Capítulo Cinco
Bella intentaba con todas sus fuerzas no pensar en Edward y decidió que la mejor forma de hacerlo era jugar con las niñas. Era un buen día para hacer el tonto.
Nessie y Vanessa reían, vestidas con trajes de sus abuelas que habían encontrado en un viejo arcón. Bella llevaba un vestido de satén azul que hubiera podido ponerse Audrey Hepburn y un sombrero digno de una princesa. Habían estado en la piscina casi toda la mañana y llevaban el bañador bajo el vestido. Era lo mejor para no pensar en Edward, para no recordar lo que él había dicho: que aquella vez era diferente. Pero eso no era posible. Bella no quería ni pensado porque si lo hacía, podría volver a caer. Y, aquella vez, no había ninguna posibilidad de que abandonara su sueño.
- Me apetece bailar -dijo, levantándose para encender la radio.
Nessie y Vanessa, riendo, se pusieron a dar vueltas, moviéndose torpemente dentro de aquellos enormes vestidos. Iban a romper muchos corazones, pensó Bella.
- ¿Puedo bailar también yo o es una fiesta privada?
Cuando Bella se dio la vuelta, vio a Edward caminando hacia ellas. Y cómo caminaba. ¿Todos los hombres andaban de esa forma o solo los de Carolina del Sur? Era imposible evitar que su corazón se acelerase. Especialmente cuando lanzaba sobre ella una de esas miradas posesivas que la hacían derretirse por dentro. Como en aquel momento.
Decidida a que él no lo notara, Bella sonrió.
- ¿Sabes bailar?
- Puedo intentarlo -contestó Edward.
Había estado observando a Bella y sus hijas durante un rato sin hacerse notar. Era demasiado divertido verlas jugando. No podía imaginarse a Tanya haciendo el tonto, pero Bella siempre había sido un espíritu libre. Era una de las cosas que amaba de ella. Nunca le daba vergüenza ser espontánea.
Edward sonrió entonces. Sabía que la ponía nerviosa. Era una sensación llueva, ya que no había muchas cosas que pusieran nerviosa a aquella mujer. Bella había estado escondiéndose durante todo el día y él le había dado su espacio. No pensaba presionarla. Eso era lo que había causado discusiones entre ellos.
En ese momento, empezó a sonar una canción lenta en la radió y Edward no pudo evitar tomada entre sus brazos. Estaban muy cerca, sus muslos se rozaban y ella sentía .Las manos del hombre, fuertes y cálidas en su espalda. Edward se echó a reír cuando Bella se quitó el sombrero y lo tiró hacia atrás, mientras las gemelas aplaudían, encantadas con el espectáculo.
- ¿Qué más vas a quitarte? -susurró.
Bella decidió darle una lección. Dio un paso atrás y se bajó la cremallera del vestido, que cayó a sus pies. Después, le guiñó un ojo y se tiró a la piscina. Las gemelas estaban partidas de risa, pero Edward se quedó helado.
- ¡Tenías que verte la cara, papá! -gritó Vanessa-. Se te han puesto los ojos así -explicó, imitando la expresión de alguien que estaba siendo estrangulado.
- Ya, ya -murmuró él, inclinándose sobre el borde de la piscina-. Yo juraría que ese biquini es aún más pequeño que el otro.
- Si no te gusta, no mires.
- Cariño, ningún hombre podría dejar de mirar ese cuerpo tan bonito.
El cumplido hizo que Bella se pusiera colorada.
- Deberías saber que no puedes retarme, Edward.
Edward recordó algo en ese momento.
- ¿Recuerdas cuando hicimos el amor en la playa?
- Calla -dijo ella, mirando a las niñas que, afortunadamente, estaban muy ocupadas quitándose los vestidos-. El almuerzo está en la nevera. Y hasta la hora de la cena voy a estar muy ocupada.
- ¿Me estás echando?
- Sí, vaquero -sonrió ella-. Ve a trabajar.
- ¿Y si no quiero hacerlo?
- Tú eres el jefe.
De repente, Edward se quitó el sombrero y se tiró a la piscina, con ropa y todo.
- ¡Papá! -gritaron las gemelas, encantadas.
- No me lo puedo creer -murmuró Bella, cuando él sacó la cabeza del agua.
- ¿Por qué?
- Porque no eres tú.
- Vamos a aclarar una cosa, Bella. Las cosas son diferentes. Los dos somos diferentes. Ella levantó la guardia inmediatamente.
- Edward...
- Los dos somos mayores, más sabios y yo tengo que pensar en mis hijas. ¿No podemos tomarnos las cosas como vienen y ser amigos?
«Amigos». Bella debería sentirse dolida, pero... ¿no era eso lo que quería?
- Muy bien. Eso es lo que somos, de todas formas.
- Pues si vamos a ser amigos, será mejor que te pongas un biquini más discreto.
-Si vamos a ser amigos, Edward, tienes que dejar de mirarme como si quisieras comerme.
El se acercó, sabiendo que no era inteligente hacerlo. Sabiendo que así rompería la tregua que acababan de firmar.
- Pero es que quiero comerte, cariño -murmuró, mirando descaradamente sus pechos que amenazaban con salirse del biquini-. De un bocado.
Bella no tuvo tiempo de replicar porque él salió del agua y, después de besar a las niñas, se dirigió hacia la casa.
¿Amigos? Mentira.
Edward tiró el bolígrafo sobre la mesa y se pasó la mano por la cara. Durante dos días, había ocultado sus sentimientos delante de Bella. Había aceptado encuentros fortuitos, comidas y conversaciones con una actitud amistosa. Era un supremo esfuerzo estar a su lado y no poder tocarla, de modo que se quedaba en el corral o en los establos trabajando con los peones. Solo se veían durante la cena.
Suspirando, apagó el ordenador. No podía concentrarse. Aquella situación lo estaba volviendo loco. Cuando la vio, sentada sobre la alfombra del salón, estudiando, se preguntó de dónde sacaba energía para levantarse antes de que amaneciera y seguir despierta después de las nueve.
Edward fue a la cocina sin hacer ruido y después volvió al salón con dos vasos de té helado.
- ¿Te apetece?
- Ah, sí, gracias -sonrió ella.
Edward se sentó a su lado y le quitó el libro para leer el título.
- Creí que habías terminado de estudiar.
- He terminado la carrera y el primer año de prácticas. Pero me quedan dos años más -explicó ella-. Además, siempre tengo la impresión de que me falta algo por aprender.
Le estaba recordando que pronto se marcharía. Bella no había querido casarse con él antes de terminar la carrera y esa había sido la razón de sus peleas. Pero, aunque Edward se decía a sí mismo que había aprendido de sus errores, seguía sin poder soportar su decisión como no lo había hecho siete años antes. Quizá porque se sentía excluido de su vida.
- Lo has hecho muy bien, cariño -murmuró-. Te admiro. Muchos otros habrían abandonado al no tener medios.
- Entonces, quizá deberías pagarme más - bromeó ella.
- Lo haría encantado. Nunca he visto a mis hijas más felices.
La expresión de Bella se volvió tierna. -Son unas niñas estupendas.
Se miraron durante un segundo, con deseo, con anhelo. Con todo el anhelo de lo que no podían tener.
- ¿Quieres que te tome la lección? -preguntó Edward, mirando el libro.
Bella se lo pensó un momento y después señaló un capítulo. Una hora más tarde, estaba tumbada en el suelo bostezando entre respuesta y respuesta.
- Hora de irse a la cama, Bella - dijo Edward-. Ahora mismo.
- Te gusta demasiado darme órdenes, Cullen -sonrió ella.
- Desde luego. Y esta vez vas a obedecerme.
- Nadie me dice lo que tengo que hacer, ni siquiera lo hacía mi padre -replicó ella.
- Entendido -murmuró Edward.
Bella era una mujer independiente y so¬litaria que tenía miedo de acercarse demasiado a alguien. Y miedo de dejar la responsabilidad de su supervivencia a otro. En ese momento, ella se estiró como una gata y Edward tuvo que resistir la tentación de tirarse sobre ella y acariciada por todas partes.
Como si hubiera leído sus pensamientos, Bella se sentó y empezó a guardar los libros.
- Vete a la cama, Edward.
- De acuerdo. Buenas, noches -dijo él; mirándola a los ojos.
Edward tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no besarla. Miraba sus ojos como, un prisionero mira la llave de su libertad, preguntándose si habría escape. No había estado con una mujer desde que murió Tanya. No había querido hacerlo. Las mujeres con las que salía le parecían todas iguales. Y el sexo no lo era todo.
- Nos veremos por la mañana -se despidió Bella, dejándolo a solas con sus pensamientos.
- ¡Edward Anthony Cullen!
Edward se dio la vuelta, levantando los ojos al cielo.
- ¿Habla conmigo, señorita Swan?
- ¿Por qué no me habías dicho que las gemelas iban a pasar la semana en casa de su abuela? -preguntó Bella, con las manos en las caderas.
Edward se encogió de hombros, mientras le quitaba la silla al caballo.
- Se me olvidó.
- ¿Tus hijas, la razón por la que yo estoy aquí, se van durante toda la semana y a ti se te olvida decírmelo?
- Sí, Bella, se me ha olvidado- -suspiró él-. La semana que viene hay una subasta importante y tengo muchas cosas en la cabeza.
- Entonces, no me necesitas.
- Por supuesto que sí. Sigo necesitando una cocinera.
- Pero...
- ¿Pero qué?
-Es que...
-Las niñas eran una barrera estupenda, ¿verdad? Estando ellas, no tenías que tratar directamente conmigo.
-Eso no es verdad.
Lo era y los dos lo sabían.
- ¿Tienes miedo de estar a solas conmigo?
Bella aguantó su mirada.
- Eres la última persona en el mundo de la que tendría miedo, Edward.
- Entonces, relájate.
Relajarse, claro. Si se relajaba un poco más, se partiría por la mitad.
- Vale. ¿Qué ropa tengo que guardar para las niñas?
- ¿Por qué no llamas a mi madre y se lo preguntas?
- No.
- ¿Por qué no? -preguntó él, frunciendo el ceno. .
-Pues porque... bueno, ya sabes... tu madre sabe lo nuestro.
- Creí que no tenías miedo de nada.
Y no lo tenía. Pero conocer a su madre era pasarse de la raya. Especialmente, si quería mantener las distancias.
- Vale, la llamaré -dijo entonces Bella-. Pero si me pregunta, voy a tener que contarle muchas cosas.
- ¿Cosas que yo he hecho o las «cosas» que hacíamos los dos?
Bella miró por encima de su hombro, para ver si alguien estaba escuchado.
- Le preguntaré qué cosas hacías antes de conocernos.
- Como quieras. No tengo secretos -sonrió él.
Bella lo miró durante un segundo y después se dio la vuelta. Edward sonrió. Estaba deseando que Bella y su madre se conocieran porque sabía que ella sería su aliada.
- ¿Isabella Swan? ¿La Bella Swan de Edward? -la sorpresa en la voz de la señora Cullen hizo que Bella sonriera.
- Sí, señora.
- Creí que eras médico.
- Y lo soy. Estoy en prácticas y dentro de una semana empiezo a trabajar como interna en el hospital San Antonio.
- Ya -murmuró la mujer-. Tú no sabías que este trabajo de niñera era en casa de mi hijo, ¿verdad?
La simpatía que había en su voz era como un bálsamo para el corazón de Bella.
- La verdad es que no.
- Supongo que te quedarías sorprendida - rió la mujer al otro lado del hilo.
- Desde luego. Me parece que Ángela estaba jugando a casamentera. .
- Siempre ha sido muy traviesa esa chica. ¿Cómo está, por cierto?
- Bien. La verdad es que hace seis meses que no la veo, señora.
- Deja de llamarme señora, me hace sentir vieja. Llámame Esme.
Bella se relajó un poco.
- Muy bien, Esme. ¿Por qué no me dices qué ropa debo meter en la maleta de las niñas? -preguntó. Cuando Esme se lo estaba diciendo, las gemelas aparecieron en la cocina-. Muy bien. Mañana, después de desayunar... Sí, aquí están ahora mismo.
Bella le dio el teléfono a Nessie y las dos niñas hablaron con su abuela mientras ella sacaba las cosas de la secadora.
- Es muy buena, abuela -estaba diciendo Vanessa.
- Jugamos en la piscina y nos disfrazamos.
Y esta noche vamos a darnos un baño de espuma -añadió Nessie.
Bella abrió el grifo. No quería oír lo que decían, no quería quererlas, aunque sabía que era imposible. Las adoraba y saber que quizá no volvería a verlas nunca hacía que se le partiera el corazón.
- Bella, mi abuela quiere hablar contigo -dijo Nessie.
- Dime, Esme.
- Solo quería darte las gracias, Bella. Mis nietas parecen muy felices contigo -dijo la mujer-. Nos veremos mañana.
Bella se despidió sintiendo mariposas en el estómago.
Conocer a Esme Cullen no era el problema. El problema era estar a solas con Edward durante una semana.
A la mañana siguiente, Vanessa y Nessie llegaron corriendo a la cocina con sus camisones rosas.
- ¡Buenos días, Bella!
- Aquí están mis chicas -sonrió ella, inclinándose para recibir un abrazo. La inocencia en los ojos infantiles tocó su corazón y Bella tuvo que tragar saliva mientras les servía el desayuno.
- Ya hemos terminado -dijo Nessie un rato después-. ¿Podemos ir a jugar?
- Tenéis que vestiros. Vuestra abuela estará a punto de llegar -contestó Bella-. Y lavaos los dientes -añadió, entristecida, cuando las vio salir corriendo alegremente.
- Mucho trabajo, ¿verdad?
Bella levantó la cabeza. La madre de Edward.
- Un poco -sonrió-. ¿Seguro que quieres tenerlas en tu casa durante toda una semana?
Esme hizo un gesto con la mano. No debía tener ni sesenta años y era una mujer muy atractiva. Llevaba el pelo a media espalda, peinado de forma muy elegante y era la clase de mujer a la que miran los hombres, a pesar de su edad.
- Encantada de conocerte. Por fin -dijo, estrechando su mano. Bella sirvió dos tazas de café y las dos mujeres se sentaron a charlar-. Aunque ya conocía tu cara. Mi hijo ha llevado una fotografía tuya en la cartera durante mucho tiempo.
El corazón de Bella se encogió. Ella también tenía una fotografía de Edward guardada en la cartera. Nunca la había sacado de allí.
- Esme, seamos sinceras. Estoy aquí trabajando porque necesito el dinero. Tengo una carrera y Edward y las niñas se merecen algo más. Además, hemos acordado ser amigos.
Esme asintió.
- Vale, pero deja que te diga una cosa.
- ¿Solo una? -sonrió Bella.
- Por ahora.
- Dime.
- Mi hijo cometió un grave error hace siete años. Dale una oportunidad.
- Lo he perdonado, Esme.
La mujer inclinó la cabeza a un lado, estudiándola.
- ¿Lo sabes todo?
- Creo que sí.
- Pero sigues aquí. Supongo que eso significa algo.
- Significa que conozco mis obligaciones.
- ¿Es solo eso, una obligación?
- Claro que no –murmuro Bella. Edward y sus hijas eran mucho más que eso, pero no podía decirlo-. Me marcho, Esme. Tengo que hacerlo.
Esme no dijo nada y, unos segundos después, Bella empezó a hablar de las niñas y del rancho.
- Esta subasta es la más importante del año -dijo la madre de Edward.
- Ya me han dicho.
- ¿Estáis hablando de mí?
Bella se dio la vuelta. Edward estaba en la puerta de la cocina.
- No. Hablamos de cosas importantes -intentó bromear ella.
- Estás muy guapa, mamá -dijo Edward, besando a Esme en la mejilla.
En ese momento llegaron las niñas y después de abrazar a su abuela, Bella se las llevó al cuarto de baño para arreglarles el pelo.
- ¿Y bien? -preguntó Edward cuando estuvo a solas con su madre.
- Esa mujer está asustada, hijo.
- Lo sé -murmuró él. Esme le dio un golpe en el hombro-. ¡Ay! ¿Qué he hecho ahora?
- Esto por dejarla escapar.
- Esta vez, no -sonrió Edward.
- Me parece que no vas a poder hacer nada, cariño.
- Pero tengo que intentarlo, mamá.
Para mi es un placer compartir éste sitio con ustedes, el cuál nació del fanatismo por colocar a nuestra pareja favorita en distintos escenarios. Espero que disfruten su estancia, así como nosotras esperamos enriquecernos con sus comentarios y mensajes. Éste sitio lo compartimos Pescui, Rosita y yo, si éstas interesada en subir tus historias, el espacio es tuyo. Les envió un beso y un abrazo de oso. Noelle xD
holaaaa meee encantooo el capiii esta historiaa estaa muy buenaa, yy amigoss no se loss cree nadieee ajajajaj!!! yy buenoo vamoss bella perdonaa a edwardd y quedate con ell...peroo tambienn es entendible que tenga miedooo y que quera terminar su carreraaa..peroo se encariño con lass ñinass y amaaa a edwardd deberian darse una oprtunidadd...veremos como les va esta semana solosss::...besoss!!!
ResponderEliminarQue la ate como a uno de sus caballos, jajjajajaj!!! te quedó super bien Pescui, Un beso cielito!!!!!
ResponderEliminarHola nena, me tienes enganchada a esta historia.
ResponderEliminarGracias por el cap.!
Me encanta Edward, nos leemos en el proximo.
besoss
Hola me facina la hisotria no me despido y nos seguimos leyendo
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