domingo, 23 de enero de 2011

Prometida Temporal

Capítulo 1
Carlisle Cullen, su erguida postura retando a las rugientes aspas del helicóptero del que acababa de bajar, miró durante un segundo al joven que lo esperaba y luego se volvió hacia su secretario. Era un desprecio deliberado, pero nada en la expresión del joven denotaba que se sintiera afrentado por ello. Su única respuesta fue una sonrisa irónica. La gente no despreciaba a Edward Cullen. Y no era sólo por su altura, medía un metro noventa y cuatro, o su cara, aunque se habían dedicado páginas de cotilleos a su clásico perfil que, según algunas periodistas sin mucha imaginación, podría haber aparecido en una moneda griega. No, lo que tenía Edward Cullen era algo más difícil de definir, ese algo llamado presencia. Cuando hablaba, la gente lo escuchaba. Cuando entraba en una habitación, la gente se volvía para mirarlo… todos menos su padre. El padre que, en aquel momento, estaba dándole instrucciones al hombre de gafas que había bajado con él del helicóptero. Sus facciones patricias no delataban sus sentimientos mientras, guiñando ligeramente los ojos grises, observaba silenciosamente a los dos hombres. Edward tenía eso que llamaban «gracia natural», su aspecto totalmente relajado mientras el aire provocado por las aspas del helicóptero aplastaba la camisa contra un torso de músculos definidos, el mismo aire moviendo su pelo negro. El hombre que hablaba con Carlisle Cullen era el único de los tres que parecía visiblemente incómodo por la hostilidad que vibraba en el ambiente. Pero se arriesgó a enfurecer al financiero griego sonriendo a Edward cuando pasaba a su lado. Aunque era difícil saber si el gesto había sido agradecido. Al contrario que su padre, Edward Masen… o Cullen, como debían llamarlo, no era dado a ventilar sus sentimientos en público. Si hubiera sido un hombre diferente, el tipo de hombre que agradecía un buen consejo, podría habérselo llevado aparte para decirle que, aunque los cambios de humor de su padre eran abruptos, podían ser controlados si uno aprendía a leer las señales de peligro. Incluso mostrar una pequeña reacción cuando levantaba la voz, en lugar de permanecer impasible como hacía Edward, ayudaría. La opinión entre los empleados que tenían que presenciar de primera mano el conflicto entre padre e hijo estaba dividida. Personalmente, su mente lógica de contable no le permitía creer que alguien quisiera provocar deliberadamente a Carlisle Cullen. No, él creía como muchos otros que era una cuestión de percepción. Y alguien que conducía un coche de carreras para ganarse la vida como Edward Masen no podía entender el peligro como lo entendían el resto de los mortales. Sólo cuando su secretario se marchó, el financiero griego miró a su hijo. Carlisle había leído y vuelto a leer el informe que le había pedido durante el vuelo, buscando algún error. Si hubiera fallos en el informe los habría encontrado, pero no había ninguno. Era claro, conciso y llegaba a inesperadas y provocadoras conclusiones que sólo parecían obvias una vez señaladas. Provocador era una palabra que resumía a su hijo mayor. Carlisle apretó los dientes mientras miraba al joven de arriba abajo con expresión desdeñosa. Sólo una vez en todos sus años de matrimonio había roto su promesa de fidelidad a la esposa que adoraba; fue un momento que lamentó y del que se avergonzaría desde entonces. Pero que la prueba física de esa infidelidad apareciese en forma de adolescente furioso, mucho más dotado intelectual y físicamente que su hermanastro, había sido una pesadilla. Irónicamente, había sido su esposa, Esme, no él, quien había acogido a ese chico sin madre con auténtica generosidad. El motor del helicóptero se paró justo cuando los dos hombres se miraron: los penetrantes ojos azules del padre frente al verde frío del hijo. Carlisle fue el primero en apartar la mirada. Y no perdió el tiempo con rodeos: —Vas a cancelar ese viajecito a… donde fuera que pensabas ir. No había afecto o calor en esa demanda y Edward no lo esperaba. Su padre jamás había fingido sentir afecto por él, aunque antes de la muerte de Alec no había sido tan hostil como lo era ahora. Claro que antes de la muerte de Alec habían pasado doce meses sin que padre e hijo se encontrasen. Pero la muerte de su hermano había cambiado todo eso. Había cambiado muchas cosas, pensó Edward. —Escocia. —Bueno, pues tienes que cambiar de planes. No era una sugerencia. El propietario y presidente de Cullen Enterprises, un gigante global con intereses que iban desde el petróleo a las telecomunicaciones, no hacía sugerencias. Carlisle Cullen hablaba y la gente saltaba. Pero el receptor de tan perentorio decreto no estaba saltando. Edward no hacía nada; de hecho, consiguió un nivel de inmovilidad que poca gente podría conseguir frente al magnate. Era imposible saber qué emoción se escondía detrás de su enigmático rostro. Aunque Carlisle, por su parte, tampoco parecía más turbado que su hijo. Después de dar la orden, empezó a caminar a paso rápido hasta el complejo construido sobre las brillantes aguas de color turquesa del mar Egeo y había llegado al jardín que rodeaba la villa cuando Edward se colocó a su lado. —Me voy a Escocia con un amigo y no pienso cambiar de opinión. El viaje sólo era en parte de placer. Emmett le había pedido ayuda. Los bancos estaban dándole problemas y el destino de su propiedad en las tierras altas de Escocia que había heredado de su padre el año anterior estaba en peligro. «A menos que se me ocurra un buen plan, no van a ampliar el préstamo, Edward. Y eso significa que no sólo voy a ser el McCarthy que no pudo triunfar como piloto de carreras, seré el McCarthy que perdió una propiedad que pertenece a mi familia desde hace quinientos años». Carlisle se volvió, su expresión antagónica. —Tanya y su madre llegan mañana. Edward contuvo un suspiro, pensando que debería haber anticipado aquello. —Algo que olvidaste mencionar cuando me llamaste por teléfono. Su padre apretó los labios. —Sería un insulto para ellas que no estuvieras aquí. La familia Denali y la nuestra han estado unidas durante generaciones. Mi padre y… —Y en esta generación no hay un hijo que pueda heredar y no soportas la idea de que la fortuna de los Denali se te escape de las manos —lo interrumpió Edward. Un brillo de ira brilló en los ojos oscuros del hombre. —Y supongo que a ti no te interesa esa fortuna —dijo, irónico. —No me casaría con una chica de diecinueve años para conseguirla. Una chica que, por cierto, había estado prometida con su hermano. Cuando se enteró del compromiso, Edward se había sentido inclinado a verlo con cierto cinismo. No era tanto un matrimonio como una fusión comercial. Pero su punto de vista había cambiado al ver juntos a los dos jóvenes. Alec y Tanya estaban absolutamente enamorados. —Tanya es muy madura para su edad y podrías encontrar mujeres mucho peores. Esa actriz, por ejemplo, que estaba pegada a ti en el estreno. ¿Cómo se llamaba? Edward, sin explicarle que todo estaba preparado como publicidad para una película de bajo presupuesto, se encogió de hombros. —No tengo ni idea. Esa chica había sido y seguía siendo una completa extraña, a pesar de su oferta de mostrarle lo agradecida que estaba; una propuesta que él había rechazado.
A él no le interesaba ese tipo de «gratitud». El circuito de Fórmula 1 atraía a las fans como un imán. Mujeres que, en su opinión, representaban lo peor de la sociedad de hoy, ridículamente obsesionada por la celebridad. Frecuentemente sentía la tentación de decirles: «Dejadme en paz. ¿No os dais cuenta de que así no os ganáis el respeto de nadie?». Pero no lo hacía porque si les prestaba atención era peor. En el circuito se había ganado fama de hombre distante, imposible. Había cambiado de profesión, pero la reputación persistía. Y, en ocasiones, le iba bien. —Pues yo he leído que los planes de boda estaban muy avanzados. Edward levantó una ceja al detectar el sarcasmo. —Yo que tú dejaría de leer revistas del corazón, padre. —Yo soy yo y tú eres tú. —Desde luego. Ni siquiera me parezco a ti —Edward sabía que se parecía a su madre y a menudo se preguntaba si, al mirarlo, Carlisle recordaría a la joven a la que había seducido y abandonado después. —Entonces no hay nadie… ¿no estás enamorado? Edward no estaba enamorado ni deseaba estarlo. Al contrario, si veía llegar al amor tenía la intención de salir corriendo en dirección contraria. ¿Dónde estaba lo fantástico del amor? ¿No era una forma temporal de locura que hacía que tu felicidad dependiese de la sonrisa de otra persona? El atractivo se le escapaba. Además, la gente a la que él quería tenía la mala costumbre de morirse. No, enamorarse no estaba en su lista de cosas que hacer. La única persona en la que confiaba era él mismo y así era como le gustaba. —No entiendo por qué eso es asunto tuyo. A pesar de lo cual, creo que no hay peor destino que casarse con una adolescente, aunque sea una adolescente madura. —No estoy diciendo que te cases con la chica. —Pero no te llevarías un disgusto si lo hiciera y, mientras tanto, harás todo lo que puedas para convencernos. Eres vergonzosamente transparente.Carlisle lo miró, frustrado. —La chica es la única hija de Eleazar, su heredera. Su marido tendría… Edward levantó una mano para detenerlo. —No tienes que decirlo, estás intentando levantar otro imperio. ¿La chica tiene algo que decir en esto? —No me hables así —le espetó Carlisle—. Y no finjas que no podrías hacer que esa chica te amase si decidieras hacerlo. Te he visto con las mujeres. —Tanya no es una mujer, es una niña.
—Era suficiente para tu hermano.
—Porque estaban enamorados. —Tú te has quedado con todo lo que era de Alec… ¿por qué no Tanya? Esas palabras quedaron colgadas en el aire, aumentando la tensión entre los dos hombres hasta que Edward se encogió de hombros. —Yo nunca he querido nada de Alec. Salvo una porción del amor de su padre, pero ese deseo sólo había durado hasta que cumplió dieciséis años. Llevaba un año viviendo con los Cullen cuando escuchó una conversación que lo hizo entender que eso nunca iba a pasar. Edward recordó ese momento. Acababa de entrar en la casa y la rabia y la frustración en la voz normalmente dulce de su madrastra lo hizo detenerse… —El chico lo intenta, Carlisle. Intenta hacer todo lo que quieres y más. ¿No podrías dedicarle una palabra de ánimo? ¿Te mataría sonreírle alguna vez? Lo único que Edward quiere es tu aprobación. Está desesperado por conseguirla. Lo veo en sus ojos cuando te mira y se me rompe el corazón. —Lo que ves en sus ojos es avaricia, Esme. ¿Cómo es posible que no te des cuenta? El chico es duro, retador… —Lo que ocurre es que te gustaría que Alec se enfrentase más contigo. —No es lo mismo. Y Edward no necesita amor, lo que necesita es mano dura. —No una que se levante con ira. Si alguna vez… —No, claro que no. Ya te dije que lo lamentaba, Esme. Tú sabes que nunca le he levantado la mano a Alec, pero Edward mintió y cuando lo pillamos en la mentira, se negó a pedir disculpas. —Por el amor de Dios, ¿estás ciego? Fue Alec quien rompió ese jarrón, pero le daba miedo confesarlo. Y Edward se echó la culpa para proteger a su hermano. —¡No es verdad! No sé qué te ha contado, pero… —No, Edward no me ha dicho nada. Fue Alec quien me lo contó. — ¡Maldito sea ese chico! Me hizo… —Carlisle se pasó una mano por el pelo—. Cuando me mira lo único que puedo pensar es cómo desearía que no hubiera nacido nunca. Edward había oído más que suficiente. Y por eso se había alejado, en todos los sentidos. Le había dolido oír la verdad, pero era mejor enfrentarse con la amarga realidad que seguir viviendo con falsas esperanzas. —Tendrás que disculparte en mi nombre. Me esperan en Escocia. Las mejillas de Carlisle adoptaron una tonalidad más oscura, pero Edward observó el efecto de sus palabras con total distancia. La verdad era que había vuelto un año antes a petición de su madrastra, no de su padre.
—Dale un año —le había suplicado Esme—. Tu padre te necesita, aunque no quiera admitirlo. Edward no quiso desengañarla, no quiso decirle que a él le importaba un bledo su padre. Especialmente cuando ella añadió: —Y cuando yo no esté, te necesitará aún más. La empresa y la familia, los dos necesitan una mano fuerte al timón. Carlisle estaba educando a tu hermano para que ocupara su puesto… Entonces él recordó a Alec poniendo una mano sobre la suya y diciendo: «Quiero ser como tú cuando sea mayor. Aunque eso signifique que padre no me quiera». —Alec lo habría hecho bien —mintió Edward. Esme había sonreído, sacudiendo la cabeza. —Agradezco tu lealtad, pero los dos sabemos que eso no es cierto. Alec odiaba los negocios. Lo intentó, claro, para complacer a vuestro padre, pero… Carlisle habría tenido que aceptar algún día que Alec no podría ocupar su puesto aunque, tristemente para todos, ese día no llegará nunca. Cuando Edward se acercó para darle un consolador abrazo, escondiendo su sorpresa al notar la fragilidad de su madrastra, ella apretó su mano con inusitada fuerza. —Promételo, Edward. Prométeme que lo ayudarás aunque él no te lo pida. De modo que se lo había prometido. Y se quedó después de haber cumplido su promesa no por sentido del deber, sino porque, curiosamente, disfrutaba de lo que hacía. —Eres un ingrato. Harás lo que yo diga o… —Carlisle fulminó en ese momento a Edward con la mirada, como si lo odiase. Edward, su tranquilidad aumentando a medida que su padre se ponía furioso, levantó una ceja. —Me desheredarás. —Y no creas que no voy a hacerlo. —Eso es cosa tuya. — ¿Esperas que crea que no te importa? —Carlisle soltó una carcajada desdeñosa—. ¿Que no te importa perder un imperio que vale miles de millones? —No te pido que creas nada —respondió Edward tranquilamente—. Tu imperio es tuyo y puedes hacer con él lo que te plazca. Sé que querías dejárselo a Alec… —No te atrevas a pronunciar su nombre. El valía diez veces lo que vales tú. Edward siguió, como si no hubiera habido interrupción: —Pero eso ya no es posible porque Alex ha muerto.
El rostro sonriente de su hermanastro apareció en su cabeza y, por un momento, su congoja fue tal que no pudo seguir hablando. Alec, el adorado hijo pequeño, podría haberse mostrado resentido ante la aparición de un hermanastro, pero no fue así. Todo lo contrario. El carácter de Alec había sido tan alegre y generoso como su sonrisa. —Soy el único hijo que te queda —siguió Edward por fin—. Y tú quieres convertirme en alguien que pueda continuar tu legado —su sonrisa revelaba la total falta de aprecio por la ilustre familia Cullen. Había elegido usar el apellido de su madre cuando empezó su carrera como piloto de Fórmula 1 precisamente para distanciarse de esa familia—. Pues muy bien, creo que nos debemos sinceridad el uno al otro. No estoy interesado en tu apellido, ni en tu familia, ni en tu imperio. Ya no soy un niño maleable, padre. He sido maleado, para bien o para mal, y me he convertido en lo que soy hace mucho tiempo. Carlisle Cullen palideció. —No es culpa mía que no supiera de tu existencia… tu madre… te llevé a mi casa después de su muerte. Como un bisturí, la voz de Edward cortó las protestas de Carlisle: —Se llamaba Elizabeth y no te permito que hables de mi madre. Perdiste ese derecho hace años. Carlisle apretó los labios. No estaba acostumbrado a recibir órdenes ni a ver un brillo de pasión en los fríos ojos verdes del hijo cuya existencia había desconocido hasta que tuvo quince años. —Te lo he dado todo… Salvo cariño. —No soy el hijo que tú quieres —Edward se encogió filosóficamente de hombros—. Y tú no eres el padre que yo hubiera elegido. Pero el hecho es que soy el único hijo que tienes. El magnate se echó hacia atrás como si lo hubiera golpeado y Edward añadió en voz baja: —Los dos desearíamos que fuese de otra manera. — ¿De otra manera?—repitió Carlisle, con una mueca de desdén—. La muerte de tu hermano te convirtió en el único heredero… sí, tus lágrimas fueron muy convincentes en ese momento —observó con amargura. Ése era un tema que no solían mencionar y, como siempre que se hablaba del hermano al que tanto había querido, fue Edward quien se echó atrás, aunque la emoción apareció por un momento en sus ojos. —Los dos desearíamos que fuera de otra manera, pero ésta es la situación en la que nos encontramos. Y sugiero que aprendamos a vivir con ella. — ¿Cómo te atreves a hablarme de ese modo?
Edward había aprendido de la manera más dura que mostrar emoción podía darle ventaja a su padre pero, por una vez, su férreo control desapareció y sus emociones asomaron a la superficie. — ¿Quieres decir cómo me atrevo a no hablarte como un títere? —Te lo he dado todo… —Y todo me lo has dado con desgana y porque creías que era tu deber. Me toleras sólo porque ése fue el último deseo de Esme. ¿No se te ha ocurrido pensar, padre, que a mí me pasa lo mismo? Estaba claro por la expresión del hombre que no era así. —Ella siempre fue amable y generosa conmigo, aunque mi existencia debía romperle el corazón —Edward intentó calmarse—. Y sólo por respeto a sus deseos no me marché cuando murió. Los dos hombres se quedaron en silencio, ambos recordando el momento más duro en la vida de Esme, que ella había soportado con una dignidad que asombró a los que tuvieron la suerte de estar a su lado. —En lo que a mí respecta, lo único bueno que hay en ti es que una mujer como Esme te quisiera. Ella debió ver algo que yo no he podido ver.
—Me voy a Escocia mañana. Tú haz lo que te parezca, padre.

5 comentarios:

  1. hola nenas reapareci...no ne golpeen si...me fui a disfrutar unos dias con mis nenes al interior del pais...y no me lleve la historia..spero les guste ste capi..bsos a todas..

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  2. holaaaaa...me encantooo este primerrr capiii...guauuu edward y carlislee tienenn una pesima relacionnn pero tambien con llo que edward escuhcoo que dijo carlislee es demasiiadoo cruell..me gustooooo muchisimoo este comienzoooo...nos leemos en el que sigueeee besoss!!cuidate!!!!

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  3. Hola nenas
    Valgame si si esta el inicio no me quiero imaginar como esta el resto.

    Me encanta la historia!!!

    besos a todas.

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  4. Hola me gusta la historia....... Es una desgracia k nuestros padres de sangre no admitan que tienen un hijo y no lo hacepten como tal.....que nos rechazen, por el simple hecho de no ser hijo de la mujer con la cual se han casado, o con la cual viven, que al gunas de ellas sean buena y otras sean unas brujas desgraciadas jajajajaja mejor n dijo mas no baya hacer k una de ellas lea esto y me arme bronca jajajajajaja mucho miedo e detener verdad jajajajaja..... no ya seri no soy una resentida pero realmente creo k si tienes un hijo lo mas lojico es k ledes un poco de amor y tiempo de calidad,no? me gusta la historia no me despido y nos seguimos leyendo

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  5. Eiiiiiiiiiii me ha encantado..cuando subes linda???Joooo me has dejado picada...bufff!!!

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