lunes, 15 de noviembre de 2010

Por siempre amantes

Capítulo Cuatro

Por fin, Edward asintió.
- ¿Mientras salías conmigo?
Edward no apartó la mirada y, al leer la respuesta en sus ojos, Bella lo golpeó en la cara con fuerza. Cuando iba a golpeado de nuevo, él sujetó su muñeca. Rendida y agotada, Bella cayó en sus brazos, llorando. Eran las lágrimas que había escondido durante años, unas lágrimas que parecían estar partiendo su corazón en pedazos.
- Yo te amaba -gimió, deshecha, apartándose-. ¡Te amaba!
- Lo sé, cariño, lo sé -suspiró él. Hubiera deseado tenerla toda la noche entre sus brazos, pero sabía que era imposible-. La noche que discutimos sobre el futuro pensé que te había perdido para siempre. Me fui a casa y empecé a beber -explicó, mirándola a los ojos-. Bebí demasiado. A medianoche, Tanya apareció en mi puerta y se echó en mis brazos.
- No quiero oírlo.
Edward la obligó a mirarlo.
- Tienes que oírlo. Querías saber la verdad y vas a escucharla. La verdad es que, a la mañana siguiente me desperté y ella estaba tumbada a mi lado, desnuda. Pero yo no recordaba nada. No recordaba haber hecho el amor con ella.
Bella lo miró a los ojos, deseando creerle.
- Pero tú y yo fuimos a la isla Jekyll el fin de semana después de la discusión, Edward. Por eso estabas tan callado.
Al ver la acusación en sus ojos, el instinto de supervivencia de Edward se despertó. Tenía que hacerla entender, pasara lo que pasara.
- No podía decirte nada porque no recordaba nada.
Bella se apartó de un tirón, como si él la estuviera ensuciando.
- Un hombre no olvida que ha hecho el amor con una mujer.
- Lo hace cuando no hay nada que recordar.
- Pero has dicho que estaba embarazada.
- Ella dijo que lo estaba y yo la creí. Así que hice lo que tenía que hacer.
- Te casaste con ella.
- Había cometido un error y tenía que subsanarlo. Era mi deber, Bella.
- ¿Y tu deber para conmigo? -demandó ella, furiosa-. ¿Cómo quieres que crea esa historia si tus hijas solo tienen cinco años?
Bella lo miró en silencio durante algunos segundos.
- Será mejor que hables rápido, Cullen.
- No estaba embarazada, pero yo no lo supe hasta después de la boda -explicó Edward, pasándose la mano por el pelo, angustiado-. Nos engañó a los dos. Y cuando me enteré de que no estaba embarazada, Tanya me confesó que no nos habíamos acostado juntos -añadió, dejando caer los brazos y recordando el dolor que había sentido; la rabia al saber que había abandonado a Bella por nada. Por nada.
Los dos se miraron en silencio.
Edward intentaba mantenerse impasible, esperando la reacción de ella. Podía salir del despacho y desaparecer de su vida para siempre o darle una oportunidad.
Bella se sentó en el sofá y, aliviado, Edward se sirvió una copa de coñac.
- ¿Y qué hiciste entonces? -preguntó ella.
- ¿Qué podía hacer? Te había perdido y estaba casado con Tanya. Entonces vivíamos en la ciudad. Cuando mi madre se enteró de lo que había hecho, no quiso que viniéramos a vivir aquí.
- Eso debió ser duro para ti.
Edward se sentó en un sillón frente a ella.
- Lo fue, aunque a Tanya le daba igual. Cuando mi padre murió y tuvimos que venir a vivir al rancho, mi madre se fue a vivir a casa de mi hermano.
- ¿Tanya la obligó a irse? Edward negó con la cabeza.
- Tanya apenas le dirigía la palabra. Era a mí a quien mi madre no podía mirar.
- ¿Tu propia madre? -preguntó Bella, sorprendida.
- Ella sabía que yo era infeliz. Sabía que te amaba y lo que te había hecho -contestó él, sosteniendo su mirada-. Intenté que mi matrimonio funcionara, pero cuando nacieron las gemelas descubrí que Tanya no estaba preparada para ser madre -explicó él, con amargura-. Este es un rancho en el que todo el mundo trabaja, pero a ella nunca se le ocurrió trabajar. Aunque sí le gustaba el dinero. Esperaba que saliéramos, que le comprara joyas, que nos fuéramos a dar la vuelta al mundo...
Bella se acurrucó en el sofá. Solo alguien como Tanya haría eso.
- Entonces, supongo que no debo quejarme.
- Tienes razones para odiarme, Bella. El día del accidente Tanya me había pedido el divorcio y cuando le dije que pediría la custodia de las niñas, replicó que no hacía falta, que no quería saber nada de la vida en un rancho -explicó Edward, sin poder disimular el dolor que eso le causaba.
- Gracias a Dios no se llevó a las niñas con ella.
- Le doy las gracias todos los días.
- ¿Cómo pudo abandonar a sus hijas? - Murmuró Bella, sacudiendo la cabeza-. Las niñas no saben nada, ¿verdad?
- No. Solo lo sabe mi madre.
Bella se quedó en silencio durante unos segundos.
- ¿Por qué no me lo contaste, Edward? ¿Por qué me dejaste pensar lo peor? Simplemente dejaste de llamarme, desapareciste.
Edward se irguió en el sillón.
- No podía volver a verte. Te amaba tanto que, si te hubiera visto de nuevo no habría podido cumplir con mi deber. Y la reputación de mi familia estaba en mis manos.
- ¿Y si me hubieras visto? -preguntó Bella en voz baja.
Edward se pasó una mano por la cara.
- Me habría marchado contigo a alguna parte y nunca habría mirado atrás.
Bella no pudo seguir conteniendo las lágrimas, que rodaban por sus mejillas como ríos.
- Maldito seas por no haber ido adarme una explicación. Maldito sea el orgullo de los Cullen -dijo en un murmullo ronco. Edward escuchaba los sollozos de una mujer a la que le habían robado el objeto de su amor, deseando con toda su alma poder tomarla en sus brazos-. Yo podría haber sido la madre de tus hijas.
- Y deberías haberlo sido -asintió él, con el corazón roto. Bella lo miró. El dolor marcaba sus facciones: El mismo dolor que Edward sentía por haber tenido que abandonarla-. Lo siento... lo siento mucho, Bella.
Ella bajó la mirada, como si mirarlo aumentase su dolor. Después, se levantó del sofá y salió del despacho. Edward la siguió hasta su habitación.
- ¿Bella?
- Lo siento, pero no puedo seguir hablando de esto. Es demasiado.
Cuando Edward entró en la habitación y la vio tumbada sobre la cama, se arrodilló para cubrirla con el edredón.
- Lo siento, cariño. Si pudiera cambiar el pasado...
Bella le puso un dedo sobre los labios.
-Ya está hecho, Edward. Ahora tenemos que seguir adelante.
El se inclinó para besar su pelo y Bella cerró los ojos, absorbiendo aquella sensación que había experimentado tantas veces. Y cuando Edward salió de la habitación, rezó para no soñar con lo que podría haber sido su vida.


Su piel estaba húmeda y caliente. El hombre deslizaba las manos por su cuerpo, parándose para acariciar sus pechos, inclinando la cabeza para chupar delicadamente una de las rosadas cumbres y seguir después hacia abajo, dejando a su paso un río de lava ardiente. Ni un solo centímetro escapaba a su atención. Acariciaba su cintura, sus caderas, sus muslos, deslizando las manos hacia la parte interior. Entonces, abrió sus piernas, colocándose sobre ella para penetrarla, despertando un infierno en su interior. Ella gimió, en una llamada de amante para que profundizara la caricia, para que la llenara. El la embestía; los muslos del hombre rozando los suyos. Se apartaba, volvía a abrirla para...
Bella se sentó sobre la cama, buscando aire. El sueño había sido tan real... casi podía sentir las manos de Edward sobre su cuerpo, casi podía sentido dentro de ella. Bella se levantó para quitarse el pantalón del pijama.
A pesar del aire acondicionado, estaba ardiendo.
Aquello no era justo. Edward le había hecho daño y, sin embargo, ella seguía amándolo. Pero no podía pensar en retomar la relación con él. Sería absurdo porque no tenían futuro. Ella se marcharía unas semanas más tarde para trabajar en el hospital y él se quedaría en el rancho.
Cuando miró el reloj, Bella se dio cuenta de que apenas le quedaba media hora, de modo que se puso unos vaqueros. Iría a la cocina para tomar una taza de café y para intentar aclarar su cabeza antes de que nadie despertase.
Sobre todo, Edward.


Edward se dio la vuelta por enésima vez, golpeando el almohadón con el puño. Había estado toda la noche bebiendo y pensando en una mujer que no podía tener. El había puesto las cartas sobre la mesa, pero Bella seguía sin perdonarlo. Y Edward necesitaba oír esas palabras. Durante siete años se había tragado la culpa y había hecho lo que se esperaba de él. ¿Por qué no se sentía liberado?
«Porque ella nunca volverá a confiar en ti», pensó.
Entonces, se le ocurrió algo terrible. ¿Y si Bella se marchaba durante la noche? Apartando las sábanas, saltó de la cama y se puso los vaqueros.
Llamó a la puerta de su habitación, pero no hubo respuesta y cuando vio que la cama estaba hecha su corazón dio un vuelco. Pero entonces escuchó ruido en la cocina: Se sentía tan aliviado que fue prácticamente corriendo hasta allí.
Ella estaba preparando el desayuno y Edward la miró durante unos segundos, sin saber qué decir.
- No me mires así, Edward.
- Pues ponte algo de ropa -dijo él. Bella llevaba pantalones cortos y una camiseta que, en opinión de Edward, mostraban demasiado. - Mira quién habla.
El solo llevaba unos vaqueros y parecía tan vulnerable allí parado, descalzo... Pero no lo era. Incluso con sombra de barba, despeinado y con el torso desnudo, Edward era invencible.
Aunque las sombras alrededor de sus ojos le decían que no había pegado ojo.
Bella apartó la mirada; una docena de sentimientos se mezclaban en su interior. Había pasado una hora intentando ponerlos en orden, pero con solo mirar a aquel hombre todo había vuelto a desbaratarse. No quería que él sufriera más de lo que ella había sufrido. Edward había pagado un precio muy alto por aquella noche con Tanya y remediar el sufrimiento de los demás era la razón por la que Bella se había hecho médico. Estaba en su naturaleza.
Edward se acercó entonces. Y por el brillo de sus ojos, Bella supo lo que quería.
- No -murmuró, dando un paso atrás.
- Sí -dijo Edward, tomándola por la cintura.
- Los peones van a llegar en cualquier momento -protestó ella, empujándolo. Pero era como intentar mover la tierra-. No sería apropiado que encontrasen a su jefe abrazando a la niñera.
- Que se busquen su propia niñera.
Bella no pudo evitar sonreír.
- Eres insufrible.
- Estoy sufriendo.
- Oh, Edward -murmuró ella, cerrando los ojos.
- Dime que me perdonas, cariño. Sé que no me lo merezco, pero lo necesito. No sabes cómo lo necesito.
El corazón de Bella se partía.
- Claro que te perdono -suspiró por fin. Edward suspiró también-. Tú has sido una víctima, igual que yo.
- Pero podría haber hecho algo. Yo...
- ¿Qué podrías haber hecho? Pensabas que Tanya iba a tener un hijo tuyo. Y aunque hubiera habido una sombra de duda eres demasiado honrado como para ignorar la posibilidad -dijo Bella. Edward apretó su frente contra la de ella-. Tú eres un hombre bueno.
- Dilo otra vez -sonrió él-. Para saber que no estoy soñando.
- Te perdono, Edward Anthony.
- Merece la pena escuchar ese horrible nombre. Gracias, cariño.
Su perdón le había quitado el peso más grande de encima, pero a la vez había despertado en él todo lo que llevaba años intentado suprimir. Hacía tanto tiempo que solo se veía a sí mismo como padre que casi había olvidado lo que era ser un hombre, el amante de alguien. Pero volver a ver a Bella le hacía recordar los besos húmedos, los abrazos de dos cuerpos bajo las sábanas, lo que era conectar física y espiritualmente con otro ser humano hasta sentir que el aliento del otro es el tuyo. Y cuanto más tiempo estaba a su lado, más fuerte era el deseo. Edward se repetía a sí mismo que no podía necesitarla como la había necesitado antes, pero tampoco podía engañarse. Isabella Swan era para él mucho más que una parte de su pasado. Era parte de sí mismo.
A pesar del deseo que sentía por ella y a pesar de sus años de soledad, sabía que Bella no confiaba en él. Era algo justificado y, sin embargo, pesaba en su alma.
Bella la tomó por la barbilla para levantar su cara y cuando sus ojos se encontraron, todo cambió. El aire empezó a quemar, la sangre empezó a correr más lentamente por sus venas y un ardor olvidado lo dejó en erección y sin aliento.
Y Bella lo notó al apretarse contra él. -Oh, Edward -murmuró, temblando.
Su nombre, pronunciado en un suspiro,
Lo desató. Edward tomó su boca con pasión devoradora, como si estuviera poseyéndola. No intentaba esconder su deseo. No hacía falta. Bella lo sacaba de él como un torrente rompiendo contra un dique. Ella enredó los brazos alrededor de su cuello, intentando acercarse más y Edward la abrazó con tanta fuerza que creyó que iba a partirla. Un gemido escapó de los labios femeninos cuando él se dejó caer en un taburete y la colocó entre sus piernas.
Edward sujetaba su trasero con una mano, apretándola contra él y Bella enredaba los dedos en su pelo. Pero aquello era más caliente, más fuerte, más potente de lo que había creído posible y se dio cuenta de que estaba en peligro. Cuando él metió las manos por debajo de su camiseta, perdió el control. Quería estar desnuda con él, sentir su boca por todo su cuerpo, sentido dentro de ella.
Había pasado tanto tiempo...
El sonido de la puerta rompió el hechizo. Edward se apartó con un gruñido de frustración y Bella buscó aire, parpadeando, intentando fijar la vista. Aquel beso había abierto una puerta que ella había querido mantener cerrada. Y, sin embargo, otra parte de ella quería atravesarla y tirar la llave para siempre.
Bella dio un paso atrás, vacilante. No podía hacer eso.
Edward intentaba recuperar el control, pero estaba completamente excitado. Por ella. No había sentido aquello en muchos años y si los peones no hubieran entrado le habría hecho el amor allí mismo, en el suelo. Cuando la miró, frunció el ceño al ver la expresión que había en sus ojos.
Desconfianza, vergüenza y dolor.
- No podemos volver a hacer esto - susurró Bella.
- Bella, las cosas son diferentes ahora -protestó él. Pero ya escuchaban los pasos de los peones en el pasillo-. No puedes mentirte a ti misma diciendo que esto no ha sido algo especial.
Bella sonrió con tristeza.
- Claro que ha sido especial. Pero no podemos empezar de nuevo. Voy a marcharme.
- No confías en mí.
- Eso no importa -dijo ella.
- ¡Claro que importa! -exclamó él-. Hablaremos de esto más tarde, ahora no...
- No hay nada que hablar, Edward. Esta vez no tengo elección. Hay mucha gente que depende de mí.
Seth entró en la cocina en ese momento, pero ninguno de los dos le prestó atención. Seguían mirándose, como si se acariciaran con los ojos.
- Termina de preparar el desayuno -gruñó Edward suavemente-. Es casi de día.
Bella asintió. Al menos, pensó que lo había hecho. La mirada del hombre era demasiado intensa como para sentir nada que no fuera el recuerdo de sus besos. Esa mirada le decía que recordaba cada centímetro de su piel, cada grito de pasión, cada embestida dentro de su cuerpo. Edward era devastador para sus sentidos y sus ojos brillaban con algo que no había visto en los ojos de un hombre durante mucho tiempo... hambre.
Bella tuvo que controlarse a sí misma para no saltar sobre él, exigiendo que le hiciera el amor allí mismo. Porque, con Edward, siempre sería ella quien acabaría sufriendo.

4 comentarios:

  1. holaaaaa guauu que capituloo intenso por fin edward conto lo de taniaaa...ohh porr dioss que malditaa todo por una mentiraa se separaronn..y bueno despues edward no fue a buscarr a bellaa...bueno ellaa lo ama todavia y es obvio que el tambienn pero bella no quiere volver a salir heridaa y es comprensibleee...bueno yy tremendo besoooo que se dieron!! bueno noss leemos en el que sigue!! adioss""""

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  2. Buaaaaaaaaaaaaaaa!!!! K intenso!!! estoy sin respirancion Pescui,Ecelente!!! Besos nenita!!!

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  3. Hola me facina la histoia no medespiddo y nos seguimos leyendo

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  4. Pobre Bella, la verdad ese sentido del honor de Edward fué estupido, muy estupido...

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