miércoles, 29 de septiembre de 2010

El hijo secreto del griego

Capítulo 8

Bella se quedó mirándolo, sorprendida y dolida por lo que acababa de presenciar. Sabía que las estrías no eran muy atractivas y que no había recuperado del todo la figura después del embarazo, pero esa expresión de asco era intolerable.
Aquel hombre no tenía la más mínima consideración, ni con ella ni con nadie. ¿Qué clase de monstruo era Edward Cullen?, se preguntó, desolada.
Él solía mirarla como si adorase su cuerpo, como si el placer que encontraba en él, y que le daba a ella a cambio, fuese tan importante como respirar. Y saber que la encontraba repulsiva ahora que el embarazo había dejado marcas en su cuerpo le resultaba insoportablemente ofensivo.
¿Cómo se atrevía a mirarla de esa manera, a hacerla sentir desagradable? Ella no le había pedido que la llevase allí. De hecho, no había querido saber nada de él. Si no hubiese aparecido en Londres, de repente, Anthony y ella seguirían viviendo felices en su apartamento.
Furiosa, Bella entró en la casa, dispuesta a decirle lo que pensaba de él. Cuando llegó a la puerta de su habitación, el ama de llaves se llevaba a Anthony para bañarlo y Bella los miró, indecisa. No sabía si llamar a Laureen para decirle que ella bañaría a su hijo o buscar a Edward para dejar las cosas claras.
Al final, entró en la habitación y cerró de un portazo.
-¿Cómo te atreves a mirarme así? –le espetó, en jarras, sin molestarse en ocultar su cuerpo. ¿Cómo te atreves a hacerme sentir mal por algo tan natural como un embarazo?
-¿Qué?
-Me has mirado como si mis estrías te parecieran repulsivas.
-¿Cómo puedes ser tan egocéntrica? –exclamó él, levantando las manos al cielo antes de quitarse la chaqueta-. ¿Crees que tu cuerpo me disgusta?
-He visto tu expresión hace un momento. Y me alegra, la verdad, porque no vas a volver a tocarme en toda tu vida.
-¿Ah, no? –replicó Edward, tirando de su brazo para aplastarla contra su pecho-. Sé que eso es lo que tú quieres que piense.
-No es lo que quiero que pienses, es la verdad. No te quiero cerca de mí –dijo Bella, intentando apartarse.
-Vamos a ver si es verdad. Creo que tú quieres que te toque y estoy seguro de que no intentarás detenerme –Edward la tiró sobre la cama.
-¡Suéltame! –gritó Bella, pero él ya se estaba inclinando, aplastándola con su cuerpo.
Estar en la cama con Edward, en el sitio donde la había llevado tantas veces al séptimo cielo cuando eran amantes, desataba en ella una respuesta instintiva. Por el momento apenas la había tocado, pero la mera idea de que lo hiciera la excitaba.
Bella lo miró a los ojos y el crudo deseo que vio en ellos la hizo temblar por dentro. En ese momento supo que por mucho que el sentido común le dijera que saliera de allí, su traidor cuerpo anhelaba a Bella… como lo había anhelado siempre.
-Cuando te vi en la piscina me moría por tocarte –empezó a decir él-. Quería meter las manos bajo las copas del biquini y acariciar tus pechos.
Bella experimentó una ardiente ola de anticipación, pero en su cerebro sonaban campanitas de alarma. Estaba jugando con ella, intentando humillarla. Había visto cómo la miraba en la piscina y había notado el desdén de su voz…
Intentó empujarlo para levantarse, pero Edward se aprovechó del movimiento y acabó sentada al borde de la cama, entre sus piernas, con la espalda apoyada en su torso.
-No me digas que no quieres que te toque –el cálido aliento de Edward rozaba su cuello.
Bella miró hacia abajo y vio que la tenía sujeta por la cintura con un brazo, la otra mano acariciando su estómago. Tenía razón, quería que la tocase. Quería que se tumbase sobre ella y la poseyera, que le hiciese el amor como antes. Su pulso se había acelerado y respiraba erráticamente después de una simple caricia. Lo deseaba, era cierto.
Pero no quería que fuera así.
-Tienes una piel tan suave… -su voz despertaba escalofríos. Cuando metió una mano bajo la copa del biquini y empezó a acariciar sus pechos, un involuntario suspiro escapó de su garganta. Sin darse cuenta, Bella arqueó la espalda, levantando sus pechos en una inconsciente invitación mientras Edward masajeaba los redondos globos de la manera que él sabía, provocándole un exquisito placer.
Apenas se dio cuenta de que apartaba la mano y la tumbaba sobre la cama, pero Bella ya no intentó resistirse. Con los ojos cerrados, se sentía como perdida en una ola de deseo. Y cuando el cerró la boca sobre uno de sus pezones la excitación se volvió insoportable.
-Edward… -suspiró, olvidando momentáneamente todo lo que no fuera esa mágica sensación-Oh, Edward…
De repente, Bella abrió los ojos y puso las manos sobre sus hombros para apartarlo.
Era como si decir su nombre en voz alta hubiera roto el hechizo. Durante unos segundos había perdido la cabeza, pero en cuanto dijo su nombre recordó su determinación de no dejar que la tocase.
-Tú no me deseas, esto es un juego para ti y yo estoy harta de juegos –exclamó, lamentándose-. He visto cómo mirabas las estrías.
-¿De verdad crees que me importan esas malditas estrías? ¿Cómo puedes ser tan superficial?
-¿Yo soy superficial? –replicó Bella, airada-. He visto cómo las mirabas.
-Esas estrías son marcas superficiales, sin importancia. Las marcas de una madre. Deberías estar orgullosa de ellas, no esconderlas.
-¿Y tú quién eres para decirme lo que debo sentir?
Edward sacudió la cabeza.
-Las he mirado… enfadado por lo que significan. Enfadado contigo por lo que me has quitado durante todos estos meses.
-¿Y no debería yo estar enfadada contigo? ¡Ni siquiera pude decirte que estaba embarazada!
-Deberías habérmelo hecho saber de alguna forma.
-Lo intenté, pero tú no querías escucharme.
-No te creo. Nunca intentaste ponerte en contacto conmigo.
-No, claro que no. Intenté decírtelo esa noche, pero tú no querías escucharme. Me echaste de tu casa sin miramientos…
-¿Esa noche? –repitió él-. Dios mío, pensar que te fuiste de mi casa sabiendo que estabas embarazada…
-No te absuelvas a ti mismo tan fácilmente. ¡No me fui de tu casa, tú me echaste de ella!
-¿Desde cuándo lo sabías?
-Lo supe esa misma noche, unas horas antes. Iba a decírtelo cuando escuché la conversación sobre Rosalie. Y no te lo dije después porque tuve miedo. Te había oído decirle a tu hermano que se llevase al hijo de Rose y pensé que intentarías hacer lo mismo con nuestro hijo –contestó Bella, con total sinceridad.
Edward la miró, apretando los labios.
-Nunca intentaré quitarte a Anthony. A cambio, espero que seas una buena madre para él… y para los demás hijos que podamos tener.
-¿Otros hijos? –exclamó ella-. ¿Estás loco?
-¿Quieres que Anthony sea hijo único o es que no estás totalmente comprometida con este matrimonio?
-No sé si alguno de los dos está comprometido con este matrimonio. Lo que sí sé con toda certeza es que tú y yo no nos queremos y una pareja que no se quiere no debería traer hijos al mundo.
-Ya habrá tiempo para hablar de eso –dijo Edward entonces, haciendo un gesto con la mano-. Pero tengo que saber que vas a ser una esposa leal para mí, tanto en público como en privado.
-¿Vas a ser tú un esposo leal?
Edward asintió con la cabeza.
-Por supuesto.
-Es un compromiso que debemos hacer los dos, no sólo yo –le recordó Bella.
-Yo estoy dispuesto a ser tu marido y a que tú seas mi esposa… en todos los sentidos.
Después de decir eso salió de la habitación, dejando a Bella temblorosa.
Un río de anticipación empezó a correr por sus venas. Sabía lo que Edward quería decir. Y, a pesar de lo que le decía el sentido común, anhelaba entregarle su cuerpo.
Otra vez.


Más tarde, cuando Anthony ya estaba en la cuna que habían instalado en su nueva habitación, Bella paseaba por la casa sintiéndose inquieta. Edward estaba en el estudio, trabajando, pero le había dicho que se reuniría con ella para cenar.
Después de ducharse, se había puesto un vestido azul con escote halter y sandalias de tacón alto. La suave tela se ajustaba bajo sus pechos, cayendo una capa hasta las rodillas.
Bella iba de habitación en habitación, pensando lo que había ocurrido aquella tarde. Pero era casi imposible aceptar cómo había cambiado su vida en unos días.
Lo único que sabía era que, por Anthony, tenía que encontrar la manera de que su matrimonio con Edward funcionase. Sabía que eran compatibles en el dormitorio, pero en la vida de un matrimonio había más cosas que hacer el amor y cuidar a los hijos.
Estaba atravesando el pasillo cuando se encontró con una serie de cuadros que llamaron su atención. Algo en ellos le resultaba familiar. Los había visto muchas veces cuando vivía con Edward, pero era algo más…
Y, de repente, lo recordó: las acuarelas que había visto en casa de Aro Vulturi. Cuanto más los miraba, más segura estaba de que habían sido pintados por el mismo artista…
De modo que el interés de Edward por comprar la isla de Aro no era puramente comercial.
Unos minutos después oyó que se cerraba la puerta del estudio y, cuando levantó la mirada, lo vio acercarse a ella por el pasillo. Era tan guapo que simplemente con mirarlo se quedaba sin aire.
Se había quitado el traje de chaqueta que llevaba por la mañana para ponerse unos vaqueros y una camiseta que se ajustaba a su torso como una segunda piel. Incluso a distancia podía ver el magnético movimiento de sus anchos hombros…
Bella se dio cuenta entonces de que había echado de menos mirarlo así; poder admirar su físico atlético, maravillándose de compartir su cama por las noches con aquel hombre tan apuesto.
-¿Lista para cenar?
-Sí, claro.
Bella sintió un escalofrío cuando Edward le pasó un brazo por la cintura, pero intentó relajarse. Evidentemente, él quería que dejasen la discusión atrás y actuasen como una pareja normal, y quizá era lo mejor.
-Espera un momento… estaba mirando estos cuadros –dijo entonces, deteniéndose-. Me intriga saber por qué Aro y tú tenéis cuadros pintados por el mismo artista.
Edward se detuvo de golpe, con expresión seria.
-Ya sabes que no me gusta que la gente meta las narices en mis asuntos…
-Y yo pensé que habías dicho que íbamos a ser un matrimonio –lo interrumpió ella-. Es una pregunta perfectamente natural. Supongo que querrás que Anthony crezca con una madre que es capaz de mantener una conversación normal con su marido, ¿no?
Edward asintió con la cabeza, quizá un poco avergonzado.
-Tienes razón.
Su respuesta había sido automática, una reacción instintiva ante el interés de Bella por el pasado difícil de su familia. Pero ahora ella iba a ser parte de la familia era lógico que supiera algo sobre los Cullen… aunque no todo.
-Los cuadros son de mi tío.
-Tienes un tío artista, qué bien –sonrió ella-. Pero eso significa que tu tío vivió en la isla de Aro. ¿Por qué no me lo habías dicho?
-¿Cómo lo sabes? –preguntó Edward, desconcertado.
-Le pregunté a Aro por los cuadros y él me contó que el autor solía vivir en la isla.
-Sí, es verdad.
-También me dijo que estaban en la casa cuando hace veinticinco años le compró la isla a un constructor arruinado, afortunadamente antes de que empezase a construir hoteles y discotecas.
-Ese constructor dejó una deuda enorme cuando se declaró en quiebra.
-Pero si tu tío vivió allí, ¿eso significa que fue una vez dueño de la isla?
-No exactamente –Edward se pasó una mano por el pelo mientras se daba la vuelta para salir a la terraza-. Era de la familia de mi madre. Su hermana gemela, mi tía Esme, estaba casada con el artista.
-¿Y por qué la vendieron? Es un sitio precioso.
Edward carraspeó. Se encontraba incómodo hablando de ese tema… pero pensar eso casi lo hizo reír. La primera vez que hablaba de verdad con Bella en catorce meses y a los cinco minutos ya empezaba a asustarse.
La información sobre lo que pasó era de dominio público. De hecho era de nulo interés para cualquiera que no fuese de su familia. Pero era algo de lo que prefería no hablar porque se sentía avergonzado. Avergonzado de ser el hijo de su padre.
-No tienes que contármelo si no quieres.
Estaban en el balcón, sobre la piscina, que desde allí de verdad parecía confundirse con el mar.
La isla, con sus elegantes edificios y lujosa piscinas de aguas azules, era preciosa. Pero no tenía la misma magia que la de Aro. Tal vez porque la isla de Aro era salvaje, con sus viejos olivos y sus casitas de piedra. Desde luego, tenía algo que la hacía especial.
-Para tu madre y su hermana debió de ser un disgusto horrible tener que marcharse de allí.
-Mi madre se marchó por decisión propia. Quería la emoción y las oportunidades que le ofrecía una gran ciudad. A mi tía. Sin embargo, le encantaba la isla. Seguía siendo relativamente joven cuando mis abuelos murieron, pero logró conservar la casa y el negocio de aceite de oliva alquilando habitaciones a varios artistas. Así fue como conoció a su marido, Carlisle.
-¿Y por qué se marcharon de allí?
-Por culpa de mi padre –contesto Edward.
Bella lo miró, sorprendida, sabiendo que la conversación había entrado en territorio quizá demasiado personal. Porque ahora entendía que no quisiera hablar de la isla. Ella no sabía que Edward no se hablaba con su padre… aunque nunca le había dicho por qué.
-Mi padre tiene la mala costumbre de meterse en la vida privada de los demás y fue debido a su indiscreción por lo que mis tíos perdieron la isla. Mi tío murió en la miseria, pensando que le había fallado a mi tía. Ella se quedó sola, con el corazón roto, después de perder al amor de su vida y la isla que era su hogar desde que nació.
-Qué horror. ¿Tu tía vive todavía? No recuerdo que Emmett o tú la mencionaseis nunca.
-Por que no nos dirige la palabra. No quiere saber nada de nosotros por culpa de nuestro padre.
-Pero lo que pasó no es culpa vuestra. Vosotros no sois responsables de las cosas que haya hecho vuestro padre –dijo Bella, indignada-. De hecho, ya ni siquiera habláis con él.
-Mi tía Esme estaba demasiado dolida por lo que había pasado. Mi madre intentó ayudarla, pero ella se negó porque el dinero que le ofrecía era de mi padre… y Esme lo odiaba –Edward se pasó las manos por el pelo una vez más, una clara señal de nerviosismo-. Mi padre hizo que mi tío se sintiera inadecuado porque se contentaba con una vida sencilla. Convenció a Carlisle y Esme para que hipotecasen la isla e invirtieran el dinero, pero ellos no sabían nada sobre inversiones y lo perdieron todo.
-¿Cómo pudo convencerlos para que hicieran algo así?
-Mi padre es un hombre muy dominante –respondió él-. Pero el último deseo de mi madre en su lecho de muerte fue que Esme recuperase la isla.
-Y tú estás intentando comprarla para ella –murmuró Bella, sorprendida por aquella nueva cara de Edward Cullen, una cara desconocida hasta ese momento-. Tú tía te lo agradecería mucho, imagino.
-No lo sé –Edward se encogió de hombros. Ese gesto de inseguridad era tan nuevo en él que Bella, intentando consolarlo, apretó su mano.
-Pues claro que sí.
Él miró sus manos unidas y, de repente, enredó los dedos con los suyos, como solía hacer cuando vivían juntos.
-Sé lo que mi tía piensa sobre mi padre y su dinero porque yo siento lo mismo. Mi padre siempre intentaba decirme cómo tenía que vivir y qué debía hacer… siempre estaba encima, intentando controlarme. Cuando cumplí los dieciocho años tuve que marcharme de casa para que me dejase vivir en paz. Levanté mi negocio por mí mismo, empezando de cero. Nunca acepté un céntimo de mi padre.
-Y Anthony estará muy orgulloso de ti.
Edward la miró entonces, sintiendo una inesperada ola de emoción. Bella había tocado un deseo profundamente arraigado en él: tener con su hijo la clase de relación que él nunca había podido tener con su padre.
Quería que Anthony lo quisiera y se sintiera orgulloso de él. Y el voto de confianza de Bella significaba mucho más de lo que había imaginado.
Los últimos rayos de sol bañaban su piel con un brillo dorado y Bella lo miraba con esos ojos suyos tan chocolates…
-Estás preciosa –murmuró, tomando su cara entre sus manos y rozando sus labios en la más tierna de las caricias.
Al notar que un suspiro escapaba de su garganta la besó con renovada pasión, acariciando su pelo, entregándose al placer de besar a Bella.
Sus labios eran tan suaves, tan dulces… y cuando sintió que lo rozaba tentativamente con la lengua, una ola de pasión abrasadora hizo que su corazón latiese como si quisiera salirse de su pecho.
Necesitaba hacer el amor con ella… en aquel mismo instante. Y esta vez, sabía que nada iba a detenerlo.
De bodoque, sin decir una palabra. Edward la tomó en brazos y la llevó al dormitorio.

6 comentarios:

  1. Ahhhhhhhhhh!!!¿Como nos dejas asi,chiquilla?Te voy a mandar a los Voulturis,jajajjajjexcelente capitulo Pescui!!!

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  2. Wow, Edward se va a cenar a Bella jijiji pillines

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  3. holaaaa bueno hoyy no discutieron tantoooo bueno al principio un poco pero despues se trataronn mejorr esperoo que se empiezen a llevar mejor y edward trate de no ser tan mandonn...lo bueno tambien fue que le conto a bella el por que de que quiere comprar la islaaa...es muy buena la intencion de edward de devolvelsela a su tia y el padre un malditoooo!! bueno noss leemos en el proximo!! el capii se termino en la mejor partee jajaaaj!!! adiossss!!

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  4. hola el amor y la pasiencia llevan muuuy lejos....me gusta la historia.....no medespido y nos se guimos leyendo

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  5. Guauuauuuuu!!!!! que emoción, que linda esta la historia...graxias chicas
    bess

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