejar marcas permanentes en la polla.
Con un suave empujón, apartó las manos de ella y la condujo fuera de la cocina, de
vuelta a la salita, luego al vestíbulo, donde cogió la brillante bolsa de viaje de color
azul. Colgándosela al hombro, la miró.
—Hay dos dormitorios y un despacho al final del pasillo. El grande es el de Emmet, ya que
vive aquí todo el tiempo. Yo sólo estoy entre una y otra misión o, como ahora, cuando
me estoy recobrando de una lesión.
—¿Qué te ocurrió?
A Edward no se le escapó el tono de preocupación en su voz, algo que provocó que
quisiera inmovilizarla contra una pared para besarla. No sólo quería follarla. Aún
quería… «No, ni hablar». Pero su pequeña muestra de preocupación le atraía de una
manera desconocida para él, aunque era igual de efectiva que una sirena enredándolo
con sus encantos.
Si no tenía cuidado, acabaría colgado de ella, por citar un cliché. Ya había pasado antes
por eso con Tanya, y nada le gustaría más que deshacerse de esos recuerdos
imborrables, así que cerró su mente a cal v canto decidido a no fastidiar las cosas de
nuevo.
—Un gilipollas con una navaja quiso dibujar la marca del Zorro en mis
costillas. Pero ahora, tras doce puntos y una vacuna contra el tétanos, estoy como
nuevo.
—Tanto mi padre como tú tenéis un trabajo muy peligroso.
—Para mí sería muchísimo peor estar sentado tras un escritorio.
—Depende de cada caso, pero sé que los hombres de acción como vosotros
siempre necesitáis patear algunos traseros.
Edward no pudo contener la sonrisa que le asomó a los labios.
—Exacto.
Unos metros más adelante, él abrió la puerta que daba paso a una pequeña habitación
con paredes blancas. Había una cama de matrimonio, una silla, una lamparita y un
escritorio con un portátil. Jamás ganaría un premio de decoración, pero era funcional.
—Ésta es tu habitación. —No era una suposición; Bella lo sabía.
—Sí.
—Es como tú.
—¿Aburrida? —la provocó él.
—Dura —se rió ella—. Podría llamarte un montón de cosas, pero aburrido no es una
de ellas.
El tono ligeramente ronco de su voz aún seguía clavándose en su miembro.
Nunca le habían gustado mucho las fresas, pero el olor que ella desprendía le
aceleraba el pulso.
Maldita sea, Emmet siempre hacía de las cenas en compañía un evento especial. ¿Cómo
se las iba a arreglar para no tumbar a Bella sobre la mesa y comérsela a ella en vez de
la comida?
—Es funcional, limpia y sencilla. A ti te gustan las cosas así.
Oh, maldición. Lo había calado demasiado bien sin que él se hubiese dado cuenta.
Volvió a sentir ese peligroso impulso de querer besarla, junto con el deseo de
abrazarla sólo por el placer de sentirla contra su cuerpo. «Ni hablar. Era una
estupidez. Un error. No debía suceder».
Saborearía su dulzura antes de poseer su culo, pero el afecto… quedaba fuera de toda
cuestión. Bella lo tomaría como lo que no era.
Maldición, incluso podría tomarlo él.
—Exacto —murmuró él, cerrando la puerta.
Cruzando el pasillo, abrió la puerta del despacho de Emmet. Con paredes de un profundo
tono borgoña y madera oscura, vitrinas de cristal y pomos de latón, parecería el
elegante refugio de un caballero inglés si no fuera por el ordenador de sobremesa, un
teléfono inalámbrico, un fax y una impresora multifunción. Tras el escritorio de
nogal había un sillón de piel y una librería de madera más clara que tenía colgado
al lado un premio de cocina que Emmet llamaba «el medallón».
—Vaya —suspiró Bella—. Es un despacho precioso. Emmet tiene muy buen gusto.
¿Por qué las mujeres siempre decían eso? Por lo general, los hombres con «buen
gusto» eran gays, pero sabía de primera mano que Emmet era tan heterosexual como él.
Por primera vez en su vida Edward lamentó las inclinaciones sexuales de Emmet. De no ser
por eso y por el interés que su primo tenía en Bella, Edward podría haber encontrado
la manera de que sólo fuera suya, de tenerla con las piernas bien abiertas sobre la
cama y él solo encima de ella, follándola.
«¡No!». Sería como volver a pasar por lo mismo. No es que Bella fuera Tanya, pero
se le parecía bastante. Habían pasado doce años desde aquel terrible verano en
que comenzó a compartir a las mujeres y a conseguir que alcanzaran el máximo
placer.
—A Emmet le encanta la decoración y la cocina.
—Es un hombre maravilloso. —Los ojos color chocolate de Bella se iluminaron mientras
observaba la estancia.
Edward contuvo una punzada de irritación. Emmet era un buen cocinero y un buen
decorador, y, por supuesto, eso tenía que impresionarla. Pero había ido allí por sexo,
y, en lo concerniente a eso, se juró a sí mismo que sería él quien se le quedara grabado
en la mente.
Girándose, Edwrd salió del despacho y regresó al pasillo. Abrió la puerta y dejó la
bolsa de viaje en el suelo.
—Ésta es la habitación de Emmet.
Era espaciosa y con una ecléctica mezcla de lo antiguo y lo moderno, de
tecnología y clasicismo. Colores marrones, aceitunados y negro, con alguna
salpicadura de rojo, junto con una enorme cama que invitaba a cualquier mujer a
acomodarse en ella.
Le molestaba saber que Bella no sería la excepción.
Bella miró su bolsa de viaje en el suelo de la habitación de Emmet y luego la cama.
—¿Dormiré aquí?
Edward tragó aire e intentó no imaginar a Bella desnuda en la cama de Emmet, intentó
no pensar en ellos dos durmiendo, tocándose, follando a unas paredes de
distancia. Aquel pensamiento le produjo una violenta oleada de furia que le hizo
cerrar los puños con fuerza.
Bella dormiría con Emmet. Era lo mejor. Menos tentación para él. Emmet dormía
toda la noche de un tirón, pero no era el caso de Edward. Y si no tenía a su lado a la
mujer que más le había excitado durante la última década, cuando
permaneciera insomne la noche siguiente, no podría acariciarle la piel sedosa,
ni susurrarle palabras picantes, ni alabar su sexo. Y querría hacerlo. Mierda,
quería hacerlo ahora.
«Una mala señal, muy mala».
—Sí. Emmet tiene la cama más grande. Y yo no duermo demasiado bien. No me
gustaría desvelarte.
Bella se giró lentamente hacia él y le miró fijamente.
—Sé que piensas que cometo un error, y que no te emociona demasiado ayudarme…
Ella tenía razón y a la vez no la tenía. Estar allí para ser educada sexualmente por Emmet y
por él, era un arma de doble filo. Alfonso pensaba que estaba equivocada. Bella no
parecía el tipo de mujer que podía hacer de los ménages una manera de vivir.
Pero para satisfacer la necesidad puramente egoísta de tocarla, la ayudaría. Aun
así, odiaba que ella quisiera aprender a ser compartida para luego ponerlo en
práctica con un niño bonito como Jacob Black, una estrella del pop que
probablemente tenía un harén de admiradoras en cada ciudad del mundo y que
acabaría rompiéndole el corazón. En realidad, si era sincero consigo mismo, ni
siquiera quería compartirla con Emmet.
«Guau». Emmet y él eran más hermanos que primos, y desde aquel desastroso
verano con Tanya, Emmet y él habían compartido casi todo, incluidas las mujeres. Y ahí
estaba él, admitiendo que quería a Bella para él solo.
Esa confesión no era buena para su alma, decidió Edward, ya que le hacía sentirse
fatal.
Bella alargó la mano y le tocó el brazo, haciendo que deseara desnudarla y tumbarla
en la cama de Emmet. Maldita cena. Una parte de su ser, sentía la tentación de dejar a
un lado su decisión de no volver a acostarse con una mujer a solas.
—Pero —murmuró ella—, no voy a complicarte la vida. Te lo prometo. Sé que en el
fondo no me quieres aquí.
No. La realidad era que sí que la quería allí, mucho más de lo que debería. Y Bella era
una chica lista; no tardaría mucho en darse cuenta.
—Está bien.
Edward cerró la puerta del dormitorio de Emmet —y a las perturbadoras imágenes de su
primo y Bella enlazados y solos— y volvieron al pasillo. Después atravesaron la salita y
luego fueron por otro pasillo.
—Éste es el cuarto de los juegos. —Le mostró una espaciosa estancia con un minibar y
una mesa de billar que, gracias a Emmet, tenía la suficiente elegancia para evitar que se
pareciera a la sala de recreo de un par de solteros.
—Ésa es nuestra guarida. —Edward señaló otra habitación que incluía una pantalla de
plasma gigante, un par de sofás de cuero, un par de consolas de juegos y unas
ventanas muy masculinas.
Le había dicho a Emmet que los dominios de un hombre tenían que estar libres de
cortinas.
—Aquí es donde nos relajamos. Hay una estantería con libros y películas en la pared
de atrás. Así que si alguna vez te aburres…
—Gracias. Ahora mismo tengo que preparar los exámenes de enfermería así
que me dedicaré a estudiar, al menos en los momentos en que no estemos…
ocupados.
El rubor inundó las mejillas de Bella de nuevo. Aquella piel tan pálida no le
permitía ocultarlo. Ese pensamiento lo excitó. Lo excitó pensar lo roja que se le
pondría la piel… Demonios, volvía a ponerse duro otra vez.
Edward se colocó detrás de uno de los sofás para ocultar su erección e hizo
una mueca.
¿Cómo podría contenerse durante las dos horas que a Emmet le gustaba que duraran las
cenas? En ese momento, daría cualquier cosa por un par de hamburguesas con tal de
que todos estuvieran dispuestos a comérselas desnudos.
—La mayoría de los días, esto está bastante tranquilo, así que será un buen
lugar para.
estudiar. Ahora ya conoces la casa. Hay jacuzzi ahí fuera. Bella frunció el ceño.
—Vaya, no he traído bañador.
—Incluso aunque lo hubieras traído, no lo llevarías puesto.
—Oh. Ya veo… —captó la insinuación sexual y sus ojos color chocolate se iluminaron.
Tomó un trago de vino y luego se mordió el labio. Edward estuvo condenadamente
cerca de saltar sobre el sofá, empujarla contra la pared y desnudarla.
—Tiene sentido. —Le dirigió una sonrisa nerviosa—. De cualquier manera, vas a verme
desnuda.
Sí. E iba a hacer bastante más que mirarla, aunque ese momento estaba tardando
mucho en llegar.
—¡La cena! —gritó Emmet desde la cocina.
Agradeciendo que comenzaran de una vez las dos horas de anticipación que
conducirían al verdadero festín, Edward guió a Bella a la cocina. Emmet los esperaba con
la mesa preparada. Su primo ayudó a Bella a sentarse, apartándole la silla como un
caballero. Maldición, ¿por qué no se le había ocurrido a él?
Intentando no parecer contrariado, Edward se sentó y observó cómo Emmet servía la
comida, el vino, cómo sonreía, coqueteaba y la acariciaba de manera casual,
algo que le enfureció sobremanera. Bella se sonrojó y sonrió, y absorbió cada una
de las palabras de Emmet, algo que le enojó todavía más. Él necesitaba tirársela de una
vez. Bella estaba allí por el sexo. Y punto. ¿A quién le importaba que él no fuera Sir
Galahad?
Y más tarde, cuando estuvieran desnudos y en la cama, Edward probaría que aunque
aquellas cualidades que Emmet mostraba eran buenas, sería él quien la haría retorcerse
de placer. Estaría en sintonía con ella. Podría sentir cómo crecía su deseo, cómo se
aferraba a su cuerpo.
Y usaría esos deseos para hacer que se corriera tantas veces que Bella perdería la
cuenta. Se juró a sí mismo que su nombre sería el único que pronunciarían los labios
femeninos.
Para mi es un placer compartir éste sitio con ustedes, el cuál nació del fanatismo por colocar a nuestra pareja favorita en distintos escenarios. Espero que disfruten su estancia, así como nosotras esperamos enriquecernos con sus comentarios y mensajes. Éste sitio lo compartimos Pescui, Rosita y yo, si éstas interesada en subir tus historias, el espacio es tuyo. Les envió un beso y un abrazo de oso. Noelle xD
viernes, 27 de mayo de 2011
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Me ha gustado el capitulo pero donde encuentro los dos primeros ... quiero leerla completa
ResponderEliminarholaaa buenooo ahora empiezaa la hottt aajjaj...que pasaraa..edward esta teniendo pensamientoss posesivosss haciaa bella ...jee.. me encantooo estee capii!!!! quieroo saber del pasadoo de edward estoy re intrigadaaa...besos y noss leemos en el proximo!!adios!
ResponderEliminarhaaaaaaaaaaaa!! aca estoy! me retrase un poco!!!
ResponderEliminarme encantooo! jà!! vas a ver Edward!
besoos Ro!