jueves, 26 de mayo de 2011

La Dulce Y Orgullosa Isabella

Era el veinticuatro de noviembre cuando Jasper se dirigió a Ty¬burn. No le agradaba presenciar ejecuciones y sintió la necesidad de al¬guna cosa para fortificarse. Con esto en la mente entró a una taberna y pidió a gritos un pichel de ale para animarse. Las ejecuciones atraían siempre grandes multitudes y la taberna estaba llena de individuos que aguardaban el comienzo del espectáculo. Jasper ocupó el único asiento disponible junto a un escocés pequeño, nervudo y pelirrojo que casi lo doblaba en edad. El hombre ya estaba bien lleno de ginebra y le dirigió una sonrisa tímida. Jasper no tenía intención de conversar pero el escocés se encontraba evidentemente afligido por una gran tragedia, de modo que Jasper escuchó en silencio, asintiendo de tanto en tanto mientras el otro relataba la historia de su vida. Momentos más tarde Jasper se puso súbitamente de pie, soltó un juramento, tomó un tricornio y salió de la taberna para dirigirse al cadalso. La multitud era densa y más de una vez Jasper estuvo a punto de arremeter contra grupos de personas que parecían inclinadas a cerrarle el paso Se abrió camino con los codos y llegó cerca de donde los guardias que estaban descar¬gando a los prisioneros del carromato. A ninguno de los condenados lo reconoció como a Edward Cullen. Pasó uno de los hombres del carcelero y Jasper lo tomó de la chaqueta.

- ¿Dónde está el colonial, Edward Cullen? -preguntó-. ¿No Iban a colgado hoy? ,

- ¡Suélteme, entremetido! Tengo cosas que hacer. Con una mano enorme y poderosa, Jasper atrajo al guardia hacia sí hasta que quedaron casi tocándose las narices.

- ¿Dónde está Edward Cullen? -rugió Jasper-. ¿O quiere que le arranque la cabeza?

El guardia dilató los ojos y tragó ruidosamente.

-Ha, muerto. Se lo llevaron en el carro y lo colgaron al amanecer, antes de que se juntara la multitud.
Jasper sacudió al hombre hasta hacerle rechinar los dientes.

- ¿Está seguro?

- ¡Sí! graznó el guardia-. Jenkins lo trajo de vuelta en una caja sellada para los parientes. ¡Suélteme!

Lentamente, las manos de Jasper se abrieron y el hombre, alivia¬do, volvió a tocar el suelo con los pies. Jasper se golpeó furioso una palma con un puño y soltó una maldición. Giró sobre sus talones, re¬gresó rápidamente a la taberna, abrió la puerta de un golpe y sus ojos azules, entrecerrados, recorrieron atentamente todo el salón. Pero no vio al escocés.

El viaje de regreso a Newgate fue largo y Jasper lo disfrutó toda¬vía menos que el que hiciera anteriormente. Jenkins le relató la misma historia acerca de la muerte de Edward de modo que nada pudo hacer fuera de aceptar el ataúd cerrado con' el nombre de Edward Cullen grabado a fuego en la tapa. Craddock lo ayudó a poner la caja en un carro tirado por un caballo y Jasper viajó hasta un pequeño establo abandona¬do, en las afueras de Londres. Allí, después de asegurar bien las puertas, empezó a trabajar. Arrastró hasta el carro un ataúd más pesado y orna¬mentado y lo colocó cerca del de la prisión.
Mucho más tarde Jasper tomó un cincel y alisó las cabezas de los tornillos de la tapa del ataúd ornamentado a fin de que no pudiera ser abierto sin gran dificultad. Su contenido quedé bien protegido de mira¬das indiscretas. Mientras Jasper trabajaba, una extraña sonrisa le cruza¬ba la cara de tanto en tanto, como el vuelo caprichoso de una polilla alrededor de una vela.
Jasper llevó el ataúd a un cementerio lejano, lo dejó junto a una tumba abierta e informó al rector que sería sepultado por la mañana. Después se dirigió a toda prisa a informar a su ama.

Eleazar se encontraba en la casa y Bella parecía impaciente. Jasper empezó a sentirse incómodo al no saber cómo decírselo a ella sin que Eleazar oyera.

Finalmente, Jasper habló:
-Su esposo -hizo girar su tricornio en sus manos mientras Bella ahogaba una exclamación y lo miraba con gran atención- ...su espo¬so... el señor Cullen...
Eleazar levantó las cejas con interés.

-Me he ocupado de lo necesario y el prior fijó el sepelio para dos horas después del mediodía de mañana.

Bella empezó a suspirar aliviada pero terminó con un sollozo, se cubrió el rostro y huyó. Subió la escalera, entró en su dormitorio y ce¬rró violentamente la puerta tras de sí. Un dolor sordo se le anudó dentro del pecho. Miró fijamente la cama y casi deseó que las cosas fueran di¬ferentes. Ahora su papel de viuda era verdadero. Se contempló triste¬mente en el alto espejo, aguardando una sensación de triunfo, pero extrañamente la misma no llegó.

El Marguerite, como la flor cuyo nombre llevaba, era pequeño y construido modestamente, con sencillez. Era un bergantín de dos Palos, hecho en Boston, más largo, más bajo y más esbelto que el bar¬co inglés que estaba amarrado a su lado. La carga que no cabía en sus bodegas estaba amarrada en todos los lugares disponibles. El peso de la carga hacía que el casco estuviera hundido hasta que la cubierta principal del bergantín quedaba solamente a pocos centímetros por encima de la superficie empedrada del embarcadero. Su capitán, Sam Uley, un indio, alto y fornido, tan rápido para sonreír como para ponerse ceñudo y con un ingenio muy rápido, era muy apreciado por su tri-pulación. Llevaba seis años al servicio de Swan y si tenía algún de¬fecto era su debilidad por las mujeres. Conocía cada tabla de su barco, cada hendidura y cada rincón bajo cubierta y se ocupaba que todo el espacio estuviera completamente lleno. El Marguerite era pequeño pero tenía un aspecto limpio, recién pintado, que sugería muchos cuidados y su velamen, aunque remendado en partes, era muy adecuado.

Este era el final de la temporada comercial en los climas septentrio¬nales. Las mercaderías destinadas a Los Camellos, acumuladas en el depósito de Swan, tenían que ser divididas entre Marguerite y un barco mucho más grande, el Hampstead, que zarparía en diciembre. Rollos de cuerda, brea y alquitrán irían en el barco más pequeño, junto con otras mercaderías necesarias cotidianamente. De interés especial eran cuatro barriles largos y delgados, cuidadosamente embalados y tra¬tados con mucho respeto por los cargadores. El capitán Uley verificó que fueran debidamente asegurados en la bodega principal. Swan había encargado cañones á un fabricante alemán y se rumoreaba que los mismos podían disparar dos veces más lejos que cualquier otro cañón fundido hasta entonces. El capitán la pasaría muy mal si esos cañones sufrían algún daño.

El pálido sol ya se había puesto y empezó a hacer más frío. De las aguas del Támesis se elevaban jirones de vapor. Se aceleraron los pre¬parativos finales para zarpar al día siguiente porque esos vapores se unirían y formarían una densa y peligrosa niebla que pondría fin a la labor. Los baúles de Bella fueron subidos a bordo y los más grandes quedaron en la bodega mientras que los más pequeños que contenían las cosas necesarias para el viaje fueron depositados en su cabina, reciente¬mente desocupada por el primer oficial y el piloto. Estas comodidades resultaban insuficientes; la cabina apenas proporcionaba espacio para que Isabella y Alice pudieran moverse al mismo tiempo. Como únicas muje¬res a bordo, ellas compartirían la pequeña cabina. Jasper había colocado en la puerta, del lado de adentro, un sólido pasador de hierro para limitar, la posibilidad de visitantes indeseables. Cualquier idea que los marineros hubieran podido tener acerca de las dos mujeres fue rápidamente di¬sipada, porque el servidor colgó su hamaca sobre cubierta, cerca del pasadizo que llevaba a la cabina de ellas. Aunque ahora Jasper no estaba a la vista, Bella y Alice no tenían duda de que su seguridad a bordo del barco estaba garantizada, tanto por el conocimiento de la justicia que el mismo Swan aplicaría a cualquiera que lastimara u ofendiera seriamente a su hija y la criada, como por el hecho seguro y cierto de que la venganza de Jasper caería mucho más rápidamente sobre el culpable.
La niebla había hecho que disminuyera gran parte de la actividad a bordo y empezó a percibirse una sensación de; impaciencia. Bella, de pie con Alice junto a la borda, notó el humor de la tripulación y también del capitán, pero siguió sintiéndose ansiosa por marcharse de Londres y partir de regreso a su casa. La asistencia al sepelio de Edward había sido sumamente desagradable. Le resultó difícil explicar, a Eleazar la ausencia de la familia Cullen y finalmente insistió en que ella había deseado un servicio privado y que como estaría solamente unos pocos días en Inglaterra, la familia Cullen accedió a sus deseos y concedió a la reciente novia este último privilegio con su esposo.

Era a Eleazar a quien esperaban ahora, a Eleazar y a los siervos que había ido a buscar. Desde hacía tiempo era costumbre del acepte recorrer los callejones y las posadas hasta último momento, en busca de quienes aceptaran., entrar en servidumbre como una posibilidad de librarse de la miseria de la vida en Londres. En esta época de relativa paz había abundancia de mano de obra, aunque poca de algún valor. En el pasado, algunos habían sido comprados de la prisión por deudas pero los buenos trabajadores eran aquellos que trataban de progresar y mejorar su situación. Eran éstos los que más apreciaba el patrón y a menudo él había expresado objeciones a que pusieran a un hombre en servidumbre en contra de su voluntad y severamente instruyó a Eleazar este sentido. Empero, había nuevos campos de caña de azúcar que cosechar y la necesidad de más mano de obra era urgente y aguda.

La última parte de la carga ya estaba estibada y se cerraron las escotillas para Zarpar al día siguiente. Cuando la densa niebla se exten¬dió sobre la cubierta, el suave crujir del barco y el golpear del agua contra el muelle pareció el único contacto con la realidad. En el muelle, las linternas eran pálidas islas de luz en la oscuridad circundan¬te, las linternas que colgaban en la proa del barco disminuían y aumen¬taban su luz como estrellas titilantes. De alguna parte, entre los jirones de niebla, la risa de un hombre y una aguda risita femenina sonaron fantasmales y extrañas en la oscuridad. Pero cesaron esos sonidos, el silencio volvió a cerrarse como una cosa tangible.

Aterida por el frío que atravesaba su traje de lana, Bella se envol¬vió apretadamente en la capa de terciopelo verde, levantó un mechón de cabello, y 1o acomodó en el rodete que había hecho en la
nuca. Después se cubrió la cabeza con el capuchón para protegerse de la humedad.

De abajo llegó un ruido de ruedas sobre el empedrado y Bella se inclinó sobre la borda. De la espesa bruma surgió un carro que se detuvo cerca del barco. El landó de Eleazar venía pocos metros más atrás pero los dos vehículos eran solamente sombras oscuras en medio de la niebla. Isabella tuvo que esforzar la vista para reconocer la silueta delgada y huesuda del agente de su padre, quien dirigía la descarga de los siervos. Un ruido de cadenas hizo que Bella se pusiera alerta y cuando vio que los hombres venían encadenados unos a otros, soltó, una exclamación. Las cadenas presentaban una gran dificultad porque no eran 1o suficientemente largas para permitir que un hombre des-cendiera solo. Se producían tropezones y caídas a medida que aban¬donaban el carro. Los guardias que los empujaban con sus bastones no servían para aliviar la situación, ni tampoco los insultos que profe¬rían y que herían considerablemente los oídos de Bella.

- ¿Por qué tiene que encadenarlos? -preguntó Bella mientras Alice se inclinaba sobre la borda para mirar mejor.

-No 1o sé, señora.

-Bueno, veremos si tiene una buena razón.

Isabella descendió por la planchada, muy irritada, y caminó hacia donde estaba Eleazar con deseos de dar rienda suelta a su cólera.

- ¡Señor Denalí! -llamó con tono iracundo.

El agente giró rápidamente y al ver que Bella se acercaba, se apresuró a interceptarla.

-Señora -dijo- no se acerque. Estos no son los habituales...

- ¿Qué significa esto? _preguntó Isabella Indignada, y sólo se detuvo cuando él estuvo frente a ella-. No veo la razón para tratar como cerdos a hombres buenos, señor Denalí. ¡Quíteles las cadenas! -Pero señora, no puedo.
- ¡No puede! -repitió Bella, incrédula. Puso los brazos en jarras debajo de la envolvente capa-. ¡Usted olvida su lugar, señor Denalí! ¡Cómo se atreve a decirme no!


-Señora -imploró él-, estos hombres...

-No fastidie mis oídos con excusas -replicó ella secamente-.

Si estos hombres han de ser de alguna utilidad a mi padre, no pueden ser golpeados, heridos y lastimados con cadenas. El viaje ya será bas¬tante duro para ellos. El hombre objetó y medio imploró:

-Señora, no, puedo dejados libres aquí, en el muelle. He pagado por ellos con buen dinero de su padre y la mayoría huirían si se les diera la oportunidad. Por lo menos, déjeme que los...

-Señor Denalí -dijo Bella en tono firme, pero autoritaria¬mente calmo-. He dicho que los suelte. ¡Ahora!

- ¡Pero, señora Cullen!

Súbitamente, uno de los siervos encadenados se detuvo en mi¬tad de un paso y los otros que iban con él cayeron cuando sus cadenas les tironearon de los tobillos. Un guardia gritó y corrió hacia él.

- ¡Eh, tú, maldito mendigo! Muévete. ¿Crees que estás dando un paseo por Covent Gárden?

Levantó su bastón para castigar al encadenado y su mirada se cruzó con la de Bella. Ella giró furiosa, el capuchón cayó sobre sus hombros y el siervo retrocedió y Se cubrió la cabeza con los brazos, como si le temiera más a ella que a cualquier garrote que pudiera usar su torturador.

- ¡Usted está maltratando la propiedad de mi padre! dijo Bella, indignada por la audacia del guardia. Dio un paso como si fuera a intervenir¬ personalmente pero Eleazar la tomó de un brazo

-Señora, no se confíe en estos hombres-dijo él, con preocupa¬ción sincera porque sabía que sería severamente castigado si la hija de Swan sufría algún daño-. Son unos desesperados s Y podrían...

Isabella, hirviendo de furia, enfrentó al agente. Su tono .fue grave e hiriente.

-¡Quíteme la mano de encima! -exigió.

Con un gesto de impotencia, Eleazar asintió y obedeció.

-Señora Cullen -dijo- su padre me encargó de su seguridad...
Mi padre lo expulsaría de Los Camellos si supiera la forma en que trata usted a estos hombres -replicó Bella-. No me tiente a infor¬mar a mi padre, señor Denalí.
Eleazar endureció su mandíbula.

-A la señora le han crecido espuelas desde su casamiento -dijo.

-Ajá -repuso Isabella con decisión- Y son filosas. Tenga cuidado de que no lo hieran.

-Me intriga, señora, el hecho de que siempre se muestre dispuesta contra mi. ¿Acaso no sigo las instrucciones de su padre?

-Sólo que demasiado bien -respondió ella cáusticamente.

-Entonces, señora, ¿qué tiene ello de malo? -dijo él, con sus ojos de halcón fijos en los de ella.

-Lo malo está en lo que usted hace para cumplir las órdenes de mi padre -dijo ella vivamente-. Si tuviera usted un poco de decencia...

Eleazar enarcó las cejas burlonamente.
-¿Cómo su difunto esposo, señora?

El primer impulso de Bella fue abofetearlo. Sentíase llena de un desprecio casi incontrolable hacia ese hombre y las palabras no hu¬bieran bastado para expresar lo que ella quería decir.
Miró severamente al guardia que estaba detrás de Eleazar, en actitud ahora menos amena¬zadora y con los brazos colgando a los lados. Al ciervo encadenado ape¬nas se lo veía pues se había retirado hacia donde estaban sus compañeros, como para ponerse fuera de peligro.

Un grito llegó desde el barco y el capitán Uley saltó por la planchada y se reunió con ellos. Bella se volvió.

- ¡Por todos los chamanes! ¿Qué es esto? -preguntó el capitán.

Vio a los hombres encadenados que parecían aguardar en silencio y rápidamente comprendió la situación.

- ¡Ustedes! -dijo agitando los brazos hacia los guardias!. Lleven estos hombres a bordo. El piloto los dirigirá. ¡Váyanse ahora!

El rostro oscuro del capitán Uley se iluminó con una amplia sonrisa cuando enfrentó a Bella. Se quitó el tricornio emplumado y se, inclinó ceremoniosamente.

-Señora Cullen, usted no debería estar aquí, en el muelle

-la amonestó muy tiernamente-. ¡Y ciertamente, no cerca de estos sucios miserables!
Bella imploró taimadamente, tanto con el tono de su voz como con la mirada:

-Capitán Uley, no puedo tolerar las cadenas y querría ver que estos pobres hombres sean tratados más razonablemente.-Hizo una pausa hasta que el último de los encadenados hubo subido a bordo; y entonces continuó-: Ahora ellos están en, su barco, capitán. Le ruego que haga cortar las cadenas y que se asegure de que serán bien tratados.

- ¡Señora! –La boca de él apuntó hacia arriba cuando él sonrió, y sus ojos negros se encendieron con cálidas luces-:
No puedo negarme. Me ocuparé de ello inmediatamente.
- ¡Señor! -El cortante ladrido de Eleazar lo detuvo-. ¡Se lo advierto! Están a cargo mío y yo daré las órdenes...

El capitán Uley levantó una mano para interrumpirlo y miró nuevamente esos ojos suaves e implorantes de color marron chocolate.

- ¡La señora Cullen tiene razón! -dijo galantemente-.

Ningún hombre debería ser cargado con cadenas de hierro. Con la sal los eslabones herirían la piel y las llagas demorarían semanas para sanar.

El indio tomó impulsivamente la pequeña mano de Bella y la besó con fervor.

-Me ocuparé de satisfacer sus deseos, señora -dijo y se alejó a toda prisa.

Eleazar resopló disgustado pero supo que había perdido. Giró sobre los talones y se alejó.

Contenta con su victoria, Bella lo vio alejarse y una sonrisa de satisfacción curvó, sus hermosos labios. Pero al percatarse de que ahora se hallaba sola en el muelle, recogió su falda y empezó correr hacia el bar¬co. Unas fuertes pisadas la siguieron y cuando ella, con el corazón pal¬pitándole violentamente, se volvió, encontró a Jasper a sus espaldas. Después de todo, no había nada que temer, pero fue la sonrisa lenta y divertida de Jasper mientras miraba alejarse a Eleazar lo que le dio motivos de desconcierto.

Mucho antes del amanecer Bella fue despertada por el sonido de voces en la cubierta principal. Todavía amodorrada por el sueño, levantó la cabeza de la almohada pero no vio luz de la mañana por las pequeñas ventanas de la cabina.
Más gritos llegados desde arriba le indicaron que el barco estaba siendo llevado, por medio de la ca-dena del ancla, hacia la corriente principal del Támesis. Con un ligero balanceo, el barco quedó libre y en seguida se afirmo cuando fueron izadas las velas para aprovechar la brisa de, la madrugada que soplaba hacia el mar. Con el suave balanceo del barco, Bella pronto volvió a hundirse profundamente en el sueño. .
La primera noche de la travesía, Isabella fue formalmente invitada a compartir la mesa del capitán con varios de los oficiales y Eleazar . Durante las semanas siguientes ello se convirtió en una rutina y muy a menudo en el mejor momento del día. Servía para romper la mono¬tonía del viaje. cada vez que el grupo se reunía para la comida de la no¬che, compartir unas copas de vino de la fina y variada provisión y charlar un poco. El cocinero francés era un hombre de considerable talento y las comidas eran servidas con una agradable nota de decoro por un joven muchacho inmaculadamente vestido de blanco. Habiéndose relacionado con el capitán y sus oficiales durante varios días, Bella disfrutaba de esos momentos y desplegaba su ingenio más vivo y encantador frente a las caballerescas atenciones de ellos. Sin embargo, Eleazar se mostraba renuente a participar en estas reuniones. Hubiera podido abstenerse completamente pero sus únicas otras opciones eran cenar con la tripula¬ción o a solas sobre cubierta. Solía gruñir en protesta ante la abundancia de la comida y tuvo la grosería de comentar, después que hubieran sido servidos siete platos de deliciosas viandas y cuando estaban disfrutando de un postre de frutas abrillantadas y almendras azucaradas, que él hubie¬ra preferido un buen guiso de riñones galés. Su comentario fue recibido con miradas en blanco de los otros comensales.

Era la noche del tercer domingo de viaje, después de un día hermo¬so y radiante. El bergantín navegaba ligeramente a sotavento y una brisa regular llenaba sus velas. Isabella se sentía alegre cuando se diri¬gió a la cabina del capitán para la acostumbrada comida nocturna. Con el pequeño navío cada vez más cerca de su casa, ella sentía una creciente expectativa. El sol se había puesto pero lo reemplazaba una brillante luna nueva. El aire era tibio y perfumado, porque se encontra¬ba cerca de los climas del sur.

Desde alguna parte bajo cubierta podía oírse una voz que cantaba en un rico registro de barítono. La canción seguía el ritmo lento y suave balanceo del Matguerite, que seguía tejiendo millas con su quilla. La brisa se llevaba las palabras de la canción y las dispersaba sobre el mar, pero a veces los versos llegaban claramente a cubierta, a los oídos de Bella .

Isabella miró pensativa el cielo estrellado mientras la melodía iba invadiéndola, y casi pudo imaginar al amor de su propio corazón, sin rostro y sin nombre, llamándola mientras se le acercaba sobre las aguas. Cierta extraña cualidad de esa voz la fascinaba con su magia y ella se dejó acunar por ese hechizo a medida que las palabras eran en¬ tonadas:

Cuando estoy solo con mi corazón
En la negra noche. O el inmenso mar
Mis pasos encuentran a la luz del amor
El camino que me lleva hacia ti.

Unos brazos tibios y fantasmales parecieron rodearla y Bella cerró extasiada los ojos. En su mente oyó un ronco susurro: "Entrégate a mí. Entrégate a mí", y sus sentidos giraron en vertiginoso deleite. La visión se agigantó y se convirtió en unos ojos jade y un rostro her¬moso. " ¡Maldita perra tramposa!".

La ilusión destrozada, Bella abrió los ojos. Juró entre dientes, dio media vuelta y se dirigió a la cabina del capitán llamó a la puerta y la misma se abrió inmediatamente y el hombre moreno se inclinó en una extravagante reverencia.

- Aaahhh, señora Cullen! Está usted demasiado radiante para describirla con meras palabras -exclamó el capitán Uley-. Soy su humilde servidor, señora, ahora y siempre. Entre. Entre.

Bella se obligó a sonreír y entró. Pero en seguida se detuvo sor¬prendida al percatarse de que ella y el capitán estaban solos en la cabina, con la excepción del muchacho que aguardaba pacientemente para servirles.

- ¿No hay nadie más esta noche? -preguntó extrañada.
Sam Uley la miró con ojos brillantes y se acarició su fuerte mentón.
.

-Mis oficiales tienen obligaciones que los retienen en otra parte, señora Cullen.
- ¿Y el señor Denalí ? –Bella lo miró con cierta irritación y se preguntó qué pretexto tendría el capitán para la ausencia de Eleazar.

-Ah... él... –Sam Uley rió y se alzó de hombros-. Descubrió que la tripulación estaba comiendo carne salada y frijoles y convenció al cocinero de que le enviara un plato.
De modo, que señora ... ah... -Aparentó tener dificultades con el nombre de ella Y, en seguida trató de tomarle una mano Y dijo, en tono zalamero-: ¿Puedo dirigirme a usted por su apellido de soltera, Bella?

Con una sonrisa triste, Bella retiró firmemente la mano. Sin¬tió curiosidad por lo que pensaría la señora Uley de las inclinaciones amorosas de su marido y su evidente imparcial afición a las mujeres. Prefirió dejar la dura disciplina a cargo de esa mujer en vez de hacer una escena embarazosa, se mostró indulgente con el hombre Y habló con gracia.

-Capitán Uley , conocí a mi esposo sólo por muy breve tiempo Y lo perdí hace menos de un mes. El trato que usted propone me resul¬taría demasiado penoso. Por favor, discúlpeme. Vine aquí buscando la compañía de muchos a fin de enmascarar mi dolor. Le ruego que perdo¬ne mi duelo. Mi marido tenía modales encantadores Y usted ha desper¬tado recuerdos de momentos felices que compartimos, aunque fueran tan breves. Si me excusa esta noche, señor, debo buscar tranquilidad en otra parte.

Sam hizo ademán de seguirla pero Bella alzó una mano para detenerlo.

-No, capitán. Hasta para la soledad hay momentos. -Su voz tem¬bló tristemente mientras el aroma que flotaba en la cabina la hizo recor¬dar el hambre que sentía-. Pero hay una cosa...

El capitán Uley asintió ansiosamente con el cabeza, deseoso de complacerla.

- ¿Podría enviar más, tarde, a mi cabina, un plato de cualquier cosa? Sin duda, para entonces podré soportar la vista de la comida.

Hizo una deliciosa reverencia Y cuando se irguió los ángulos de su hermosa boca sonrió traviesa mente.

-Déle saludos míos a su, esposa cuando lleguemos a Los Camellos, capitán.

Antes de que él pudiera recobrarse, Bella huyó Y cerró violenta¬mente la puerta tras de sí. El sonido de sus pisadas apresuradas resonó en la quietud del pasadizo pero ella respiró aliviada cuando estuvo nuevamente sobre cubierta Y vio a Jasper.

El estaba alimentándose con una buena porción de carne salada, galletas marineras y frijoles. Cuando apareció ella, él levantó la vista de su plato, la miró un momento Y en seguida asintió, sin necesidad de explicaciones para comprender la razón de la huida de ella de la cabina del capitán. La fuerte inclinación de Sam uley hacia las mujeres no era un secreto entre los hombres de Los Camellos.

Bella caminó pensativamente a través de la cubierta hacia el lado de sotavento de la nave. Las nubes adquirían tonos oscuros con bordes de plata cuando pasaban entre la alta luna y el mar suavemente ondulado. Las leves brisas acariciaron a Bella. La noche era serena, silenciosa sal¬vo por el ruido del agua al pasar debajo del casco, Y el crujir de cordajes y mástiles. El barco parecía cantar una canción propia, un rítmico susurro de sonidos acompasado con el ligero subir y bajar del casco cuando pasaba sobre las olas.

Bella soltó un largo suspiro Y se apartó de la borda. Pese a todo su previo buen humor, ahora sentíase pensativa Y solitaria, como si la no¬che hubiera perdido su sabor. La voz proveniente de abajo le había arre¬batado su felicidad y ahora sólo pudo preguntarse cómo hubiera sido compartir un lecho nupcial durante toda una larga noche.



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1 comentario:

  1. holaaaaa que eespectacular que estuvoo estee capiii...bueno ya quieroo que vuelva a aparecer edward por que seguramenteee que va a querer vengrase despues del o que paso con bellaaa...nos leemos en el proximo besoss!!!

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