Capítulo Tres
Se estaba portando bien. Estupendamente bien, controlando su deseo por ella, evitándola cuando deseaba tocarla con toda su alma. Hasta que se la encontró desnuda.
Bueno, casi desnuda.
Edward clavó el hacha en la madera y el golpe resonó por las colinas.
Era como si estuviera desnuda, con todo lo que aquel biquini dejaba al descubierto.
Edward se mantuvo de espaldas mientras seguía cortando madera. Y siguió haciéndolo hasta que la cinturilla de sus vaqueros estuvo empapada de sudor. - Pero eso no conseguía apagar el deseo que corría por sus venas.
No quería mirar hacia la piscina porque ella estaba allí, con un biquini azul estilo tanga. Edward cerró los ojos. Esperaba que los peones no la vieran porque causaría una estampida.
Edward colocó otro tronco y lo golpeó con el hacha. El golpe seco lo partió por la mitad.
- Hola.
- Hola -contestó él sin levantar la cabeza.
- ¿Ni siquiera vas a mirarme? -preguntó Bella.
-¿Sigues llevando esa cosa que llamas biquini?
- Sí - rió ella-. Edward, no seas bobo.
Él colocó otro tronco y lo partió por la mitad, sin mirada.
- Vuelve con las niñas.
- ¿Estás enfadado por lo del coche?
- No.
- Muy bien, jefe. Disfruta de tu soledad. Edward maldijo entre dientes. No era por el coche. ¡Era por ella! Verla, desearla, incluso discutir con ella encendía su deseo y, sobretodo, el sentimiento de culpa por lo que había hecho; por lo que su sentido del deber le había obligado a hacer, apartándolo de ella. No se merecía su amabilidad. Y no poder aliviar su culpa contándole la verdad era una carga más pesada de lo que había imaginado. Ella nunca lo perdonaría, pensó, deseando que las dos semanas terminasen de una vez. Y, al mismo tiempo, rezando para que no terminasen nunca.
Edward miró por encima de su hombro.
Bella caminaba hacia la piscina donde sus hijas estaban tomando la merienda. Se había puesto un pareo para cubrir aquel biquini que debía ser ilegal y tenía la cabeza inclinada, como si estuviera triste.
Edward se sintió como un canalla. Y más cuando vio que Bella había dejado una jarra con agua helada y un bocadillo envuelto en papel celofán.
Tenía que hacer algo. Y pronto.
O iba a volverse loco.
Edward golpeó el flanco del caballo con la bota, intentando que el animal obedeciera sus órdenes, pero no funcionaba. Atribuía el fracaso a que estaba distraído y eso lo irritaba profundamente. La presencia de Bella lo hacía recordar que él era un hombre y ella, una hermosa mujer.
Y lo dulce que había sido estar con ella.
Y cómo él lo había estropeado todo. Edward escuchó risas y levantó la mirada. Bella y las niñas salían corriendo de la casa. Las tres estaban guapísimas.
- Las niñas se están encariñando con ella -dijo Seth.
- Sí -murmuró él, sin apartar los ojos del trío.
- ¿Quiere que vaya a ver si necesitan algo?
- No hace falta -dijo Edward, tirando de las crines del caballo para obligarlo a hacer el circuito mientras seguía escuchando las risas de sus hijas.
Estaban entrando en la cochiquera y Edward pudo ver que Bella hacía una mueca de asco. Al menos, aprendería lo que era la vida en un rancho, pensó. Y entonces recordó cómo se quejaba Tanya cada vez que tenía que acercarse a los animales. Debería haber sabido que ella no estaba hecha para la vida en el campo...
- ¡Papá, papá! -escuchó la voz de Nessie en ese momento. La niña parecía asustada.
Edward bajó del caballo y corrió hacia la cochiquera. Bella se había caído dentro y los cerdos la rodeaban.
- ¡No te muevas! -gritó, saltando la valla.
Ella intentó levantarse, pero resbaló en el barro.
- Creo que les gusto -intentó bromear, pero Edward podía detectar el miedo en su voz mientras gritaba a los cerdos para que se apartasen y la tomaba en brazos-. No hace falta. Soy capaz de...
- Calla -la interrumpió él, sentándola sobre la valla.
- Gracias, yo...
- ¿Cómo te has metido ahí?
- Se me cayó el cubo y estaba intentando recogerlo.
Edward miró a sus hijas.
- ¿No le habéis dicho que nunca se debe entrar ahí?
Las niñas se miraron sin decir nada.
- Edward...
Él la interrumpió con una mirada.
- No. Su responsabilidad era decirte cuáles son las reglas.
- Ha sido culpa mía.
- ¡Esos animales son peligrosos, Bella! Puede que no lo creas, pero podrían haberte comido. .
- ¿Y por qué estás tan enfadado? ¿Porque has tenido que dejar tu trabajo para rescatarme? ¿Porque he cometido un error? -preguntó ella, poniéndose las manos en las caderas-. ¿O solo necesitabas una excusa para ponerte a gritar?
- ¡No estoy gritando!
Tras ellos escucharon unas risotadas.
Edward lanzó una mirada furiosa sobre los tres peones que observaban la escena.
- ¡Pues no hablemos del peligro que supone montar un caballo sin silla! -le espetó ella-. ¡Y a tu edad!
- ¿Mi edad? ¡Llevo haciéndolo toda mi vida!
- ¡Pues yo llevo haciendo esto solo cuatro días, Edward, así que será mejor que me des un respiro! -exclamó Bella, saliendo de la cochiquera con las dos gemelas tras ella.
Edward se quitó el sombrero y lo tiró al suelo. ¡Maldita mujer! ¡Podría estar muerta!
Después de pasear durante unos segundos para controlar su temperamento, se dirigió hacia la casa.
- ¡No te atrevas a entrar: aquí con las botas llenas de barro, Edward Cullen! -la oyó gritar en cuanto entró por la puerta-. ¡Acabo de limpiar el suelo!
Edward se quedó parado.
- ¡Entonces, ven tú aquí!
- No. Vuelve al trabajo. Yo estoy bien.
Sus hijas asomaron la cabeza por la puerta del salón.
- ¿Dónde está, Nessie?
- En el baño -dijo la niña-. Lavándose.
Edward se quitó las botas y se dirigió al baño como una exhalación. La puerta estaba entreabierta y... allí estaba ella, inclinada sobre el lavabo, en sujetador y braguitas. Edward se quedó transfigurado.
Cuando Bella se aclaró el jabón de la cara y lo vio, ahogó un grito.
- ¡Qué cara tienes! -exclamó, intentando cerrar la puerta. Pero Edward se lo impidió.
- Lo que has hecho ha sido muy poco inteligente.
- Estás exagerando -murmuró ella, po¬niéndose un albornoz-. No tenías que haberme regañado delante de los peones. Y las niñas son demasiado pequeñas como para recordar todas las reglas -añadió, clavando un dedo en su pecho-. Tú deberías haberme dicho que la cochiquera es un sitio peligroso.
-Ahora me doy cuenta -murmuró él, sin dejar de mirarla. Edward sabía que podría acostumbrarse a estar tan cerca de ella, a su temperamento, a su fuego-. Y te pido disculpas.
- Disculpas aceptadas.
- No pareces muy sincera.
- Ese es problema tuyo.
- ¿Por qué te has enfadado tanto, papá? Edward se volvió. Sus hijas lo miraban con los ojos brillantes y se sintió como un bellaco.
- Tenía miedo -contestó, arrodillándose frente a ellas.
- ¿Por qué? -preguntó Vanessa.
- Porque pensé que los cerdos iban a hacerle daño a la señorita Bella.
- Pero le has gritado.
- Eso pasa a veces cuando una persona... - Edward buscaba palabras que las niñas entendieran.
- Se culpa a sí misma porque otra persona se haya puesto en peligro -terminó Bella la frase por él.
Edward se volvió para mirarla.
- Eso es.
- No soy de mantequilla, Edward.
Pero lo era. Bella era pequeña y frágil, aunque no lo supiera.
-Pregúntale a Seth lo que se siente cuando te pisa un cerdo de doscientos kilos.
Ella pareció sorprendida. Nunca había vivido en un rancho y tenía mucho que aprender. Pero no estaría allí el tiempo suficiente como para hacerlo.
- Entonces las niñas tampoco deberían acercarse -dijo, muy seria. Edward la miró con una ceja arqueada-. ¿Las vallas de la cochiquera son tan fuertes como para evitar una estampida?
Él negó con la cabeza. No le gustaba que Bella señalara algo en lo que él mismo debería haber pensado.
- Lo siento, papá -dijo Nessie.
- Yo soy el que lo siente, cariño. No es culpa vuestra -dijo Edward, abrazándolas-. La próxima vez quiero que tengáis más cuidado.
- Te lo prometo -dijeron las gemelas a la vez.
- Creo que las has asustado -murmuró Bella cuando las niñas desaparecieron por el pasillo.
- Ya lo sé.
Edward parecía preocupado y la furia de Bella se disipó.
- Vuelve al trabajo. Yo se lo explicaré -dijo entonces. Edward la miró, incrédulo-. En serio. Haré que parezcas un caballero andante.
- No te pases. Ya tengo suficientes problemas intentando ser lo que mis hijas esperan de mí -dijo él. Bella lo miró, sorprendida-. Estás empapada.
Edward se había acercado y el calor del cuerpo del hombre parecía traspasar la tela del albornoz.
- Ni lo pienses -murmuró ella.
- ¿Pensar en qué?
- En besarme.
- No estaba pensando en eso.
- Mientes fatal.
- Solo estoy disculpándome como un caballero -dijo Edward, levantando su barbilla con un dedo.
Bella sintió un delicioso escalofrío.
- Ya he aceptado tus disculpas.
- No lo suficiente -murmuró él, sobre sus labios.
Bella se sentía tentada, pero el recuerdo de las viejas heridas hizo que pusiera su mano sobre la boca del hombre.
- No quiero terminar con el corazón roto, Edward. Ya he pasado por ahí.
El dio un paso atrás. Bella no quería ser parte de su vida. Lo había dejado claro antes y volvía a hacerlo.
Edward se alejó unos pasos antes de volverse de nuevo. Le pareció que en los ojos de Bella había un brillo de decepción, pero no podía estar seguro.
Alguien llamó a la puerta de su despacho y Edward murmuró un «adelante», sin dejar de trabajar en el ordenador.
- ¿Te apetece tomar un café o una copa de coñac?
Bella tenía el pelo húmedo y llevaba un pijama de color marrón con ovejas rosas. No había nada revelador en aquel atuendo y, sin embargo, lo único que Edward podía ver era la deliciosa curva de sus pechos.
- Sí, gracias - Contestó por fin.
- ¿Qué quieres? -preguntó ella, señalando la bandeja que llevaba en la mano.
- Café.
- Me lo imaginaba -murmuró.
Edward nunca parecía darse cuenta de que tenía que descansar.
- La cena ha sido estupenda -dijo él, para romper la tensión.
- Gracias. Lo de servir cerdo asado ha sido una pequeña venganza.
Edward sonrió.
- ¿Cómo te convertiste en una experta cocinera?
- Por necesidad. He tenido que trabajar mucho para pagar mis clases en la universidad.
- ¿Qué más cosas has hecho durante estos años? -preguntó Edward.
- De todo -suspiró Bella, sirviéndose una copa de coñac-. Pero trabajar para Ángela es lo último en mi agenda -añadió, sonriendo. Edward se echó hacia atrás en el sillón, mientras ella observaba los trofeos y fotografías que había en las paredes-. Esa es tu hermana Alice, ¿verdad?
No la conocía, pero el parecido con Edward era enorme- Sí.
- ¿Te llevas bien con ella?
- Muy bien -sonrió Edward.
- ¿Tu hermano Emmett vive cerca de aquí? -preguntó Bella, señalando otra fotografía.
- A unos cincuenta kilómetros.
La habitación, con muebles oscuros y sillones de cuero, era terriblemente masculina y terriblemente seductora. Como Edward. Tomando un sorbo de coñac, Bella se acercó a una estantería en la que parecían estar guardadas las reliquias de la familia: escopetas con cargador de pólvora, pistolas antiguas, un par de anteojos y una carta amarillenta dentro de un sobre.
- ¿Una carta de amor?
- Sí. De uno de mis ancestros a su esposa -contestó Edward, levantándose. Al acercarse respiró su perfume. Le resultaba tan familiar, tan querido, que le dolía-. Murió en Gettysburg y devolvieron la carta junto a sus cosas personales.
- Qué horrible. Nunca pudo enviar la carta.
- Dejó tres hijos y una esposa. Aquí, en esta casa.
Bella parpadeó, sorprendida.
- ¿Tan antigua es?
- Tiene más de doscientos años.
- Dios mío -murmuró ella, mirando alrededor-. Es increíble que siga siendo propiedad de tu familia.
- Un Cullen la mantuvo durante la revolución y la guerra civil prestándole caballos al ejército.
- No mucha gente puede poner el dedo en sus raíces y decir: de ahí es de donde vengo -dijo Bella, pensativa. Ella ni siquiera recordaba a sus abuelos y el rostro de su madre era solo un borrón en su mente.
Edward pensó entonces que Bella no tenía a nadie que pudiera consolarla, nadie que le hiciera la vida más fácil. Y cuando había tenido la oportunidad, él se la había arrebatado. Pero era su deber, se recordó a sí mismo. Su honor había estado en entredicho.
Lo que lo había salvado del dolor y la vergüenza de haberla abandonado habían sido sus hijas.
Hasta que Bella había vuelto a aparecer en su vida.
En ese momento, ella se quedó parada frente a una fotografía y su actitud cambió.
De repente, parecía tan frágil que hubiera podido caer al suelo con un golpe de viento. Era una fotografía de su boda con Tanya.
- Estaba... preciosa.
- Ese día sí -murmuró él, incómodo. Bella no podía mirado. Le dolía demasiado.
- Lo dices como si hubiera sido la única vez.
Edward se sirvió una copa de coñac.
- Está muerta, Bella. Prefiero no hablar de ella.
- La amabas -dijo ella, con un nudo en la garganta.
-No preguntes. Por favor.
La agonía en su voz era suficiente respuesta.
- Nunca lo entendí.
- ¿Qué es lo que no entendiste?
- Por qué me dejaste sin decir una palabra y te casaste con ella.
-¿Y crees que ahora lo entiendes? Bella asintió.
- La amabas -repitió, su voz cargada de dolor. Edward tuvo que apretar los puños-. La amabas a ella y me usaste a mí.
- Eso no es cierto.
Bella lo miró, furiosa.
- ¡Después de todos estos años tengo derecho a saber por qué decías que me amabas, por qué me pedías que dejara mi carrera y por qué me traicionaste! -exclamó, sin po¬der contenerse. Edward se pasó una mano por la cara; sus facciones tensas de angustia-. ¿Sabes lo humillante que fue que la propia Tanya me diera la noticia? Todo el mundo sabía que estábamos juntos. Todo el mundo -siguió ella, intentando contener las lágrimas-. La gente pensó que yo era una cualquiera, una chica con la que irse a la cama, pero no lo suficiente buena como para casarse con un Cullen.
- Bella, por favor, no era eso.
- ¡Sí lo era! ¡Tu prometida se presentó con el anillo de compromiso y me dijo que yo solo había sido una diversión para ti! -exclamó ella, mordiéndose los labios-. No puedo quedarme aquí -murmuró después, dirigiéndose hacia la puerta.
- ¡Bella, no! -dijo Edward-. Tanya estaba embarazada.
Ella se volvió, atónita.
- ¡Bastardo! ¡Te habías acostado con ella!
Para mi es un placer compartir éste sitio con ustedes, el cuál nació del fanatismo por colocar a nuestra pareja favorita en distintos escenarios. Espero que disfruten su estancia, así como nosotras esperamos enriquecernos con sus comentarios y mensajes. Éste sitio lo compartimos Pescui, Rosita y yo, si éstas interesada en subir tus historias, el espacio es tuyo. Les envió un beso y un abrazo de oso. Noelle xD
q feeoo!! el obvio!!!! pero bueno ni q hacerle y pff!! veremos q tal se pnen las cosas!!1 xd
ResponderEliminarxoxo
M
Vaya tela con Edward, osea que dejó embarazada a Tanya estando con Bella??? Es pa matarlo...bufffff!!! un beso cielito!!
ResponderEliminarholaaa guauu que capiii...edwardd se habia acostado con tania estandoo conn bellaaa....ohhh por dioss no puedeee serrr...metienere intrigdaa esta historiaaa...voy a esperar ansiosaa el proximooo capiii...a verr que mas le dice edward a bellaa...ella sufrio muchisimoo noo digo que el noo...peroo que tania fuera y le dijera a bella que iban a casarceeee...por dioss...que dolorr...bueno nos leemos en el que siguie!! adiosss
ResponderEliminarValgame
ResponderEliminarCuanto que las ñinas no son el , eso espero de vdd por que si no se cae de mi pedestal ajajaja
Besosssss
Creo k hubo mas de un motivo por el cual quedaria embazada no? hay k ver el lado del reverso y nosolo el elfrente de la bolsa ....no medespido y nos seguimos leyendo
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