miércoles, 5 de enero de 2011

Por siempre amantes

Capítulo Once

Bella tomó el auricular, medio dormida. -Bella, soy Esme.
Bella se incorporó, frotándose la cara. El sonido de la ducha llegaba hasta ella y cuando miró el despertador, vio que era muy temprano.
- ¿Ocurre algo?
- Nada, Solo llamo para preguntar si las niñas pueden quedarse unos días más. Los nietos de mi vecina están de vacaciones y creo que podrían pasarlo muy bien -explicó la mujer-. ¿Está Edward por ahí?
- Sí, un momento -dijo Bella, cubriéndose con una sábana para abrir la puerta del baño.
- ¿Ese ruido es la ducha?
- Sí.
- ¿Estás en el dormitorio de mi hijo? Bella se quedó parada.
- Pues... yo, la verdad es que sí -contestó por fin. En realidad, no sentía ninguna vergüenza.
- Gracias a Dios.
- ¡Esme!
- Cariño, quizá un poco de sexo os ayude a daros cuenta de que estáis hechos el uno para el otro.
Bella soltó una carcajada. Adoraba a aquella mujer.
- No pienso hablar de eso, Esme Cullen -le dijo. Edward sacó la cabeza de la ducha en ese momento-. Es tu madre. Que tiene mucha cara -añadió, sobre el auricular.
Bella iba a salir del baño, pero él la sujetó tirando de la sábana.
- Claro que pueden. No, nosotros no vamos a movernos de aquí -dijo Edward, inclinándose para besar a Bella-. Sí mamá. La quiero.
- Yo también te quiero -murmuró ella.
- Eso es lo que pienso hacer -dijo Edward entonces, quitándole la sábana y mirándola con clarísimas intenciones-. ¿Cuándo tienes que quitarle los puntos a Nessie?
- Mañana.
- ¿Te importa si se los quita el médico de mi madre? -preguntó. Bella negó con la cabeza-. No le importa. Adiós -se despidió Edward, tirando el teléfono sobre una pila de toallas y tirando después de Bella para meterla en la ducha con él-. Buenos días -murmuró sobre sus labios.
Bella se sujetó a sus hombros, preguntándose si le quedaría energía; pero obtuvo la respuesta cuando él empezó a chupar uno de sus pezones, pasando la lengua por la punta una y otra vez hasta que pensó que iba a derretirse sobre el suelo de azulejos.
Edward hincó una rodilla en el suelo para enjabonar sus muslos, murmurando algo sobre amarla toda la vida y Bella sintió una punzada de tristeza; ella no estaría allí para eso. Pero la tristeza desapareció cuando él la cubrió con su boca.
- Me encanta cómo sabes -murmuró Edward, incorporándose. Sin darle tiempo a reaccionar, la aplastó contra la pared de la ducha, levantó una de sus piernas y se introdujo dentro de ella.
- ¡Oh, Dios!
- Tenemos años que recuperar, cariño.
- ¿Y piensas hacerlo en un fin de semana?
- Tardaría una vida entera -murmuró él, apartándose y volviendo a entrar en ella de nuevo- y ni siquiera eso sería suficiente.
Bella lo miró a los ojos mientras la amaba, preguntándose si sería capaz de abandonarlo después de haber probado la vida con él. Y rezó, escondiendo la cara en sus hombros, pidiendo un poco más de tiempo.


Edward había salido para dar de comer a los caballos cuando sonó el timbre. Era un mensajero con un sobre a nombre de Isabella Swan. Ella suspiró. Eran sus facturas, que Angela le enviaba desde Georgia. Cuando abrió el sobre y vio el aviso de pago de su préstamo universitario, volvió a suspirar.
Tendría que pedir otro préstamo y utilizar su futuro sueldo como médico para pagarlo. La angustia por su situación económica hizo que empezara a dolerle la cabeza. Cada vez que pensaba en ello, se daba cuenta de lo poco que tenía en la vida; facturas, un coche estropeado, sus muebles en un guarda muebles... No mucho para una mujer de su edad, pensó.
Iba a echar de menos aquella casa, pensó mientras doblaba una camisetita rosa. Cuando se la llevó a la cara para olerla, dos caritas idénticas aparecieron en su mente. Nessie, brillante y llena de energía y Vanessa, un poco tímida y siempre risueña. Tan parecidas y, sin embargo, tan diferentes. Las echaba de menos.
El sonido del teléfono la sobresaltó.
- Hola, Bella.
- ¡Nessie, estaba pensando en vosotras! ¿Qué tal estáis?
- Muy bien. Hoy hemos montado a caballo.
- Qué bien.
- Bella, mi hermana ha estado dando saltos -escuchó la voz de Vanessa.
- ¿Que has hecho qué?
- ¡No tenías que decirlo, Vanessa!
- ¡Pero es verdad!
- ¿Y qué ha dicho vuestra abuela? -preguntó Bella, alarmada.
- Mi abuela es la que me ha enseñado a saltar.
- ¿Vuestro padre sabe eso?
- Pues...
-¿Lo sabe o no?
- Sí.
- Ah, entonces, de acuerdo. Nessie, estoy muy orgullosa de ti. Yo no puedo sentarme sobre una silla sin morirme de miedo.
- Mi papá puede enseñarte. Es fácil. Bella miró el montón de facturas que había sobre la mesa. No quería decirles que no estaría allí tiempo suficiente como para aprender y decidió hablar de otra cosa. Cuando colgó, apretó el auricular contra su pecho, con los ojos llenos de lágrimas. Amaba a Edward, a sus hijas, amaba aquella casa, pero no podía tenerlo todo. En realidad, nunca había tenido nada. Su vida había consistido en ir de trabajo en trabajo para pagarse los estudios y una habitación de alquiler. Estaría muy ocupada durante los próximos años y demasiado lejos como para que aquello funcionara. Edward y las niñas se merecían algo mejor. Se merecían una madre.
Ante ella se presentaba un futuro solitario. Un futuro sin sonrisas por la mañana, sin un hombre que la hiciera sentirse protegida. Ser médico no significaba mucho sin alguien con quien hablar por las noches. Pero no estaba acostumbrada a compartir sus penas con nadie. Era muy arriesgado depender de alguien para ser feliz. Lo había hecho una vez y había sufrido tanto que pensó que nunca se recuperaría.
Bella tenía que recordar sus obligaciones en el hospital, pero... ¿para qué valía un médico que no puede curar su propio corazón? se preguntaba.
Edward se quedó parado en la puerta de la cocina, mirándola. Bella tenía la cabeza apoyada sobre la mesa. Estaba llorando. La amaba tanto... pero lo inevitable seguía pendiendo sobre sus cabezas como una nube negra. Bella debía marcharse y él no sabía qué hacer para convencerla de que se quedara.
Se le estaba escapando el tiempo de las manos.
Aquella noche, Edward la hizo olvidar. Nadaron juntos en la piscina, desnudos, le hizo el amor bajo las estrellas y la abrazó durante toda la noche, incapaz de dormir por miedo a que ella desapareciera sin decir nada.


Bella entró en el establo.
- Muy bien, jefe. Los caballos tienen agua y los pollos, pienso. ¿Qué más hay que hacer?
- ¿Quieres darte un revolcón en la paja? -preguntó Edward. Bella se apoyó en la puerta, sonriendo. Con aquellos vaqueros ajustados y la camiseta negra que marcaba sus músculos, lo que hubiera deseado era desnudarlo allí mismo.
- Tú lo que quieres es montar algo que no sea un caballo.
- No es mala idea -dijo Edward, besándola en los labios.
- Aún tengo que darle de comer a los cerdos.
- Ten cuidado -la advirtió él.
- Les tiraré la comida y saldré corriendo -sonrió Bella.
- Date prisa. Tengo planes para más tarde.
- ¿Algo que me va a gustar?
- Te ha gustado siempre -contestó él, mirándola de arriba abajo.
- Eres un arrogante.
- Esta mañana no decías eso.
Bella se puso colorada al recordado. Se había despertado, excitada por lo que creía un sueño erótico, pero pronto se percató de que no lo era.
- Te has aprovechado de mí.
- Es verdad, cariño -dijo Edward, sin remordimiento alguno-. Tenerte desnuda a mi lado es una tentación demasiado fuerte.
Era el día libre de los peones y Bella estuvo a punto de desnudarse allí mismo y volver a tentarlo.
- ¿Cuánto tiempo tendré que esperar? -preguntó, sin vergüenza alguna.
- Una hora, más o menos.
- ¿Nos vemos en el porche para comer?
- Para entonces estaré muy hambriento -contestó él.
- No estaba hablando de comida.
- Yo tampoco.
Riendo, Bella salió del establo y entró en la cochiquera, amenazando a los cerdos con convertirlos en chuletas mientras les tiraba la comida. Después de darse un baño en la piscina, empezó a preparar el almuerzo.
Y esperó a Edward. Y esperó.
Preocupada, se dirigió hacia el establo y lo encontró inclinado sobre una yegua con el vientre muy hinchado. Un nuevo potro estaba a punto de llegar al mundo.
- Vale, te perdono por llegar tarde. ¿Quieres que llame al veterinario?
- Ya lo he hecho, pero no podemos esperar -dijo él, sin levantar la mirada-. Necesito que me ayudes, cariño.
- ¿No lo dirás en serio?
- Tú eres médico. Puedes hacerlo.
Bella se inclinó sobre el animal, nerviosa, y empezó a palparle el vientre.
- Al potro se le ha enganchado un casco y puede rasgarle el útero.
- Eso era lo que me temía -murmuró Edward, acariciando la cabeza del animal con ternura.
- Déjame ver si puedo... -empezó a decir Bella, metiendo la mano dentro del vientre de la yegua para intentar colocar al potrillo.
En la distancia escucharon el ruido de un coche.
-Señor Cullen -oyeron una voz femenina unos segundos después.
Bella estaba sacando el brazo cuando la mujer entró en el establo. Edward la presentó como Leah Clearwater, la veterinaria de Aiken.
-Muy bien, Jane, lo estás haciendo muy bien -murmuró la mujer, tocando el vientre de la yegua. Después, se volvió para mirar a Bella-. Encantada de conocerla. No sé si sabe que todo el mundo habla de usted.
Bella frunció el ceño.
- ¿Por qué?
La veterinaria sonrió, sin dejar de ocuparse del animal.
- Porque todas las mujeres del condado han intentado alguna vez que Edward se fijase en ellas.
- Edward se fijó en mí hace muchos años -dijo Bella-. Me parece que juego con ventaja.
- Para mí nunca ha habido otra mujer más que Bella -sonrió Edward.
Bella contuvo el aliento, emocionada por aquella declaración de amor.
- ¿Por qué no vais a dar un paseo? - rió la veterinaria. Edward la miró, escéptico-. Venga, fuera de aquí -insistió la mujer. Bella se levantó, pero Edward no parecía convencido-. Aprovecha el tiempo. Me han dicho que se marchará pronto.
¿Todo el mundo conocía su vida?, se preguntó Bella, asombrada. Edward la tomó por la cintura mientras se dirigían a la casa.
-El almuerzo se habrá enfriado.
-A la porra el almuerzo -dijo él-. ¿Qué te pasa?
Bella suspiró, apoyando la cabeza sobre su hombro.
-Echo de menos a las niñas.
Pero él sabía que no era solo eso. Tenía que marcharse y los dos lo sabían. La idea hizo que su corazón se encogiera.
Cuando entraron en la casa, Edward le hizo un gesto para que mirase la mesa del salón y Bella se quedó atónita. Sobre ella, adornado con un lazo azul, había un maletín de médico de piel negra. Sobre él, una tarjeta:
Sabía que podías hacerlo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
-Pensé que odiabas mi carrera.
-Tú no odias la mía, ¿verdad?
-No.
Edward la tomó por la cintura.
-Estoy muy orgulloso de ti. No todo el mundo tiene tanto coraje.
-Querrás decir que no todo el mundo es tan cabezota.
-Eso también -sonrió Edward-. Te quiero, Bella. Y quiero un futuro contigo.
-Ahora mismo, yo... No es justo para las niñas.
-¿Te estás negando a pensado siquiera?
-No -dijo ella-. Pero estamos hablando de dos años, Edward. Dos años de prácticas.
-Han pasado siete y mis sentimientos por ti no han cambiado. Al contrario -dijo él, mirándola con una tristeza que Bella no había visto hasta aquel momento-. Creí que a ti te había ocurrido lo mismo, pero veo que me había equivocado.
-No estabas equivocado -murmuró Bella.
-Entonces, quizá tienes miedo de compartir tu vida conmigo -replicó Edward, furioso-. Yo sé lo que quiero, Bella -añadió, saliendo del salón.
Cuando estuvo sola, Bella miró el maletín. Sobre una chapita de metal estaba grabado: Doctora Isabella Cullen Swan.

4 comentarios:

  1. holaaaaaa mee encantoo!!! bueno estoss doss jaaj quierenn recuperar el tiempo perdidoo...y el llamado de esme me causo mucha graciaaa...all parecer edward tiene en claro lo que quiere peroo bella estaaa ahii indecisaa...y lo que edward le regaloo fue un muy lindo detalle y cuando leyo la chapita lo que deciaa guauuu ...bueno esperooo que puedann estar juntosss...nos leemos en el que sigue besoss!!

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  2. Ahhhh..me encantó el capitulo..ojala lo piense mejor y no lo deje. Él esta dispuesto a esperarla....dios mio...que hombre, mis felicitaciones Pescui; como siempre me dejaste sin aliento. Besos, nena.

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  3. Hola hay yo amo a este Edward,,,,,ya regrese jajaja bueno medio por k todabia no tengo internet por k a qui mi muy apreciado vecino y su senal nos la presta,,!!si como no!! jajajaja bueno esque mis aparatos se descompusieron ajajaja...... no me despido y nos seguimos leyendo

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  4. Wow, que detalle tan lindo lo del maletín, estos dos son unos pícaros consumados y cabezotas en potencia.

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