martes, 28 de septiembre de 2010

El hijo secreto del griego

Capítulo 7

¿Casarnos? –repitió ella, atónita-. ¿Quieres que me case contigo?
Después de todo lo que había pasado, ¿cómo podía querer que se casaran? ¿Y por qué pensaba que ella iba a aceptar?
-No, no es lo que quiero. Pero la situación me obliga a hacerlo.
-Yo no te estoy obligando a nada –replicó Bella, indignada-. Además, yo tampoco quiero casarme contigo.
-Eso está claro –murmuró él-. Considerando que te llevaste a mi hijo y me lo has escondido hasta ahora…
-¿Entonces por qué dices que quieres que nos casemos?
-Porque es lo mejor para mi hijo –respondió Edward, atravesando la habitación para acercarse a la cuna.
-Nuestro hijo –lo corrigió Bella, sintiendo un escalofrío de aprensión al ver la intensidad con que miraba al niño-. ¿Y de verdad crees que será bueno para Anthony vivir con dos personas que no se quieren?
-¿Y qué es lo mejor entonces, según tú? –le espetó Edward-. ¿Vivir en la pobreza, ser cuidado por extraños cuando su madre tiene que irse a trabajar?
-Yo no vivo en la pobreza, vivo como millones de personas en Londres, no te pongas melodramático. Y estoy ahorrando dinero para mudarnos a otro piso porque quiero que Anthony tenga su propia habitación…
-¿No tiene su propia habitación? –exclamó Edward, pasándose una mano por el pelo.
-Las cosas materiales no son lo importante –dijo Bella-. Lo importante es que el niño necesita cariño…
-Necesita a su padre –la interrumpió Edward.
Bella suspiró. Ella no había querido que las cosas fueran así, pero cuando Edward la echó de su casa pensó que no había alternativa posible. Tenía tanto miedo de que le quitara a su hijo igual que había querido quitárselo a Rosalie…
-Podría mudarme a Atenas y buscar un trabajo allí. Así tú podrías verlo cuando quisieras, podrías ser parte de su vida.
-Tienes que irte de Londres, sobre eso no hay discusión posible –dijo Edward con frialdad.
-Perdona un momento: todo lo que se refiere a la vida de nuestro hijo tiene que ser un acuerdo entre los dos.
-¡Tú me lo has escondido hasta ahora!
-¡Y tú me echaste de tu casa y de tu vida, dejándome sola en un país extranjero! ¿O es que no te cuerdas de eso?
Edward volvió a pasarse una mano por el pelo, nervioso.
-Yo no sé mucho sobre ti… sobre tu infancia o tu familia, pero es evidente que tienes una buena relación con Alice, de modo que al menos entiendes la importancia de la familia… cuando es una familia de verdad, acogedora y cariñosa.
Nunca le había hablado de su infancia y, debido a su actitud, no tenía la menor intención de hacerlo en ese momento.
-Tú no pareces entender la importancia de un padre, pero mi hijo no crecerá en una casa que no sea la mía. Quiero que sepa que estoy a su lado y que lo quiero de manera incondicional. No pienso dejar que dude de mi cariño ni un solo día de su vida.
Bella lo miró, sorprendida por la pasión que había en esas palabras. Apenas había visto a su hijo durante una hora, pero su amor por él era evidente.
¿Cómo iba a negarle que viviera con Anthony, que fuera parte de su vida?
Ella ni siquiera sabía quién era su padre. Nunca había tenido el cariño de una familia de verdad, el cariño que Edward estaba expresando por su hijo.
¿Cómo iba a negárselo al niño?
-Anthony necesita a su padre y a su madre –siguió Edward, más calmado-. A pesar de que has intentado ocultarme su existencia, me doy cuenta de cuánto lo quieres, no soy ciego. E imagino que querrás lo mejor para él, por eso debemos casarnos.
Bella lo pensó un momento, pero al final decidió hacer lo que era mejor para su hijo.
-Muy bien –dijo por fin-. Me casaré contigo.


Al día siguiente volvieron a Grecia. Edward los llevó a una pequeña isla que era la residencia privada de los Cullen porque, según él, la paz y la tranquilidad de aquel sitio serían el ambiente ideal para que padre e hijo se conocieran.
Bella estaba de acuerdo porque Edward siempre estaba muy ocupado cuando vivían en Atenas, pero eso significaba que estaría con ellos las veinticuatro horas del día y para ella sería imposible relajarse o bajar la guardia.
El único respiro que tuvo ese día fueron los minutos en los que Edward habló por teléfono con Aro para preguntarle cómo se encontraba. Por lo visto, seguía empeñado en comprar su isla y no pensaba perder ninguna oportunidad.
Al día siguiente, a pesar de su intención de estar con Anthony, Edward descubrió que tenía que volver a Atenas por un asunto urgente y Bella se sintió secretamente encantada. Mientras veía el helicóptero perderse en el cielo, el nudo que tenía en el estómago se deshizo por fin. Habían pasado gran parte del día anterior en un avión y estaba agotada. Y, además de eso, el ambiente entre ellos era cada vez más tenso.
Fue un alivio poder pasar el día jugando con Anthony y, por la tarde, decidió llevarlo a nadar. La piscina desbordante en el que Edward solía hacer ejercicio por las noches era demasiado grande, pero había otra más pequeña a un lado, a la sombra de unos sauces, mucho más apropiada para un niño de seis meses que aún no sabía nadar.
Bella miró los bañadores que Laureen, el ama de llaves, había dejado para ella sobre la cama… pero solo había biquinis. En casa, cuando llevaba a Anthony a la piscina municipal, siempre se ponía un bañador, pero había olvidado guardarlo en la maleta. El embarazo había dejado sus marcas y aún no había sido capaz de perder todos los kilos que deseaba. Y, para empeorar el asunto, tenía el abdomen lleno de estrías. Mientras vivía sola no había pensado mucho en ellas porque siempre estaba ocupada cuidando de Anthony. Ahora, aunque Edward estaba en Atenas, se negaba a salir al jardín con el estomago al aire. Pero no quería que Anthony se perdiera la piscina, de modo que se puso un biquini y se envolvió la cintura con una toalla.
El agua era fabulosa, a la temperatura perfecta, y transparente como el cristal.
-¿Te gusta? –rió, cuando Anthony empezó a chapotear. El niño movía las piernecitas con fuerza mientras ella lo sujetaba y tenía la impresión de que iba a ser un buen nadador… como su padre.
Después de un rato lo sentó en el primer escalón de la piscina, con el agua llegándole a la barriguita, mientras ella se sentaba en el de abajo, sujetándolo para que pudiese jugar con unas pelotas de goma.
Los juguetes debían de ser de Nico, pensó. Y eso la hizo pensar el Rosalie y Emmett. ¿Qué habría sido de ellos?, se preguntó. Edward no le había contado nada y ella no había querido indagar para no reabrir la herida.
-Mira, tenemos un barquito –sonrió, haciéndolo flotar hacia su hijo, que se puso a gorgotear de alegría, alargando las manitas y golpeando el agua para atraerlo hacia él-. Es azul. Es un barco azul.
Bella empezó a pensar en su decisión de casarse con Edward. ¿Habría hecho bien?, se preguntaba, ¿o estaría cometiendo el mayor error de su vida?
Sabía que estaba corriendo un gran riesgo, que su matrimonio podría ser parte de un plan de Edward para alejarla de Anthony. Una vez que el niño llevase sus apellidos, podría intentar dejarla fuera. Desde luego, sabía que había animado a Emmett para hiciera eso mismo con Rosalie.
Pero la pasión con la que había hablado de que un niño necesitaba un padre y una madre, estaba casi convencida de que no iba a hacer eso. Y, aunque lo intentase, ella no se lo permitiría.
La situación de Rosalie había sido diferente. Edward temía que no fuera una madre responsable y, aunque a ojos de Bella eso no justificase en absoluto lo que pensaba hacer, podía entender sus motivos… o al menos su intención de cuidar de Nico.
Escuchó entonces el ruido de las aspas de un helicóptero, pero cuando levantó la cabeza vio que se alejaba de la isla. Debía de haber estado tan perdida en sus pensamientos que no lo había oído llegar…
-He conseguido escaparme antes de lo que pensaba –la voz de Edward, a su espalda, la sobresaltó.
-Hola .Bella se volvió para saludarlo.
Llevaba un traje de chaqueta oscuro y unas gafas de sol, el pelo despeinado por el viento y el nudo de la corbata suelto. Pero seguía teniendo ese aire frío, inalcanzable.
-Voy a cambiarme de ropa y luego me reuniré con vosotros en la piscina.
-¡No! –exclamó Bella. La idea de estar semidesnuda con él a su lado la llenaba de horror-. Quiero decir que… estábamos a punto de salir del agua. Anthony está empezando a cansarse.
-A mí me parece que no está cansado.
-Pues lo está. ¿Te importa pasarme la toalla?
Edward la miraba de una forma indescifrable. Con las gafas de sol ocultando sus ojos no había manera de saber lo que estaba pensando.
-La toalla, Edward –repitió Bella.
-Ah, disculpa –murmuró él, quitándose las gafas para admirar la figura femenina. Estaba medio oculta bajo el agua, pero podía ver sus caderas, más redondeadas que antes, y sus largas piernas. Después levantó la mirada hacia la parte superior del biquini…
Bella llevaba un biquini azul que, con su piel tan clara, le sentaba de maravilla. Le parecía como si hubiera pasado una eternidad desde la última vez que la vio desnuda última vez que la vio desnuda una familiar oleada de deseo le perturbó.
En la isla de Aro había pensado que sus pechos parecían más grandes. Ahora, con ese biquini, comprobó que estaba en lo cierto.
Bella respiraba agitadamente, sus pechos subiendo y bajando, y Edward deseó poder alargar la mano para meterla bajo sus copas del biquini y pellizcar sus pezones como a ella le gustaba. Habían nadado muchas veces en esa piscina de noche y en casi todas las ocasiones habían terminado haciendo el amor…
Pero se daba cuenta de que Bella no estaba contenta de verlo. Su llegada le había sorprendido y de inmediato, se había puesto a la defensiva. Y eso le molestaba. No le gustaba entrar en una habitación y notar que ella se ponía tensa, porque era una afrenta a su dignidad masculina. Antes temblaba como una gatita mimosa cada vez que se acercaba, haciéndolo sentir como un poderoso león.
Ahora, sin embargo, todo era diferente. En la isla de Aro había habido una química innegable entre ellos, pero Bella se contuvo, presumiblemente porque temía que descubriese la existencia de Anthony. Y ahora, en su isla, después de descubrir el secreto de la existencia de su hijo, el ambiente era cada vez más tenso.
Sabía que Bella no quería casarse con él, que sólo lo hacía por el bien del niño. Y que si siguiera sintiendo algo por él no le habría escondido a Anthony durante tanto tiempo.
Saber eso era como una bofetada.
Entonces miró a su hijo, chapoteando en la piscina. A él no le parecía que estuviera cansado, pero si Bella decía que estaba cansado debía de ser verdad.
-Deja que lo tome en brazos –murmuró, guardando las gafas de sol en el bolsillo de la chaqueta.
Tomó al niño por la cintura para sacarlo del agua… y Anthony lanzó un alarido que le asustó. Quizá lo había levantado demasiado bruscamente, pensó. Nervioso, lo puso delante de su cara, mirándolo a lo ojos.
-No te asustes, pequeñín.
Anthony volvió a gritar, moviendo las piernecitas, y Edward se dio cuenta de que no estaba asustado sino contento. Le había gustado que lo levantara así.
Era un niño muy valiente, pensó, sonriendo para sí mismo. Y cuando por fin lo miró a los ojos, tan verdes como los de él, sintió una inesperada ola de emoción. Aquella extraordinaria personita era su hijo, carne de su carne, sangre de su sangre.
Entonces se dio cuenta de que estaba sujetando al niño en una posición muy poco natural. Quizá debería envolverlo en una toalla y colocárselo sobre el hombro. Tenía que hacer algo, pero no sabía cómo maniobrar.
Bella se mordió los labios. Ver a Edward jugando con su hijo por primera vez le resultaba raro y sus gestos de cariño provocaban en ella una extraña mezcla de emociones.
Se alegraba de que Anthony creciera teniendo un padre, pero al mismo tiempo eso la hacía sentir inquieta. Una vez había soñado que Edward la miraba así a ella, con ese amor, con esa emoción.
Nerviosa, salió de la piscina y se envolvió en la toalla a toda prisa, intentando darle la espalda.
-Dame al niño si quieres.
-No, no. ¿Por qué no me das la toalla? Yo creo que tiene frío.
Bella vaciló. Necesitaba la toalla para esconder sus estrías y sus kilos de más. Pero no podía arrancarle al niño de sus brazos.
-No te preocupes, no lo voy a tirar –dijo Edward, burlón, al ver que vacilaba.
-No es eso –murmuró ella.
Pero, sabiendo que no podía hacer otra cosa, se quitó la toalla y envolvió a Anthony con ella, esperando que no dejase de mirar al niño.
Vana esperanza. Un momento después, Edward estaba mirándola por encima de la cabecita de Anthony, sus ojos deslizándose de forma admirativa por su cuerpo como había hecho tantas veces… para levantar las cejas, sorprendido, cuando llegó a su estómago.
Antes de que Bella pudiera darse la vuelta o taparse con algo, pudo ver una expresión de disgusto en el rostro del hombre que pretendía ser su marido. Una expresión que ni siquiera se molestó en disimular.
Y luego, sin decir nada, se dio la vuelta para dirigirse a la casa, llevándose a Anthony con él.

6 comentarios:

  1. Ayer no pude publikr por cuestiones de causa mayor..perohoy les traigo este capi spero les guste.

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  2. Me cago entó.¿le ha molestado que tenga estrias?Es pa matarlo!!!Estupendo capitulo Pescui,cielo.Besotes!!!

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  3. holaaaa aqui estoy!!!! bueno me gusto mucho el capii...bella accedio a casarce con ell...y pobre bella estaba super acomplejada con su cuerpo...y edwardd eso que hizo esa expresion de disgusto sera po las estriass no lo see ??!! yo creo que noooo...espero que no por que sino pobre de edwardd capaz sea por otra cosaa...no te preocupes sino puedes publicar todos los diass tu publica cuando puedass que yo voy a esperar para leertee por que me encantan todas las historias de este bloggg....!!!! bueno un beso y nnos leemos en el que sigue!!!adiosss!!!

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  4. Pescui, en éste capítulo me dierón ganas de darle un zape a Edward, menudo hombre que se admira de las estrias de una mujer que ha dado su cuerpo para dar vida. ¿Acaso se puede ser más idiota?

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  5. Hola me encanta tu historia, la he leido de un tiron.

    me dejas con la intriga.

    Solo tengo una pega, porfa separa mas los parrafos, (si quieres)a mi entre la letra pequeña y lo juntas que estan las linean me cuesta no cambiarme de renglon.

    Un saludo.

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  6. hola me facina la hilstoria estoy mas k picada con ella ...nome despido y nos seguimos leyendo

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