Para mi es un placer compartir éste sitio con ustedes, el cuál nació del fanatismo por colocar a nuestra pareja favorita en distintos escenarios. Espero que disfruten su estancia, así como nosotras esperamos enriquecernos con sus comentarios y mensajes. Éste sitio lo compartimos Pescui, Rosita y yo, si éstas interesada en subir tus historias, el espacio es tuyo. Les envió un beso y un abrazo de oso. Noelle xD
jueves, 1 de septiembre de 2011
La Hija Del Coronel.
Capítulo 9
—¿Qué tal los ensayos? —le preguntó Bella a Jacob cuando éste entró en la
suite del hotel a media tarde casi una semana más tarde.
Iba sin camisa y con el largo pelo mojado por la ducha reciente. Con una toalla en la
mano y una botella de agua en la otra, recorrió la estancia con gracia perezosa. Los
músculos de sus hombros se movían sinuosamente cada vez que se frotaba el
pelo con la toalla, y la nuez le oscilaba arriba y abajo al beber el agua. Sus
rasgos perfectamente simétricos esbozaron una sonrisa igual de simétrica.
En los últimos cinco años, Jacob había madurado definitivamente. No era sólo
un niño bonito, sino que se había convertido en un hombre realmente guapo. No era
de extrañar que su rostro apareciera en posters, vallas publicitarias y portadas del
mundo entero. Tras largos años de comunicarse con él sin verlo, Bella estaba aturdida
de nuevo por su belleza.
Le gustaba mirarle. Sólo mirarle. No sentía ningún impulso de tocarle. Por el contrario,
se moría por ver unos ojos verdes, un pelo despeinado, una tensa mandíbula
cuadrada y una dura cara llena de lujuria por ella.
Maldita sea, tenía que dejar de pensar en Edward. Eso no la ayudaba en absoluto.
«¡Céntrate,
Isabella!». Lo que sí que la ayudaría sería sentir el ardiente deseo de estar desnuda con
Jake, el mismo deseo que sentía cuando Edward la miraba o Emmet la besaba tan
tiernamente. Pero ese deseo de revolcarse y acostarse con Jake seguía sin aparecer.
En los últimos días incluso había sentido alguna chispa por él, brillantes y fugaces
como el flash de una cámara, que luego desaparecían.
Pero nada más.
Y parecía que tampoco Jacob se hubiera sentido lleno de deseo por ella. La había
besado dulcemente todas las mañanas y tiernamente cada noche, y luego se había ido
a la cama, dejándola a ella sola en la suya. Gracias a Dios.
Pero Bella no podía evitar preguntarse si había algo malo en ella para que
ningún hombre quisiera tomar su virginidad.
Confundida por todo ello, Bella sacudió la cabeza.
Pero ahí no acababa todo. En tan sólo unos días, Edward, un hombre del que se
había jurado a sí misma no enamorarse, había irrumpido en su corazón y se
había instalado en lo más profundo de él. Se sentía como una tonta. Amar y
echar de menos a un hombre que jamás correspondería a sus sentimientos era
una insensatez. Jacob había estado en sus sueños, en sus planes, durante mucho
tiempo. Se suponía que iban a compartir la vida. Cierto que él ya no era el mismo
adolescente despreocupado y alegre que ella recordaba. Pero ella tampoco era la
misma mujer. Ya no lo veía todo de color de rosa. Y mucho se temía que
Jake no tenía lo que ella necesitaba.
—El ensayo ha sido la misma jodienda de siempre. —Hizo una mueca como si
recordara que ella estaba allí—. Tampoco es que me sorprendiera. No todo el
mundo puso el máximo empeño en hacer su trabajo. Los gilipollas tenían
resaca. —Puso los ojos en blanco—. Para colmo tenía la prensa encima todo el
rato. Parece que no tienen otra cosa que hacer que sacarme en las noticias cada vez
que toso. Ojalá no me siguieran a todas partes, pero Mike no hace más que animarlos.
Todo por mi imagen.
—Seguro que sus intenciones son buenas. El concierto de esta noche será
genial, ya lo verás. —Bella se esforzó en parecer comprensiva, como una
amiga debería serlo. Pero no estaba familiarizada con el lado gruñón de Jake.
—Cal sólo busca llenarse los bolsillos. Es un avaro hijo de perra. Si no fuera uno de los
mejores en su trabajo, le habría dado una patada en el culo hace tiempo.
Actúa como si yo necesitara un jodido padre que me mantuviera a raya.
Bella no había visto demasiado a Cal, pero sí lo suficiente como para saber que aquel
hombre consideraba su deber evitar que Jake se autodestruyera.
—Está tratando de ayudarte.
—Lo único que hace es fastidiarme.
—Pues sólo tienes tres alternativas. O lo despides. O te aguantas. O le pides que sea
más amable contigo.
Aquello interrumpió la acalorada perorata de Jake.
—Maldición, tú sí que eres lista. Te pareces a tu padre, no tienes pelos en la lengua.
Sabía que había una razón para que te invitara a la gira conmigo.
Jake esbozó una sonrisa, y parte de la tensión desapareció de su cara, luego la abrazó
y la besó en la frente. Bella se esforzó por disfrutar de su calidez, pero las palabras de
Jake aún le rondaban en la cabeza, distrayéndola. Y aunque él era muy
atractivo, ella sentía que no se encontraba en el lugar adecuado.
Y sabía por qué. «Condenados Edward y su terquedad». Bella se apartó del abrazo.
—Entonces, ¿está todo listo para el concierto?
—Bueno, al final sí. El local es estupendo. Lo cierto es que estoy esperándolo con
ansia.
La mirada que Jake le dirigió la desconcertaba. Era reservada, nerviosa,
ansiosa, tierna.
«Interesante…»
—¿Porque da inicio a la gira?
—No. Es este concierto en concreto. Estoy algo nervioso.
Bella sonrió y le cogió de la mano, recordándose a sí misma que Jake
necesitaba un amigo. En realidad, eso es lo que ella era para él. Por lo que había visto,
ni Mike ni Cal ejercían esa función. No era de extrañar que estuviera enfadado.
Ni que sintiera inquieto por ese concierto. Como amiga suya, Bella podría ayudarle
a tener confianza.
—Estoy segura de que el primer concierto de una gira es excitante. Todas las
entradas están vendidas. Los fans llenarán el foro. Te adoran. No tienes de qué
preocuparte.
—Oh, no me preocupo por eso. A veces, pienso que podría cantar Mary tiene un
corderito, y todos me animarían de la misma manera. —Se rió con sarcasmo—. Es una
locura.
—¿Entonces qué sucede?
—Ya lo verás.
El sonsonete iba acompañado de una extraña mirada. Definitivamente, Jake
tenía un secreto. Se traía algo entre manos.
—¿Qué estás planeando?
—Tendrás que esperar a esta noche para descubrirlo.
—Lo estoy deseando. —Pero en realidad no era así. Un temor que no
comprendía le revolvió el estómago. Las sorpresas no siempre eran buenas.
—¿De qué se trata?
—Mmm, te aseguro que te gustará. —¿Estaba él enfadado porque ella no estaba
saltando como una loca tratando de averiguar el secreto?
—Espero que así sea.
Él la miró fijamente, aquellos ojos oscuros y penetrantes parecían ansiosos y confusos.
Ella suspiró.
—¿Qué sucede?
—Nada.
Una negativa directa. ¡Qué hombre tan caprichoso! Pasaba del júbilo a la
tristeza, de la travesura al mutismo, en un santiamén. Y por lo que Bella había
podido ver, todos tenían que adaptarse a su estado de ánimo. Jake estaba
acostumbrado a que todo el mundo estuviera pendiente de él. Se parecía muy
poco a su padre y a sus hermanos que sólo tenían tres modalidades: trabajo,
risa y cólera… en ese orden. Jake, sin embargo, era todo un mapa emocional.
—¿Qué ha sucedido con el Jake que conocía? —La pregunta se le escapó antes de
poder detenerla.
Jacob clavó la mirada en ella.
—¿A qué te refieres?
Bella contuvo el deseo de removerse inquieta y apartó la mirada. Pero no
habían mantenido una conversación sincera en la última semana. Vana y
superficial, sí. Jacob le había preguntado por su familia, por sus estudios, y se había
interesado ligeramente por sus planes de futuro. Por otra parte, ella tampoco se había
mostrado muy comunicativa. No podía soltarle de buenas a primeras que no podía
pensar en el futuro cuando ni su corazón sabía lo que quería. Además, él parecía
absorto en esa gira y no había abierto su corazón a Bella. Algunos días, apenas le
hablaba.
A diferencia de Edward, que siempre se comunicaba con ella incluso con una simple
mirada.
Le decía las cosas a la cara, quisiera ella o no escucharlo.
—Creo que ya sabes lo que quiero decir —murmuró ella, esforzándose por apartar de
sus pensamiento al duro guardaespaldas—. Has… cambiado.
—Tú también. Eres más confiada, madura y endiabladamente sexy.—Se inclinó hacia
ella y depositó un beso tierno en sus labios—. Cuando estoy contigo, me siento más yo
mismo, más centrado. Supongo que lleva un tiempo acostumbrarse a no andar de
fiesta todo el rato.
Quizá fuera cierto. ¿Quién sabía? De alguna manera, Bella tenía la sensación de
estar hablando con un desconocido.
—No estoy aquí para cambiar tu vida.
—Necesito cambiarla y sé que tú eres la clave. Recuerdo ese verano que pasé contigo
y con tu padre, y recuerdo las cosas que hablamos, que hicimos. Encontramos
maneras sencillas y buenas de divertirnos. —Hizo una pausa, y un destello hizo
brillar sus ojos oscuros—. Oye, ¿sabes qué tengo en DVD?
Aquella sonrisa de Jake destilaba travesura. Y un atisbo de felicidad. Una
sonrisa de verdad. La primera que le había visto en una semana. Bella se relajó y le
devolvió la sonrisa.
—¿American Pie?
—Sí. Y aún tengo unas cuantas horas libres antes de tener que pisar el
escenario, ¿quieres…?
¿Ver juntos la película que les había hecho llorar de risa aquel verano?
—Claro.
—Espera un momento.
Se inclinó sobre el respaldo del sofá y agarró el teléfono. En unos segundos había
pedido palomitas al servicio de habitaciones. Para cuando encontró el DVD, supo
conectarlo a la televisión de plasma de la suite y dio don el menú en la pantalla,
llegaron las palomitas.
Durante más de una hora, se rieron de las travesuras de aquellos cuatro adolescentes
del instituto que lo único que querían era perder su virginidad la noche del baile de
graduación.
—Mira esto. —Jake cogió un puñado de palomitas y las lanzó al aire tratando de
cogerlas con la boca abierta.
No lo consiguió y le golpearon la mejilla, provocando la risa de Bella.
—Asombroso.
—Bueno, hace mucho que no practico. Y me sale mejor con los M&M's.
Ella le dio un golpecito en el hombro.
—Excusas, excusas.
—Veamos si tú lo haces mejor.
Arqueando una ceja, Bella cogió un puñado de palomitas y lo lanzó al aire. La mayoría
aterrizó en su lengua. Le dirigió a Jake una sonrisa engreída.
—Fanfarrona —murmuró él, pero le pasó el brazo por los hombros mientras se
acomodaban para ver el resto de la película.
Y realmente estuvieron cómodos, pero en plan amistoso.
Cuando la película finalizó, Jacob apagó la televisión y el reproductor de DVD
con una enorme sonrisa.
—Esa película siempre me recuerda el verano que pasamos juntos. No creo haber
pasado otro mejor. Sin presiones. Sin admiradores. Sin fiestas. Sólo me divertía.
—Yo también me divertí mucho ese verano.
En el aire se respiraba la esperanza del primer amor. En aquel tiempo, habían
sido inocentes —nunca habían ido más allá de los besos—, pero cada uno de
ellos había parecido ardiente y prohibido. Y dulce. Y Jake había comprado ese DVD
porque le recordaba a ella, y lo había llevado siempre consigo. Verlo juntos de nuevo
había sido como una explosión.
Pero, ¿había servido para que Jake recuperara el lazo afectivo que habían compartido
una vez o sólo le había hecho recordar un pasado más feliz? ¿Estaba interesado en ella
de verdad, o al igual que el DVD era sólo un recuerdo de un tiempo mejor?
¿Y por qué seguía ella allí, dándole falsas esperanzas a Jake, cuando estaba claro que
era Edward el dueño de su corazón? ¿Cuando añoraba los momentos de tranquilidad
que pasaba con Emmet?
Alguien llamó a la puerta de la suite. Sin esperar una respuesta, el visitante metió la
llave en la cerradura y entró en la habitación. «Mike».
El músico les dirigió a ambos una mueca sufrida.
—Vaya, os he vuelto a pillar vestidos. Menudo par de tórtolos.
Oh, ese hombre era insufrible, pensó Bella. Siempre decía lo que le pasaba por la
mente sin importarle si sus palabras ofendían a alguien o no.
—Estábamos viendo una película —Bella se esforzó por sonar cortés.
—Yo preferiría que empezarais a menearos para hacer una película digna de verse —
dijo, dirigiéndole a Bella una mirada lasciva.
De acuerdo, aquel tío se había ganado el puesto más alto en la lista negra de Bella.
La irritación de la joven debió de ser evidente, pues Jake le dirigió a Mike una mirada
de advertencia.
—A pesar de lo mucho que te gustan las películas caseras, olvídate de hacer
una. ¿Qué quieres?
—Falta una hora para el concierto, tíos. Sólo vengo a recordároslo.
Jake se miró el reloj, luego suspiró.
—De vuelta a la realidad. —Dirigió una mirada de anhelo al mini-bar—. ¿Debería beber
algo antes del concierto?
«¿Beber algo antes del concierto?».
—Creo que no deberías, pero es sólo mi opinión personal.
—Es para soltarme un poco —dijo en tono defensivo.
—Tú decides, pero apuesto lo que quieras a que no lo necesitas.- Mike se acercó al
minibar y sacó un montón de botellines.
—Pareces una vieja carroza. Lo que necesitas es un buen polvo. Y no me
importará ayudarte.
Antes de que Bella pudiera despellejarlo vivo con su lengua viperina o que Jake
pudiera ponerlo en su sitio, Mike salió de la habitación. «Bastardo».
—Lo siento —masculló Jake.
—Echas de menos tu antigua vida —dijo ella, dándose cuenta de que era verdad.
—Necesito dejar de vivir de esta manera. No puedo seguir despertándome cada dos
por tres al lado de Mike y de una mujer cuyo nombre no conozco. Necesito que me
ayudes. Sus ojos oscuros estaban llenos de esperanza, vergüenza y cólera.
Campanas de alarma resonaron en la cabeza de Bella. Incluso aunque ella lograra
sentir algo más que pena por él, Jake sólo la quería para que lo ayudara a
salvarse. No la quería de verdad. Y ella no podía rescatar a alguien que no estaba
dispuesto a rescatarse a sí mismo.
Dios, ¡qué confundida estaba! Jake lo había sido todo para ella —o al menos, eso
creía— hasta que conoció a Edward y a Emmet. Hasta que perdió su corazón. Había
volcado sus sueños y esperanzas en Jake. Pero en ese momento, estaba claro que ella
no encajaba allí.
—Por favor, ayúdame. —Le agarró las manos y la acercó a su cuerpo.
Bella olía a champú de fresa y piel limpia, y ese aroma inundó las fosas nasales de
Jake cuando cubrió la boca de Bella con la suya. Con suavidad. Como una pincelada o
el aleteo de una mariposa. Dulcemente, como si estuviera espolvoreándole la boca
con azúcar. Pero cuando él la urgió a separar los labios y deslizó la lengua
dentro, ella saboreó el sabor acre de la desesperación e intentó apartarse.
En vez de soltarla, Jake la apretó contra su cuerpo. Enterró los dedos en sus cabellos y
se aferró a las largas hebras mientras profundizaba el beso. Bella lo empujó con
discreción. Él se resistió, ahondando el beso todavía más. Parecía querer tomar
algo de ella, y lo intentaba con todas sus fuerzas. Pero él no daba nada a cambio.
Pensaba que ella tenía algo que él necesitaba.
Bella no lo tenía. No deseaba a Jake. Su beso no la hacía derretirse ni arder de deseo.
No podía poner el corazón en ello. Jake era un amigo, pero nada más. Y se lo
diría tras el concierto.
Con rapidez, ella interrumpió el beso. Él se apartó con un suspiro de pesar.
—Será mejor que me vista —dijo con voz quebrada—. Y tú también. Ponte algo
especial. Con otra sonrisa fugaz, a medias entre la excitación y la ansiedad,
Jake pasó por su lado, se metió en su dormitorio y cerró la puerta tras de sí.
¿Qué demonios pensaba hacer ese hombre?
El rugido del estadio y los decibelios de la música habían dado a Bella dolor de cabeza.
Llevaba más de dos horas sentada entre bastidores, observando el concierto
inaugural e intentando ignorar a las groupies que perseguían servilmente a
Jake. En ese momento, estaba mirando cómo Jacob y su grupo ponían fin al
concierto, tocando aquella mezcla ecléctica llena de cólera y emoción, con una pizca
de clasicismo. Jesse era el cantante perfecto de mirada expresiva que no sólo se creía
cada palabra que cantaba, sino que las sentía, tanto si la canción trataba de arrastrarse
sobre cloacas inmundas o de vivir un amor eterno.
No dejaba de ser gracioso que se sintiera más excitada oyendo a Jake cantar que
besándole. Odiaba admitir por qué, no quería considerar las razones por las que su
cuerpo había comenzado a latir desesperadamente. O por qué tenía sueños —
unos asombrosos sueños eróticos— que giraban en torno a Edward y Emmet.
Bella los echaba de menos a los dos, pero lo que realmente deseaba era poder
rodear a Edward con sus brazos y curarle. Si era sincera consigo misma, también
quería que él la viera como algo más que una virgen, como una mujer con la
que podía reírse, sonreír, vivir… Anhelaba poder decirle que le amaba. Y con el
mismo anhelo deseaba oírle decir que él también la amaba a ella.
«Eso no va a ocurrir».
Bella aceptó los hechos con un suspiro. Su futuro, el mismo que ella había trazado,
había desaparecido.
Suspirando de nuevo, observó distraídamente cómo Jake tiraba la toalla con la
que se había secado el sudor hacia el gentío, compuesto en su mayor parte por
jovencitas. Algunas estaban con los pechos al aire, que oscilaban de arriba abajo
mientras bañaban bajo los focos. Él sonrió y las saludó.
Dios, ella no encajaba allí. Iba a tener que decírselo. Y marcharse.
—Bella.
Su nombre. Alguien acaba de decir su nombre. De gritarlo. Parpadeó. Jake la miraba y
le indicaba que se acercara a él.
¿Acaso quería que subiera al escenario? ¿Delante de todo el mundo? Jacob volvió a
hacerle señas con un gesto más categórico.
«¿Qué diablos…?». Con un encogimiento de hombros, se levantó de la silla y
subió al escenario. Se apagaron los focos. La multitud guardó silencio.
Con el micrófono en la mano, Jake sonrió y dijo:
—Es genial haber regresado a Houston, mi ciudad natal. —La multitud hizo una
ovación cuando él pasó el brazo por los hombros de Bella y la estrechó contra su
cuerpo, besándola en la sien.
Con la cabeza dándole vueltas, Bella miró al gentío y casi perdió el equilibrio. Si bien
los brillantes focos del escenario le impedían ver al público, había visto el tamaño del
recinto poco antes del comienzo del concierto y sabía que allí había miles de
personas. ¿Por qué la había abrazado delante de toda esa gente? Ella no iba a
cantar.
—Es el lugar perfecto —murmuró Jake dirigiéndose a la multitud con el tono de
alguien que va a contarle un secreto a un amigo—, para presentaros a mi novia de
siempre, Bella, la chica con la que voy a casarme.
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Edward extendió el periódico de la mañana sobre la mesa de la cocina, mientras se
tomaba una taza de café.
—¿Alguna noticia interesante? —preguntó Emmet en tono tenso.
Ésas eran las primeras palabras corteses que su primo le dirigía en una semana.
Sin sentarse en la silla, separó las páginas del periódico, dejando a un lado las
secciones que menos le gustaban. De esa manera centraría la atención en algo
que no fuera la ausencia de Bella y en cómo eso le carcomía la cordura. No iba a
tener suerte, en especial cuando el titular de la página de sociedad era: «¡Jacob Black
comprometido!!».
Debajo había una foto en blanco y negro de Bella con Black, rodeándola con un
brazo, junto a un encabezamiento que decía que Jake había informado a los fans que
habían acudido al concierto de la noche anterior que se iba a casar con su novia de
siempre, Isabella Swan.
«Jodido hijo de perra!».
La taza de café se deslizó entre los dedos entumecidos de Edward y cayó al suelo.
Emmet se dio la vuelta.
—¿Qué diablos te pasa? Limpia ese maldito café…
—¿Y qué coño importa ese jodido café?
Le mostró a Emmet los titulares del periódico.
Tras una rápida ojeada, Emmet se hundió en una silla a su lado y maldijo entre dientes.
—¡Maldición! Tú la has empujado a ello. Tú la echaste de aquí.
Emmet arrojó el periódico encima de la mesa al tiempo que le lanzaba una mirada airada.
Edward clavó la suya en la foto de Black y Bella. Las preguntas que se
agolpaban en su mente lo estaban matando. ¿Se habría acostado ella con aquel niño
bonito? Era más que probable. Y era igual de probable que Black la hubiera
compartido con alguien, que hubiera observado cómo algún desconocido se la
beneficiaba hasta llevarla al orgasmo.
Pero lo que más daño le hacía era preguntarse si ella amaba realmente a
Jake. Y Edward conocía a Bella. Tenía que creerse enamorada de aquel bastardo
para estar dispuesta a casarse con él.
Ante ese pensamiento, se le aflojaron las rodillas y se encontró sentado en la silla.
Bella se iba a casar con otro. Estaba enamorada de otro hombre.
«¡Demonios, no!»
Pero ésa era la realidad, y le desgarraba las entrañas como si le estuvieran
clavando mil cuchillas de afeitar. Black se había declarado y ella le había dicho que sí.
Jake era feliz. Sólo había que ver la sonrisa que lucía en la foto. Bella estaba de perfil
y no podía verle la cara, pero tenía que ser feliz también. Ésa era la materialización de
su sueño más anhelado.
Y él… Maldición, él había estado hecho polvo desde que ella se había ido arrancándole
el corazón con sus lágrimas.
—Jamás fue nuestra —logró graznar—. Y esto lo prueba.
—Bella se hubiera quedado si te hubieras comportado decentemente con ella. Incluso
te ofreció…
—No podía arrebatarle la virginidad. No me pertenecía a mí, ni tampoco ella.
El que la chica y su virginidad pertenecieran a aquel cantante que sonreía desde el
periódico no le hacía la más mínima gracia. Más bien le hacía desear hacer
pedazos a Black con sus propias manos, e inflingirle el máximo dolor posible.
Dios sabía que en el ejército le habían enseñado a hacerlo.
Emmet le señaló con un dedo acusador.
—Le hiciste creer que no nos pertenecía. Si hubieras admitido tus sentimientos y
hubieras hecho el amor con ella…
—Vale, ¿entonces qué? ¿Cuánto tiempo hubiera pasado antes de que hiciera una
barbaridad como con Tanya?
—Bella no es Tanya —insistió Emmet—. Bella es más fuerte y hubiera sobrevivido.
Creo que te amaba.
«Vaya ironía». Esa posibilidad hizo que la alegría estallara en su pecho,
mientras que el temor le retorcía y le arrancaba las entrañas. Maldición, era un
auténtico bastardo. La quería, pero no podía tenerla. Si Bella se hubiera quedado,
hubiera sido sólo cuestión de tiempo que hubiera tomado su virginidad.
Demasiados riesgos. Demasiadas cosas en juego. Había tomado la decisión correcta.
Pero era una agonía.
—¿Y entonces qué? —contraatacó Edward—. ¿Se habría casado con uno de nosotros?
¿Por qué coño continúas aferrado a esa estúpida fantasía? —Fulminó a su
primo con la mirada—.
¿Qué crees que pasaría… después? Sé que quieres que tenga un montón de bebés
nuestros y que vivamos felices por siempre jamás. Y ya sabes lo que siento al
respecto. Además, ninguna mujer quiere acostarse con dos hombres cada noche,
preguntándose cuál de los dos es el padre de sus hijos. ¿Crees que jamás aparecerían
los celos en esa relación? Emmet, es sólo una fantasía.
—No es más fantasía que el hecho de creer que puedes pasarte el resto de tu vida
tirándote a un montón de putas anónimas. Yo quiero algo más. —Su voz se convirtió
en un susurro—. Y sé que tú también lo quieres; lo querías con Bella. Mierda, Emmet lo
conocía demasiado bien.
—Bella se ha ido. Y no hay más que discutir.
—¿Y no crees que deberíamos luchar por ella? —Emmet parecía incrédulo.
—¿Cómo? Bella va a casarse con una superestrella por la que lleva colgada cinco
años. No creo que vaya a dejarla ahora sólo porque nosotros llamemos a su
puerta. Tenemos que seguir adelante con nuestra vida.
Las palabras parecieron noquear a Emmet.
—¿Es así como quieres que sean las cosas? —le espetó—. ¿Quieres fingir que ella
nunca estuvo aquí y que no nos importa?
—Sólo fuimos sus tutores. Punto.
—Yo la adoro. Y tú también. De hecho, creo que tú la amas.
Edward vaciló.
—No es verdad.
—Mentiroso. Por eso te portaste tan mal con ella. Sabía que podía hacerte
vulnerable y obligarte a enfrentarte a ese pasado que te está destruyendo.
—Vete a la Mierda, ¿vale?
—Así es como solucionas las cosas, ¿verdad? Cuando todo lo demás falla, le gritas a
Emmet.
¿Sabes qué?, tienes razón. Sigamos adelante con nuestra vida. —Emmet atravesó la
cocina. Enfurecido, cogió el inalámbrico y salió de la estancia.
¿Qué demonios pensaba hacer su primo? A Edward casi no le importaba dada la furia
que le burbujeaba en el vientre. Y ese dolor… era como fuego ácido sobre su piel, ante
el pensamiento de Bella en la cama de Black, en su vida. Pero lo superaría. Tenía que
hacerlo. ¿Qué otra opción tenía?
Cinco minutos más tarde, Emmet regresó a la cocina y le brindó una sonrisa presuntuosa.
—Espero que no hayas hecho planes para hoy.
—No, es domingo. ¿Qué es lo que tienes en mente?
—He llamado a Alyssa Deveraux y me la he camelado. La he convencido para
que se acueste con nosotros. Hemos quedado a las tres. Vístete.
Con un giro brusco, Emmet salió de la cocina y enfiló por el pasillo. Un momento después,
el ruido del agua corriendo le dijo a Edward que su querido primo estaba en la ducha.
Y mientras él se había quedado mudo, sin saber qué decir.
«Maldita sea». Alyssa Deveraux. El bomboncito rubio que poseía aquel club de
striptease, la de las medias con ligueros sexys y picardías que hacía babear a los
hombres, iba a acostarse con ellos. Tras ser el blanco de su lengua afilada y su más que
evidente desdén, había aceptado hacerlo con ellos. Por Emmet, por supuesto. Siempre
había deseado a su primo. Pero como gratificación, él también conseguiría sumergirse
en aquel dorado y apetecible cuerpo. Penetrar con su pene ese ardiente coño,
repentinamente dispuesto.
Edward bajó la mirada hacia su pene, pero para su sorpresa seguía sin dar
muestras de excitación bajo el pantalón del pijama.
Por la sorpresa. Tenía que ser por la sorpresa. Alyssa era un auténtico sueño húmedo.
En cuanto la tuviera cerca, enterraría la cara en esas deliciosas tetas y se sentiría más
que excitado. Más que preparado.
«¿Verdad que sí?».
Cuatro horas después, Emmet aparcaba en una zona residencial de Lafayette,
Louisiana, delante de una pequeña casa blanca, llena de encanto sureño, con rosales
en el jardín.
Edward miró a su primo con el ceño fruncido.
—¿No has quedado con ella en las Sirenas Sexys?
—Me dijo que viniéramos aquí —Emmet salió del coche, sin añadir nada más. Edward lo
siguió con las palmas de las manos húmedas de sudor.
¿Cuánto tiempo hacía que tenía fantasías sobre poseer a Alyssa Devereaux? Por lo
menos un par de años, desde que su socio y amigo, Aro Vulturi, se la había presentado.
Hasta entonces, había intentado seducirla repetidas veces. Intentar dominarla no le
había llevado a ninguna parte.
El inexistente encanto de Edward hacía que lo rechazara aun antes de abrir la boca.
Discutir le había despojado de cualquier oportunidad con ella. Por lo general,
sólo el sonido de su nombre lo ponía duro.
Pero hoy… bueno, su cuerpo aún no daba señales de vida. Su falta de excitación tenía
que deberse sin duda a las importantes preguntas sin respuesta que le
rondaban la mente. ¿Qué demonios le habría dicho Emmet a Alyssa para convencerla de
eso? ¿Y qué había ocurrido para que Emmet que había sostenido que no le interesaba
Alyssa, estuviera tan deseoso de estar con ella?
«¿Por qué?».
Edward no tenía respuestas para ninguna de esas preguntas mientras recorría el
camino de adoquines bordeado por macizos de flores de vistosos colores.
—Preciosas azaleas —murmuró Emmet mientras tocaba el timbre.
«¿Qué coño es una azalea?» ¿Por qué le sudaban las manos?
Alyssa abrió la puerta vestida con una falda negra con una abertura hasta el muslo y
un top de encaje sin hombros que mostraba el nacimiento de sus pechos.
—Hola, chicos. Entrad.
Edward vaciló, pero entró detrás de Emmet y recorrió el lugar con la mirada. La
casa estaba decorada en tonos verdes salpicados de amarillo con matices de
color tierra por todos lados. Parecía una de esas casas que se veían en los libros de
filosofía zen. Como una foto en blanco y negro de la naturaleza. Toda ella rezumaba
paz.
—Gracias por invitarnos —dijo Emmet—. Un lugar precioso.
Alyssa sonrió.
Edward tragó saliva.
—Gracias. Compré la casa hace unos meses. Estaba hecha un desastre, pero la he
estado arreglando.
—Pues te ha quedado genial —le dijo Emmet con aprobación.
¿Dónde estaba su voz? Edward no conseguía encontrarla.
¿Y ahora qué? ¿Se sentarían a tomar un té helado educadamente o
simplemente se dedicarían a follar?
—¿Queréis beber algo? ¿Té, refrescos, café? —Alyssa le brindó a Emmet una mirada
ardiente mientras se llevaba la mano al pecho y jugueteaba con la suave piel de su
escote.
—No, gracias. —Nadie pudo ignorar la repentina tensión en la voz de Emmet, ni cómo sus
ojos siguieron el movimiento de la mano femenina sobre los pechos.
Emmet estaba tenso y duro, y parecía más que dispuesto a pasar a la acción. Edward
observó fijamente a Alyssa buscando alguna reacción, algún interés por muy remoto
que fuera. Cualquier cosa.
La cara de Bella irrumpió en su mente, sonrojada de placer, cubierta de
lágrimas, mirándolo dulcemente cuando le ofreció su inocencia.
Y él la había rechazado. Como un tonto, un estúpido, había dejado que se fuera. No, la
había empujado a irse. La había arrojado en brazos de Black con el que pronto se
casaría. ¿Y qué le había quedado a él? Su jodida soledad. Pero Bella estaría mejor así.
Tenía que centrarse en eso.
—¿Edward? —Alyssa le dirigió una mirada de curiosidad.
Era la mirada más agradable que le hubiera dirigido nunca. Por lo general, lo único que
le ofrecía era un absoluto desdén.
—¿Quieres beber algo? —lo apremió.
Edward tenía que escoger. ¿Bebida o sexo?
—¿No me vas a a insultar o a mirarme con cara de asco? Ella le lanzó una mirada de
sorpresa.
—Hoy no.
«Interesante».
—Mmm, me encantará tomar algo. Lo que tengas por ahí.
Ella asintió con la cabeza. Mejor dicho, sacudió la cabeza de arriba abajo
nerviosamente, luego respiró hondo y pareció obligarse a entrar en la cocina
meneando las caderas de una manera que en sí misma era una invitación. Le sirvió
un vaso de té helado y se lo ofreció.
A Alyssa le temblaron las manos cuando les hizo señas para que se sentaran en el sofá
de la salita.
Edward tomó asiento. Alyssa se sentó a medio metro de él y dejó entrever por la
abertura de la falda unos atrevidos ligueros de seda negros y unas medias
transparentes. Emmet se sentó al lado de ella y dejó caer la mano sobre el muslo
expuesto. A la mujer se le disparó el pulso del cuello.
«¿Qué coño pasaba allí?».
—Llevas mandándome a la mierda tres años. ¿Por qué de repente accedes a esto?
Alyssa parpadeó, aquellos hermosos ojos azules adquirieron un tono gris humo, su
dorado cutis se ruborizó. Para ser una stripper que había visto el lado malo de la vida,
parecía una joven pura y dulce.
—¿Has cambiado de idea?
La ronca voz de Alyssa le sacudió. Era increíblemente sexy. Apabullante. De ojos
suaves, labios plenos que formaban tentadores pucheros, pechos que, según
sospechaba, eran más de origen artificial que divino, pero sin duda seductores.
Bajando la mirada al trozo de muslo que quedaba al descubierto comenzó a sentir una
leve reacción más abajo del cinturón.
—No he cambiado de idea.
Alyssa se giró hacia Emmet, esperando su respuesta.
—Yo tampoco voy a cambiar de idea. Cerró la mano sobre su muslo,
subiéndola por debajo de la falda, hasta que la posó sobre las húmedas bragas negras.
—Bien. —Alyssa exhaló la palabra.
—Edward —lo llamó Emmet—. Bésala, quítale el top. Alyssa lo detuvo, alarmada.
—Yo… ¿no prefieres ir antes al dormitorio?
Emmet se puso de pie y se quitó los zapatos, y luego, bruscamente, la camisa.
—Eso para el final.
—Oh. —Ella parecía aturdida y ni siquiera la habían tocado.
Luego Emmet le dirigió a su primo una mirada expectante. «Cierto. Bésala, quítale el top».
Suspirando profundamente, Edward extendió la mano y desabrochó los botones del
top de Alyssa. Maldición, le temblaban las manos cuando abrió la prenda,
revelando unos pechos generosos apenas cubiertos por un sujetador sin tirantes.
Unos hermosos pechos. Hubiera apostado lo que fuera a que ella hacía topless.
Le quitó el top y lo dejó en el sofá, a su lado. No quería arrugárselo. Parecía delicado.
—Edward —le espetó Emmet—. Bésala.
Alyssa lo miró, con los ojos azules llenos de incertidumbre, pero aun así enfebrecidos.
Emmet la giró hacia su primo, y luego la besó en el lateral del cuello, colocándole una
mano en la parte inferior de un pecho. Sus pezones se pusieron duros como guijarros
en el mismo momento en que la tocó.
Bajo sus labios, la postura de Alyssa perdió rigidez. Cerró los ojos y gimió.
—Hueles bien —murmuró Emmet mientras le desabrochaba el sujetador con un
movimiento rápido de la muñeca—. A sol y pecado.
Los senos de Alyssa eran preciosos. Firmes, maduros, apetitosos. Si eran falsos, eran
una buena imitación.
Ella apoyó la cabeza en el hombro de Emmet, jadeando cuando éste le pasó el pulgar por
los duros y sonrojados pezones.
En realidad, era excitante observarlos. Emmet con el pelo oscuro, la piel palida,
acariciando la piel pálida de Alyssa, apartándole el pelo rubio platino de la tersa nuca
para poder aspirar su olor. Ver cómo la joven se estremecía entre los brazos de su
primo lo endureció. Por fin.
Emmet deslizó una mano bajo la abertura de la falda, subiéndosela más arriba, y rozó la
seda negra que cubría el monte de Venus. Alyssa jadeó, tembló y gimió.
—Bésala.
Que Emmet repitiera su orden fue como un jarro de agua fría para Edward. Aquello no
tenía sentido. Alyssa era la personificación del sexo. Llevaba años queriendo
tirársela. Y la tenía allí mismo, con los pechos desnudos, entregada y muy excitada.
«No es Bella».
Ignorando la insidiosa vocecita que protestaba en su mente, Edward se inclinó hacia
delante y cubrió la boca de Alyssa con la suya, instándola desesperadamente a que la
abriera para él. La lengua femenina bailó con la suya, lenta y perezosa, sin duda
sabría cómo hacer una buena mamada. La mujer sabía a picante sexualidad.
Pero él quería saborear la dulce inocencia de Bella. Vaciló. Quería saborear su deseo.
Alyssa era toda una tentación. Hermosa. Experimentada y capaz de hacer pecar al
hombre más puritano. Pero por alguna condenada razón, él no quería seguir ese
camino. Tocarla era… extraño. Equivocado. Como si estuviera traicionando algo. «A
alguien».
Los ojos color chocolate de Bella, llenos de lágrimas, aparecieron en su mente.
Una ardiente frustración, la sensación de estar haciendo algo incorrecto cayó como
una losa sobre él. «¡Maldita sea!». Se apartó bruscamente de Alyssa.
Ememt apenas se dio cuenta. Su primo sentó a Alyssa sobre su regazo. Le metió los dedos
entre los cabellos y dirigió la boca femenina hacia la suya para hundirse
profundamente en ella. Como si no le importara volver a respirar en su vida.
«¿Qué demonios… ?».
Alyssa rodeó el cuello de Emmet con los brazos y se removió en su regazo. Era evidente
que ella le había hecho sentir algo porque Emmet gruñó, la levantó en volandas y la montó
a horcajadas sobre él; luego la frotó contra su miembro. Cuando ella echó la cabeza
hacia atrás, una cascada de pelo rubio platino cayó sobre el regazo de Edward. Emmet
bajó la boca y cerró los labios sobre uno de los pezones. No estaba jugueteando. No
había juegos en esa caricia. Sólo fiero deseo.
—¡Emmet! ¡Sí!
¿Cuál fue la respuesta de su primo? Simplemente dedicó sus atenciones al otro pecho
y, cerrando los dedos con fuerza en los cabellos femeninos, tiró de ellos como si
pensara imponer su voluntad sobre ella.
—¿Tus pezones están duros para mí? —exigió saber Emmet, clavando los ojos en ella
como si fueran las únicas personas de la estancia. Como si ella fuera la única persona
del planeta.
—Sí, están duros para ti —murmuró ella, frotándolos contra su torso, rotando las
caderas y frotándose de nuevo contra su pene—. Y también estoy mojada por ti.
Siéntelo…
Alyssa se mostró encantada de desatar los lazos que aseguraban el tanga a sus
caderas. Se contoneó y a continuación, la diminuta prenda negra cayó al suelo.
El pálido y fino vello estaba pulcramente recortado sobre el monte de Venus. Por lo
que pudo observar Edward, el resto del sexo femenino estaba desprovisto de vello.
La lujuria ardió en los ojos de Emmet, que no se apartaban de su sexo mientras la tendía
sobre su regazo, de manera que la cabeza femenina descansara sobre el regazo de
Edward.
La mirada de Alyssa, desconcertada y nublada, buscó la de él.
Estaba excitada. Muy excitada. Y Emmet era el artífice. Los dos se habían olvidado de que
él estaba allí, y ahora ella le preguntaba con la mirada si se pensaba unir a la fiesta. Ella
era muy sexy y le estaba ofreciendo su sexo. «¡Demonios, sí!».
Pero cuando extendió la mano, no pudo obligarse a tocarla y la dejó caer a un lado.
¿Qué demonios le pasaba? Había deseado a Alyssa durante años. Una mirada a
aquel cuerpo femenino le dijo que ella era más hermosa que cualquier modelo. Como
la protagonista de cualquier página central, felina como una gata en celo.
Y él no sentía nada.
La mirada de Edward se encontró con la de ella y negó con la cabeza. «No».
Por muy deseable que fuera, él ya no sentía interés por ella. Estaba excitado
físicamente, por supuesto. Observar cómo Emmet la devoraba y cómo ella disfrutaba de
cada minuto era algo excitante.
Pero él quería aferrarse a unos cabellos castaños. Era una piel pálida e inocente la que
sus manos querían tocar. Deseaba ahogarse en unos ojos color chocolate mientras
reclamaba y se hundía en el cuerpo femenino.
Edward cerró los ojos, deseando poder apartar de su mente la imagen de Bella y el
hecho de que iba a casarse con Black. «Imposible».
Un profundo jadeo femenino captó la atención de Edward. Las manos de Emmet habían
abierto los pliegues del sexo de Alyssa, y le estaba frotando el clítoris con el pulgar
siguiendo un ritmo ligero e irregular.
—Estás mojada —murmuró él con aprobación—. Pero no lo suficiente para lo que
voy a hacerte.
—¿Y qué piensas hacer, gran hombre? —Alyssa jadeó la pregunta, provocando a Emmet—
.
¿Qué es lo que quieres? Quizá no esté dispuesta.
Una ráfaga de oscura determinación atravesó el rostro palido de Emmet.
—Estarás dispuesta para eso, y para mucho más. Voy a estar duro para ti durante
toda la tarde. Durante toda la noche. No me apartaré de ti. No voy a dejar
ningún centímetro de tu cuerpo sin tocar.
—Y yo me aseguraré de ello —murmuró ella, abriendo más las piernas y
arqueando las caderas hacia Emmet.
Él siguió pasándole el pulgar por el clítoris lenta y repetidamente. Alyssa tenía los
pezones erguidos, rojos e implorantes mientras su cuerpo se tensaba y movía la
cabeza de un lado a otro.
—¡Emmet! —gritó ella. Arqueó la espalda y soltó un largo gemido cuando alcanzó el
climax.
Ante la imagen que ella ofrecía, su primo perdió cualquier rastro de
normalidad, de amabilidad, de contención.
Edward sabía con exactitud dónde acabaría todo aquello. Alyssa estaba a punto de
liberar el lado oscuro de Emmet, de disfrutar de una de las maratonianas sesiones
sexuales de su primo. Y parecía más que dispuesta.
—Soy toda tuya —se ofreció Alyssa con una ardiente mirada—. Permaneceré mojada,
te mantendré duro, te daré más de lo que puedas imaginar.
Con un gruñido, Emmet arrancó la falda de Alyssa, dejándola completamente desnuda
salvo por aquellas medias tan sexys y los ligueros de encaje. Emmet inspiró
profundamente cuando bajó la mirada. Su miembro presionaba contra los vaqueros.
Se bajó la cremallera bruscamente, deseando deshacerse de los pantalones que lo
constreñían. Se los bajó por los muslos junto con la ropa interior. Cuando su pene saltó
libre, la agarró por las caderas y se dispuso a penetrarla.
Edward metió la mano en el bolsillo y sacó un condón.
—Emmet.
Su primo alzó la cabeza de repente. Tenia una mirada oscura y salvaje. Fiera.
Incontrolada. Indomable.
Con rapidez, Edward le pasó el pequeño envase metálico a su primo y dejó un puñado
en la mesita de café.
Emmet asintió débilmente con la cabeza y se abalanzó sobre Alyssa, ansioso por
sumergirse en su cuerpo. Ella ladeó la cabeza y le dirigió a Edward una mirada
ardiente. Quizá fuera una invitación. Quizá no. A Edward no le importaba.
Se puso de pie y se dirigió a la puerta. Se detuvo y los observó el tiempo suficiente
para ver cómo Emmet se ubicaba entre las piernas de ella, para apreciar los músculos de
sus brazos cuando la inmovilizó sobre el sofá y ella le rodeó las caderas con las
piernas dándole la bienvenida, sonriente.
Edward cerró la puerta, dispuesto a buscar el bar más cercano mientras los
gemidos femeninos surcaban el aire.
—¿Qué quieres beber? —preguntó a Edward una camarera con una sonrisa descarada
y un par de pantalones cortos bastante ceñidos.
—Dos whiskis dobles. Sin hielo.
Lo brusco de su orden debió de ser evidente. La joven se giró y se alejó con rapidez.
Edward rezó para que no tardara en regresar y poder emborracharse mientras
analizaba su condenada vida.
La menuda camarera no tardó mucho en regresar con su pedido y un platito
lleno de galletitas saladas. Edward apartó el aperitivo y fue directo a por el primer
trago. El alcohol hizo que le ardiera la garganta en su camino al estómago. Un fuego
explosivo, un pesado calor se filtró por sus venas, y le dio la bienvenida. ¿Cómo
podía aceptar el hecho de que acababa de rechazar echarle un polvo a Alyssa
Devereaux porque sólo deseaba a una mujer que no iba a regresar nunca?
Sacó del bolsillo de los vaqueros el recorte del periódico. La sonrisa engreída de Black
se burlaba de él desde la imagen en blanco y negro. Bella estaba junto al cantante,
con su brazo sobre los hombros, mirándole. ¿Qué decía su expresión? ¿Era de
adoración? ¿De excitación?
¿Acaso importaba?
«No». Pero Edward se preguntaba cómo era posible que Bella lo hubiera mirado con
tanta ternura, cómo podía haberse ofrecido tan dulcemente a él, para luego,
tres semanas después, aceptar casarse con otro hombre.
La única respuesta posible se le clavó como un puñal en el corazón. Bella no le había
amado. Sólo se había ofrecido a él movida por la compasión.
Por desgracia, por más que se lo negara a Emmet, Edward sabía que se había
colgado por Bella. Siempre la había deseado, incluso cuando ella tenía diecisiete
años y él había hecho lo correcto. Incluso tres semanas antes, él había hecho lo mejor
para ella, aunque le había costado un mundo hacerlo.
Pero se había dejado guiar por sus miedos, y había tomado la decisión más prudente.
La correcta.
Y ella se había ido.
En aquel momento, Edward deseaba haber sido un imprudente y haber cedido a la
ardiente necesidad que había ardido como lava líquida en sus venas, aquélla que lo
había instado a tomarla y a hacerla suya. Si lo hubiera hecho, ella estaría ahora en la
cama con Emmet y con él, rodeándolo con sus piernas, tensándose en torno a su miembro
mientras gritaba de placer. Y él no estaría en un bar de Lafayette, duro y dolorido,
preguntándose cómo Bella podía casarse con un gilipollas como Black.
Preguntándose qué iba a hacer sin ella.
¿Y si Bella se hubiera quedado con ellos? ¿Y si se hubieran cumplido sus
peores temores? No «si» sino cuándo. Si ella se hubiera quedado, eso habría
ocurrido sin duda. Emmet habría insistido en que se lo contara todo. ¿Cómo habría
reaccionado ella?
Edward se tomó el segundo whisky y se reclinó en la silla. Sólo cuando tenía la
mente ligeramente confusa se permitía pensar en Tanya.
Era una chica complicada. Apenas tenía dieciséis años. Era pura alegría cuando la vida
la sonreía, y muy desdichada cuando la pateaba. A menudo, Tanya había mostrado
ambas facetas el mismo día. Edward había intentando resistirse, pero no había podido
evitar sentirse atraído por ella, por alguien cuya vida era una enorme bola de
sentimientos, alguien que pensaba que había que experimentarlo todo sin
restricciones.
Al final, esa volatilidad suya había sido su ruina.
Soltó el vaso de whisky sobre la mesa y con un gesto pidió la cuenta. La joven de la
sonrisa descarada se apresuró a traerla, tomó el dinero y se largó.
Sintiéndose viejo a pesar de tener sólo veintinueve años, Edward se levantó y salió al
húmedo aire del atardecer. Soplaba una ligera brisa. El verano lo envolvía con su
empalagosa fragancia. El dolor le retorcía las entrañas.
Bella no era Tanya. Ella controlaba mejor sus emociones, cierto, y era mucho
más madura. Estaba herida. Edward lo había notado la noche que la había alejado de
él con aquellas viles palabras. Bella había estado protegida, no como Tanya. No
había sufrido lo peor de la vida gracias al coronel y a sus hermanos. Pero, ¿qué haría
Bella si se encontrara de repente en la misma situación que Tanya?
Edward no lo sabía. E incluso aunque sintiera aquella opresión en el pecho durante el
resto de su vida, debería estar agradecido de no haber corrido el riesgo de
averiguar la respuesta de la manera más dura.
Eran casi las nueve cuando Edward se sentó tras el volante del jeep de Emmet. Su
primo ya estaba dentro, sombrío y agotado.
—¿Estás seguro de que no quieres quedarte toda la noche? —preguntó Edward. Emmet se
giró mirando a través de la oscuridad la casa silenciosa.
—No.
—¿Estás bien?
Asintiendo con la cabeza, Emmet posó las manos sobre los muslos.
Emmet parecía completamente exhausto tanto física como emocionalmente. Edward
conocía el placer de acostarse con una mujer hermosa. Sin embargo, podía
comprender a Emmet, como si sus largos maratones sexuales fueran intentos de desterrar
algunos demonios interiores y no sólo la búsqueda extrema del placer físico.
—Bueno —Emmet vaciló—, ¿llevas mucho tiempo esperando?
—Un rato —dijo Edward encogiéndose de hombros—. Pero no importa.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo sé. —Edward se centró en la carretera para evadir la pregunta. Su
respuesta sólo haría que Emmet cayera en una espiral de culpabilidad innecesaria.
—¿Cuánto tiempo? —La desolada exigencia en su voz resonó en el jeep suspirando,
Edward contestó. De cualquier manera, Emmet lo averiguaría tarde o temprano. —Unas
dos horas. —Lo que hacen un total de ¿cuánto? ¿Tres o cuatro horas? Maldita sea.
Incluso bajo la luz de las farolas, Edward podía ver la vergüenza que cubría los
elegantes rasgos de su primo.
—Deja de torturarte, primo. Parecía una mujer satisfecha.
Emmet la había hecho enloquecer, había llevado a la mujer hasta que sus gritos casi
echaron abajo las paredes.
Emmet le dirigió una mirada penetrante.
—¿Te lo ha dicho Alyssa?
—No. Se quedó dormida después de que la bañases. Pero por lo poco que pude oír
antes deduje que se durmió con una sonrisa en los labios. ¿Qué es lo que ha sucedido?
—Lo sabes perfectamente bien. Ya ha ocurrido antes. —Emmet se pasó la mano
por el ensortijado cabello oscuro—. Perdí la cabeza.
—¿Por qué sigues torturándote? Esto no ocurre cada vez que mantienes
relaciones sexuales. Ni tan a menudo como crees. Además, parecía como si
Alyssa hubiera disfrutado mucho.
Emmet asintió a regañadientes.
—Porque esta vez sentí una necesidad más fuerte. Alyssa es asombrosa. Me sentí… no
sé. Conectado… o algo así. No puedo explicarlo. —Suspiró e hizo una mueca—. En
realidad me hubiera gustado haber tenido más control. A Alyssa la noté un poco
estrecha. Me comentó que llevaba casi dos años sin mantener relaciones sexuales.
—¿En serio? ¿Y por qué nos ha invitado a su casa para que nos acostemos con ella?
Tras vacilar, Emmet negó con la cabeza.
—No importa. Mañana le enviaré flores y eso será todo.
—¿No piensas volver a verla? —No era algo que sorprendiera a Edward. A Emmet no le
gustaba que le recordaran que había perdido el control de esa manera.
—¿Por qué lo preguntas? ¿Aún estás caliente por ella? —Emmet ladeó la cabeza y le
dirigió a Edward una mirada ladina—. ¿Acaso piensas echarle un polvo si regresamos
por aquí?
—No. —Edward frunció el ceño como si una luz se hubiera encendido de
repente en su cabeza—. Por eso me has traído aquí, ¿verdad? Sabías que no me
acostaría con ella.
—Lo sospechaba. Quería probarlo. Si hubieras tocado a Alyssa, habría sabido que no
estás enamorado de Bella.
Maldita sea, ahora sí que había cavado su propia tumba. Emmet había conseguido la
prueba que necesitaba. Lo había presionado para que recapacitara e intentara
recuperar a Bella. Y lo había hecho de manera implacable.
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mmm este capitulo estuvoo super interesantee que hara ahora edward el esta enamoradoo de ella y bella tambien tiene que luchar por ellaa ...y recuperarlaa!!!! nos leemoss!!! besoss!!
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