Capítulo 11
Durante los días siguientes Bella retomó su amistad con Rosalie. Siempre se habían llevado muy bien y era maravilloso tener a alguien con quien pasar el tiempo cuando Edward estaba trabajando. Y era bueno para los niños que pudiesen estar juntos, Anthony, que estaba empezando a gatear, lo pasaba de maravilla jugando con su primo Nico.
La boda despertó poca atención para la prensa porque fue una ceremonia íntima, sólo para los familiares más allegados, y después fueron a la isla a pasar unos días. Para Bella fue una pequeña decepción que Edward se hubiera tomado tan poco tiempo libre después de la boda, pero entendía que tenía muchos y urgentes compromisos.
Y ella tampoco quería una larga luna de miel, pero le habría gustado tener un poco más de tiempo para estar juntos porque por fin se sentía como si estuvieran empezando a conocerse de verdad. Aunque el progreso era muy lento porque Edward siempre estaba trabajando.
Cuando volvieron a Atenas, Emmett y Rosalie habían retomado el viaje que interrumpieron para acudir a su boda, de modo que Bella y Anthony se quedaban solos durante el día.
Una semana después de llegar, Bella recibió un mensaje de Aro pidiéndole que fuese a verlo al hospital. Y la sorprendió porque Edward le había dicho que no se encontraba bien como para recibir visitas. De hecho, la tarde que él fue a verlo al hospital, la situación del anciano había empeorado. No dejaban entrar a nadie en su habitación y la venta de la isla había quedado en suspenso por el momento.
Bella miró la nota manuscrita que Aro le había enviado. Tenía la impresión de que a Edward no le gustaría que fuese sola a ver al anciano, pero él se había ido a Paris esa mañana y volvería tarde. Y ella no quería dejar a Aro esperando porque su salud era tan precaria que si esperaba unos días podría no tener oportunidad de hablar con él.
De modo que dejó a Anthony con el ama de llaves y acudió sola al hospital.
-Gracias por venir –dijo Aro, intentando incorporarse un poco en la cama-. No sabía si podrías hacerlo.
-Pues claro que sí –sonrió Bella, inclinándose para darle un beso en la mejilla. Estaba sorprendida por el cambio que se había operado en él; ahora parecía tan frágil que apenas lo había reconocido.
-Hay un par de cosas que quería preguntarte. Perdona que vaya directo al grano, pero me canso rápidamente.
Ella lo miró, insegura. Tenía la impresión de que no iba a querer contestar a sus preguntas.
Edward firmó el documento de compra de la isla de Aro y dio un paso atrás.
-Cuida de mi isla –le dijo el anciano-. Y cuida de esa bonita esposa tuya. Tienes una joya, aunque creo que aún no te has dado cuenta.
Edward tuvo que controlar una réplica airada. La isla era suya ahora y no tenía que darle explicaciones a nadie sobre lo que iba a hacer con ella. Y, desgraciadamente, se daba perfecta cuenta de la clase de persona que era su esposa.
-Yo conozco bien a mi mujer –le dijo. Una mujer que aún no había aprendido a meterse en sus asuntos y, de nuevo, había traicionado su confianza.
Aro lanzó un bufido e hizo un gesto con la mano, como desdeñando sus palabras.
-Bueno, nosotros ya hemos hecho lo que teníamos que hacer –le dijo, señalando la puerta-. Puedes irte, no quiero apartarte de tus negocios.
Edward estrechó su mano, conteniendo una sonrisa ante la descarada despedida.
Cuando salió del hospital fue directamente al hotel. No podía creer lo que había pasado. Por fin había conseguido la isla para su tía, pero lo único que podía pensar era que Bella había vuelto a traicionarlo.
Bella miró a Anthony, profundamente dormido en su cuna, antes de salir de la habitación y cerrar la puerta sin hacer ruido.
Estaba en permanente estado de agitación desde que habló con Aro en el hospital el día anterior. Ella había decidido no decir nada que pudiese comprometer a Edward, pero el anciano ya lo sabía todo.
El propio Aro le había contado la historia de los tíos de Edward. Sabía perfectamente cómo y por qué habían perdido la isla. Y cuando él mismo sugirió que Edward quería comprarla para devolvérsela a su tía, la reacción de Bella había confirmado sus sospechas.
Ella no le había contado nada, pero no era capaz de esconder sus reacciones y no estaba dispuesta a mentir. Aunque estaba segura de que tendrían otra pelea por eso, y no era una conversación que quisiera mantener por teléfono.
Suspirando, salió al jardín de la terraza, esperando tranquilizarse un poco. Pero la fragancia del jazmín era demasiado poderosa y el gorgoteo de la fuente no parecía tranquilizarla en absoluto.
De repente, se dio cuenta de que estaba recordando la última vez que estuvo con Edward en esa terraza… a punto de decirle algo que volvería a enfurecerle. La primera vez, aunque acabó provocando un problema, había actuado con la mejor de las intenciones. Esta vez no había hecho absolutamente nada salvo no contarle a Aro una mentira.
Cuando iba a darse la vuelta, Bella vio que Edward estaba a punto de salir a la terraza.
-Ah, me alegro de que estés aquí. Tengo que contarte una cosa que ocurrió ayer…
-Fuiste a ver a Aro.
-Sí, me envió un mensaje pidiendo que fuera a verlo y pensé que sería mejor no retrasar la visita.
-Yo también he ido a verlo. De hecho, vengo ahora mismo del hospital. La isla es mía.
-¿En serio? ¡Cuánto me alegro! –exclamó Bella. Pero, al ver su expresión, supo que no se había equivocado: Edward estaba furioso-. ¿No estás contento? Has conseguido lo que querías.
-Lo que quiero es una esposa que no se meta en mis asuntos.
-Yo no me he metido en tus asuntos…
-Le contaste a Aro cosas que yo te había contado en confianza…
-No le conté nada porque Aro ya lo sabía todo. Sólo quería confirmarlo.
-Y tú se lo confirmaste.
-No le confirmé nada en absoluto, pero imagino que lo vería en mi expresión. No tengo por costumbre mentir y no pienso empezar a hacerlo ahora.
-Yo no quería que Aro supiese nada y te lo dejé bien claro –replicó Edward, furioso.
-¿Qué querías, que le mintiese a un hombre moribundo? ¿Para qué, de qué habría servido eso?
-No intentes darle la vuelta…
-No estoy dándole la vuelta a nada, te estoy contando lo que pasó –replicó ella, airada-. No ha ocurrido nada malo… de hecho Aro te ha vendido la isla, ¿no? Deberías de estar contento en lugar de venir aquí a echarme en cara lo que digo o dejo de decir.
-Aro me la hubiera vendido tarde o temprano.
-O no –dijo Bella.
-Ésa no es la cuestión. La cuestión es que yo no quiero una esposa en la que no confío.
-Y yo no quiero un marido que no confía en mí –replicó ella-. Además, tú no quieres una esposa en la que confiar, tú quieres una esclava sumisa, alguien que haga exactamente lo que tú esperas. De hecho, no quieres una esposa en absoluto, quieres una empleada, alguien a quien puedas decirle lo que tiene que hacer sin que ella se atreva a rechistar.
Edward la miraba, sorprendido por la pasión que ponía en sus palabras.
-No voy a tolerar tus continuas interferencias en mis asuntos…
-Y yo no voy a tolerar que critiques constantemente lo que hago o dejo de hacer, así que no intentes intimidarme. Ha pasado mucho tiempo desde que echaste de aquí a una cría asustada…yo ya no soy esa chica.
-¿Ah, no? ¿Entonces por qué estamos discutiendo otra vez sobre lo mismo, sobre una traición tuya?
-Yo no te he traicionado, tú decides interpretarlo así porque eres incapaz de confiar en nadie. Para ti es imposible que otra persona tenga una opinión válida o que actúe movida por buenas razones. Tienes la obsesión enfermiza de controlarlo todo. Todo tiene que ser exactamente como tú quieres, pero en la vida las cosas no son así. Crees que tú sabes mejor que nadie lo que hay que hacer en cada momento… que la tuya es la única manera.
Edward la miró, con el corazón acelerado, ¿Cómo se atrevía a desafiarlo de esa forma?
-Exigir respeto de la gente que me rodea no me convierte en un obseso…
-No aceptar la opinión de los demás e insistir en que todo sea exactamente como tú quieres, aunque el resultado sea el mismo, te convierte en un tirano.
-Da igual que le des la vuelta a lo que ha pasado, la cuestión es que nunca toleraré que interfieras en mis asuntos.
-¿No te das cuenta de lo hipócrita que eres? –exclamó Bella, exasperada-. Intentando controlarlo todo, eres tú quien interfiere en la vida de los demás… a veces con terribles resultados. Tú le dijiste a Emmett lo que debía hacer con su mujer, tú has querido comprar la isla para tu tía con el objeto de cambiar su vida, como lo hizo tu padre hace años. Y tú me has obligado a venir a Grecia y casarme contigo.
-Por que era lo mejor para la familia. No hay nada malo en eso.
Él sólo quería lo mejor para todos, para Rose, para su tía y, sobre todo, para su hijo. Y no dejaría que Bella retorciera sus intenciones.
-Mi abuela también pensó que arrancarme de los brazos de mi madre era lo mejor para todos –dijo ella entonces-. Eres igual que ella. Te niegas a ver las cosas desde la perspectiva de los demás. Tú me dijiste que no podías soportar que tu padre se metiera en tus asuntos, pero haces exactamente lo mismo que él. Pones tanta energía en controlarlo todo que no aceptas que otra persona pueda hacer la menor contribución.
-No te permito que me compares con mi padre…
-Tú no tienes que permitirme nada, yo me tomo el permiso cuando me parece que debo hacerlo –lo interrumpió Bella-. Eres igual que tu padre, Edward, pisoteando la vida de los demás según tu propia conveniencia.
-No sabes de qué estás hablando –dijo él entonces, con un brillo amenazador en los ojos.
Bella lo miró y, de repente, se sintió agotada. No tenía fuerzas para seguir discutiendo.
-Mira, déjalo. Estoy harta –murmuró, dejando caer los hombros-. Es como si estuviera caminando sobre cáscaras de huevo continuamente. Por mucho que lo intente, tú y yo nunca podremos entendernos.
-Si dejas de meter las narices en mis asuntos no habrá ningún problema.
A Bella le dieron ganas de echarse a reír. Edward no se escuchaba a sí mismo, si lo hiciera sabría que era un hipócrita. Y lo amaba, pero aquel matrimonio nunca podría funcionar.
-Es mejor que no sigamos hablando, no vale de nada –le dijo, sintiendo que su corazón se rompía de nuevo-. Tú no quieres escucharme. Haga lo que haga, siempre vas a interpretarlo de manera negativa.
Luego se dio la vuelta porque no había nada más que hacer.
-No me dejes con la palabra en la boca. Aún no he terminado.
-Pero yo sí –dijo Bella-. Yo sí he terminado de hablar, Edward. Me temo que Anthony es lo único que tu y yo tenemos en común… lo único que tendremos en común.
Edward se quedó inmóvil, mirándola con hostilidad mientras salía de la habitación. Pero no hizo nada para detenerla.
Bella apenas pegó ojo en toda la noche y fue un alivio cuando empezó a amanecer y oyó a Anthony moviéndose en la habitación de al lado. No sabía dónde estaba Edward y le daba igual. Había decidido rendirse. Su matrimonio con Edward Cullen nunca podría funcionar.
Después de la discusión, no podía ni mirarlo a la cara y él debía de sentir lo mismo porque se encerró en el estudio, del que no salió siquiera para cenar. Debía de haber dormido en alguna de las habitaciones del hotel porque cuando despertó no estaba a su lado.
Después de darle el desayuno al niño, Bella sacó a Anthony a pasear en su cochecito. Acostumbrada al aire acondicionado del hotel, el calor de las calles de Atenas era abrumador.
El tiempo había sido muy cambiante en los últimos días, de modo que levantó la capota de plástico del cochecito y, alejándose de la zona de negocios, se dirigió a la parte antigua de la ciudad, cerca de la Acrópolis. Pero había olvidado que los turistas solían levantarse tarde y encontró las calles desconcertantemente vacías, aparte de algún turista despistado.
Al final, encontró un pequeño café y se sentó para darle a Anthony un biberón con zumo de manzana. Luego pidió un capuchino y un bollo para ella, esperando que la mezcla de cafeína y azúcar le animase un poco.
El bochorno y la noche en blanco empezaban a afectarle casi tanto como la angustia que pesaba en su corazón.
Mientras estaba allí, intentando distraerse mirando el escaparate de una tienda, empezó a sentirse horriblemente triste. Lo único que podía pensar era cuánto amaba a Edward, mientras que él no la amaría nunca.
Le había roto el corazón de nuevo. Y esta vez no sabía si encontraría fuerzas para recoger los pedazos.
Edward observaba el rostro de su tía Esme mientras el helicóptero se acercaba a la isla. La había conocido esa misma mañana y no podía dejar de pensar cuánto se parecía a su madre. No era un parecido físico sino otra cosa… su forma de moverse, de hablar, sus gestos y, sobre todo, su voz.
Se sentía raro acompañándola por fin a la isla donde había crecido con su madre. Y le había sorprendido que quisiera ir con él después de haberse negado a verlo tantas veces, ya que estaba preparado para una larga batalla.
Ella no dijo mucho durante el viaje, pero Edward podía ver que le brillaban los ojos y supo que volver a la isla era una experiencia muy emotiva para ella.
-No puedo creer que esté aquí –murmuró, mientras seguían al ayudante de Aro hasta la casa.
-¿Te parece diferente? –preguntó Edward, abriéndole la puerta.
Habían ocurrido muchas cosas desde la primera vez que fue a aquella isla con Bella, pensó. Su ordenada vida se había puesto patas arriba desde entonces. Y ahora estaba allí, con su tía Esme, haciendo realidad el último deseo de su madre mientras en Atenas lo esperaban su mujer y su hijo.
Edward tragó saliva al recordar su discusión y el brillo de desesperación en los ojos de Bella cuando le dijo que Anthony era lo único que tendrán nunca en común.
-Por fuera parece que está igual –dijo Esme-. E incluso el interior parece el mismo… aparte de los muebles.
-Hay algunas cosas que habrá que renovar, sobre todo el mantenimiento de los olivos y la prensa tradicional para hacer aceite –dijo Edward, volviendo al presente-. Pero ya me he puesto en contacto con varios expertos para que la isla vuelva a ser como antes… si decides quedarte aquí.
-El señor Vulturi me indicó que le mostrase los cuadros –dijo entonces el ayudante de Aro, llevándolos hacia el pasillo-. Y ahora, si me perdonan, voy a comprobar si el almuerzo está preparado.
Esme se llevó las dos manos a la cara y lanzó una exclamación al ver los cuadros de su marido. Edward la vio temblar mientras se acercaba para mirar las acuarelas que había pintado el amor de su vida. Y, al ver que una lagrima rodaba por sus mejillas, se le hizo un nudo en la garganta. Nervioso, le ofreció su pañuelo y luego, sin pensar en lo que estaba haciendo, tal vez porque se parecía tanto a su madre, le pasó un brazo por los hombros.
Esme se volvió, sorprendida.
-Perdóname… no me he dado cuenta.
-No, no, perdóname tú a mí –su tía lo miraba sacudiendo la cabeza-. Muchas gracias por recuperar la isla para mí, hijo.
-No es nada.
-¿Cómo que no? Después de haberte dado la espalda durante tantos años no me lo merezco.
-Me alegra mucho saber que he podido arreglar algo de lo que destrozó mi padre.
-Tu padre, no tú. Pero yo fui una tonta por darles la espalda a mi hermana y a mis sobrinos. Y ahora que te has convertido en un hombre maravilloso… lamento mucho haber perdido el contacto con tu madre.
Edward no sabía que decir. Sabía que Esme y su madre nunca habían tenido una relación muy estrecha. Eran dos personas completamente diferentes; a Esme le gustaba la vida sencilla y a su madre la emoción de la gran ciudad, pero habían pasado su infancia en aquella isla y era una pena que no hubieran podido olvidar sus diferencias antes de que su madre muriera.
-Siento mucho no haber aceptado tus ofertas de ayuda… o los cuadros que me enviaste. Y que te devolví sin abrir las cajas siquiera… eso fue imperdonablemente mezquino por mi parte después de lo que debió de costarte conseguirlos. Estaba tan decidida a no aceptar nada de tu familia que me hice daño a mí misma, me negué la oportunidad de tener algo que me hubiera aportado algún consuelo.
-¿Por qué has cambiado de opinión? –Le preguntó Edward-. Me ha sorprendido mucho que aceptaras venir a la isla conmigo.
Ella asintió con la cabeza.
-Me avergüenza decir que de no haber sido porque el anciano que solía vivir aquí me llamó para que fuera a verlo al hospital, seguramente no habría recuperado el sentido común.
-¿Aro te llamó?
-Y me contó que estabas intentando comprar la isla para que yo pudiera vivir en ella –contestó Esme-. Me quedé tan sorprendida cuando me lo dijo que estuve a punto de marcharme, pero la verdad es que me pareció un hombre encantador. Cuando empezó a hablar, me di cuenta de que no quería marcharme.
Edward tuvo que disimular un gesto de irritación. Por lo visto, Aro había estado muy ocupado. Había visto a Bella por la mañana, a su tía por la tarde y luego a él al día siguiente.
-¿Qué te contó?
-Más o menos la historia de su vida –rió Esme--. Me habló de su difunta esposa, de su amor por la naturaleza y, sobre todo, de cuánto le preocupaba que la reserva natural de la isla se conservase intacta. No podía soportar la idea de que se construyeran modernos hoteles aquí. Para eso me había llamado. Quería que yo le asegurase que la isla seguiría tal y como está y me pidió que… -su tía tuvo que sonreír- que te vigilase para que no empezaras a traer grúas y camiones.
Edward levantó una ceja, sorprendido. Aro era todo un personaje, desde luego. La idea de que su tía, a quien no había visto nunca, pudiera decirle lo que tenía que hacer… él construiría una jungla de cemento en la isla si le daba la gana. Nadie le decía a Edward Cullen lo que tenía que hacer.
Pero la verdad era que sentía un gran respeto por el anciano. Aro no era tonto. De hecho, le tenía tomada la medida. Él sabía que había comprado la isla para hacer las paces con su tía y que escucharía lo que ella tuviera que decir.
-No voy a construir ningún hotel, te lo aseguro. Pero tú tendrás que decidir lo que quieres hacer con la isla. Hay muchas posibilidades, desde retomar la producción de aceite a construir pequeños refugios para pintores… no tienes que decidirlo inmediatamente, por supuesto. Tómate el tiempo que quieras para pensarlo. Y si crees que la isla ya no es sitio para ti, también me parecerá bien. Podríamos encontrar una manera de preservarla como ha hecho Aro.
Dacia sonrió, volviéndose para mirar los cuadros.
-Muchas gracias, Edward.
-Me gustaría enviarte el resto de los cuadros –dijo él entonces, pensando que Bella tenía buen ojo para la pintura. Él había tardado años en encontrar y adquirir la colección de su tío. La mayoría de sus cuadros estaban en colecciones privadas y era muy raro que saliesen a la venta.
-Te lo agradezco –sonrió Esme-. Pero después de tanto tiempo lo que de verdad me gustaría es poder conocer a la gente a la que tan tontamente he dejado fuera de mi vida.
-Sí, claro. Emmett está deseando presentarte a su familia.
-Y también quiero conocer a tu mujer. Aro la adora y tengo la impresión de que ella ha sido fundamental para que te vendiera la isla.
-Sí, Aro siempre ha apreciado mucho a Bella. Creo que le recuerda a su difunta esposa –dijo Edward, sintiendo una inesperada emoción.
Sabía que Bella había jugado un papel importante en la decisión de Aro pero, de repente, empezó a pensar en lo que ella le había dicho el otro día: que siempre la juzgaba de manera negativa, sin pensar que hacía las cosas de corazón, por un buen motivo.
Cuando la verdad era que seguramente sin su ayuda no habría conseguido aquella isla.
-El almuerzo está listo –la aparición del ayudante de Aro interrumpió los pensamientos de Edward.
-Ah, qué bien. Muchas gracias –sonrió Esme.
Edward se volvió para escoltar a su tía hasta el patio. A pesar de todo, reconocía que el encuentro con ella, como la compra de la isla, había sido en parte gracias a Bella. Seguramente lo hubiera conseguido tarde o temprano, pero el proceso habría sido más largo y complicado.
-Los empleados de Aro seguirán aquí, así la transición será más fácil para todos. Pero tú eres libre de tomar tus propias decisiones.
-La verdad es que me has dado la vida –dijo su tía, emocionada-. No te puedes imaginar lo que esto significa para mí. Gracias, Edward, muchas gracias.
Él estaba a punto de decir que no era nada cuando se dio cuenta de que esa frase podría empequeñecer lo que significaba para Esme.
-No ha sido sólo cosa mía.
-Ya lo sé. Y por eso estoy deseando conocer a tu mujer. Debe de ser una persona maravillosa.
-Sí, lo es –murmuró Edward, apartando la mirada.
Catorce meses antes solía pensar en Bella como el antídoto perfecto para una vida tan estresada como la suya. Era todo lo que él estaba buscando en una amante: era dulce, bella y receptiva a todos sus deseos. Como un oasis de serenidad en una vida llena de prisas y tensiones.
Pero Bella había cambiado. Una vez había sido la amante perfecta. De nuevo, había hecho algo en contra de sus deseos y lo había llamado tirano, obseso…
Su vida había sido siempre tan ordenada, tan organizada, con todo bajo control, como a él le gustaba.
¿Lo convertía eso en un obseso, en un enfermo? De repente, ya no estaba tan seguro.
Lo único que sabía era que Bella y Anthony habían aparecido y su mundo ya no era el mismo. Nada era ya predecible, controlable.
Él estaba acostumbrado a que lo obedecieran, pero Bella no era una empleada. Era su mujer. ¿De verdad quería a la persona sumisa y sin opinión que ella había descrito?
Desde que descubrió la presencia de Anthony, todo lo que había hecho era por el bien de su hijo. No había pensado en lo que podría ser mejor para Bella o para sí mismo.
Recordaba el brillo desolado en sus ojos cuando le dijo que sólo tenían en común a Anthony, como si no hubiera ninguna esperanza para ellos, como si la idea de un futuro a su lado la llenase de desesperación.
Y, por alguna razón, eso lo hizo sentir helado por dentro.
Para mi es un placer compartir éste sitio con ustedes, el cuál nació del fanatismo por colocar a nuestra pareja favorita en distintos escenarios. Espero que disfruten su estancia, así como nosotras esperamos enriquecernos con sus comentarios y mensajes. Éste sitio lo compartimos Pescui, Rosita y yo, si éstas interesada en subir tus historias, el espacio es tuyo. Les envió un beso y un abrazo de oso. Noelle xD
Hola!!!!!!!! despues d varios dias nferma, regrese..tuve una gran odisea para recuperar mi USB pero lo logre..(con ciertas tactiks de convencimiento, jejejeeje)espero les guste el capi, ya solo queda uno mas y termino...bsos a todas..
ResponderEliminarme encanto este, ya era hora de que Edward abra los ojos
ResponderEliminarholaa Pescui!!! que bueno que ya te mejorasteee...el capii estuvo muy bueno es hora de que edward abra los ojosss estee chicoo es tremendoo...pobree bella tuvo razon en todo lo que le dijo es que edward es muy cabeza duraa y no admite que tiene errores tambienn...bueno espero que se arreglen en el que vieneee...yy queda uno mass solamente quee lastimaa que ya se acabee...peroo buenoooo la historia fantasticaaa!!! besosss!!!
ResponderEliminarAinssss!!! Este Edward.....¿no se da cuenta de que no puede mover todo a su antojo? Muero por el siguiente capi, Pescui ¿Que pasara? Lo dejará Bella??? mmmmm....me como los dedos...Ya no tengo uñas!!!!! Jjajjaajajajaj!! Un beso cielito!!!
ResponderEliminarHola me gusta la hsitoria ....no me despido y nos seguimos leyendo
ResponderEliminarMuchas gracias por la historia Pescui, que bueno que recuperaste la USB. Te envio un gran abrazo emmetesco y un beso.
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