Capítulo 3
Edward estaba mirándola, sorprendido. Casi no la había reconocido. No parecía la mujer con la que había pasado casi un año de su vida.
Había obvias diferencias… el poco favorecedor uniforme siendo una de ellas. Y el nuevo corte de pelo, sujeto en un moño, con un flequillo que caía sobre sus ojos. Pero la gran diferencia era de carácter más profundo. Parecía mayor y la expresión de su rostro más seria, más madura.
Edward arrugó el ceño, desconcertado. Podría haber jurado que sus ojos eran de un chocolate más claro, pero ahora parecían casi café oscuro.
-No pienso volver a Grecia contigo.
-Yo creo que sí.
-¿Por qué? –Exclamó ella, incrédula-. ¿Por qué quieres que vuelva? ¿Y por qué crees que volvería contigo?
-Porque me lo debes.
-¡Yo no te debo nada! –exclamó Bella, furiosa-. Dejé mi carrera por ti y jamás acepte un céntimo del dinero que me ofrecías. Me gasté todos mis ahorros mientras vivía contigo y por eso me resultó tan difícil rehacer mi vida cuando volví a Londres.
Bella hizo una pausa, buscando alguna posible razón por la que Edward pudiera pensar que estaba en deuda con él. Pero que quisiera dinero de ella era ridículo ya que Edward Cullen era uno de los hombres más ricos de Atenas.
-Dejé en Grecia las joyas que me habías regalado –añadió.
Aunque eran de gran valor, para ella sólo tenían valor sentimental. Había pensado que eran muestra del verdadero cariño por parte de Edward… pero evidentemente estaba equivocada.
Cuando la echó de su casa se dio cuenta de que todas las cosas que había creído importantes en su relación en realidad no lo habían sido.
-No estoy hablando de algo tan trivial como unas joyas –dijo Edward.
-¿Entonces qué te debo?
¿Se refería a Anthony? Bella se mordió los labios, rezando para que no hubiera descubierto su secreto. Pero no, de ser algo tan importante lo habría dicho inmediatamente, pensó. Claro que quizá quería torturarla…
-Te metiste en un asunto que no te concernía –dijo Edward entonces-. Y las consecuencias podrían haber sido trágicas.
Bella dejó escapar un suspiro.
-Nadie resultó herido y me concernía porque Rose era mi amiga.
Lamentaba, sin embargo, haberse involucrado, pero eso no cambiaba nada. El hecho era que tanto Edward como Emmett estaban dispuestos a privar a una madre de su hijo.
-Es un milagro que no muriese nadie, pero ésa no es la razón por la que estoy aquí. Por tu culpa se creó un circo mediático muy poco conveniente para mi familia. Los paparazzi lo pasaron en grande persiguiendo a mi familia durante meses… a Rosalie y Emmett en particular.
¿De verdad estaba comparando la inconveniencia de una atención mediática indeseada con la posibilidad de que alguien hubiera muerto en el accidente? ¿Qué clase de hombre era aquél?, se preguntó Bella, atónita.
-¿Quieres decir que con los medios de comunicación vigilándoos, tu hermano no pudo robarle su hijo a Rosalie?
En cuanto lo hubo dicho se dio cuenta de que no debería provocarlo. Edward Cullen no era un hombre que aceptase fácilmente una provocación.
-Sería mejor para ti que no volvieras a mencionar el incidente.
-¿Sería mejor para mí? –replicó Bella, perpleja-. ¿Qué quieres decir con eso? ¿Es que te avergüenza ahora haber estado a punto de hacer algo tan inhumano? ¿O sencillamente estás mintiendo y vas a seguir adelante con tu plan en cuanto los medios de comunicación os dejen en paz?
Edward la fulminó con la mirada. No conocía a aquella Bella. La mujer que había sido su amante durante un año jamás se habría mostrado tan directa.
-Ten cuidado –le advirtió.
-¿Por qué? ¿Qué vas a hacerme? –lo retó ella, indignada.
A pesar del aire helado, Edward se dio cuenta de que una ola de calor los envolvía. Era el calor de la ira… y mucho más que eso.
El calor de la pasión, emocional y sexual.
De repente, supo exactamente qué quería hacerle y tuvo que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para no dejarse llevar. El deseo de abrazarla y apretarla contra su pecho era casi abrumador. Quería cubrir su boca con la suya, silenciarla de la manera más satisfactoria para él.
Pero seguía mirándola, alargando el silencio. Su corazón latía acelerado y su cuerpo ardía de deseo por ella. Entonces vio que sus pupilas se dilataban ligeramente, que sus labios se entreabrían un poco… y supo que también ella lo sentía.
Pura atracción física.
Unos minutos antes le había parecido como si no la conociera, como si fuera otra Bella, pero ahora sabía que no era así. Seguía siendo la misma de antes y reaccionaba de la misma forma. Después de todo, habían sido amantes durante casi un año. Edward reconocía el calor de sus mejillas y cómo sus pupilas se dilataban.
Bella lo deseaba tanto como él.
De repente, sin pensar, la tomó por los brazos y tiró hacia él. Lo único que tenía que hacer era inclinar la cabeza un poco y se apoderaría de su boca. Retomaría lo que una vez había sido suyo, reclamaría su ardiente cuerpo como venganza por lo que había hecho.
Pero no era para eso para lo que había ido a Londres. Y no dejaría que su libido le impidiera cumplir el último deseo de su madre. Necesitaba que Bella convenciese a Aro para que le vendiera la isla.
-No he venido aquí para esto –dijo entonces, dando un paso atrás.
-No sé qué quieres decir –murmuró Bella.
¿Cómo había caído bajo su hechizo tan fácilmente? ¿Por qué respondía a sus besos después de cómo la había tratado en Atenas?
-Tú lo sabes tan bien como yo –contesto Edward-. Mira, vamos a dejar de jugar. Voy a decirte para qué he venido.
-Sí, por favor. Ya estás tardando demasiado.
Había empezado a llover de verdad y Bella levantó una mano para apartarse el flequillo mojado de la frente, mirándolo a los ojos para que no pensara que le tenía miedo. Si volvía a mirarla de esa forma, como si quisiera arrancarle la ropa y hacerle el amor allí mismo, estaría preparada.
Después de todo lo que había pasado no podía creer que tuviese valor para ir a buscarla… y con esos modales. Pero tampoco podía creer que ella hubiera respondido durante un segundo.
Claro que no volvería a pasar.
-¿Quieres que entremos? –le preguntó Edward, señalando un café.
-No hace falta, ya estoy empapada y tengo poco tiempo para comer. Dime qué quieres de mí.
No le gustaba la idea de continuar aquella conversación bajo la lluvia y en medio de la acera, pero le parecía más seguro hacerlo allí, en público. La idea de estar en un sitio cerrada con él, aunque fuese un café, enviaba un escalofrío de aprensión por su espina dorsal.
-Quiero comprarle la isla a un anciano particularmente testarudo –dijo Edward entonces-. Y necesito que tú me ayudes a cerrar el trato.
Bella arrugó el ceño. ¿Por qué iba a necesitar su ayuda? Aquello no tenía sentido.
-¿Qué tengo yo que ver?
-Es precisamente porque tú te involucraste en los asuntos de mi familia, creando una situación que provocó la atención de los medios, por lo que ese hombre se niega a hacer tratos conmigo –le explicó Edward-. Quiere venderle la isla a una persona con valores tradicionales… alguien a quien él apruebe.
-No entiendo cómo puedo ayudarte yo… aunque quisiera. ¿Qué podría hacer para que ese hombre cambiase de opinión sobre ti?
-Ese hombre es Aro Vulturi y, por lo visto, tú le caíste muy bien –contestó Edward.
-Ah, ya me acuerdo de él –murmuró ella, pensativa-. Me habló de la reserva natural que tenía en una isla del mar Egeo. Odiaba los edificios modernos y quería mantenerla tal y como estaba –luego miró a Edward, sorprendida-. ¿Por qué quieres comprar tú una reserva natural?
Él no contestó enseguida y eso le hizo pensar que ni siquiera sabía lo de la reserva. Sencillamente, quería comprar la isla para levantar algún hotel.
-Ahora entiendo que Aro no quiera vendértela. Él no quiere modernos hoteles en su isla.
-A mí me parece que estaba más preocupado por mi compromiso con los valores tradicionales –dijo Edward-. De modo que me acompañarás a la isla mañana… como mi prometida. No debes decirle que hace un año que no nos vemos.
Bella lo miró, atónita.
-¿Qué has dicho?
Por un momento le parecía que estaba declarándose. Pero eso era absurdo. Casi tan absurdo como que él esperase que lo acompañara a la isla sin más después de lo que había ocurrido entre ellos.
-Durante los días que estemos en la isla te portarás como si fueras mi prometida…
-¿De qué estás hablando? Yo no era tu prometida cuando conocí a Aro –lo interrumpió ella.
Aquella conversación era tan ridícula como la farsa que Edward estaba sugiriendo.
-Ha pasado un año desde entonces, lo más lógico sería que nuestra relación hubiera progresado.
-¡Progresado! –Exclamó Bella-. Qué idea tan interesante. Yo pensé que había terminado… fatal. Además, la noche que me echaste de tu casa sin darme una sola oportunidad de defenderme.
-No hay defensa para lo que hiciste –dijo Edward-. ¿Qué excusa ibas a darme?
-No era ninguna excusa –Bella respiró profundamente, intentando contener su indignación-. Y no pienso convencer a ese hombre para que te venda la isla.
-Iré a buscarte a tu casa mañana…
-¿A mi casa? ¿Es que sabes dónde vivo?
-Claro que lo sé –replicó él-. Iré a las seis y media.
El pánico la dejó paralizada. Había descubierto donde trabajaba y dónde vivía. Y si sabía eso, ¿qué más cosas habría descubierto de ella?
Tenía que mantener a Anthony alejado de aquel hombre.
Recordaba sus palabras: ‹‹Un Cullen debe mirar por su familia››.
No había tenido el menor escrúpulo en quitarle a Rosalie a su hijo y sólo era su sobrino. ¿Qué podría hacer ella si Edward decidía quitarle a su hijo?
-No me hagas venir a buscarte al trabajo –la amenazó él-. Te encontraré te escondas donde te escondas. Y si me haces perder el tiempo no estaré de buen humor.
Bella estaba en la acera, frente al bloque de pisos, a las seis de la mañana. Era muy temprano, pero no quería arriesgarse a que Edward subiera a su casa. Cuanto más se acercase, más posibilidades habría de que descubriera la existencia de Anthony.
Media hora después, una limusina negra se detuvo a su lado y Bella descubrió que iba a viajar sola ya que Edward había vuelto a Atenas el día anterior.
-Su billete, señorita Swan –le dijo el conductor, entregándole un sobre blanco-. Su vuelo sale de Heathrow esta mañana. Alguien la recibirá en el puerto de Atenas para llevarla con el señor Culllen y después irán a la isla en helicóptero.
-Gracias –murmuró Bella automáticamente, mirando luego por las ventanillas tintadas.
¿Tan convencido estaba Edward de que haría lo que le había pedido? Ella no le había dicho que sí. De hecho, le había dicho que no iría con él. ¿Había sido siempre tan sumisa que ni siquiera se le había ocurrido que pudiera negarse a cooperar?
Él no sabía la razón por la que tuvo que aceptar; el secreto que no podía arriesgarse a que descubriera. Sencillamente, Edward debía de haber pensado que haría lo que le pedía porque siempre había sido así.
Bella cerró los ojos, angustiada. Ya echaba de menos a Anthony, aunque lo había visto apenas una hora antes, cuando lo dejó con Alice, la única persona en el mundo a la que confiaría a su hijo. Habían crecido juntas, como hermanas y, aunque más tarde descubrió que Alice era su tía en realidad, seguían compartiendo un lazo fraternal. Alice, como ella, era demasiado pequeña cuando la apartaron de su madre y no sabía nada de la conspiración de su abuela.
Su hijo estaría a salvo con ella. Alice tenía hijos propios y estaba acostumbrada a cuidar a niños… pero aún así, Bella se sentía fatal por dejarlo. No tenía alternativa; para proteger a su hijo tenía que dejarlo con Alice durante un par de noches, pero sentía que lo estaba abandonando.
Edward miró a Bella mientras bajaban del helicóptero en la isla de Aro Vulturi. Su pelo se movía con el viento que levantaban las aspas y, cuando lo apartó de su cara, comprobó que estaba muy pálida después del viaje.
No se había quejado en absoluto, pero él sabía que no le gustaba nada viajar en avión o helicóptero. Además, seguramente no habría dormido bien la noche anterior y la limusina la había recogido muy temprano esa mañana. El cansancio siempre hacía que los viajes fuesen aún más incómodos y debía de estar agotada. Pero él quería que se mostrase alegre y atractiva para convencer a Aro de que le vendiera la isla.
-Conozco el camino hasta la casa –le dijo al ayudante del anciano-. Mi prometida necesita un momento para recuperarse después del viaje… un poco de aire fresco y suelo firme bajo sus pies.
Edward la tomó por la cintura y, al hacerlo, sintió que se ponía tensa.
-Apóyate en mí –le dijo-. Y no olvides para qué estás aquí –añadió hablándole al oído-. Eres mi prometida y debes portarte como tal.
Bella intentó relajarse, sorprendida como estaba por su aparente intuición. Ella no había dicho una palabra en todo el viaje, no le había dicho que estuviera cansada o incómoda, pero Edward parecía haberlo notado. Claro que aquel viaje había sido particularmente horrible y seguramente cualquiera se habría dado cuenta.
Lo único que podía hacer era respirar profundamente y poner un pie delante de otro, los brazos de Edward en su cintura como un ancla y una distracción de las náuseas que empezaba a sentir.
Pero poco después esa sensación se convirtió en algo diferente; el calor del cuerpo masculino haciendo que olvidase las náuseas por completo.
Tenía un cuerpo fuerte y atlético y podía sentir el movimiento de sus músculos mientras atravesaban el camino de tierra. Caminaban al unísono y se dio cuenta de que Edward intentaba llevar su ritmo. Por alguna razón, eso le hizo sentir un escalofrío. Fuera intencionado o instintivo, Edward parecía entender el ritmo de sus movimientos.
-¿Te encuentras mejor? –le preguntó poco después, la ronca voz masculina provocando una vibración por todo su cuerpo.
Bella se volvió para mirarlo, convencida de que, como ella, también Edward se daba cuenta de que estaba ocurriendo algo entre ellos. Y eso la hacía sentir expuesta y vulnerable.
Los ojos de Edward la mantuvieron cautiva durante unos segundos. Estaba estudiándola intensamente y, de repente, tuvo la sensación de que intentaba leer sus pensamientos. No recordaba que la hubiese mirado nunca así, como se pensara que era culpable de algo.
Claro que ella nunca antes había tenido nada que esconderle. ¿Estaba imaginando el escrutinio porque guardaba un enorme secreto?
-La casa está sobre esa colina –dijo él entonces-. Aro es viejo, pero tiene una mente muy despierta. Estará vigilándonos como un zorro, así que no dejes de fingirte mi prometida ni un solo segundo.
-A mí no me gusta mentir –replicó Bella, apartándose un poco-. No me gusta nada.
-Ya te he dicho que Aro es un viejo zorro, de modo que debemos ser convincentes. Y, como suelen decir, los hechos dicen más que las palabras.
Antes de que Bella se diera cuenta de cuáles eran sus intenciones, Edward la empujó hacia él con una mano mientras con la otra levantaba su rostro.
Ella abrió los labios para protestar y, en ese momento, Edward Cullen se apoderó de su boca.
Para mi es un placer compartir éste sitio con ustedes, el cuál nació del fanatismo por colocar a nuestra pareja favorita en distintos escenarios. Espero que disfruten su estancia, así como nosotras esperamos enriquecernos con sus comentarios y mensajes. Éste sitio lo compartimos Pescui, Rosita y yo, si éstas interesada en subir tus historias, el espacio es tuyo. Les envió un beso y un abrazo de oso. Noelle xD
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Muy buen capitulo como siempre, Este Edward es demasiado autoritario y ni creo que se imagina porque, bella está cediendo a sus ordenes tan fácilmente. Me imagino que no reaccionara muy bien cuando se entere del secreto de bella.
ResponderEliminarGracias, Pescui por actualizar tan rápido.
Saludoss....
excepcional,la garrapatilla está colapsada por tanta pasion...me encanta,ejejjejje.Gracias pescui,linda!!!
ResponderEliminarholaaa buenisimoo el capii!!! edwarddd es super mandon jaaj aun asi me encanta!!! y bella fue por que no quiere que descubra que tuvo un hijo por que cuando edward se entere de la existencia de anthony se va a armarr unaa je!!! bueno vamos a ver si aro se cree que estos dos estan prometidoss...yy edward no se pudo resistir a besarlaaa...bueno besoss y nos estamos leyendoo!!! adioss!!
ResponderEliminarhola megusta la historia...no me despido y nos seguimos leyendo
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