martes, 13 de diciembre de 2011

La Hija Del Coronel

Capítulo 13

Edward agarró la cadera de Bella con la mano izquierda. La derecha, la deslizó hasta
su sexo donde comenzó a trazar suaves y lentos círculos, rozando con la yema de los
dedos el brote de su clítoris. La acarició hasta que ella se quedó sin aliento. Hasta que
se aferró a las sábanas y un nuevo rubor le cubrió la piel pálida.

Tras habérsele negado el climax tantas veces, ella comenzó a implorar.

—Por favor, Edward. Ahora. Dios, ahora…

Volvía a estar a punto de correrse. Edward no iba a impedírselo esta vez.

Colocó las manos sobre sus muslos abiertos, los separó aún más, y, apretando los
dientes, empujó con fuerza en su interior.

El canal de Bella cedió lentamente. Aunque Edward sentía el latido de su corazón en
los oídos, el grito femenino se abrió paso en su mente. Pero no había vuelta atrás. Se


deslizó dentro de ella. Luego la agarró por las caderas, las alzó hacia él e inclinándose
sobre ella, introdujo su miembro un poco más.

Por fin, estaba dentro. Por completo.

Estremeciéndose, Edward se dio cuenta de que jamás se había sentido tan bien
con una mujer. Era como estar en… casa. Antes de Bella, no lo había echado de
menos. Ahora, de una manera primitiva y elemental, Edward supo que ella era suya.

Bajo él, ella se retorció sobre las sábanas blancas y lo observó con los ojos color chocolate y brillantes por las lágrimas no derramadas. Quizás debería de
haber ido un poco más despacio. La culpa ante su dolor lo inundó.

—Lo siento —gimió él.

—Ahora es cuando viene la mejor parte, ¿verdad? —jadeó ella—. Ni se te ocurra
detenerte ahora.

Bella debía de haber perdido el juicio si pensaba que él podría retirarse en ese
momento. Pero estaba resuelto a aliviar su dolor.

Obligándose a permanecer inmóvil, a pesar de todo el esfuerzo que le costó, Edward
hizo girar de nuevo las yemas de sus dedos sobre el clítoris de Bella, aliviándola y
enardeciéndola al mismo tiempo. Le llevó un momento conseguirlo, como si el
cuerpo femenino se hubiera replegado ante la invasión de su miembro. A Edward le
hervían los testículos mientras mantenía su miembro envuelto en aquella funda, pero
no se movió ni un centímetro. Emmet pareció comprender su propósito y se dispuso
a ayudarlo acariciando los pezones de Bella y besándola profundamente en
la boca.

Poco después, Edward sintió cómo ella se tensaba en torno a él, apretándolo todavía
más. Se estremeció y jadeó. La explosión era inminente. Maldición, era
asombrosa. Edward quería que Bella se corriera ahora… por si acaso el resto del
coito era demasiado doloroso esa primera vez.

Bajo sus dedos, los sollozos femeninos se convirtieron en gemidos. Los gemidos
en súplicas, y, por fin, las súplicas en un grito espectacular de liberación cuando todo
su cuerpo se arqueó hacia él, y su sexo lo apretó con un agarre desesperado,
casi robándole el control y el semen.

Dios, era hermosa así unida a él, despojada de cualquier brizna de control ante el
placer…


Edward se tensó ante la promesa de éxtasis que tentaba a su pene. Apenas logró
controlarse.

Pero había esperado demasiado tiempo a estar dentro de Bella para correrse a la
primera de cambio. Ella había esperado demasiado para su primera vez y no iba a
dejar que todo acabara en un santiamén. De alguna manera, tenía que conseguir
que aquella primera vez fuera especial para ella. Memorable. Incluso aunque ella los
abandonara después de que pasara el peligro, él quería que lo recordara. Quería
formar parte de su corazón como ella formaba parte del suyo.

Cuando los estremecimientos del orgasmo remitieron y las paredes de su sexo
lo acariciaron con lentas palpitaciones, Edward se retiró un poco, hasta que sólo el
glande permaneció en el interior de la vagina, y luego volvió a penetrarla. Comenzó a
marcar un ritmo lento y suave, pensado para deslumbrarla. Ella respondió desde el
principio a sus caricias, jadeando, ciñéndose en torno a él, mirándolo con los ojos
llenos de admiración.

—Edw…ard. Tú… er… ¡Oh, Dios mío! —jadeó ella—. Ese roce es…

—Eso es, gatita. —Él también lo sentía. Sin el látex entre ellos, el roce piel contra piel
los recompensaba con las sensaciones más asombrosas. Pero no se trataba sólo
de algo físico; él podía sentir a Bella en todas partes, de todas las maneras posibles,
dentro y fuera y quería que ella también lo sintiera.

No creía que fuera fácil conseguir que ella se corriera de nuevo. Normalmente las
vírgenes no alcanzaban el orgasmo en el primer coito. Bella acababa de tener un
climax mortífero. Pero él siguió intentándolo… deslizando lentamente su glande
desnudo por las paredes vaginales, rozándolo contra su cerviz mientras ella lo acogía
en su interior.

Iba a intentar con todas sus fuerzas que ella alcanzara un último estallido de placer.

Doblando las rodillas, Edward se aseguró de que el extremo de su pene rozara contra
la pared superior de la vagina de Bella, deslizándolo suavemente hasta que ella
contuvo el aliento, hasta que se tensó en torno a él. Había encontrado su punto G.
«¡Te tengo!», pensó él con una sonrisa.

—¿Quieres volver a correrte? —preguntó él, aguijoneando aquel nudo de nervios.

Ella asintió débilmente con la cabeza y se volvió a tensar en torno a él.

—¿Lo harás conmigo?


Cuando él se sumergió de nuevo, el roce casi lo hizo poner los ojos en blanco.

—Oh, por supuesto.

Emmet le acarició a Bella las húmedas mejillas, apartándole con suavidad el pelo de la
sien.

Se acomodó su lado y, enterrando la cara en su cuello, comenzó a provocarla con sus
palabras.

—Eres asombrosa —le murmuró al oído—. Quiero que te abras. Has aceptado
cada centímetro de Edward a la perfección. Quiero ver cómo te corres de nuevo.
¿Puedes hacerlo por mí? La mera visión me pone a cien. No quiero ni imaginar qué
provoca en Edward.

Cielos, su primo era muy bueno para estimular la imaginación de una mujer. Un
mental frenesí de deseo siempre se traducía en un éxtasis corporal. Pero por si
acaso, Emmet apartó los dedos de Edward de su clítoris y los reemplazó con los suyos.

—Aaaahhhh —gimió Bella, moviendo la cabeza frenéticamente de una manera
que decía que estaba camino de alcanzar el orgasmo de nuevo.

Demonios, Emmet incluso lo había provocado a él. Eso y ver cómo su grueso pene
desaparecía en el interior de Bella, cómo ella se dilataba para él, tomándole
por completo. Mientras miraba cómo su miembro penetraba en el cuerpo
femenino, Edward supo que ella lo acogía de buen grado porque él le importaba.

Aquel pensamiento casi lo hizo explotar.

—¿Te gusta sentirlo dentro de ti, cariño? ¿Te gusta sentirte llena?

Ella asintió frenéticamente con la cabeza mientras él volvía a rozarle el punto G con su
pene y Emmet continuaba acariciándole el pequeño brote del clítoris. Bella le
agarró el brazo, cogió a Emmet por el pelo y gimió.

—Me encanta observar cuánto te gusta esto, tan entregada y excitada —masculló Emmet.

Edward tragó saliva, intentando detener la creciente necesidad de correrse y
centró su atención en Bella, en su cuerpo, en las señales que emitía. Parecía
estar llegando al climax. Ojalá no tardará mucho. «Por favor…».

—Cuando estás a punto de correrte, tus pezones están preciosos, enrojecidos y duros.



Emmet se inclinó sobre ellos, los mordisqueó y los succionó, con un ritmo lento y
metódico, como si no tuviera otra cosa que hacer en todo el día.

Bella latió en torno al miembro de Edward, se tensó con fuerza.

Ella buscó la mirada de él, implorando con aquellos ojos color chocolate, cerca del
pánico. Edward la animó.

—Sí, gatita. Eso es. Córrete por mí. Quiero sentirte…

—Bésame —le rogó ella.

Tras una rápida mirada a Emmet, que asintió con la cabeza, Edward se inclinó y apoyó su
vientre sobre el de ella. Luego se rozaron sus pechos. El contacto fue ardiente, y
Edward contuvo el aliento ante las impactantes sensaciones. Luego asaltó sus
labios, fusionando sus bocas. «Oh, demonios…». Era caliente por dentro y por
fuera. El sudor cubría ambos cuerpos, produciendo fricción en cada punto de contacto.
Aquello pezones duros se deslizaron por su torso, y ella jadeó entrecortadamente.

Edward movió su cuerpo con la misma violencia que su boca, aferrándose a las caderas
de Bella con cada posesivo envite. Ella le rodeó con las piernas y lo atrajo
todavía más profundamente en su interior. Él se estrelló contra ella una y otra
vez. Y otra. Retorciéndose, Bella gimió con fuerza. La sangre corrió por sus venas. Los
corazones latieron a un mismo ritmo desesperado.

Bella gritó en su boca. Su cuerpo se convulsionó bajo él, y Edward la apretó con
fuerza, bombeando en aquella apretada funda rítmicamente y sin piedad.

Luego, una luz ardiente y cegadora lo envolvió, consumiendo todo su cuerpo. La bola
de fuego descendió desde la base de su espalda hasta sus testículos que se tensaron y
estremecieron con una fuerza que lo dejó sin aliento. Inmediatamente después, un
sublime placer estalló en su miembro, y algo se abrió paso en su pecho cuando se
vertió en ella, inundándola con su pasión, con su semen. Algo que se parecía
sospechosamente al amor.

La luz del amanecer entraba por una pequeña ventana a la izquierda. Bella parpadeó,
y miró a su alrededor del dormitorio desconocido. Una cama antigua, un tocador igual
de antiguo, una enorme mecedora vacía en una esquina…

Luego lo recordó todo. Louisiana. La bomba. Su padre. La cabaña de Marco Vulturi. La
noche anterior. Edward penetrando en su cuerpo. Emmet observando cada instante
mientras la alentaba con sus palabras provocativas.


Después de eso, Bella no recordaba nada más.

—Buenos días —le murmuró Emmet al oído.

Él se acurrucó más cerca, el calor emanaba de él como de un horno. Algo en la manera
de saludarla, en la manera en que la rodeó con los brazos y la acercó a su cuerpo, le
dijo a Bella que Emmet se había despertado excitado y preparado para algo más que un
saludo casual.

—Hola. —Bella ocultó su cara con timidez.

Era una locura sentir vergüenza después de todo lo que había hecho con él.

—¿Has dormido bien? —Le depositó unos suaves besos en el cuello, en la
curva de la garganta, en la curva de sus pechos.

—Mmm, como un tronco. ¿Y tú?

Emmet se acercó todavía más hasta que la parte delantera de su cuerpo estuvo pegada
contra el costado de Bella. La acerada longitud de su erección presionó contra la
cadera femenina en una pregunta silenciosa.

—No tan bien.

¿De veras? Emmet solía dormir bien, en especial después de… oh, él no se había corrido la
noche anterior. Ella había hecho el amor con Edward y luego se había quedado
dormida.

—No llegué a hacer nada contigo, ¿verdad? Te dejé…

—¿Con los testículos azules? —Emmet sonrió, haciéndole saber que estaba bien.

—Lo siento.

Con otra sonrisa sensual y un roce del pulgar sobre sus pezones, ligeramente
doloridos, Emmet dijo bromeando:

—¿Estás dispuesta a resarcirme? Es decir, si te apetece.

Bella vaciló al saber que Emmet quería hacer el amor con ella. ¿Cómo se sentiría
ella si aceptaba? ¿Cómo se sentiría Edward?


Isabella había sabido desde el principio que iban a compartirla. Edward y Emmet jamás
habían indicado otra cosa. Si sus intenciones hubieran cambiado, Edward hubiera
echado a su primo del dormitorio la noche anterior, ¿no?

Aun así, Bella vaciló. La noche anterior no sólo había habido sexo entre Edward y
ella. Y no era la única que se había dado cuenta. Edward la había poseído con
sentimiento y pasión. Y no había negado que la amara. ¿La convertía eso en amante
exclusiva de él?

Y si así fuera, ¿por qué era Emmet el hombre que estaba ahora tumbado a su lado, en
especial cuando Edward sabía que su primo siempre se despertaba excitado?

En vista de eso, Bella dudaba que lo de mantener una relación a tres bandas
hubiera cambiado.

Además, Edward parecía querer que Edward estuviera con ellos, casi como si fuera
su red de seguridad. Si ella quería tranquilizar a y alentarlo para que le
abriera el corazón y le contara sus secretos, decirle que no a Emmet no era una sabia
elección.

No es que fuera un sacrificio. Puede que Bella amara a Edward con todo su
corazón, incluso era posible que lo amara cuando tenía diecisiete años y apenas era
capaz de manejar las demandas que él provocaba en su cuerpo ni la fuerza de
sus sentimientos. Pero permitir que Emmet siguiera allí, era un pequeño precio a pagar,
si con eso conseguía que Edward permaneciera con ella. Además, ella adoraba a
aquel chef tan sexy y caliente. Su manejo de las palabras —y de las manos— era,
sencillamente, sublime.

Bella se contoneó, cambió de posición, para observar cómo se sentía.

—Estoy dolorida, pero no demasiado. Si eres suave…

—Por ti, cariño, sí.

—Mmm, antes necesito hacer una visita rápida al cuarto de baño. —Definitivamente
sentía cada una de las diez horas de sueño en la vejiga llena.

—Por supuesto. Te estaré esperando. Con impaciencia —bromeó él—, pero esperaré.

Ella depositó un beso de agradecimiento en su mejilla y rodó al lado contrario
con la intención de salir de la cama y atravesar el pasillo hacia el pequeño cuarto de
baño.


Pero se tropezó con Edward.

Ahora estaba despierto, pero allí, enredado entre las sábanas, parecía somnoliento.

El corazón de Bella dio un vuelco.

—¿Has dormido aquí?

Edward se puso tenso.

—Sí.

Bella no pudo contener una sonrisa de oreja a oreja.

—¿A mi lado?

—Sí. —Porque no había querido separarse de ella, decía su mirada.

Eso era nuevo. Era la primera vez que dormía con ella. Como… si hubiera
dado un poquito más de sí mismo.
Bella no se detuvo, no cuestionó su deseo, sólo lo abrazó y le plantó un suave beso en
la boca. La conexión que había surgido en la intimidad de la noche anterior, surgió
entre ellos una vez más, rápida y audaz. Él la rodeó con sus brazos y la colocó encima
de él, sobre una saludable erección. Cuando la apretó contra ella, el sexo de Bella
volvió a la vida.

—¿Estás bien? —le preguntó él.

—¿Y tú?

Los ojos chocolate se veían preocupados y tormentosos ante la pregunta.

Ella intentó preguntárselo con otras palabras.

—¿Si Emmet y yo…?

Él lanzó una rápida mirada a su primo mientras le acariciaba la espalda. En ese
instante, ella percibió vacilación, luego resignación.

—Sí. Emmet y yo compartimos. No es ningún secreto.


Puede que no hubiera sido un secreto, pero no parecía gustarle que ella
mantuviera relaciones con Emmet. Quería presionar un poco más a Edward, pero la
llamada de la naturaleza la reclamaba de manera insistente.

Mientras se ponía la bata blanca y atravesaba el pasillo en dirección al baño,
donde se encargó de sus necesidades y de cepillarse los dientes, Bella consideró
la reacción de Edward. Parecía no estar seguro de querer compartirla pero se sentía
obligado a ello por alguna razón que ella no podía entender.

Quería hablarlo con él. Emmet había estado convencido de que si ella persuadía a Edward
para que hiciera el amor con ella, éste le contaría todo su pasado. Pero sabía por
intuición femenina — y por haber estado viviendo con militares toda su vida— que no
iba a ser tan fácil. Los agentes de las fuerzas especiales estaban entrenados para
no divulgar información clasificada bajo ningún tipo de coacción o tortura. Ni
siquiera utilizando su mejor arma, conseguiría que Edward se fuera de la lengua.

¿Y ahora qué? Bella negó con la cabeza. Parecía que no podía hacer otra cosa
que dejarse llevar y ver cómo terminaba todo. No era su estrategia favorita. El coronel
siempre había sido partidario de los planes cuidadosos, pero a veces, a grandes males,
grandes remedios…

Guardó el cepillo de dientes y volvió a recorrer el pasillo. Emmet estaba tumbado en
medio de la cama como una pacha esperando a la mujer que le proporcionaría placer.
No resultaba difícil imaginarlo como algún tipo de príncipe nórdico con aquel
cabello rizado y oscuro , los ojos de color cobalto entornados de aquella manera
intrigante, y toda esa piel pálida.

—Ven aquí, cariño —murmuró él, abriendo los brazos.

Bella sintió un pequeño estremecimiento producido en parte por el afecto y en parte
por el deseo. Un deseo pujante. A Bella le gustaba Emmet, sencillamente lo adoraba.
Pero, ¿llegaría a amarle alguna vez con el mismo fuego incontrolado, con la misma
pasión arrolladora que sentía por Edward?

Entro en la habitación con vacilación. Sintió a Edward en la esquina, se giró y lo
observó, vigilante y silencioso.

Bella le tendió la mano. Él se la cogió y tragó saliva.

—Edward, si no quieres…

—Emmet lleva toda la noche esperando esto, esperándote a ti. Te necesita. Dios sabe
que yo no lo tocaré.


Bella sonrió ante aquella tentativa de humor, pero podía ver que se sentía desgarrado
por eso. ¿Por qué la compartía? ¿Por deber? ¿Por lealtad? Sencillamente, no lo
comprendía.

Y si le preguntaba, sabía que no le respondería.

—Supongo que entonces es cosa mía.

Soltando la mano de Edward, se subió a la cama, donde Emmet la recibió con un suave
beso. Con una tierna caricia, él le ahuecó la cabeza con la palma de la mano y la
deslizó por su cuello y su hombro.

—Eres tan suave, cariño. Voy a ser muy cuidadoso contigo.

«Dulce». Era la palabra que mejor describía a Emmet. Bella le acarició la cara.

—Suena muy bien.

Él le dio otro beso, un poco más largo que el anterior, un intercambio de alientos, un
suave roce de labios, y de lenguas. Unos minutos más tarde, Bella levantó la cabeza y
se dio cuenta de que, sólo con un beso, el corazón le latía como un pelotón militar de
marcha por el campo. Y que su sexo ya estaba… mojado. Pero faltaba algo.

Miró a Edward.

—¿Vienes?

No pasó ni un instante antes de que él diese dos enormes zancadas y saltase en la
cama a su lado.

—Tomaré eso como un sí.

Edward la empujó para que se tumbara sobre la espalda y cubrió su boca en
un beso arrollador y ardiente… rápido, intenso, voraz. Luego la hizo girar hacia Emmet,
arrancó la sábana de un tirón y la instó a tomar el miembro de su primo.

—Succiónale. Con suavidad. Juega con él. Pero no dejes que se corra.

Edward impartió las órdenes con la cara inexpresiva y dura como el granito. Bella
quería conocer las razones de su insistencia y su reticencia, pero Edward no se las diría
ahora, y ella lo sabía. Además, Bella quería mantener a Emmet a su lado, no sólo porque
eso era lo que quería Edward, sino porque, si bien Edward poseía su corazón, Emmet era
un magnifico amante.


Pero tampoco estaba dispuesta a permitir que Edward tomara el mando. Quería
que él también la tocara.

—¿Y tú qué vas a hacer? —lo desafió, pasándose la lengua por los labios.

—Anoche, Emmet casi te llevó al borde de la locura antes de que yo te poseyera. Ahora
vas a devolverle el favor.

Antes de que Anahi pudiera responderle, Edward la empujó hacia abajo. Emmet le deslizó
la mano en el pelo y la atrajo hacia sí, urgiéndola hacia su expectante erección.

Después de haber oído sin querer cómo Mike y Jacob discutían los méritos de una
buena mamada, Bella tenía algunos conocimientos más para avivar el fuego de Emmet.

Sonriendo, le pasó los dedos por el interior de los muslos, desrizándolos lentamente
hacia sus testículos. Él gimió cuando Bella bajó la mano hacia ellos, levantándolos y
ahuecándolos. Restregando con suavidad el pulgar por la tersa superficie, centró su
atención en la tensa longitud de su erección. Era enorme. No se podía negar que
estaba bien dotado. En eso, era evidente su parentesco con Edward. En eso y en
que siempre estaba duro. El glande de Emmet estaba tan hinchado que parecía una
ciruela, púrpura y deliciosa.

Bella deslizó la punta de la lengua a lo largo del pene, desde la base al glande,
lamiendo todo el recorrido y encontrando un sensible lugar en la parte inferior
que lo hizo jadear. Entretanto, buscó la piel suave de debajo de los testículos y
presionó allí.

Emmet contuvo el aliento y casi dio un brinco.

—Santo Dios…

Mientras él intentaba dominarse, Bella sintió a Edward observándolos por encima de
su hombro. Para comprobar si era así, pasó la punta de la lengua a lo largo del
miembro de Emmet, y Edward cerró los puños sobre ella.

Finalmente, Edward la puso de rodillas y le arrancó la bata, cubriéndole la
espalda con su cuerpo. Fue imposible ignorar el duro torso que se apretó contra su
espalda y la dura y desnuda erección que se pegó a su trasero.

—Bella, cariño. —Debajo de ella, Emmet arqueó las caderas hacia su lengua azuzadora.-
Tómame con la boca.


—Pronto —se burló ella, depositando una lluvia de besos sobre su vientre y pasándole
las yemas de los dedos por los muslos y las caderas. Al llegar al abdomen,
trazó la forma de su miembro con la lengua.

Emmet aspiró de forma audible.

—Vas a hacerme pagar por lo de anoche, ¿verdad?

No era una pregunta; Emmet conocía la respuesta. Bella sabía que no tenía ni un pelo de
tonto.

Aun así, ella sí se hizo la tonta.

—¿A qué te refieres? Edward ha dicho que juegue contigo.

Bella deslizó el dedo a lo largo de su miembro sin ejercer presión. Él rechinó los
dientes e intentó contenerse.

—Maldición, pero no que me vuelvas loco.

—Oh, ¿quieres correrte? —le preguntó ella, retrocediendo.

—Estaría bien —masculló él.

—Seguro. Pero ayer por la noche casi me llevaste al climax ocho veces para luego
dejarme con las ganas, así que tengo todo el derecho del mundo a tomarme la
revancha. Aún te quedan siete.

Ante esas palabras, Emmet salió de la neblina sensual en que se encontraba y abrió los
ojos. Oscura, hambrienta, insondable, centró la mirada en ella y le prometió vengarse
si continuaba por ese camino.

¿Acaso no la había sometido ya a la peor de las torturas? La elocuente mirada
masculina decía que no. Bella se estremeció.

Emmet le metió los dedos en el pelo y se lo agarró con un puño.

—No juegues conmigo, cariño. No podré ser suave y delicado si haces eso.

A sus espaldas, Edward se movió, instándola a bajar la cabeza otra vez.


—Sólo succiónale profundamente. Yo te diré cuándo debes detenerte. Si te apartas
antes de tiempo, descubrirás que Emmet se queda corto comparado conmigo en lo que
se refiere a negarte el orgasmo.

Bella no dudó ni por un momento de que Edward cumpliría esa amenaza de buen
grado.

Relamiéndose los labios, le brindó a Emmet una mirada ardiente y tomó su
miembro en la boca, conduciéndolo hasta su garganta.

Entre aplacado y excitado, Emmet la alentó con gemidos y palabras de ánimo. Ella
quedó satisfecha del resultado cuando una capa de sudor le cubrió el pecho y él
comenzó a follarle la boca con unos lentos envites de caderas.

Vaya, aquel hombre era, sencillamente, delicioso.

Pero Edward no se conformó con solo mirar. Por supuesto que no.

Todavía detrás de ella, volvió a cubrirle la espalda con su pecho y le acarició los
pechos, tomando los sensibilizados pezones entre el pulgar y el índice, y
pellizcándolo suavemente. El cálido aliento de Edward en su cuello la hizo temblar.

Luego él comenzó a hablar.

—Sigue succionándole y siénteme… aquí.

«Aquí» resultó ser la palma de su mano cubriéndole el sexo, presionándole el clítoris
con ella. Su sexo se inundó de deseo. Y, al instante, estuvo tan mojada que casi goteó.

Con manos ansiosas, le separó más las rodillas, y comenzó a trabajarla con los dedos.

—Podría seguir tocándote hasta que te corrieras —le gruñó Edward al oído—, pero
contigo voy a poner en práctica otra cosa. Voy a rodear con firmeza tu clítoris,
luego voy a tocarlo suavemente con la yema del dedo. Tan suavemente que te
preguntarás si lo has imaginado. ¿Me equivoco? —se lo demostró mientras
hablaba. Ante su gemido, él continuó—: Luego voy a atraparlo entre dos dedos y a
frotarlo lentamente.

Y así lo hizo. Bella se quedó sin aliento. Una sensación nueva la atravesó
cuando él atrapó su clítoris entre los dedos índice y corazón y lo acarició por los lados,
friccionándola hasta que prendió fuego a todo su cuerpo.


—Ahora, voy a empezar de nuevo y, de paso, acariciaré el resto de este ardiente
coñito húmedo. Pero no lo suficiente para que te corras.

Durante los siguientes minutos, él demostró lo mortalmente efectiva que era su
técnica. Con un grito, ella se retorció cada vez que él cambiaba de toque. Cada vez
que sabía que ella estaba a un par de caricias de correrse, cambiaba de tercio, y hacía
vagar sus dedos por otro lugar hasta conducirla a la locura.

Cuanto más excitada estaba Bella, más voraz era con el miembro de Emmet.
Gimió en torno a la gruesa erección, pasándole la lengua por el glande hinchado,
curvando los dedos en la base y apretándolos. Luego jugaba con sus testículos,
pasándole un dedo por debajo y restregando sus pezones por la superficie.

—Lo haces muy bien, cariño. —Emmet parecía sudoroso y estupefacto—. ¿Dónde
demonios has aprendido eso?

Bella no contestó. No podía. Además, no quería dejar de lamer cada delicioso
centímetro de Emmet.

El atractivo y sexy chef inspiró profundamente.

—No sigas. No puedo soportarlo más.

Eso le pasaba a ella también.

Edward seguía moviendo sus manos, cambiando la presión de su toque,
acariciando en aquella ocasión el nudo hipersensible de su clítoris. Un ligero y lento
roce de la yema del dedo masculino sobre su piel la llevó al límite otra vez. Oh… el
placer era cada vez más intenso, estaba a punto de acabar con ella. Se acercaba
un orgasmo atronador. Bella jadeó y se retorció, soltando el miembro de Emmet.

En cuanto ella hizo eso, Edward aligeró sus caricias electrizantes. Lágrimas de
frustración —y de necesidad— se agolparon en los ojos de Bella.

—¡No! —gimió ella.

—Sí —la contradijo Emmet, cogiéndola con insistente fuerza del pelo y obligándola
a encontrar su hambrienta mirada—. No puedo esperar a sentir cómo te corres en
torno a mí.

La agarró de las caderas y la aproximó hacia él, apartándola bruscamente del
agarre de Edward y montándola a horcajadas sobre su anhelante erección.


Cuando Emmet la empujó hacia abajo, arqueó a la vez las caderas, deslizándose dentro
de ella.

Y de golpe, Bella se sintió completamente colmada con aquella carne
increíblemente dura.

Él soltó un prolongado y ronco gemido. Y siguió penetrándola, hasta que ella
hubiera jurado que podía sentirlo en las amígdalas. El sexo de Bella estaba
definitivamente dilatado ante esa penetración, casi al borde del dolor.

Encima de él, ella gimió, se tensó, haciendo fuerza con los muslos para detener la
profunda embestida. Ambos fueron en su rescate levantándola ligeramente.

—¿Estás dolorida? —murmuró Emmet. Ella asintió débilmente con la cabeza.

—Un poco.

A sus espaldas, Edward la instó a bajar de nuevo sobre el miembro de Emmet mientras la
besaba en el hombro.

—Sólo duele un poco al principio, pero puedes tomarlo, gatita. Acéptalo entero.
Quiero ver cómo te corres.

Antes de que ella pudiera siquiera contestar, le exploró con la punta de los
dedos los pliegues mojados, y apretó su clítoris anhelante.

Emmet se hundió hasta el fondo al mismo tiempo que Edward le presionaba el clitoris. Su
grito se convirtió en un gemido cuando Emmet apretó su miembro contra la sensible cara
anterior de su vagina. Edward la acarició levemente con los dedos. La llevaban
casi al borde del éxtasis para a continuación retirarse a la vez en perfecta sincronía.

—Más duro. Ahora. ¡Más!

Apretando los dientes, Emmet entró en ella de nuevo, llenándola lentamente,
rozando el glande sobre su sensible punto G. Edward se tomó su tiempo describiendo
lentos círculos sobre el único lugar que la haría estallar en mil pedazos.

El deseo crepitante se convirtió en ardor. La presión en una necesidad imparable. Todo
se juntó, se concentró. Bella comenzó a jadear, sujetándose a los hombros de Emmet
para apoyarse y agradeciendo el soporte que ofrecía el brazo de Edward en su
cintura cuando las sensaciones la hicieron subir todavía más.


Luego comenzó a volar, ingrávida y jadeante. Subió, y siguió subiendo hasta que
explotó en un calor ardiente. Bella se estremeció, y su cuerpo se cerró firmemente
en torno al miembro, duro y tenso, que Emmet enterraba en su cuerpo mientras
que aquel intenso placer palpitante se extendía a través de su cuerpo como una
inyección de alcohol puro.

Tras unos minutos, Bella regresó a la tierra. Con los ojos cerrados, luchó por recobrar
la respiración. Estaba cubierta de sudor.

Dios, estaba cansada. Rendida. No creía tener fuerzas para más. Otro orgasmo como
ése y perdería el conocimiento.

Pero el roce del duro miembro masculino que llenaba su sexo, que se apretaba contra
su cervix la hizo regresar con una boqueada. Emmet apretaba los dientes y se aferraba a
sus caderas. No había terminado.

Casi con desesperación, Edward empujó la espalda de Bella. Ella cayó sobre el pecho
de Emmet, y éste la agarró y la urgió a separar los labios para enredar su lengua con la de
él, dominando su boca con un beso voraz.

Antes de que ella pudiera siquiera responder al asalto de Emmet, Edward comenzó a
moverse, indagando en su entrada trasera con un par de dedos lubricados. La
prohibida sensación de ese acto envió nuevas oleadas de deseo a los lugares
adecuados. Terminaciones nerviosas que ella había creído dormidas se excitaron. Se
sintió llena, por delante y detrás, dilatada, tensa.

Estaba claro que tampoco Edward había terminado con ella.

Echando la cabeza hacia atrás, ofreció la garganta a Emmet. Él aprovechó la
ocasión y le mordisqueó el cuello hasta alcanzar el lóbulo de su oreja con los dientes,
haciéndola estremecer con su cálido aliento sobre el hombro.

Oyó una especie de rasgadura. Oh, Dios, conocía el sonido. Edward estaba
abriendo un condón. Edward no podía estar pensando en…

La pecaminosa sonrisa de Emmet le dijo que Edward sí lo hacía.

—Estáte quieta, cariño. —Emmet la agarró por las caderas para asegurarse de que lo
hiciera.

—Pero Edward… Va a…


—Va a follarte mientras Emmet te folla —le gruñó Edward al oído, con aquel tono ronco
que hizo que se estremeciera—. Bienvenida a los auténticos ménages, gatita.
Prepárate para conocer qué significa tener un orgasmo múltiple.

La ardiente promesa de su tono hizo que otro violento despliegue de deseo detonara
en su vientre, en su sexo, esparciéndose como un río de lava por sus piernas, por sus
pezones. Pero eso no fue todo. El deseo se mezcló con la ansiedad. Tomarles a los dos
a la vez implicaba no sólo éxtasis sino dolor.

—No te tenses —susurró Emmet, tranquilizándola.

Era fácil para él decirlo. No estaba a punto de ser penetrado por dos sitios distintos… a
la vez.

—El condón está lubricado para facilitar la penetración. Edward te
tomará lenta y suavemente. Tú sólo debes relajarte.

A Bella se le cubrió la espalda de sudor. Edward comenzó a indagar en su entrada
trasera, deslizando el glande en su interior.

—Empuja hacia mí. —Su voz no era más que un duro jadeo.

Ella lo hizo, mientras él la agarraba por los hombros y comenzaba a penetrar en el
tenso anillo de músculos… y más allá.

Tras una punzada inicial de dolor, Bella se quedó sin aliento. Luego Edward
comenzó a presionar, estimulando prohibidas terminaciones nerviosas que de
repente cobraron vida. Al fin, Edward estuvo completamente enterrado dentro de su
recto.

Oh, Dios, se sentía completamente llena con aquellas dos duras erecciones. Tan
empalada, que con sólo respirar profundamente se acrecentaba esa sensación de
desbordamiento.

Sólo una fina pared de tejidos separaba los dos miembros y ella intentó
imaginar qué sentiría cuando comenzaran a moverse. ¿Fricción? Seguro. ¿Placer?
Condenadamente intenso.

—¿Puedes soportarlo? —Por el tono áspero y ronco de Edward, era innegable
el tenso control que ejercía sobre sí mismo.

Antes de que ella pudiera siquiera contestar, ambos se dispusieron a conseguir
que la respuesta fuera un sí; Edward trazó un sendero de dulces besos desde el


cuello al hombro y jugueteó con su clítoris mientras que Emmet la besaba en la garganta
y le rozaba los sensibilizados pezones.

No había lugar donde no la tocaran, donde no la hicieran arder con un intenso placer
que inundaba su cuerpo de pies a cabeza, ahogando sus miedos. Pero no se movían.

Bella frunció el ceño, preguntándose porqué. Luego se dio cuenta de que esperaban
su respuesta. Tenían que ser un infierno contenerse —no es que no se lo merecieran
por juguetear con ella hasta casi tenerla a un suspiro de perder el juicio—, pero sabía
no se moverían hasta que ella les diera luz verde. Ese tipo de consideraciones —como
atravesar Tejas al pensar que estaba herida o que podría necesitarlos después de
la explosión— le decían a Bella cuánto les importaba.

Contoneó las caderas. Sus terminaciones nerviosas brincaron prácticamente al
ritmo del chachachá. Un atisbo del placer que estaba por venir le atravesó los
sentidos, y Bella supo que no podría esperar más para disfrutar de esa experiencia.

—Puedo soportarlo. ¿Acaso no estáis preparados ya, chicos?

—Yo que tú no me burlaría. —La voz de Emmet sonaba tensa.

Bella contoneó las caderas de nuevo y le dirigió una sonrisa insinuante. Él
siseó en respuesta.

—Dejaré de burlarme si comenzáis a follar de una vez.

—Trato hecho —gruñó Edward, a la vez que se retiraba para luego zambullirse en su
ano con una embestida asesina a la vez que le pellizcaba el clítoris.

Bella gritó, pero se interrumpió cuando la boca de Emmet cubrió la suya mientras
se retiraba lentamente de su vagina, provocando una fantástica fricción en el
momento que Edward se introducía en su recto. Luego cambiaron las tornas,
Edward se retiró y Emmet, arqueó las caderas, llenando su hinchada vagina con cada
centímetro de su miembro.

Repitieron el proceso una y otra vez, sin dejar de mover sus bocas, sus dedos
y sus miembros implacables.

La trabajaron como una máquina bien engrasada. Era obvio que habían hecho eso
antes, que lo habían hecho montones de veces. Que sabían con exactitud cómo
moverse para incrementar al máximo el placer de ella. Un placer que se preveía
muchísimo mejor que cuando sólo la poseía uno. Iba a suceder algo… extraordinario.


Al cabo de unos minutos, la sensación la abrumó. Todo su cuerpo comenzó a
estremecerse mientras el palpito entre sus piernas comenzaba a crecer, a
incrementarse, a multiplicarse más rápido de lo que ella podía soportar. Casi se le
detuvo la respiración mientras empleaba todas sus energías para moverse con ellos y
canalizaba la oleada de intenso placer que la embargaba.

—Estás a punto de correrte —le murmuró Emmet en el oído—. Me muero por sentirte
otra vez mientras lo haces.

No, era ella la que se moría. Punto. Se sentía abrumada, avasallada. Las sensaciones
eran cada vez más intensas, casi aterradoras. Todo su cuerpo se centraba en el
ardiente ritmo que marcaban los dos miembros que asaltaban su cuerpo, en los
insistentes dedos que la acariciaban y pellizcaban, en el aliento de esas dos bocas
masculinas que la lamían, la mordían… le exigían todo.

—No vas a aguantar más que nosotros, gatita —le prometió Edward.

Emmet la penetró tan profundamente, que ella pudo sentirlo rozándole la matriz; una
nueva oleada de chispas ardientes mermó su autocontrol. Edward le pellizcó
suavemente el clítoris con el pulgar y el índice y luego se lo frotó suavemente por los
lados, lo que definitivamente acabó con su control.

La sensación la propulsó directamente a las estrellas. Todo su cuerpo se
estremeció con intensas sacudidas, su vientre convulsionó, su sexo se contrajo y el
placer incendió todo su ser. Llegó hasta un reino más allá de su imaginación. Le ardía
la garganta, y se dio cuenta de golpe de que era porque no podía dejar de gritar. El
orgasmo era siempre una experiencia fabulosa, pero eso no era un simple orgasmo,
era el mayor éxtasis que había experimentado en su vida y que amenazaba con
consumirla mientras el placer se derramaba por todo su cuerpo.

—¡Oh, Dios… Maldición! Yo…

No fue necesario que Emmet terminara la frase para que Bella supiera que él estaba a
punto de seguirla en el climax.

—¡No! Contente —le gruñó Edward a su primo—. Hemos esperado demasiado
para dejarnos llevar como un par de adolescentes.

Tras llegar a la cima, el orgasmo de Bella remitió suavemente. Una dulce languidez se
extendió por sus miembros.

Emmet no fue tan afortunado. Al tiempo que recuperaba la consciencia, ella
observó con fascinación cómo él se tensaba, se estremecía conteniendo el aliento, y


luchaba con los ojos y los puños cerrados para no dejarse llevar. Los tendones de su
cuello parecían a punto de estallar. Bella jamás había sentido su miembro tan duro
en su interior.

Al final, él soltó un tembloroso suspiro.

—Bastardo.

—Con tal de que te contengas y la sigas penetrando hasta que se vuelva a correr,
puedes llamarme lo que quieras.

—¿Otra vez? —jadeó Bella—. Edward, no creo que pueda...

—Claro que puedes. Conozco tu cuerpo. Eres como un coche de carreras. En
cuanto tienes el motor caliente, es fácil ponerte a tope repetidamente. Lo difícil
es conseguir que tu motor ronronee la primera vez.

Y él estaba condenadamente decidido a conseguir que el motor de Bella
ronroneara como nunca. Quizás ella lamentara más tarde su decisión de ofrecerle su
virginidad o de permitir que la compartieran, pero hasta entonces, él tenía la intención
de poseerla cada vez que pudiera y de proporcionarle tanto placer que no hubiera
lugar para arrepentimientos.

Quizá encontrara la forma de conservarla para sí cuando la verdad saliera a la luz.
Quizá…

Sabiendo que Emmet estaba a punto de perder el autocontrol y que el suyo propio no
resistiría mucho más, Edward comenzó a poner a punto el cuerpo de Bella. Emmet lo
imitó. Con cada envite, apretaba los dientes, luchando contra las aplastantes
sensaciones. Jamás se había sentido tan duro y engrosado. Sus penetraciones se
hicieron profundas. Y … seguía manteniendo el ritmo, pero ahora padecía una
tortuosa necesidad, y no se sentía tan gentil como lo había sido. Edward esperaba que
aquello actuara a su favor.

Cuando comenzaron a moverse de nuevo, Bella respondió con suaves gemidos y
dulces «ahs», como si estuviera bajo un agradable sol primaveral disfrutando de
una preciosa tarde. Como si pensara que el sexo era cálido y agradable. Nada del otro
mundo.

Lo que era totalmente inaceptable. Había llegado el momento de subir la temperatura.

Edward se inclinó sobre la espalda de Bella y una vez más exploró con los dedos la
piel resbaladiza de su clítoris. Al igual que antes, utilizó aquella presión cambiante: un


ligero toque en el nudo, una fricción lateral y luego describió duros círculos en la parte
superior. En sólo un par de segundos, el cuerpo de Bella se tensó. Su clítoris se
hinchó, endureciéndose, y dejó escapar un jadeo. «Ah, sí. Dios mío. Sí».

Bella se contorsionó, intentando albergarlos a Emmet y a él más profundamente
en la sedosa perfección de su cuerpo. Se movió con ellos mientras Edward
deslizaba cada duro centímetro de su pene en aquella electrizante y cálida zona del
interior femenino que suplicaba ser acariciado. Y a pesar de que Emmet se clavaba las
uñas en las palmas, estaba, sin duda, manteniendo el mismo nivel que su primo.

Bella se opuso a las apabullantes sensaciones que inundaban su cuerpo, pero Edward
no estaba dispuesto a permitírselo. Él quería que se ahogara en el placer.

—No sabes cuántas veces te he imaginado entre nosotros, follándote hasta que el
deseo se convertía en placer, y el placer en un descomunal orgasmo —le murmuró
Edward al oído—. No ha sido suficiente con una vez. Permítenos disfrutarlo otra vez.
Llévanos contigo.

Bella lo miró por encima del hombro. Tenía la cara ruborizada. Sus ojos color chocolate
parecían desenfocados. Tenía las pupilas dilatadas. Estaba llena de necesidad. Era
hermosa.

El sudor goteaba por las sienes de Bella, resbalaba por su pecho. Las entrañas de
Edward ardieron de determinación. Maldición, ella se iba a volver a correr. No se daría
por vencido hasta que lo hiciera.

—Maldita sea —jadeó Emmet—.Jamás había sentido el pene tan hinchado,
jamás había sentido tanto la fricción con tu miembro. Y Bella me aprieta con la
fuerza de un puño. Estoy volviéndome loco.

—Y va a ser todavía mejor. Déjate llevar y dale todo lo que tienes para ella.

La mirada de alivio en la cara de Emmet hubiera sido cómica si Edward hubiera
estado en disposición de centrarse en algo que no fuera penetrar a Bella una y
otra vez, instándola a rendirse por completo.

Emmet la agarró por las caderas, Edward por la cintura. Se movieron con un ritmo
sincronizado que los conduciría directamente al climax.

Pero aquello era más que un orgasmo. La noche anterior, mientras penetraba el sexo
de Bella, las sensaciones habían sido diferentes a cualquier otra cosa que él hubiera
sentido. El había estado tenso, como un soldado en una misión vital. Abrumado. Y no
todas las sensaciones habían estado en su pene.


Bella había tocado su corazón, y todo lo que sentía allí se extendía por su
cuerpo, mezclándose con el placer físico que ella le proporcionaba.

Aquel momento no era diferente. Pero sí más intenso. «Santo cielo». Estar enterrado
en ella, exponiendo su corazón, era condenadamente peligroso; igual que caminar por
una cuerda floja sobre un pantano lleno de caimanes hambrientos. E iba a ser más
intenso cada vez que la tocara. Algún día…

Ella se tensó en torno a él, apartándolo de aquellos pensamientos, mientras le exigía:

—Más. Por favor. ¡Deprisa!

La última brizna de control estaba cediendo. Con la siguiente embestida salvaje
de Emmet, Edward supo que a su primo le ocurría lo mismo. La llenó una vez más,
esperando que con cada estocada en su interior, con cada duro envite de su cuerpo,
Bella sintiera aquello como algo más que un acto de lujuria. Que supiera cuánto
significaba ella para él, ya que expresarlo en palabras le daba miedo.

Su respiración comenzó a acelerarse hasta que se convirtió en jadeos. Bella tembló y
se preparó para lo que venía, agarrándose con fuerza a los hombros de Emmet.

Edward sintió que ella comenzaba a correrse, que se apretaba en torno a su
polla un momento antes de comenzar a gritar. Aferrándose a la sábana, Bella
empujó hacia él, y con aquel canal ordeñándolo con fuerza, Edward tuvo que obligarse
a seguir moviéndose.

Echando hacia atrás la cabeza y gritando, Emmet se dejó llevar, perdiendo el
control por completo.

Oír cómo su primo llegaba al orgasmo, y el ronco gemido que resonó en la
habitación, abrió un nuevo agujero en el autocontrol de Edward. En sus testículos, la
necesidad de correrse se acrecentó con cada embestida de su carne en la de Bella.
Maldición, no iba a poder contenerse más…

Al final, Bella comenzó a gritar tras soltar un largo gemido de rendición. Edward se
deleitó en él, se ahogó en la total aceptación de éxtasis que ellos le daban.

Y se dejó llevar, soltando todo lo que era y tenía en el interior de Bella mientras el
placer lo atravesaba e impactaba directamente en su corazón. Si su incapacidad de
tirarse a Alyssa no hubiera sido ya una enorme pista, lo que sentía en aquel
momento no habría dejado lugar a dudas.

Para bien o para mal. Para siempre, amaba a Bella.


Y Edward sabía que si ella se marchaba en aquel momento —o si su pesadilla
cobraba vida—, sin duda lo mataría.

1 comentario:

  1. hola guauu que capitulo intensoo yy que hottt..mmm a edward me parece que ya no le gusta tantoo compartirr no se por quee peroo me parecioo a mii y bella como vemos ama a edwardd y el tambien ama a bella!!!! mmm que pasaraa!!!

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