jueves, 25 de noviembre de 2010

Por siempre amantes

Capítulo Siete

Edward estrechó la mano de un hombre y se volvió hacia Bella, sonriendo.
- Aro Vulturi, la doctora Swan.
Bella sonrió. Edward llevaba todo el día presentándola de ese modo y le gustaba. -¿Cómo está, doctora Swan?
- Muy bien, señor Vulturi.
- Llámeme Aro, por favor -sonrió el hombre, mirándola con admiración-. Vaya, con una doctora tan guapa no me importaría estar enfermo.
- Ten cuidado con lo que deseas -le advirtió Edward, poniendo un brazo alrededor de la cintura, un gesto posesivo que la emocionó, a su pesar-. ¿Este año vas a dejarme limpio otra vez?
- ¿Cuántos potros tienes?
- Casi cien.
Aro levantó las cejas.
- Pues será mejor que vaya a echarles un vistazo antes de que me los quiten de las manos -sonrió el hombre, tocándose el sombrero-. Doctora Swan.
- ¿Cien potros? No sabía que tuvieras tantos -dijo Bella cuando el hombre desapareció.
- Los hemos bajado de los pastos esta semana -dijo él, llevándola hacia una caseta en la que vendían sombreros de paja-. La subasta de los pura sangre no empezará hasta más tarde -añadió, buscando un sombrero para Bella.
- No quiero un sombrero -protestó ella.
- Te hace falta -sonrió Edward, colocándole uno en la cabeza-. Se te ha puesto la nariz colorada.
-Gracias, pero no necesito regalos.
-No sé si te has dado cuenta de que eres la única persona que no lleva sombrero -dijo él. Bella miró alrededor. Tenía razón; incluso los niños lo llevaban-. Además, estás muy mona -añadió. En ese momento, escucharon un anuncio por el altavoz-. Venga, va a empezar el rodeo.
Edward la llevó hacia una entrada lateral y los encargados de seguridad los dejaron pasar, saludándolos con cordialidad. Subieron hasta una especie de salón desde el que se veía la arena y donde varios camareros uniformados servían canapés y champán.
-Bienvenido, señor Cullen. Su mesa está preparada -lo saludó un hombre con traje de chaqueta. Bella se dejó caer en el sillón, observando el circuito cerrado de televisión y a la gente elegantemente vestida. Inmediatamente, un camarero se acercó con dos copas de champán.
- ¿Estás cómoda?
- Esto es genial.
Edward levantó las cejas.
- Te conozco, Bella. Sé que tienes algún pero.
- No es nada. Es que no voy vestida para la ocasión.
- Estás estupenda, no te preocupes. Pensé que te gustaría estar un rato a la sombra.
- Gracias -murmuró ella. En aquel momento, solo podía ver a Edward Anthony Cullen, el millonario. Todo aquel lujo, la mesa reservada, los camareros, el champán... Se lo había ganado, pensó, pero las diferencias entre ellos empezaban a parecer insalvables.
- Bella, cariño, ¿qué te pasa? -preguntó Edward, pasándole un brazo por los hombros.
- Nada, de verdad.
Él levantó su barbilla con un dedo para mirarla a los ojos.
- ¿Qué ocurre?
Cuando Edward la miraba de aquel modo, Bella podría contarle todos sus secretos.
- Me alegro de haber venido. Esto me da la oportunidad de conocer tu mundo.
- ¿Mi mundo? Hablas de ello como si fuera el monte Olimpo o algo así.
Bella sonrió.
- Más o menos.
Edward vio entonces aquel sitio con los ojos de Bella. Vio el dinero que ella nunca había tenido, las comodidades que nunca había disfrutado y maldijo en silencio. Llevarla allí había sido un error.
- Escúchame, cariño. La mayoría de esta gente no ha visto un establo en su vida. No son mis amigos. Mis amigos son gente como Aro.
Bella parpadeó, sorprendida por su percepción.
- No me interpretes mal. ¿A qué mujer le molesta ser tratada como una princesa? Pero todo parece tan... frío.
- Tan superficial, quieres decir.
- Pues...
Él le quitó la copa de champán de la mano y se levantó.
- Vamos, doctora Swan. Quiero que lo pasemos bien.
Edward la sacó del salón y la llevó de la mano hasta la valla de madera que separaba la arena de los asientos. Sentados sobre ella, tomaron perritos calientes y bebieron cerveza mientras disfrutaban del espectáculo.
A Bella le encantó. Y Edward lo sabía. Entonces, un hombre de pelo oscuro se acercó a ellos.
- Edward ¿vas a concursar este año?
- No lo había pensado.
- Venga, hombre. Mike Newton se ha roto un tobillo y nos vendrías bien.
- Estoy con una invitada.
- Haz lo que tengas que hacer, Edward -dijo ella-. Yo me quedaré aquí.
- ¿Estás segura?
- Por supuesto -sonrió Bella- No me va a comer nadie.
- Muy bien. Nos vemos dentro de un rato -dijo Edward, besándola en la mejilla-. No te muevas de aquí.
Bella miró a su alrededor. A su lado había un montón de chicas con bandas. Eran jóvenes y guapas y estaban allí para ligar con los vaqueros.
En ese momento empezó a sonar música por los altavoces. Los vaqueros tenían que disputar una carrera, atar una res en el menor tiempo posible y después domar un caballo salvaje. El corazón de Bella dio un vuelco cuando vio a los cinco jinetes que se colocaban en la línea de salida. Uno de ellos era Edward.
Él la miró, sonriendo, y Bella lo saludó, sintiendo un extraño orgullo. Era el más guapo de todos.
Edward llegó el segundo a la meta y, después de estrechar la mano del ganador, la miró y se encogió de hombros con un gesto tiernamente infantil.
Unos minutos después, un ternero salió a la arena y los cinco vaqueros, uno tras otro, saltaron tras él para atarlo. Edward salió el último, pero tardó menos que ninguno y se levantó con los brazos en alto, triunfante. La gente empezó a aplaudir.
- ¿Ha ganado? -preguntó Bella a una de las chicas.
- Edward Cullen no ha perdido este concurso en cinco años.
Cuando empezó la doma del bronco, el corazón de Bella latía acelerado. Los caballos no tuvieron piedad con los tres primeros jinetes. El cuarto salió despedido y se golpeó la cabeza contra la valla. La chica que había a su lado lanzó un grito y no se calmó hasta que vio al chico levantarse, como si no hubiera pasado nada.
Entonces llegó el turno de Edward y la multitud se quedó en silencio.
El corazón de Bella estaba a punto de salirse de su pecho mientras lo observaba sujetarse al caballo en el cajón. La puerta se abrió y Edward salió a la arena con un brazo levantado. El público contaba los segundos en voz alta, mientras el animal intentaba lanzarlo al suelo con todas sus fuerzas. Bella tenía que hacer un esfuerzo para no gritar.
Entonces sonó un timbre. Edward se tiró del caballo y el presentador lo proclamo vencedor.
Bella no sabía si pegarlo por arriesgar su vida de esa forma o sentirse orgullosa. Pero decidió hacer lo último. Saltó de la valla y corrió hacia él, que la esperaba con los brazos abiertos.
- ¡Eres un loco! ¡Podrías haberte matado!
- No - rió Edward, tomándola en sus brazos-. ¿Qué clase de vaquero sería si hubiera dejado que me tirase?
- ¡Ha sido increíble! -sonrió ella, emocionada.
Cuando Edward la miró, supo que no podría controlarse.
La besó, salvaje, apasionadamente, sujetando su cabeza, sin pensar que lo estaba haciendo delante de mil personas.
El público empezó a silbar y el presentador dijo algo que Bella no entendió, mientras Edward seguía besándola con ardor. Cuando se apartó, ella tuvo que esconder la cara en su pecho.
- Suéltame.
- No. Me gusta tenerte así.
- A mí también me gusta -confesó Bella.
- Me alegro -sonrió él, besándola de nuevo, posesivamente. Después, la tomó por la cintura y la sacó de la arena.
Los peones del rancho se acercaron para felicitarlo y bromear sobre el beso. Edward sonreía, encantado.
- Soy demasiado viejo para esto -le confesó después.
- Pues las chicas que había a mi lado estaban locas por ti.
- Ya. Como están locas por su padre.
- A las niñas les hubiera encantado verte. Edward sonrió. Solo Bella podía pensar en ellas en aquel momento.
- Lo han grabado en vídeo, así que podremos verlo la semana que viene.
- Estupendo. Así verán que su padre podría haberse matado.
- Te preocupas demasiado doctora - murmuró Edward, besándola en la frente-. Pero gracias.


La subasta de los pura sangre fue todo un espectáculo. Los animales desfilaron frente a los compradores y Bella se quedó asombrada al escuchar los precios. Podría comprarse una casa por ese dinero. Algunos de los caballos de Edward habían ganado premios importantes y era lógico que fueran tan demandados.
En ese momento, estaban sacando un semental y su precio llegó al millón de dólares.
Bella miró a Edward, que estaba tomando un refresco, sin inmutarse.
- Asombroso -murmuró Bella.
- Es mi precio justo.
- ¿Justo?
- El padre de ese semental ganó el Derby varias veces -explicó él.
- Ya.
- Es un caballo de lujo. Y tengo un potro suyo.
- ¿El que sacaste ayer para enseñárselo a los compradores?
Edward asintió.
- Ese potro será un semental estupendo dentro de dos años.
- ¿Se insemina a las yeguas de forma artificial?
- Sí. Tenemos que hacerlo. Los sementales se ponen tan brutos que les hacen daño -explicó él. Bella se puso colorada-. No sé porqué te pones colorada. Al fin y al cabo, tú eres médico y deberías saber esas cosas.
Ella le dio un codazo y Edward sonrió. Aro Vulturi se acercó a ellos, seguido de tres hombres. Los cuatro empezaron a hablar sobre técnicas de crianza, problemas veterinarios y entrenamientos. Bella se enteró de que algunos de aquellos caballos iban a ranchos de Oklahoma y Montana. Y también se dio cuenta de que las mujeres miraban mucho a Edward. No solo eso. Hacían cualquier cosa para llamar su atención. Afortunadamente, él no parecía prestársela.
Por fin, Edward se disculpó y la tomó del brazo.
- Lo siento, Aro. Tenemos que irnos. ¿Preparada?
- Sí, por favor. Me duelen los pies.
Unos minutos después, en el cómodo asiento de cuero de la furgoneta, Bella se quedó dormida.
Edward la miró. A pesar de la distancia que los separaba, podía sentir su calor, como un animal siente a su compañera. Su cuerpo había adquirido más curvas y se movía de una forma tan sexy que era un pecado. Y cuando la besaba era como si hubiera vuelto a casa después de un largo viaje. Edward apretó el volante. ¿Cómo iban a pasar la noche bajo el mismo techo sin que se metiera en su cama?, se preguntaba.
Media hora después, llegaban a la casa.
Medio dormida, Bella salió de la furgoneta.
- Voy a darme una ducha -dijo Edward.
- Yo también.
- Nos vemos después.
Bella asintió, repentinamente excitada.
Sabía que no era inteligente, pero no podía evitarlo. No quería pensar que iba a marcharse, que Edward y ella pertenecían a dos mundos diferentes.
Después de ducharse, se puso pantalones cortos y una camiseta y ni siquiera se molestó en secarse el pelo.
Lo encontró sentado en el porche trasero.
Cuando vio las velas, la botella de vino dentro de un cubo de hielo y la comida servida en bandejas de plata, se quedó boquiabierta.
- ¿Qué es esto?
- La cena. La he pedido a un restaurante -dijo Edward.
- Ah -murmuró ella, sin saber qué decir.
- Es muy tarde y yo estoy muerto de hambre.
Además, no quería que Bella cocinara aquella noche. No quería que se distrajera con nada.
- Esto es un pecado -murmuró ella, mirando las estrellas mientras él le servía una copa de vino.
- No irás a decir que no, ¿verdad?
- Claro que no.
- ¿Cuándo fue la última vez que te diste un capricho? -preguntó Edward. Bella frunció el ceño-. No lo recuerdas, ¿verdad? ¿Y no te parece que ya es hora?
- Nunca he tenido ni dinero ni tiempo para eso, Edward.
- Lo sé, cariño. Pero durante unos días no quiero que pienses en nada más que en disfrutar -dijo él, levantando la tapa de una de las bandejas. «Y en estar conmigo», pensó.
- No te va a ser difícil convencerme -sonrió Bella, mientras Edward le servía una ensalada-. ¿Está intentando seducirme, señor Cullen?
- ¿Funcionaría? -sonrió él.
- Esa es una pregunta difícil de contestar.
- Entonces, no me contestes. Deja que suene.
El tono ronco de su voz hizo que Bella sintiera un escalofrío. Aunque ninguno de los dos decía nada, el aire estaba cargado de sexualidad. Cenaron y bebieron vino, hablaron de las niñas, del rancho, de política. Ella era una luchadora, una mujer preocupada por los seres humanos. Edward amaba eso de ella.
Y también quería amar su cuerpo. -Ven conmigo -le dijo después de cenar.
- ¿Dónde?
- Vamos a dar un paseo a caballo.
- ¿No es peligroso de noche?
- Hay luna llena y conozco estas tierras como la palma de mi mano.
- Ve por los caballos, Cullen. Te espero aquí.
- No te quedarás dormida, ¿verdad?
- No.
Cuando Edward se alejó, ella suspiró. «Relájate. Disfruta», se dijo a sí misma. «Pronto te marcharás y no volverás a verlo». Unos minutos después escuchó un ruido de cascos.
Verlo llegar al patio montado en un caballo era increíblemente romántico.
- Pero si no hay silla -protestó débilmente.
- Pon tu pie sobre el mío. Yo haré el resto -dijo Edward. Bella lo miró, escéptica-. Confía en mí. No voy a dejar que te hagas daño.
Las palabras eran tiernas, suaves, igual que su mirada. Aquello era muy peligroso y lo sabía. Aun así, Edward tiró de su mano y la sentó delante de él.
Mientras cabalgaban por las colinas, Bella se dejó caer sobre el pecho del hombre.
Edward la sujetaba con una mano, inclinándose sobre el cuello del animal. La luna brillaba sobre sus cabezas, iluminando un paisaje que parecía de plata.
Entonces se metieron en un bosque con árboles tan espesos que ocultaban la luz de la luna y poco después llegaron a un claro.
Un pequeño riachuelo corría sobre las rocas, formando una piscina.
- Es precioso. ¿Se puede nadar?
- Sí, pero no de noche -contestó él.
Bella lo miró, interrogante.
- Serpientes -explicó. Edward soltó una carcajada cuando ella levantó las piernas, asustada. Tenerla entre sus brazos era como un sueño que había soñado demasiadas veces-. Solía venir aquí solo -empezó a decir. No tenía que añadir «mientras estaba casado con Tanya», porque Bella lo había entendido-. Me sentaba durante horas y pensaba.
- ¿En qué pensabas?
- En ti. Pensaba dónde estarías, qué estarías haciendo.
- Edward, por favor...
- Pensaba que estarías con algún hombre y me volvía loco. No podía dejar de recordar cómo era hacer el amor contigo, oler tu piel, saborearte...
- Edward -repitió ella, volviéndose para mirarlo.
- Tengo buena memoria, Bella -siguió él. Bella también. Y acababa de empezar una batalla dentro de ella; una batalla entre su anhelo y lo que debía hacer para que él no volviera a romperle el corazón-. Bella, te deseo. Te he deseado siempre -murmuró, con el deseo de poseerla, de estar dentro de ella y escuchar los gritos de pasión que poblaban sus sueños.
- Íbamos a ser amigos.
- Siempre hemos sido más que eso. -Edward.
Él respiró su perfume, con los ojos cerrados.
- ¿Sí?
- Si vas a besarme, será mejor que lo hagas ahora mismo.
Edward no esperó un segundo. Tomó su boca y la besó tan apasionadamente que Bella sintió que se incendiaba. La apretaba con fuerza mientras le hacía el amor con la lengua y, de repente, Bella sintió que no estaba suficientemente cerca de él. Con un movimiento rápido, se dio la vuelta y enredó las piernas en la cintura del hombre.
Edward lanzó un gemido ronco.
- Me estás volviendo loco -susurró, sobre su boca.
Bella no podía evitarlo. Había perdido el control y no le importaba.

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Despues de dias de estar desaparecida, aqui les llego con un nuevo capi, spero les guste nenas...

6 comentarios:

  1. holaaaa buenisimooooo el capiii...guauuuu quee paseoo romanticoo...me re fascinooo el capiituloo...los besos de estoss doss ufff tedejan con ganas de mass...yy ahoraa pasaraa en el proximooo...ahhhh que intrigaaa...jee!!!! bueno nos leemos en el que siguee...besotessss!!!!

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  2. Buffff!! Vaya capitulo cielo... me encantó... supongo que el proximo sera mucho más hot, estoy deseando de leerlo. Un beso!

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  3. estoy danzando el baile de la victoria!!!
    ha estado genial, espero mas detalles en el que sigue heee.

    besos

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  4. Hola ,,,,,hey eso si fue cruel por knos has dejado mas k picadas ,,,,,,, me facina la historia ......no me despido y nos seguimos leyendo

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  5. Oh, oh, empieza la accion, por Dios, esto de leer rating M, me calienta la cabeza. jijiji

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  6. Hermosoooo !!!! no lo habana leído pero esta genial!!!! mira nada más que hasta mi querida Noelle esta por acá, y es en verdad un gusto saber de ella.
    Mi querida Rosita esta de 1000 no de diez, jajaja me encanto T O D O!!!! espero por el segundo, chaooooooooooo te dejo besotes y abrazos silmonianoooossss te quieroooo y te leoooooooo!!!!!

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