lunes, 13 de septiembre de 2010

Necesariamente suya

Capítulo 7
Esa noche, acompañada por una mujer mayor que había ido a buscarla, Bella salió de la nueva y diminuta habitación donde Tanya la había instalado y se dirigió al salón de recepciones.
Entró con la cabeza bien alta, dispuesta a enfrentarse con quien tuviera que hacerlo.
Tanya.
Aro.
Edward.
Le daba igual.
Nadie iba a reírse de ella esa noche. Había dejado que Edward, su padre y sus aliados políticos dirigieran su vida, pero eso había terminado para siempre.
Pero ver a una chica joven mirando a Edward con ojos de adoración fue suficiente para detenerla de golpe.
La chica, no tenía edad suficiente para ser considerada una mujer, no estaba tocándolo, pero pestañeaba continuamente y cada uno de sus gestos dejaba bien claro su anhelo.
De repente, Bella se sintió enferma.
Se veía envuelta en la niebla del pasado… veía a Tanya flirteando con Edward, el veneno que el emir había dejado caer en los oídos de su marido, el acuerdo entre el emir y Aro para consolidar los territorios del norte y el sur gracias a un matrimonio de conveniencia…
Bella tragó saliva. Aquella joven no tenía la aprobación del emir.
Pero amaba a Edward.
Estaba bien claro para Bella porque una vez ella también lo había amado. Una vez también ella lo había mirado así.
Cuando se dio la vuelta, descubrió a Tanya mirando con odio a la pareja. Iba a haber problemas, lo intuía.
Para evitarlos, se dirigió a una mesa en la que había bandejas de mezzey kibe.
—Tú debes ser inglesa.
Bella levantó la cabeza para mirar al hombre que hablaba con acento norteamericano.
—No, de Nueva Zelanda. ¿Y usted?
—Texas, el país del petróleo.
—Ah, debería haberlo imaginado.
—Félix —se presentó el hombre, ofreciéndole su mano.
—Bella.
—Ahora que sabes a qué me dedico, es tu turno. ¿A qué te dedicas tú?
—Soy profesora. Pero he decidido volver a la universidad para ampliar estudios.
— ¿Y para eso has venido aquí, para investigar?
Bella no lo corrigió. No quería miradas curiosas, ni incómodos silencios cuando descubriese que era la esposa del jeque.
En lugar de eso se dedicó a charlar sobre los niveles de educación en Zayed, sobre las mujeres beduinas… mientras él asentía, con más fascinación de la que correspondía al tema, en opinión de Bella.
—Bueno, tengo que ir a buscar a mi marido.
— ¿Estás casada?
«No por mucho tiempo».
—Así es.
—Pues tu marido es un tonto si te deja desatendida.
¿Qué podía decir ella? Siempre la había desatendido. Edward era demasiado importante para ir detrás de nadie.

Edward miró alrededor, impaciente. ¿Dónde estaba Bella? No había visto a su mujer desde que salió del dormitorio con cajas destempladas.
A su lado estaba la madrastra de Eleazar y su hija, Bree. Bree le había preguntado algo en voz baja. Tan baja que tenía que inclinarse para poder oírla…
Desde el otro lado de la habitación podía sentir la mirada de Eleazar clavada en él. ¿Habría oído algo sobre el rechazo de su esposa?
Edward arrugó el ceño. ¿Y dónde demonios estaba Bella? ¿Por qué tardaba tanto? Tenía que estar allí. No quería que Eleazar se llevara una impresión equivocada sobre sus intenciones hacia Bree.
Justo entonces vio a la mujer que había sido enviada para buscar a Bella.
— ¿La señora no estaba lista?
—La señora está aquí —contestó ella.
— ¿Dónde?
Edward levantó la cabeza y miró alrededor. Y se quedó helado al ver a Bella riendo con un hombre. Riendo, cuando a él apenas le sonreía. Un occidental de pelo rubio y facciones morenas. Como…
Edward se pasó una mano por la cara. No, no quería pensar en eso. De nuevo, miró a Bree, que estaba diciendo algo sobre su caballo favorito, a lo que contestó con un simple asentimiento de cabeza. Pero ni siquiera sabía de qué estaba hablando.
Luego, incapaz de evitarlo, volvió a buscar a Bella con la mirada. Seguía hablando con el americano. Incapaz de seguir mirándolos, Edward giró la cabeza y se fijó en Tanya, medio escondida entre un grupo de mujeres.
Ella estaba mirándolo fijamente. Y, aunque no podía descifrar su expresión sintió algo… un escalofrío, un mal presagio. Bella solía decir que cuando se sentía eso era como si alguien pisara sobre tu tumba. Él odiaba esa expresión.
Pero capturaba a la perfección la malevolencia que irradiaba Tanya.
¿Cómo podía ser? ¿Cómo era posible que hubiera echado de su lado a la única mujer que deseaba? La mujer que hablaba con otro hombre… la mujer que no quería saber nada de él, la que quería divorciarse lo antes posible.
¿Y por qué no podía quitársela de la cabeza? El recuerdo de su piel de porcelana en la bañera de la tienda, el sabor de sus labios…
No podía resistir esos recuerdos.
Y él creyéndose tan listo, tan fuerte. Cuando Bella le pidió el divorcio decidió que si la obligaba a volver a Zayed conseguiría que su padre muriese en paz, satisfecho al ver a su hijo felizmente casado. Lo último que esperaba cuando su esposa volvió fue descubrir que seguía deseándola.
Una mujer que no podía serle fiel… una mujer que odiaba Zayed.
¿Qué podía hacer?
Bree estaba hablando de nuevo sobre un caballo árabe en Bashir, donde se criaban algunos de los mejores caballos del mundo. Edward escuchaba con un oído, pero su atención estaba fija en Bella. Le irritaba su charla fácil con el americano. Parecía relajada, cómoda, nada que ver con su expresión crispada cuando estaba con él.
¿Por qué no podía relajarse cuando estaba con él? Edward la miraba con ansia. ¿Por qué se mostraba tan tensa cuando estaban a solas? ¿Eran sus culturas lo que los separaban o era él?
Ese pensamiento hizo que se le encogiera el corazón.
Quería que Bella le sonriera, quería que hablase con él con la misma facilidad con la que hablaba con el americano, un completo extraño.
—Las preferencias de tu esposa por los americanos son bien conocidas —dijo Bree entonces—. Y parece que ese hombre cumple todos los requisitos.
Edward se puso rojo de rabia.
—No deberías escuchar esos cotilleos. Tú no sabes nada. No sabes qué clase de hombre necesita mi mujer. Si lo supieras, sabrías que yo soy ese hombre.
— ¡Pero te rechaza a ti, un jeque!
De modo que incluso Bree había oído los rumores y estaba dispuesta a sacar provecho de la información. Y, sin duda, sabía que había expulsado a Bella de Zayed porque se había acostado con otro hombre. La humillación hacía que lo viese todo rojo.
—Y serás el emir cuando… —Bree se tapó la boca con la mano.
—Cuando mi padre muera.
—Lo siento, ha sido una impertinencia.
Edward hizo una inclinación de cabeza.
—No, soy yo quien debe pedirte disculpas.
Bree era joven, pero no era tonta. Enseguida entendió por qué estaba disculpándose y sus ojos se llenaron de lágrimas.
— ¿Entonces no te casarás conmigo? ¿Nunca? Pero Eleazar me dijo…
—Sé lo que piensa tu hermano. Lleva meses intentando formalizar un compromiso entre nosotros, pero eso no va a pasar. Y el emir debería haberle informado de ello. Habrá otro hombre para ti, Bree. Algún día.
—Será demasiado tarde.
Edward soltó una palabrota… en el idioma de Bella. Y al ver que Bree lo miraba horrorizada, se disculpó de nuevo.
—Pensé que no lo entenderías.
— ¿Es por mí? ¿Hay algo malo en mí? —Le preguntó la joven, con los ojos llenos de lágrimas—. ¿No te gusto como mujer?
Edward estaba furioso con Bella. Su esposa debería haber estado a su lado para evitar esa escena, no hablando y riendo con otro hombre.
—No hay nada malo en ti, Bree. Soy yo… no soy suficientemente bueno para ti.

— ¡Ven conmigo!
Bella se quedó helada al oír la orden. Le recordaba aquel día en la biblioteca de palacio, cuando Edward la sorprendió hablando con Mike.
— ¿Cómo te atreves a avergonzarme delante de todo el mundo? —le espetó, después de llevarla a un rincón apartado.
—No pienso compartir habitación contigo —replicó Bella.
— ¿Te hice algo anoche? ¿Te toqué, intenté seducirte?
Ella negó con la cabeza.
— ¿Por qué has tenido que decir eso delante de Tanya precisamente?
— ¿Cómo que «Tanya precisamente»? Estuviste a punto de casarte con ella, si no recuerdo mal.
—Nunca. Nunca me habría casado con Tanya.
—Pero ella te desea.
—Me da igual.
—Su padre cree que habría sido mejor esposa para ti y tu padre quería que te casaras con ella.
—No quiero volver a hablar de eso. Estoy cansado de tus prejuicios contra mi padre —Edward se pasó una mano por la frente—. Además, Tanya está casada con otro hombre.
—Me temo que eso en Zayed da igual. Y yo también estoy cansada de esta discusión —replicó Bella—. Me voy a mi cuarto.
—No, de eso nada —dijo Edward entonces, tomándola del brazo.
— ¿Dónde me llevas?
—Quiero que te sientes a mi lado, donde pueda verte.
De modo que aquello era por su conversación con el americano.
— ¿Para qué? ¿Para qué no pueda hablar con nadie más?
Nada había cambiado, por supuesto. Edward seguía sospechando de todo y de todos.
—Te traje conmigo para evitar a Bree. No quiero problemas con Eleazar.
¿Bree?
Ah, la jovencita enamorada.
—Me has traído hasta aquí como protección, ¿es eso? Como una armadura para librarte de otras mujeres.
—Intenta entenderlo desde mi punto de vista. No quiero que Eleazar se enfade. Él quiere…
—Que el futuro emir se case con su hermana, está claro —lo interrumpió Bella—. Pero hay un problema para la pobre Bree: que sigues casado conmigo.
—Pronto te irás de Zayed, te divorciarás de mí y una vez que lo hagas no tengo la menor intención de volver a casarme.
— ¿Y los deseos de tu padre?
—Para entonces mi padre habrá muerto. No lo sabrá nunca. Y si puede verme desde el paraíso no será la primera vez que se lleve una desilusión por mi culpa.
Se refería a su matrimonio, naturalmente.
—Podrías encontrar a alguien peor que Bree. La pobre está loca por ti.
—Cree que lo está porque su hermano anima esa fantasía.
— ¿Sin ayuda por tu parte? —Sonrió Bella—. ¿De dónde habrá sacado esa idea?
—Es una historia muy larga —contestó Edward.
Parecía cansado, nervioso.
— ¿Y qué le has dicho?
—Nada. Pero Eleazar sabe que estoy casado contigo y que no puedo casarme con otra mujer.
—Me alegro de que lo recuerdes —murmuró Bella.
Pero hablar de ese tema había hecho que sus pensamientos fueran por un camino prohibido. Su marido era un hombre muy viril y habían estado años separados—. Aunque algo tan simple como una cláusula no te detendría si quisieras.
Edward la miró, sorprendido.
— ¿Qué quieres decir? Yo soy un hombre de palabra. Al contrario que mi esposa, yo no cometo zina, ni adulterio ni sexo extramarital.
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Ahhh!!!!!
Que religioso nos salió el Edward, aunque yo intentaría la manera de hacerlo pecar :)

5 comentarios:

  1. holaaaa guauu volvieron a la normalidadd discutiendo como siempree...esotos doss cabezotas tiene que sentarse a charlarr civilizadamentee es de la unica manera que saber la verdad y de que empizen a llevarse mejorrr pero por el momento parece que no va a pasarr...yo tambien intentariaa la manera de hacerlo pecar jajaja!! bueno beosss!!!

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  2. Siempre tienen que estar a la greña estos dos????Les pegaria una ostia a cada uno (uy,que violenta)jejejeejj un beso me encantó el capi!!!!

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  3. tuupico de el pero bueeno algun diea de su stupida vida lo entendra idiota!!

    xoxo

    M

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  4. hola jajajajaj bueno creoktambien hay hombres fieles !!!a ha!!! me gusta la historia nome despido ynos seguimos leyendo

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  5. ufff me está cansando el tonto de Edward, a ver si Bella lo pone ya en su sitiooo!!!

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